Archivo mensual: mayo 2011

Al río Guaire con cariño

«Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo “peorcito” de la ciudad»

Al río Guaire con cariño

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En Caracas hay un río que todos los días olvidamos. Más que un río, es un hilo marrón y atormentado, un desagüe del mundo. El hedor horizontal de nuestras vidas. Pero también es río y tiene orillas. Caminarlo, en esta ciudad, es privilegio del vagabundo. Nadie más posee esa mirada, ese ángulo de la autopista. Es su pasaje privado»

Leonardo Padrón, «Boulevard» (2002).

 Seis y media de la tarde por El Rosal, Caracas ya estaba a oscuras. Desde el cambio de hora, hace ya varios años, la sucesión entre día y noche era tan brusca que el atardecer quedaba en una especie de limbo. La jornada había sido muy buena y productiva. Quería caminar y reflexionar. En una ciudad tan agitada, tomarse un rato para pensar puede ser algo de riesgo. Debía estar en el centro comercial Tolón (el mismo del fashion mall) a las ocho, tenía tiempo de maniobra. Decidí ir a pie. La Caracas actual puede ser definida por la palabra incertidumbre, hasta las zonas medianamente vigiladas de la ciudad padecen de una especie de penumbra inhibitoria, esa que te hace mirar a todos los puntos cardinales. Alguien está al acecho, tú o yo. En esta acera tan chica sólo uno puede sobrevivir. Pensaba en tantos temas, personales como del país, quizá alguno sobre este mundo que nos ha tocado vivir. En un abrir y cerrar de ojos, estaba debajo de la autopista Francisco Fajardo, en esa especie de túnel medianamente mantenido, pero en una tierra de nadie entre Baruta y Chacao.

«Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses»

Empezando el puente Veracruz, con sus relieves pintados por grafitis, observé un indigente de pelo cenizo, bigote grande, mandíbula salida y con una extraña franela del Padre Pío, quien emulando a un corredor de maratón, salía de la vía recta del puente y cruzaba hacia los caminos verdes cercanos al río Guaire. La escena era cómica/estrambótica/extraña, una especie de aquelarre o de simple reunión de sancocho, aglomerados en círculo, en trance o en un ritual. No duré mucho tiempo observando ese pintoresco paisaje, pero en lo que quedaba de camino sólo pude pensar en una cosa: la relación del caraqueño con el Guaire. Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo «peorcito» de la ciudad. A orillas del río Guaire todo lo malo puede ocurrir, cuerpos arrojados a sus aguas, indigentes que montan sus casas en los desagües, murales de mal gusto donde el Seniat te invita a pagar los impuestos, historias de drogadictos y niños de la calle en sus orillas, monte y quizás culebras, en fin; quizás lo único positivo que queda son los pájaros que aún sobreviven en los extremos y los restos de la fisocromía que Cruz-Díez hizo al borde del mismo, en los ya lejanos años setenta.

«Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío», Billo Frómeta

Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses. La de unos cipreses en las riberas del sano río, Puente de Hierro en un grabado del último cuarto del siglo XIX, un Guaire ya contaminado en los años sesenta y la imagen mental de Renny Ottolina bebiendo agua del mismo (creada por mi mamá durante conversaciones de mi niñez). Toda una reflexión algo intensa, de pronto detenida en treinta segundos, al tener que cruzar con rapidez una calle cercana a la plaza Alfredo Sadel. Cuando retomé la idea, mi cabeza revoloteaba con Desorden Público y su canción: Peces del Guaire. Si una de las nociones primordiales en la fundación de la ciudad colonial era la cercanía al río, eso nos convertía a los caraqueños en hijos del Guaire.

