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Historia personal de la telenovela

Guillermo Ramos Flamerich
(A puerta cerrada – RCTV, 1996)

Historia personal de la telenovela

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En cualquier telenovela, se dice mil veces la palabra boda y no se pronuncia ni una vez la palabra orgasmo. ¿Eso no te parece una definición del género?»

Manuel Izquierdo a Pablo Manzanares en Rating, de Alberto Barrera Tyszka (2011)

Era 1996. La Agenda Venezuela comenzaba su breve apogeo, todavía en televisión aparecían los ahorristas defalcados por la crisis bancaria de finales del 93 y comienzos del 94. La Macarena estaba de moda, el Papa había visitado Venezuela por segunda vez y en Estados Unidos era año de elecciones. Bill Clinton lograría la reelección y Atlanta era la sede de las olimpiadas. Nada de esto me importaba demasiado. Era un niño de cinco años, y mi mamá buscaba como distraerme en mis vacaciones de segundo nivel.

Lo más conveniente era ir a ver –en vivo– a las estrellas de la telenovela que veía todas las noches por Radio Caracas Televisión. Se trataba de Los Amores de Anita Peña, protagonizada por María Alejandra Martín, Franklin Virgüez, y Rafael Romero. Se iban a presentar en el estudio de La Campiña, en el programa de las mañanas que conducía Marietta Santana: A puerta cerrada.

Y yo todo emocionado. Mi pequeña humanidad corría de un lado a otro. Estaba inquieto por entrar. Eso era gigante, de los lugares más grandes que había visto hasta ese momento. Todas esas luces y cámaras y personas como en la penumbra. Y el estudio todo iluminado. ¿Qué era eso? Ah, la pensión y la casa del vampiro y el otro lugar que no recuerdo. Eran las locaciones de la telenovela.

Mi mamá y yo buscábamos donde sentarnos. Todo estaba lleno. Todo. Todo. De repente escuché un rumor: «Van a rifar unos boletos de avión a Margarita. Marietta va a elegir a alguien del público y va a hacerle preguntas». Lo decía un gordito emocionado. Imaginarlo hoy me da risa, pero en el momento detallé sus palabras como si escuchara a un ídolo. La semana anterior yo había imaginado que trabajaba en la novela, que mi personaje vivía en la pensión. Que todos eran mis amigos. Que era el niño de la casa.

Conseguimos dos butacas por la grada lateral izquierda, cerca de las escaleras. La visibilidad era aceptable. Y todo comenzó. Los actores recrearon una escena de la novela. Allí estaba Anita Peña y el vampiro y el negrito fantasma. Eran de verdad. Cerca de la mitad del programa Marietta habla de los boletos a Margarita cortesía de Viasa. Recorre parte de las gradas y de pronto se acerca hasta mi. «Vamos a preguntarle a este niño cuanto conoce de Los amores de Anita Peña. ¿Cuáles son los personajes masculinos principales de la novela? ». De inmediato respondí: «Drácula, el negrito fantasma y el otro negrito». No sé que dijo Marietta, no tengo más recuerdos. Solo el de mi mamá y yo buscando los pasajes en Viasa y el del viaje en avión. «Asientos de cuero, asientos de cuero. Es que Viasa es calidad», decía mi mamá antes de despegar.

De este viaje el mayor recuerdo que tengo es de cómo lo gané, de lo que hice o no en la isla, sólo quedan imágenes algo borrosas y sin mucho sentido. Eso sí, mi afición por las telenovelas aumentó progresivamente: El país de las mujeres (1998), Amantes de luna llena (2000), A calzón quitao (2001), Trapos íntimos (2002), Mi gorda bella (2002), Cosita Rica (2003). Y las producciones brasileras que competían –desde Televen– con RCTV y Venevisión. En ellas los sentimientos humanos aparecían al límite. No ver un episodio era sentir que algo le faltaba al día. Los domingos eran incompletos por esa razón. Los sábados pasan novelas, los domingos no. Y luego del sábado se podía dormir hasta tarde, si se quería hasta el mediodía. En cambio los domingos era necesario acostarse temprano, porque al día siguiente había que madrugar. Es ese otro cuento de la lucha entre dos días hermanos.

Pero las pasiones que levantan los llamados «culebrones», no son solamente por lo que cada capítulo transmite, sino también por el hecho de ser telenovelas. Son basura, las actuaciones son forzadas, no enseñan, su producción es mediocre, alienan a la población, esas son algunas de las críticas que durante años ha recibido el género. La burla recurrente cuando se les quiere atacar: una escena sobreactuada donde alguien llama al protagonista por un nombre kilométrico para decir que no pueden estar juntos por ser hermanos.

