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Venezuela en la búsqueda de un desenlace

las marcas del poder. juan guaidó por francisco touceiro

Las marcas del poder. Juan Guaidó despúes de su breve detención por parte del SEBIN. Foto de Francisco Touceiro (@tofranku), en Caraballeda el 13 de enero de 2019.

Venezuela en la búsqueda de un desenlace

Por Guillermo Ramos Flamerich

Se cuentan por montones las imágenes que, vía Whatsapp y redes sociales, los venezolanos comparten de un Juan Guaidó investido con los atributos presidenciales. Es decir, con la banda tricolor, el collar y la chapa. Se habla ya de una nueva familia presidencial. Fue noticia la edición en la que algún usuario, entre la mamadera de gallo y el tumulto del momento, elevara a Guaidó como presidente de la república en Wikipedia. El régimen, con lo amargado que es, lo único que hizo fue bloquear de manera intermitente a esta enciclopedia virtual.

Mientras tanto, juristas renombrados, no tan renombrados y profesionales del chiste, analizan cómo en esta incertidumbre tenemos ya dos TSJ, dos Asambleas y dos Presidentes. Diría el influencer Ismaelito, los que «Frao» y los que «Frinchi». Pero es que el régimen no solo ha roto los esquemas y tramoyas de su propia legalidad, es que el repudio es generalizado. Desde el más humilde, hasta el más rancio solo pide que Nicolás Maduro cese la usurpación de sus funciones y se convierta en una página más, oscura y trágica, pero en pasado, de lo que ha sido nuestra historia contemporánea.

Casi como una terapia de autoayuda colectiva, la gente utiliza estas representaciones gráficas, estas cadenas con bendiciones y el humor, para visualizar un cambio que debe ocurrir lo antes posible. Los pueblos requieren de héroes en sus momentos más dolorosos. Un rayito de esperanza que se cristaliza en todo aquél que sea capaz de conducir hacia un camino de libertad.

Pero la tarea de Guaidó, de la Asamblea Nacional en pleno, debe ser en conjunto y con y para la gente. Es decir, hay unas cabezas visibles y estamos en un momento estelar para el cambio. La comunidad internacional y las presiones internas eso nos indica. El sistema de la mal llamada «Revolución Bolivariana» está colapsado desde hace tiempo. Pero como esos enfermos terminales que a cada rato parecieran que van a morir y después vuelven a su letargo habitual, el régimen venezolano ha jugado a un día más, unas horas más, sin importar que eso signifique la humillación, la miseria y la muerte de una nación.

La unión de factores pareciera que se está dando espontáneamente. En este momento, todos los que sentimos a Venezuela debemos apostar por la presidencia interina de Guaidó. Lograr que esta sea la realidad no solo por ser lo correcto, sino porque es necesario que ejerza efectivamente el poder. A los que le toca dirigir este proceso, tienen la responsabilidad de hacer uso de la pedagogía política. Es decir, comunicar y explicar los alcances reales y los pasos a seguir. Así como ocurren estas efervescencias y estos momentos de consenso, muy fácilmente pueden convertirse en una decepción más de tantas.

Por eso, los tiempos actuales con los que contamos son cortos y precisos. No se puede caer en algo como el paro indefinido de 2002, o la prolongación innecesaria de las protestas de 2017 sin un norte fijo. El país merece resolver su crisis política para así iniciar su reconstrucción en todos los demás sentidos.

Venezuela entera está en la búsqueda de un desenlace a esta historia de horror y opresión. No permitamos que una «cúpula podrida» prolongue lo que ya hemos decidido debe llegar a su fin. Son tiempos de esperanza, lucha y determinación para hacer de nuestro país no solo lo que está en nuestros sueños, sino lo que merecemos como realidad.

*Publicado originalmente en La Patilla, el 15 de enero de 2019

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#ReseñaVenezolana: Envuelto en el manto de Iris – Mariano Nava Contreras

Envuelto en el manto de Iris (2010) - Mariano Nava Contreras

Mariano Nava Contreras. Envuelto en el manto de iris. Humanismo clásico y literatura de la independencia en Venezuela. II edición. Mérida. Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes, 2010. 131 pp.

 

Publicada originalmente en 1996, por la Fundación Casa de las Letras Mariano Picón Salas, con una segunda edición revisada y prologada por el crítico literario Gregory Zambrano, en 2010, esta obra del escritor y profesor universitario Mariano Nava Contreras (Maracaibo, 1967) busca, de manera orgánica, reconocer los conceptos tomados de la antigüedad grecolatina presentes en nombres estelares del proceso de Independencia de Venezuela.

El libro está estructurado en doce capítulos más un epílogo en los cuales se asienta una base teórica y un recorrido por la enseñanza y tradición de lo clásico en tiempos de la colonia, hasta detenerse en figuras fundamentales del proceso emancipador como Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Bolívar y Juan Germán Roscio.

Nava Contreras analiza este panorama no desde el asombro de que los antes mencionados conocieran de los literatos clásicos, sino desde la asunción que la cultura en la que estos sujetos se forman es justamente una que involucra, como columna vertebral, el aprendizaje de estos autores y sus textos.

Una de las premisas del libro es aquella de que tener una formación intelectual medianamente solvente en los estertores del régimen colonial significaba manejar los clásicos de manera directa. Bien fuera leyéndolos en su lengua de origen, o las traducciones que se disponían para el momento. Otra de las proposiciones de la obra es explicar a los lectores contemporáneos cómo los padres fundadores manejaban los conceptos e ideas pertenecientes a lo clásico y cómo quedó plasmado en sus realizaciones.

