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Dr. José Gregorio Hernández

«Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia»

Dr. José Gregorio Hernández

Por Guillermo Ramos Flamerich

Esta historia data de 1995, 1996 o 1997. Realmente no importa la fecha. Estaba yo muy pequeño. Viajábamos papá, mamá y yo al pueblo de Isnotú. El andar por carretera, el divisar de parajes, los cambios de clima eran algo nuevo para mi. Los primeros recuerdos de las vías hacia el occidente venezolano y el hospedarse en posadas de leyendas, no por lo que allí hubiera ocurrido, sino por lo que evocaban. Lo más entrañable del siglo XIX, lo más provinciano del XX.

En todo esto esa impresión que uno tiene de niño, de que todo lo que te rodea es de enormes proporciones. Los techos eran abismales y formaban un cielo de madera recubierto con barniz. Pero la razón de este viaje no era solamente el conocer alguna región de Venezuela, se daba para peregrinar en el lugar de nacimiento de un santo venezolano, no oficial, pero igual de milagroso, igual de caritativo y lleno de amor: el Dr. José Gregorio Hernández.

Al recordar un breve documental que alguna vez transmitió Vale TV, llamado Devociones, Pedro León Zapata afirmó que una de las razones de peso para no darle el título de santo al venerable doctor, es la incapacidad que tendría la iglesia de dibujar sobre su sombrero una aureola. Esta reflexión en tono de broma, ratifica eso que sabemos: A la gente no le ha importado la denominación oficial, sigue creyendo y esperando que ocurran los milagros.

Llegó el día de visitar el ¿santuario? de Isnotú. El vitral con el lema: «Familia que reza unida, permanece unida» dentro del recinto; afuera, la estatua blanca de un doctor sereno que ayuda a todo el que lo pida. Por eso su nombre en cientos de plaquitas que arropan los muros y paredes presentes, y el común denominador, la frase: «Gracias por los favores recibidos».

Era pedir, agradecer, comer arepa en el páramo y comprar como artefacto religioso una casita que albergaba una imagen de José Gregorio, la cual servirá como uno de mis recuerdos del viaje para toda la vida. No fue así, duró muchos años, pero el tiempo la estalló. Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia.

De José Gregorio Hernández conocemos el típico relato que va desde sus estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela en 1888; pasa por los días de 1908 en la Cartuja de la Farnetta, en Italia, y sus problemas de salud; y toca el 29 de junio de 1919, cuando es atropellado en la Esquina de Amadores, frente a una farmacia en la que había comprado medicina para uno de sus pacientes. Todo esto revivido en 1990 por la miniserie El siervo de Dios, protagonizada por Mariano Álvarez y transmitida por Venevisión. En su rostro se plasmó el alma atormentada del santo.

La pude ver gracias a las múltiples retransmisiones del canal. Sobre todo durante el paro petrolero de 2002-2003. Siempre recuerdo la escena en la que el doctor intercede ante Juan Vicente Gómez en la liberación de unos estudiantes presos. Pero mucho antes de esto, se encuentra el recuerdo del viaje a Isnotú. Después llegarían los días de visita a su sepulcro en La Candelaria y fotografiar la esquina exacta donde fue atropellado y ahora se encuentra una placa y dibujo que lo conmemora, que lo espera y pide que su santidad esté legalizada.

Aquella travesía de mi niñez era para el pago de una promesa cumplida y la cual está sellada por mi segundo nombre. Por eso soy José. Guillermo José.

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De Petare en siete templos

De Petare en Siete Templos

Fotografías de Dubraska Vargas

Texto: Cultura Sucre y algunos datos obtenidos en cada templo

Foto crónica (Viernes Santo de 2013) de la tradicional visita a los siete templos en el Municipio Sucre del Distrito Metropolitano de Caracas.

I-Templo parroquial San Antonio María Claret  – Los Dos Caminos

Erigida en 1953, su fachada es simétrica y compuesta por tres cuerpos. El primero contiene el portal de acceso; el segundo cuerpo alberga la ventana del nivel del coro; y por último el frontis seccionado en dos partes por la presencia de cornisas que entrelazan las falsas pilastras, las cuales se rematan en pináculos. El interior del templo está compuesto por tres naves, protegido por la cubierta a dos aguas con tejas criollas.

II-Templo María Auxiliadora – Boleíta

Construido en 1977, diseñado por la arquitecta Nilda Suárez de Pinedo. Su forma responde a la imagen de las churuatas tradicionales de los indígenas venezolanos. Construida en concreto armado, con cerramientos de ladrillos mampuestos, su cubierta presenta una serie de tragaluces para proporcionar iluminación central al interior del recinto.

III-Templo María Madre de la Iglesia – El Marqués

El 25 de abril de 1964, el edificio del templo estaba culminado y el pintor César Oñativia realizaba el mural que representa la venida del Espíritu Santo. Cuando la iglesia fue inaugurada no podían celebrarse oficios religiosos, debido a que no se le había concedido la categoría de parroquia. El nombre solicitado era Espíritu Santo, el cual no les fue concedido. Quedó entonces como María Madre de la Iglesia, patrona que se encuentra en la entrada del templo.

IV-Templo Nuestra Señora del Rosario – La California

La parroquia fue creada el 15 de octubre de 1957 por el arzobispo de Caracas monseñor Rafael Arias Blanco. Su primer párroco fue Francisco Javier Monterrey. Culminado en octubre de 1970, como características principales se pueden mencionar el techo de gran altura, inclinado a dos aguas que llega hasta el suelo, y su estructura metálica.

V-Templo San Antonio de Padua – Macaracuay

Este templo ha sido la última parroquia aceptada por los capuchinos en Venezuela como servicio a las urbanizaciones Macaracuay, Colinas de la California y el barrio Las Brisas de Petare. La residencia, la iglesia y el colegio San Antonio fueron inaugurados en 1970 por el Cardenal José Humberto Quintero.

