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Mototaxi: una realidad caraqueña

Mototaxi: una realidad caraqueña

«Mi hermano es un renegado/ porque es motorizado, oh oh», dice el coro de una canción popularizada por María Rivas a principios de los años noventa. Mucho ha transcurrido desde entonces. La moto es un objeto omnipresente del tráfico de las principales ciudades del país. Vías internas, vías rápidas, avenidas, se han visto invadidas por esta forma de transporte en dos ruedas. Hasta aceras y caminos peatonales, han tomado nuevos dueños. El motorizado sigue siendo renegado,  pero es parte de un gremio más amplio, que cuando se unen, producen una estridente voz.

En las vallas de nuestras ciudades aparecen letreros como: «¡Qué bueno es llegar temprano!» y los concesionarios exclusivamente para motocicletas abundan. La facilidad para conseguirlas es a ratos absurda, así como absurdo es la poca disponibilidad de repuestos. Odiados por muchos, alabados por otros, las motos y los motorizados son una realidad. Ante la anarquía de nuestras calles y la falta de soluciones efectivas al problema del tráfico, del motorizado se ha derivado una ingeniosa forma de transporte público: «El Mototaxi».

En Lo afirmativo venezolano presentamos: Mototaxi: una realidad caraqueña. Breve documental del realizador Luis Miguel «Mikel» Ferreira, en el cual se indaga sobre el motorizado, el tráfico y la ciudad.

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Manhattan en Caracas

Manhattab en Caracas

Manhattan en Caracas

Por Guillermo Ramos Flamerich

Cada vez que veo Manhattan (Woody Allen, 1979), descubro algo nuevo de Nueva York. Bajo las notas de Rapsodia en Azul (Rhapsody in Blue), de George Gershwin, en la introducción de la película, la ciudad es mostrada de manera imponente. Más allá de la temática sobre el dilema de la vida en pareja, la madurez sentimental y la complejidad de las relaciones amorosas, Manhattan, como afirman varios críticos de cine, es la carta de amor de Allen a su cosmopolita urbe. Es una película emocionante, un clásico de todos los tiempos.

Recurro a esta imagen no sólo para invitar a verla. Sino también para reflexionar sobre otra ciudad algo más al sur: Caracas. Idear un film con tres historias paralelas: una de amor, otra que quede a la imaginación del lector y la tercera que cuente a Caracas no tanto con diálogos y narraciones, sino con imágenes. ¿Qué música utilizar? A la ciudad se le han dedicado un buen número de piezas pero, ¿canciones del repertorio nacional también pueden contar a una ciudad de tanto peso para el país? Una que te explique la mañana, otra la tarde y el romance.

El escritor español Juan José Millas comenta que, en vez de crear un lugar imaginario para sus relatos, utiliza a su conocida Madrid. A esta ciudad puede agregarle calles e inventar lugares sin recibir ningún reclamo ya que «Madrid es una ciudad de plastilina… no existe». Algo parecido ocurre con una Caracas ganada a la poca planificación y el abusivo cambio.

A pesar de la identidad cuestionada, existen lugares característicos de la cotidianidad caraqueña. Quizás imágenes de la Plaza Altamira; Plaza Venezuela y el reloj de La Previsora; el panorama del centro histórico; el teleférico; nuestros barrios; los bloques del 23 de enero; el cerro Ávila; la Ciudad Universitaria; un metro abarrotado. A las ya nombradas, agregaría al Hotel Tamanaco. Emulando una de las tantas fotografías del colombiano Leo Matiz, durante su estancia en la capital, captaría en contrapicado al mencionado edificio. Más allá de esto, una película de este estilo debe también mostrar y demostrar lo que nos hacer ser caraqueños. La exhibición de actitudes y acciones.

Woody Allen se mofa de la intelectualidad de Nueva York, pero también utiliza el arte, la música, literatura y filosofía para describirla. Para él, es en blanco y negro. ¿Caracas luce a blanco y negro como Manhattan o el trópico y la luz nos regalaron una variedad de colores que muchas ciudades quisieran tener? Interesante pregunta para la ciudad.