Nava Contreras se une al grupo de ensayistas y pensadores que han buscado redescubrir el pasado colonial de Venezuela, tan denigrado y olvidado por la historia oficial a lo largo de nuestra vida como república independiente. Quiere desmontar el mito de que antes de la generación libertadora no existía una herencia cultural. También, rompe con la hagiografía y la postal heroica que, en muchos textos y discursos, han querido colocar a estos hombres como una generación predestinada en la lucha por la libertad.

Asimismo, intenta ser una aproximación a una de las grandes carencias de la historiografía nacional: el estudio del pensamiento colonial como proceso. Hasta el momento, la mayoría de textos existentes sobre esta temática lo tocan tangencialmente. No existe una obra que calibre a la tradición clásica en Venezuela, como sí existen en otros países de la región.

Una característica a destacar es que este libro no está escrito desde la visión del historiador, sino del filólogo. Nava Contreras, doctor en filología clásica por la Universidad de Granada, deja a un lado al personaje histórico y se fija en el hecho literario. Ejemplo de ello es cuando nos retrata las influencias y características de la poesía de Andrés Bello, para concluir que se distinguen «la adecuación artística de los motivos y temas grecolatinos a la realidad natural americana» (p. 59).

Es así como la mirada del filólogo ayuda a comprender mejor la función de la literatura clásica en el contexto latinoamericano y en el venezolano. Se aprecia entonces el camino de ida y vuelta, y cómo el personaje estudiado recibe la herencia clásica, se la apropia y la reelabora en sus textos.

Para la realización de esta obra Nava Contreras destaca el uso de fuentes primarias, como los diarios de Francisco de Miranda, los escritos de Juan Germán Roscio y antologías poéticas de la Independencia. Pero también revisa a los autores que se han dedicado al estudio de los temas y periodos abordados. Algunos de ellos: Mario Briceño Perozo, Blas Bruni Celli, Miguel Castillo Didier, Caracciolo Parra León y Elías Pino Iturrieta, entre otros.

Envuelto en el manto de iris se convierte así en una contribución al estudio de la historia de las mentalidades en Venezuela, en el que se propone salirse del hecho anecdótico para repensar lo clásico y su influencia hasta nuestros días. Si se comparan la primera con la segunda edición, se infiere que es un libro que puede irse nutriendo continuamente de las investigaciones y descubrimientos en una materia que es todavía susceptible a revisiones.

Esta obra invita al debate. Esperemos que nuevos investigadores se interesen por estos temas y así poder enriquecer las visiones y revisiones de un periodo poco visitado por la historiografía nacional.

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Una incursión en Canoabo

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 1

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar.

Una incursión en Canoabo

Por Guillermo Ramos Flamerich

UNO

Quizás era un buen augurio: la Virgen del Perpetuo Socorro había salido en procesión desde Valencia y estaba de paso en Canoabo. No soy la persona más religiosa de todas, pero tomaba esto como una buena señal. Mi abuela era devota a aquella virgen. El viaje por el occidente de Venezuela surgió en su funeral. Entre la tristeza y el recuerdo, el pana Daniel me dijo que valía la pena recorrer pueblos y caseríos, de pararse en cada uno y hablar con la gente. Acepté. Él solo tendría que poner a disposición su carro. Le pregunté si podríamos agregar a otro pana, a Gabriel, a quien buscaríamos en Barquisimeto. No tuvo problema.

Parecía una decisión extraña la de viajar en medio de la situación país, pero creo que ya nos hemos acostumbrado a que la tensión esté presente. Si no hacemos las cosas quizás nunca exista el momento adecuado. Para nosotros los caraqueños Venezuela se ha convertido en lo que sucede en Chacaíto o en la Autopista Francisco Fajardo. Sin embargo, existe una «Venezuela profunda». Cliché. Más que profunda, es un país que está allí, tan variado como esencial. Un país que es necesario conocerlo para sentirlo cerca, nuestro.

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 2

No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».

 

DOS

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar. La gente sentada en la entrada de sus casas esperaba a que pasara la vida.

Me sorprendió. No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».  Mucho menos que sus chocolates son «gourmet» y se venden caros no solo en el Trasnocho Cultural, sino también afuera del país. Lo único que sabía era que en ese «pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca» había nacido el poeta Vicente Gerbasi (1913-1992). Aquel que dejó unas líneas épicas en el imaginario nacional, con ese comienzo de «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», ese decir, con su poema Mi Padre el Inmigrante.

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Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 3

La valenciana Virgen del Socorro, de procesión por Canoabo.

TRES

Algo que disfruto mucho es preguntarle a la gente por los personajes históricos o algún hecho curioso ocurrido en el lugar donde viven. Así comencé preguntando en la plaza si conocían la casa natal de Gerbasi. Imaginaba la placa, la conmemoración. A decir verdad, para nosotros era suficiente conseguir el sitio. Los ancianos decían que conocían de la familia, pero no lograban ubicar la propiedad. Los más jóvenes nos mandaban con dirección al colegio del mismo nombre. Al rato, y después de varias vueltas en el caso, una señora nos supo indicar: «Es esa casa de allá, toque la puerta a ver si está el señor Francisco».

Sí estaba. La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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En la entrada de la casa natal de Vicente Gerbasi, con su dueño, el señor Francisco Moreno, y su nieta.

CUATRO

En la sala no había ninguna referencia al poeta más allá de la conversación que estábamos a punto de comenzar. Nos contó la biografía del poeta, los datos básicos, es decir, lo que se conoce al buscar su nombre en alguna enciclopedia, o en Internet. Era sabroso escucharlo en ese pueblo, en ese lugar, rodeado de cuadros, entre esotéricos y ambientalistas, que hacía su esposa.

