Archivo mensual: diciembre 2011

Gaita protesta, gaita mía

Los «Cardenales del Éxito», durante años, se convirtieron en cultores de la gaita protesta en nuestro país

Gaita protesta, gaita mía

Por Guillermo Ramos Flamerich

Publicado originalmente en el blog Planta Baja el 7 de diciembre de 2009

En Venezuela, la gaita es sinónimo de Navidad. Junto con las hallacas, pan de jamón, ponche crema y los aguinaldos (tanto el monetario como el musical), es máxima representante de esta fiesta tradicional. La gaita es también sinónimo de protesta, empezando por las de su región originaria, el Zulia. Así lo expresa en uno de sus versos el himno de los gaiteros, la «Grey zuliana», del monumental Ricardo Aguirre: «Madre mía, si el Gobierno no ayuda al pueblo zuliano, tendréis que meter la mano y mandarlo pa’ el infierno». El alto costo de la vida, la centralización de los servicios, corrupción han sido algunos de los tópicos que ha utilizado este género para dar a conocer los reclamos de la sociedad.

En razón de todo esto, en los últimos años la gaita protesta en Venezuela ha mermado. Autocensura, adecuación a las nuevas leyes y panorama político han opacado esta forma de reclamo. La producción de temas que denuncian problemas sociales, políticos y económicos son cada vez menores. Esto contrasta con el boom de gaitas protesta presentando entre los años 2000 y 2004. Piezas enigmáticas como «Aló Presidente», «La Ley Mordaza», «Pinocho», «Se va, se va» lograron un apogeo tal que durante dos años seguidos se compiló un disco compacto denominado Las gaitas que a él no le gustan, canciones todas llenas de auténtica queja. Pero algo en el ambiente cambió. La gran interrogante que produce esta realidad: ¿Venezuela está en una situación de felicidad casi utópica, donde no existe disconformidad? O por lo contrario, ¿cada vez existen mayores dificultades, pero el campo de acción para dar a conocer disgustos, fijar posición en algo, o elegir el rumbo que queremos para el país es cada vez menor?

 Escuchar, componer y utilizar los géneros musicales tradicionales y populares como forma de reclamar a los gobernantes de turno los problemas que agobian al ciudadano, son parte del derecho a elegir. La protesta es algo nato del ser venezolano. Callar, dejar pasar, sólo coartan la posibilidad de llevar a nuestra sociedad por un sano rumbo.

Gaiteros de mi patria: sigamos el ejemplo de aquellos que protestaron y dieron las más bellas notas de reclamo. Parafraseando el nombre de viejas gaitas, sólo puedo decir que La gaita no ha muerto, pues en esta Tierra zuliana, la Gaita entre ruinas nunca estará, son un Canto a Venezuela y una Imploración a nuestra Reina Morena.Gaita protesta: revive, pues Venezuela te necesita con más energía que nunca ante tantos estragos que nos agobian.

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Navidad: uno y seis motivos

Nacimiento por Francisca Molina (Maracay, estado Aragua)

Navidad: uno y seis motivos

Por Guillermo Ramos Flamerich

Uno

Cuando hablamos de la Navidad siempre estamos evocando algo. Deseando. Otras veces, dejamos la reflexión a un lado y las efusivas compras marcan el ritmo de la celebración. Mientras escribo, espero insistentemente a que esté lista una hallaca hecha en casa. Este año no sólo «la mejor hallaca es la de mi mamá», también el mejor pan de jamón. Es algo que agradezco profundamente. Degustar nuestra cocina decembrina es uno de mis pasatiempos preferidos, sólo comparado con el de escuchar a toda corneta la música especial de estas fechas. Venga de cualquier región del país o cualquier lugar del mundo, todas tienen algo especial: creen en la humanidad, su porvenir y en fiestones que duren hasta mediados de año.

Sobre la Navidad se pueden escribir miles de cuartillas. Se han escrito millones. Todas coinciden. Publicar deseos de abundancia para el año entrante y párrafos acerca de la importancia de la familia, no agregaría nada nuevo. Eso sí, siempre quedan bien un final con: ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo tal!

