Una incursión en Canoabo

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 1

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar.

Una incursión en Canoabo

Por Guillermo Ramos Flamerich

UNO

Quizás era un buen augurio: la Virgen del Perpetuo Socorro había salido en procesión desde Valencia y estaba de paso en Canoabo. No soy la persona más religiosa de todas, pero tomaba esto como una buena señal. Mi abuela era devota a aquella virgen. El viaje por el occidente de Venezuela surgió en su funeral. Entre la tristeza y el recuerdo, el pana Daniel me dijo que valía la pena recorrer pueblos y caseríos, de pararse en cada uno y hablar con la gente. Acepté. Él solo tendría que poner a disposición su carro. Le pregunté si podríamos agregar a otro pana, a Gabriel, a quien buscaríamos en Barquisimeto. No tuvo problema.

Parecía una decisión extraña la de viajar en medio de la situación país, pero creo que ya nos hemos acostumbrado a que la tensión esté presente. Si no hacemos las cosas quizás nunca exista el momento adecuado. Para nosotros los caraqueños Venezuela se ha convertido en lo que sucede en Chacaíto o en la Autopista Francisco Fajardo. Sin embargo, existe una «Venezuela profunda». Cliché. Más que profunda, es un país que está allí, tan variado como esencial. Un país que es necesario conocerlo para sentirlo cerca, nuestro.

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No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».

 

DOS

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar. La gente sentada en la entrada de sus casas esperaba a que pasara la vida.

Me sorprendió. No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».  Mucho menos que sus chocolates son «gourmet» y se venden caros no solo en el Trasnocho Cultural, sino también afuera del país. Lo único que sabía era que en ese «pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca» había nacido el poeta Vicente Gerbasi (1913-1992). Aquel que dejó unas líneas épicas en el imaginario nacional, con ese comienzo de «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», ese decir, con su poema Mi Padre el Inmigrante.

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La valenciana Virgen del Socorro, de procesión por Canoabo.

TRES

Algo que disfruto mucho es preguntarle a la gente por los personajes históricos o algún hecho curioso ocurrido en el lugar donde viven. Así comencé preguntando en la plaza si conocían la casa natal de Gerbasi. Imaginaba la placa, la conmemoración. A decir verdad, para nosotros era suficiente conseguir el sitio. Los ancianos decían que conocían de la familia, pero no lograban ubicar la propiedad. Los más jóvenes nos mandaban con dirección al colegio del mismo nombre. Al rato, y después de varias vueltas en el caso, una señora nos supo indicar: «Es esa casa de allá, toque la puerta a ver si está el señor Francisco».

Sí estaba. La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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En la entrada de la casa natal de Vicente Gerbasi, con su dueño, el señor Francisco Moreno, y su nieta.

CUATRO

En la sala no había ninguna referencia al poeta más allá de la conversación que estábamos a punto de comenzar. Nos contó la biografía del poeta, los datos básicos, es decir, lo que se conoce al buscar su nombre en alguna enciclopedia, o en Internet. Era sabroso escucharlo en ese pueblo, en ese lugar, rodeado de cuadros, entre esotéricos y ambientalistas, que hacía su esposa.

Agotada la biografía nos comentó que comprar la casa en los años ochenta le había permitido hacer amistad con el poeta, aunque nunca lo conoció. El señor Francisco ha sido invitado a los homenajes que le han hecho a Gerbasi en instituciones como la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez o la Universidad de Carabobo. Allí ha podido conocer a familiares y amigos, y sentirse uno más del clan.

Su propia historia es interesante: nativo de Canoabo y después de una agitada vida en Caracas trabajando en el antiguo Ministerio de Transporte y Comunicaciones y militando en las filas del partido de Jóvito Villalba, URD, había decidido regresar y llevar una vida más tranquila, con la familia, en la austeridad de la provincia, pero también en su tranquilidad.

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El autor con la crónica publicada en la portada del suplemento cultural del diario El Universal: Verbigracia.

CINCO

Teníamos que proseguir la ruta antes de que anocheciera. La carretera angosta y desconocida no ayudaba mucho. Provocaba quedarse, pero nos esperaban más ciudades, pueblos, más estados, incluyendo a Santa Ana de Trujillo y su monumento al abrazo entre Simón Bolívar y Pablo Morillo en 1820 y cruzar el Puente sobre el Lago de Maracaibo con el Sentir Zuliano de los Cardenales del Éxito de fondo. También había que buscar a Gabriel en Barquisimeto. Mientras anochecía reflexionaba con Daniel sobre nuestro día con Gerbasi y su amigo. Nos gustó que todavía te abran la puerta de la casa para echarte un cuento largo, solo porque llegaste hasta allí para escucharlo.

También pensábamos en cómo hacer de toda esa memoria algo palpable y vivo. Lamentablemente en Venezuela el legado de los escritores pareciera que sirve para nombrar algún liceo, quizás una calle y si tiene mucha suerte, una plaza. Hay algo más en nuestra idiosincrasia, en nuestras maneras, que debe ser canalizado no con imposiciones nacionalistas y huecas, sino como una promoción al conocimiento, al arraigo. No solo es la literatura, es la música, los bailes, los dichos, Existen dos países, el que fue y el que será, y esos dos se comunican en el que es. Allí espera cumplir todas sus posibilidades tan solo si aprendemos a redescubrir esa universal angustia de ser una nación.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el sábado 21 de octubre de 2017

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Archivado bajo crónica, estado Carabobo, Historia de Venezuela, Literatura Latinoamericana, pensar a Venezuela, tradición venezolana

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