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#CentenarioCaldera: Discurso ante el Congreso de EEUU – 1970

Discurso Congreso EEUU 1

Discurso pronunciado en la Cámara de Representantes del Capitolio. Washington D.C., 3 de junio de 1970

Discurso del Presidente de Venezuela ante el Congreso de los Estados Unidos

Por Rafael Caldera Rodríguez

Al mediodía del míercoles 3 de junio de 1970 el Presidente de Venezuela, Rafael Caldera, se dirigió al Capitolio de los Estados Unidos donde pronunció un discurso en inglés ante ambas Cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta. A la misma asistieron en pleno el gabinete de Richard Nixon y el cuerpo diplomático. El discurso recibió repetidas ovaciones por parte de los legisladores, una de las cuales fue hecha de pie:

Señor Presidente, honorables senadores, honorables congresantes. El honor que el Congreso de Estados Unidos me hace, al recibirme en esta sesión especial y conjunta, es sobre todo deferencia a Venezuela y a la familia latinoamericana de naciones. Este gesto obliga a mi profundo reconocimiento.

Estamos viviendo, en América Latina y quizás en el mundo, un momento decisivo para la confianza de los pueblos en la libertad. El resultado va a depender de la posibilidad de probar que a través de la democracia, mejor que de cualquier otro sistema, se es capaz de lograr la justicia y de realizar el desarrollo.

Quizás el hecho de venir de la tierra de Bolívar, pletórica de hechos gloriosos en los días de la independencia y de momentos oscuros en su proceso de organización política, un país que mantiene hoy, con inagotable fe, el sistema democrático, justifica que los ojos se vuelvan a observarnos y se oigan con simpatía nuestras palabras.

Sé que al hablar desde aquí me escucha el pueblo de los Estados Unidos. Porque todos los ciudadanos de este gran país, sea cual fuere su preferencia política, su orientación ideológica o su interés económico, saben que aquí se debaten las grandes cuestiones que interesan a la Nación.

El Congreso de esta Nación va a cumplir doscientos años. En 1774 se reunió por primera vez, en Filadelfia. En 1776, su declaración de Independencia inició un nuevo capítulo en la historia política del mundo. Durante estos dos siglos, a través de modificaciones profundas en la geografía, en el comercio y, específicamente, en la mentalidad de los hombres, el Congreso ha funcionado con increíble regularidad.

Es interesante señalar esta larga y continua vitalidad, porque a veces se quiere justificar otros sistemas con el argumento de la duración. Hay quienes se dejan deslumbrar ante la prolongación de sistemas surgidos por la violencia y mantenidos por la fuerza, los cuales en definitiva, sólo producen obras efímeras, destruidas por el movimiento pendular de las contradicciones históricas, En cambio, el sistema democrático ha probado su capacidad de permanecer en medio de las vicisitudes y adaptarse a nuevas necesidades y a nuevas ideas.

Durante esta larga experiencia política, los Estados Unidos han experimentado en su propia carne hondas transformaciones. Sufrieron el rigor tremendo de la guerra civil y los inmensos sacrificios de la guerra internacional. Han vivido etapas de angustiosa tensión. Han sentido orgullosa satisfacción de sus extraordinarias realizaciones y padecido frustraciones, no superadas todavía, que preocupan a sus más elevados espíritus.

En otras latitudes, estos doscientos años han visto pasar diferentes alternativas.

Estaba muy reciente la reunión del primer congreso de los norteamericanos en Filadelfia, cuando Napoleón Bonaparte recorría los caminos imponiendo su omnímoda voluntad. Quince años duró su parábola fulgurante, tiempo bien corto en la existencia de los pueblos.

En este siglo se construyo otro imperio, impuesto por legiones de camisas pardas, que propagaron mitos inhumanos con movimientos de relámpago, alegando la quiebra de la democracia representativa. Fracasaron los nazis, como tarde o temprano cualquier sistema negador de la libertad y de la dignidad humana. Mientras tanto, la democracia subsiste y está llamada a perdurar.

Pero es también cierto, Honorables Senadores y Congresistas, que en el momento actual la humanidad experimenta la urgencia de cambios fundamentales en su vida institucional. El avance increíble de la tecnología les acelera y, por otra parte, los presiona la urgencia de quienes no participan o no lo hacen en plenitud de los beneficios logrados. Este es un hecho indiscutible y no hay excepción en el mundo. Hay países donde las contradicciones se sepultan en el silencio de las catatumbas, pero no por ello se deja de encontrar a través de un análisis agudo, fermento creciente de intranquilidad. Ya pasó el tiempo en que las conmociones y tumultos eran el vergonzante patrimonio de países que no habían adquirido carta de entrada en el club exclusivo de los pueblos civilizados. La ebullición se nota hoy en todas partes. Las facilidades de comunicación, los trágicos conocimientos adquiridos en la guerra y difundidos a través de mil canales, la crisis de algunas ideas morales, todo coadyuva a que, por ambición o por error, se trate de empujar a los pueblos al torbellino de la violencia.

