Archivo mensual: octubre 2011

Breve historia de los Navegantes del Magallanes

Breve historia de los Navegantes del Magallanes

Por Guillermo Ramos Flamerich

Mientras escribo estas líneas el televisor de mi cuarto está prendido. Observo el primer juego Caracas-Magallanes de la temporada 2011-2012. Mi equipo, el mismo de la canción que enuncia: «No hay quien le gane…», está derrotando a su llamado «eterno rival» tres carreras por dos. Estoy contento. Tengo con que chalequear a mi papá. En el twitter coloco «¡Vamos Magallanes!» y fuera de mi casa empieza a llover. No sé cómo terminará. Utilizo estos momentos para pensar un poco en la trayectoria de mi equipo. Busco una conexión inmediata con el pasado de los Navegantes. A su vez, recorren mi mente recuerdos de un pasado personal no tan lejano…

¿Por qué elegí ser magallanero? Quizás para llevarle la contraria a mi papá, o en honor a un desconocido abuelo, el cual su afición por la novena era tal que cada juego significaba un hecho pasional: euforia o despecho a granel. También van aterrizando, poco a poco, escenas de disputas beisboleras con mis primos. Ellos, fanáticos de los Leones del Caracas, buscaban convencerme hasta el cansancio para que perteneciera al «mejor equipo de todos». Entre sus razones se hallaba la típica pregunta: «¿En dónde naciste, acaso vives en Valencia?». Temporada tras temporada cada juego y sus respectivos resultados desencadenaban conversaciones que reflejaban ese sabor que tenemos los venezolanos por un deporte llegado del norte pero convertido en pelota Caribe.

Es 24 de febrero de 1918 en nuestra ciudad capital. El recién fundado equipo Magallanes, con sede en Catia, ha sido derrotado por Flor del Ávila 20 a 6. Un debut algo duro, pero una anécdota muy singular. Meses antes, el 26 de octubre, Jesús Gómez, Manuel Antonio Ponce, Antonio Benítez, Luis Belisario, Hughes Alfonzo, Avelino Issa, Florencio Guinaglia, Napoleón Cagliannone y Pedro Solares fundan el después llamado «conjunto turco» en un bar de nombre Back-Stop. Benítez es quien coloca el nombre. Ya pueden salir a la «palestra para derrotar a los más connotados clubes de Caracas».

Equipo amateur y de no muchas victorias. Tratará de aplacar su situación de derrotas con jugadores como: Balbino Inojosa, el Pollo Malpica y los importados Ernesto Sánchez y Camarón Sosa. Desde finales de los años veinte comienza la rivalidad con los Royal Criollos, continuada con el equipo Cervecería y se mantendrá hasta la actualidad con Leones.

Siete años le costó al equipo volver a aparecer en escena. Esto fue en 1941. Cinco años después, al crearse la Liga venezolana de béisbol profesional, Magallanes fue el primer conjunto en jugar, derrotando 5 a 2 al Venezuela. En 1949 obtendrá el primero de una decena de títulos de campeonato con esta liga. El último de ellos (hasta el momento) fue en 2002.

Joe Nova y Johny Cruz logran comprar la franquicia deportiva pero no el nombre. Magallanes pasa a llamarse Oriente, pero sigue funcionando en la ciudad que lo vio nacer. Esta etapa durará hasta 1964, fecha en la que el equipo regresa a su nombre primigenio.

Entre el cinco y diez de febrero de 1970 se disputó en el Estadio Universitario de Caracas la XIII edición de la Serie del Caribe. Nuestro país estuvo representado por «los bucaneros», quienes logran vencer al conjunto boricua Leones de Ponce. Logrando así el primer título de Serie del Caribe para Venezuela y el primero de los navegantes. El segundo lo obtendrían en 1979, bajo la dirección del llamado brujo Willie Horton, en la ciudad de San Juan, Puerto Rico. Para esa fecha la novena ya está instalada en Valencia y las canciones dedicadas al equipo por parte de la Billo’s Caracas Boys ya son populares en toda la nación.

Esa era una historia, a muy grandes rasgos, del equipo al que había decidido defender y apoyar, en las buenas y las malas, desde los ocho años de edad. La lluvia poco a poco se ha diluido. El juego continua en pantalla. Los Leones empatan, Magallanes desempata. Se vuelve a empatar la partida. De nuevo mi equipo logra la delantera seis carreras por cinco. Ya se ha llegado al inning doce. Turno del equipo felino. Daniel Mayora al bate. Tienen hombres en primera y tercera base. Out a Mayora. Son las 10:11 pm. Primer triunfo para los Navegantes del Magallanes en la serie particular. Ha sido un juego tenso de esos que el béisbol sabe regalar. Por los momentos cabe cantar: «Magallanes será campeón este año les ganará/ la gente que va al estadio entonan esta canción».