VI-Templo Nuestra Señora del Carmen – Barrio Unión

Templo de arquitectura neogótica inaugurado en 1955 por los Padres Carmelitas. Compuesto por tres naves en su espacio interior, su fachada principal presenta una serie de arcos ojivales en dos niveles. Sobre la puerta se encuentra un gran rosetón que le proporciona iluminación natural al templo, especialmente al área del coro.

VII-Templo Dulce Nombre de Jesús de Petare – Casco histórico de Petare

Data de 1621. Posee un campanario de cuatro cuerpos realizado en el siglo XIX; siete retablos del siglo XVIII, posiblemente originales de los artistas Domingo Gutiérrez y Alonso de Ponte; una gran cantidad de imágenes coloniales; y dos cuadros del pintor Tito Salas. Fue restaurado por la Alcaldía de Sucre y la Gobernación del estado Miranda entre 2012 y 2013. En 1960 fue declarado Monumento Histórico Nacional.

Dubraska Vargas (1992), caraqueña. Ha cursado talleres de fotografía en la Organización Nelson Garrido (ONG). Su trabajo está caracterizado por los retratos a elementos urbanos. Dirige Fotoilusiones.

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Locos de La Vela: tradición a todo color

Locos de La Vela tradición a todo color

Comparsa de «Los seguidores de Cuima» en el paseo Generalísimo Francisco de Miranda. Foto: Dubraska Vargas

Diablos en la Plaza Bolívar de La Vela

Diablos en la Plaza Bolívar de La Vela

Locos de La Vela: tradición a todo color 

 Guillermo Ramos Flamerich

Mucho antes que la constitución del país hablara sobre presidente o presidenta; gobernador o gobernadora, y que esto se apoderara del lenguaje oficial con lo rebuscado que significa: bachilleres y bachilleras; médicos y médicas, desde hace décadas, cada 28 de diciembre se admira el bailar de los Locos y Locainas de La Vela de Coro. Festividad que se apodera de todas las calles de un pueblo y es parte de eso que se llama tradición.

Resulta que el sol de La Vela deja ver los colores de cada cosa en su máxima expresión. Lo radiante y saturado hace que la vida sea un personaje que arropa cada alma u objeto que en ella transita. Entonces el Mar Caribe une a estos venezolanos con sus vecinos antillanos, y esa mezcla, que llamamos mestizaje, logra dar a luz –a la luz del sol del Caribe– un rico folklore que va desde las comparsas y disfraces hasta los ritmos que las acompañan en conmemoración a los Santos Inocentes, y por qué no, en burla y reproche a los poderosos que antes eran llamados amos.

Fue el sabor que da el tambor veleño lo que logró preparar el viaje. Escuchar –año tras año, cada 28– esas grabaciones de Un Solo Pueblo y de Olga Camacho y la Camachera, lo que un día de noviembre me hizo decir: «Dubraska, ¿y si nos vamos para La Vela? Toca conocer a esos locos». Y así, como la magia de los minutos que hablan los chef de televisión, allí estábamos. Frente a la Plaza Bolívar del pueblo, comiendo empanadas y al fondo una canción: Alúmbrame el zaguán. Un Solo Pueblo, otra vez. Los disfrazados estaban dispersos, las comparsas se empezaban a acomodar. «Alumbra, alumbra, alumbra, alúmbrame el zaguán/Eso se acostumbra en la Navidad», radiaba el perímetro de la plaza, pero estas ondas chocaban con la miniteca de la licorería Oasis. Allí mandaba el lema de: «Cerveza y reguetón pa’ todo el mundo».

El padre Moisés Rafael Galicia durante la misa en la Plaza Bolívar: «La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana»

«La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana». El padre Moisés Rafael Galicia durante la misa en la Plaza Bolívar

Los «Loquitos de La Vela». Foto: Dubraska Vargas

Los «Loquitos de La Vela». Foto: Dubraska Vargas

Y la Mojiganga la noche del 27 ya había recorrido las principales casas del pueblo. Este personaje es quien da inicio a la fiesta. Este año su máscara representa al anarquista V, ese que ahora usa el grupo Anonymous como imagen y que proviene de de la tira cómica V de venganza. Con su sombrero a lo Abraham Lincoln, y la elegancia de un traje negro, ya en la mañana del 28 se paseaba de nuevo por el pueblo, ahora como «cartero».

Frente a mi estaba la Mojiganga, parada, escuchando la prédica del padre Moisés Rafael Galicia. La misa en la plaza, el Niño Jesús en la plaza. La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana.

Y todo esto nos lleva al sitio neurálgico de la fiesta: el paseo Francisco de Miranda. Frente al mar, frente a las lanchas y frente a todas las banderas que ha tenido Venezuela a lo largo de su historia. Allí se reúnen autoridades, jurado, y el público que rodea una arena con un centro adornado como brújula, en homenaje al Generalísimo y su expedición de 1806. A las 10:10 de la mañana se da el primer: «Aló, aló, probando», y veinte minutos después el despliegue de disfraces: el Dr. Sili Pérez, un bebé Elmo encarnado por un anciano, el Viagrero resucitador, la Vela Tinto, el Vallenatero loco, y el personaje más popular de 2012, Psy con el Gangnam Style, que a cada rato repetían: era el baile del caballo, y es que el loco bailaba con un caballo de madera, de esos que creemos y creamos como de carne y hueso en la niñez.

La Mojiganga en bicicleta (izquierda) y el  disfraz del personaje más famoso de 2012: Psy y su Gangnam Style (derecha)

La Mojiganga en bicicleta (izquierda) y el disfraz del personaje más famoso de 2012: Psy y su Gangnam Style (derecha). Fotos: Dubraska Vargas

Cada loco bailaba al son del tambor veleño. «En el puerto de La Vela, primer puerto de Falcón/Donde enarboló Miranda la bandera tricolor», parte de la letra que cantaba el grupo Combinación Veleña. Cada quien daba su «pasito», todo esto hasta casi mediodía. Carrozas monumentales, seres mitológicos, otro Psy con compañía, la Navidad con renos y hombre de nieve bajo ese calor, marionetas que bailan tambor, animales, serpientes, indios y dragones. Toda una ilusión de colores llenaba el paseo y esa magia era tal que no importaba el sol, la insolación, la brisa. Era La Vela, sus locos y locainas, no convenía pensar que toda esa gente reunida después iban a abarrotar cada lugar de comida, y los dos cajeros automáticos con que cuenta el pueblo.

