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Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Oscar Yanes la última vaina del reportero

«Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero»

Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Por Guillermo Ramos Flamerich

«¿Y cómo es que yo estoy muerto y no es un sueño?», se pregunta Oscar Armando Yanes a la 1:33 de la tarde del lunes 21 de octubre de 2013. «Porque todos estamos aquí», contesta una voz remotamente conocida, la de Rosa Consuelo, la madre que prematuramente falleció cuando él apenas llegaba a los tres años. Es ella, la de la foto, la que siempre estuvo en sus fantasías y en un recuerdo fugaz en el que caminan agarrados de la mano, en la playa, hasta que una ola muy grande los moja.

También está su abuela Rosalía, las tías Carmen, Aida y Carlota, la prima Mercedes y el viejo Yanes, su padre, el que le dice mientras le abraza: «¡Por fin llegaste, vale! Ya era hora». Ninguno lo llama Oscar, todo es Armandito esto, Armandito lo otro. Pero Armandito tiene miedo, le teme a pensar que ha muerto: «Qué vaina…». En eso, la madre lo regaña: «¡No digas groserías!», y a modo de susurro continúa: «por primera vez te puedo regañar y me da pena, porque eres un hombre viejo ¡qué feliz soy!». Con estos personajes y diálogos Oscar Yanes recrea su muerte al inicio del primer tomo de: ¡Nadie me quita lo bailao!, las memorias de un reportero publicadas en 2007 por la editorial Planeta. El día de ese encuentro ya ocurrió.

Los años pasan sin uno darse cuenta. Es viernes  por la mañana y por alguna razón ese día no hay clases, se puede disfrutar de Así Son las Cosas por Venevisión. Son retratos de la vida íntima venezolana de comienzos del siglo XX que formaron a muchos de los niños de mi generación. El hombre con bigote, sombrero y corbatas coloridas; las frases, todas con un acento caraqueño de antaño, muy pronunciado, seguro y bonachón: Chúpate esa mandarina, cúbrase de gloria, siga vibrando… La última expresión fue la que me dijo la primera vez que lo conocí, cuando me firmó un ejemplar de Pura Pantalla (Planeta, 2000), en el que narra «las indiscreciones de la vida venezolana en circuito cerrado», los amores, desengaños, momentos cumbres e ídolos de nuestra televisión. Gracias a los regalos de mi abuela pude leer, uno a uno, los libros que había publicado en los noventa y principios de la década del 2000.

Pero este periodista nacido al sur del río Guaire, tuvo una trayectoria mucho más allá de sus cuentos pintorescos. Fue director de la Televisora Nacional en el primer gobierno de Rafael Caldera, director de la Oficina Central de Información cuando Luis Herrera y diputado del Congreso de la República, todos estos entes ahora extintos. En abril de 1965 llevó las cámaras de televisión a los tribunales donde se juzgaba al ex dictador Marcos Pérez Jiménez. También narró la transmisión de la llegada del hombre a la luna, fue corresponsal durante la guerra de Vietnam… Y maestro de las polémicas. Lo acusaron de amarillista por su trabajo reporteril de sucesos en Últimas Noticias, o las transmisiones que realizó desde La Carlota, donde se mostraban los escombros del terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967. A esas acusaciones respondía con algún refrán de la vieja ciudad.

Pero Oscar Yanes también entrevistó con su marcado estilo personal al compositor y director Igor Stravinski, al líder egipcio Gamal Abdel Nasser, al premio Nobel de literatura John Steinbeck, al pintor Salvador Dalí, tantos personajes, que luego reuniría en su libro Cosas del Mundo, en 1972. Esto sin contar el intenso debate que transmitió Venevisión en las noches de La silla caliente, referente fundamental de la elección presidencial de 1998. Los últimos quince años de su vida sirvieron para consolidar su imagen de cronista, fabulador y en ocasiones humorista.

El 22 de abril de 2007 el Aula Magna de la UCV albergó a parte de los representantes más importantes del humorismo venezolano. Se reunieron para celebrar los ochenta años de Armandito. De contar su vida, chistes contra el gobierno, de recrear la célebre entrevista que le realizara a Reverón y de vibrar, en conjunto, con cada uno de los asistentes. Fue un acto de esos que llaman «únicos», donde la venezolanidad, esa chispa que viene con nuestra forma de ser, estuvo presente de principio a fin. Fue la segunda oportunidad en la que pude conversar con él. Vendrían nuevas ocasiones, cada una de ellas particular. Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero.