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Los duros días del «Chico Mono»

Los duros días del «Chico Mono»

Por Guillermo Ramos Flamerich

Todavía recuerdo el momento en que los niños apuntaban con sus dedos condenatorios al pequeño Daniel. Todos le decían: mono, chimpancé, orangután, hijo de mona, ¡más mona será tu abuela! Esas palabras abrumaban su conciencia y también la soledad en la que pasaba parte del tiempo destinado al recreo.

Gozaba de pocas simpatías dentro del salón del primer grado B. Desde que afirmó con total seguridad que «el hombre provenía del mono», todos sus compañeros lo habían encerrado en la casilla de «chico extraño de difícil aceptación». Las clases de religión hablaban de Adán y Eva y la portada de una Biblia para niños estaba adornada con un cuadro de la Torre de Babel tan hermoso, que en ella sólo podría estar plasmada la verdad. La pequeña biblioteca que se hallaba al fondo, en el extremo izquierdo del salón, tenía libros sobre historias y cuentos fabulosos. Ninguno contenía alguna referencia a Darwin.

Eran diecinueve los alumnos de la sección. Todos condenaban a Daniel y a su horrible ofensa al ser humano. ¿Quién era ese tal Darwin? Todos miraban sus caras. Ninguno quería parecer simio. Eran personas, no monos. Daniel había leído esa información en un folletín encartado en la prensa que a diario compraba su padre. Había devorado esas páginas de pulpa barata donde se relataban las peripecias de Charles Darwin y su viaje por las zonas ecuatoriales. También estaban impresas otras notas sobre avances tecnológicos, fechas de interés e historia patria. Después de tan llana lectura, Daniel encaminó todas sus fuerzas la mañana del lunes 22 de noviembre, a explicar en clase, la teoría que acababa de descubrir.

Elena, la maestra del curso, entendía de lo que el muchacho hablaba. Daniel enseñó algunos dibujos sobre la evolución humana y las caricaturas con que se mofaba la prensa decimonónica del científico inglés. Era el momento cumbre para las felicitaciones y para lograr una aceptación en aquel primer grado que conocía desde el preescolar. Todo fue diferente. Nadie dijo nada después de la exposición. Algunos rieron. Al día siguiente comenzaron los primeros comentarios despectivos. «Más mono serás tú» dijo Santiago, compañero de fila de Daniel. Los días avanzaban y el apodado «Chico Mono» sólo conocía la soledad de sus palabras. Cada vez que buscaba intervenir en alguna otra materia, el ruido que producía en la clase su mano alzada no lo dejaba articular frase alguna. El colegio se había convertido en la experiencia más insoportable de su vida. Más que el primer día, en el que a todo pulmón lloró por estar tan lejos de su padre. Quien lentamente lo arrastró hasta su nuevo «segundo hogar». La maestra Elena intentó ser diligente al buscar una solución. Su respuesta inmediata fue llamar a la subdirectora del plantel: Morita Montiel. La señora Montiel con poca gracia y ronca voz explicó la teoría de la evolución, sus basamentos históricos y científicos. Prohibió el uso de sobrenombres hacia Daniel y obligó redactar un trabajo evaluado sobre Charles Darwin y su obra. Las caras de odio que profesaban los alumnos al protegido de la subdirectora, marcarían el inicio de una relación aún más turbia. Los insultos y apodos que lo comparaban con distintas formas de primates habían cesado. Pero de allí en adelante los inocentes juegos de niños escondían duras caras que frenaban el disfrute diario de Daniel. Su mejor compañero y amigo era el mismo. Nadie lo buscaba, poco se notaba. El armazón que logró crear para protegerse de la crueldad costó varios años en desarmarse. La integración con el curso comenzaría junto con la pubertad.

Mono con calavera (1893) obra del artista alemán Hugo Rheinhold

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CAP: entre la historia y la polémica

«En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP»

CAP: entre la historia y la polémica

Por Guillermo Ramos Flamerich

En la revista Élite número 2.517 del 21 de diciembre de 1973 se relata la historia de José Couri. El cual arriesgó un millón de bolívares apostando que Carlos Andrés Pérez ganaría las elecciones presidenciales de aquel año. Sirvió como respuesta a un reto firmado por simpatizantes de Copei. Couri dio como razón para aceptar el desafío «repudiar públicamente la arrogancia de los copeyanos». Pasados los comicios electorales, el ganador afirmó que utilizaría el millón para obras sociales. Más allá de lo pintoresco de esta anécdota, el país inauguraba un quinquenio de opulencia, fluidez de recursos y la concepción de una nación próxima a lograr el desarrollo. Con un líder que podría arropar a todo el «Tercer Mundo» bajo las cobijas de la socialdemocracia. Comienza así la entrada de Carlos Andrés Pérez a las grandes ligas de nuestra historia.

El 5 de octubre de 2011 el velorio de Carlos Andrés en Caracas tenía lugar en la casa sindical de AD en El Paraíso. Más allá de las imágenes y jingles proyectados, frases como: era un ser humano, los seres humanos cometemos errores; el Congreso no lo dejó gobernar; Carlos Andrés prometió y cumplió, aparecían en todos los rincones. Por los alrededores el tráfico no era el habitual y una que otra persona hablaba en tono de burla sobre los restos del ex presidente y el tiempo transcurrido desde su fallecimiento el día de Navidad de 2010.