Lo que ocurre después es música, carros con ritmo y cervezas que recorren cada esquina. Es esperar los resultados en la plaza La Antillana, hasta las diez de la noche. Son conjuntos para bailar, fuegos artificiales, parrillas y buhoneros que venden cualquier cosa. Es el saber que la tradición persiste a pesar de todo, y que los niños también se disfrazan con centauros y cíclopes a sus hombros. Que el disfraz popular individual de Gangam Style ganó, las marionetas bailarinas de Vertigo Dance, quedaron como el mejor disfraz popular en comparsa. Los Diablos Ancestrales resultaron los victoriosos como fantasía en comparsa mixta, y en fantasía monumental: Tierra de libélulas (individual) y los dragones Kolé Moza (comparsa).

La fiesta continua hasta el 29, cuando son premiados los disfraces ganadores. El pueblo poco a poco regresa a la calma y se prepara para el año nuevo. Quedan dos días para el 31 y a los organizadores se les renueva el ciclo de mantener viva la tradición. La petición de los más fieles: lograr crear la casa museo que aloje la historia de cada 28, así como elevar la festividad a Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. Muchos son los deseos. También mucha es la unión de sectores. Saben que la continuidad de la memoria depende de cada uno de ellos.

Ganadores en la categoría Fantasía Monumental: Tierra de libélulas (derecha) y Kolé Moza (izquierda). Foto: Dubraska Vargas

Ganadores en la categoría Fantasía Monumental: Tierra de libélulas (izquierda) y Kolé Moza (derecha). Fotos: Dubraska Vargas

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El Niño Jesús Criollo (en la actualidad)

Un sueño de año nuevo en Petare (Emilita Rondón) – Museo de Petare Bárbaro Rivas

El Niño Jesús Criollo (en la actualidad)

Por Guillermo Ramos Flamerich

A Don Papelón

Si el Niño Jesús naciera en la Venezuela de estos días, algunas cosas diferirían de la historia tradicional. María y José en la playa, acurrucados se encontrarían, en pleno disfrute del tiempo vacacional.

Pero al llegar al terminal, buscando pasaje de retorno, un tajante «No» les negará el regreso a la capital.

Ni líneas piratas de buses, nada por el estilo, mucho menos pasajes de avión, esos sí que han aumentado. Todo está colapsado y María algo empieza a sentir, son las patadas del niño que antes de tiempo quiere salir.

De hospital en hospital deambulan, a ver quién quiere ayudar. En un rinconcito alejado, un médico recién graduado el parto quiere atender. No están todos los insumos, pero algo se tiene que hacer.

El Niño Jesús ha nacido, y la Estrella de Belén se ha convertido en un estado del Facebook que, con foto del neonato, José ya ha colocado. No falta el que comente y diga en doble sentido: «José, no parece hijo tuyo. Ese bebé está muy bello. Además he visto a María picándole el ojo a su jefe. ¡No vaya a ser que a este cazador le hayan metido gato por liebre!».

De regreso en Caracas, el niño recibe visitas. Los Reyes del Mototaxi, vienen desde Petare. Cada cual tiene un regalo, pero hay uno particular. Es así como el bebé obtiene su primer celular, para que dentro de poco sepa lo que es chatear.

Pero José está preocupado, no sabe dónde vivir con María. La casa de su madre de hermanos está repleta y cuando busca algún sitio para alquilar, el dueño siempre responde: «No, que va. Tremenda vaina me quieres echar. Con la nueva Ley de Inquilinato nunca me vas a pagar, y si se me ocurre sacarte, te conviertes en invasor. Anótate en Misión Vivienda a ver si te ganas ese Kino. Lo último que se pierde es la esperanza, así le dije a mi anterior inquilino».

El niño ya tiene un año, la Cruz del Ávila brilla. José con la carpintería, y dos oficios más; María es buhonera, de las que vende Harina Pan. Ni chinchorro ni pepitas de oro; nada de alpargatas; el liqui-liqui no está planchado; el cogollo está en el gobierno y lo único que ha cambiado es que los pañales están más caros.

FIN

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Perfiles: Eurípides y Rincón González

Rafael Rincón González (1922-2012) y Eurípides Romero (1923-2012), dos juglares de la zulianidad

Eurípides y Rincón González

Por Guillermo Ramos Flamerich

No se consigue un gaitero, en el sector de Veritas,

que haga gaitas tan bonitas como Eurípides Romero.

Ricardo Cepeda en Alegres Gaiteros (Ofrenda al folklore zuliano, 1979)

 

El pésame que me estáis dando te lo agradezco de corazón,

dáselo también a la nación y a la Chinita que está llorando

y a esa dama íngrima sollozando: la guitarra de Rincón.

Víctor Hugo Márquez en homenaje a Rafael Rincón González (2012)

Existen los que hacen de la cotidianidad un arte. Quienes suman todos los sentidos de una tierra en específico y, partiendo de ella, plasman un legado tan local que es universal. Esto ocurrió con Rafael Rincón González, «pintor musical del Zulia» y con el «gaitero mayor», Eurípides Romero. Ambos fallecidos en los inicios de 2012 (Rincón el 15 de enero; Romero el 2 de marzo). Ya ancianos y con carreras prolíficas, dejaron una vasta obra y vidas que sobrepasaron las ocho décadas, algo no muy común en la ajetreada y guapachosa duración de los cantores del Zulia.

«No quisiera perturbar la dulce paz de tu nido, con la luna yo he venido a ofrendarte mi corazón», esa frase de la danza Soberana evoca imágenes que nunca he vivido, pero que recuerdo. No conozco la ciudad de Maracaibo, pero por alguna razón la logro imaginar tutelada por la noche, con el clima tropical haciendo de las suyas y una colorida casa de El Saladillo con sus ventanas abiertas, por donde pasan las melodías de la guitarra de Rincón González y su voz, haciendo que la dueña de sus cantares despierte y ame.