Oscar Yanes: la última vaina del reportero, también apareción en la edición de fin de semana (26 y 27 de octubre de 2013) del diario Tal Cual

Oscar Yanes: la última vaina del reportero, también apareció en la edición de fin de semana (26 y 27 de octubre de 2013) del diario Tal Cual

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Tomás Straka, el historiador y su tiempo

Tomás Straka, el historiador y su tiempo

Entrevista aparecida originalmente en la revista Ojo (cultura universitaria) edición número 20 – año 2013

Tomás Straka, el historiador y su tiempo

Por Guillermo Ramos Flamerich

 «El romero se paró al pie de la ermita que se levanta a un lado del camino, en la colina desde donde se domina la villa de muros encalados y techos de tejas. El romero pidió agua y los monjes le ofrecieron el pan y el fuego.», así comienza el relato Eclipse, publicado en el Suplemento Cultural de Últimas Noticias el 21 de noviembre de 1993. El autor es un aspirante a profesor en el Instituto Pedagógico Nacional. Busca abrirse paso en la escritura y aunque esas líneas son solo ficción, su destino será investigar, analizar y plasmar con su prosa parte de la historia venezolana. Su nombre es Tomás Straka

Al mostrarle la página del periódico donde aparece publicado, amarilla y con dos décadas a cuestas, Tomás se impresiona y todo lo encierra en una frase: «Te has convertido en un arqueólogo». Él también lo ha sido.

El sitio más cómodo para comenzar esta conversación es una biblioteca, la del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB. Esa atmósfera húmeda, el sabor a libro mojado, los bombillos fluorescentes y el historiador sentado, dan pie a cualquier tema que tenga que ver con el ser humano, la memoria y el país. No todo es análisis y academia, también existe una vida que contar. Pero el tema político en estos tiempos siempre será el primer plato.

Vivimos una etapa donde la mediocridad parece superar eso que se ha llamado el  «bien del intelecto».

–Creo que estamos comenzando a dejar atrás lo más grueso de la mediocridad. A lo mejor somos muy optimistas con el pasado, tal vez le hubieras preguntado a algún constituyente de 1946  sobre este tema y te respondiera: «aquí si hay mediocridad». En un congreso de Juan Vicente Gómez había mucho talento, pero hicieron cosas mediocres. Eso los hace más culpables. Pero en estos años también ha surgido una nueva cosa, en todos los ámbitos. Montones de escritores, que hace apenas una década eran unos muchachos y la gente no los conocía, han aparecido. Así como el liderazgo de la oposición. Los que están en la cabeza, salvo Ramón Guillermo Aveledo, los tres fundamentales, hace quince años eran desconocidos.

Tomás tranquilamente puede ser etiquetado en función a esa generación intelectual emergente. Aunque le ha tocado entrar al «boom» que ha permitido a parte de sus colegas, no tan jóvenes y con trayectorias más largas, vender libros sobre la historia nacional con un éxito inusitado y los ha fortalecido como líderes de opinión. Tal es el caso de: Inés Quintero, Elías Pino Iturrieta o el fallecido Manuel Caballero. Tomás se integra a ellos y con mayor frecuencia los medios de comunicación buscan su opinión, sus deseos y hasta predicciones. Muchos intentan encontrar en el pasado algún mapa que ayude a transitar un presente complejo.

¿Los comienzos se dieron con la escritura o la lectura?

–Yo creo que empecé escribiendo. Desde muy niño. Mi primer concurso de cuentos lo gané a los siete años. Con el cual recibí una beca que me duró hasta que estuve en el Pedagógico. Fue un cuento sobre mi familia, sobre sus características. La premiación se dio en el parque Los Caobos, estaba la primera dama Betty de Herrera. Recuerdo que el primer premio de la beca eran 120 Bs mensuales y el segundo una bicicleta. Desde mi mirada de niño quedé bastante decepcionado, hubiera preferido la bicicleta. Pero me gustaba escribir, mi papá era un hombre de libros. Se jubiló cuando yo estaba pequeño y leía mucho y escribía. Mi abuelo también escribía. Ya somos tres generaciones de Straka que hemos publicado cosas.