Con este artículo no busco incentivar una copia «criolla» de una película tan reconocida universalmente. Sólo espero sirva de inspiración para pensar en algo bueno que nos revele, de forma íntima, la capital venezolana. Son las palabras de un admirador de Allen y Caracas.

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Caracas 444º

«Mucho queda por hacer y crear. Soñando también se construye. En estos 444 años hemos tenido tiempos malos, regulares y buenos. Sintamos la dicha de pertenecer a esta ciudad, de ser caraqueños»

Caracas 444º

Por Guillermo Ramos Flamerich

«…Caracas podría definirse como una paradójica contraposición entre la tragedia y la escena virgiliana; su particularidad narra la insistencia de un espacio que no se reconoce a sí mismo en su potencia descomunal. El hilo de su construcción y desventura reside en el olvido inmemorial»

William Niño Araque

«…en Caracas se decía vitoqueado cuando un tipo salía elegantemente vestido robando físico –como se le llama ahora– y viendo a los demás como gallina que mira sal…». Anécdotas como esta (tomada del libro Así son las cosas por Oscar Yanes),  cobran nueva vida cada vez que se acerca el aniversario de nuestra ciudad capital. Y es que los días próximos al 25 de julio nunca falta en los medios de comunicación alguna reseña sobre la Caracas que fue. Fotografías de comienzos del siglo XX, música de Los cañoneros o Los Antaños del Stadium, y extractos del archivo cinematográfico de Bolívar films. Se evocan los techos rojos y la seguridad del pasado; la tradición extraviada y la pérdida de identidad. El cronista de Caracas explica la fundación de Santiago de León; se desempolva parte de la bibliografía existente sobre la ciudad. Se citan los escritos de: Carlos Misle «Caremis», Enrique Bernardo Núñez y Carmen Clemente Travieso, entre tantos.

También se rememora la Caracas de mediados del siglo pasado. La modernidad conjugada con las elegantes fiestas nocturnas, los carnavales, las historias de «negritas» y el ímpetu constructor de la época. «Pues Caracas está renaciendo de lo que fue el mezquino hacinamiento de casas sin estilo que nos dejó el siglo XIX y se prolongó durante más de tres décadas del presente siglo…», comentaba Mariano Picón Salas en referencia a las obras ejecutadas por Carlos Raúl Villanueva en la reurbanización El Silencio. A esta fiesta del recuerdo se unen las melodías de Billo Frómeta, hermosas radiografías de la ciudad, de encuentro y sensación. Son composiciones ya inmortales, pinceladas del ser y sentirse caraqueño.

Quizás en el presente lo que existen son buenos deseos y la afirmación de hacer algo por esta urbe mágica que tiene varias décadas en declive. A veces pienso que, así como las ruinas del Coliseo y de las estructuras de la antigua Roma, ayudaron a germinar las ideas del Renacimiento, nosotros al observar el deterioro de las Torres de El Silencio, Parque Central, o de los inconclusos tribunales que adornan la vista de la Avenida Bolívar; nos comprometemos a pensar Caracas en presente. Acaso por ese motivo mi abuela Dilia, ya en 1992, en uno de sus versos dedicados al 425 aniversario de la ciudad, afirmara: «No recordemos la Caracas de antaño/ vivamos la Caracas del presente, / démosle en este cumpleaños/ un tratamiento diferente».

Caracas no se escapa a ese claustro que significa estar entre un pasado mejor y un futuro lleno de esperanzas. Poco se habla del presente. Los cariños a la ciudad dejaron de ser integrales para convertirse en reparaciones específicas y la recuperación de alguno que otro espacio público. La pintura (a veces destructora) que se cierne por casas, edificios, paredes, autopistas y avenidas, pareciera ser la única solución. El centro de la ciudad hoy en día muestra una cara más amable, pero al salir de la cuadrícula histórica, la metrópolis sigue demandando servicios básicos, urbanidad y felicidad. El «embellecimiento» de paredes con murales propagandísticos del actual gobierno, me hacen recordar una frase de la Caracas física y espiritual de Aquiles Nazoa: «Pero no hay una ley en Venezuela –ni por lo visto una autoridad– que defienda el derecho de las ciudades a ser bellas».

