Archivo de la categoría: Historia de Venezuela

La parábola vital de Rafael Caldera

Retrato de Rafael Caldera 1969

Rafael Caldera nació en San Felipe, estado Yaracuy, el 24 de enero de 1916 y falleció en Caracas el 24 de diciembre de 2009.

La parábola vital de Rafael Caldera

Por Guillermo Ramos Flamerich

Desde hace casi dos décadas los homenajes a la Venezuela civil han desaparecido de los usos y calendarios oficiales. Se exacerban los hechos de fuerza siempre y cuando se conecten de manera desesperada y simplista con una «gesta revolucionaria del siglo XXI» que ha demostrado ser la repetición aumentada de lo peor de la demagogia caudillista de nuestros siglos XIX y XX. Pero lo que convoca estos párrafos no es el análisis de ese país que en algún momento se creyó superado y que siempre ha estado al acecho. Estas líneas están dedicadas a la nación que vamos siendo a pesar de todas las dificultades, los obstáculos, las decisiones y errores que como individualidades o colectivo, se encargaron de darle una ruta de entendimiento plural y democrático a un paraje histórico desolado de libertades y de justicia.

Estas palabras están dedicadas a uno de los constructores de esa Venezuela civil que el poder pretende desaparecer de nuestra memoria. A Rafael Antonio Caldera Rodríguez, de quien se conmemora en este 2016, su centenario.

El centenario de un personaje histórico da pie a biografías, reflexiones, interpretaciones de la vida y obra, opiniones encontradas y nuevas referencias para su estudio. Pero quiero utilizar este espacio para relatar una anécdota personal con el doctor Caldera. A mediados de 2008 tenía 17 años y estaba por finalizar el bachillerato. Dediqué el tiempo libre a leer la reedición que hiciera Libros Marcados de Los causahabientes: de Carabobo a Puntofijo, las cavilaciones históricas del Presidente al finalizar su segundo período en 1999. En casa de mi abuela encontré la biografía que Caldera había escrito sobre Andrés Bello, con apenas 19 años, en 1935 y que había sido galardonada por la Academia Nacional de la Lengua. Y así continué investigando.

Un pensamiento rondaba por mi mente a cada instante: la capacidad que tuvo de congeniar la formación cultural y el trabajo intelectual con la práctica política y el ejercicio del gobierno en una vida dedicada por completo a Venezuela. Esto, a su vez, entrelazado con la tenacidad de un hombre que no vaciló en ser seis veces candidato a la presidencia, ganando dos de ellas y cumpliendo sus dos períodos constitucionales en tiempos de pacificación y consolidación del sistema democrático (1969-1974) y en medio de una conflictividad social y temporada de vacas flacas (1994-1999).

Todas estas inquietudes las plasmé en una carta que le dediqué al presidente Caldera. Por fortuna, explorando en la red conseguí el correo electrónico de uno de sus familiares. Envié la carta como botella al mar con mensaje claro pero destinatario incierto. Pasaron las semanas y pensé que mis palabras no habían llegado. El 2 de julio recibí la respuesta de su hijo Rafael Tomás: «A papá le alegró mucho leerla y ciertamente desea para ti todo lo mejor. (…) de acuerdo con él, pensamos en que puedas venir un día a Tinajero, para conversar un poco, enseñarte la biblioteca y, desde luego, compartir un rato con él. Le gustaría conocerte». La visita se concretó dos días después, el viernes 4. Fui temprano a la residencia de Tinajero, durante el recorrido pude conocer la extensa biblioteca de aquel hogar, los cientos de volúmenes que hablaban de Venezuela, de su historia y de esa interpretación sistemática de nuestra sociología que estuvo presente en los pensamientos y decisiones de Rafael Caldera.

Por un momento me quedé observando una pequeña mesa dispuesta con retratos dedicados por los presidentes Kennedy, Bush y Clinton de los Estados Unidos y el presidente Aylwin de Chile. Me comentaron que en esa mesa se había firmado el 31 de octubre de 1958 el Pacto de Puntofijo. Tan denigrado por quienes hoy detentan el poder, pero fundamental en nuestra historia y evolución democrática.

Al poco tiempo ya me encontraba frente a él. Con dificultad para el habla a causa de la Enfermedad de Parkinson, me dijo que su retiro de la política no se debía a su edad sino a esa dolencia que padecía desde hacía ya algunos años. La misma afección que en sus inicios mostraba a un mandatario de discursos difíciles de comprender a los niños y jóvenes de mi generación, en contraste con el líder de años anteriores, de excepcional oratoria, con discursos en los que no solo presentaba sus ideas socialcristianas de justicia social, sino que utilizaba las referencias de nuestra historia y cultura para darles sustento. Al final de la conversación, habló del compromiso de la juventud para recuperar la democracia y la libertad. Su lucidez estaba intacta. Aquel encuentro no solo fue un honor, también un profundo compromiso. La siguiente vez que lo vi, fue en su urna. Después de marcharse un mes antes de cumplir los 94 años. El 24 de diciembre de 2009.

La obra de todo personaje público está sujeta al juicio de la historia. Sus detractores lo acusan de soberbio, ven su persistencia como defecto y califican como errores trascendentales su retiro de Copei (partido del cual fue fundador), la segunda presidencia y el sobreseimiento de Hugo Chávez. Todos estos aspectos están dispuestos para el debate. Lo que nunca se podrá negar es esa pasión venezolana que lo mantuvo vigente durante más de sesenta años de vida y lucha política. Su rol protagónico como constructor de la Venezuela moderna, de plasmar no solo en el papel, sino en la realidad una sociedad democrática, con valores capaces de vencer los desafíos de la pobreza, el desempleo, la marginalidad, la corrupción, el populismo y la tentación caudillista en la que tantas veces ha sucumbido la república.

Concluyo estas palabras de admiración y respeto con la descripción que el propio Caldera hiciera sobre Rómulo Betancourt en la conferencia que dictara en la Universidad Rafael Urdaneta el 19 de mayo de 1988: «Con todos sus errores, su imagen es la de un mensajero de los ideales de libertad, de justicia, de progreso, de honestidad, que inspiraron a lo largo de todos los tiempos y en las peores circunstancias a las mentes más esclarecidas y a las personalidades más ilustres de Venezuela». Al conmemorar a Rafael Caldera en su centenario, celebramos lo mejor de nuestra historia, un molde para la fragua de la civilidad y la pluralidad de una nación capaz de sobreponerse a cualquier crisis y de siempre abrir caminos a la esperanza.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 22 enero de 2016

caldera-1969

Rafael Caldera en la Residencia Presidencial de La Casona el 13 de marzo de 1969.