Tenemos un padre tóxico el cual vamos achicando día a día y al que le regalamos lo que queremos obviar de nuestra cotidianidad. «Más gente, más gente, más gente, hay más gente», dice la letra de la canción, pero menos gente que le importe la existencia de esta especie de padre. El problema ecológico que representa, el descuido como ciudad y el poco afecto que sentimos por lo que somos, redunda en un río sucio, que cruza a todos los sectores de Caracas, pero que todos rechazamos por igual. Todo un problema el cual parece estar atracado a mitad de un túnel. Tenía frente a mí el Tolón. Todo lo meditado era trágico y triste. No conseguía nada bueno para mi conclusión. En eso evoqué a alguien que siempre quiso a Caracas como un todo: Billo Frómeta. También recordé una de sus canciones, una introducida por un órgano algo desgastado: Mi Viejo Guaire. Corta, sencilla y con un verso que me devolvió el ánimo perdido: «Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío».

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Generación Lidera

Discurso de graduación segunda cohorte Lidera

Por Guillermo Ramos Flamerich

Doctor Francisco Sanánez, presidente del IESA; doctora Maritza Izaguirre decano de la facultad de ciencias económicas y sociales de la Universidad Católica Andrés Bello; señor Carlos Graffe, presidente de la fundación Futuro Presente; miembros de la fundación Futuro Presente y comité académico de Lidera; amigos y amigas, líderes todos.

La cuestión no es pararse y hablar, sino qué decir en representación de un grupo tan diverso, de tan alta calidad, lleno de tanto ánimo por hacer las cosas correctas. No es sólo pararse, hablar y representar, es decirlo bien, con la dicción y postura adecuadas y así poder manifestar que las clases con el profesor Briceño sirvieron para algo.

Hace más de dos años, a nuestros antecesores de la primera cohorte, la frase: «construye tu futuro, lidera el presente», les daba la bienvenida; a nosotros, apenas ayer, lo que significa hace más de un año: «Futuro Presente apuesta por ti y tu hoy apuestas por Venezuela». El viernes pasado a la tercera cohorte, una consigna que abraza un compromiso: «La meta es Venezuela». Parece que cada día estamos más cerca de ese mañana esperado, el cuál será lo soñado o lo que siempre hemos evitado, eso sí, dependiendo de nuestras acciones no como líderes o dirigentes de algún sector, simplemente como ciudadanos, como venezolanos, que es la designación más preciosa que se puede hacer de alguien nacido en esta tierra.

Pareciera que somos la generación de la crisis. Nací hace 20 años con una Venezuela deteriorada en su aparataje institucional, económico, político y moral. La mayoría de nosotros, a pesar de los años o meses de diferencia, nos hemos desarrollado en una sociedad que en vez de arroparnos y tratarnos suavemente, el devenir histórico la hace más ruda, más inclemente con sus hijos. Encontramos el país estable solamente en la memoria de nuestros abuelos, quizás de nuestros padres. Ese donde se podía patinar en madrugadas y las puertas de las casas permanecer abiertas. Somos la generación que vive en la angustiosa tarea de hacer un balance entre las aspiraciones personales y lo que el país puede ofrecer. A cada rato estamos despidiendo a un amigo que se va, fuera del país o fuera de este mundo, porque esta generación también es aquella que se ha sumergido en unos niveles de violencia que irritan cualquier forma de futuro.

Y así como el viejo dicho: «Agua que corriendo vas/ bañando el campo florido/ dame razón de mi bien/ mira que se me ha perdido», muchos indagamos en la Venezuela profunda para conseguir razones, buscamos entender lo que significa construir legado. Como por arte de magia, o quizás cosas del llamado «destino», conseguimos que los que apostamos por el país no somos voces solitarias o apagadas, sino que retumbamos con nuestras acciones en todos los ámbitos de la cotidianidad. Es que Venezuela es una pasión la cual debemos construir desde el ingenio, desde la ética, desde el compartir.

Como dijera el escritor y poeta Antonio Arráiz, cuando en su juventud vivía la angustia de un país que no conocía otra cosa entre desorden y dictadura:

«Quiero estarme en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela/ pese aun a ti misma/ Quiero quedarme aquí, firme y siempre/ sin un paso adelante, sin un paso hacia atrás/ He de amarte tan fuerte que no pueda ya más/ y el amor que te tenga, Venezuela/ me disuelva en ti/ Quiero ser de ti misma, de tu propia sustancia/ como roca/ o quizás echar hondas, infinitas raíces/ enterrarme los pies como árbol/ y plantarme en ti, de tal modo/ que no me conmuevan».