Agotada la biografía nos comentó que comprar la casa en los años ochenta le había permitido hacer amistad con el poeta, aunque nunca lo conoció. El señor Francisco ha sido invitado a los homenajes que le han hecho a Gerbasi en instituciones como la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez o la Universidad de Carabobo. Allí ha podido conocer a familiares y amigos, y sentirse uno más del clan.

Su propia historia es interesante: nativo de Canoabo y después de una agitada vida en Caracas trabajando en el antiguo Ministerio de Transporte y Comunicaciones y militando en las filas del partido de Jóvito Villalba, URD, había decidido regresar y llevar una vida más tranquila, con la familia, en la austeridad de la provincia, pero también en su tranquilidad.

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El autor con la crónica publicada en la portada del suplemento cultural del diario El Universal: Verbigracia.

CINCO

Teníamos que proseguir la ruta antes de que anocheciera. La carretera angosta y desconocida no ayudaba mucho. Provocaba quedarse, pero nos esperaban más ciudades, pueblos, más estados, incluyendo a Santa Ana de Trujillo y su monumento al abrazo entre Simón Bolívar y Pablo Morillo en 1820 y cruzar el Puente sobre el Lago de Maracaibo con el Sentir Zuliano de los Cardenales del Éxito de fondo. También había que buscar a Gabriel en Barquisimeto. Mientras anochecía reflexionaba con Daniel sobre nuestro día con Gerbasi y su amigo. Nos gustó que todavía te abran la puerta de la casa para echarte un cuento largo, solo porque llegaste hasta allí para escucharlo.

También pensábamos en cómo hacer de toda esa memoria algo palpable y vivo. Lamentablemente en Venezuela el legado de los escritores pareciera que sirve para nombrar algún liceo, quizás una calle y si tiene mucha suerte, una plaza. Hay algo más en nuestra idiosincrasia, en nuestras maneras, que debe ser canalizado no con imposiciones nacionalistas y huecas, sino como una promoción al conocimiento, al arraigo. No solo es la literatura, es la música, los bailes, los dichos, Existen dos países, el que fue y el que será, y esos dos se comunican en el que es. Allí espera cumplir todas sus posibilidades tan solo si aprendemos a redescubrir esa universal angustia de ser una nación.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el sábado 21 de octubre de 2017

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Sobre Los días de Cipriano Castro; Mariano Picón Salas (1953)

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Los días de Cipriano Castro se convirtió muy pronto en un bestseller nacional, vendiéndose 1000 ejemplares en tan solo 48 horas, un récord en la Caracas de ese entonces.

Sobre Los días de Cipriano Castro

Por Guillermo Ramos Flamerich

La presente publicación es un extracto del trabajo final entregado para la Cátedra de Historiografía en el semestre de nivelación de la Maestría en Historia de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas:

En una foto de 1955 de autor desconocido, Mariano Picón Salas aparece rodeado a su derecha por un Arturo Uslar Pietri reflexivo y de brazos cruzados; a su izquierda, por Miguel Acosta Saignes, con los ojos cerrados, en pose meditativa. Mientras tanto, don Mariano está sumido en la lectura ante un viejo micrófono de condensador. El escenario es la Universidad Central de Venezuela, durante el ciclo de foros preparados por la Facultad de Filosofía y Letras, en los que participarían no solo los ya mencionados, también los acompañarían intelectuales como Augusto Mijares, Isaac J. Pardo, Ángel Rosenblat, Pedro Grases, entre otros. Acosta Saignes calificaría todas estas charlas como «una especie de revulsivo»[1] contra la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la cual ya ejercía con total plenitud desde hacía más de dos años.

Un año antes, en 1954, Picón Salas había compartido escenario con Uslar Pietri al recaer en ambos el Premio Nacional de Literatura. Uslar por una colección de ensayos titulada como la comedia de Aristófanes: Las nubes; Picón Salas, por su parte, con una obra polémica, de historia reciente, la de comienzos del siglo XX venezolano, donde contaba la vida de un país a través de las horas de un hombre que había marcado no solo los años en que le tocó gobernar, sino que había dejado puerta franca para las transformaciones que los venezolanos de mediados de siglo seguían viviendo y padeciendo. Muchos tomaron el libro como un guiño al presente, nuevamente colmado por la censura y las conversaciones a voz baja y con velo.

Utilizando nuevamente la frase del antropólogo Acosta Saignes, este libro podía ser visto como otro revulsivo contra el autoritarismo, esta vez envuelto en las artes de un prosista que salió de Mérida para estar errante por el mundo. Fueron justamente esos años de la década militar en los que viviría por más largo tiempo en Venezuela desde su autoexilio en Chile cuando apenas contaba con 22 años. Pero para conocer el pulso de la época, es válida la reflexión que hace el historiador Ramón J. Velásquez en 1954 en un prólogo a la edición de los escritos del general Antonio Paredes, sobre el ascenso de Cipriano Castro al poder[2]:

La aparición del libro «LOS DÍAS DE CIPRIANO CASTRO» de Mariano Picón-Salas constituyó un acontecimiento nacional. En menos de una quincena se agotó la primera edición de la obra. Los lectores tomaron beligerante posición frente a las afirmaciones y a las pinturas que con su inimitable estilo y extraordinario talento había realizado el gran escritor. A muchos disgustó el tono de sutil ironía que empleó al retratar figuras y episodios de la turbulenta Venezuela de comienzos del siglo. Se llegó a discutir acerca de los méritos literarios del libro y se examinaron con lupa y telescopio las intenciones entrelíneas. Gentes hubo que quisieron ver en las páginas dedicadas a relatar la marcha de Castro hacia el Capitolio y en la crónica de los días del bloqueo, una nueva y hábil exaltación del caudillismo. Y también quienes, utilizando las mismas páginas y los mismos párrafos, descubrieron en el escritor andino, una marcada tendencia antiandinista, un disolvente propósito de burla. Algunos reclamaron a Picón Salas el no haber destacado con mejores trazos las firmes actitudes nacionalistas de Don Cipriano, al propio tiempo que concedía demasiada extensión al cuento de sus andanzas donjuanescas y de sus salidas de mal gusto. Pero la mayoría estuvo de acuerdo en que la apasionante narración de Picón Salas era el fiel reflejo de cuanto para bien y para mal de Venezuela, ocurrió en aquellos lejanos días. Y que las culpas no eran del historiador, sino de los héroes.

En otra parte de ese mismo prólogo, Velásquez afirma que Picón Salas había «logrado actualizar el tema de Castro y el castrismo». Como una nueva moda, muchos hechos del pasado van logrando acaparar la atención de quienes no pudieron vivirlo a plenitud. Y la pátina del tiempo, formada en los recuerdos de dolientes y defensores que podían permanecer vivos, la reviste ahora el lustre de investigadores e historiadores que ven más allá de la anécdota y buscan en las profundidades de periódicos, documentos oficiales, libros y archivos, las pistas para reencontrarnos con nuestro imaginario como nación.

Sobre la figura y tiempos de Cipriano Castro para la época de publicación de la obra de Picón Salas, los libros existentes van desde los testimonios, hasta las historias panfletarias y la ficción. Bien se puede nombrar a Pío Gil con su novela El Cabito (1917), donde toda la atención se centra en la lujuria desmedida del tirano; las Memorias de un venezolano de la decadencia (1927), de José Rafael Pocaterra, en la que dedica su primera parte a denunciar a Castro; o Bajo la tiranía de Cipriano Castro (1952), de Carlos Brandt, en el cual la historia es solo el hilo conductor de las acusaciones que hace el autor. Mención especial para El hombre de la levita gris (1943), de Enrique Bernardo Núñez, quien busca un análisis sistemático del contexto país y la biografía del hombre, formada por la narración de los hechos cotidianos con «carácter periodístico y el sentido de informar», tal como refiere la investigadora Irene Rodríguez Gallad en el prólogo a la edición de 1991[3]

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«En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio», Mariano Picón Salas en correspondencia al escritor mexicano Alfonso Reyes.

Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900) fue impreso por la Compañía Anónima Tipografía Garrido el 8 de diciembre de 1953. Once días antes de cumplirse el aniversario número cuarenta y cinco de la salida del poder de Castro gracias a la patada histórica de su incondicional, el compadre Juan Vicente Gómez. La edición consta de 340 páginas divididas en 19 capítulos y adornada con 12 imágenes repartidas a lo largo del libro y como portada la ilustración de un Cipriano convaleciente, en una mecedora, con semblante de sereno enfermo que te invita a escuchar su historia. Este libro es la quinta aventura biográfica que realiza Picón Salas. La primera de ellas, muy sucinta, un retrato, como él mismo la calificaría, de su amigo recién fallecido: Alberto Adriani en 1936. Continuaría con el periplo y drama de Francisco de Miranda (1946), con el cual había convivido largas horas, revisando los «papeles enigmáticos que se conservan en su archivo» y al cual consideraba un personaje stendhaliano[4]; y la de San Pedro Claver (1949), como consecuencia de su estancia diplomática en Colombia. Así como una breve síntesis de la vida de Simón Rodríguez ese mismo año de 1953 y publicada por la Fundación Eugenio Mendoza.

Fueron mil los ejemplares sobre don Cipriano que se vendieron en tan solo 48 horas, batiendo récord de ventas y convirtiéndose en un bestseller nacional. Muy pronto pasaría a formar parte de los clásicos históricos de nuestras letras. A pesar de eso, por los momentos esa primera edición no es de agrado del autor, así se lo comentará en una carta a su amigo, el escritor mexicano, Alfonso Reyes[5]: «En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio».

Pronto aparecerá una segunda edición del libro en 1955 gracias a la Editorial Nueva Segovia, radicada en la ciudad de Barquisimeto y a finales de la década será incluido en la colección del Primer Festival del Libro Venezolano (1958); lo continuarán la edición de la Academia Nacional de la Historia (1986); la edición conmemorativa en conjunto con otras obras biográficas que escribiera el autor, publicada por la Presidencia de Venezuela en 1987; una de la colección El Dorado de Monte Ávila Editores (1991) y la más reciente es de 2011, de la mano de Bid & co editor.

De la edición de 1991 extraemos esta síntesis que hiciera el escritor Karl Krispin en su prólogo a la obra[6]:

En Picón la historia se recurre, se conjuga como una necesidad intelectual a quien el peso específico de la sucesión de hechos de un país constriñe como un deber de reafirmar una especificidad y un carácter nacionales. (…) En Picón parte de lo que fue su día a día como creador fue esa Venezuela que palpita como capítulo esencial de reconocimientos. Es ese rompecabezas armado para convertirlo en espejo. Doble reflejo: el de nosotros mismos y el del país como totalidad vinculante.