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Historia de Venezuela, pensar a Venezuela, perfiles

#CentenarioCaldera: Discurso ante el Congreso de EEUU – 1970

Discurso Congreso EEUU 1

Discurso pronunciado en la Cámara de Representantes del Capitolio. Washington D.C., 3 de junio de 1970

Discurso del Presidente de Venezuela ante el Congreso de los Estados Unidos

Por Rafael Caldera Rodríguez

Al mediodía del míercoles 3 de junio de 1970 el Presidente de Venezuela, Rafael Caldera, se dirigió al Capitolio de los Estados Unidos donde pronunció un discurso en inglés ante ambas Cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta. A la misma asistieron en pleno el gabinete de Richard Nixon y el cuerpo diplomático. El discurso recibió repetidas ovaciones por parte de los legisladores, una de las cuales fue hecha de pie:

Señor Presidente, honorables senadores, honorables congresantes. El honor que el Congreso de Estados Unidos me hace, al recibirme en esta sesión especial y conjunta, es sobre todo deferencia a Venezuela y a la familia latinoamericana de naciones. Este gesto obliga a mi profundo reconocimiento.

Estamos viviendo, en América Latina y quizás en el mundo, un momento decisivo para la confianza de los pueblos en la libertad. El resultado va a depender de la posibilidad de probar que a través de la democracia, mejor que de cualquier otro sistema, se es capaz de lograr la justicia y de realizar el desarrollo.

Quizás el hecho de venir de la tierra de Bolívar, pletórica de hechos gloriosos en los días de la independencia y de momentos oscuros en su proceso de organización política, un país que mantiene hoy, con inagotable fe, el sistema democrático, justifica que los ojos se vuelvan a observarnos y se oigan con simpatía nuestras palabras.

Sé que al hablar desde aquí me escucha el pueblo de los Estados Unidos. Porque todos los ciudadanos de este gran país, sea cual fuere su preferencia política, su orientación ideológica o su interés económico, saben que aquí se debaten las grandes cuestiones que interesan a la Nación.

El Congreso de esta Nación va a cumplir doscientos años. En 1774 se reunió por primera vez, en Filadelfia. En 1776, su declaración de Independencia inició un nuevo capítulo en la historia política del mundo. Durante estos dos siglos, a través de modificaciones profundas en la geografía, en el comercio y, específicamente, en la mentalidad de los hombres, el Congreso ha funcionado con increíble regularidad.

Es interesante señalar esta larga y continua vitalidad, porque a veces se quiere justificar otros sistemas con el argumento de la duración. Hay quienes se dejan deslumbrar ante la prolongación de sistemas surgidos por la violencia y mantenidos por la fuerza, los cuales en definitiva, sólo producen obras efímeras, destruidas por el movimiento pendular de las contradicciones históricas, En cambio, el sistema democrático ha probado su capacidad de permanecer en medio de las vicisitudes y adaptarse a nuevas necesidades y a nuevas ideas.

Durante esta larga experiencia política, los Estados Unidos han experimentado en su propia carne hondas transformaciones. Sufrieron el rigor tremendo de la guerra civil y los inmensos sacrificios de la guerra internacional. Han vivido etapas de angustiosa tensión. Han sentido orgullosa satisfacción de sus extraordinarias realizaciones y padecido frustraciones, no superadas todavía, que preocupan a sus más elevados espíritus.

En otras latitudes, estos doscientos años han visto pasar diferentes alternativas.

Estaba muy reciente la reunión del primer congreso de los norteamericanos en Filadelfia, cuando Napoleón Bonaparte recorría los caminos imponiendo su omnímoda voluntad. Quince años duró su parábola fulgurante, tiempo bien corto en la existencia de los pueblos.

En este siglo se construyo otro imperio, impuesto por legiones de camisas pardas, que propagaron mitos inhumanos con movimientos de relámpago, alegando la quiebra de la democracia representativa. Fracasaron los nazis, como tarde o temprano cualquier sistema negador de la libertad y de la dignidad humana. Mientras tanto, la democracia subsiste y está llamada a perdurar.

Pero es también cierto, Honorables Senadores y Congresistas, que en el momento actual la humanidad experimenta la urgencia de cambios fundamentales en su vida institucional. El avance increíble de la tecnología les acelera y, por otra parte, los presiona la urgencia de quienes no participan o no lo hacen en plenitud de los beneficios logrados. Este es un hecho indiscutible y no hay excepción en el mundo. Hay países donde las contradicciones se sepultan en el silencio de las catatumbas, pero no por ello se deja de encontrar a través de un análisis agudo, fermento creciente de intranquilidad. Ya pasó el tiempo en que las conmociones y tumultos eran el vergonzante patrimonio de países que no habían adquirido carta de entrada en el club exclusivo de los pueblos civilizados. La ebullición se nota hoy en todas partes. Las facilidades de comunicación, los trágicos conocimientos adquiridos en la guerra y difundidos a través de mil canales, la crisis de algunas ideas morales, todo coadyuva a que, por ambición o por error, se trate de empujar a los pueblos al torbellino de la violencia.

Sabemos que las grandes mayorías, lo mismo en los Estados Unidos que en nuestra América Latina, lo mismo en Europa que en el Asia o en el África, anhelan la paz. Una paz fecunda que permita a las familias criar a sus hijos sin zozobra, adelantar su labor con la seguridad de que el fruto de sus esfuerzos será estable. Pero, para canalizar y fortalecer la voluntad de estas grandes mayorías, para renovar su vacilante de en el porvenir, para esterilizar la disidencia de aventureros y guerreristas, es preciso convertir en realidad un mensaje nuevo.

Ustedes han comprendido que una sociedad libre para sobrevivir y justificar su supervivencia, debe esforzarse en impedir que una gran parte de ella, aun minoritaria, vegete en la pobreza y en el subdesarrollo cultural. Así mismo, en la comunidad de naciones, y concretamente en este hemisferio, para asegurar la paz y garantizar la libertad tenemos que esforzarnos en cerrar la brecha cada vez mayor entre la opulencia y la miseria, entre el desarrollo fantástico de la tecnología y el subdesarrollo.

Densas promociones de jóvenes están imbuidas de esta verdad, aunque actúan de modos diferentes. Unos, los más, se entregan al estudio de los sistemas sociales y políticos, de las modulaciones de la vida económica, de las posibilidades técnicas para transformar al mundo. Otros, los menos, se dejan seducir por un afán de destruir, con la idea ingenia de que la destrucción de lo existente bastaría para que surgieran después las fórmulas que hicieran al hombre más feliz. Es quizás el bullicio de estos el que más suena, amplificados por los sistemas de sonidos de la civilización industrial: aquellos están esperando de nosotros un programa claro y convincente, una conducta cónsona con las aspiraciones populares, una actitud optimista para afrontar con confianza el porvenir.