Ir más allá del optimismo y del pesimismo, como el título de un ensayo escrito por el profesor Asdrúbal Baptista para una publicación de esta casa de estudios. Se trata de hacer algo desde lo más próximo y desde los cimientos. Aunque esto que acabo de decir tenga similitud con la historia del hombre que sembraba palmeras para que dieran sombra quizás a sus nietos, en gran medida es lo que hace un programa como Lidera. Donde se apuesta al capital humano con la única recompensa de anteponer cualquier meta personal a una construcción colectiva, la que edifica una nación.

En un año ocurren infinidad de cosas. No somos los mismos de aquella primera clase, la de valores democráticos. La del primero de muchos sábados, donde cada uno de nosotros se presentaba ante un grupo numeroso pero atento. Conocer que hace el otro, entenderlo, conseguir gente próxima a tus ideas y otras con visiones totalmente diferentes, lo que crea la tolerancia, el respeto. Entender que la palabra correcta para construir país, es la integración.

Indagar en la dignidad de los venezolanos que viven tras las rejas, así como los sueños y esperanzas de los recién liberados en una sociedad tan adversa a ellos, que muchas veces los denigra, pero allí están con la frente en alto. Hablo de Liberados en marcha.

Estudiantes de medicina que entregan su tiempo y dedicación a visitar los lugares más recónditos del país, a esas comunidades ignoradas, a nuestros indígenas, y así darles un trato y atención médica a estos ciudadanos. La fundación Todos por la vida.

Conocer una experiencia exitosa en Latinoamérica y traerla a nuestras tierras. Visitar comunidades tan cercanas pero al mismo tiempo tan olvidadas, ejemplo de eso es el trabajo que desde Turgua, ha empezado Un techo para mi país.

Aquellos que soñaron en apagar las luces de la ciudad para así encender en 60 minutos nuestras conciencias, La Hora del planeta.

Los que participan en la vida partidista y tienen el reto de acabar con ese estigma que aún existe en nuestra sociedad, donde el partido político es sólo una cuna de vicios. Demostrar que son capaces no solamente de ganar elecciones, también de trabajar por el país con un plan de gobierno coherente, no únicamente la mera ambición de poder.

Los amigos del Partido por la Libertad de Venezuela, como predicadores buscan diseminar ideas políticas y económicas que no han sido lo común en nuestra historia contemporánea.

Los que ven el trabajo social, la atención a los menos favorecidos, la ayuda efectiva para la organización comunitaria, también tienen el desafío de integrarse con los otros aspectos de la vida nacional, y así incorporar a las comunidades en el debate por los grandes temas.

Los que buscan el emprendimiento empresarial como forma de vida. Deben entender que más allá del éxito de la compañía, está el arriesgar por Venezuela, entender a su gente y entender al ser humano como parte fundamental del proceso productivo. Su calidad de vida, sus condiciones laborales, la producción eco sustentable.

En lo personal, cuanto he aprendido sobre las regiones en este año de Lidera. Los dignos representantes de Guayana, del centro, de los Andes, de los llanos, del oriente del país. Del cercano estado Vargas, tan omitido de perspectivas de desarrollo, pero nunca resignado.

Los que aún estamos en la universidad, bien sea participando desde los centros de estudiantes, movimiento universitario, grupos de debate o modelos de Naciones Unidas, tenemos el compromiso con el país de ser irreverentes ante el poder, de ser vanguardia. De no pensar que el Movimiento Estudiantil son pequeñas parcelas para la popularidad. Recuperemos el sentido de ser faro de una ciudadanía que ve en sus estudiantes todavía una referencia.

Aquí nos encontramos como grupo, como amigos. Cuando se habla del futuro presente, aunque parezca paradójico, es una realidad que se evidencia en nuestros rostros, en nuestra forma de expresarnos. Y eso que sale de lo más profundo de nuestras miradas, de construir una Venezuela que está todavía encubada en los sueños de la mayoría de los ciudadanos. Aquí estamos, como compañeros, como hermanos, concluyendo una etapa, graduándonos de esta segunda cohorte de formación para el liderazgo. Ese mismo afecto debe existir para los primeros egresados y los futuros. Y así proclamar con las voces más coloridas e impactantes, que formamos parte de la Generación Lidera, aquella que hará de Venezuela el país completo para desarrollar la felicidad.

