Archivo mensual: julio 2011

Manuel Caballero, las masas, la democracia y el siglo XX

Manuel Caballero (1931-2010) fotografiado por Guillermo Ramos Flamerich en febrero de 2010

Manuel Caballero, las masas, la democracia y el siglo XX

Por Guillermo Ramos Flamerich

Todavía recuerdo la tarde de aquel 26 de agosto de 2010. Junto a mi profesora y amiga Vanessa Peña, visitamos a Manuel Caballero en su apartamento de la urbanización Santa Fe, Caracas. Conversamos durante dos horas y media. Escucharlo significaba aprender con cada palabra que mencionaba. Nunca imaginamos que esa sería la última vez que lo veríamos con vida.

A un historiador que tenía como hobby disfrutar cada instante la placidez del sueño, la siguiente oportunidad que lo encontramos estaba ya en el descanso eterno. Esta breve entrevista fue publicada originalmente en el blog Planta Baja el 31 de agosto de 2010. Así comenzaba:

En la historiografía venezolana, la boina y bigote de Manuel Caballero ocupan un lugar de gran significación. Este historiador y periodista ha intentado, a través de su más reciente libro Historia de los venezolanos en el siglo XX, retratar y explicar una centuria tan controvertida y reciente.

—¿Quién o quiénes son los protagonistas del siglo XX venezolano?

—Precisamente lo que he visto en la historia del siglo XX es que, a diferencia del siglo XIX, aquí la protagonista es la multitud. Es una historia de multitudes, es decir, para mí los hechos más importantes los que están presentes en las crisis, son fenómenos colectivos. Por ejemplo, el 14 de febrero (de 1936) hay dirigentes que van a ser muy famosos después, pero lo fundamental es la gente en la calle y cómo hacen torcer el rumbo. Por otra parte, siempre consigo más elementos para contradecir la idea de que perdimos el siglo. No, es todo lo contrario. El siglo más brillante de la historia venezolana, de desarrollo material e intelectual más grade, ha sido el siglo XX. Pero además, a mi juicio el elemento que viene al final: yo tenía la intención de llamar este libro El siglo de la paz; después me di cuenta de que no era sólo la paz, entonces pensé llamarlo El libro de la paz y la democracia, ambas creaciones de nuestro siglo XX. Pero había algo superior a ambas cosas: la aparición de la política. La idea de que la política es pura habladera de tonterías y de que no hay progreso, en el siglo XX tenemos todo lo contrario. El desarrollo venezolano a partir de la muerte de (Juan Vicente) Gómez, que es a partir de la aparición de la política, no tiene parangón en toda la historia de Venezuela.

—Germán Carrera Damas, en su libro Una nación llamada Venezuela, afirma que con la Guerra Federal las masas salen de la historia. ¿Se podría decir que en 1936 las masas retornan a la historia a través de la política y no de la guerra?

—No solamente es eso, sino que físicamente las masas existen en el siglo XX. Por mucho que hayan guerreado los venezolanos, hay que comprender lo siguiente: en la batalla de La Victoria se enfrentan 14.000 personas de lado y lado, pero resulta que Venezuela sólo tenía dos millones de habitantes. Las masas primero aparecen como tales, y después actúan como tales. Porque aquellas seguían un caudillo, aunque podía haber grupos o situaciones de anarquía donde no hubiese jefe, pero eso no se da de hecho. Ingresan las masas a la historia, para mí, a partir del 14 de febrero de 1936. Ésa es una demostración fáctica de que las masas existen físicamente y después existen como lo que Engels llamaba «clase para sí».

—En su libro Las crisis de la Venezuela contemporánea, asevera que durante el siglo XX los venezolanos dejaron el caballo y tomaron la calle. ¿Qué influencia tiene el desarrollo urbano en nuestra conciencia democrática?