Una verdad reconocida en nuestra época es la existencia de la comunidad internacional. El aislamiento ya no tiene lugar. Cada vez son más cortas las distancias físicas, lo que hace más absolutamente anacrónicas las distancias psicológicas entre seres humanos. Dentro de cada país, ya no se acepta más la falsa idea de que un grupo de privilegiados pueda menospreciar las condiciones infrahumanas de existencia en que se encuentran otros. Asimismo, ya está definitivamente obsoleta la idea de que algunos pueblos poderosos y ricos, podrían desentenderse del drama de otros pueblos, que por una razón u otra no han podido alcanzar su desarrollo económico y social. Decisiones que a veces permanecen confinadas al ámbito doméstico, pueden tener repercusiones increíbles en la vida exterior.

Venezuela, por ejemplo, exporta petróleo. Nuestra economía depende en gran parte de nuestras exportaciones petroleras. Cualquier decisión relativa al acceso del petróleo venezolano al mercado norteamericano repercute enormemente a nuestras posibilidades de vida y desarrollo. Durante el último decenio, la posición relativa de nuestro petróleo en los Estados Unidos ha ido sufriendo deterioro. Nuestro pueblo no puede entender que se nos haga objeto de trato discriminatorio. En las situaciones de peligro que ha atravesado el mundo, y en particular este hemisferio, la seguridad del suministro de combustible por parte de Venezuela ha constituido la mejor garantía de la disponibilidad de energía para las confrontaciones decisivas. Por otra parte, las divisas producidas por nuestras exportaciones han sido base para nuestra estabilidad monetaria. Ellas han permitido ofrecer al comercio exterior una aportación importante. Para los Estados Unidos somos, a pesar de nuestra modesta población, el tercer cliente en el ámbito americano y el noveno en el ámbito mundial.

Un trato justo, no discriminatorio, que asegure la presencia firme del petróleo venezolano en el mercado norteamericano y una participación razonable en su expansión, rebasa los términos de un simple arreglo comercial. Es condición del cumplimiento de los programas de desarrollo de un país vecino y amigo y clave de orientación de las relaciones futuras entre los Estados Unidos y la América Latina.

La existencia de estas cuestiones es un hecho. Anoto con satisfacción el que ese hecho está en vías de ser debidamente reconocido. La tesis de Venezuela es la de ventilar en la forma más clara posible los asuntos relativos al petróleo, que por sí mismo constituye un bien cuyo aprovechamiento es interés común de la humanidad. No pretendemos ningún ventajismo; nuestros intereses nacionales en el punto resisten el análisis más cuidadoso y están dispuestos a verificarse en las conversaciones más amplias.

Problemas similares afrontan los demás pueblo de América Latina. Productores de materias primas, ven deteriorarse o estancare sus precios, mientras suben los productos industriales. La baja de un centavo en cada libra de café, o de bananas, o de estaño, o de cobre, ¿Cuántas escuelas u hospitales hace cerrar, cuántos trabajadores hace despedir, cuantos dolores causa, cuántas rebeldías engendra en países amantes de la paz, capaces como cualquier otro de lograr un destino feliz?

Argumentos poderosos para un nuevo trato hemisférico, son las comparaciones entre la cantidad de productos primarios que era necesario entregar hace diez años a los países desarrollados para adquirir un tractor o para pagar los estudios de un joven en un instituto tecnológico y las que se nos exigen ahora. Suben los precios de las manufactureras, en parte porque es necesario y justo mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros que en su producción participan. Mientras tanto, se ejercen presiones para bajar el precio de los productos, de los cuales derivan los países en vías de desarrollo sus posibilidades de subsistencia.

La fórmula para lograr relaciones felices que a su vez traduzcan en amistad y cooperación internacional la influencia de este Hemisferio en el resto del mundo, no puede ser la lucha despiadada por comprarnos más barato y vendernos más caro. La tesis de que más comercio hará menos necesaria la ayuda, es correcta, en la medida en que el comercio sea más justo y esa justicia se traduzca para los pueblos en vías de desarrollo en una posibilidad mayor de lograr su urgente transformación. Creo en la Justicia Social Internacional. Según la concepción de Aristóteles, la justicia ordena dar «a cada uno lo suyo». En el devenir de su pensamiento a través de la filosofía cristiana «lo suyo» no es sólo lo que a cada hombre corresponde, sino también lo que a «la sociedad» corresponde para «el bien común». No hay dificultad alguna en trasladar este concepto a la comunidad internacional.

Discurso Congreso EEUU 2Así como la sociedad, el ámbito nacional, tiene derecho a imponer relaciones distintas entre sus miembros, así la comunidad internacional exige a los diversos pueblos una participación cónsona con su capacidad para que todos puedan llevar una existencia humana. Las obligaciones y derechos de los distintos pueblos han de medirse, por ello, en función de la capacidad y de la necesidad de cada uno, para hacer viables la paz, la armonía y el progreso y todos podamos avanzar dentro de una verdadera amistad.

Ustedes representan a un pueblo que ha logrado una suma de poder y riqueza. Dentro de su propio país, a ustedes los inquietan los sectores que no han logrado asegurar un nivel de vida satisfactorio y se esfuerzan a darles la posibilidad de salir del estado de marginalidad social e incorporarse de lleno a los beneficios logrados por la comunidad nacional. En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de otros pueblos.

He dicho al comenzar estas palabras que tengo la percepción de que hablo a todo el pueblo de los Estados Unidos. Estoy convencido de que el fututo del hemisferio depende de la medida en que ese gran pueblo haga suya la decisión de convertirse en pionero de la justicia social internacional. De asumir decididamente las cargas, obligaciones y compromisos que su inmensa riqueza y poderío le imponen frente a la América Latina y frente al mundo. En la medida en que ese pueblo, tan digno de nuestra admiración y de nuestra amistad, advierta que con lo que ha costado el programa de uno de los Apolos podría elevar el nivel de prosperidad y de felicidad de naciones como la nuestra, de cuya seguridad depende la suya, en esa medida estará abierto el camino para nuevos empeños y los doscientos años de experimento político de ustedes serán apenas el pórtico de varios siglos de vida democrática en el hemisferio occidental.

Deseamos que los Apolos continúen explorando el espacio. Pero los resultados de esa misma exploración hacen más imperiosa la necesidad de lograr que en la tierra todos los hombres vivan mejor.

Con este objetivo podemos entusiasmar a los jóvenes para una empresa ante la cual lo negativo se aparte y una rotunda afirmación prevalezca. Podemos inflamar el ánimo de las nuevas generaciones para el rescate de la idea de libertad. Buscando libertad vivieron a Norteamérica hombres jóvenes como era el francés Lafayette, el polaco Kościuszko o el venezolano Miranda. Bolívar, el Libertador, dijo en un memorable discurso al Congresos de Angostura en 1819 de esta nación «que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad». La libertad puede sufrir su crisis más dura si no se alimenta con las realizaciones de la justicia social. El escepticismo de los jóvenes sobre la libertad y la década de los años 30 produjo la arremetida del fascismo y el nazismo, que amenazaron arrasar hasta los cimientos de la civilización actual no podemos dejar ahora a la juventud sucumbir ante el llamado de la violencia y ante la negación de los valores fundamentales que dieron a la democracia vigencia.