A finales de 2002 Leonardo Padrón –quien ha hecho de la telenovela una forma de trabajo– publicó en la Revista Bigott un artículo titulado: La telenovela, ¿género literario del siglo XXI? En sus páginas expone varios puntos interesantes. Uno de ellos: «Sí, las telenovelas han funcionado así durante años: con argumentos superficiales, con el simplismo de su esquema narrativo, con la manera abusiva como prolongan la historia, con la presentación de estereotipos en vez de personajes, con diálogos banales o impostados, con sentimientos toscos y vulgares. Así son, así gustan. Pero, digo yo, la historia de la cultura del hombres la historia de la evolución de sus rituales creativos. (…) La telenovela es aún un género joven, muy joven, históricamente hablando, más allá de que sus raíces estén en el folletín del siglo XVIII y en los nombres de Alejandro Dumas, Balzac, Víctor Hugo y Dickens».

Un género joven con altas y bajas. Atrás quedaron las denominadas «telenovelas culturales», regidas por la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas o Salvador Garmendia. También las que reflejan una realidad política y social, las que tocan la denuncia. Ejemplo de ello fue Por Estas Calles (1992-1994). Venezuela ya no es la exportadora de este producto de consumo masivo. La competencia interna decayó desde el cierre de RCTV. Abundan las telenovelas importadas y cuando se logra producir una en el país, es celebrada casi con el título de «Suceso del año». Desde el poder se vende la «telenovela socialista» pero es esa la nueva historia de un viejo fracaso: la imposición.

Toca rememorar y repensar lo mucho que se puede hacer. Cómo integrar creatividad y calidad junto con la preexistente cartilla sentimental. Es la telenovela un negocio, pero también una forma de ser latinoamericano, de ser venezolano. Es parte de nuestra idiosincrasia ese arte de narrar nacido en las tabaquerías cubanas de finales del siglo XIX. En las cuales se leían en voz alta capítulos de los folletines sentimentales que a las torcedoras de la fábrica hacían llorar, reír, gozar. Algo así explica Ibsen Martínez en un artículo dedicado a la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka, parte de las obras de ficción que han surgido para analizar el género. Y con la cual se inicia el recorrido por esta historia personal.

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Cuento con Renny Ottolina

Cuento con Renny Ottolina

El encuentro

Por Guillermo Ramos Flamerich

Hey, estudio Comunicación Social y no tengo ninguna cualidad. Ni sé manejar bien una cámara, escribiendo notas de prensa soy un desastre y eso de hablar en público no se me da. ¿Qué voy a hacer?, ya estoy terminando el segundo semestre y siento que no sé nada. Eso sí, no me veo estudiando otra cosa. ¡No no, no! Por algo elegí esta carrera, porque en el fondo, en lo más profundo de mí, sé que seré importante. No sé ni cómo, ni dónde ni cuándo –debería escribir una canción así– pero lo seré.

Por ahora, me toca ver qué hay de interesante en Facebook. Facebook, tú me consuelas ¿verdad? Eres el mejor invento del mundo. Ni Twitter te supera, bueno, está a la par. Pero por Facebook chismeas a los demás. Lo interesante de Twitter son las biografías que pone la gente: Melómano, escritor, productor, alto atleta, comprometido con el país, filósofo de fines de semana, posmoderno. Tanta paja. Todo es un disfraz. No debo pensar tanto en eso y ocuparme más de mí. ¿Cuál es mi talento especial? Sé sobre alguna que otra película, pero más ná…

Es viernes por la noche en casa de Miguel. No tiene nada que hacer, solo complacer su adicción al Internet. A veces ni le interesa lo que está viendo frente al monitor, solo tiene que estar allí. La televisión dejó de ser la compañera de soledades –lo fue en su infancia, la amaba, la idolatraba, era su todo– y entre redes sociales y páginas pornográficas, Miguel pasa las últimas semanas antes de cumplir dieciocho años. La mayoría de edad en Venezuela. A él no le importa, todo ha sido igual.

Ajá, son las once de la noche, once y uno. Esperaré a las once y once y le tomo una foto. No debería colocar ningún estado en Facebook, debería estar de rumba, jajajajaja. Lo pensarán, daré la sospecha de que estoy en la fiesta del siglo.

La monotonía cubre la mitad de los minutos de las once en el cuarto de Miguel. Nada ocurre, hasta que, a las 11:42 de la noche, terminando ya aquel viernes, el servicio eléctrico se ha caído.

Coooo, ¡coño de la madre! Sin luz otra vez. ¡Qué vaina! Ahora me toca pensar, ¿imaginar? Pero es que tampoco sirvo para eso. Ya va, ¿qué es esa luz que sale de la ventana, volvió la electricidad? Berro, no creo en fantasmas, pero esto que se acerca parece uno…

La luz se va disipando y aparece una figura de tamaño alto-normal, de contextura fina, de cabello negro, poblado por llamativas canas y unos lentes, también negros, de pasta gruesa. De sus labios sale un silbido que Miguel ha escuchado pero no sabe dónde, de allí en unos escasos segundos la figura convertida en hombre dice:

–Hola, ¡Soy Renny Ottolina!