Para tomar la calle, tienen que existir las calles. Hay una cosa evidente: en 1928 cambia el escenario de las luchas sociales. De allí en adelante el nuevo escenario será la ciudad y no el campo como lo era hasta 1903. Allí es donde se inventa la política, la cual proviene de polis, de ciudad al igual que civilidad y ciudadanía. Para Marcos Negrón, quien es el que más conoce el tema de las ciudades en nuestro país, la gran riqueza de Venezuela no es el petróleo, no son los minerales, son sus ciudades. Elemento fundamental del desarrollo.

—Si existe esa conciencia democrática en nuestra sociedad, ¿por qué hemos vivido tantos tropiezos en la formulación de un sistema democrático?

—En 1936, las masas imponen la democracia. A partir de ese momento Venezuela nunca ha dejado de ser democrática. Cuando afirmo esto me preguntan: ¿y Pérez Jiménez? Yo no estoy hablando de gobiernos democráticos, sino de una sociedad democrática. La lucha entre la política y la anti política (los gobiernos autoritarios) es un tira y encoje que no termina con la derrota de la dictadura de Pérez Jiménez. Ésa es una lucha permanente. Cuando yo hablo de democracia no me refiero ni a elecciones libres, ni a prensa libre, ni a las libertades ciudadanas y civiles, aunque por supuesto las contiene. Ellas no son causas, sino consecuencias. Lo fundamental es la conciencia popular de su propia fuerza. Esta conciencia popular se ha revelado en el 52 contra la dictadura, en los sesenta contra la guerrilla, y por supuesto el 23 de enero de 1958 y el 14 de febrero de 1936.

Con estas consideraciones acerca de nuestro siglo XX, Manuel Caballero también afirma su profundo antimilitarismo y su esperanza por el futuro. En una esquina de su apartamento cientos de imágenes de La Divina Pastora contemplaban la conversación. Así como conoce la historia de nuestro país, igualmente recuerda cómo adquirió cada una de las figuras.

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Caracas 444º

«Mucho queda por hacer y crear. Soñando también se construye. En estos 444 años hemos tenido tiempos malos, regulares y buenos. Sintamos la dicha de pertenecer a esta ciudad, de ser caraqueños»

Caracas 444º

Por Guillermo Ramos Flamerich

«…Caracas podría definirse como una paradójica contraposición entre la tragedia y la escena virgiliana; su particularidad narra la insistencia de un espacio que no se reconoce a sí mismo en su potencia descomunal. El hilo de su construcción y desventura reside en el olvido inmemorial»

William Niño Araque

«…en Caracas se decía vitoqueado cuando un tipo salía elegantemente vestido robando físico –como se le llama ahora– y viendo a los demás como gallina que mira sal…». Anécdotas como esta (tomada del libro Así son las cosas por Oscar Yanes),  cobran nueva vida cada vez que se acerca el aniversario de nuestra ciudad capital. Y es que los días próximos al 25 de julio nunca falta en los medios de comunicación alguna reseña sobre la Caracas que fue. Fotografías de comienzos del siglo XX, música de Los cañoneros o Los Antaños del Stadium, y extractos del archivo cinematográfico de Bolívar films. Se evocan los techos rojos y la seguridad del pasado; la tradición extraviada y la pérdida de identidad. El cronista de Caracas explica la fundación de Santiago de León; se desempolva parte de la bibliografía existente sobre la ciudad. Se citan los escritos de: Carlos Misle «Caremis», Enrique Bernardo Núñez y Carmen Clemente Travieso, entre tantos.

También se rememora la Caracas de mediados del siglo pasado. La modernidad conjugada con las elegantes fiestas nocturnas, los carnavales, las historias de «negritas» y el ímpetu constructor de la época. «Pues Caracas está renaciendo de lo que fue el mezquino hacinamiento de casas sin estilo que nos dejó el siglo XIX y se prolongó durante más de tres décadas del presente siglo…», comentaba Mariano Picón Salas en referencia a las obras ejecutadas por Carlos Raúl Villanueva en la reurbanización El Silencio. A esta fiesta del recuerdo se unen las melodías de Billo Frómeta, hermosas radiografías de la ciudad, de encuentro y sensación. Son composiciones ya inmortales, pinceladas del ser y sentirse caraqueño.