Pero es que en el repertorio de este bardo aparece todo Zulia, desde las escenas costumbristas de los Pregones zulianoso Maracaibo florido; la humorística Chinquita; las bonitas: Linda Guajirita, Maracaibera, Besos inocentes; y esa gaita, clásica ya, que nos cuenta el lago de Maracaibo y sus «aguas de seda». Como coletilla debo escribir que fueron más de seiscientas composiciones, interpretadas hasta por la Filarmónica de Londres. Rafael Rincón González conjugó la tradición de una región, con la amable estampa de un viejito serenatero que seguía activo en la música, adaptando su obra a quienes buscaron reinterpretarlo.

Y entonces terminó enero, pasó febrero, comenzó marzo y falleció, de 89 años, Eurípides Romero. Sastre, conductor-cantor de carritos por puesto, ejecutante del acordeón, amigo de Ricardo Aguirre y compositor de canciones que todos los años siguen sonando a pesar de ser longevas: El Negrito fullero (una especie de semblanza autobiográfica), esa que dice «Maracaibo se emociona con su Fiesta decembrina, se escucha en cada esquina sus parranderos cantando…», La vivarachera, La sandunguera, además de composiciones en otros géneros aparte de la gaita. Con nombre de poeta trágico y apellido criollo, nos dijo de manera alegre y pegajosa que: «La gaita vieja es famosa por música y poesía, por eso es que todavía el Zulia la canta y goza…». Don Eurípides convirtió la anécdota en verso y el verso en canciones que nos seguirán divirtiendo a pesar de su partida terrenal.

Estos dos «valores zulianos», son del Zulia y de la nación. Son parte del ser venezolano, de esa parte buena de nosotros que –muchas veces– es dejada a un lado. Sus sentimientos sencillos y populares se convirtieron en ofrendas a una tierra y su gente. Queda en todos nosotros hacerles el justo reconocimiento, no sólo con los típicos homenajes que se conciben para ilustres fallecidos, sino queriendo lo que somos, indagando sobre ello. Entendiendo que «ser universal» nace de la sencillez de los recuerdos que forman nuestra vida y gentilicio.

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Gaita protesta, gaita mía

Los «Cardenales del Éxito», durante años, se convirtieron en cultores de la gaita protesta en nuestro país

Gaita protesta, gaita mía

Por Guillermo Ramos Flamerich

Publicado originalmente en el blog Planta Baja el 7 de diciembre de 2009

En Venezuela, la gaita es sinónimo de Navidad. Junto con las hallacas, pan de jamón, ponche crema y los aguinaldos (tanto el monetario como el musical), es máxima representante de esta fiesta tradicional. La gaita es también sinónimo de protesta, empezando por las de su región originaria, el Zulia. Así lo expresa en uno de sus versos el himno de los gaiteros, la «Grey zuliana», del monumental Ricardo Aguirre: «Madre mía, si el Gobierno no ayuda al pueblo zuliano, tendréis que meter la mano y mandarlo pa’ el infierno». El alto costo de la vida, la centralización de los servicios, corrupción han sido algunos de los tópicos que ha utilizado este género para dar a conocer los reclamos de la sociedad.

En razón de todo esto, en los últimos años la gaita protesta en Venezuela ha mermado. Autocensura, adecuación a las nuevas leyes y panorama político han opacado esta forma de reclamo. La producción de temas que denuncian problemas sociales, políticos y económicos son cada vez menores. Esto contrasta con el boom de gaitas protesta presentando entre los años 2000 y 2004. Piezas enigmáticas como «Aló Presidente», «La Ley Mordaza», «Pinocho», «Se va, se va» lograron un apogeo tal que durante dos años seguidos se compiló un disco compacto denominado Las gaitas que a él no le gustan, canciones todas llenas de auténtica queja. Pero algo en el ambiente cambió. La gran interrogante que produce esta realidad: ¿Venezuela está en una situación de felicidad casi utópica, donde no existe disconformidad? O por lo contrario, ¿cada vez existen mayores dificultades, pero el campo de acción para dar a conocer disgustos, fijar posición en algo, o elegir el rumbo que queremos para el país es cada vez menor?

 Escuchar, componer y utilizar los géneros musicales tradicionales y populares como forma de reclamar a los gobernantes de turno los problemas que agobian al ciudadano, son parte del derecho a elegir. La protesta es algo nato del ser venezolano. Callar, dejar pasar, sólo coartan la posibilidad de llevar a nuestra sociedad por un sano rumbo.

Gaiteros de mi patria: sigamos el ejemplo de aquellos que protestaron y dieron las más bellas notas de reclamo. Parafraseando el nombre de viejas gaitas, sólo puedo decir que La gaita no ha muerto, pues en esta Tierra zuliana, la Gaita entre ruinas nunca estará, son un Canto a Venezuela y una Imploración a nuestra Reina Morena.Gaita protesta: revive, pues Venezuela te necesita con más energía que nunca ante tantos estragos que nos agobian.

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Navidad: uno y seis motivos

Nacimiento por Francisca Molina (Maracay, estado Aragua)

Navidad: uno y seis motivos

Por Guillermo Ramos Flamerich

Uno

Cuando hablamos de la Navidad siempre estamos evocando algo. Deseando. Otras veces, dejamos la reflexión a un lado y las efusivas compras marcan el ritmo de la celebración. Mientras escribo, espero insistentemente a que esté lista una hallaca hecha en casa. Este año no sólo «la mejor hallaca es la de mi mamá», también el mejor pan de jamón. Es algo que agradezco profundamente. Degustar nuestra cocina decembrina es uno de mis pasatiempos preferidos, sólo comparado con el de escuchar a toda corneta la música especial de estas fechas. Venga de cualquier región del país o cualquier lugar del mundo, todas tienen algo especial: creen en la humanidad, su porvenir y en fiestones que duren hasta mediados de año.