Yo he sostenido y sostengo, Honorables Senadores y Congresistas, que una robusta amistad con nuevo signo entre los Estados Unidos y la América Latina es una necesidad, no sólo del hemisferio, sino de todo el planeta que habitamos Hay que comenzar por un esfuerzo de comprensión. Hay que repetir una y mil veces que ser diferentes no implica ser mejor ni peor. Los latinoamericanos tenemos nuestra propia forma de vida y no queremos adoptar servilmente las formas de vida que prevalecen en otras partes. Tenemos un fiero amor a nuestra independencia; ponemos nuestra dignidad por encima de nuestras necesidades. Para nosotros, como para ustedes según lo han demostrado en los momentos decisivos de su historia los valores del espíritu privan sobre los intereses materiales. Sabemos que podemos contar con la comprensión de ustedes, porque como un gran filósofo contemporáneo, Jacques Maritain, ha dicho, «el pueblo americano es el menos materialista entre los pueblos modernos que han alcanzado la etapa industrial».

Yo estoy orgulloso de ser latinoamericano. Ello no me priva de entender y admirar otras culturas, ocupa la de ustedes un sitio relevante. Como latinoamericano puedo afirmar en este lugar tan representativo del pueblo norteamericano, que es hora todavía de encontrar el sólido terreno para levantarse sobre bases autenticas en el entendimiento que deseamos.

Hay en nuestro país como en todos los países gente para la cual el único objetivo es actualmente el «odio estratégico» contra los Estados Unidos. Son minorías comprometidas ideológicamente en una lucha  que aspiran convertir en verdadera guerra civil internacional. Pero su éxito sería muy pequeño, no obstante ser activas y estrepitosas si no hubiera inmensos sectores cuyos sentimientos pueden fácilmente convertirse en antagonismo, porque no están contentos con actitudes que con razón o sin ella atribuyen a los Estados Unidos.

Cuando las declaraciones de algunos políticos llegan a las columnas de nuestra prensa, cuando la conducta de algunos hombres de negocios no corresponde a los que debería ser, una sensación de incomodidad invade la sensibilidad de nuestra gente porque para bien o para mal somos sentimentales.

Del mismo modo, al hombre común de Norteamérica le llegan a menudo imágenes desfavorables del hombre común latinoamericano. El «latinoamericano feo» ha de ser para muchos (sin un «best seller» que lo pinte) la encarnación real de sus intratables vecinos del Sur. Esto no debe ser.

El hecho de que el Senado y la Cámara de Representantes, en momentos de tan intensa actividad dentro de la política interior del país se hayan reunido para recibir al Presidente de una República latinoamericana y escuchar bondadosamente sus sinceras observaciones, será recibido allá como una prueba de buena voluntad y un signo que anuncia grandes posibilidades para una amistad renovada.

Los valiosos intentos que se hacen en ambos lados con el fin de lograr un entendimiento sincero tienen que pasar a la opinión general de nuestros respectivos pueblos, cuya decisión es final en el sistema de gobierno democrático.

Por ello es necesario que los dirigentes políticos, a la par de los dirigentes culturales, y los dirigentes económicos, hagamos en esfuerzo sostenido para llevar la concepción de una nueva política hemisférica hasta el corazón de nuestros compatriotas.

No basta que los presidentes conversen: es necesario que lo que de positivo puedan acordar reciba un franco respaldo en los Congresos y que estos, a su vez, cuenten con la conformidad de los ciudadanos, como electores y contribuyentes.

Estamos convencidos de que si entre los Estados Unidos y América Latina no pudiera lograrse una amistad verdadera y durable basada en la justicia, dispuesta a la revisión franca de los procedimientos, mal podría el universo aspirar a una organización fundada en el entendimiento general.

Por lo contrario, sabemos firmemente que una nueva, vigorosa y fructífera relación hemisférica, impulsada por el valiente rechazo de todo la que el pasado puede obstruir los justos términos de intercambio, será la mejor contribución de este hemisferio por la paz mundial.

Al cumplir la democracia sus doscientos años de vida, demostremos que sigue siendo el mejor sistema de gobierno.

Audio del discurso traducido al español por la Oficina Central de Información de Venezuela:

Deja un comentario

Archivado bajo Historia de Venezuela, pensar a Venezuela, perfiles

Rómulo Gallegos: una vida en 15 imágenes + 1

Rómulo Gallegos

Por Guillermo Ramos Flamerich

Rómulo Ángel del Monte Carmelo Gallegos Freire, escritor y político; autor de Doña Bárbara; nombre de una avenida en Caracas; de dos municipios, uno en Apure, el otro en Cojedes; una universidad; un premio internacional de novela y un Centro de Estudios Latinoamericanos. Con sus palabras retrató la geografía y gentes de Venezuela; como maestro formó a una generación de líderes. Protagonista y víctima del país que mostró en su obra, su efímera presidencia significó un ensayo democrático y un nombre de prestigio y honestidad en una Venezuela signada históricamente por la enfermedad y la imposición. Gallegos nació en Caracas el lunes 2 de agosto de 1884 a las diez de la mañana. Falleció en 1969. En conmemoración de su natalicio, estas imágenes del libro Iconografía de Rómulo Gallegos, publicado por la Biblioteca Ayacucho en 1980:

Una vida en 15 imágenes

01 Rómulo Gallegos 1905

1-En esta fotografía de 1905 Gallegos aparece como un torero improvisado en el, desaparecido ya, pueblo de El Valle, Caracas. Para estos años a pesar de haber aprobado los primeros exámenes de derecho en la universidad, decide abandonar la carrera. También conoce a su futura esposa Teotiste Arocha Egui. Al año siguiente es designado jefe de la Estación del Ferrocarril Central.

02 Rómulo Gallegos 1912

2-El profesor en 1912. En enero es nombrado director del Colegio Federal de Varones de Barcelona, estado Anzoátegui. Desde allí, enviará extensas cartas a su padre y a Teotiste. Se casa por poder el 15 de abril. Fallece su padre el 4 de junio y empieza su carrera docente en el Liceo Caracas (Actual Liceo Andrés Bello), que durará hasta 1930.

03 Rómulo Gallegos 1927

3-Rómulo Gallegos en 1927. Con paltó, corbata y sombrero pelo e’ guama, tomando agua de totuma. Pasa la Semana Santa en el llano apureño junto a su hermano Pedro y su alumno Juan Salerno. La primera intención de este viaje es documentarse para la novela que estaba escribiendo, La casa de los Cedeño. Pero de estas andanzas nace su obra cumbre: Doña Bárbara.