Sabemos que las grandes mayorías, lo mismo en los Estados Unidos que en nuestra América Latina, lo mismo en Europa que en el Asia o en el África, anhelan la paz. Una paz fecunda que permita a las familias criar a sus hijos sin zozobra, adelantar su labor con la seguridad de que el fruto de sus esfuerzos será estable. Pero, para canalizar y fortalecer la voluntad de estas grandes mayorías, para renovar su vacilante de en el porvenir, para esterilizar la disidencia de aventureros y guerreristas, es preciso convertir en realidad un mensaje nuevo.

Ustedes han comprendido que una sociedad libre para sobrevivir y justificar su supervivencia, debe esforzarse en impedir que una gran parte de ella, aun minoritaria, vegete en la pobreza y en el subdesarrollo cultural. Así mismo, en la comunidad de naciones, y concretamente en este hemisferio, para asegurar la paz y garantizar la libertad tenemos que esforzarnos en cerrar la brecha cada vez mayor entre la opulencia y la miseria, entre el desarrollo fantástico de la tecnología y el subdesarrollo.

Densas promociones de jóvenes están imbuidas de esta verdad, aunque actúan de modos diferentes. Unos, los más, se entregan al estudio de los sistemas sociales y políticos, de las modulaciones de la vida económica, de las posibilidades técnicas para transformar al mundo. Otros, los menos, se dejan seducir por un afán de destruir, con la idea ingenia de que la destrucción de lo existente bastaría para que surgieran después las fórmulas que hicieran al hombre más feliz. Es quizás el bullicio de estos el que más suena, amplificados por los sistemas de sonidos de la civilización industrial: aquellos están esperando de nosotros un programa claro y convincente, una conducta cónsona con las aspiraciones populares, una actitud optimista para afrontar con confianza el porvenir.

Una verdad reconocida en nuestra época es la existencia de la comunidad internacional. El aislamiento ya no tiene lugar. Cada vez son más cortas las distancias físicas, lo que hace más absolutamente anacrónicas las distancias psicológicas entre seres humanos. Dentro de cada país, ya no se acepta más la falsa idea de que un grupo de privilegiados pueda menospreciar las condiciones infrahumanas de existencia en que se encuentran otros. Asimismo, ya está definitivamente obsoleta la idea de que algunos pueblos poderosos y ricos, podrían desentenderse del drama de otros pueblos, que por una razón u otra no han podido alcanzar su desarrollo económico y social. Decisiones que a veces permanecen confinadas al ámbito doméstico, pueden tener repercusiones increíbles en la vida exterior.

Venezuela, por ejemplo, exporta petróleo. Nuestra economía depende en gran parte de nuestras exportaciones petroleras. Cualquier decisión relativa al acceso del petróleo venezolano al mercado norteamericano repercute enormemente a nuestras posibilidades de vida y desarrollo. Durante el último decenio, la posición relativa de nuestro petróleo en los Estados Unidos ha ido sufriendo deterioro. Nuestro pueblo no puede entender que se nos haga objeto de trato discriminatorio. En las situaciones de peligro que ha atravesado el mundo, y en particular este hemisferio, la seguridad del suministro de combustible por parte de Venezuela ha constituido la mejor garantía de la disponibilidad de energía para las confrontaciones decisivas. Por otra parte, las divisas producidas por nuestras exportaciones han sido base para nuestra estabilidad monetaria. Ellas han permitido ofrecer al comercio exterior una aportación importante. Para los Estados Unidos somos, a pesar de nuestra modesta población, el tercer cliente en el ámbito americano y el noveno en el ámbito mundial.

Un trato justo, no discriminatorio, que asegure la presencia firme del petróleo venezolano en el mercado norteamericano y una participación razonable en su expansión, rebasa los términos de un simple arreglo comercial. Es condición del cumplimiento de los programas de desarrollo de un país vecino y amigo y clave de orientación de las relaciones futuras entre los Estados Unidos y la América Latina.

La existencia de estas cuestiones es un hecho. Anoto con satisfacción el que ese hecho está en vías de ser debidamente reconocido. La tesis de Venezuela es la de ventilar en la forma más clara posible los asuntos relativos al petróleo, que por sí mismo constituye un bien cuyo aprovechamiento es interés común de la humanidad. No pretendemos ningún ventajismo; nuestros intereses nacionales en el punto resisten el análisis más cuidadoso y están dispuestos a verificarse en las conversaciones más amplias.

Problemas similares afrontan los demás pueblo de América Latina. Productores de materias primas, ven deteriorarse o estancare sus precios, mientras suben los productos industriales. La baja de un centavo en cada libra de café, o de bananas, o de estaño, o de cobre, ¿Cuántas escuelas u hospitales hace cerrar, cuántos trabajadores hace despedir, cuantos dolores causa, cuántas rebeldías engendra en países amantes de la paz, capaces como cualquier otro de lograr un destino feliz?