Es hora de pensar a Caracas con las necesidades de raíz que nos abruman todos los días. La búsqueda de calidad de vida a través de más zonas para la recreación y esparcimiento, más parques para la ciudad; la integración del transporte público y su conversión en un sistema eficiente; mejora y ampliación de servicios públicos básicos como el agua, la luz, el aseo; la reconciliación entre la ciudad formal y la que vive al margen; la seguridad y la sensación de un ambiente para el desarrollo; la promoción turística y cultural; la ciudad eco-sustentable. En fin, la inserción de Caracas nuevamente en el panorama de urbes, tanto latinoamericanas como mundiales, que marcan la pauta del bienestar y la dicha.

Mucho queda por hacer y crear. Soñando también se construye. En estos 444 años hemos tenido tiempos malos, regulares y buenos. Sintamos la dicha de pertenecer a esta ciudad, de ser caraqueños. Ya aparecerán nuevas historias, melodías y poesías dedicadas a la otrora «Sucursal del cielo». También nuevas formas espléndidas de nombrarla. Que describan la suerte y ventura de vivir en ella.

Caricatura de Pedro León Zapata

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Bajo el signo de Caracas sangrante

Trabajo realizado en equipo para la cátedra de Teoría de la Imagen

 Sexto semestre de comunicación social  – Universidad Católica Andrés Bello

Bajo el signo de Caracas sangrante

«Los artistas son personas entre nosotros que comprenden la creación como algo que no se detuvo al sexto día»

Joel-Peter Witkin

«No podía salir de la sombría idea de que la verdadera violencia es la que se da por sentado: lo que es evidente es violento aun si esta evidencia está representada suavemente, liberalmente, democráticamente; lo paradójico, lo que no entra dentro del sentido común lo es menos, aun si se le impone arbitrariamente: un tirano que promulgara leyes estrafalarias sería, a fin de cuentas, menos violento que una masa que se contentase con enunciar lo que se da por sentado: en suma, lo “natural” es el último de los ultrajes». Violencia, evidencia, naturaleza. Roland Barthes en Barthes por Barthes, 1975.

El año no importa. Cuando vemos por primera vez Caracas sangrante, gracias a la asociación que desde la pasada década existe con el color rojo, además de pensar en sangre y violencia, lo asociamos al actual gobierno. Quizás por eso de la «marea roja» que cubre las calles. Lo cierto es que la obra data de mediados de los años noventa. Para la guía oficial de la galería Espacio MAD, aquella que la expuso en la Feria Iberoamericana de Arte (FIA 2011), el momento de la imagen es 1989. Al buscar la obra en la red, aparecen las fechas de 1993 y 1996. Conversando con el propio autor, con risa y sorpresa responde: «fue hecha exactamente en el 95». La realidad es que el año en que fue capturada esa vista de Parque Central desde San Agustín, no importa. La violencia en la urbe existe. Está allí, atemporal y cotidiana. La unión violencia-Caracas es cada vez más parecida a la concepción Caracas-Ávila. Algo inherente a la ciudad y a sus habitantes.

Caracas sangrante (Giclée sobre papel, 50 x 80 cm.) es obra del fotógrafo Nelson Garrido. Está enmarcada en la denominada «estética de la violencia» y es la primera intervención digital hecha por el artista a lo largo de su trayectoria. Ríos de color rojo, semejantes a la sangre, recorren los espacios de la otrora gentil urbe. La historia de este trabajo, según testimonio del propio autor, es la siguiente:

«Para una exposición sobre Caracas utópica. Todo el mundo estaba haciendo Caracas al lado del mar, Caracas con helipuerto. Para mí era Caracas sangrante. Las obras que funcionan son una expresión individual pero basadas en la angustia de los demás».