Sobre la Navidad se pueden escribir miles de cuartillas. Se han escrito millones. Todas coinciden. Publicar deseos de abundancia para el año entrante y párrafos acerca de la importancia de la familia, no agregaría nada nuevo. Eso sí, siempre quedan bien un final con: ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo tal!

De niño uno pregunta demasiadas cosas. ¿Quién trae los regalos en Navidad, San Nicolás o el Niño Jesús? Mi mamá me decía que los dos. ¿Si son los dos en dónde los lleva el Niño Jesús? La respuesta concedida por mi progenitora no la recuerdo. Me llega a la mente un Niño Jesús levitando por Caracas junto con regalos flotantes que aparecen y desaparecen. San Nicolás no es de aquí. Pero puedo jurarlo que una vez lo vi. El se escondió, salió corriendo con las galletas y se tomó el vaso de leche que le dejé. Escuché sus pasos, observé la huida. Quizás el exceso de películas norteamericanas produjeron aquella alucinación, pero el vago recuerdo aún late.

La hallaca está servida, «la inmutable hallaca» como dijo alguna vez Job Pim. Dispongo a comerla. Pero antes, coloco en la computadora un repertorio de gaitas y aguinaldos. Le tocó empezar al Orfeón Universitario con Que ronque el furruco. Buen inicio. Más allá de meditar sobre diciembre y sus costumbres, espero puntualizar algunos motivos que identifican o han identificado la Navidad en Venezuela.

Seis motivos

-       El Orfeón Lamas: Agrupación pionera del movimiento coral venezolano. Establecido en 1930, con una duración aproximada de tres décadas. Vicente Emilio Sojo, su fundador, se convertirá en la gran figura de la música académica de la primera mitad de nuestro siglo XX. Durante años, las tardes en la Santa Capilla servirán para congregar músicos de la talla de: Antonio Estévez, Inocente Carreño, Victor Guillermo Ramos, Gonzalo y Evencio Castellanos, Antonio Lauro, Carmen Liendo, Teo Capriles, entre otros. Además de los coros de las hermanas Dovale y Díaz.

Más allá de la propia historia del orfeón, parte del legado que deja la institución y la figura del Maestro Sojo, fue el rescate de aguinaldos venezolanos del siglo XIX. Canciones como: Niño Lindo, Espléndida Noche, De Contento, Tun Tun y Si acaso algún vecino, fueron recuperadas del olvido. Sus compositores: Ricardo Pérez, Rafael Izaza y Rogerio Caraballo, recobraron nueva vida.

-       Gaitas del Zulia y de la nación: A finales de los años cincuenta la diatriba entre aguinaldos y gaitas se da inicio. Se teme la desaparición paulatina de villancicos y aguinaldos. El género llegado del Zulia hasta la región central se populariza. Saladillo, Cardenales del Éxito, Estrellas del Zulia, Compadres del Éxito, luego Guaco, Maracaibo 15 y Gran Coquivacoa, acompañarán las fiestas no sólo con composiciones a la zulianidad, también a la jocosidad y parranda. Tanto es el furor gaitero que artistas populares como Simón y Joselo Díaz se encargaran de grabar sus propias versiones. Sobre el origen de la gaita existen diversas teorías. Proviene de la mezcla de culturas, es popular, eso sí es de pública notoriedad.

-       Fiestas populares: Diciembre está lleno de manifestaciones mezcladas entre la tradición pagana y cristiana. Con el proceso de mestizaje, Venezuela ha creado festividades propias a la idiosincrasia de su pueblo. Entre estas, destacan: la Paradura del Niño (entre el 24 de diciembre y 2 de febrero, sobre todo en los estados Táchira, Mérida y Trujillo); los Pesebres vivientes y Pastores (24 de diciembre, estados Portuguesa y Carabobo); Santo Niño de Mocao (24 de diciembre, estado Mérida); Regreso de El Pascualito (24 de diciembre, estado Anzoátegui); Locos y Locainas (28 de diciembre, estados Mérida, Trujillo, Portuguesa, Lara y Falcón); Los Zaragozas (28 de diciembre, estado Lara); El Baile del mono (28 de diciembre, estado Monagas); Gobierno de las mujeres (28 de diciembre, estado Vargas); Quema del año viejo (31 de diciembre, estados Táchira y Mérida); así como la llegada de los Reyes Magos a comienzos de año, el 6 de enero, fiesta que inicia el cierre de las festividades, concluidas finalmente el 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria.

-       La Cruz del Ávila: Llena de alegría las noches caraqueñas en Navidad. Desde que se encendió por primera vez en 1963, es símbolo de la ciudad de fin de año.Observarla ya es para mí un ritual. Sobre todo si la veo cuando cruzo el distribuidor El Pulpo. El alumbrado del Estadio Universitario, las luces de los edificios de Caracas y, en el fondo, como flotando, la cruz. Ahora de bombillos blancos, es la tranquilidad en una urbe caótica.

-       Pacheco y el San Nicolás de Cota Mil: Durante años era Pacheco el que anunciaba la llegada del frío a Caracas, también de la Navidad. El vendedor de flores procedente de Galipán, entraba a la ciudad justo cuando comenzaban las bajas temperaturas. Gracias a él se popularizó «Llegó Pacheco» como sinónimo del inicio de los días fríos. Ya el clima no es el mismo, tampoco la frase es tan utilizada como en el pasado. La llegada de la Navidad, quizás del frío, la anuncia actualmente Ramón Canela. Desde hace más de una década, todos los primero de diciembre, viste de San Nicolás y se aposta en la Cota Mil durante la mañana y desde allí intenta radiar su espíritu navideño a los conductores de la vía expresa. Con más de sesenta años en Venezuela (es de origen español) busca «regalar alegría» a los caraqueños.