Guillermo Ramos Flamerich

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Perfiles: Salvador Garmendia

Salvador Garmendia falleció en Caracas el 13 de mayo de 2001

El inquieto Salvador Garmendia

Por Guillermo Ramos Flamerich

En toda esta introspección, existe un personaje de largas barbas y de sabiduría excepcional el cual hubiese sido un honor conocer en su última etapa de vida. Me refiero a Salvador Garmendia. Consolidado como escritor, dejado ya de las novelas y concentrado en el cuento y el artículo. El Garmendia de los noventa, colocaba su impronta en publicaciones como El Nacional y la revista de la Fundación Bigott, también en guiones para documentales de Bolívar Films.

Segunda continuaba Tan desnuda como una piedra y Los pequeños seres eran razón de otra década. Ese Salvador Garmendia «maestro de las buenas y sobre todo de las malas palabas», como lo describió Zapata en el pregón de la navidad caraqueña de 1991, mostraba toda esa fascinación de alguien grato para conversar y comprender el mundo fantástico de la literatura, uno parecido a sus Memorias de Altagracia.

Imagino que tengo mi edad actual. Es 1996 o 1997. Un día lo consigo en el metro leyendo o quizás observando a la gente que allí permanece. Tal como relata en su artículo Asuntos de metro, dedicado a otro personaje también ya fallecido: Manuel Bermúdez. ¿Cómo conseguiría hablar con él?, ¿qué podría preguntarle? No cometería la osadía de interrogarle acerca de lo necesario para ser un buen escritor. Quién sabe si respondería: «¡papel y lápiz!», como en la anécdota que relata Alberto Barrera Tyzka. Quizás la emoción no dejara expresarme de manera completa.

Todas estas suposiciones viven en la imaginación, donde el pasado y presente existen según lo creamos conveniente. Seguiré leyendo y releyendo a Salvador Garmendia, a lo mejor en mi casa o en el metro, «sin embargo, nunca le he pedido permiso para sentarlo imaginariamente en el lado vacío de mi asiento».

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Caracas, Zapata y lluvia

«Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche»

Caracas, Zapata y lluvia

Por Guillermo Ramos Flamerich

Recibía el mediodía del jueves 28 en la instalación de una serie de conferencias, ofrecidas por la Academia Nacional de la Historia, por motivo del bicentenario del 5 de julio de 1811. El historiador colombiano Armando Martínez Garnica ofrecía un balance comparativo entre los sucesos de la Nueva Granada y Venezuela en sus comienzos como repúblicas independientes. Finalizado el acto, me reencontré con conocidos, gente con la que llevaba tiempo sin conversar, en fin, ya eran más de la una de la tarde. Tenía que estar a las tres en Ciudad Universitaria, en específico la Facultad de Ciencias. Un amigo y tocayo se había ofrecido a llevarme hasta allá, me comentó que había estacionado su automóvil cerca de las torres de El Silencio.

Emprendimos la marcha hasta la calle que le servía de estacionamiento. En eso, por el bulevar lateral a la iglesia de San Francisco, observo un buhonero no muy típico: vendía afiches de obras de arte exhibidas en museos de la ciudad. Todas eran impresiones de los años noventa. Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Museo Sacro, Galería de Arte Nacional y otros. Me detuve a observar algo que me pareció tan curioso pero a la vez cultural.

–¿Qué tienes? – pregunté en modo fisgón.

–Centeno Vallenilla, Botero, Miró, Zapata.

–¿Qué tienes de Zapata?

De repente sacó un rótulo de impacto. La impresión de un cuadro de Caracas hecho por Pedro León Zapata en 1991. Densidad enorme de edificios-ranchos acumulados, demasiado juntos, demasiado grotescos, algunas figuras humanas, cerros, y a lo lejos, en el horizonte, la fotografía del artista. «Caracas, Zapata. Museo Sacro de Caracas».