A Nelson Garrido lo ha caracterizado la irreverencia. Premio Nacional de Artes Plásticas en 1991, respondió a este galardón con la obra Autocrucifixión (1993). Antecesores de Caracas sangrante, responden a la «estética de lo feo. Colecciones como «Muertos en vía» (1987/1988) y «Todos los santos son muertos» (1989/1990) dan muestra de un artista que lleva a la palestra esa otra cara de la existencia. Lo que las sociedades dejan a un lado y excluyen porque: ¿quién quiere hablar de muerte en una humanidad que en cada momento refuerza la visión hedonista de la vida?; así mismo lo imperfecto, lo no deseado siempre se intenta tapar del campo visible. Nelson Garrido lo trae de vuelta y vocifera con sus imágenes: «esto también existe».

Caracas sangrante es catalogada por su autor, como parte del «Nuevo documentalismo». Más allá de captar el momento exacto de un hecho, se retrata la angustia de un colectivo a través de símbolos de conocimiento público. El poeta José Balza llegó a comparar la obra con el Miranda en la carraca de Arturo Michelena. Una estampa emblemática del momento de país. Con el pasar de los años esta fotografía sigue en permanente uso y análisis, era y es premonitoria y reflejo. Desde su divulgación en exposiciones, periódicos y revistas, hasta su utilización en portadas de obras literarias. Este es el caso de la novela Pim Pam Pum del escritor Alejandro Rebolledo.

La pequeña violencia genera la gran violencia

«Después del paro petrolero (2002/2003), el país es todo el mundo contra todo el mundo. El del carrito te está tratando de echar vaina y arranca cuando aún no te has montado, el metro no funciona, no hay leche ni azúcar. Esos son elementos de violencia. La pequeña violencia, esa que te va tasajeando la piel, genera la gran violencia. Nos hemos acostumbrados a ser maltratados y maltratar. Un caparazón donde la solución es individual. Me encierro en mi casa y me rodeo de puyas que son como chuzos. Tu casa es tu cárcel. No hay salidas colectivas». Nelson Garrido, 23 de junio de 2011.

Lo tristemente estable es que las cifras de muertos a la semana, en nuestro país, superen el centenar. Ha mutado una sociedad que se escandalizaba por cualquier muerto, más de tres era un horror, a una que por televisión ve como se cuenta con la frialdad de los números, la cantidad de fallecidos en la cárcel de El Rodeo. Un colectivo enfermo que se embriaga en su propia esquizofrenia. El culto a la muerte, como en la mayoría de los países del mundo, se ha escapado de los espacios de religión y culto, y se han diseminado por cada rincón. La dicotomía vida-muerte, ha sido fusionada. Aunque se evite, la industria cultural poco a poco va colocando los nuevos límites entre lo malo, lo violento, lo macabro y lo deseable. En Venezuela, particularmente Caracas, la violencia ha logrado una unión perversa con la marginalidad. No es el hecho de la pobreza lo que crea lo marginal, es el excluir a un grupo social que después, quizás buscando ascenso o pertenencia a algo, le arranca a la ciudad formal sus productos de consumo diario. Los toma para sí como amuleto liberador de una condición: la de omitidos.

La violencia se apodera de la calle, de la vida y de nuestra memoria. La reconocemos; es parte de nuestro entorno. Mirar Caracas sangrante es ver algo de lo que tenemos experiencia, una forma que nos es familiar. Sumisos ante la violencia, la aceptamos como realidad y no sorprende. Ríos de sangre que le dan estabilidad a mi mundo. Ríos que son mi mundo; mi referente.

Las semillas que se alejan más del tronco…

Caracas sangrante es entonces arte y parte de la representación de la mayor realidad caraqueña. Al ser tan cruda, carga consigo un mensaje y una visión del artista comprometido. Más allá de lo estético está la utilización de la imagen como movilizadora de cambios. En 1999 Nelson Garrido presentaría El barco de los locos, personas atrapadas por la violencia, la tiza, la morgue, las balas y un destino. La Virgen de Caracas (2010), que muestra de manera irónica la reedición del cuadro del siglo XVIII de Juan Pedro López, pero con el contexto del violento presente.