Una historia política que se puede leer como una novela de aventuras, la califica el historiador y escritor Rafael Arráiz Lucca[7]. Ciertamente la publicación de esta biografía marca un hito importante en la carrera literaria de Picón Salas, ya reconocido como pedagogo, intelectual y escritor en Venezuela y parte del continente americano. Los días de Cipriano Castro se convierte en uno de sus libros fundamentales y si De la conquista a la Independencia, publicada en México en 1944, le abre una ventana al exterior como libro de texto para los que desean descubrir los devenires de la América hispana, esta historia venezolana del 1900 será un canal de comunicación directa con sus connacionales.

Será en ese mismo 1955, en la misma universidad y la misma Facultad de Filosofía y Letras, la que le otorgue el Doctorado Honoris Causa junto con el historiador Augusto Mijares. Era el 1 de noviembre y en la fotografía que se guarda de aquella ocasión, Picón Salas aparece sonriente, de toga y birrete, al lado de un Mijares menos efusivo y casi de perfil. Los cincuenta serían unos años para don Mariano de consolidación, madurez y de un prestigio que podía sobrepasar cualquier mala jugada de la dictadura militar. Pronto Pérez Jiménez se iría casi que con la década y el merideño tendría nuevos compromisos de pensamiento y acción. Los días de Cipriano Castro se convertiría en su última y más larga obra biográfica, lo siguiente sería una historia más íntima, personal, así como reflexiones sobre la actualidad.

Referencias

  • [1] Rafael Pineda, Iconografía de Mariano Picón Salas. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 178.
  • [2] Ramón J. Velásquez, «Antonio Paredes y su tiempo: Los días de Cipriano Castro» (Prólogo) a Cómo llegó Cipriano Castro al poder de Antonio Paredes, Caracas, Tipografía Garrido, 1954, pp. VII-VIII.
  • [3] Irene Rodríguez Gallad, «Prólogo» a El hombre de la levita gris de Enrique Bernardo Núñez, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 7.
  • [4] Mariano Picón Salas, Miranda. Caracas, Monte Ávila Editores, 1997, p. 23.
  • [5] Gregory Zambrano, Odiseo sin reposo. Mariano Picón Salas y Alfonso Reyes (Correspondencia 1927-1959), México, Universidad Autónoma de Nuevo León – Universidad de Los Andes, 2007, p.138.
  • [6]Karl Krispin, «Prólogo» a Los días de Cipriano Castro de Mariano Picón Salas, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 22.
  • [7] Rafael Arráiz Lucca, «Mariano Picón Salas y la historia venezolana» en Rafael Arráiz Lucca y Carlos Hernández Delfino (compiladores), 25 intelectuales en la historia de Venezuela. Caracas, Fundación Bancaribe, 2015, p. 321.

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Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo, el lunes 1 de septiembre de 1958

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo el lunes 1 de septiembre de 1958.

Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Por Guillermo Ramos Flamerich

«El próximo medio siglo ha de ser, necesariamente, el que cierre para nuestro país el recurrente ciclo de golpes y contragolpes, de cuartelazos y dictaduras, de rebeliones esperanzadas y de tenaces frustraciones. La vía que escogeremos será –ya lo hemos escogido hace cerca de un año– la constitucional y legal. Lo fundamental es que sea también el año que marque el inicio de la transformación profunda de la estructura venezolana», así despide 1959 el vespertino El Mundo en su editorial del miércoles 30 de diciembre. En el artículo le pide a los partidos ser más políticos para así dejar a un lado lo politiquero y a que se aparten del «pecado capital» de la mezquindad. También reconocen la voluntad existente para establecer un sistema democrático y lograr acuerdos mínimos de gobernabilidad.

Más de medio siglo después –entre doce gobiernos y varios desgobiernos– hoy nos debatimos no solo en cómo construir una democracia incluyente, renovada, de instituciones sólidas y coherentes, sino en cómo salir de una caricatura totalitaria que ya cuenta con 95 presos políticos (En datos del Foro Penal), igualmente inquisidora como corrupta, así como cruel y llena de un profundo odio por Venezuela. Al hambre de justicia y libertad se suma la fisiológica. Gente escarbando en la basura buscando de comer, niños con dolores de cabeza, náuseas y lágrimas por la falta de alimentos. Gente que hace colas a pesar del sol, de la lluvia, de la muerte. La vida en esta república ha dado paso solo a la existencia. Una triste y degenerada existencia, atemorizada cada día no solo por malandros, pranes y grupos violentos, también por la constante burla que desde la silla de Miraflores hace un hombre sin escrúpulos. Hora de ira y muerte esta, la de Nicolás Maduro. Tiempo de frustraciones y llantos cuando el futuro parece secuestrado. Pero es  también momento para seguir trabajando, superándonos y confiando con nuestro esfuerzo lo que será la transición y la reconstrucción.

La crisis no juega carrito

Un paraíso imaginado por la creencia de que éramos un país rico con recursos mal distribuidos encumbró a la Revolución Bolivariana. La incompetencia de sus primeros tres años se vio paradójicamente recompensada por una poderosa dirigencia opositora tan temeraria como suicida. Los precios petroleros subieron,  por ende la renta y todo pasó a las manos de una persona. No sé cuánto de carisma ni cuánto de petrodólares, ni cuánto de contexto internacional agregar a la receta de un Hugo Chávez erigido para continuar la nueva ola del socialismo en el mundo. Pero todo fue un fracaso. Ni se acabaron con los vicios de la democracia representativa, no se construyó una participativa y su solidez se centró en la renta y la fuerza de las armas. Es así como llegamos a un Nicolás Maduro más malo que maquiavélico, subestimado, burlado, odiado, de momentos temido, heredero y continuador de una destrucción que en este momento ya ha tocado las bases más profundas del país. Hay instantes en que el daño parece irreparable y que de tantas malas ideas puestas en práctica, de tantos inventos nefastos, solo queda partir.

