Archivo mensual: agosto 2011

Franklin Brito, testimonio gráfico de una época

«Y al negar su humanidad, traicionamos la nuestra», Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, 1986. Caricatura de Edo

Franklin Brito, testimonio gráfico de una época

Por Guillermo Ramos Flamerich

Publicado originalmente en el blog Planta Baja el 7 de septiembre de 2010

Recuerdo la noche del 30 de agosto de 2010. Mi twitter retumbaba con mensajes acerca de la muerte de Franklin Brito. Opiniones y reflexiones se publicaban por montones. Un shock séptico dejaba sin vida a una persona que antepuso sus creencias y valores por encima de la comodidad física. Por primera vez los venezolanos evidenciábamos de manera tangible eso denunciado durante años: la indolencia del Estado ante la calidad de vida y realización de sus ciudadanos. El Gobierno nacional podrá desmentir su responsabilidad en el hecho, pero lo que trasciende es su obligación tanto constitucional como moral por procurar la felicidad de nosotros.

Aunque pensamientos del Libertador Simón Bolívar sean reiterados infinidad de veces por parte del primer mandatario nacional, sobre todo uno que indica: «El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política», con su omisión y la negación a una solución consensuada, el Estado venezolano se reafirma como un gigante que de manera desmedida busca el poder como fin último, la permanencia en el poder. Se evidencia también la incompatibilidad del «socialismo del siglo XXI» con la productividad de pequeños y medianos empresarios, así como el no reconocimiento del ciudadano, que sólo es visto como una masa uniforme.

La imagen ya raquítica de Franklin Brito, convertido prácticamente en huesos, es testimonio gráfico de la indiferencia. Al recordarla, me viene a la mente la impactante fotografía de Thích Quảng Đức al inmolarse en 1963, a raíz de la persecución a los budistas por parte del presidente vietnamita Ngô Đình Diệm. La tradición comenta que del monje sólo su corazón quedó intacto, el cual se convirtió en reliquia y legado para su gente. Las repercusiones de la muerte de Brito serán evidenciadas con mayor fuerza en un largo plazo, cuando la noticia se convierta en leyenda.

Otra cavilación sobre este hecho, y regresando al tema de la indiferencia, es el cambio profundo que se ha producido en nuestra forma de ser. La solidaridad a veces es omitida por intereses personales o familiares, para los cuales existen argumentos válidos. Pero situaciones como la de Franklin Brito poco a poco dejan de ser extraordinarias, para convertirse en cotidianas. La desunión de la ciudadanía sólo fortalece a quien poder ya tiene. El desinterés también puede estar relacionado con un profundo temor a quien gobierna. Para concluir, y recordando al Premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel, sobreviviente del III Reich, en uno de sus discursos acerca de la indiferencia: «Y al negar su humanidad, traicionamos la nuestra». Sólo una ciudadanía protagónica, es capaz de recuperar su dignidad y así su fuerza como generadora de cambios.

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Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

«El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul»

Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿Tú crees que el Y2K ocurra en Ciudad Bolívar?

–No –respondió mi primo Enrique– Acá ninguno de los servicios funcionan con computadoras. Es que se utilizan unos medidores de agujitas de hace cuarenta años…

Momentos como el cambio de milenio, o el simple periplo de un año a otro lo he vivido en esta ciudad del sur de Venezuela. Ciudad Bolívar ha sido como un segundo hogar desde donde apreciar el país. El primer viaje en avión lo realicé para allá. La reunión con la familia materna, primos, tíos y abuelo, significaba un momento de aprendizaje y una que otra temprana reflexión sobre el significado de vivir.

El hogar de la familia estaba matizado no sólo por el calor característico de la región, también por una especie de conjugación entre la realidad y el mundo de la ficción. La casa era de principios de los años setenta; una estructura con platabanda como techo, en forma de «U». A pesar de su no tan lejana construcción, leyendas fundidas con sucesos de años predecesores le daban un toque diferente.

El bisabuelo que a los 93 años había fallecido en ella, quien era conocido en sus últimos años por avisar quién llegaba y por alimentarse de pichones de paloma para fortalecerse de una sufrida trombosis cerebral; la abuela materna que había muerto de un infarto en el cuarto donde siempre pernoctaba durante mi estancia en la ciudad; la espectral enfermera que años antes se le había aparecido a un tío en uno de los dos pasillos que presenta la casa. En fin, todo esto aunado a las celebraciones nocturnas donde, con bebidas y comida, pasaba un buen rato escuchando las voces altas y aceleradas. Recuerdo la vez que se hacía chicharrón de un cochino recién traído, me escapé con el rabo del cerdo ya que mi madre me había dicho que esa era «la parte más exquisita» de la bestia.