Cuando le preguntamos a Nelson Garrido sobre al arte y su motivación, argumenta: «lo que hace que una obra tenga validez es el eco que tiene en la gente. Son detonantes ideológicos para que la gente piense. Si tu no logras detonar ideas en la gente, la obra no tiene sentido. El artista no está hecho para resolver problemas, uno está hecho para crear problemas. Trastocar los códigos y alterar el orden, eso crea nuevos caminos».

Quizás por eso su analogía con las semillas que se alejan más del tronco, las que crecen y germinan, en contradicción con las que permanecen a un lado, las que no subsisten. En la cronología del artista está marcado un mensaje con componentes de reflexión en cada obra. Cada una, sumada a la otra, conforma una unidad de pensamiento. Realizaciones no tan comprendidas y que escapan de lo comercial, ya convertidas en imágenes de culto.

A veces por evitar lo feo, lo doloroso y poco amigable, los seres humanos nos colocamos máscaras que recubren una verdad oscura, horrible. Que está siempre latente y en algún momento explotará. Sangran los edificios, sangran las calles, sangra el Ávila, sangran nuestras conciencias y sangra el presente. Más allá de lo temporal, toda una generación se desarrolla bajo el signo de Caracas sangrante.

Caracas sangrante (Giclée sobre papel, 50 x 80 cm.) Autor: Nelson Garrido

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Al río Guaire con cariño

Riveras del Guaire

«Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo “peorcito” de la ciudad»

Al río Guaire con cariño

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En Caracas hay un río que todos los días olvidamos. Más que un río, es un hilo marrón y atormentado, un desagüe del mundo. El hedor horizontal de nuestras vidas. Pero también es río y tiene orillas. Caminarlo, en esta ciudad, es privilegio del vagabundo. Nadie más posee esa mirada, ese ángulo de la autopista. Es su pasaje privado»

Leonardo Padrón, «Boulevard» (2002).

 Seis y media de la tarde por El Rosal, Caracas ya estaba a oscuras. Desde el cambio de hora, hace ya varios años, la sucesión entre día y noche era tan brusca que el atardecer quedaba en una especie de limbo. La jornada había sido muy buena y productiva. Quería caminar y reflexionar. En una ciudad tan agitada, tomarse un rato para pensar puede ser algo de riesgo. Debía estar en el centro comercial Tolón (el mismo del fashion mall) a las ocho, tenía tiempo de maniobra. Decidí ir a pie. La Caracas actual puede ser definida por la palabra incertidumbre, hasta las zonas medianamente vigiladas de la ciudad padecen de una especie de penumbra inhibitoria, esa que te hace mirar a todos los puntos cardinales. Alguien está al acecho, tú o yo. En esta acera tan chica sólo uno puede sobrevivir. Pensaba en tantos temas, personales como del país, quizá alguno sobre este mundo que nos ha tocado vivir. Al poco tiempo estaba debajo de la autopista Francisco Fajardo, en esa especie de túnel medianamente mantenido, pero en una tierra de nadie entre Baruta y Chacao.

Libro de Caracas

«Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses»

Empezando el puente Veracruz, con sus relieves pintados por grafitis, observé un indigente de pelo cenizo, bigote grande, mandíbula salida y con una extraña franela del Padre Pío, quien emulando a un corredor de maratón, salía de la vía recta del puente y cruzaba hacia los caminos verdes cercanos al río Guaire. La escena era cómica/estrambótica/extraña, una especie de aquelarre o de simple reunión de sancocho, aglomerados en círculo, en trance o en un ritual. No duré mucho tiempo observando ese pintoresco paisaje, pero en lo que quedaba de camino sólo pude pensar en una cosa: la relación del caraqueño con el Guaire. Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo «peorcito» de la ciudad. A orillas del río Guaire todo lo malo puede ocurrir, cuerpos arrojados a sus aguas, indigentes que montan sus casas en los desagües, murales de mal gusto donde el Seniat te invita a pagar los impuestos, historias de viciosy niños de la calle en sus orillas, monte y quizás culebras, en fin; quizás lo único positivo que queda son los pájaros que aún sobreviven en los extremos y los restos de la fisocromía que Cruz-Díez hizo al borde del mismo, en los ya lejanos años setenta.

