Archivo mensual: septiembre 2011

En la palabra de Pancho

Francisco Massiani por el pintor José Cruz

Entrevista a Francisco Massiani

Por Guillermo Ramos Flamerich

A José Castro

Autografía sus libros como Pancho y firma sus cuadros como Francisco. Vive en la urbanización La Florida en una casa de color blanco denominada Los Milagros. A causa de su invalidez está enclavado en el rincón derecho de la sala principal de su hogar. Junto a él, reposan artefactos de diaria utilidad. El lugar está regado de libros y cuadros; un librero que no soportó la batalla ante las termitas y ha caído; un radio en alto volumen y un teléfono que al sonar trajo consigo la noticia de que Pancho recibiría una carta, proveniente de Miami, de su amiga Aurimar. Considera que le han hecho miles de entrevistas y aunque no son de su agrado, siempre responde.

¿Cuáles son sus pasiones?

—Yo no puedo vivir sin música y sin una mujer. Y por supuesto sin vino, cerveza, ron o whisky. La presencia femenina es indispensable para poder vivir. No basta con escribir. No se puede vivir sin amor. Hay que apostar siempre a la felicidad. Vivir permanentemente enamorado de Dios, del amor, las estrellas y por supuesto del vino, del ron, del alcohol.

¿Todo lo hace por el amor?

—Yo creo que a la larga sí. La mayoría de mis trabajos, incluso la novela Piedra de mar y cuentos como Un regalo para Julia, todo eso es por ternura, por amor. En el caso del muchacho de Un regalo para Julia, pobrecito, queda sólo y con el pollito muerto. Pero en Piedra de mar Corcho se queda con Kika, el pobre pasa trabajo hereje por toda la novela pero tiene un final feliz.

¿Cómo se inició en el mundo de la escritura?

—Yo vivía en Chile, en Santiago. Nosotros nos fuimos cuando tenía siete años a Chile porque mi padre tuvo problemas. Mi padre era profesor en el pedagógico, abogado y escritor también. Uno de sus libros, en su época, fue texto obligatorio: Geografía espiritual. Pero le hicieron la vida imposible cuando Pérez Jiménez, por eso nos fuimos a Chile. Comencé a escribir como a los once años. Yo tenía una novia que vivía en Carlos Justiniano, la misma calle que yo en Santiago, que se llamaba Loreto Vargas. Era una linda muchacha, preciosa. Ella me regaló un diario y yo uno a ella. Empecé a escribir en el diario, en Santiago se acostumbraba eso. Cuando regresé a Venezuela, ya tenía catorce años, yo vivía en el edificio Albarrega en la avenida Las Acacias de la Florida, en la planta baja. Estaba profundamente enamorado de una muchacha nadadora, Betty Sherman. Yo pintaba en esa época y escribía cuentos fantásticos. Uno de ellos es sobre un personaje que va a un barco y todos los tripulantes repentinamente desaparecen pero cuando llega a tocar a una mujer desnuda, recobra él la vida y todos los tripulantes también, o el poema Puerto publicado en un periódico mural, me ayudó Quintín Centeno a hacer el mural. Se acostumbraba entonces hacer periódicos murales. Ese fue mi primer poema que se conoció.

¿Cuáles son sus influencias?

—Comencé leyendo una novela que me pareció maravillosa. Un libro de Julio Verne llamado El secreto de Wilhelm Storitz. Otro titulado Realidad y ensueño de Jacobsen. Leí una novela extraordinaria como a los catorce, quince años que me la llevé en un barco de carga para Nueva York: Fiesta de Ernesto Hemingway. También leí a Knut Hamsum, Cesare Pavese, Scott Fitzgerald, D. H. Lawrence,  O. Henry, Walt Whitman, Pablo Neruda, el peruano César Vallejo…

Escritores venezolanos

—Me fascinó el cuento de Guillermo Meneses, que fue llevado al cine y ganó un premio en Cannes, La balandra Isabel llegó esta tarde. También me encantó Casas Muertas de Miguel Otero Silva y por supuesto Cantaclaro de Rómulo Gallegos. La poesía de Andrés Eloy (Blanco) que sigue siendo, a mi juicio, magnífica. No por los angelitos negros que a mí no me gustan, sino por otros poemas admirables.