Alguna vez escuché que Tomás era el «historiador más grande que tenía Venezuela» y en parte, de manera literal, lo es. Dos metros de altura, quizás unos centímetros más, forman su figura. En él, los rasgos de la mezcla. Su padre, Hellmuth Straka, antropólogo, espeleólogo e investigador de origen checo. Por parte materna, con ascendencia de El Callao y Barlovento. Tomás caracteriza a buena parte de los venezolanos nacidos a partir de la segunda mitad del siglo XX, al convertirse el país en un receptor de culturas, y formador de nuevas maneras de sentirse venezolano. Él es de 1972.

–Eres parte de una generación que se le acusa no querer involucrarse o saber de política, ¿cómo afectó la política tus inquietudes juveniles?

–En bachillerato fui miembro de centros de estudiantes. Nuestra vocación era más cercana a la izquierda, pero la caída del Muro de Berlín nos afectó. Fue un hecho trascendental en nuestras vidas, un punto de no retorno. Entrar al Pedagógico era otro mundo, la burocratización de la protesta, y un grupo representante de los restos de una izquierda a la cual yo veía muy corrompida, que habían perdido todo miramiento ideológico y se habían enquistado allí.

Su etapa de estudios en el Pedagógico la vive en un país con una creciente crisis política e institucional. Pero estos años también sirven para mejorar la técnica de escritura, conocer las teorías de Federico Brito Figueroa, formar parte de la revista Tierra Firme, dar clases en liceos y colegios privados. Así como descubrir su corriente de investigación y mostrarse consecuente con Marc Bloch cuando definió la historia como «el hombre en el tiempo».

–¿Qué entiendes de lo que ha ocurrido en Venezuela en los últimos meses?

Una cosa muy hermosa, que la libertad humana se impone. Por eso quienes creen encontrar leyes históricas para predecir el futuro, suelen equivocarse. Se ha demostrado que en última instancia la humanidad puede tomar decisiones que no están previstas. Sin embargo esa libertad, esas decisiones, puedes conectarlas con otros procesos. Esto que ha ocurrido en los últimos meses lo que ha hecho es acelerar un curso que ha venido desarrollándose desde el 2007 para acá. El cambio se está dando, lo que no sabemos es para qué. Uno ve una tendencia, hay una propuesta que está en declive, otra en ascenso. Pero no está escrita la última palabra.

–¿Tu obra fundamental está por llegar?

Ojalá. Porque si mi obra fundamental es cualquier cosa de las que he escrito, iría al cielo o al infierno con muy poca satisfacción.

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Dr. José Gregorio Hernández

«Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia»

Dr. José Gregorio Hernández

Por Guillermo Ramos Flamerich

Esta historia data de 1995, 1996 o 1997. Realmente no importa la fecha. Estaba yo muy pequeño. Viajábamos papá, mamá y yo al pueblo de Isnotú. El andar por carretera, el divisar de parajes, los cambios de clima eran algo nuevo para mi. Los primeros recuerdos de las vías hacia el occidente venezolano y el hospedarse en posadas de leyendas, no por lo que allí hubiera ocurrido, sino por lo que evocaban. Lo más entrañable del siglo XIX, lo más provinciano del XX.

En todo esto esa impresión que uno tiene de niño, de que todo lo que te rodea es de enormes proporciones. Los techos eran abismales y formaban un cielo de madera recubierto con barniz. Pero la razón de este viaje no era solamente el conocer alguna región de Venezuela, se daba para peregrinar en el lugar de nacimiento de un santo venezolano, no oficial, pero igual de milagroso, igual de caritativo y lleno de amor: el Dr. José Gregorio Hernández.

Al recordar un breve documental que alguna vez transmitió Vale TV, llamado Devociones, Pedro León Zapata afirmó que una de las razones de peso para no darle el título de santo al venerable doctor, es la incapacidad que tendría la iglesia de dibujar sobre su sombrero una aureola. Esta reflexión en tono de broma, ratifica eso que sabemos: A la gente no le ha importado la denominación oficial, sigue creyendo y esperando que ocurran los milagros.