Guaire de Caracas

«Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío», Billo Frómeta

Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses. La de unos cipreses en las riberas del sano río, Puente de Hierro en un grabado del último cuarto del siglo XIX, un Guaire ya contaminado en los años sesenta y la imagen mental de Renny Ottolina bebiendo agua del mismo (creada por mi mamá durante conversaciones de mi niñez). Toda una reflexión algo intensa, de pronto detenida en treinta segundos, al tener que cruzar con rapidez una calle cercana a la plaza Alfredo Sadel. Cuando retomé la idea, mi cabeza revoloteaba con Desorden Público y su canción: Peces del Guaire. Si una de las nociones primordiales en la fundación de la ciudad colonial era la cercanía al río, eso nos convertía a los caraqueños en hijos del Guaire.

Tenemos un padre tóxico el cual vamos achicando día a día y al que le regalamos lo que queremos obviar de nuestra cotidianidad. «Más gente, más gente, más gente, hay más gente», dice la letra de la canción, pero menos gente que le importe la existencia de esta especie de padre. El problema ecológico que representa, el descuido como ciudad y el poco afecto que sentimos por lo que somos, redunda en un río sucio, que cruza a todos los sectores de Caracas, pero que todos rechazamos por igual.

Todo un problema el cual parece estar atracado a mitad de un túnel. Tenía frente a mí el Tolón. Todo lo meditado era trágico y triste. No conseguía nada bueno para mi conclusión. En eso evoqué a alguien que siempre quiso a Caracas como un todo: Billo Frómeta. También recordé una de sus canciones, la cual comienza con las notas de un órgano algo desgastado: Mi Viejo Guaire. Corta, sencilla y con un verso que me devolvió el ánimo perdido: «Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío».

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Caracas, Zapata y lluvia

«Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche»

Caracas, Zapata y lluvia

Por Guillermo Ramos Flamerich

Recibía el mediodía del jueves 28 en la instalación de una serie de conferencias, ofrecidas por la Academia Nacional de la Historia, por motivo del bicentenario del 5 de julio de 1811. El historiador colombiano Armando Martínez Garnica ofrecía un balance comparativo entre los sucesos de la Nueva Granada y Venezuela en sus comienzos como repúblicas independientes. Finalizado el acto, me reencontré con conocidos, gente con la que llevaba tiempo sin conversar, en fin, ya eran más de la una de la tarde. Tenía que estar a las tres en Ciudad Universitaria, en específico la Facultad de Ciencias. Un amigo y tocayo se había ofrecido a llevarme hasta allá, me comentó que había estacionado su automóvil cerca de las torres de El Silencio.

Emprendimos la marcha hasta la calle que le servía de estacionamiento. En eso, por el bulevar lateral a la iglesia de San Francisco, observo un buhonero no muy típico: vendía afiches de obras de arte exhibidas en museos de la ciudad. Todas eran impresiones de los años noventa. Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Museo Sacro, Galería de Arte Nacional y otros. Me detuve a observar algo que me pareció tan curioso pero a la vez cultural.

–¿Qué tienes? – pregunté en modo fisgón.

–Centeno Vallenilla, Botero, Miró, Zapata.

–¿Qué tienes de Zapata?

De repente sacó un rótulo de impacto. La impresión de un cuadro de Caracas hecho por Pedro León Zapata en 1991. Densidad enorme de edificios-ranchos acumulados, demasiado juntos, demasiado grotescos, algunas figuras humanas, cerros, y a lo lejos, en el horizonte, la fotografía del artista. «Caracas, Zapata. Museo Sacro de Caracas».

Empecé a indagar mentalmente. Este afiche se vería excelente en la salita que sirve de oficina en el apartamento. Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche.

–¿Cuánto vale el de Zapata?

–Dame 50.

–No tengo

–Dame 40.

–No tengo.

–¿Tas pegao?

–¿Pegao?

–Sí, que si no tienes plata.

–Solo para el almuerzo.

–Ok, dame 20.

–Dale, te lo compro.