–Hey, he escuchado de ti. Tú eras muy famoso en el año del katashimplum. Mi abuela creo que habló de ti una vez. Ah sí, por lo de un comercial con unas vacas y el tránsito…

–No sé. Yo soy el Renny Ottolina de 1973, todavía no he hecho eso.

–Anótalo ahí, haz esa idea y le das el crédito a alguien que no ha nacido. ¿Por qué me aparece un fantasma ahora que se fue la luz?

–De otra manera no prestarías atención. He estado aquí, merodeando. Veo que estudias Comunicación Social pero, ¿de qué te sirve si no explotas esa talento de comunicador nato que tienes en ti?

–Qué se yo, la verdad es que no sé nada. Ni siquiera en las clases voy bien. Pero esto me sirve para no estudiar algo con numeritos, aunque los he visto y duelen un montón, dígame estadística, dígame…

–Eso no importa, ¿Viste Sueño de un seductor?

–No.

–Bueno, es una película donde el espíritu de Humphrey Bogart le enseña a Woody Allen a seducir a las mujeres.

–¡Woody Allen!, Vicky Cristina Barcelona es bien chévere. La vi hace poquito y bueno, la verdad es que…

–Deja de hablar tonterías y escucha. Aprende a expresarte, comunícate. Yo no estudié en la universidad pero eso no me impidió lograr mis objetivos.

Este tipo, que además está muerto, quiere que a medianoche me ponga a seguir sus consejos. ¿Qué loco esto, no? Ahí está contándome su vida, para eso tengo Wikipedia. Que si esto y lo otro. Ummm, pero ¿los fantasmas oirán los pensamientos? No debería pensar, quizás sepa todo lo que tengo en la mente, que miedo.

–Sí, los espíritus (no me llames fantasma) podemos escuchar los pensamientos de los que aún viven.

–Ok, ahorita debería aparecer la cara del meme triste, jajajaja.

–¿De qué?

–Después te explico. Me estabas contando sobre Renny Presenta.

–Logré cambiar la televisión venezolana. El estilo que impuse se convirtió en algo único y singular. ¿Sabes por qué?

–Si supiera por qué no estaría en la medianoche del sábado hablando con un «espíritu», ¡dah!

–Porque borré de mi mente el «yo no puedo», el «no lo lograré». Eso lo cambié por innovación, por el trabajo constante y por buscar lo mejor de lo mejor.

–De lo mejor, lo mejor, de lo mejor. Pareciera que me estás vendiendo un producto. Entonces, ¿de verdad piensas que puedo ser un gran presentador de televisión, de llegar a La Guerra de los Sexos y todo?

–Bueno, si eso quieres…

–¿Conocen La Guerra de los Sexos en El cielo?

–La verdad tengo mucho que explicarte. Eso de cielo e infierno no es como lo pintan en la tierra y sí, en el «Más Allá» nos llega la señal del satélite. Qué triste la televisión actual venezolana, que triste…

–Supongo. Ese también es otro tema para discutirlo en otra sesión, ¿no?

Este de seguro está en el infierno y no me quiere decir nada. Bueno, vamos a ver que más tiene que decir el diablillo este, quizás tenga un tema de conversación para hablar con mi abuela en domingo.

–No lo estoy.

–¿Qué?

–Que no estoy en El infierno. Recuerda que puedo leer tu mente.

Es cierto. La verdad es que estoy tomando cierto ánimo con la vida de este señor. Hasta me cae bien y todo. Desearía haber visto algunos de sus programas.

–Puedes ver extractos en You Tube. Lo importante es que a la hora de hacer lo que debas hacer lo hagas con propiedad, con seguridad y con un estilo propio, tu puedes Miguel. Yo se que sí.

El cuarto se convierte en escenario de televisión de principios de los setenta. Todo se torna en blanco y negro. Aparecen luces, cámaras, bailarinas, decenas de personas esperando estar al aire. Miguel se extraña de su atuendo, tiene un smoking negro y de su cuerpo solo brota energía y sonrisas:

–Amigas y amigos, encantado en saludarles, esperamos entretenerles en los próximos minutos, ¡ojalá les guste y gracias! Presentó para ustedes Miguel Gómez.

–¡Muy bien, Miguel! Ahora te toca ser tu mismo. Eso sí, no te lances después a Presidente.

–¿Y eso?

–No querrás saberlo…

Regresa la electricidad al cuarto de Miguel, a su apartamento y a toda la zona. Se escucha nuevamente el silbido pero esta vez se va apagando poco a poco. Renny Ottolina, su espíritu, ya ha salido de la habitación. Son las 12:42, pasada la medianoche. Miguel está de nuevo frente a la computadora, lleno de pestañas de páginas abiertas en el Internet. Decide apagar el ordenador y reflexionar en su cama la experiencia que acaba de vivir.

FIN

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