Los duros días del «Chico Mono»

Los duros días del «Chico Mono»

Por Guillermo Ramos Flamerich

Todavía recuerdo el momento en que los niños apuntaban con sus dedos condenatorios al pequeño Daniel. Todos le decían: mono, chimpancé, orangután, hijo de mona, ¡más mona será tu abuela! Esas palabras abrumaban su conciencia y también la soledad en la que pasaba parte del tiempo destinado al recreo.

Gozaba de pocas simpatías dentro del salón del primer grado B. Desde que afirmó con total seguridad que «el hombre provenía del mono», todos sus compañeros lo habían encerrado en la casilla de «chico extraño de difícil aceptación». Las clases de religión hablaban de Adán y Eva y la portada de una Biblia para niños estaba adornada con un cuadro de la Torre de Babel tan hermoso, que en ella sólo podría estar plasmada la verdad. La pequeña biblioteca que se hallaba al fondo, en el extremo izquierdo del salón, tenía libros sobre historias y cuentos fabulosos. Ninguno contenía alguna referencia a Darwin.

Eran diecinueve los alumnos de la sección. Todos condenaban a Daniel y a su horrible ofensa al ser humano. ¿Quién era ese tal Darwin? Todos miraban sus caras. Ninguno quería parecer simio. Eran personas, no monos. Daniel había leído esa información en un folletín encartado en la prensa que a diario compraba su padre. Había devorado esas páginas de pulpa barata donde se relataban las peripecias de Charles Darwin y su viaje por las zonas ecuatoriales. También estaban impresas otras notas sobre avances tecnológicos, fechas de interés e historia patria. Después de tan llana lectura, Daniel encaminó todas sus fuerzas la mañana del lunes 22 de noviembre, a explicar en clase, la teoría que acababa de descubrir.

Elena, la maestra del curso, entendía de lo que el muchacho hablaba. Daniel enseñó algunos dibujos sobre la evolución humana y las caricaturas con que se mofaba la prensa decimonónica del científico inglés. Era el momento cumbre para las felicitaciones y para lograr una aceptación en aquel primer grado que conocía desde el preescolar. Todo fue diferente. Nadie dijo nada después de la exposición. Algunos rieron. Al día siguiente comenzaron los primeros comentarios despectivos. «Más mono serás tú» dijo Santiago, compañero de fila de Daniel. Los días avanzaban y el apodado «Chico Mono» sólo conocía la soledad de sus palabras. Cada vez que buscaba intervenir en alguna otra materia, el ruido que producía en la clase su mano alzada no lo dejaba articular frase alguna. El colegio se había convertido en la experiencia más insoportable de su vida. Más que el primer día, en el que a todo pulmón lloró por estar tan lejos de su padre. Quien lentamente lo arrastró hasta su nuevo «segundo hogar». La maestra Elena intentó ser diligente al buscar una solución. Su respuesta inmediata fue llamar a la subdirectora del plantel: Morita Montiel. La señora Montiel con poca gracia y ronca voz explicó la teoría de la evolución, sus basamentos históricos y científicos. Prohibió el uso de sobrenombres hacia Daniel y obligó redactar un trabajo evaluado sobre Charles Darwin y su obra. Las caras de odio que profesaban los alumnos al protegido de la subdirectora, marcarían el inicio de una relación aún más turbia. Los insultos y apodos que lo comparaban con distintas formas de primates habían cesado. Pero de allí en adelante los inocentes juegos de niños escondían duras caras que frenaban el disfrute diario de Daniel. Su mejor compañero y amigo era el mismo. Nadie lo buscaba, poco se notaba. El armazón que logró crear para protegerse de la crueldad costó varios años en desarmarse. La integración con el curso comenzaría junto con la pubertad.

Mono con calavera (1893) obra del artista alemán Hugo Rheinhold

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