Argumentos poderosos para un nuevo trato hemisférico, son las comparaciones entre la cantidad de productos primarios que era necesario entregar hace diez años a los países desarrollados para adquirir un tractor o para pagar los estudios de un joven en un instituto tecnológico y las que se nos exigen ahora. Suben los precios de las manufactureras, en parte porque es necesario y justo mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros que en su producción participan. Mientras tanto, se ejercen presiones para bajar el precio de los productos, de los cuales derivan los países en vías de desarrollo sus posibilidades de subsistencia.

La fórmula para lograr relaciones felices que a su vez traduzcan en amistad y cooperación internacional la influencia de este Hemisferio en el resto del mundo, no puede ser la lucha despiadada por comprarnos más barato y vendernos más caro. La tesis de que más comercio hará menos necesaria la ayuda, es correcta, en la medida en que el comercio sea más justo y esa justicia se traduzca para los pueblos en vías de desarrollo en una posibilidad mayor de lograr su urgente transformación. Creo en la Justicia Social Internacional. Según la concepción de Aristóteles, la justicia ordena dar «a cada uno lo suyo». En el devenir de su pensamiento a través de la filosofía cristiana «lo suyo» no es sólo lo que a cada hombre corresponde, sino también lo que a «la sociedad» corresponde para «el bien común». No hay dificultad alguna en trasladar este concepto a la comunidad internacional.

Discurso Congreso EEUU 2Así como la sociedad, el ámbito nacional, tiene derecho a imponer relaciones distintas entre sus miembros, así la comunidad internacional exige a los diversos pueblos una participación cónsona con su capacidad para que todos puedan llevar una existencia humana. Las obligaciones y derechos de los distintos pueblos han de medirse, por ello, en función de la capacidad y de la necesidad de cada uno, para hacer viables la paz, la armonía y el progreso y todos podamos avanzar dentro de una verdadera amistad.

Ustedes representan a un pueblo que ha logrado una suma de poder y riqueza. Dentro de su propio país, a ustedes los inquietan los sectores que no han logrado asegurar un nivel de vida satisfactorio y se esfuerzan a darles la posibilidad de salir del estado de marginalidad social e incorporarse de lleno a los beneficios logrados por la comunidad nacional. En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de otros pueblos.

He dicho al comenzar estas palabras que tengo la percepción de que hablo a todo el pueblo de los Estados Unidos. Estoy convencido de que el fututo del hemisferio depende de la medida en que ese gran pueblo haga suya la decisión de convertirse en pionero de la justicia social internacional. De asumir decididamente las cargas, obligaciones y compromisos que su inmensa riqueza y poderío le imponen frente a la América Latina y frente al mundo. En la medida en que ese pueblo, tan digno de nuestra admiración y de nuestra amistad, advierta que con lo que ha costado el programa de uno de los Apolos podría elevar el nivel de prosperidad y de felicidad de naciones como la nuestra, de cuya seguridad depende la suya, en esa medida estará abierto el camino para nuevos empeños y los doscientos años de experimento político de ustedes serán apenas el pórtico de varios siglos de vida democrática en el hemisferio occidental.

Deseamos que los Apolos continúen explorando el espacio. Pero los resultados de esa misma exploración hacen más imperiosa la necesidad de lograr que en la tierra todos los hombres vivan mejor.

Con este objetivo podemos entusiasmar a los jóvenes para una empresa ante la cual lo negativo se aparte y una rotunda afirmación prevalezca. Podemos inflamar el ánimo de las nuevas generaciones para el rescate de la idea de libertad. Buscando libertad vivieron a Norteamérica hombres jóvenes como era el francés Lafayette, el polaco Kościuszko o el venezolano Miranda. Bolívar, el Libertador, dijo en un memorable discurso al Congresos de Angostura en 1819 de esta nación «que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad». La libertad puede sufrir su crisis más dura si no se alimenta con las realizaciones de la justicia social. El escepticismo de los jóvenes sobre la libertad y la década de los años 30 produjo la arremetida del fascismo y el nazismo, que amenazaron arrasar hasta los cimientos de la civilización actual no podemos dejar ahora a la juventud sucumbir ante el llamado de la violencia y ante la negación de los valores fundamentales que dieron a la democracia vigencia.

Yo he sostenido y sostengo, Honorables Senadores y Congresistas, que una robusta amistad con nuevo signo entre los Estados Unidos y la América Latina es una necesidad, no sólo del hemisferio, sino de todo el planeta que habitamos Hay que comenzar por un esfuerzo de comprensión. Hay que repetir una y mil veces que ser diferentes no implica ser mejor ni peor. Los latinoamericanos tenemos nuestra propia forma de vida y no queremos adoptar servilmente las formas de vida que prevalecen en otras partes. Tenemos un fiero amor a nuestra independencia; ponemos nuestra dignidad por encima de nuestras necesidades. Para nosotros, como para ustedes según lo han demostrado en los momentos decisivos de su historia los valores del espíritu privan sobre los intereses materiales. Sabemos que podemos contar con la comprensión de ustedes, porque como un gran filósofo contemporáneo, Jacques Maritain, ha dicho, «el pueblo americano es el menos materialista entre los pueblos modernos que han alcanzado la etapa industrial».