Llegó el día de visitar el ¿santuario? de Isnotú. El vitral con el lema: «Familia que reza unida, permanece unida» dentro del recinto; afuera, la estatua blanca de un doctor sereno que ayuda a todo el que lo pida. Por eso su nombre en cientos de plaquitas que arropan los muros y paredes presentes, y el común denominador, la frase: «Gracias por los favores recibidos».

Era pedir, agradecer, comer arepa en el páramo y comprar como artefacto religioso una casita que albergaba una imagen de José Gregorio, la cual servirá como uno de mis recuerdos del viaje para toda la vida. No fue así, duró muchos años, pero el tiempo la estalló. Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia.

De José Gregorio Hernández conocemos el típico relato que va desde sus estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela en 1888; pasa por los días de 1908 en la Cartuja de la Farnetta, en Italia, y sus problemas de salud; y toca el 29 de junio de 1919, cuando es atropellado en la Esquina de Amadores, frente a una farmacia en la que había comprado medicina para uno de sus pacientes. Todo esto revivido en 1990 por la miniserie El siervo de Dios, protagonizada por Mariano Álvarez y transmitida por Venevisión. En su rostro se plasmó el alma atormentada del santo.

La pude ver gracias a las múltiples retransmisiones del canal. Sobre todo durante el paro petrolero de 2002-2003. Siempre recuerdo la escena en la que el doctor intercede ante Juan Vicente Gómez en la liberación de unos estudiantes presos. Pero mucho antes de esto, se encuentra el recuerdo del viaje a Isnotú. Después llegarían los días de visita a su sepulcro en La Candelaria y fotografiar la esquina exacta donde fue atropellado y ahora se encuentra una placa y dibujo que lo conmemora, que lo espera y pide que su santidad esté legalizada.

Aquella travesía de mi niñez era para el pago de una promesa cumplida y la cual está sellada por mi segundo nombre. Por eso soy José. Guillermo José.

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Perfiles: Mis años con Hugo Chávez

Hugo Chávez por Zapata

Hugo Chávez por Pedro León Zapata (c. 1999-2000)

Mis años con Hugo Chávez

Por Guillermo Ramos Flamerich

La única vez que vi a Hugo Chávez en persona fue en su féretro. De un tono grisáceo, hinchado, algo aplastado y la textura de su rostro como una escultura de arena. Reposaba con su casaca militar verde oliva, la boina roja y una tela del mismo color –en la parte superior de su abdomen– con la palabra: milicia. No parecía el hombre que durante dos décadas había marcado la vida nacional con su fuerte discurso, insultos, cantares, con el Cristo en las manos y las arengas violentas.

Su cuerpo era una figura inmóvil que no irradiaba nada. El esperar para verlo durante segundos fue de seis horas. Afuera, el ambiente era de propaganda, sentimientos sinceros, una porción de curiosidad y otra de faranduleo. Seis horas acompañado con el repertorio musical construido por la revolución bolivariana, y la omnipresente «Patria querida». La última melodía presidencial y obertura de la campaña a favor de Nicolás Maduro.

Hugo Chávez fue un hombre de rituales siempre conectados con la preservación de su imagen en la memoria histórica. Hasta la propia cadena del 8 de diciembre de 2012 –la cual ya sabemos fue su despedida– estuvo cargada por el simbolismo y el dejar en claro los puntos esenciales para la permanencia en el poder de un proyecto más personal que ideológico. Morir al mando trae consigo funerales espectaculares al estilo del cuento de García Márquez, Los funerales de la Mamá Grande, pero eso no construye una imagen idealizada eterna, la cual debe afrontar el juicio histórico y algo peor y muy latente en Venezuela, el olvido.

Algo recuerdo de la campaña presidencial de 1998. Tenía siete años. Era emocionante vivir una primera elección. Las marionetas del programa Muñecotes; las entrevistas de La Silla Caliente con Oscar Yánes; el auge del discurso patriótico; el discurso pragmático y la desesperación de los sectores tradicionales; el apodo de Frijolito que recibió Salas Römer; la mujer adeca que en una cuña se declaraba chavista y la grabación que los adecos presentaron de un Chávez listo para «freírlos en aceite hirviendo».