De repente el vendedor se acerca a un grupo de personas apostadas en un rincón, lo acompañaban. «El de Zapata se lo voy a vender al joven por 20». Los presentes discutieron el tema y estuvieron de acuerdo. El buhonero se despidió emulando el adiós que un pueblo le da a un héroe que va para la guerra, faltó el abrazo fraternal. Yo sólo le dije: «Pasa una excelente tarde».

El tocayo y yo bajamos hasta la vía que llaman Avenida Este 6. Percibía como intentaba buscar su automóvil y no conseguía nada. Con cara de preocupación dispuso su mano al rostro, reclamó: «¡El carro no está!». ¿Qué pensaba yo? Listo, se lo robaron. En eso, unos sujetos que estaban hablando mal del gobierno nos dijeron: «Lo más seguro es que lo hayan remolcado y se lo llevaron al Estacionamiento San Juan». Apenas escuchó aquello, el tocayo tomó un taxi pirata. Decidí acompañarlo. ¡Qué tráfico tan espantoso en menos de un kilómetro! Con el chofer conversamos acerca de la ley de tránsito, lo que significa la raya amarilla en la acera, historias de amor relacionadas con remolques, en fin, matamos el tiempo. En todo esto, mi afiche de Zapata, enrollado y con refuerzos de periódico, estaba sano y completo.

«Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio»

Pasado el tráfico, ya por la avenida Baralt, me percaté que el tiempo de maniobra para estar en Ciudad Universitaria se reducía. Tenía a lo sumo cuarenta minutos. Decidí despedirme del chofer y del tocayo. Me bajé en una calle adyacente a la avenida. Ya a pie, cruzo hacia la derecha, así empezaba mi martirio tratando de que nada le pasara al afiche. Sólo pensé: «En mis manos está en peligro». Caminando veo una tienda, de esas típicas, parecía andina. Vendían unos buñuelos de queso a 6 Bs, siempre había querido probar un buñuelo, así que lo compré para amortiguar el hambre. Cruzando avenidas y calles me acercaba a la estación Teatros. Próximo a la misma, el afiche voló de mis manos. Intentando que no se ensuciara, un bolso que llevaba conmigo se cayó. Alguien gritó por ahí: «¡qué pasó papá!». Gracias a Dios una señora me ayudó y me consoló diciendo: «esto siempre me pasa».

Metro a reventar, intento llevar  el afiche por encima de las personas para que así nadie le hiciera daño. En algún momento se llegó a caer. En mi mente formaba esa imagen cliché de todo en cámara lenta y yo intentando salvar el «artefacto sagrado», cuando tocó suelo, una persona mayor que estaba cerca se empezó a reír. «Llegué a Ciudad Universitaria, reto cumplido», afirmé. En eso, apenas salgo de la estación, cayó la primera gota de lluvia de un fuerte aguacero.

Crucé casi saltando y haciendo piruetas, mi afiche de Zapata tiene que vivir para estar colgado en el apartamento. Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio. Le dije a una pareja que tenía paraguas si podían cruzar con el afiche. Decidieron prestármelo, se mojaron. Se habían sacrificado por la «Caracas de Zapata». Había arribado a puerto seguro, eran las tres de la tarde y dos minutos. Lo que desconocía era que volvería a casa a las once de la noche. El afiche sobrevivió. A pesar del día, lo único que puedo expresar es que esta reproducción, colgada en el estudio de mi apartamento, es más caraqueña que nunca. Aunque no se mojó, se empapó de la cotidianidad de la ciudad.

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En la esquina de Miracielos continúa la tradición

En la esquina de Miracielos continúa la tradición

Por Guillermo Ramos Flamerich

Este es el recuento de un miércoles santo en el centro de Santiago de León de Caracas. La tradición combinada con la fe, hacen de la figura del Nazareno de San Pablo, una de las imágenes protagonistas de la pascua venezolana

«El Nazareno de San Pablo y el rito que conlleva, es muestra de un pueblo creyente y de una Caracas, que aunque transfigurada, conserva la esencia de un pasado clave, que nos explica y comprende»

A las diez de la mañana los alrededores de la Plaza Caracas, así como la mezzanina del Centro Simón Bolívar estaban repletos de vendedores ambulantes. El ambiente simulaba aquel pasaje bíblico del templo lleno de mercaderes. Esos que luego Jesús echaría. Patacones, manjaretes, hallacas, churros, una procesión de algodón de azúcar y el vendedor-animador que exhibía un rayador para vegetales, especial para preparar chop suey. «Todo a cinco, todo a cinco», vociferaba un buhonero mientras yo bajaba a las inmediaciones de la iglesia de Santa Teresa.