Yo estoy orgulloso de ser latinoamericano. Ello no me priva de entender y admirar otras culturas, ocupa la de ustedes un sitio relevante. Como latinoamericano puedo afirmar en este lugar tan representativo del pueblo norteamericano, que es hora todavía de encontrar el sólido terreno para levantarse sobre bases autenticas en el entendimiento que deseamos.

Hay en nuestro país como en todos los países gente para la cual el único objetivo es actualmente el «odio estratégico» contra los Estados Unidos. Son minorías comprometidas ideológicamente en una lucha  que aspiran convertir en verdadera guerra civil internacional. Pero su éxito sería muy pequeño, no obstante ser activas y estrepitosas si no hubiera inmensos sectores cuyos sentimientos pueden fácilmente convertirse en antagonismo, porque no están contentos con actitudes que con razón o sin ella atribuyen a los Estados Unidos.

Cuando las declaraciones de algunos políticos llegan a las columnas de nuestra prensa, cuando la conducta de algunos hombres de negocios no corresponde a los que debería ser, una sensación de incomodidad invade la sensibilidad de nuestra gente porque para bien o para mal somos sentimentales.

Del mismo modo, al hombre común de Norteamérica le llegan a menudo imágenes desfavorables del hombre común latinoamericano. El «latinoamericano feo» ha de ser para muchos (sin un «best seller» que lo pinte) la encarnación real de sus intratables vecinos del Sur. Esto no debe ser.

El hecho de que el Senado y la Cámara de Representantes, en momentos de tan intensa actividad dentro de la política interior del país se hayan reunido para recibir al Presidente de una República latinoamericana y escuchar bondadosamente sus sinceras observaciones, será recibido allá como una prueba de buena voluntad y un signo que anuncia grandes posibilidades para una amistad renovada.

Los valiosos intentos que se hacen en ambos lados con el fin de lograr un entendimiento sincero tienen que pasar a la opinión general de nuestros respectivos pueblos, cuya decisión es final en el sistema de gobierno democrático.

Por ello es necesario que los dirigentes políticos, a la par de los dirigentes culturales, y los dirigentes económicos, hagamos en esfuerzo sostenido para llevar la concepción de una nueva política hemisférica hasta el corazón de nuestros compatriotas.

No basta que los presidentes conversen: es necesario que lo que de positivo puedan acordar reciba un franco respaldo en los Congresos y que estos, a su vez, cuenten con la conformidad de los ciudadanos, como electores y contribuyentes.

Estamos convencidos de que si entre los Estados Unidos y América Latina no pudiera lograrse una amistad verdadera y durable basada en la justicia, dispuesta a la revisión franca de los procedimientos, mal podría el universo aspirar a una organización fundada en el entendimiento general.

Por lo contrario, sabemos firmemente que una nueva, vigorosa y fructífera relación hemisférica, impulsada por el valiente rechazo de todo la que el pasado puede obstruir los justos términos de intercambio, será la mejor contribución de este hemisferio por la paz mundial.

Al cumplir la democracia sus doscientos años de vida, demostremos que sigue siendo el mejor sistema de gobierno.

Audio del discurso traducido al español por la Oficina Central de Información de Venezuela:

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Elisa Lerner: de una soledad a otra

Entrevista a Elisa Lerner

Entrevista aparecida originalmente en la revista Ojo (cultura universitaria) edición número 24 – año 2013

Elisa Lerner: de una soledad a otra

Por Guillermo Ramos Flamerich

En un apartamento más bien pequeño pero acogedor de Los Palos Grandes, Elisa Lerner, junto a su empleada de años Juana, convive con sus recuerdos, pero estos son interrumpidos continuamente por el presente. En el estrecho pasillo de entrada está un cuadro de Manuel Quintana Castillo firmado por sus compañeros del grupo Sardio en la ocasión de una fiesta de cumpleaños; también una pequeña pintura de Mercedes Pardo alusiva a su signo zodiacal junto a alguna caricatura dedicada por Pedro León Zapata; muñecas de trapo mexicanas y libros de colección. Todo esto bajo la mirada tranquila de viejas fotos familiares. Pero lo que sobresale de la salita-comedor es la luz que proviene del Ávila. Al fondo se abre una vista serena, es la montaña que guía a la ciudad. Al llegar la tarde solo ese rincón cambia de color. Diferentes tonalidades de anaranjado se logran percibir hasta que cae la noche y se escucha el primer grillo.