Los que estamos convencidos de que Venezuela puede ser un país democrático, plural y próspero (la mayoría de los venezolanos), sabemos que el actual gobierno está en fase terminal. Se les acabó el tiempo histórico. Podrán seguir destruyendo, apresando y burlándose de los venezolanos, pero ya están cruzando la recta final. En etapa culminante, como promocionaban aquellas telenovelas que ya no producimos. El tema es que cada uno de esos capítulos finales, está lleno de sangre y amargura.

Transición a la venezolana

Estamos transitando en arenas movedizas. Mientras más rápido intentamos salir del lodo, más nos traga. Si nos relajamos también nos traga. Parece un recorrido imposible de superar, aún así hay que caminarlo, trotarlo, también correrlo. Siempre aparecen los ejemplos históricos de lucha no violenta en el mundo: desde Gandhi hasta Luther King, pasando por Mandela y hasta la misma caída del Muro de Berlín y la URSS. Son buenos ejemplos, los mejores, pero también hay que comprender que son de largo aliento y que más allá de reconocernos en ellos, también debemos vernos reflejados en lo que hemos sido como nación: el nosotros venezolano.

Si en 1936 miles de caraqueños salieron a las calles del centro de la ciudad a reclamar y exigir algo que no habían conocido en su vida: la Libertad. Si en 1946 otros cientos de miles hicieron del voto un instrumento de lucha irreversible y si en 1958 la dirigencia política decidió llegar a un acuerdo antes que caer en un conflicto y luchas estériles y mortales, los venezolanos de estas primeras décadas del siglo XXI tenemos no solo la capacidad, también la conciencia de unirnos para enfrentar el sistema que hoy nos oprime y construir-reconstruir uno que de verdad nos pertenezca.

Para ello la dirigencia democrática hoy agrupada en la Mesa de la Unidad debe entender que cuando el destino toca la puerta, no queda otra que tomar esa responsabilidad, hacerla valer, lucirse, aunque sea una papa caliente a punto de estallar. Como concluye el amigo Carlos Carrasco en un artículo publicado en Entre Política el jueves 15 de septiembre: «En las transiciones, no hay almuerzos gratis, todos los actores deben pagar un precio en nombre de la libertad y el futuro».

Si la Unidad anda calculando que después de Maduro un eventual gobierno de transición presidido por lo queda del chavismo será quien tome medidas, tan impopulares como explosivas, dejando el sistema estabilizado para su contraparte, está pecando de ingenua. También si piensa que el manejo militar pasa únicamente por un cambio de gobierno, no está viendo lo que ha sido nuestra historia. Ni hablar del narcotráfico enraizado en las instituciones, así como de los pranes, grupos violentos y guerrillas goberneras. Si concibe el cambio solo como un encuentro entre élites, sin transparencia ni ciudadanos movilizados, estaría soberanamente pelando gajo.

La (re)construcción

El éxito del cambio y la eventual transición pasan por la inteligencia de nuestro liderazgo, ahora sí que se medirán las capacidades y se verá lo aprendido. Es momento de decisiones, acertadas, claro está. También se demostrará la valentía, no del que más grita, sino del que se mantiene firme, pero también avanza, a pesar de las dificultades. El manejo de la Caja de Pandora militar y cómo sumar a sus miembros a ser una institución que defienda la democracia, no a ser jueces ni supuestos vengadores, es otro de los grandes retos. Crear un nuevo pacto social donde la diversidad sea vista como un atributo y no como una mancha, es parte de esa nueva Venezuela que nacerá no solo cuando se vaya Nicolás Maduro del poder, sino cuando dejemos claro como nación que somos los únicos dueños, valedores y constructores de nuestra vida en libertad.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 16 de septiembre de 2016

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La Caracas de los 449

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

La Caracas de los 449

Por Guillermo Ramos Flamerich

Había llovido el día anterior. El cielo amanecía despejado, pero la ciudad estaba llena de charcos, caminos enlodados y una Feria del Libro en Los Caobos que forzaba por poner en un mismo ranking a Hugo Chávez con Simón Bolívar, Francisco de Miranda y Simón Rodríguez.

Pero el comandante sabe que ahí es solo un asomado. Su secta lo impone, a pesar de la creciente indiferencia de los que transitan buscando algún libro barato o mundano esparcimiento. Existe el karma y si en 2011 se burló de la entonces diputada María Corina Machado con su: «Usted está fuera de ranking», alguien le estará haciendo bullying allá abajo.

Pero estas líneas no se tratan de Chávez ni de que el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento de Hugo Chávez venda sus publicaciones en 1000 Bs y ya no las regale. No. Estas líneas son sobre la Caracas del lunes 25 de julio, la de los 449 años, aunque a Nicolás Maduro no le guste celebrarlos.

Mientras un bote de aguas servidas dejaba un olor insoportable por la avenida Delgado Chalbaud de Coche, la fuente de Plaza Venezuela estaba apagada. Parece que PDVSA La Estancia, protectora del espacio, solo funciona si los precios petroleros son tan altos que hasta alguito puede sobrar para la cultura y el ornato.

Monte crecido, de nuevo poca seguridad y la fisicromía de Cruz-Diez homenaje a Andrés Bello, perdiendo poco a poco no solo su brillo, también sus partes. La ciclovía estrenada hace un año hoy amanece desolada. Nunca hay bicicletas disponibles y pedirla es un proceso más de la burocracia socialista.