De niño uno pregunta demasiadas cosas. ¿Quién trae los regalos en Navidad, San Nicolás o el Niño Jesús? Mi mamá me decía que los dos. ¿Si son los dos en dónde los lleva el Niño Jesús? La respuesta concedida por mi progenitora no la recuerdo. Me llega a la mente un Niño Jesús levitando por Caracas junto con regalos flotantes que aparecen y desaparecen. San Nicolás no es de aquí. Pero puedo jurarlo que una vez lo vi. El se escondió, salió corriendo con las galletas y se tomó el vaso de leche que le dejé. Escuché sus pasos, observé la huida. Quizás el exceso de películas norteamericanas produjeron aquella alucinación, pero el vago recuerdo aún late.

La hallaca está servida, «la inmutable hallaca» como dijo alguna vez Job Pim. Dispongo a comerla. Pero antes, coloco en la computadora un repertorio de gaitas y aguinaldos. Le tocó empezar al Orfeón Universitario con Que ronque el furruco. Buen inicio. Más allá de meditar sobre diciembre y sus costumbres, espero puntualizar algunos motivos que identifican o han identificado la Navidad en Venezuela.

Seis motivos

–       El Orfeón Lamas: Agrupación pionera del movimiento coral venezolano. Establecido en 1930, con una duración aproximada de tres décadas. Vicente Emilio Sojo, su fundador, se convertirá en la gran figura de la música académica de la primera mitad de nuestro siglo XX. Durante años, las tardes en la Santa Capilla servirán para congregar músicos de la talla de: Antonio Estévez, Inocente Carreño, Victor Guillermo Ramos, Gonzalo y Evencio Castellanos, Antonio Lauro, Carmen Liendo, Teo Capriles, entre otros. Además de los coros de las hermanas Dovale y Díaz.

Más allá de la propia historia del orfeón, parte del legado que deja la institución y la figura del Maestro Sojo, fue el rescate de aguinaldos venezolanos del siglo XIX. Canciones como: Niño Lindo, Espléndida Noche, De Contento, Tun Tun y Si acaso algún vecino, fueron recuperadas del olvido. Sus compositores: Ricardo Pérez, Rafael Izaza y Rogerio Caraballo, recobraron nueva vida.

–       Gaitas del Zulia y de la nación: A finales de los años cincuenta la diatriba entre aguinaldos y gaitas se da inicio. Se teme la desaparición paulatina de villancicos y aguinaldos. El género llegado del Zulia hasta la región central se populariza. Saladillo, Cardenales del Éxito, Estrellas del Zulia, Compadres del Éxito, luego Guaco, Maracaibo 15 y Gran Coquivacoa, acompañarán las fiestas no sólo con composiciones a la zulianidad, también a la jocosidad y parranda. Tanto es el furor gaitero que artistas populares como Simón y Joselo Díaz se encargaran de grabar sus propias versiones. Sobre el origen de la gaita existen diversas teorías. Proviene de la mezcla de culturas, es popular, eso sí es de pública notoriedad.

–       Fiestas populares: Diciembre está lleno de manifestaciones mezcladas entre la tradición pagana y cristiana. Con el proceso de mestizaje, Venezuela ha creado festividades propias a la idiosincrasia de su pueblo. Entre estas, destacan: la Paradura del Niño (entre el 24 de diciembre y 2 de febrero, sobre todo en los estados Táchira, Mérida y Trujillo); los Pesebres vivientes y Pastores (24 de diciembre, estados Portuguesa y Carabobo); Santo Niño de Mocao (24 de diciembre, estado Mérida); Regreso de El Pascualito (24 de diciembre, estado Anzoátegui); Locos y Locainas (28 de diciembre, estados Mérida, Trujillo, Portuguesa, Lara y Falcón); Los Zaragozas (28 de diciembre, estado Lara); El Baile del mono (28 de diciembre, estado Monagas); Gobierno de las mujeres (28 de diciembre, estado Vargas); Quema del año viejo (31 de diciembre, estados Táchira y Mérida); así como la llegada de los Reyes Magos a comienzos de año, el 6 de enero, fiesta que inicia el cierre de las festividades, concluidas finalmente el 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria.

–       La Cruz del Ávila: Llena de alegría las noches caraqueñas en Navidad. Desde que se encendió por primera vez en 1963, es símbolo de la ciudad de fin de año.Observarla ya es para mí un ritual. Sobre todo si la veo cuando cruzo el distribuidor El Pulpo. El alumbrado del Estadio Universitario, las luces de los edificios de Caracas y, en el fondo, como flotando, la cruz. Ahora de bombillos blancos, es la tranquilidad en una urbe caótica.