Quizás en el presente lo que existen son buenos deseos y la afirmación de hacer algo por esta urbe mágica que tiene varias décadas en declive. A veces pienso que, así como las ruinas del Coliseo y de las estructuras de la antigua Roma, ayudaron a germinar las ideas del Renacimiento, nosotros al observar el deterioro de las Torres de El Silencio, Parque Central, o de los inconclusos tribunales que adornan la vista de la Avenida Bolívar; nos comprometemos a pensar Caracas en presente. Acaso por ese motivo mi abuela Dilia, ya en 1992, en uno de sus versos dedicados al 425 aniversario de la ciudad, afirmara: «No recordemos la Caracas de antaño/ vivamos la Caracas del presente, / démosle en este cumpleaños/ un tratamiento diferente».

Caracas no se escapa a ese claustro que significa estar entre un pasado mejor y un futuro lleno de esperanzas. Poco se habla del presente. Los cariños a la ciudad dejaron de ser integrales para convertirse en reparaciones específicas y la recuperación de alguno que otro espacio público. La pintura (a veces destructora) que se cierne por casas, edificios, paredes, autopistas y avenidas, pareciera ser la única solución. El centro de la ciudad hoy en día muestra una cara más amable, pero al salir de la cuadrícula histórica, la metrópolis sigue demandando servicios básicos, urbanidad y felicidad. El «embellecimiento» de paredes con murales propagandísticos del actual gobierno, me hacen recordar una frase de la Caracas física y espiritual de Aquiles Nazoa: «Pero no hay una ley en Venezuela –ni por lo visto una autoridad– que defienda el derecho de las ciudades a ser bellas».

Es hora de pensar a Caracas con las necesidades de raíz que nos abruman todos los días. La búsqueda de calidad de vida a través de más zonas para la recreación y esparcimiento, más parques para la ciudad; la integración del transporte público y su conversión en un sistema eficiente; mejora y ampliación de servicios públicos básicos como el agua, la luz, el aseo; la reconciliación entre la ciudad formal y la que vive al margen; la seguridad y la sensación de un ambiente para el desarrollo; la promoción turística y cultural; la ciudad eco-sustentable. En fin, la inserción de Caracas nuevamente en el panorama de urbes, tanto latinoamericanas como mundiales, que marcan la pauta del bienestar y la dicha.

Mucho queda por hacer y crear. Soñando también se construye. En estos 444 años hemos tenido tiempos malos, regulares y buenos. Sintamos la dicha de pertenecer a esta ciudad, de ser caraqueños. Ya aparecerán nuevas historias, melodías y poesías dedicadas a la otrora «Sucursal del cielo». También nuevas formas espléndidas de nombrarla. Que describan la suerte y ventura de vivir en ella.

Caricatura de Pedro León Zapata

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El Adobe Restaurant, relato de lo posible

El Adobe Restaurant, enclavado en lo profundo del cerro La Magdalena, Charallave

El Adobe Restaurant, relato de lo posible

 Por Guillermo Ramos Flamerich

Publicado originalmente en el blog Planta Baja el 1 de diciembre de 2009

Desde aquel mirador observaba un panorama único. Los inmensos valles del Tuy con sus montañas degradadas de verdes pinceladas contrastaban con una visión lejana del hermoso cerro Ávila y una pequeña silueta que relucía el hotel Humboldt. Éste es el ambiente del parque temático El Adobe Restaurant, enclavado en lo profundo del cerro La Magdalena, en Charallave. Busca redescubrir y fomentar de manera certera y profunda la cultura propia; ser vitrina a las nuevas generaciones de lo que este pueblo del Tuy fue en su pasado; servir de asidero a la memoria colectiva y lograr un nuevo espacio de esparcimiento en estas ciudades dormitorio.