Es domingo, el final de una tarde y de semana, Elisa ofrece torta de chocolate y té. La entrevista comienza recordando aquel libro del español Enrique Vila-Matas sobre los escritores que dejaron de escribir: Bartleby y compañía. Menciona el caso venezolano de Andrés Mariño Palacio, precoz escritor que fue dejado al olvido a causa de su enfermedad.

Repasa los años de Rómulo Gallegos y su derrocamiento, los cuales retrata «de manera sesgada» en la novela De muerte lenta, coedición de la Fundación Bigott con Equinoccio en 2006: «Habíamos caído de la manera más tonta en una dictadura». Al poco tiempo ya no quiere hablar de ello: «Cuando escribo algo es porque ya salí de esos fantasmas. Si caigo en la reiteración siento que me estoy convirtiendo en poseedora de un pasado que también le pertenece a otros».

La «aurora galleguiana» es una de las cuatro ocasiones en la vida de Elisa en que ha sentido la euforia de un posible enderazamiento nacional. La primera, en los albores de la infancia: la apertura de Eleazar López Contreras; la segunda, al final de la infancia: el 18 de octubre de 1945; y el 23 de enero de 1958, en plena juventud. Todo esto la ha vuelto algo susceptible cuando se le habla de enrumbar la nación. No confía o desconfía, solo observa como de esas esperanzas se retorna al dolor histórico. 

No tan lejos del temblor del mundo

También está la historia menuda de la «muchachita blanquita que vestía a la europea», de padres rumanos, pero muy caraqueña. La que iba en familia al teatro mucho antes de entrar a la escuela primaria. El vago recuerdo de una actuación de la argentina Paulina Singerman en el Teatro Municipal, unos cosacos que se presentaron en el Teatro Nacional, o el sabor de las tablitas de chocolate Duncan que compraban antes de la función. Es la Caracas de los años treinta y cuarenta, pequeña y humana, «no muy lejos de la belleza y del temblor del mundo», como recuerda en la crónica El sueño de un mundo, recopilada en Carriel para la fiesta (1997).

Su madre Matilde se comunicaba con su hermano en el exterior a través de cartas: «No podías marear la perdiz, o escribir para entretener el paso del tiempo». De un tío viajero, Elisa recibía cartas en inglés, gracias a esas experiencias comprende «que escribir es algo muy serio, es un camino en el que se va de una soledad a otra».

A pesar de sus estudios de derecho en la Universidad Central de Venezuela, convertirse en escritora fue un afán desde la infancia. Cuando leía las secciones literarias de los periódicos, los reportajes de Ida Gramcko, pensaba en la posibilidad de ser periodista, diplomática y escritora. Se ha cumplido, en los años ochenta fue consejero cultural de Venezuela en España. Por insistencia del escritor José Balza publica una compilación de sus ensayos y crónicas bajo el título de Yo amo a Columbo (1979) y gracias al apoyo del historiador Ramón J. Velásquez otra colección de crónicas: Carriel número cinco (1983).

El pulso de la escritora

Para Elisa la escritura ha sido una pulsión sanguínea: «No sabía cuál género escoger, no premedité nada, solo sabía que debía comunicarme». A principios de los cincuenta esas inquietudes la llevan a formar grupo con otros jóvenes con los mismos propósitos. La mayoría, son los amigos del Liceo Fermín Toro, otros van apareciendo poco a poco, en el camino: Adriano González León, Guillermo Sucre, Luis García Morales, Salvador Garmendia, son algunos de los nombres de la inquieta vanguardia: «Para nosotros era el cine, el comienzo de un nuevo y sorprendente teatro, lo barato y asequible de  las singulares ediciones argentinas que podían conseguirse en la modernísima librería Cruz del Sur». Es la gestación de Sardio, y ella la única mujer participante. Las reuniones ocurren a pesar de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Al llegar la democracia el grupo adquiere mayor libertad y puede editar hasta su propia revista.

Precisamente es en la revista Sardio, en su  edición número 7 (abril-mayo, 1960), donde publica su primera pieza, el monólogo de La bella de inteligencia, el cual surge de sus tiempos de recién graduada, cuando busca trabajo y para ello debe leer el periódico por completo, no solo la sección cultural.

La siguiente obra: En el vasto silencio de Manhattan, nace de su experiencia en Nueva York: «una señora presbiteriana que quería aprender español porque cuando la pensionaran quería ir a Bolivia a encontrarse con su hermano». La cena era el momento perfecto para escuchar sus cuentos. Pero es Vida con mamá (1975) la de mayor éxito, no solo por taquilla, también por la crítica. El filólogo Ángel Rosenblat dirá que el español utilizado en ella «es uno de los más puros y hermosos», también el escritor Mario Vargas Llosa tendrá una buena opinión sobre la pieza. Para finales de los setenta Elisa escribe para la revista El Sádico Ilustrado. Toca temas cotidianos, de la cultura popular y de la mujer. Con ingenio y burla se adueña de un género mal visto para la reputación del escritor: lo cómico. Mucho más si se trata de una mujer.