-       La nieve del trópico: La Plaza Venezuela albergó, durante varios años, un arbolito de Navidad gigante. De día no era vistoso, de noche pura luz. Con la onda «nacionalista» del gobierno de turno, del arbolito sólo quedaron fotografías y recuerdos. En las instituciones del Estado se prohibió el uso de adornos foráneos a nuestras tradiciones. Despidiéndose así: muñecos de nieve, renos, San Nicolás, muérdagos y pinos artificiales. Sobre la ridiculez de nieve artificial, muñecos de nieve de plástico o chimeneas de mentira en esta tierra marcada por el sol, muchos de nuestros intelectuales han escrito. También la transculturización es una palabra presente al analizar como preferimos el arbolito navideño al pesebre ideado por San Francisco de Asís, allá por el siglo XIII.

Es importante entender nuestras tradiciones, vivirlas y quererlas, pero la base de este amor no puede ser la negación de otras costumbres que ya han hecho raíz en nosotros. Los venezolanos somos mezcla y añadidura de todo el que haya llegado a estas tierras. Existen muchas formas de vivir nuestra cultura, integrarla es enriquecerla. Eso sí, siempre salvaguardando lo que nos han legado nuestros ancestros y manteniendo el buen gusto y decoro a la hora de embellecer la fecha, sea Navidad o cualquier otra.

Pesebre – Eloisa Torres (Escuque, estado Trujillo)

Un octavo motivo, la Navidad de los Campos, por Aquiles Nazoa:

Para el pueril pesebre

de la pascua en la aldea,

un Fra Angélico niño

juega a pintar la tierra.

Y con tan dulce apego

pintó la navidad,

que la empezó por juego

y le salió verdad.

Arriba, un cielo diáfano

con nubes de inocencia

y un pueblo al horizonte

donde las torres sueñan.

De pascuales colores

construyó su pincel

una escala de flores

para el ángel Gabriel.

Y abajo, en infinita

distancia de praderas,

echadas como lagos,

las apacibles bestias.

Dos palomitas blancas

pintó en vuelo también,

y eran José y María

camino de Belén.

¡Oh campesinas pascuas

en que el mundo regresa

a los simples colores

de un dibujo de escuela!

Navidad de los siete

corderitos que van

regados por el campo

¡como migas de pan!

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Breve historia de los Navegantes del Magallanes

Breve historia de los Navegantes del Magallanes

Por Guillermo Ramos Flamerich

Mientras escribo estas líneas el televisor de mi cuarto está prendido. Observo el primer juego Caracas-Magallanes de la temporada 2011-2012. Mi equipo, el mismo de la canción que enuncia: «No hay quien le gane…», está derrotando a su llamado «eterno rival» tres carreras por dos. Estoy contento. Tengo con que chalequear a mi papá. En el twitter coloco «¡Vamos Magallanes!» y fuera de mi casa empieza a llover. No sé cómo terminará. Utilizo estos momentos para pensar un poco en la trayectoria de mi equipo. Busco una conexión inmediata con el pasado de los Navegantes. A su vez, recorren mi mente recuerdos de un pasado personal no tan lejano…

¿Por qué elegí ser magallanero? Quizás para llevarle la contraria a mi papá, o en honor a un desconocido abuelo, el cual su afición por la novena era tal que cada juego significaba un hecho pasional: euforia o despecho a granel. También van aterrizando, poco a poco, escenas de disputas beisboleras con mis primos. Ellos, fanáticos de los Leones del Caracas, buscaban convencerme hasta el cansancio para que perteneciera al «mejor equipo de todos». Entre sus razones se hallaba la típica pregunta: «¿En dónde naciste, acaso vives en Valencia?». Temporada tras temporada cada juego y sus respectivos resultados desencadenaban conversaciones que reflejaban ese sabor que tenemos los venezolanos por un deporte llegado del norte pero convertido en pelota Caribe.

Es 24 de febrero de 1918 en nuestra ciudad capital. El recién fundado equipo Magallanes, con sede en Catia, ha sido derrotado por Flor del Ávila 20 a 6. Un debut algo duro, pero una anécdota muy singular. Meses antes, el 26 de octubre, Jesús Gómez, Manuel Antonio Ponce, Antonio Benítez, Luis Belisario, Hughes Alfonzo, Avelino Issa, Florencio Guinaglia, Napoleón Cagliannone y Pedro Solares fundan el después llamado «conjunto turco» en un bar de nombre Back-Stop. Benítez es quien coloca el nombre. Ya pueden salir a la «palestra para derrotar a los más connotados clubes de Caracas».

Equipo amateur y de no muchas victorias. Tratará de aplacar su situación de derrotas con jugadores como: Balbino Inojosa, el Pollo Malpica y los importados Ernesto Sánchez y Camarón Sosa. Desde finales de los años veinte comienza la rivalidad con los Royal Criollos, continuada con el equipo Cervecería y se mantendrá hasta la actualidad con Leones.

Siete años le costó al equipo volver a aparecer en escena. Esto fue en 1941. Cinco años después, al crearse la Liga venezolana de béisbol profesional, Magallanes fue el primer conjunto en jugar, derrotando 5 a 2 al Venezuela. En 1949 obtendrá el primero de una decena de títulos de campeonato con esta liga. El último de ellos (hasta el momento) fue en 2002.

Joe Nova y Johny Cruz logran comprar la franquicia deportiva pero no el nombre. Magallanes pasa a llamarse Oriente, pero sigue funcionando en la ciudad que lo vio nacer. Esta etapa durará hasta 1964, fecha en la que el equipo regresa a su nombre primigenio.

Entre el cinco y diez de febrero de 1970 se disputó en el Estadio Universitario de Caracas la XIII edición de la Serie del Caribe. Nuestro país estuvo representado por «los bucaneros», quienes logran vencer al conjunto boricua Leones de Ponce. Logrando así el primer título de Serie del Caribe para Venezuela y el primero de los navegantes. El segundo lo obtendrían en 1979, bajo la dirección del llamado brujo Willie Horton, en la ciudad de San Juan, Puerto Rico. Para esa fecha la novena ya está instalada en Valencia y las canciones dedicadas al equipo por parte de la Billo’s Caracas Boys ya son populares en toda la nación.