–       Pacheco y el San Nicolás de Cota Mil: Durante años era Pacheco el que anunciaba la llegada del frío a Caracas, también de la Navidad. El vendedor de flores procedente de Galipán, entraba a la ciudad justo cuando comenzaban las bajas temperaturas. Gracias a él se popularizó «Llegó Pacheco» como sinónimo del inicio de los días fríos. Ya el clima no es el mismo, tampoco la frase es tan utilizada como en el pasado. La llegada de la Navidad, quizás del frío, la anuncia actualmente Ramón Canela. Desde hace más de una década, todos los primero de diciembre, viste de San Nicolás y se aposta en la Cota Mil durante la mañana y desde allí intenta radiar su espíritu navideño a los conductores de la vía expresa. Con más de sesenta años en Venezuela (es de origen español) busca «regalar alegría» a los caraqueños.

–       La nieve del trópico: La Plaza Venezuela albergó, durante varios años, un arbolito de Navidad gigante. De día no era vistoso, de noche pura luz. Con la onda «nacionalista» del gobierno de turno, del arbolito sólo quedaron fotografías y recuerdos. En las instituciones del Estado se prohibió el uso de adornos foráneos a nuestras tradiciones. Despidiéndose así: muñecos de nieve, renos, San Nicolás, muérdagos y pinos artificiales. Sobre la ridiculez de nieve artificial, muñecos de nieve de plástico o chimeneas de mentira en esta tierra marcada por el sol, muchos de nuestros intelectuales han escrito. También la transculturización es una palabra presente al analizar como preferimos el arbolito navideño al pesebre ideado por San Francisco de Asís, allá por el siglo XIII.

Es importante entender nuestras tradiciones, vivirlas y quererlas, pero la base de este amor no puede ser la negación de otras costumbres que ya han hecho raíz en nosotros. Los venezolanos somos mezcla y añadidura de todo el que haya llegado a estas tierras. Existen muchas formas de vivir nuestra cultura, integrarla es enriquecerla. Eso sí, siempre salvaguardando lo que nos han legado nuestros ancestros y manteniendo el buen gusto y decoro a la hora de embellecer la fecha, sea Navidad o cualquier otra.

Pesebre – Eloisa Torres (Escuque, estado Trujillo)

Un octavo motivo, la Navidad de los Campos, por Aquiles Nazoa:

Para el pueril pesebre

de la pascua en la aldea,

un Fra Angélico niño

juega a pintar la tierra.

Y con tan dulce apego

pintó la navidad,

que la empezó por juego

y le salió verdad.

Arriba, un cielo diáfano

con nubes de inocencia

y un pueblo al horizonte

donde las torres sueñan.

De pascuales colores

construyó su pincel

una escala de flores

para el ángel Gabriel.

Y abajo, en infinita

distancia de praderas,

echadas como lagos,

las apacibles bestias.

Dos palomitas blancas

pintó en vuelo también,

y eran José y María

camino de Belén.

¡Oh campesinas pascuas

en que el mundo regresa

a los simples colores

de un dibujo de escuela!

Navidad de los siete

corderitos que van

regados por el campo

¡como migas de pan!

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Tres momentos de nuestra democracia

Tres momentos de nuestra democracia

Por Guillermo Ramos Flamerich

Los sucesos de la historia contemporánea de una nación no se encuentran sólo en los libros y museos con inventarios de valor documental. También en los recuerdos de quienes los vivieron, en los hogares y objetos de la cotidianidad. Hace apenas dos semanas conseguí en casa de mi abuela un trío de papelitos los cuales me parecieron interesantes.

Eran tres cédulas de inscripción electoral de los años: 1946, 1952 y 1968. Ni corto ni perezoso tomé esos pedacitos de historia contemporánea y me di a la tarea de revisar lo que se hallaba en su menudo tamaño. La de 1946 era de mi abuelo Victor Guillermo. Las otras dos (1952, 1968), pertenecían a mi abuela Dilia.