Afuera estaba la ciudad. Avenidas que parecían asfaltadas con granzón, calles de extrañas curvas en una topografía plana, no determinadas por la planificación sino por la localización de las viviendas, locales que buscaban emular con sus nombres a los de las grandes ciudades, un aeropuerto en el centro geográfico de la urbe y una sensación generalizada de necesidad en el «foco de poder» del estado Bolívar.

En Tv Río transmitían videos caseros de fiestas y reuniones, mientras que Bolívar Visión era una trinchera para proyectar películas que estaban aún en cartelera. La realidad era que la ciudad no contaba con un cine y las opciones se reducían al cable, la compra de películas quemadas o la suscripción a un videoclub también conformado por productos de la piratería. La mañana y tarde eran para adentrarme a la Ciudad Bolívar histórica, esa enclavada en lo alto, muy cerca de las riveras del Orinoco.

La Catedral consagrada a Nuestra Señora de las Nieves la había conocido por primera vez gracias a la boda de uno de mis tíos. El sitio donde fue fusilado Manuel Piar, en una de las grandes paredes exteriores de la iglesia, siempre servía de lugar para fotografías con ínfulas de «representación histórica». La Plaza Bolívar, sus alegorías a las cinco naciones liberadas por Simón, los árboles y la brisa conformaban un paisaje pincelado por las casas de colores que se establecían en el centro.

Las estructuras más importantes competían por ser visitadas, mostraban sus atractivos. Cada una exhibía no sólo sus cualidades, también su importancia para la historia del país. La casa donde estuvo detenido Manuel Piar y la morada del Congreso de Angostura, inmensa casona colonial que alguna vez sirvió como colegio a finales del siglo XVIII.

Claro está, no todo estaba en el centro. En el Paseo Orinoco se observaba la ciudad comercial y buhonera. Más allá se encontraba La Carioca; el mercado era el lugar ideal para la comida típica y el guarapo de papelón servido en los frascos que comúnmente alojan la mayonesa. Salir del centro histórico no significaba abandonar la historia. A un lado de la Avenida Táchira se imponía la casa San Isidro. La cual sirvió como albergue a Simón Bolívar, conocida también como Casa Bolívar. Una hacienda fresca y con historias que van desde dos mujeres que al pelear se convirtieron en gigantes rocas, hasta el fallecido Tamarindo en el que el Libertador amarró su caballo. Al frente, un coloso con la forma del personaje más famoso que tiene Venezuela. Una estatua inmensa que a los ojos de un niño era más grande aún. La cuál, por alguna magia o hechizo, podía cobrar vida, y si estaba cerca de ella me podía aplastar. Para la época estaba de moda recorrer la laguna Los Francos. La noche servía para dar vueltas por el recién rescatado lugar. Una vía larga y agua alrededor. Más allá del paisaje, las bebidas alcohólicas y la música eran parte de las principales atracciones.

«La quise tocar, la quise abrazar quise amarla como a ti, ni que fuera un mago para contener la fuerza del río…», mientras escuchaba ese vals, Viajera del río,de Manuel Yánez, el Sol se posaba en el casco histórico. Una calle, la cual consideraba especial, presentaba una vista artística del Orinoco. El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul.

Los años han transcurrido. Llevo algún tiempo sin visitar la ciudad. Todo cambia, se transforma. Los adolescentes eternos que eran mis primos son cada día mayores. Hasta yo estoy entrando de manera definitiva a la adultez. Nuevos integrantes conforman la familia. El tiempo por momentos deja de ser compañero y es juez de hechos implacables. La ciudad sigue allí, con recuerdos y momentos imborrables. En mis pensamientos la evoco, ideándola, meditándola. Entendiendo la Casta Paloma de Alejandro Vargas, y uno de sus maravillosos versos: «Cantando aguinaldos pasaré la vida, bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar».

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Mototaxi: una realidad caraqueña

Mototaxi: una realidad caraqueña

«Mi hermano es un renegado/ porque es motorizado, oh oh», dice el coro de una canción popularizada por María Rivas a principios de los años noventa. Mucho ha transcurrido desde entonces. La moto es un objeto omnipresente del tráfico de las principales ciudades del país. Vías internas, vías rápidas, avenidas, se han visto invadidas por esta forma de transporte en dos ruedas. Hasta aceras y caminos peatonales, han tomado nuevos dueños. El motorizado sigue siendo renegado,  pero es parte de un gremio más amplio, que cuando se unen, producen una estridente voz.