Empecé a indagar mentalmente. Este afiche se vería excelente en la salita que sirve de oficina en el apartamento. Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche.

–¿Cuánto vale el de Zapata?

–Dame 50.

–No tengo

–Dame 40.

–No tengo.

–¿Tas pegao?

–¿Pegao?

–Sí, que si no tienes plata.

–Solo para el almuerzo.

–Ok, dame 20.

–Dale, te lo compro.

De repente el vendedor se acerca a un grupo de personas apostadas en un rincón, lo acompañaban. «El de Zapata se lo voy a vender al joven por 20». Los presentes discutieron el tema y estuvieron de acuerdo. El buhonero se despidió emulando el adiós que un pueblo le da a un héroe que va para la guerra, faltó el abrazo fraternal. Yo sólo le dije: «Pasa una excelente tarde».

El tocayo y yo bajamos hasta la vía que llaman Avenida Este 6. Percibía como intentaba buscar su automóvil y no conseguía nada. Con cara de preocupación dispuso su mano al rostro, reclamó: «¡El carro no está!». ¿Qué pensaba yo? Listo, se lo robaron. En eso, unos sujetos que estaban hablando mal del gobierno nos dijeron: «Lo más seguro es que lo hayan remolcado y se lo llevaron al Estacionamiento San Juan». Apenas escuchó aquello, el tocayo tomó un taxi pirata. Decidí acompañarlo. ¡Qué tráfico tan espantoso en menos de un kilómetro! Con el chofer conversamos acerca de la ley de tránsito, lo que significa la raya amarilla en la acera, historias de amor relacionadas con remolques, en fin, matamos el tiempo. En todo esto, mi afiche de Zapata, enrollado y con refuerzos de periódico, estaba sano y completo.

«Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio»

Pasado el tráfico, ya por la avenida Baralt, me percaté que el tiempo de maniobra para estar en Ciudad Universitaria se reducía. Tenía a lo sumo cuarenta minutos. Decidí despedirme del chofer y del tocayo. Me bajé en una calle adyacente a la avenida. Ya a pie, cruzo hacia la derecha, así empezaba mi martirio tratando de que nada le pasara al afiche. Sólo pensé: «En mis manos está en peligro». Caminando veo una tienda, de esas típicas, parecía andina. Vendían unos buñuelos de queso a 6 Bs, siempre había querido probar un buñuelo, así que lo compré para amortiguar el hambre. Cruzando avenidas y calles me acercaba a la estación Teatros. Próximo a la misma, el afiche voló de mis manos. Intentando que no se ensuciara, un bolso que llevaba conmigo se cayó. Alguien gritó por ahí: «¡qué pasó papá!». Gracias a Dios una señora me ayudó y me consoló diciendo: «esto siempre me pasa».

Metro a reventar, intento llevar  el afiche por encima de las personas para que así nadie le hiciera daño. En algún momento se llegó a caer. En mi mente formaba esa imagen cliché de todo en cámara lenta y yo intentando salvar el «artefacto sagrado», cuando tocó suelo, una persona mayor que estaba cerca se empezó a reír. «Llegué a Ciudad Universitaria, reto cumplido», afirmé. En eso, apenas salgo de la estación, cayó la primera gota de lluvia de un fuerte aguacero.

Crucé casi saltando y haciendo piruetas, mi afiche de Zapata tiene que vivir para estar colgado en el apartamento. Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio. Le dije a una pareja que tenía paraguas si podían cruzar con el afiche. Decidieron prestármelo, se mojaron. Se habían sacrificado por la «Caracas de Zapata». Había arribado a puerto seguro, eran las tres de la tarde y dos minutos. Lo que desconocía era que volvería a casa a las once de la noche. El afiche sobrevivió. A pesar del día, lo único que puedo expresar es que esta reproducción, colgada en el estudio de mi apartamento, es más caraqueña que nunca. Aunque no se mojó, se empapó de la cotidianidad de la ciudad.

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