Bellas Artes resiste por mantener su aura bohemia. Entre basura y vagabundos, están artesanos y libreros. Pero aquí todo se confunde. Parece que la gente está comprando menos libros, ahora ofrecen rebajas express y combos de hasta tres obras.

Un vendedor de libros y discos tenía la colección, casi completa, que editó el Círculo Musical en 1967 con motivo del Cuatricentenario de Caracas: música, narraciones, representaciones artísticas, grabadas al acetato. En lo personal, la mejor de todas es esa donde Simón Díaz hace un recorrido de la música popular caraqueña desde 1935 hasta 1967. Inolvidable.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Cuán lejos quedó esa época. 49 años, pero parecen cien, eso sí, hacia atrás. A lo lejos se veía el Teresa Carreño como símbolo de la modernidad perdida. En pocas horas ese sitio sería tomado por Casa Militar, pues Maduro iba a dar un discurso por motivo de los cuarenta años del asesinato de Jorge Rodríguez padre. Todos los actos oficiales se fueron hacia allá. Nada para la cumpleañera. Quizás porque 1567 fue antes de 1999 y así no vale.

El damero fundacional estaba en calma. La calma común del bullicio de la Plaza Bolívar con los integrantes de la esquina caliente escuchando discursos a todo volumen y los vendedores de: oro, oro, oro, euros, dólares.

El Palacio Municipal sin los estandartes tradicionales que se utilizan en esta fecha y cerrado al público, espacios que hasta hace poco atesoraban los muñequitos tradicionales hechos por Raúl Santana, así como maquetas de «la ciudad que se nos fue», como decía Alfredo Cortina.

La nueva esquina caliente diagonal a la Asamblea Nacional no se encontraba. Quizás respetando a la agasajada. Ese sitio se ha convertido en materia prima para cualquier estudio sociológico.

Desde allí insultan y gritan a cualquier persona que pase encorbatado, muestran fotos de Chávez diciéndole a la víctima que ese es su papá. Una vez un muchacho respondió: Sí, sí, mi papá. A lo que el fanático replicó: «Así me gusta, escuálido. Aunque lo digas de la boca para afuera, aprende aquí quien manda».

Pero el lunes 25 no había nada de eso. Solo una cuadrícula cada vez más sucia y menos sustentable. Esos «espacios recuperados» que tanto pregona el alcalde Jorge Rodríguez son tan remotos y extraños como el azúcar, la carne o la harina precocida de maíz.

Lo que abunda cuadras más arriba de la plaza es gente escudriñando comida en la basura. En la Plaza Juan Pedro López, quizás una de las más bellas de la ciudad, tres hombres buscaban hacer su mediodía a base de sobras sacadas de la basura.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

¿Cuánta esperanza queda en la ciudad de la eterna primavera? Es difícil saberlo. Ahorita pienso en Caracas y llega a mi mente Norma Desmond, ese personaje de la película Sunset Boulevard que encarnó Gloria Swanson iniciando la década de los cincuenta. Caracas es depresiva y temperamental, siempre recordada por sus viejas glorias.

Todo es un fue y un será si por alguna gracia divina le tocara protagonizar algún momento estelar. Pero la ciudad de cristal de San Bernardino, Sabana Grande o Altamira, está cada vez más rezagada. Lo mismo la guzmancista y la del millón de almas que para 1955 imaginaban vivir en una próxima gran capital del mundo.

En sus calles solo conseguimos carteles viejos que te incitan a buscar cosas imposibles de hallar en la urbe actual. Miedo y zozobra. Caracas ha perdido ese rasgo de «muy noble y muy leal», título junto con el cual el monarca español Felipe II le entregara un escudo, el del león rampante con la venera y Cruz de Santiago.

Caracas como posibilidad de convivencia ciudadana se está apagando. De momentos lentamente, casi siempre de manera acelerada. Nos queda el abrigo de nuestros hogares, de la gente que está aquí y es nuestra, de su memoria.

También el refugio natural de ver hacia el norte y conseguir esa azulada masa vegetal que tantas cosas evoca. Pero la grandeza de las ciudades no se basa únicamente en sus estructuras y servicios, ellos son reflejo de algo mucho más importante, esencial, la capacidad que tengamos los caraqueños por darle vida a esta doña de 449 años que nunca deja de nacer.

*Publicado originalmente en El Estímulo el 27 de julio de 2016

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La parábola vital de Rafael Caldera

Retrato de Rafael Caldera 1969

Rafael Caldera nació en San Felipe, estado Yaracuy, el 24 de enero de 1916 y falleció en Caracas el 24 de diciembre de 2009.

La parábola vital de Rafael Caldera

Por Guillermo Ramos Flamerich

Desde hace casi dos décadas los homenajes a la Venezuela civil han desaparecido de los usos y calendarios oficiales. Se exacerban los hechos de fuerza siempre y cuando se conecten de manera desesperada y simplista con una «gesta revolucionaria del siglo XXI» que ha demostrado ser la repetición aumentada de lo peor de la demagogia caudillista de nuestros siglos XIX y XX. Pero lo que convoca estos párrafos no es el análisis de ese país que en algún momento se creyó superado y que siempre ha estado al acecho. Estas líneas están dedicadas a la nación que vamos siendo a pesar de todas las dificultades, los obstáculos, las decisiones y errores que como individualidades o colectivo, se encargaron de darle una ruta de entendimiento plural y democrático a un paraje histórico desolado de libertades y de justicia.

