Entre espantos te veas

Donde el cielo y la tierra se confunden (Elsa Morales) – Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

Entre espantos te veas

Por Guillermo Ramos Flamerich

A Mercedes Franco y su ¡Vuelven los fantasmas!, libro fundamental de mi infancia.

Mi paso era apresurado ante la grotesca aparición. Aumentaba mi velocidad, buscaba un pronto escape. La angustia y el miedo ocupaban cada espacio de mi organismo. No quería pensar, sólo correr. El azul del valle poco a poco desvanecía del paisaje, el tono predominante aquella hora era un naranja violento, poco deseoso de paz. En eso, al voltear la cara, el araguato diabólico se lanzaba ante mí como lacero a su presa. Era color de fuego, con su cuerpo de bestia y rostro tenebrosamente humano. Ocurría como escarmiento por haber cazado en Semana Santa. Cuando empecé a rezar en búsqueda de salvación, mi correr, tan acelerado y enajenado, me había colocado frente a un barranco. Mientras caía en el vacío, el espectral araguato reía a mil voces y con retumbante chillido afirmaba: «¡Hoy te veo en el infierno pecador malagradecido!».

Esa fue la pesadilla que tuve después de escuchar aquella leyenda. Los fantasmas, aparecidos y seres sobrenaturales han existido desde el inicio de los tiempos. Como explicación, fabulación, moraleja y autorregulación de los valores de este mundo terrenal. Los espectros también reflejan las culturas de los pueblos que los alimentan. Tomando sus formas, costumbres y condiciones especiales. Venezuela comparte la tradición latinoamericana de una civilización marcada por el mestizaje. Fantasmas de la vieja Europa, conjugados con sus pares indígenas y africanos. Son parte del acervo popular e imaginario colectivo. Un viaje a cualquier pueblo o caserío trae consigo el recorrido por la siempre presente Plaza Bolívar, la iglesia principal y la casa donde habita la leyenda de algún muerto que vaga en esta vida que ya no le pertenece. Siempre existe algún aventurero, inventor de historias o hablador, que te comenta, detalle a detalle, relatos sorprendentes, llenos de color, misterio y enseñanzas.

Un lenguaraz de esos se llamaba Francisco. Cuando uno tiene nueve años cualquier relato parece sorprendente. Siempre me comentaba sobre su pacto con el diablo, al cual le ofrecía una moneda cada noche para la protección diaria y el aviso de cualquier situación inconveniente. «Recuerdo que había una señora que reclamaba a la policía que unos bandidos tiraban piedras a su ventana. Ella no sabía que eran duendes. Yo los vi con mis propios ojos, con sus risas burlonas de muchachos nunca bautizados. Esos siguen por aquí, al igual que la Sayona, pero no les tengo miedo. Siempre se les aparecen a los caraqueños que preguntan por esos cuentos…». El susto y la fascinación que generan en las mentes infantiles, han permitido su vigencia por generaciones. Entre los espectros venezolanos, están los que han cobrado la fama nacional y sus historias se han convertido en productos del mercado. Por la alfombra roja del miedo en nuestro país, transitan La Sayona, El Silbón y su saco de huesos, La Llorona (popular en Latinoamérica, sobre todo en México y Centroamérica), alguno que otro árbol encantado y los jinetes sin cabeza provenientes de las infinitas guerras de nuestro siglo XIX. Pero hasta estos astros del horror se han visto relegados por las nuevas tecnologías y fantasmas provenientes de más allá de nuestras fronteras.

En una batalla entre El Hachador y Freddy Krueger, ¿quién ganaría?; la misma pregunta con respecto a las Brujas Chupasangre de Güiria y los vampiros de Hollywood… Son interrogantes algo extrañas, pero sus respuestas radican en el arraigo de los pueblos con su cultura.

Si iniciáramos el tour de los «espantos y aparecidos de Venezuela», tendríamos que recorrer hasta el mínimo rincón de nuestra geografía. Comenzando por occidente con su esclavo acróbata, el fantasma de Don Juan de la Colina y Peredo, la monja de la buena suerte, Las ánimas de Guasare, El Hachador y el ánima de Gregorio Rivera, entre tantos; el llano es lugar de las Bolas de Fuego y su constante jinete, El Silbón, árboles encantados y un sinfín de ánimas benditas; el oriente y sur del país son parajes míticos, donde la tradición indígena como Los Sáparos y Hombres Tigre, se enlazan con La Chinigua, El Abuelón, La mujer del viento, gallinas fantasmas, decenas de ánimas, brujería de orígenes africanos y caribeños (fenómeno radicado en toda la costa), y duendes que entre saltos y brincos, enfrían la sangre de cualquiera; los espectros del centro de Venezuela son más cosmopolitas, enanos que se transfiguran en gigantes de fuego en la capital, la Sayona y Llorona, los ilustres personajes que siguen en la tierra como apariciones, carretones conducidos por Lucifer, espejos con espíritus incorporados, y entre La burra maneada, el Fantasma del Ávila y el Pozo del Cura, la naturaleza también guarda sorpresas del más allá.

Los nuevos tiempos traen nuevas realidades. Estas leyendas y tradiciones cada día pertenecen ya no a la vida de nuestros padres, sino a la de los abuelos y bisabuelos. Esos que te decían que quien levantara la mano a su madre quedaba petrificado de por vida y que la fortuna podía llegar en cualquier momento a causa de un muerto que te anunciara donde había enterrado su botija de morocotas. No es sólo la modernidad la que atemoriza a nuestros fantasmas, sino también la falta de lugares que tienen para asustar. Cuando uno sale en altas horas de la noche por alguna calle en soledad, lo más probable es conseguir un espectro de este mundo. Malandro que al no darle lo que te pide, no pierde el instante para convertirte en ánima que pena.

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Archivado bajo pensar a Venezuela, tradición venezolana

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