La iniciativa surge del señor Juan Quintana, coleccionista de antigüedades, con gran deseo de recuperar la memoria colectiva de un pueblo que parece haberla perdido. La construcción de este parque duró cinco años. Su nombre de El Adobe Restaurant se debe a que la mayoría de sus edificaciones están hechas de este material criollo. En palabras del señor Quintana, «el objeto principal es mostrar cómo era Charallave a principios de 1900». Todos los locales llevan el nombre de personajes o lugares del pueblo. Es una villa, con iglesia, plaza Bolívar, bar Aurora, casa de la cultura Luis Ramón Camero, salón de los charavares, salón de música y mucho más. Las palabras cordiales del señor Juan Quintana están en perfecta consonancia con la belleza de este lugar, sus reliquias deportivas, radiofónicas, musicales y culturales.

La mayoría de los visitantes al parque coinciden en una queja: las opciones de esparcimiento en pueblos tuyeros como Charallave son muy escasas, y se focalizan mayormente en Caracas, ciudad que les proporciona recursos y fuentes de empleo. En ese sentido, proyectos como el que encabeza el señor Juan Quintana, que surgen de la iniciativa particular de personas que con amor y apego a su tierra, buscan no sólo rememorar el legado de olvidados ancestros, sino a colaborar a dar un mayor número de opciones de sano esparcimiento, fomentan el desarrollo psicológico y cultural de la comunidad. Asimismo, demuestran el poder que tenemos los ciudadanos de cambiar las cosas, y construir nuevos espacios es también tarea nuestra.

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Una conversación cualquiera

Una conversación cualquiera

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿Has visto la película Rocky?

–No, nunca.

– ¿Y ahora cómo te cuento esto…?

–Creo que vi una escena, un boxeador subiendo unas escaleras.

– ¡Ajá! Esa misma.

– ¿Qué me querías contar?

–La cuestión del examen de matemáticas.

-Ahh, sí. ¿Qué pasó con matemáticas?

–Bueno, como el propio Rocky. Fue un entrenamiento de una semana completa. En vez de boxear, subir escaleras y saltar la cuerda, me dediqué a hacer todas las guías. Ejercitaba esas manos como loco. Soñaba con triángulos y tangentes. Hasta soñé que, al despertarme, me había convertido en calculadora.

– Una especie de Gregorio Samsa…

– ¿Quién es ese?

–El de La metamorfosis, de Kafka, el escritor checo…

– ¿Qué le pasó a ese Gregorio Samsa?

–Se convirtió en un bicho.

–Jajajaja, ¿le montó cachos a su novia?

–No. Se transformó en un insecto.

-Ahhhhh, no. Yo soñé que me había convertido en calculadora. Sacaba todos los cálculos de una. Lo que preguntaran, ahí estaba yo. Tremendo. Después de eso, me dediqué a repasar todo el fin de semana. El sábado fue un día extraño.

– ¿Qué pasó?

–Me invitaron a tres reuniones y a ver el partido de fútbol. A todas dije no. Lo importante era pasar ese examen. Recuerdo que el lunes llegué a la universidad con todos los hierros, ¡listo para la batalla!

– ¿Pasaste?

–No. ¡Saqué 03!

Marcel Duchamp vaciado en vivo (1967) – Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

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Bajo el signo de Caracas sangrante

Trabajo realizado en equipo para la cátedra de Teoría de la Imagen

 Sexto semestre de comunicación social  – Universidad Católica Andrés Bello

Bajo el signo de Caracas sangrante

«Los artistas son personas entre nosotros que comprenden la creación como algo que no se detuvo al sexto día»

Joel-Peter Witkin

«No podía salir de la sombría idea de que la verdadera violencia es la que se da por sentado: lo que es evidente es violento aun si esta evidencia está representada suavemente, liberalmente, democráticamente; lo paradójico, lo que no entra dentro del sentido común lo es menos, aun si se le impone arbitrariamente: un tirano que promulgara leyes estrafalarias sería, a fin de cuentas, menos violento que una masa que se contentase con enunciar lo que se da por sentado: en suma, lo “natural” es el último de los ultrajes». Violencia, evidencia, naturaleza. Roland Barthes en Barthes por Barthes, 1975.

