Armando Scannone, el país en la mesa

Carrera Damas, Scannone y Ramos Flamerich (2017)

Armando Scannone, Germán Carrera Damas y Guillermo Ramos Flamerich.

El país en la mesa

Por Guillermo Ramos Flamerich

Caracas es también su luz. La manera como el Ávila juega con ella y va haciendo de cada matiz una nueva ciudad. Característica fundamental, lo es más aún si la vista de ese paisaje ocurre junto a Armando Scannone en su hogar. En tarde de sábado y entre las típicas pero imperdibles preguntas sobre gastronomía y sus libros de cocina, se cuelan historias del pasado reciente de un país que pareciera ser tan lejano como extraño.

Es regresar a los ochenta, cuando el libro rojo de don Armando: Mi Cocina a la manera de Caracas, apenas tenía un año de publicado; 1 kilo de pavo costaba 10,95 Bs.; uno de mero 22 Bs. y 1 kilo de jamón de pierna de primera 29,95 Bs. Una época donde restaurantes como El GazeboChez Antoine y El Parque, se encontraban entre los más populares.

Así que con la conversa retornamos a 1983, año de las inauguraciones del Metro de Caracas, el Teatro Teresa Carreño, los Juegos Panamericanos y el bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar. Pero fue también el año del Viernes Negro, aquel 18 de febrero donde los venezolanos amanecieron con la resaca que siguió a la borrachera de los petrodólares. Gobernaba Luis Herrera Campins, del partido socialcristiano COPEI y en pocos meses serían las elecciones presidenciales. El Expresidente Rafael Caldera era el candidato del partido de gobierno y aunque le tocaba «remontar la cuesta», como él mismo había dicho, la impopularidad gubernamental era muy grande, por eso toda ocasión era propicia para llevar adelante su campaña.

Don Armando y veinte amigos cercanos se propusieron hacerle una donación al candidato. Recolectaron 200.000 Bs. y la entrega formal del cheque se haría durante un almuerzo en la terraza de su residencia. Ya todo estaba planeado.

Entonces se presentó una circunstancia inesperada.

En una ocasión el presidente Herrera Campins le había dicho a don Armando: «A ver cuándo se puede probar esa comida suya que dicen que es muy buena».

A lo que don Armando respondió: «¡Cómo no, Presidente! Cuando usted quiera y el día que usted disponga y tenga espacio disponible para ir a almorzar o cenar en casa».

Scannone y Ramos Flamerich

Armando Scannone y Guillermo Ramos Flamerich.

Pasado el tiempo, no se habló más del tema. Pocos días antes del agasajo a Caldera, Armando Scannone recibió una llamada del Palacio de Miraflores. Era la secretaria del Presidente, quien le avisó que el mandatario podía ir a cenar. Resultó que la fecha que le había pautado era la misma en la que ocurriría el almuerzo para el candidato, y era de conocimiento público que la relación Caldera-Herrera no era óptima ni pasaba por el mejor momento.

Respondió de manera afirmativa y empezó a organizar en su casa dos tandas diferentes: varió el menú para cada ocasión, cambió mesas y sillas y esperó que no chocasen los encuentros. Todo un reto.

El relato pasa por su momento cumbre, pero tenemos que regresar al presente ya que a la conversa sabatina se une el historiador Germán Carrera Damas, quien llega a saludar a ese viejo amigo. Por lo pronto, queda escuchar lo que comentan los dos maestros sobre la actualidad política y la historia contemporánea. Justo allí, don Armando retoma el cuento de las dos comidas.

El almuerzo a Caldera fue para 52 invitados, y aunque no recuerda el menú, sí dice que para las cinco de la tarde todo había finalizado correctamente. Eso quiere decir que el candidato y el Presidente no se encontraron. Para la cena, eran 24 los comensales. La entrada sería una pasta con trufas blancas. «Era la época en que siempre importaba trufas blancas de Alba, en el norte de Italia, y era un gusto que me quería dar», rememora.

Pero cuando todo estaba ya listo, pensó que esa gracia podía convertírsele en morisqueta: «La trufa tiene la particularidad de que es un alimento que para el que nunca la ha olido, le huele mal. Es un aroma muy fuerte y muy característico. Con la trufa uno come aroma».

¿Y si no es del agrado del Presidente de la República? ¿Qué podía saber de trufas blancas un personaje caracterizado por sus refranes y lenguaje popular?, eran las preguntas que internamente se hacía don Armando. Era puro nervios.

«Fue un gesto muy audaz de tu parte», le responde Carrera Damas, con interés en la narración.

Pero la gota fría duró poco. Al comenzar la cena, con Luis Herrera a su lado, don Armando tuvo una gratificante sorpresa. El Presidente no solo sabía que estaba comiendo trufas, sino que conocía de gastronomía: «Era muy cosmopolita. No era de cultura cerrada, ni provinciano ni mucho menos».

«De mi mismo grupo: un glotón ilustrado», le atina Carrera Damas y suma a la tertulia el recuerdo de una reunión de un grupo de historiadores con el Presidente en La Casona: «Luis Herrera cuando vio que el mesonero con la bandeja de tequeños estaba por irse, le dijo: “Usted no se mueva de aquí”».

¿Y tiene torontos allí? Le preguntó don Armando al Presidente, a lo que él contestó: «Si supiera que eso es algo que me inventaron…».

Es una anécdota tan sencilla como simpática, una remembranza de ese país que con sus contratiempos y sobresaltos, podía sentarse en la mesa a comer y conversar. La tarde junto al Ávila se despedía de la Quinta Santa Fe. El pasado no solo sirve como recuerdo, también es una garantía de que todo no está perdido en el futuro.

Verbigracia de El Universal. Sábado 19 de agosto de 2017

Suplemento «Verbigracia» de El Universal. Sábado 19 de agosto de 2017.

*Publicado originalmente en el suplemento Verbigracia de El Universal, el sábado 19 de agosto de 2017

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