04 Rómulo Gallegos 1930s

4-La década de 1930 significó de profundos cambios para Gallegos. El contundente éxito de Doña Bárbara, su exilio voluntario después de ser propuesto como senador de Apure por parte de Juan Vicente Gómez. Cantaclaro, Canaima y Pobre Negro. El regreso a Venezuela al morir el dictador. La fugaz entrada al gobierno como ministro de educación de López Contreras y el Gallegos cinematográfico, fundador de Estudios Ávila. Mientras tanto, cualquier roca es buena para emular al Pensador de Rodin, como bien lo ilustra esta imagen.

05 Rómulo Gallegos piloto

Gallegos, ¿piloto? Foto de Juanito Martínez Pozueta

06 Rómulo Gallegos - Poleo

Gallegos acompañado del pintor venezolano Héctor Poleo, durante una exposición del artista en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

07 Rómulo Gallegos - Truman

Las parejas presidenciales de Estados Unidos y Venezuela en un balcón de la Casa Blanca

5-El ensayo democrático y la efímera presidencia. Desde la candidatura simbólica de Gallegos y la fundación de Acción Democrática en 1941, hasta su elección, universal y secreta, como Presidente de la República el 14 de diciembre de 1947, el 18 de octubre de 1945 y los eventos posteriores, dieron un giro profundo a la historia venezolana. La toma de posesión con la Fiesta de la Tradición Venezolana, organizada por Juan Liscano, fue solo un bonito arranque para una trágica presidencia. En julio visita al presidente de los Estados Unidos, Harry Truman y el General Eisenhower le entrega el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Columbia. Al regresar, la situación está cada vez más tensa, la sombra militar lo arropa. A todo esto responde a Miguel Otero Silva: «Ni estoy caído, ni en plan de huída, amigo mío. Usted mismo me ha encontrado en pantuflas. Y las pantuflas no se usan para correr». El 24 de noviembre de 1948 es derrocado y trasladado en avión hasta La Habana.

08 Rómulo Gallegos en México

En México, acompañado por los poetas Andrés Eloy Blanco y Nicolás Guillén

09 Rómulo Gallegos 25 Doña Bárbara

Junto a su hija Sonia, en la celebración de los 25 años de Doña Bárbara, 1954

6-Tiempo de exilio. Cuba, Guatemala, México y los Estados Unidos lo ven pasar mientras en Venezuela Marcos Pérez Jiménez se hace del poder. Los homenajes y nuevas ediciones de su obra, continúan. Pero el 7 de septiembre de 1950, en Ciudad de México, le toca despedir a Teotiste. Cae en depresión. También está esa tristeza del errante que ha sido expulsado de su hogar. El encuentro con otros exiliados venezolanos, la pérdida de amigos como Andrés Eloy Blanco, el recordatorio de los 25 años de Doña Bárbara y la compañía de su hija Sonia, hacen de estos años un período agrio con pequeños instantes para la dulzura.

10 Rómulo Gallegos 1958

Rómulo Gallegos a su llegada a Venezuela el 2 de marzo de 1958

11 Rómulo Gallegos Honoris Causa 1958

El rector de la Universidad Central de Venezuela, Francisco de Venanzi, hace entrega a Gallegos del Doctorado Honoris Causa en 1958

12 RómuloGallegos Faulkner

Rómulo Gallegos y el escritor estadounidense William Faulkner. Caracas, 6 de abril de 1961

7-Regreso dorado, temporada de reconocimientos. Pérez Jiménez es derrocado el 23 de enero de 1958 y Gallegos regresa el 2 de marzo. El 5 de junio recibe el Premio Nacional de Literatura; el día de su cumpleaños es nombrado «Hijo Ilustre de la Ciudad de Caracas»; le son conferidas diversas condecoraciones nacionales e internacionales, así como los Doctorados Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela, Universidad del Zulia, Universidad de Oriente y Universidad Católica Andrés Bello. El 25 de enero de 1960 el Consejo Universitario de la Universidad de los Andes acuerda solicitar el Premio Nobel de Literatura para Gallegos y el 29 de mayo, desde La Habana, dice Hemingway: «Apoyo completamente la candidatura de Don Rómulo Gallegos para el Premio Nobel de Literatura de 1960, por respeto a su obra de escritor. No creo, en esta oportunidad, que haya otro candidato con más derecho que el maestro venezolano». Como ven, es temporada de reconocimientos.

14 Rómulo Gallegos en apure 1964

Rómulo Gallegos y un niño. Apure, 1964

13 Rómulo Gallegos 1960s

En los años finales de su vida

15 Rómulo Gallegos 1968

Gallegos ejerciendo el derecho al voto en las Elecciones Presidenciales del 1 de diciembre de 1968

8-El último Gallegos. El 21 de abril de 1964 aparece en Varsovia la edición polaca de Doña Bárbara. Poco tiempo después el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA), crea el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el cual gana Mario Vargas Llosa su primera edición (1967). En 1966 Isaac Chocrón y Caroline Lloyd presentan una ópera de la doña y en 1968 la American Foundation for the Blind, editan una versión para ciegos. Pero Gallegos está cansado, acercándose tranquilamente al término de su vida. Poco a poco se va despidiendo de su gente, de Venezuela. El 5 de abril de 1969, un Sábado de Gloria, a las 2 y 20 de la madrugada, fallece en Caracas ante la presencia de sus hijos Alexis y Sonia. Tenía 84 años.

+ 1 (La ñapa)

16 Rómulo Gallegos casa

Fachada de la casa de Rómulo Gallegos en la urbanización Altamira, Caracas. La misma fue derribada para construir el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG)

Deja un comentario

Archivado bajo Historia de Venezuela, Literatura Latinoamericana, pensar a Venezuela, perfiles

Cuando la Patria es solo una excusa

Bolívar conferencista - Elsa Morales

Bolívar conferencista (Elsa Morales, 1983)

Cuando la Patria es solo una excusa

Por Guillermo Ramos Flamerich

No sirvo más a la Patria,

La guerra me tiene loco;

Porque el trabajo es muy recio

Y el pago que dan muy poco.

Copla tachirense del siglo XIX

Con amagos de coraje habla de un fervor patrio y de evocar el espíritu de Bolívar y Sucre. Equipara el episodio de nuestra política exterior actual con aquel bloqueo a las costas venezolanas de 1902. Compara «a dos hombres humildes a quienes la historia colocó ante el dilema de afrontar cualquier circunstancia», refiriéndose a él y a Cipriano Castro. La cámara enfoca el rostro de Simón Bolívar y luego el suyo. Se coloca los lentes y empieza a leer, con relativa fuerza y mediana convicción, la famosa proclama que Castro utilizara en respuesta a las agresiones de las potencias europeas, aquella de «La planta insolente del extranjero…».

Se trata del presidente Nicolás Maduro, la noche del 9 de marzo de 2015,  dando respuesta en cadena nacional a las sanciones a siete funcionarios y la declaración de Venezuela como «riesgo extraordinario» por parte del gobierno de los Estados Unidos. Nada más apropiado para una gestión decadente y con baja popularidad que fomentar un patriotismo, visceral y sin opciones, que sirva de escarmiento a quienes se le oponen. Las pintas de «Gringo, ¡respeta!», que han cubierto las paredes de nuestras ciudades, no serían tanto una respuesta a los estadounidenses sino a todo el que refute a la Revolución Bolivariana.