¿Por qué su obra tiene cada vez mayor vigencia?

—De Piedra de mar, por ejemplo, sospecho que esa novela es magnífica. Esa es toda la explicación. Yo me había olvidado de ella y la leí otra vez y me encantó. Me pareció admirablemente buena. La escribí a los veintidós años. Tardé un año. Pero antes de Piedra de mar, estando en España con mis padres, escribí en una semana Renate o la vida siempre como en un comienzo y otra novela corta llamada Fiesta de campo. Yo sigo escribiendo poesía. Ahorita estoy trabajando en un relato largo que se llama Mango. Es entre erótico y humorístico.

¿Qué es la vida para Francisco Massiani?

—Hay necios que consideran que la vida es muy simple. La vida es la cosa más misteriosa que hay. El hecho de que haya árboles, cielo con estrellas, sol, luna. Que exista el amor, la mujer. La cual es la criatura más hermosa que haya podido inventar Papa Dios. Que exista Dios, porque yo creo en Dios. La vida es una maravilla maravillosa. Hay que apostar a la felicidad y soñar. Porque si uno deja de soñar entonces deja de vivir y el amor se hace, entonces, imposible para construir.

Allí está Pancho en su rincón. Sus cuentos y novelas se han convertido en clásicos de nuestra literatura. Su poesía un canto a sus pasiones. A pesar de los años y las desventuras que pueda traer la vida, Francisco Massiani es un eterno adolescente. La mejor descripción sobre Pancho es la que da Ana Rosa, la señora que lo cuida a diario, cuando afirma que aun así, Francisco Massiani sigue siendo «una roca sumamente firme».

Guillermo Ramos Flamerich y Francisco Massiani

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Entre espantos te veas

Donde el cielo y la tierra se confunden (Elsa Morales) – Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

Entre espantos te veas

Por Guillermo Ramos Flamerich

A Mercedes Franco y su ¡Vuelven los fantasmas!, libro fundamental de mi infancia.

Mi paso era apresurado ante la grotesca aparición. Aumentaba mi velocidad, buscaba un pronto escape. La angustia y el miedo ocupaban cada espacio de mi organismo. No quería pensar, sólo correr. El azul del valle poco a poco desvanecía del paisaje, el tono predominante aquella hora era un naranja violento, poco deseoso de paz. En eso, al voltear la cara, el araguato diabólico se lanzaba ante mí como lacero a su presa. Era color de fuego, con su cuerpo de bestia y rostro tenebrosamente humano. Ocurría como escarmiento por haber cazado en Semana Santa. Cuando empecé a rezar en búsqueda de salvación, mi correr, tan acelerado y enajenado, me había colocado frente a un barranco. Mientras caía en el vacío, el espectral araguato reía a mil voces y con retumbante chillido afirmaba: «¡Hoy te veo en el infierno pecador malagradecido!».

Esa fue la pesadilla que tuve después de escuchar aquella leyenda. Los fantasmas, aparecidos y seres sobrenaturales han existido desde el inicio de los tiempos. Como explicación, fabulación, moraleja y autorregulación de los valores de este mundo terrenal. Los espectros también reflejan las culturas de los pueblos que los alimentan. Tomando sus formas, costumbres y condiciones especiales. Venezuela comparte la tradición latinoamericana de una civilización marcada por el mestizaje. Fantasmas de la vieja Europa, conjugados con sus pares indígenas y africanos. Son parte del acervo popular e imaginario colectivo. Un viaje a cualquier pueblo o caserío trae consigo el recorrido por la siempre presente Plaza Bolívar, la iglesia principal y la casa donde habita la leyenda de algún muerto que vaga en esta vida que ya no le pertenece. Siempre existe algún aventurero, inventor de historias o hablador, que te comenta, detalle a detalle, relatos sorprendentes, llenos de color, misterio y enseñanzas.