El 2 de febrero de 1999 me ausenté de mi salón del segundo grado para aparecer en la sala de video del colegio, donde los del sexto analizarían la toma de posesión presidencial. Allí pude escuchar la palabra moribunda antes de constitución y el comienzo de una presidencia tan larga que marcó la niñez, la adolescencia y temprana adultez de mi generación. Ese año se le dio punto final a la constitución de 1961 y un desastre natural acabó con el Castillete de Armando Reverón, parte de una de las mayores tragedias naturales ocurridas en el país. La que vivió el estado Vargas en aquel diciembre.

Para Hugo Chávez esos primeros meses deben haber significado vivir un sueño. Eso que había anotado en su diario sobre alguna vez regir los destinos de su país, era ahora realidad. Los dos primeros años fueron de viajes por el mundo, darse a conocer, de vivir lo insospechado y de prometer un país refundado. Pero su imagen era la de un político popular convencional, sin esa semejanza con lo celestial que intentan crear con su muerte.

Desde finales de 2001 y hasta 2004 el sueño que vivía parecía haber terminado. La incompetencia, los primeros casos de corrupción, la terquedad y el discurso de división, así como un acercamiento más allá de lo normal con Fidel Castro, casi lo sacan del poder. Pero quizás con la suerte que siempre lo acompañó, pudo salir de todo ello y llegar a un 2005 pleno, ejercitándose en Sao Paulo, presto a vender las Misiones traídas de La Habana,  burlándose de un desprestigiado George W. Bush y con un nuevo triunfo en diciembre de 2006: la reelección por seis años más.

En el 2007 el cierre de RCTV, el Movimiento Estudiantil y la pérdida de la Reforma Constitucional le dieron un año «de mierda», como él se expresó sobre la victoria de la oposición. Pero en 2009 logró la reelección indefinida. Su propósito de gobernar hasta el 2021 y más allá, se acercaba. Con el control de los poderes públicos, de los recursos de la renta petrolera, las fuerzas armadas, de la mayoría de medios, la minimización de la oposición, financiamiento de movimientos afines en la región y cierta notoriedad internacional, cualquier problema básico del país: servicios públicos, seguridad, alto costo de la vida, falta de productividad, parecía ínfimo ante un proyecto continental. El cual debería llevarlo a la gran historia, esa formada por coronas de laureles.

Pero lo venció el enemigo más pequeño. No cuidarse, no descansar, dedicarse por completo a construir su legado personal y la ambición de más poder, lo llevaron a una larga y penosa enfermedad. Con la cual no cabe duda que sufriera. De esta pueden surgir tantas leyendas y rumores como personas hay en el mundo. Desde el castigo divino hasta la inmolación, lo cierto es que la ambición lo llevó a seguir y no dar pausa, a dar el resto y de vivir su última elección desde el más allá. Porque el 14 de abril es la última elección de Chávez, su último adiós.

El lunes 11 de marzo, momentos antes de la inscripción de Nicolás Maduro ante el Consejo Nacional Electoral, cerca de una venta de dulces y un centro de llamadas improvisado –en Bellas Artes– un niño jugaba con dos muñecos. Uno de ellos era el vaquero Woody de Toy Story, sin su sombrero; el otro, la figura de acción de Hugo Chávez, sin su boina. Él los enfrentaba como en la lucha libre. Por un momento intentó quitarle la ropa al muñeco del extinto Presidente, pero el señor que estaba junto al niño lo impidió. Poco tiempo después el niño volvió a su faena de juegos. Woody arrastraba la figura de Chávez, lo tiraba al suelo.

Varias personas que pasaron vieron el hecho como sacrilegio, el niño estaba inmutable en su juego. Quizás así estamos los venezolanos de hoy en día, imbuidos en el juego de la cotidianidad. Sin conocer en cuál proceso histórico estamos realmente inmersos. Sin saber si lo ocurrido en estas décadas es el mero trámite para una etapa de cambios mayores para nuestra sociedad.