Esa era una historia, a muy grandes rasgos, del equipo al que había decidido defender y apoyar, en las buenas y las malas, desde los ocho años de edad. La lluvia poco a poco se ha diluido. El juego continua en pantalla. Los Leones empatan, Magallanes desempata. Se vuelve a empatar la partida. De nuevo mi equipo logra la delantera seis carreras por cinco. Ya se ha llegado al inning doce. Turno del equipo felino. Daniel Mayora al bate. Tienen hombres en primera y tercera base. Out a Mayora. Son las 10:11 pm. Primer triunfo para los Navegantes del Magallanes en la serie particular. Ha sido un juego tenso de esos que el béisbol sabe regalar. Por los momentos cabe cantar: «Magallanes será campeón este año les ganará/ la gente que va al estadio entonan esta canción».

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Entre espantos te veas

Donde el cielo y la tierra se confunden (Elsa Morales) – Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

Entre espantos te veas

Por Guillermo Ramos Flamerich

A Mercedes Franco y su ¡Vuelven los fantasmas!, libro fundamental de mi infancia.

Mi paso era apresurado ante la grotesca aparición. Aumentaba mi velocidad, buscaba un pronto escape. La angustia y el miedo ocupaban cada espacio de mi organismo. No quería pensar, sólo correr. El azul del valle poco a poco desvanecía del paisaje, el tono predominante aquella hora era un naranja violento, poco deseoso de paz. En eso, al voltear la cara, el araguato diabólico se lanzaba ante mí como lacero a su presa. Era color de fuego, con su cuerpo de bestia y rostro tenebrosamente humano. Ocurría como escarmiento por haber cazado en Semana Santa. Cuando empecé a rezar en búsqueda de salvación, mi correr, tan acelerado y enajenado, me había colocado frente a un barranco. Mientras caía en el vacío, el espectral araguato reía a mil voces y con retumbante chillido afirmaba: «¡Hoy te veo en el infierno pecador malagradecido!».

Esa fue la pesadilla que tuve después de escuchar aquella leyenda. Los fantasmas, aparecidos y seres sobrenaturales han existido desde el inicio de los tiempos. Como explicación, fabulación, moraleja y autorregulación de los valores de este mundo terrenal. Los espectros también reflejan las culturas de los pueblos que los alimentan. Tomando sus formas, costumbres y condiciones especiales. Venezuela comparte la tradición latinoamericana de una civilización marcada por el mestizaje. Fantasmas de la vieja Europa, conjugados con sus pares indígenas y africanos. Son parte del acervo popular e imaginario colectivo. Un viaje a cualquier pueblo o caserío trae consigo el recorrido por la siempre presente Plaza Bolívar, la iglesia principal y la casa donde habita la leyenda de algún muerto que vaga en esta vida que ya no le pertenece. Siempre existe algún aventurero, inventor de historias o hablador, que te comenta, detalle a detalle, relatos sorprendentes, llenos de color, misterio y enseñanzas.

Un lenguaraz de esos se llamaba Francisco. Cuando uno tiene nueve años cualquier relato parece sorprendente. Siempre me comentaba sobre su pacto con el diablo, al cual le ofrecía una moneda cada noche para la protección diaria y el aviso de cualquier situación inconveniente. «Recuerdo que había una señora que reclamaba a la policía que unos bandidos tiraban piedras a su ventana. Ella no sabía que eran duendes. Yo los vi con mis propios ojos, con sus risas burlonas de muchachos nunca bautizados. Esos siguen por aquí, al igual que la Sayona, pero no les tengo miedo. Siempre se les aparecen a los caraqueños que preguntan por esos cuentos…». El susto y la fascinación que generan en las mentes infantiles, han permitido su vigencia por generaciones. Entre los espectros venezolanos, están los que han cobrado la fama nacional y sus historias se han convertido en productos del mercado. Por la alfombra roja del miedo en nuestro país, transitan La Sayona, El Silbón y su saco de huesos, La Llorona (popular en Latinoamérica, sobre todo en México y Centroamérica), alguno que otro árbol encantado y los jinetes sin cabeza provenientes de las infinitas guerras de nuestro siglo XIX. Pero hasta estos astros del horror se han visto relegados por las nuevas tecnologías y fantasmas provenientes de más allá de nuestras fronteras.

En una batalla entre El Hachador y Freddy Krueger, ¿quién ganaría?; la misma pregunta con respecto a las Brujas Chupasangre de Güiria y los vampiros de Hollywood… Son interrogantes algo extrañas, pero sus respuestas radican en el arraigo de los pueblos con su cultura.

Si iniciáramos el tour de los «espantos y aparecidos de Venezuela», tendríamos que recorrer hasta el mínimo rincón de nuestra geografía. Comenzando por occidente con su esclavo acróbata, el fantasma de Don Juan de la Colina y Peredo, la monja de la buena suerte, Las ánimas de Guasare, El Hachador y el ánima de Gregorio Rivera, entre tantos; el llano es lugar de las Bolas de Fuego y su constante jinete, El Silbón, árboles encantados y un sinfín de ánimas benditas; el oriente y sur del país son parajes míticos, donde la tradición indígena como Los Sáparos y Hombres Tigre, se enlazan con La Chinigua, El Abuelón, La mujer del viento, gallinas fantasmas, decenas de ánimas, brujería de orígenes africanos y caribeños (fenómeno radicado en toda la costa), y duendes que entre saltos y brincos, enfrían la sangre de cualquiera; los espectros del centro de Venezuela son más cosmopolitas, enanos que se transfiguran en gigantes de fuego en la capital, la Sayona y Llorona, los ilustres personajes que siguen en la tierra como apariciones, carretones conducidos por Lucifer, espejos con espíritus incorporados, y entre La burra maneada, el Fantasma del Ávila y el Pozo del Cura, la naturaleza también guarda sorpresas del más allá.