El año no importa. Cuando vemos por primera vez Caracas sangrante, gracias a la asociación que desde la pasada década existe con el color rojo, además de pensar en sangre y violencia, lo asociamos al actual gobierno. Quizás por eso de la «marea roja» que cubre las calles. Lo cierto es que la obra data de mediados de los años noventa. Para la guía oficial de la galería Espacio MAD, aquella que la expuso en la Feria Iberoamericana de Arte (FIA 2011), el momento de la imagen es 1989. Al buscar la obra en la red, aparecen las fechas de 1993 y 1996. Conversando con el propio autor, con risa y sorpresa responde: «fue hecha exactamente en el 95». La realidad es que el año en que fue capturada esa vista de Parque Central desde San Agustín, no importa. La violencia en la urbe existe. Está allí, atemporal y cotidiana. La unión violencia-Caracas es cada vez más parecida a la concepción Caracas-Ávila. Algo inherente a la ciudad y a sus habitantes.

Caracas sangrante (Giclée sobre papel, 50 x 80 cm.) es obra del fotógrafo Nelson Garrido. Está enmarcada en la denominada «estética de la violencia» y es la primera intervención digital hecha por el artista a lo largo de su trayectoria. Ríos de color rojo, semejantes a la sangre, recorren los espacios de la otrora gentil urbe. La historia de este trabajo, según testimonio del propio autor, es la siguiente:

«Para una exposición sobre Caracas utópica. Todo el mundo estaba haciendo Caracas al lado del mar, Caracas con helipuerto. Para mí era Caracas sangrante. Las obras que funcionan son una expresión individual pero basadas en la angustia de los demás».

A Nelson Garrido lo ha caracterizado la irreverencia. Premio Nacional de Artes Plásticas en 1991, respondió a este galardón con la obra Autocrucifixión (1993). Antecesores de Caracas sangrante, responden a la «estética de lo feo. Colecciones como «Muertos en vía» (1987/1988) y «Todos los santos son muertos» (1989/1990) dan muestra de un artista que lleva a la palestra esa otra cara de la existencia. Lo que las sociedades dejan a un lado y excluyen porque: ¿quién quiere hablar de muerte en una humanidad que en cada momento refuerza la visión hedonista de la vida?; así mismo lo imperfecto, lo no deseado siempre se intenta tapar del campo visible. Nelson Garrido lo trae de vuelta y vocifera con sus imágenes: «esto también existe».

Caracas sangrante es catalogada por su autor, como parte del «Nuevo documentalismo». Más allá de captar el momento exacto de un hecho, se retrata la angustia de un colectivo a través de símbolos de conocimiento público. El poeta José Balza llegó a comparar la obra con el Miranda en la carraca de Arturo Michelena. Una estampa emblemática del momento de país. Con el pasar de los años esta fotografía sigue en permanente uso y análisis, era y es premonitoria y reflejo. Desde su divulgación en exposiciones, periódicos y revistas, hasta su utilización en portadas de obras literarias. Este es el caso de la novela Pim Pam Pum del escritor Alejandro Rebolledo.

La pequeña violencia genera la gran violencia

«Después del paro petrolero (2002/2003), el país es todo el mundo contra todo el mundo. El del carrito te está tratando de echar vaina y arranca cuando aún no te has montado, el metro no funciona, no hay leche ni azúcar. Esos son elementos de violencia. La pequeña violencia, esa que te va tasajeando la piel, genera la gran violencia. Nos hemos acostumbrados a ser maltratados y maltratar. Un caparazón donde la solución es individual. Me encierro en mi casa y me rodeo de puyas que son como chuzos. Tu casa es tu cárcel. No hay salidas colectivas». Nelson Garrido, 23 de junio de 2011.