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Historia personal de la telenovela

Guillermo Ramos Flamerich
(A puerta cerrada – RCTV, 1996)

Historia personal de la telenovela

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En cualquier telenovela, se dice mil veces la palabra boda y no se pronuncia ni una vez la palabra orgasmo. ¿Eso no te parece una definición del género?»

Manuel Izquierdo a Pablo Manzanares en Rating, de Alberto Barrera Tyszka (2011)

Era 1996. La Agenda Venezuela comenzaba su breve apogeo, todavía en televisión aparecían los ahorristas defalcados por la crisis bancaria de finales del 93 y comienzos del 94. La Macarena estaba de moda, el Papa había visitado Venezuela por segunda vez y en Estados Unidos era año de elecciones. Bill Clinton lograría la reelección y Atlanta era la sede de las olimpiadas. Nada de esto me importaba demasiado. Era un niño de cinco años, y mi mamá buscaba como distraerme en mis vacaciones de segundo nivel.

Lo más conveniente era ir a ver –en vivo– a las estrellas de la telenovela que veía todas las noches por Radio Caracas Televisión. Se trataba de Los Amores de Anita Peña, protagonizada por María Alejandra Martín, Franklin Virgüez, y Rafael Romero. Se iban a presentar en el estudio de La Campiña, en el programa de las mañanas que conducía Marietta Santana: A puerta cerrada.

Y yo todo emocionado. Mi pequeña humanidad corría de un lado a otro. Estaba inquieto por entrar. Eso era gigante, de los lugares más grandes que había visto hasta ese momento. Todas esas luces y cámaras y personas como en la penumbra. Y el estudio todo iluminado. ¿Qué era eso? Ah, la pensión y la casa del vampiro y el otro lugar que no recuerdo. Eran las locaciones de la telenovela.

Mi mamá y yo buscábamos donde sentarnos. Todo estaba lleno. Todo. Todo. De repente escuché un rumor: «Van a rifar unos boletos de avión a Margarita. Marietta va a elegir a alguien del público y va a hacerle preguntas». Lo decía un gordito emocionado. Imaginarlo hoy me da risa, pero en el momento detallé sus palabras como si escuchara a un ídolo. La semana anterior yo había imaginado que trabajaba en la novela, que mi personaje vivía en la pensión. Que todos eran mis amigos. Que era el niño de la casa.

Conseguimos dos butacas por la grada lateral izquierda, cerca de las escaleras. La visibilidad era aceptable. Y todo comenzó. Los actores recrearon una escena de la novela. Allí estaba Anita Peña y el vampiro y el negrito fantasma. Eran de verdad. Cerca de la mitad del programa Marietta habla de los boletos a Margarita cortesía de Viasa. Recorre parte de las gradas y de pronto se acerca hasta mi. «Vamos a preguntarle a este niño cuanto conoce de Los amores de Anita Peña. ¿Cuáles son los personajes masculinos principales de la novela? ». De inmediato respondí: «Drácula, el negrito fantasma y el otro negrito». No sé que dijo Marietta, no tengo más recuerdos. Solo el de mi mamá y yo buscando los pasajes en Viasa y el del viaje en avión. «Asientos de cuero, asientos de cuero. Es que Viasa es calidad», decía mi mamá antes de despegar.

De este viaje el mayor recuerdo que tengo es de cómo lo gané, de lo que hice o no en la isla, sólo quedan imágenes algo borrosas y sin mucho sentido. Eso sí, mi afición por las telenovelas aumentó progresivamente: El país de las mujeres (1998), Amantes de luna llena (2000), A calzón quitao (2001), Trapos íntimos (2002), Mi gorda bella (2002), Cosita Rica (2003). Y las producciones brasileras que competían –desde Televen– con RCTV y Venevisión. En ellas los sentimientos humanos aparecían al límite. No ver un episodio era sentir que algo le faltaba al día. Los domingos eran incompletos por esa razón. Los sábados pasan novelas, los domingos no. Y luego del sábado se podía dormir hasta tarde, si se quería hasta el mediodía. En cambio los domingos era necesario acostarse temprano, porque al día siguiente había que madrugar. Es ese otro cuento de la lucha entre dos días hermanos.