En los últimos tres lustros los términos patria, nación, venezolanidad, se han querido fundir con la imagen de una persona y de un único proyecto. Es una lucha entre buenos y malos, en donde apoyar al gobierno significa ser un verdadero venezolano y llevar consigo lo más noble del país. En cambio, tener una mínima idea en contra de lo oficial, parece el equivalente a categorías que van desde agente del imperialismo, hasta ignorante y traidor.

Desde un principio la Revolución Bolivariana buscó vincularse con lo más resaltante de la llamada identidad nacional. Simón Bolívar, los símbolos patrios y la herencia cultural son motivo recurrente en el discurso de todo el que pretenda reafirmarse como heredero de las glorias pasadas. La conexión divina-heroica que pretendía fijar Hugo Chávez como reivindicador del Libertador y vengador de la traición que este sufriera por parte de las oligarquías, buscaba borrar la labor civil -con sus luces y sombras- y enajena el proceso sociopolítico venezolano con la retórica de casi dos siglos de explotación, entrega y corrupción.

Con los símbolos patrios: la desgastada institucionalidad de los años noventa y el deseo de cambio, consolidó el discurso de un país rico y pueblo noble, pero desgobernado. El regreso a lo primario se convirtió en moda y lucha en la primera etapa de esta historia en desarrollo. Se evidenció en el uso de la bandera en mítines y manifestaciones por parte de gobierno y oposición. El cambio de nombre a República Bolivariana y la anexión de una octava estrella, contribuyeron a una más clara división de lo que el poder imponía como venezolanidad.

De la herencia cultural: música y tradición han apalancado la propaganda oficial. Su uso como elemento de batalla y reconocimiento al país invisible, trajo como consecuencia un primer acercamiento a las raíces, pero la exageración y radicalidad han transfigurado lo que debería ser de todos. Hablan de inclusión, excluyendo. Esta ola de nacionalismo impuesto, sumada a la crisis como sociedad, contribuyen a la repulsión y burla hacia muchos de estos elementos, un bajón del autoestima colectivo, la simple indiferencia y el cinismo de una población que prefiere sobrevivir a reflexionar sobre su imaginario y sustento espiritual.

Mientras tanto, el Estado utiliza sus recursos no para proyectar al país del mediano y largo plazo. Los usa para intentar recobrar la popularidad perdida, movilización de masas, más y más propaganda, arengas violentas y cargadas de intolerancia.

Revivir los hechos pasados a conveniencia y fomentar la defensa y amor a la patria, de nada sirven si el costo de la vida aumenta, la propia vida ha dejado de ser un valor primordial y la verdadera soberanía se pierde por la destrucción del aparato productivo, negocios que en nada benefician el interés nacional y la entrega sin reclamos de la Guayana Esequiba. De nada sirve que el presidente Nicolás Maduro lea que el «sagrado suelo de la patria ha sido profanado», si más de diez millones de venezolanos hoy viven en la pobreza.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 19 de marzo de 2015

Deja un comentario

Archivado bajo Historia de Venezuela, Opinión, pensar a Venezuela

El siglo de Ramón Jota

El siglo de Ramón Jota

Este dibujo lo hice a los nueve años. Su fecha es del 31 de enero de 2001. Ramón J. Velásquez como presidente en un país en crisis

El siglo de Ramón Jota

Por Guillermo Ramos Flamerich

En el momento en que Japón estaba por empatar el partido, que luego perdería 4-1 ante Colombia, a 5070 Km de distancia -en la Plaza Altamira de Caracas- la Guardia Nacional se proponía remover algunos intentos de barricadas y los últimos manifestantes de la marcha convocada para ese día, se retiraban.

Varias cuadras al norte, el ambiente frente a la Quinta Regina era de calma. Dos personas en la entrada esperaban para salir. Menos de doce horas antes el ilustre morador de Regina, Ramón J. Velásquez, ex presidente, historiador y periodista, había fallecido a los 97 años.

El par de veces que pude visitarlo, pensaba en hacerle preguntas hasta no parar. Pero al tenerlo frente a frente, lo fundamental se convirtió en escucharlo. La historia contemporánea del país en detalles, relatos y vivencias. Ese tono de voz andino, fuerte con matices agudos, cada vez con menos aliento por el paso de los años y esa mirada lúcida tras la pasta gruesa de sus lentes, con la que había visto, entre tantos, a Juan Vicente Gómez, Rómulo Betancourt y Hugo Chávez.

Sobre este último, está la anécdota recogida por Yohanna Molina  en el libro Trincheras de papel: el periodismo venezolano del siglo XX en la voz de doce protagonistas (2008), en la cual, durante la toma de posesión de Chávez, el 2 de febrero de 1999, este le dice a Ramón J.: «¿No le parece, Dr. Velásquez, que lo que estamos presenciando es un capítulo de su libro La caída del Liberalismo Amarillo?». A lo que le responde: «Usted piensa así señor Presidente, muchas gracias por su mención al libro, esa es la historia y así empieza una nueva».

La respuesta dice mucho de la persona. El respeto, la compostura y su doble condición de servidor público. Como historiador, periodista, custodio de la memoria del país y como político.

En esta primera condición están labores como la organización del Archivo Histórico de Miraflores: cartas, telegramas, discursos, casi fulminados por las polillas para mediados del siglo XX. Los cuales comenzaron a organizarse y preservarse durante su gestión en la Secretaría de la Presidencia. La publicación de las colecciones del Pensamiento Político Venezolano del siglo XIX y XX, la creación de Funres (Fundación para el Rescate Documental Venezolano) y la divulgación y análisis de una etapa histórica que lo apasionó, esa que transcurre desde La caída del liberalismo amarillo y prosigue en las Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez.

En su condición de político, los cargos de senador o ministro se pueden sumar a su empeño de preservar la memoria del país. Pero en 1993 llegó un momento estelar. Ese cargo de Presidente de la República, intrigante y herencia de los personajes que tanto había estudiado, ahora le tocaba asumirlo.

Era el «puentecito de madera», como describe esa etapa Diego Bautista Urbaneja en su libro La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días (2007). Un país en crisis económica, institucional y social.

Una parodia de la Radio Rochela de aquellos años ilustra el desafío que recibía Ramón J. En sesión conjunta del Congreso, Ramón Costas es nombrado presidente interino, la única condición que pide es que no lo dejen solo en el gobierno. Después de jurar cumplir las leyes de la república y «no comerse la luz roja del semáforo», el salón poco a poco va quedando vacío. El último diputado en retirarse le recuerda que debe apagar la luz antes de irse. Ya como monólogo, Costas hace su declaración final: «Venezolanos. Me toca, entonces, echarle pichón yo solito. Gracias, honorables senadores, gracias honorables diputados, gracias empresarios, gracias…».