Sus crónicas poco a poco han tomado un estilo más narrativo, se han convertido en relatos como los tres de Homenaje a la estrella (2002) y De muerte lenta, su primera novela. Si los compromisos le permiten, podrá finalizar lo que está escribiendo actualmente. Sobre el movimiento literario del país, editoriales y festivales de lectura en la actualidad, cree que ayudan a escribir con más esperanza: «En un país donde hay escritores de diferentes gamas, el lector puede tener preferencias y no un único poeta o novelista. Es ese un país donde el espíritu se asoma generosamente».

Elisa Lerner y Guillermo Ramos Flamerich

Elisa Lerner y Guillermo Ramos Flamerich.
Foto: Luis González del Castillo

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Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Oscar Yanes la última vaina del reportero

«Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero»

Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Por Guillermo Ramos Flamerich

«¿Y cómo es que yo estoy muerto y no es un sueño?», se pregunta Oscar Armando Yanes a la 1:33 de la tarde del lunes 21 de octubre de 2013. «Porque todos estamos aquí», contesta una voz remotamente conocida, la de Rosa Consuelo, la madre que prematuramente falleció cuando él apenas llegaba a los tres años. Es ella, la de la foto, la que siempre estuvo en sus fantasías y en un recuerdo fugaz en el que caminan agarrados de la mano, en la playa, hasta que una ola muy grande los moja.

También está su abuela Rosalía, las tías Carmen, Aida y Carlota, la prima Mercedes y el viejo Yanes, su padre, el que le dice mientras le abraza: «¡Por fin llegaste, vale! Ya era hora». Ninguno lo llama Oscar, todo es Armandito esto, Armandito lo otro. Pero Armandito tiene miedo, le teme a pensar que ha muerto: «Qué vaina…». En eso, la madre lo regaña: «¡No digas groserías!», y a modo de susurro continúa: «por primera vez te puedo regañar y me da pena, porque eres un hombre viejo ¡qué feliz soy!». Con estos personajes y diálogos Oscar Yanes recrea su muerte al inicio del primer tomo de: ¡Nadie me quita lo bailao!, las memorias de un reportero publicadas en 2007 por la editorial Planeta. El día de ese encuentro ya ocurrió.

Los años pasan sin uno darse cuenta. Es viernes  por la mañana y por alguna razón ese día no hay clases, se puede disfrutar de Así Son las Cosas por Venevisión. Son retratos de la vida íntima venezolana de comienzos del siglo XX que formaron a muchos de los niños de mi generación. El hombre con bigote, sombrero y corbatas coloridas; las frases, todas con un acento caraqueño de antaño, muy pronunciado, seguro y bonachón: Chúpate esa mandarina, cúbrase de gloria, siga vibrando… La última expresión fue la que me dijo la primera vez que lo conocí, cuando me firmó un ejemplar de Pura Pantalla (Planeta, 2000), en el que narra «las indiscreciones de la vida venezolana en circuito cerrado», los amores, desengaños, momentos cumbres e ídolos de nuestra televisión. Gracias a los regalos de mi abuela pude leer, uno a uno, los libros que había publicado en los noventa y principios de la década del 2000.

Pero este periodista nacido al sur del río Guaire, tuvo una trayectoria mucho más allá de sus cuentos pintorescos. Fue director de la Televisora Nacional en el primer gobierno de Rafael Caldera, director de la Oficina Central de Información cuando Luis Herrera y diputado del Congreso de la República, todos estos entes ahora extintos. En abril de 1965 llevó las cámaras de televisión a los tribunales donde se juzgaba al ex dictador Marcos Pérez Jiménez. También narró la transmisión de la llegada del hombre a la luna, fue corresponsal durante la guerra de Vietnam… Y maestro de las polémicas. Lo acusaron de amarillista por su trabajo reporteril de sucesos en Últimas Noticias, o las transmisiones que realizó desde La Carlota, donde se mostraban los escombros del terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967. A esas acusaciones respondía con algún refrán de la vieja ciudad.

Pero Oscar Yanes también entrevistó con su marcado estilo personal al compositor y director Igor Stravinski, al líder egipcio Gamal Abdel Nasser, al premio Nobel de literatura John Steinbeck, al pintor Salvador Dalí, tantos personajes, que luego reuniría en su libro Cosas del Mundo, en 1972. Esto sin contar el intenso debate que transmitió Venevisión en las noches de La silla caliente, referente fundamental de la elección presidencial de 1998. Los últimos quince años de su vida sirvieron para consolidar su imagen de cronista, fabulador y en ocasiones humorista.

El 22 de abril de 2007 el Aula Magna de la UCV albergó a parte de los representantes más importantes del humorismo venezolano. Se reunieron para celebrar los ochenta años de Armandito. De contar su vida, chistes contra el gobierno, de recrear la célebre entrevista que le realizara a Reverón y de vibrar, en conjunto, con cada uno de los asistentes. Fue un acto de esos que llaman «únicos», donde la venezolanidad, esa chispa que viene con nuestra forma de ser, estuvo presente de principio a fin. Fue la segunda oportunidad en la que pude conversar con él. Vendrían nuevas ocasiones, cada una de ellas particular. Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero.