En las vallas de nuestras ciudades aparecen letreros como: «¡Qué bueno es llegar temprano!» y los concesionarios exclusivamente para motocicletas abundan. La facilidad para conseguirlas es a ratos absurda, así como absurdo es la poca disponibilidad de repuestos. Odiados por muchos, alabados por otros, las motos y los motorizados son una realidad. Ante la anarquía de nuestras calles y la falta de soluciones efectivas al problema del tráfico, del motorizado se ha derivado una ingeniosa forma de transporte público: «El Mototaxi».

En Lo afirmativo venezolano presentamos: Mototaxi: una realidad caraqueña. Breve documental del realizador Luis Miguel «Mikel» Ferreira, en el cual se indaga sobre el motorizado, el tráfico y la ciudad.

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Historia de Ricarda Sucre

Historia de Ricarda Sucre

Por Guillermo Ramos Flamerich

Ricarda Sucre transitaba todos los días la misma calle. Pasaba por el mismo bulevar. Se detenía a ver las joyas expuestas en el mostrador de la joyería Sherezade. Colocaba el mismo playlist en su reproductor de música. Pensaba en temas ya recurrentes, algo confusos para el común. No veía a quienes la acompañaban en el camino. Se sentía en soledad absoluta a pesar de la congestionada acera. Un día hizo las cosas diferentes, ni la misma calle, ni la misma actitud. Pasó por alto la joyería, no llevó reproductor de música. No pensaba más en temas repetidos. Ricarda Sucre había muerto.

El asesino se había escapado por el tímpano de uno de sus oídos –que al igual que todos sus sentidos– vivían en el más absoluto terror.

Organización Nelson Garrido, Caracas

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Palabras para Simón

Simón Díaz por el artista urbano Fe

Palabras para Simón

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿De qué color es el Caballo Viejo de Simón? –pregunta Pedro León Zapata en la presentación del Pregón de la Navidad de 1990, en la Plaza Bolívar de Caracas.

–Es de color de copla y de verso popular. Ese color venezolano que pone Simón en todo cuanto hace –responde Zapata.

– ¿Qué sería de la tonada si no existiera Simón? –curiosea Alí Primera en La tonada de Simón. Y es que Simón Díaz, su música y trayectoria, es un punto de unidad nacional. Es parte del alma de Venezuela y representa, a su vez, el hombre universal que afirma con cada acción sus raíces, su origen.

La biografía de Simón Narciso Díaz Márquez es ampliamente conocida y celebrada. Nacido en Barbacoas un «día 8 del mes 8 del año 28», como lo diría el propio cantor, desde joven no sólo se encargó de desarrollar sus dotes artísticos, también de comprender que esa inmensa llanura en la que se había criado, la Venezuela rural de las primeras décadas del siglo XX, estaba siendo dejada a un lado para dar paso a la nación netamente petrolera, ratificada desde mediados del siglo pasado.

Simón fue el hermano mayor que se encargó, junto con su madre, de mantener a la familia. Desde repartir periódicos, pasando por vender cachapas, hasta ser el muchacho que llevaba los atriles y artefactos de sonido para los bailes. Años después, en Caracas, bajo la enseñanza de: Teófilo León, Ángel Sauce, Vicente Emilio Sojo y Pedro Antonio Ramos, recibirá sus primeras clases de teoría musical. Empezaba así la carrera de este símbolo de la venezolanidad.

En los años sesenta Simón Díaz logra posicionarse en el panorama musical nacional. Junto al compositor Hugo Blanco, presentará sus primeros éxitos: Súperbloque, Por Elba, Criollo y Sabroso, María Pancha. La voz de falsete y la picardía de las letras lo convierten en personaje popular. «Tiene usted razón profesor es la verdad/ Esas son las cosas que no puedo ver/un hombre llorando por una mujer», enunciaba una de las primeras gaitas de estos dos músicos. Estas piezas tendrán gran popularidad en el país y otras regiones del continente. Junto con la música dicharachera y de parranda, de finales de los sesenta, el cultor de la Tonada llanera entregaba sus primeras piezas inmortales, una de ellas: Tonada del Cabrestero.

Programas de televisión como La Quinta de Simón, la narración de la historia musical de Caracas de 1935 a 1967, con motivo del cuatricentenario de la ciudad, dan muestra de la fama ganada para la época. La década siguiente servirá para la consolidación de un estilo propio y único, antesala de su inmenso éxito más allá de nuestras fronteras.