Todas eran intransmisibles y pedían la escritura a mano del nombre completo de la persona, su edad, el número de mesa electoral y su circunscripción. La firma, las huellas del pulgar derecho e izquierdo y la autorización del secretario de la junta mediante su rúbrica. Más allá de ser piezas curiosas, históricas y del pasado familiar, son testimonio tangible del país de mediados del siglo XX.

Después de los sucesos del 18 de octubre de 1945 (golpe de Estado, revolución, golpe convertido en revolución, como se quiera denominar), el país entra, de repente, en una etapa de libertades presta para la instauración de un régimen democrático. El 15 de marzo de 1946 se promulga el estatuto electoral para la elección de la Asamblea Nacional Constituyente y los venezolanos, parafraseando al historiador Germán Carrera Damas, adquieren de manera definitiva la ciudadanía. Es así como mi abuelo, quien ya tenía 35 años para la fecha y había participado en alguno que otro proceso de segundo grado o en la elección de autoridades locales, se convierte en protagonista de decisiones nacionales mediante la utilización de su cédula electoral. Las mujeres y los analfabetas, renegados a la montonera, entran por primera vez al juego ciudadano. A tener derechos y deberes para con esta tierra.

El segundo pedazo de cartón data de 1952, también con el calificativo de «intransmisible» impreso en su portada. Otros actores están en la silla principal del palacio de Miraflores. Nuevos comicios son convocados para el domingo 30 de noviembre. Se busca la elección de una Asamblea Nacional Constituyente. El país vive desde 1948 (luego del derrocamiento de Rómulo Gallegos) bajo el poder de sus Fuerzas Armadas. Los seis años de la dictadura «desarrollista» de Marcos Pérez Jiménez estaban próximos a ser inaugurados.

Participan los partidos: COPEI, URD y el FEI (Frente Electoral Independiente, pro gobierno). Acción Democrática ya está en la clandestinidad. Jóvito Villalba el «eterno estudiante» es la figura que unifica a la oposición venezolana.

El gobierno al verse perdido electoralmente, comete fraude. La situación la relata Mario Briceño Iragorry en su texto Sentido y Vigencia del 30 de Noviembre: «Las elecciones fueron directamente intervenidas por el Ministro de Relaciones Interiores. A todos los estados se enviaron agentes que cambiasen las actas. Se trataba de realizar una cesárea post mortem para dar vida a un feto ya difunto». El 2 de diciembre de 1952 Pérez Jiménez toma definitivamente el poder. Es designado presidente provisional de los Estados Unidos de Venezuela. Teniendo entre sus primeros decretos la suspensión de garantías constitucionales.

La tercera cartilla, la más reciente de todas, da cuenta de otro país. Ese que había regresado a su democracia en 1958. Era el documento oficial de los ciudadanos para votar en las elecciones presidenciales de 1968.  Los sufragios de aquel año sirvieron como premio a la constancia a Rafael Caldera. El candidato de COPEI se impone con 27% de los votos. Son 1.082.941 electores frente a los 1.051.870 del candidato de Acción Democrática: Gonzalo Barrios.

Lo particular de este hecho, además del reñido desenlace, es la maduración que logra la democracia venezolana. Se da el traspaso de poder de un partido con más de una década en el gobierno hacia la principal alternativa de oposición. Por eso el lema de Caldera: «El cambio va». La transición no es traumática pero al ser inédita trae pequeños inconvenientes que logran ser solventados. Sobre eso hablará el nuevo mandatario en su discurso de toma de posesión en marzo de 1969: «El hecho mismo, por su novedad, ha puesto de relieve la falta de un instrumento legal adecuado para regular el breve pero delicado lapso comprendido entre la elección y la transmisión de poderes». Quienes participaron en las elecciones presidenciales de 1968, atestiguaron un suceso que hasta la fecha era extraño a nuestra historia política. Se decía que era el paso definitivo para la consolidación del sistema.

Son tres momentos de nuestra democracia representados por objetos cotidianos. Los tres cartones estaban juntos, ordenados cronológicamente, cuando los conseguí. Arrimados en un rincón de una gaveta. Muy cerca de una pila de revistas: Resumen, Estampas y Venezuela Gráfica. Representantes de un país que a pesar de sus aventuras, venturas y desventuras, ha seguido una continuidad democrática. Entorpecida por momentos oscuros de la historia, pero con una ciudadanía constante, perseguidora de los más nobles valores de libertad.

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