Lo tristemente estable es que las cifras de muertos a la semana, en nuestro país, superen el centenar. Ha mutado una sociedad que se escandalizaba por cualquier muerto, más de tres era un horror, a una que por televisión ve como se cuenta con la frialdad de los números, la cantidad de fallecidos en la cárcel de El Rodeo. Un colectivo enfermo que se embriaga en su propia esquizofrenia. El culto a la muerte, como en la mayoría de los países del mundo, se ha escapado de los espacios de religión y culto, y se han diseminado por cada rincón. La dicotomía vida-muerte, ha sido fusionada. Aunque se evite, la industria cultural poco a poco va colocando los nuevos límites entre lo malo, lo violento, lo macabro y lo deseable. En Venezuela, particularmente Caracas, la violencia ha logrado una unión perversa con la marginalidad. No es el hecho de la pobreza lo que crea lo marginal, es el excluir a un grupo social que después, quizás buscando ascenso o pertenencia a algo, le arranca a la ciudad formal sus productos de consumo diario. Los toma para sí como amuleto liberador de una condición: la de omitidos.

La violencia se apodera de la calle, de la vida y de nuestra memoria. La reconocemos; es parte de nuestro entorno. Mirar Caracas sangrante es ver algo de lo que tenemos experiencia, una forma que nos es familiar. Sumisos ante la violencia, la aceptamos como realidad y no sorprende. Ríos de sangre que le dan estabilidad a mi mundo. Ríos que son mi mundo; mi referente.

Las semillas que se alejan más del tronco…

Caracas sangrante es entonces arte y parte de la representación de la mayor realidad caraqueña. Al ser tan cruda, carga consigo un mensaje y una visión del artista comprometido. Más allá de lo estético está la utilización de la imagen como movilizadora de cambios. En 1999 Nelson Garrido presentaría El barco de los locos, personas atrapadas por la violencia, la tiza, la morgue, las balas y un destino. La Virgen de Caracas (2010), que muestra de manera irónica la reedición del cuadro del siglo XVIII de Juan Pedro López, pero con el contexto del violento presente.

Cuando le preguntamos a Nelson Garrido sobre al arte y su motivación, argumenta: «lo que hace que una obra tenga validez es el eco que tiene en la gente. Son detonantes ideológicos para que la gente piense. Si tu no logras detonar ideas en la gente, la obra no tiene sentido. El artista no está hecho para resolver problemas, uno está hecho para crear problemas. Trastocar los códigos y alterar el orden, eso crea nuevos caminos».

Quizás por eso su analogía con las semillas que se alejan más del tronco, las que crecen y germinan, en contradicción con las que permanecen a un lado, las que no subsisten. En la cronología del artista está marcado un mensaje con componentes de reflexión en cada obra. Cada una, sumada a la otra, conforma una unidad de pensamiento. Realizaciones no tan comprendidas y que escapan de lo comercial, ya convertidas en imágenes de culto.

A veces por evitar lo feo, lo doloroso y poco amigable, los seres humanos nos colocamos máscaras que recubren una verdad oscura, horrible. Que está siempre latente y en algún momento explotará. Sangran los edificios, sangran las calles, sangra el Ávila, sangran nuestras conciencias y sangra el presente. Más allá de lo temporal, toda una generación se desarrolla bajo el signo de Caracas sangrante.

Caracas sangrante (Giclée sobre papel, 50 x 80 cm.) Autor: Nelson Garrido

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¿Por qué llora el Libertador?

¿Por qué llora el Libertador? Autor: Navor Terán

¿Por qué llora el Libertador?

Por Guillermo Ramos Flamerich

¿Por qué llora el Libertador? es una pintura en relieve obra del artista popular trujillano Navor Terán. La misma, presenta a un Simón Bolívar con lágrimas de sangre. Esta imagen sirvió como portada de la edición número 48 (enero-febrero-marzo, 1998) de la extinta  revista Bigott.