Tonadas, Tonadas Vol. 2 y Canciones criollas, son discos que revelan la madurez alcanzada por el cantautor. Es el momento de mostrar al país profundo, que lo conozcan sus ciudadanos y de preservar la belleza de nuestra música. 1980 es año clave en la carrera de nuestro Tío, presenta por primera vez su Caballo Viejo.

Para los años ochenta y noventa ya Simón es símbolo de lo mejor de Venezuela. Además, gana el cariñoso título de «Tío». Es el Simón de los niños, de la juventud, de la familia, el ecologista, el que «Recuerda y Canta», al que le pides la palabra, el que está siempre al mediodía. En 1998 Simón Díaz se presenta en el Teatro Teresa Carreño de Caracas con el concierto Cuenta 70 y canta 50, ese espectáculo quedará grabado para la posteridad. Se convierte así en una de las mejores formas para aproximarse a la música y vida de este inigualable personaje. También en esa fecha, recibe los máximos honores nacionales. Dos años antes le había cantado al Papa. Su música ya era de proyección universal.

Sobre Simón Díaz mucho se ha escrito. Dos de los personajes más famosos de Venezuela (Bolívar y Díaz), comparten este nombre de origen hebreo, el cual significa: «el que ha escuchado a Dios». Mucho se puede contar sobre Simón Díaz, su afición por el dibujo y las Bolas Criollas, la vida familiar y el profundo llanero que siempre hay en él. Sólo basta decir que «La tonada es buenamoza cuando la canta Simón, parece que sus mejillas recobraran el color, que ha perdido nuestro pueblo al olvidar su canción», como recitara el también genial Alí Primera.

Palabras para Simón

Palabras para Simón, también apareció en la edición de fin de semana (22 y 23 de febrero de 2014) del diario Tal Cual

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Manhattan en Caracas

Manhattan en Caracas

Por Guillermo Ramos Flamerich

Cada vez que veo Manhattan (Woody Allen, 1979), descubro algo nuevo de Nueva York. Bajo las notas de Rapsodia en Azul (Rhapsody in Blue), de George Gershwin, en la introducción de la película, la ciudad es mostrada de manera imponente. Más allá de la temática sobre el dilema de la vida en pareja, la madurez sentimental y la complejidad de las relaciones amorosas, Manhattan, como afirman varios críticos de cine, es la carta de amor de Allen a su cosmopolita urbe. Es una película emocionante, un clásico de todos los tiempos.

Recurro a esta imagen no sólo para invitar a verla. Sino también para reflexionar sobre otra ciudad algo más al sur: Caracas. Idear un film con tres historias paralelas: una de amor, otra que quede a la imaginación del lector y la tercera que cuente a Caracas no tanto con diálogos y narraciones, sino con imágenes. ¿Qué música utilizar? A la ciudad se le han dedicado un buen número de piezas pero, ¿canciones del repertorio nacional también pueden contar a una ciudad de tanto peso para el país? Una que te explique la mañana, otra la tarde y el romance.

El escritor español Juan José Millas comenta que, en vez de crear un lugar imaginario para sus relatos, utiliza a su conocida Madrid. A esta ciudad puede agregarle calles e inventar lugares sin recibir ningún reclamo ya que «Madrid es una ciudad de plastilina… no existe». Algo parecido ocurre con una Caracas ganada a la poca planificación y el abusivo cambio.

A pesar de la identidad cuestionada, existen lugares característicos de la cotidianidad caraqueña. Quizás imágenes de la Plaza Altamira; Plaza Venezuela y el reloj de La Previsora; el panorama del centro histórico; el teleférico; nuestros barrios; los bloques del 23 de enero; el cerro Ávila; la Ciudad Universitaria; un metro abarrotado. A las ya nombradas, agregaría al Hotel Tamanaco. Emulando una de las tantas fotografías del colombiano Leo Matiz, durante su estancia en la capital, captaría en contrapicado al mencionado edificio. Más allá de esto, una película de este estilo debe también mostrar y demostrar lo que nos hacer ser caraqueños. La exhibición de actitudes y acciones.

Woody Allen se mofa de la intelectualidad de Nueva York, pero también utiliza el arte, la música, literatura y filosofía para describirla. Para él, es en blanco y negro. ¿Caracas luce a blanco y negro como Manhattan o el trópico y la luz nos regalaron una variedad de colores que muchas ciudades quisieran tener? Interesante pregunta para la ciudad.

Con este artículo no busco incentivar una copia «criolla» de una película tan reconocida universalmente. Sólo espero sirva de inspiración para pensar en algo bueno que nos revele, de forma íntima, la capital venezolana. Son las palabras de un admirador de Allen y Caracas.

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