Estas palabras están dedicadas a uno de los constructores de esa Venezuela civil que el poder pretende desaparecer de nuestra memoria. A Rafael Antonio Caldera Rodríguez, de quien se conmemora en este 2016, su centenario.

El centenario de un personaje histórico da pie a biografías, reflexiones, interpretaciones de la vida y obra, opiniones encontradas y nuevas referencias para su estudio. Pero quiero utilizar este espacio para relatar una anécdota personal con el doctor Caldera. A mediados de 2008 tenía 17 años y estaba por finalizar el bachillerato. Dediqué el tiempo libre a leer la reedición que hiciera Libros Marcados de Los causahabientes: de Carabobo a Puntofijo, las cavilaciones históricas del Presidente al finalizar su segundo período en 1999. En casa de mi abuela encontré la biografía que Caldera había escrito sobre Andrés Bello, con apenas 19 años, en 1935 y que había sido galardonada por la Academia Nacional de la Lengua. Y así continué investigando.

Un pensamiento rondaba por mi mente a cada instante: la capacidad que tuvo de congeniar la formación cultural y el trabajo intelectual con la práctica política y el ejercicio del gobierno en una vida dedicada por completo a Venezuela. Esto, a su vez, entrelazado con la tenacidad de un hombre que no vaciló en ser seis veces candidato a la presidencia, ganando dos de ellas y cumpliendo sus dos períodos constitucionales en tiempos de pacificación y consolidación del sistema democrático (1969-1974) y en medio de una conflictividad social y temporada de vacas flacas (1994-1999).

Todas estas inquietudes las plasmé en una carta que le dediqué al presidente Caldera. Por fortuna, explorando en la red conseguí el correo electrónico de uno de sus familiares. Envié la carta como botella al mar con mensaje claro pero destinatario incierto. Pasaron las semanas y pensé que mis palabras no habían llegado. El 2 de julio recibí la respuesta de su hijo Rafael Tomás: «A papá le alegró mucho leerla y ciertamente desea para ti todo lo mejor. (…) de acuerdo con él, pensamos en que puedas venir un día a Tinajero, para conversar un poco, enseñarte la biblioteca y, desde luego, compartir un rato con él. Le gustaría conocerte». La visita se concretó dos días después, el viernes 4. Fui temprano a la residencia de Tinajero, durante el recorrido pude conocer la extensa biblioteca de aquel hogar, los cientos de volúmenes que hablaban de Venezuela, de su historia y de esa interpretación sistemática de nuestra sociología que estuvo presente en los pensamientos y decisiones de Rafael Caldera.

Por un momento me quedé observando una pequeña mesa dispuesta con retratos dedicados por los presidentes Kennedy, Bush y Clinton de los Estados Unidos y el presidente Aylwin de Chile. Me comentaron que en esa mesa se había firmado el 31 de octubre de 1958 el Pacto de Puntofijo. Tan denigrado por quienes hoy detentan el poder, pero fundamental en nuestra historia y evolución democrática.

Al poco tiempo ya me encontraba frente a él. Con dificultad para el habla a causa de la Enfermedad de Parkinson, me dijo que su retiro de la política no se debía a su edad sino a esa dolencia que padecía desde hacía ya algunos años. La misma afección que en sus inicios mostraba a un mandatario de discursos difíciles de comprender a los niños y jóvenes de mi generación, en contraste con el líder de años anteriores, de excepcional oratoria, con discursos en los que no solo presentaba sus ideas socialcristianas de justicia social, sino que utilizaba las referencias de nuestra historia y cultura para darles sustento. Al final de la conversación, habló del compromiso de la juventud para recuperar la democracia y la libertad. Su lucidez estaba intacta. Aquel encuentro no solo fue un honor, también un profundo compromiso. La siguiente vez que lo vi, fue en su urna. Después de marcharse un mes antes de cumplir los 94 años. El 24 de diciembre de 2009.

La obra de todo personaje público está sujeta al juicio de la historia. Sus detractores lo acusan de soberbio, ven su persistencia como defecto y califican como errores trascendentales su retiro de Copei (partido del cual fue fundador), la segunda presidencia y el sobreseimiento de Hugo Chávez. Todos estos aspectos están dispuestos para el debate. Lo que nunca se podrá negar es esa pasión venezolana que lo mantuvo vigente durante más de sesenta años de vida y lucha política. Su rol protagónico como constructor de la Venezuela moderna, de plasmar no solo en el papel, sino en la realidad una sociedad democrática, con valores capaces de vencer los desafíos de la pobreza, el desempleo, la marginalidad, la corrupción, el populismo y la tentación caudillista en la que tantas veces ha sucumbido la república.

Concluyo estas palabras de admiración y respeto con la descripción que el propio Caldera hiciera sobre Rómulo Betancourt en la conferencia que dictara en la Universidad Rafael Urdaneta el 19 de mayo de 1988: «Con todos sus errores, su imagen es la de un mensajero de los ideales de libertad, de justicia, de progreso, de honestidad, que inspiraron a lo largo de todos los tiempos y en las peores circunstancias a las mentes más esclarecidas y a las personalidades más ilustres de Venezuela». Al conmemorar a Rafael Caldera en su centenario, celebramos lo mejor de nuestra historia, un molde para la fragua de la civilidad y la pluralidad de una nación capaz de sobreponerse a cualquier crisis y de siempre abrir caminos a la esperanza.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 22 enero de 2016

caldera-1969

Rafael Caldera en la Residencia Presidencial de La Casona el 13 de marzo de 1969.

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