Para responder a esta interrogante, se puede utilizar el romanticismo que desde mediados del siglo XIX se ha dado a la figura de Simón Bolívar. Quizás llora porque su proyecto, el de Colombia, la grande, no se materializó con éxito. A lo mejor por sus sueños inconclusos y por saberse excluido por el pueblo de su adoración. Esta visión aún pervive y es la que diariamente, el actual gobierno de la nación, ha intentado vender. Basarse en la continuación de una épica gloriosa que no ha culminado, donde 200 años, de tropiezos y desventuras, quedan olvidados por el siglo XXI: cristalizador de las utopías.

La vida y obra de Simón Bolívar ha sido estudiada por intelectuales de la talla de: Augusto Mijares, Luis Castro Leiva, John Lynch, Germán Carrera Damas y Elías Pino Iturrieta, entre otros. Escribir sobre él no es cosa fácil. Es uno de los personajes omnipresentes en nuestra sociedad. Desde el nombre de la república, hasta la plazoleta más pequeña de cualquier región del país llevan su sello. Es justificación de cualquier discurso, sea cual sea la tendencia política, porque en su figura confluye la nación entera. Recuerdo dos imágenes muy particulares del imaginario popular: un mural en Antímano, donde con flux y corbata Bolívar llama a la unión en uno de sus tantos pensamientos; la otra, un cuadro del artista Antonio Padrón titulado: Bolívar en la fiesta patronal. Simón Bolívar nos acompaña noche y día.

Por el excesivo uso del término «bolivariano» y la partidización de nuestro máximo héroe, parte de las generaciones en formación, tienen cierto recelo de lo que representa Simón Bolívar. Debemos comprender al verdadero Bolívar, al hombre de su tiempo. Francisco Herrera Luque hablaba del Bolívar de carne y hueso, a partir de 2010 los venezolanos observamos por primera vez que de esta insignia sólo quedaba el hueso, al ser sus restos expuestos casi de manera tétrica por las cámaras de la televisión.

De aquí hasta 2030, tenemos dos décadas por celebrar y conmemorar las fechas más importantes de la gesta de independencia. Esto debe servir para indagar más sobre el conocimiento de nuestra historia. Entender nuestros orígenes pero no estar encadenados al pasado. Presentar una visión integrada de país donde existan figuras relevantes tanto de militares como de civiles. Del siglo XIX, del XX, también de los anteriores o del presente. En lo personal, desde pequeño he sentido una profunda admiración por Simón Bolívar. Recuerdo que a los seis años me gustaba recitar en el colegio sus pensamientos y consignas. Me entretenía con esos viejos cuadernos de dibujo donde Bolívar era el protagonista. La Vida ejemplar de Simón Bolívar y Venezuela heroica formaban una imagen idealizada de la independencia, pero también muy agradable. Sobre todo para un niño.

¿Por qué llora el Libertador?, muchos pueden ser los motivos. Uno de ellos, que a su gloria alcanzada, se han pegado a lo largo de las décadas, personas que usan y desdibujan su pensamiento. Que lo descontextualizan para justificar acciones e intereses personales del presente. Traicioneros no me pongan flores, El Libertador arrodillado, La Segunda batalla de Carabobo, son otros de los títulos de las obras hechas por Navor Terán con el motivo central de Simón Bolívar.

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Fin de semana en Cumaná

Castillo San Antonio de La Eminencia

Fin de semana en Cumaná

Por Guillermo Ramos Flamerich

«Yo te curo el párkinson, el vitiligo, el cáncer, los problemas con el riñón y la próstata. Cuando se sabe qué hierba usar, todo se cura», así nos hablaba Manuel Rondón, botánico popular, quizás brujo. Todo esto mientras padecíamos el tráfico en la avenida Boca de Sabana. Germán Viloria conducía. La conversación con el señor Rondón hacía más apacible cada minuto. Ante todo esto, me preguntaba: « ¿por qué rayos hay cola en Cumaná? ».

