Caracas, Zapata y lluvia

«Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche»

Caracas, Zapata y lluvia

Por Guillermo Ramos Flamerich

Recibía el mediodía del jueves 28 en la instalación de una serie de conferencias, ofrecidas por la Academia Nacional de la Historia, por motivo del bicentenario del 5 de julio de 1811. El historiador colombiano Armando Martínez Garnica ofrecía un balance comparativo entre los sucesos de la Nueva Granada y Venezuela en sus comienzos como repúblicas independientes. Finalizado el acto, me reencontré con conocidos, gente con la que llevaba tiempo sin conversar, en fin, ya eran más de la una de la tarde. Tenía que estar a las tres en Ciudad Universitaria, en específico la Facultad de Ciencias. Un amigo y tocayo se había ofrecido a llevarme hasta allá, me comentó que había estacionado su automóvil cerca de las torres de El Silencio.

Emprendimos la marcha hasta la calle que le servía de estacionamiento. En eso, por el bulevar lateral a la iglesia de San Francisco, observo un buhonero no muy típico: vendía afiches de obras de arte exhibidas en museos de la ciudad. Todas eran impresiones de los años noventa. Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Museo Sacro, Galería de Arte Nacional y otros. Me detuve a observar algo que me pareció tan curioso pero a la vez cultural.

–¿Qué tienes? – pregunté en modo fisgón.

–Centeno Vallenilla, Botero, Miró, Zapata.

–¿Qué tienes de Zapata?

De repente sacó un rótulo de impacto. La impresión de un cuadro de Caracas hecho por Pedro León Zapata en 1991. Densidad enorme de edificios-ranchos acumulados, demasiado juntos, demasiado grotescos, algunas figuras humanas, cerros, y a lo lejos, en el horizonte, la fotografía del artista. «Caracas, Zapata. Museo Sacro de Caracas».

Empecé a indagar mentalmente. Este afiche se vería excelente en la salita que sirve de oficina en el apartamento. Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche.

–¿Cuánto vale el de Zapata?

–Dame 50.

–No tengo

–Dame 40.

–No tengo.

–¿Tas pegao?

–¿Pegao?

–Sí, que si no tienes plata.

–Solo para el almuerzo.

–Ok, dame 20.

–Dale, te lo compro.

De repente el vendedor se acerca a un grupo de personas apostadas en un rincón, lo acompañaban. «El de Zapata se lo voy a vender al joven por 20». Los presentes discutieron el tema y estuvieron de acuerdo. El buhonero se despidió emulando el adiós que un pueblo le da a un héroe que va para la guerra, faltó el abrazo fraternal. Yo sólo le dije: «Pasa una excelente tarde».

El tocayo y yo bajamos hasta la vía que llaman Avenida Este 6. Percibía como intentaba buscar su automóvil y no conseguía nada. Con cara de preocupación dispuso su mano al rostro, reclamó: «¡El carro no está!». ¿Qué pensaba yo? Listo, se lo robaron. En eso, unos sujetos que estaban hablando mal del gobierno nos dijeron: «Lo más seguro es que lo hayan remolcado y se lo llevaron al Estacionamiento San Juan». Apenas escuchó aquello, el tocayo tomó un taxi pirata. Decidí acompañarlo. ¡Qué tráfico tan espantoso en menos de un kilómetro! Con el chofer conversamos acerca de la ley de tránsito, lo que significa la raya amarilla en la acera, historias de amor relacionadas con remolques, en fin, matamos el tiempo. En todo esto, mi afiche de Zapata, enrollado y con refuerzos de periódico, estaba sano y completo.

«Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio»

Pasado el tráfico, ya por la avenida Baralt, me percaté que el tiempo de maniobra para estar en Ciudad Universitaria se reducía. Tenía a lo sumo cuarenta minutos. Decidí despedirme del chofer y del tocayo. Me bajé en una calle adyacente a la avenida. Ya a pie, cruzo hacia la derecha, así empezaba mi martirio tratando de que nada le pasara al afiche. Sólo pensé: «En mis manos está en peligro». Caminando veo una tienda, de esas típicas, parecía andina. Vendían unos buñuelos de queso a 6 Bs, siempre había querido probar un buñuelo, así que lo compré para amortiguar el hambre. Cruzando avenidas y calles me acercaba a la estación Teatros. Próximo a la misma, el afiche voló de mis manos. Intentando que no se ensuciara, un bolso que llevaba conmigo se cayó. Alguien gritó por ahí: «¡qué pasó papá!». Gracias a Dios una señora me ayudó y me consoló diciendo: «esto siempre me pasa».

Metro a reventar, intento llevar  el afiche por encima de las personas para que así nadie le hiciera daño. En algún momento se llegó a caer. En mi mente formaba esa imagen cliché de todo en cámara lenta y yo intentando salvar el «artefacto sagrado», cuando tocó suelo, una persona mayor que estaba cerca se empezó a reír. «Llegué a Ciudad Universitaria, reto cumplido», afirmé. En eso, apenas salgo de la estación, cayó la primera gota de lluvia de un fuerte aguacero.

Crucé casi saltando y haciendo piruetas, mi afiche de Zapata tiene que vivir para estar colgado en el apartamento. Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio. Le dije a una pareja que tenía paraguas si podían cruzar con el afiche. Decidieron prestármelo, se mojaron. Se habían sacrificado por la «Caracas de Zapata». Había arribado a puerto seguro, eran las tres de la tarde y dos minutos. Lo que desconocía era que volvería a casa a las once de la noche. El afiche sobrevivió. A pesar del día, lo único que puedo expresar es que esta reproducción, colgada en el estudio de mi apartamento, es más caraqueña que nunca. Aunque no se mojó, se empapó de la cotidianidad de la ciudad.

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2 comentarios

Archivado bajo Caracas, crónica

2 Respuestas a “Caracas, Zapata y lluvia

  1. Tomas

    Buen cierre men, perfecto. Cruza siempre a la DERECHA, por allí siempre estará el camino de la salvación :).

  2. Saludos, Venezolano. Muy bueno.

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