Al final de su vida pudo verse retratado en ficciones muy reales. La novela El pasajero de Truman (2008), de Francisco Suniaga y la obra de teatro Diógenes y las camisas voladoras (2011), de Javier Vidal, hablan del joven Velásquez –o Román Velandia, como lo nombra Suniaga– vivaz aprendiz de periodista y secretario privado de Diógenes Escalante, ese personaje dramático, exponente de lo que pudo ser y nunca fue, tan presente en la cultura venezolana.

Vidas y drama de Venezuela.

Es así como se despide el observador y protagonista de un siglo de errores y aciertos. Una vida longeva. Quizás, en sus últimos años, con muchas más expectativas de lo que puede ser la república mañana mismo, dentro de diez años, dentro de un siglo.

Visita de Guillermo Ramos Flamerich a Ramón J. Velásquez en 2010.

Ramón J Velásquez y Guillermo Ramos Flamerich en 2010.

1 comentario

Archivado bajo crónica, Historia de Venezuela, pensar a Venezuela

Tomás Straka, el historiador y su tiempo

Tomás Straka, el historiador y su tiempo

Entrevista aparecida originalmente en la revista Ojo (cultura universitaria) edición número 20 – año 2013

Tomás Straka, el historiador y su tiempo

Por Guillermo Ramos Flamerich

 «El romero se paró al pie de la ermita que se levanta a un lado del camino, en la colina desde donde se domina la villa de muros encalados y techos de tejas. El romero pidió agua y los monjes le ofrecieron el pan y el fuego.», así comienza el relato Eclipse, publicado en el Suplemento Cultural de Últimas Noticias el 21 de noviembre de 1993. El autor es un aspirante a profesor en el Instituto Pedagógico Nacional. Busca abrirse paso en la escritura y aunque esas líneas son solo ficción, su destino será investigar, analizar y plasmar con su prosa parte de la historia venezolana. Su nombre es Tomás Straka

Al mostrarle la página del periódico donde aparece publicado, amarilla y con dos décadas a cuestas, Tomás se impresiona y todo lo encierra en una frase: «Te has convertido en un arqueólogo». Él también lo ha sido.

El sitio más cómodo para comenzar esta conversación es una biblioteca, la del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB. Esa atmósfera húmeda, el sabor a libro mojado, los bombillos fluorescentes y el historiador sentado, dan pie a cualquier tema que tenga que ver con el ser humano, la memoria y el país. No todo es análisis y academia, también existe una vida que contar. Pero el tema político en estos tiempos siempre será el primer plato.

Vivimos una etapa donde la mediocridad parece superar eso que se ha llamado el  «bien del intelecto».

–Creo que estamos comenzando a dejar atrás lo más grueso de la mediocridad. A lo mejor somos muy optimistas con el pasado, tal vez le hubieras preguntado a algún constituyente de 1946  sobre este tema y te respondiera: «aquí si hay mediocridad». En un congreso de Juan Vicente Gómez había mucho talento, pero hicieron cosas mediocres. Eso los hace más culpables. Pero en estos años también ha surgido una nueva cosa, en todos los ámbitos. Montones de escritores, que hace apenas una década eran unos muchachos y la gente no los conocía, han aparecido. Así como el liderazgo de la oposición. Los que están en la cabeza, salvo Ramón Guillermo Aveledo, los tres fundamentales, hace quince años eran desconocidos.

Tomás tranquilamente puede ser etiquetado en función a esa generación intelectual emergente. Aunque le ha tocado entrar al «boom» que ha permitido a parte de sus colegas, no tan jóvenes y con trayectorias más largas, vender libros sobre la historia nacional con un éxito inusitado y los ha fortalecido como líderes de opinión. Tal es el caso de: Inés Quintero, Elías Pino Iturrieta o el fallecido Manuel Caballero. Tomás se integra a ellos y con mayor frecuencia los medios de comunicación buscan su opinión, sus deseos y hasta predicciones. Muchos intentan encontrar en el pasado algún mapa que ayude a transitar un presente complejo.

¿Los comienzos se dieron con la escritura o la lectura?

–Yo creo que empecé escribiendo. Desde muy niño. Mi primer concurso de cuentos lo gané a los siete años. Con el cual recibí una beca que me duró hasta que estuve en el Pedagógico. Fue un cuento sobre mi familia, sobre sus características. La premiación se dio en el parque Los Caobos, estaba la primera dama Betty de Herrera. Recuerdo que el primer premio de la beca eran 120 Bs mensuales y el segundo una bicicleta. Desde mi mirada de niño quedé bastante decepcionado, hubiera preferido la bicicleta. Pero me gustaba escribir, mi papá era un hombre de libros. Se jubiló cuando yo estaba pequeño y leía mucho y escribía. Mi abuelo también escribía. Ya somos tres generaciones de Straka que hemos publicado cosas.

Alguna vez escuché que Tomás era el «historiador más grande que tenía Venezuela» y en parte, de manera literal, lo es. Dos metros de altura, quizás unos centímetros más, forman su figura. En él, los rasgos de la mezcla. Su padre, Hellmuth Straka, antropólogo, espeleólogo e investigador de origen checo. Por parte materna, con ascendencia de El Callao y Barlovento. Tomás caracteriza a buena parte de los venezolanos nacidos a partir de la segunda mitad del siglo XX, al convertirse el país en un receptor de culturas, y formador de nuevas maneras de sentirse venezolano. Él es de 1972.

–Eres parte de una generación que se le acusa no querer involucrarse o saber de política, ¿cómo afectó la política tus inquietudes juveniles?

–En bachillerato fui miembro de centros de estudiantes. Nuestra vocación era más cercana a la izquierda, pero la caída del Muro de Berlín nos afectó. Fue un hecho trascendental en nuestras vidas, un punto de no retorno. Entrar al Pedagógico era otro mundo, la burocratización de la protesta, y un grupo representante de los restos de una izquierda a la cual yo veía muy corrompida, que habían perdido todo miramiento ideológico y se habían enquistado allí.

Su etapa de estudios en el Pedagógico la vive en un país con una creciente crisis política e institucional. Pero estos años también sirven para mejorar la técnica de escritura, conocer las teorías de Federico Brito Figueroa, formar parte de la revista Tierra Firme, dar clases en liceos y colegios privados. Así como descubrir su corriente de investigación y mostrarse consecuente con Marc Bloch cuando definió la historia como «el hombre en el tiempo».

–¿Qué entiendes de lo que ha ocurrido en Venezuela en los últimos meses?