Comerciantes cuales Reyes Magos esparcían incienso, el cual se mezclaba con el inevitable olor a cañería que sufre gran parte del centro histórico de Caracas. Bolsos, túnicas, velas, estampitas y demás El Nazareno de San Pablo se convertía en ídolo pop. Cincuenta bolívares las franelas, diferentes tallas, colores y diseños. Una de ellas mostraba impreso parte del poema: El limonero del Señor de Andrés Eloy Blanco, otras presentaban el rostro de Juan Pablo II, la figura de San Miguel Arcángel y del imprescindible homenajeado de ropaje morado. En todo este panorama, resaltaba la figura de cerámica de un Nazareno que, a pesar de cargar a cuestas con la cruz, su mayor sufrimiento se convertía en el plástico en el cual estaba atrapado.

Sandra Goda y su nieta, aquella que sólo le daban una hora de vida

Frente a la iglesia que construyera Antonio Guzmán Blanco en honor a su esposa Ana Teresa Ibarra, y como escarmiento por derribarle el hogar al Nazareno de la vieja Capilla de San Pablo el Ermitaño, la policía nacional y los medios de comunicación aguardaban cualquier novedad. Para entrar al templo la cola llegaba más allá del Teatro Municipal, repasando los límites del SAIME. Al ver la acumulación de gente frente al organismo de identificación y extranjería, llegó a mi mente un tenebroso recuerdo de infancia: el del día que saqué mi primer pasaporte.

Aunque una de las tantas almas que caminaban por el lugar alegaba que «no había tanta gente como el año pasado», para Sandra Goda, la tradición del Nazareno comenzaba este año. La razón: su primera nieta se vio muy mal cuando nació, le daban una hora de vida. Ahora se encuentra descalza, junto con su bebé, pagando promesas por mantener a su retoño con vida. La fiesta de pregones continuaba. La venta de películas con motivos religiosos era abismal. «Llegó el Nazareno, está esperando por ti», «tres velas por cinco bolívares».

 La procesión del algodón de azúcar seguía su paso errante. En la peregrinación se observaban cierta cantidad de niños con túnicas púrpuras. Alguno que otro con la actitud que describe Julio Garmendia en su cuento El pequeño Nazareno. Inquieto, medio molesto, sin entender lo que ocurría. Otros, los más infantes, sólo dormían o se nutrían del pecho de su madre. Uno de esos pequeños nazarenos, capitaneando un carrito de churros, acompañaba a su padre quien, cual San José buscando posada, vagaba de sitio en sitio, rastreando el mejor lugar para vender su mercancía.

«Para entrar al templo la cola llegaba más allá del Teatro Municipal, repasando los límites del SAIME»

La figura joven y robusta de la vendedora Milagros Valdés, me comentaba sobre su vida y el Nazareno. Todos los años labora frente a la Iglesia de Santa Teresa. Ha hecho la procesión, la cola, ha amanecido en el lugar. Vende desde que era una niña. Toda una vida. Ahora, negocia con túnicas de todos los tamaños. Las ventas han disminuido, pero la fe continua. Ya era casi la hora de la misa. Al ritmo de las campanas meditaba sobre el significado de esta manifestación de devoción. A pesar de la ciudad, el excesivo comercio y el retablo de Andrés Eloy: «En la Esquina de Miracielos agoniza la tradición», el Nazareno de San Pablo y el rito que conlleva, es muestra de un pueblo creyente y de una Caracas, que aunque transfigurada, conserva la esencia de un pasado clave, que nos explica y comprende.

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