Es de conocimiento público que la ciudad de Cumaná es la capital del estado Sucre, fue fundada en 1521 con el nombre de Nueva Toledo, se encuentra a las orillas del río Manzanares y su santo protector es Santa Inés. Por eso la vieja pieza del folklore: «Hoy día de Santa Inés, patrona de Cumaná, venimos con gran placer La culebra aquí a cantar…». Como la mayoría de asentamientos de la corona española próximos al Mar Caribe, La Tierra Donde nace el Sol, estaba amenazada por piratas y corsarios. De allí la construcción de dos castillos. Uno de ellos finalizado el 13 de junio de 1659, el castillo de San Antonio, enclavado en el cerro de La Eminencia.

Una edificación con bloques de coral que ha sufrido tanto los daños de terremotos, como la corrida del mar, lo que hace que los antiguos cañones que impactaban a una distancia de 1200 metros, ya no tengan ningún efecto estratégico. San Antonio de La Eminencia, es en la actualidad un lugar para la memoria histórica. En él, queda aún viva la anécdota de Alejandro de Humboldt observando estrellas fugaces en alguna noche de 1799. Debajo de la vieja fortaleza, se encuentra una estructura moderna, la que alberga el Museo de Arte Contemporáneo de Cumaná.

«El descuido de parte del patrimonio, lo compensa el saberse en una ciudad que a pesar de cualquier dificultad, siempre intenta mostrarte el afable rostro del pueblo oriental»

Hablar de esta ciudad del oriente venezolano, es nombrar sus personajes ilustres: el Gran Mariscal de Ayacucho, los poetas Andrés Eloy Blanco y José Antonio Ramos Sucre, la cantante María Rodríguez, el pelotero Armando Galarraga, entre otros.

En la casa número 79 de la calle Sucre, cercana a la Plaza Bolívar, se encuentra la primera morada de Andrés Eloy. Una estatua sentada del poeta, en tamaño real, recibe a los visitantes en su patio interior. Artefactos que pertenecieron a él o a su familia, están esparcidos por los rincones de la casa. Las señoras Lupe y Elinor, atienden amablemente. Todo este recuento es maravilloso, lo único que oscurece el panorama, es el deterioro que presenta este hogar-museo. Ni la gobernación del estado, ni el Ministerio de la Cultura asignan recursos para este lar cumanés. La riqueza cultural del recinto se ve empobrecida por sus estructuras. Solamente la Universidad de Oriente (UDO), participa con algunos fondos para el mantenimiento del primer hogar del escritor de «Las uvas del tiempo».

Todo en el casco central parece estar cerca. El teatro Luis Mariano Rivera, la catedral, la iglesia Santa Inés del Monte, la llamada Casa Alarcón, que fuera propiedad de José Miguel Alarcón, conocido como «El bardo de las rimas de oro». Las ruinas del palacio de gobierno. Quemado por manifestantes a principios de los años noventa. El museo Gran Mariscal de Ayacucho, donde se presenta parte de la cultura sucrense, pero en la actualidad sirve también para el culto a la persona que gobierna al país.

«Todo en el casco central parece estar cerca. El teatro Luis Mariano Rivera, la catedral, la iglesia Santa Inés del Monte, la llamada Casa Alarcón…»

Cumaná es una de esas ciudades inolvidables. Su sol, playas, el trato amable de su gente y la tradición, convergen en un solo sentido. Es de potencial turístico envidiable. Como gran parte de las ciudades venezolanas, la deficiencia en los servicios públicos: vialidad, transporte, electricidad, agua, limpieza, son carencias que se remontan y tienen su germen desde hace ya varias décadas. El descuido de parte del patrimonio, lo compensa el saberse en una ciudad que, a pesar de cualquier dificultad, siempre intenta mostrarte el amable rostro del pueblo oriental.

Ya la avenida estaba libre. El tráfico se debía a un choque. El señor Rondón ahora relataba la historia de su becerro de dos cabezas, el cual donó a la UDO y esta, para examinarlo, lo disecó. Recorríamos la Avenida Perimetral, el azul del mar estaba bonito. Eran las cuatro de la tarde.

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