En una fotografía de Manuel Sardá posterior al golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se denota una pancarta donde aparece la imagen de Hugo Chávez al momento de rendirse en el Museo Histórico Militar y la de Carlos Andrés Pérez  con las manos juntas en posición de oración. La primera tiene una leyenda que dice: «Decentes a la calle», la segunda: «Corruptos a la cárcel». Es curioso notar que en 2010 un automóvil presentaba un letrero con unas palabras muy sencillas, pero contradictorio de lo antes mencionado. El escrito rezaba así: «Señor… Devuélvenos a CAP y te entregamos Chávez». Esa es la política, un día estas arriba, otras veces abajo y viceversa afirmaría cualquier persona que se crea experta en el tema. Los noventa sirvieron para la satanización de Pérez, todos los problemas y vicios del sistema recaían casi en su totalidad en una sola persona.

El 6 de octubre, cuando la urna con los restos del alguna vez llamado «Locoven» era bajada del carro fúnebre en el bulevar de El Cafetal, los más jóvenes militantes del partido Acción Democrática se peleaban por cargarla. Hacían una especie de cadena humana para que sólo los «blancos» pudieran estar más próximos al reivindicado líder. En menos de dos décadas logró pasar de expulsado a héroe.

«El Gocho» alguna vez tuvo la imagen de un policía represor. Fue en la década de los sesenta cuando, en su función como ministro del Interior, presentó un rostro serio y rudo, poco dado a las sonrisas y al contacto cercano con la gente. Con la campaña de 1973 su personalidad pública será reinventada. Quizás la imagen icónica de ese período, y de su vida entera, es la fotografía donde, congelado en el aire, salta un charco. Las patillas, el saco a cuadros. La vitalidad de un candidato que promete una «Democracia con Energía». Ese vigor servirá para acentuar el gasto público en un país bendecido por el dinero súbito. Se hablará de la hipertrofia del Estado, la deuda generada, la corrupción y la productividad venida a menos. Será esa misma energía la que presentará a un presidente izando la bandera, el 1 de enero de 1976, en la nacionalización de nuestro petróleo; en la entrega de becas; las giras por el mundo e inaugurando obras de infraestructura en diversos rincones del país.

Las personas presentes en el cortejo fúnebre hacían gala del mercadeo existente sobre CAP. Franelas, chapas, un muñeco de plástico, un uniforme de obrero petrolero con su foto incrustada, en fin, toda una tienda de objetos curiosos. A pesar de la lluvia la gente seguía en caminata hasta el Cementerio del Este. Era peculiar escuchar la canción de «ese hombre si camina…» mientras dirigentes de nuestra actualidad política hacían el recorrido en automóvil. De un colegio cercano se veían niños en edad preescolar asomando sus cabecitas a la calle para fisgonear sobre el hecho. Lo más probable es que no conozcan la historia de Carlos Andrés Pérez, pero el momento que observaron quedará en la memoria.

La comunidad internacional aplaudía la liberalización de la economía en Venezuela. Las cifras macroeconómicas eran cada vez mejores. Una democracia estable en camino a conseguir una economía de mercado. En lo interno, un estallido social, dos golpes de Estado y la desmejora en los ingresos y calidad de vida de los ciudadanos eran la otra cara de la moneda. «El Gran Viraje» se desarrollaba en una sociedad donde las instituciones y los partidos políticos cada día estaban más desacreditados. Un Carlos Andrés Pérez diametralmente opuesto al bonachón de quince años antes intentaba girar el timón de la nación a otros rumbos. CAP sería destituido por malversación de fondos. ¿Cuál fue la reacción popular ante tal hecho? De esta manera lo relata el historiador Manuel Caballero: «Pero aparte de unos cuantos gritos de las barras en el Congreso y en la acera de enfrente, la fiesta popular no se vio por ninguna parte». El problema no era sólo de un hombre, un sistema entero, acaso la sociedad en su conjunto, vivía una crisis de tamaño insospechado.

Globos blancos adornaron el cielo cercano al cementerio. De camino al foso donde sería enterrado, alguno que otro curioso visitó la tumba de Rómulo Betancourt. Un señor, proveniente de Maracay, se arrodilló ante ella y comenzó a rezar. Virginia Betancourt y Germán Carrera Damas ofrecieron unas palabras en homenaje al difunto. Diecinueve disparos de salva lo despidieron. Ochenta y ocho años  y cincuenta y nueve días vivió un personaje polémico, tanto en su ciclo vital como en la muerte. Hechos contradictorios marcaron toda su trayectoria. Su afán fue siempre quedar en la historia.

En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP. Quedará en otras manos hacer un dictamen balanceado. Parece imposible. Por los momentos la nostalgia y la situación actual algo lo ha reivindicado. Su imagen parece estar más saludable hoy en día que en el momento de su último suspiro.

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