Los nuevos tiempos traen nuevas realidades. Estas leyendas y tradiciones cada día pertenecen ya no a la vida de nuestros padres, sino a la de los abuelos y bisabuelos. Esos que te decían que quien levantara la mano a su madre quedaba petrificado de por vida y que la fortuna podía llegar en cualquier momento a causa de un muerto que te anunciara donde había enterrado su botija de morocotas. No es sólo la modernidad la que atemoriza a nuestros fantasmas, sino también la falta de lugares que tienen para asustar. Cuando uno sale en altas horas de la noche por alguna calle en soledad, lo más probable es conseguir un espectro de este mundo. Malandro que al no darle lo que te pide, no pierde el instante para convertirte en ánima que pena.

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Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

«El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul»

Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿Tú crees que el Y2K ocurra en Ciudad Bolívar?

–No –respondió mi primo Enrique– Acá ninguno de los servicios funcionan con computadoras. Es que se utilizan unos medidores de agujitas de hace cuarenta años…

Momentos como el cambio de milenio, o el simple periplo de un año a otro lo he vivido en esta ciudad del sur de Venezuela. Ciudad Bolívar ha sido como un segundo hogar desde donde apreciar el país. El primer viaje en avión lo realicé para allá. La reunión con la familia materna, primos, tíos y abuelo, significaba un momento de aprendizaje y una que otra temprana reflexión sobre el significado de vivir.

El hogar de la familia estaba matizado no sólo por el calor característico de la región, también por una especie de conjugación entre la realidad y el mundo de la ficción. La casa era de principios de los años setenta; una estructura con platabanda como techo, en forma de «U». A pesar de su no tan lejana construcción, leyendas fundidas con sucesos de años predecesores le daban un toque diferente.

El bisabuelo que a los 93 años había fallecido en ella, quien era conocido en sus últimos años por avisar quién llegaba y por alimentarse de pichones de paloma para fortalecerse de una sufrida trombosis cerebral; la abuela materna que había muerto de un infarto en el cuarto donde siempre pernoctaba durante mi estancia en la ciudad; la espectral enfermera que años antes se le había aparecido a un tío en uno de los dos pasillos que presenta la casa. En fin, todo esto aunado a las celebraciones nocturnas donde, con bebidas y comida, pasaba un buen rato escuchando las voces altas y aceleradas. Recuerdo la vez que se hacía chicharrón de un cochino recién traído, me escapé con el rabo del cerdo ya que mi madre me había dicho que esa era «la parte más exquisita» de la bestia.

Afuera estaba la ciudad. Avenidas que parecían asfaltadas con granzón, calles de extrañas curvas en una topografía plana, no determinadas por la planificación sino por la localización de las viviendas, locales que buscaban emular con sus nombres a los de las grandes ciudades, un aeropuerto en el centro geográfico de la urbe y una sensación generalizada de necesidad en el «foco de poder» del estado Bolívar.

En Tv Río transmitían videos caseros de fiestas y reuniones, mientras que Bolívar Visión era una trinchera para proyectar películas que estaban aún en cartelera. La realidad era que la ciudad no contaba con un cine y las opciones se reducían al cable, la compra de películas quemadas o la suscripción a un videoclub también conformado por productos de la piratería. La mañana y tarde eran para adentrarme a la Ciudad Bolívar histórica, esa enclavada en lo alto, muy cerca de las riveras del Orinoco.

La Catedral consagrada a Nuestra Señora de las Nieves la había conocido por primera vez gracias a la boda de uno de mis tíos. El sitio donde fue fusilado Manuel Piar, en una de las grandes paredes exteriores de la iglesia, siempre servía de lugar para fotografías con ínfulas de «representación histórica». La Plaza Bolívar, sus alegorías a las cinco naciones liberadas por Simón, los árboles y la brisa conformaban un paisaje pincelado por las casas de colores que se establecían en el centro.

Las estructuras más importantes competían por ser visitadas, mostraban sus atractivos. Cada una exhibía no sólo sus cualidades, también su importancia para la historia del país. La casa donde estuvo detenido Manuel Piar y la morada del Congreso de Angostura, inmensa casona colonial que alguna vez sirvió como colegio a finales del siglo XVIII.

Claro está, no todo estaba en el centro. En el Paseo Orinoco se observaba la ciudad comercial y buhonera. Más allá se encontraba La Carioca; el mercado era el lugar ideal para la comida típica y el guarapo de papelón servido en los frascos que comúnmente alojan la mayonesa. Salir del centro histórico no significaba abandonar la historia. A un lado de la Avenida Táchira se imponía la casa San Isidro. La cual sirvió como albergue a Simón Bolívar, conocida también como Casa Bolívar. Una hacienda fresca y con historias que van desde dos mujeres que al pelear se convirtieron en gigantes rocas, hasta el fallecido Tamarindo en el que el Libertador amarró su caballo. Al frente, un coloso con la forma del personaje más famoso que tiene Venezuela. Una estatua inmensa que a los ojos de un niño era más grande aún. La cuál, por alguna magia o hechizo, podía cobrar vida, y si estaba cerca de ella me podía aplastar. Para la época estaba de moda recorrer la laguna Los Francos. La noche servía para dar vueltas por el recién rescatado lugar. Una vía larga y agua alrededor. Más allá del paisaje, las bebidas alcohólicas y la música eran parte de las principales atracciones.

«La quise tocar, la quise abrazar quise amarla como a ti, ni que fuera un mago para contener la fuerza del río…», mientras escuchaba ese vals, Viajera del río,de Manuel Yánez, el Sol se posaba en el casco histórico. Una calle, la cual consideraba especial, presentaba una vista artística del Orinoco. El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul.

Los años han transcurrido. Llevo algún tiempo sin visitar la ciudad. Todo cambia, se transforma. Los adolescentes eternos que eran mis primos son cada día mayores. Hasta yo estoy entrando de manera definitiva a la adultez. Nuevos integrantes conforman la familia. El tiempo por momentos deja de ser compañero y es juez de hechos implacables. La ciudad sigue allí, con recuerdos y momentos imborrables. En mis pensamientos la evoco, ideándola, meditándola. Entendiendo la Casta Paloma de Alejandro Vargas, y uno de sus maravillosos versos: «Cantando aguinaldos pasaré la vida, bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar».

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