Oscar Yanes: la última vaina del reportero, también apareción en la edición de fin de semana (26 y 27 de octubre de 2013) del diario Tal Cual

Oscar Yanes: la última vaina del reportero, también apareció en la edición de fin de semana (26 y 27 de octubre de 2013) del diario Tal Cual

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Maestro de las malas palabras

«¡Corran muchachos que ahí viene la Metropuritana!», caricatura de Pedro León Zapata

A finales de los setenta el escritor Salvador Garmendia es reconocido como maestro de las buenas y sobre todo de las malas palabras. El caricaturista Pedro León Zapata está gestando un semanario irreverente, artístico y con mucho humor. Esta es la breve historia de dos amigos, cómplices, en la creación de El Sádico Ilustrado

Maestro de las malas palabras

Por Guillermo Ramos Flamerich

Una calurosa mañana de septiembre de 1978 Salvador recibe una llamada del caricaturista Pedro León Zapata. Son amigos y cómplices, comparten anécdotas de trabajo, hablan de mujeres, de la vida; también son «echados pa’lante»: le ponen al pecho a cualquier situación. La conversación gira en torno de una propuesta que tiene Zapata: un proyecto editorial que está próximo a salir y marcará pauta en el humorismo gráfico venezolano: El Sádico Ilustrado.

«Al oír ese nombre se me cayó de las manos el ejemplar de Juliette, de nuestro padre Sade, que venía leyendo y donde dice: “Imita a la araña, tiende tus hilos y devora sin piedad todo lo que te eche la mano sabia de la naturaleza”», narra el barquisimetano en la presentación de Crónicas Sádicas (1990), un compilado de sus textos para el semanario. «¡Ya Zapata despertó de nuevo! ¡Ahora vamos a hacer la revolución; aunque sea la Revolución Francesa, por la cual no hemos pasado todavía!», bromea antes de conversar sobre la línea y política editoriales.

Zapata le encarga un artículo de tema libre para el primer número, también lo invita a colaborar todas las semanas: «si quieres…», insinúa el tachirense. Sobre los requisitos, explica: «absolutamente libre», sin restricciones de contenido ni en la expresión.

Incrédulo, Salvador pregunta:

–¿Quiere decir que se pueden decir malas palabras?

–Y buenas también, Salvador… Nuestra publicación no albergará ningún tipo de fanatismo… ¡Un siglo de beatería santurrona se va a venir abajo!

Al colgar el teléfono, Garmendia se frota las manos y sonríe de gozo. La nueva publicación le permitirá expresarse a sus anchas, desnudar a ese «país atolondrado y desprevenido que vivía a 4,30». Por varios segundos se queda pensando en la araña, en la paciencia con que teje esa malla de seda. Ella se quedará cerca, agazapada, esperando que la presa se enrede y pueda devorarla. En la casa de Altagracia había muchas arañas. Recuerda que en las esquinas superiores de las tres ventanas de palo siempre había una trampa. Con la luz natural se veían tornasoladas, a veces se alelaba contando las hileras; en alguna ocasión destruyó una red al hurgarla con un palito recogido del jardín… Salvador despierta del ensueño. Sonríe otra vez y regresa a la realidad, debe trabajar en el texto solicitado.

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CAP: entre la historia y la polémica

«En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP»

CAP: entre la historia y la polémica

Por Guillermo Ramos Flamerich

En la revista Élite número 2.517 del 21 de diciembre de 1973 se relata la historia de José Couri. El cual arriesgó un millón de bolívares apostando que Carlos Andrés Pérez ganaría las elecciones presidenciales de aquel año. Sirvió como respuesta a un reto firmado por simpatizantes de Copei. Couri dio como razón para aceptar el desafío «repudiar públicamente la arrogancia de los copeyanos». Pasados los comicios electorales, el ganador afirmó que utilizaría el millón para obras sociales. Más allá de lo pintoresco de esta anécdota, el país inauguraba un quinquenio de opulencia, fluidez de recursos y la concepción de una nación próxima a lograr el desarrollo. Con un líder que podría arropar a todo el «Tercer Mundo» bajo las cobijas de la socialdemocracia. Comienza así la entrada de Carlos Andrés Pérez a las grandes ligas de nuestra historia.

El 5 de octubre de 2011 el velorio de Carlos Andrés en Caracas tenía lugar en la casa sindical de AD en El Paraíso. Más allá de las imágenes y jingles proyectados, frases como: era un ser humano, los seres humanos cometemos errores; el Congreso no lo dejó gobernar; Carlos Andrés prometió y cumplió, aparecían en todos los rincones. Por los alrededores el tráfico no era el habitual y una que otra persona hablaba en tono de burla sobre los restos del ex presidente y el tiempo transcurrido desde su fallecimiento el día de Navidad de 2010.