Una cosa muy hermosa, que la libertad humana se impone. Por eso quienes creen encontrar leyes históricas para predecir el futuro, suelen equivocarse. Se ha demostrado que en última instancia la humanidad puede tomar decisiones que no están previstas. Sin embargo esa libertad, esas decisiones, puedes conectarlas con otros procesos. Esto que ha ocurrido en los últimos meses lo que ha hecho es acelerar un curso que ha venido desarrollándose desde el 2007 para acá. El cambio se está dando, lo que no sabemos es para qué. Uno ve una tendencia, hay una propuesta que está en declive, otra en ascenso. Pero no está escrita la última palabra.

–¿Tu obra fundamental está por llegar?

Ojalá. Porque si mi obra fundamental es cualquier cosa de las que he escrito, iría al cielo o al infierno con muy poca satisfacción.

1 comentario

Archivado bajo entrevista, Historia de Venezuela, pensar a Venezuela, perfiles, UCAB

Perfiles: Mis años con Hugo Chávez

Hugo Chávez por Zapata

Hugo Chávez por Pedro León Zapata (c. 1999-2000)

Mis años con Hugo Chávez

Por Guillermo Ramos Flamerich

La única vez que vi a Hugo Chávez en persona fue en su féretro. De un tono grisáceo, hinchado, algo aplastado y la textura de su rostro como una escultura de arena. Reposaba con su casaca militar verde oliva, la boina roja y una tela del mismo color –en la parte superior de su abdomen– con la palabra: milicia. No parecía el hombre que durante dos décadas había marcado la vida nacional con su fuerte discurso, insultos, cantares, con el Cristo en las manos y las arengas violentas.

Su cuerpo era una figura inmóvil que no irradiaba nada. El esperar para verlo durante segundos fue de seis horas. Afuera, el ambiente era de propaganda, sentimientos sinceros, una porción de curiosidad y otra de faranduleo. Seis horas acompañado con el repertorio musical construido por la revolución bolivariana, y la omnipresente «Patria querida». La última melodía presidencial y obertura de la campaña a favor de Nicolás Maduro.

Hugo Chávez fue un hombre de rituales siempre conectados con la preservación de su imagen en la memoria histórica. Hasta la propia cadena del 8 de diciembre de 2012 –la cual ya sabemos fue su despedida– estuvo cargada por el simbolismo y el dejar en claro los puntos esenciales para la permanencia en el poder de un proyecto más personal que ideológico. Morir al mando trae consigo funerales espectaculares al estilo del cuento de García Márquez, Los funerales de la Mamá Grande, pero eso no construye una imagen idealizada eterna, la cual debe afrontar el juicio histórico y algo peor y muy latente en Venezuela, el olvido.

Algo recuerdo de la campaña presidencial de 1998. Tenía siete años. Era emocionante vivir una primera elección. Las marionetas del programa Muñecotes; las entrevistas de La Silla Caliente con Oscar Yánes; el auge del discurso patriótico; el discurso pragmático y la desesperación de los sectores tradicionales; el apodo de Frijolito que recibió Salas Römer; la mujer adeca que en una cuña se declaraba chavista y la grabación que los adecos presentaron de un Chávez listo para «freírlos en aceite hirviendo».

El 2 de febrero de 1999 me ausenté de mi salón del segundo grado para aparecer en la sala de video del colegio, donde los del sexto analizarían la toma de posesión presidencial. Allí pude escuchar la palabra moribunda antes de constitución y el comienzo de una presidencia tan larga que marcó la niñez, la adolescencia y temprana adultez de mi generación. Ese año se le dio punto final a la constitución de 1961 y un desastre natural acabó con el Castillete de Armando Reverón, parte de una de las mayores tragedias naturales ocurridas en el país. La que vivió el estado Vargas en aquel diciembre.

Para Hugo Chávez esos primeros meses deben haber significado vivir un sueño. Eso que había anotado en su diario sobre alguna vez regir los destinos de su país, era ahora realidad. Los dos primeros años fueron de viajes por el mundo, darse a conocer, de vivir lo insospechado y de prometer un país refundado. Pero su imagen era la de un político popular convencional, sin esa semejanza con lo celestial que intentan crear con su muerte.

Desde finales de 2001 y hasta 2004 el sueño que vivía parecía haber terminado. La incompetencia, los primeros casos de corrupción, la terquedad y el discurso de división, así como un acercamiento más allá de lo normal con Fidel Castro, casi lo sacan del poder. Pero quizás con la suerte que siempre lo acompañó, pudo salir de todo ello y llegar a un 2005 pleno, ejercitándose en Sao Paulo, presto a vender las Misiones traídas de La Habana,  burlándose de un desprestigiado George W. Bush y con un nuevo triunfo en diciembre de 2006: la reelección por seis años más.

En el 2007 el cierre de RCTV, el Movimiento Estudiantil y la pérdida de la Reforma Constitucional le dieron un año «de mierda», como él se expresó sobre la victoria de la oposición. Pero en 2009 logró la reelección indefinida. Su propósito de gobernar hasta el 2021 y más allá, se acercaba. Con el control de los poderes públicos, de los recursos de la renta petrolera, las fuerzas armadas, de la mayoría de medios, la minimización de la oposición, financiamiento de movimientos afines en la región y cierta notoriedad internacional, cualquier problema básico del país: servicios públicos, seguridad, alto costo de la vida, falta de productividad, parecía ínfimo ante un proyecto continental. El cual debería llevarlo a la gran historia, esa formada por coronas de laureles.

Pero lo venció el enemigo más pequeño. No cuidarse, no descansar, dedicarse por completo a construir su legado personal y la ambición de más poder, lo llevaron a una larga y penosa enfermedad. Con la cual no cabe duda que sufriera. De esta pueden surgir tantas leyendas y rumores como personas hay en el mundo. Desde el castigo divino hasta la inmolación, lo cierto es que la ambición lo llevó a seguir y no dar pausa, a dar el resto y de vivir su última elección desde el más allá. Porque el 14 de abril es la última elección de Chávez, su último adiós.

El lunes 11 de marzo, momentos antes de la inscripción de Nicolás Maduro ante el Consejo Nacional Electoral, cerca de una venta de dulces y un centro de llamadas improvisado –en Bellas Artes– un niño jugaba con dos muñecos. Uno de ellos era el vaquero Woody de Toy Story, sin su sombrero; el otro, la figura de acción de Hugo Chávez, sin su boina. Él los enfrentaba como en la lucha libre. Por un momento intentó quitarle la ropa al muñeco del extinto Presidente, pero el señor que estaba junto al niño lo impidió. Poco tiempo después el niño volvió a su faena de juegos. Woody arrastraba la figura de Chávez, lo tiraba al suelo.

Varias personas que pasaron vieron el hecho como sacrilegio, el niño estaba inmutable en su juego. Quizás así estamos los venezolanos de hoy en día, imbuidos en el juego de la cotidianidad. Sin conocer en cuál proceso histórico estamos realmente inmersos. Sin saber si lo ocurrido en estas décadas es el mero trámite para una etapa de cambios mayores para nuestra sociedad.

5 comentarios

Archivado bajo Historia de Venezuela, pensar a Venezuela, perfiles