Un lenguaraz de esos se llamaba Francisco. Cuando uno tiene nueve años cualquier relato parece sorprendente. Siempre me comentaba sobre su pacto con el diablo, al cual le ofrecía una moneda cada noche para la protección diaria y el aviso de cualquier situación inconveniente. «Recuerdo que había una señora que reclamaba a la policía que unos bandidos tiraban piedras a su ventana. Ella no sabía que eran duendes. Yo los vi con mis propios ojos, con sus risas burlonas de muchachos nunca bautizados. Esos siguen por aquí, al igual que la Sayona, pero no les tengo miedo. Siempre se les aparecen a los caraqueños que preguntan por esos cuentos…». El susto y la fascinación que generan en las mentes infantiles, han permitido su vigencia por generaciones. Entre los espectros venezolanos, están los que han cobrado la fama nacional y sus historias se han convertido en productos del mercado. Por la alfombra roja del miedo en nuestro país, transitan La Sayona, El Silbón y su saco de huesos, La Llorona (popular en Latinoamérica, sobre todo en México y Centroamérica), alguno que otro árbol encantado y los jinetes sin cabeza provenientes de las infinitas guerras de nuestro siglo XIX. Pero hasta estos astros del horror se han visto relegados por las nuevas tecnologías y fantasmas provenientes de más allá de nuestras fronteras.

En una batalla entre El Hachador y Freddy Krueger, ¿quién ganaría?; la misma pregunta con respecto a las Brujas Chupasangre de Güiria y los vampiros de Hollywood… Son interrogantes algo extrañas, pero sus respuestas radican en el arraigo de los pueblos con su cultura.

Si iniciáramos el tour de los «espantos y aparecidos de Venezuela», tendríamos que recorrer hasta el mínimo rincón de nuestra geografía. Comenzando por occidente con su esclavo acróbata, el fantasma de Don Juan de la Colina y Peredo, la monja de la buena suerte, Las ánimas de Guasare, El Hachador y el ánima de Gregorio Rivera, entre tantos; el llano es lugar de las Bolas de Fuego y su constante jinete, El Silbón, árboles encantados y un sinfín de ánimas benditas; el oriente y sur del país son parajes míticos, donde la tradición indígena como Los Sáparos y Hombres Tigre, se enlazan con La Chinigua, El Abuelón, La mujer del viento, gallinas fantasmas, decenas de ánimas, brujería de orígenes africanos y caribeños (fenómeno radicado en toda la costa), y duendes que entre saltos y brincos, enfrían la sangre de cualquiera; los espectros del centro de Venezuela son más cosmopolitas, enanos que se transfiguran en gigantes de fuego en la capital, la Sayona y Llorona, los ilustres personajes que siguen en la tierra como apariciones, carretones conducidos por Lucifer, espejos con espíritus incorporados, y entre La burra maneada, el Fantasma del Ávila y el Pozo del Cura, la naturaleza también guarda sorpresas del más allá.

Los nuevos tiempos traen nuevas realidades. Estas leyendas y tradiciones cada día pertenecen ya no a la vida de nuestros padres, sino a la de los abuelos y bisabuelos. Esos que te decían que quien levantara la mano a su madre quedaba petrificado de por vida y que la fortuna podía llegar en cualquier momento a causa de un muerto que te anunciara donde había enterrado su botija de morocotas. No es sólo la modernidad la que atemoriza a nuestros fantasmas, sino también la falta de lugares que tienen para asustar. Cuando uno sale en altas horas de la noche por alguna calle en soledad, lo más probable es conseguir un espectro de este mundo. Malandro que al no darle lo que te pide, no pierde el instante para convertirte en ánima que pena.

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