En una fotografía de Manuel Sardá posterior al golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se denota una pancarta donde aparece la imagen de Hugo Chávez al momento de rendirse en el Museo Histórico Militar y la de Carlos Andrés Pérez  con las manos juntas en posición de oración. La primera tiene una leyenda que dice: «Decentes a la calle», la segunda: «Corruptos a la cárcel». Es curioso notar que en 2010 un automóvil presentaba un letrero con unas palabras muy sencillas, pero contradictorio de lo antes mencionado. El escrito rezaba así: «Señor… Devuélvenos a CAP y te entregamos Chávez». Esa es la política, un día estas arriba, otras veces abajo y viceversa afirmaría cualquier persona que se crea experta en el tema. Los noventa sirvieron para la satanización de Pérez, todos los problemas y vicios del sistema recaían casi en su totalidad en una sola persona.

El 6 de octubre, cuando la urna con los restos del alguna vez llamado «Locoven» era bajada del carro fúnebre en el bulevar de El Cafetal, los más jóvenes militantes del partido Acción Democrática se peleaban por cargarla. Hacían una especie de cadena humana para que sólo los «blancos» pudieran estar más próximos al reivindicado líder. En menos de dos décadas logró pasar de expulsado a héroe.

«El Gocho» alguna vez tuvo la imagen de un policía represor. Fue en la década de los sesenta cuando, en su función como ministro del Interior, presentó un rostro serio y rudo, poco dado a las sonrisas y al contacto cercano con la gente. Con la campaña de 1973 su personalidad pública será reinventada. Quizás la imagen icónica de ese período, y de su vida entera, es la fotografía donde, congelado en el aire, salta un charco. Las patillas, el saco a cuadros. La vitalidad de un candidato que promete una «Democracia con Energía». Ese vigor servirá para acentuar el gasto público en un país bendecido por el dinero súbito. Se hablará de la hipertrofia del Estado, la deuda generada, la corrupción y la productividad venida a menos. Será esa misma energía la que presentará a un presidente izando la bandera, el 1 de enero de 1976, en la nacionalización de nuestro petróleo; en la entrega de becas; las giras por el mundo e inaugurando obras de infraestructura en diversos rincones del país.

Las personas presentes en el cortejo fúnebre hacían gala del mercadeo existente sobre CAP. Franelas, chapas, un muñeco de plástico, un uniforme de obrero petrolero con su foto incrustada, en fin, toda una tienda de objetos curiosos. A pesar de la lluvia la gente seguía en caminata hasta el Cementerio del Este. Era peculiar escuchar la canción de «ese hombre si camina…» mientras dirigentes de nuestra actualidad política hacían el recorrido en automóvil. De un colegio cercano se veían niños en edad preescolar asomando sus cabecitas a la calle para fisgonear sobre el hecho. Lo más probable es que no conozcan la historia de Carlos Andrés Pérez, pero el momento que observaron quedará en la memoria.

La comunidad internacional aplaudía la liberalización de la economía en Venezuela. Las cifras macroeconómicas eran cada vez mejores. Una democracia estable en camino a conseguir una economía de mercado. En lo interno, un estallido social, dos golpes de Estado y la desmejora en los ingresos y calidad de vida de los ciudadanos eran la otra cara de la moneda. «El Gran Viraje» se desarrollaba en una sociedad donde las instituciones y los partidos políticos cada día estaban más desacreditados. Un Carlos Andrés Pérez diametralmente opuesto al bonachón de quince años antes intentaba girar el timón de la nación a otros rumbos. CAP sería destituido por malversación de fondos. ¿Cuál fue la reacción popular ante tal hecho? De esta manera lo relata el historiador Manuel Caballero: «Pero aparte de unos cuantos gritos de las barras en el Congreso y en la acera de enfrente, la fiesta popular no se vio por ninguna parte». El problema no era sólo de un hombre, un sistema entero, acaso la sociedad en su conjunto, vivía una crisis de tamaño insospechado.

Globos blancos adornaron el cielo cercano al cementerio. De camino al foso donde sería enterrado, alguno que otro curioso visitó la tumba de Rómulo Betancourt. Un señor, proveniente de Maracay, se arrodilló ante ella y comenzó a rezar. Virginia Betancourt y Germán Carrera Damas ofrecieron unas palabras en homenaje al difunto. Diecinueve disparos de salva lo despidieron. Ochenta y ocho años  y cincuenta y nueve días vivió un personaje polémico, tanto en su ciclo vital como en la muerte. Hechos contradictorios marcaron toda su trayectoria. Su afán fue siempre quedar en la historia.

En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP. Quedará en otras manos hacer un dictamen balanceado. Parece imposible. Por los momentos la nostalgia y la situación actual algo lo ha reivindicado. Su imagen parece estar más saludable hoy en día que en el momento de su último suspiro.

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