Pero las pasiones que levantan los llamados «culebrones», no son solamente por lo que cada capítulo transmite, sino también por el hecho de ser telenovelas. Son basura, las actuaciones son forzadas, no enseñan, su producción es mediocre, alienan a la población, esas son algunas de las críticas que durante años ha recibido el género. La burla recurrente cuando se les quiere atacar: una escena sobreactuada donde alguien llama al protagonista por un nombre kilométrico para decir que no pueden estar juntos por ser hermanos.

A finales de 2002 Leonardo Padrón –quien ha hecho de la telenovela una forma de trabajo– publicó en la Revista Bigott un artículo titulado: La telenovela, ¿género literario del siglo XXI? En sus páginas expone varios puntos interesantes. Uno de ellos: «Sí, las telenovelas han funcionado así durante años: con argumentos superficiales, con el simplismo de su esquema narrativo, con la manera abusiva como prolongan la historia, con la presentación de estereotipos en vez de personajes, con diálogos banales o impostados, con sentimientos toscos y vulgares. Así son, así gustan. Pero, digo yo, la historia de la cultura del hombres la historia de la evolución de sus rituales creativos. (…) La telenovela es aún un género joven, muy joven, históricamente hablando, más allá de que sus raíces estén en el folletín del siglo XVIII y en los nombres de Alejandro Dumas, Balzac, Víctor Hugo y Dickens».

Un género joven con altas y bajas. Atrás quedaron las denominadas «telenovelas culturales», regidas por la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas o Salvador Garmendia. También las que reflejan una realidad política y social, las que tocan la denuncia. Ejemplo de ello fue Por Estas Calles (1992-1994). Venezuela ya no es la exportadora de este producto de consumo masivo. La competencia interna decayó desde el cierre de RCTV. Abundan las telenovelas importadas y cuando se logra producir una en el país, es celebrada casi con el título de «Suceso del año». Desde el poder se vende la «telenovela socialista» pero es esa la nueva historia de un viejo fracaso: la imposición.

Toca rememorar y repensar lo mucho que se puede hacer. Cómo integrar creatividad y calidad junto con la preexistente cartilla sentimental. Es la telenovela un negocio, pero también una forma de ser latinoamericano, de ser venezolano. Es parte de nuestra idiosincrasia ese arte de narrar nacido en las tabaquerías cubanas de finales del siglo XIX. En las cuales se leían en voz alta capítulos de los folletines sentimentales que a las torcedoras de la fábrica hacían llorar, reír, gozar. Algo así explica Ibsen Martínez en un artículo dedicado a la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka, parte de las obras de ficción que han surgido para analizar el género. Y con la cual se inicia el recorrido por esta historia personal.

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CAP: entre la historia y la polémica

«En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP»

CAP: entre la historia y la polémica

Por Guillermo Ramos Flamerich

En la revista Élite número 2.517 del 21 de diciembre de 1973 se relata la historia de José Couri. El cual arriesgó un millón de bolívares apostando que Carlos Andrés Pérez ganaría las elecciones presidenciales de aquel año. Sirvió como respuesta a un reto firmado por simpatizantes de Copei. Couri dio como razón para aceptar el desafío «repudiar públicamente la arrogancia de los copeyanos». Pasados los comicios electorales, el ganador afirmó que utilizaría el millón para obras sociales. Más allá de lo pintoresco de esta anécdota, el país inauguraba un quinquenio de opulencia, fluidez de recursos y la concepción de una nación próxima a lograr el desarrollo. Con un líder que podría arropar a todo el «Tercer Mundo» bajo las cobijas de la socialdemocracia. Comienza así la entrada de Carlos Andrés Pérez a las grandes ligas de nuestra historia.

El 5 de octubre de 2011 el velorio de Carlos Andrés en Caracas tenía lugar en la casa sindical de AD en El Paraíso. Más allá de las imágenes y jingles proyectados, frases como: era un ser humano, los seres humanos cometemos errores; el Congreso no lo dejó gobernar; Carlos Andrés prometió y cumplió, aparecían en todos los rincones. Por los alrededores el tráfico no era el habitual y una que otra persona hablaba en tono de burla sobre los restos del ex presidente y el tiempo transcurrido desde su fallecimiento el día de Navidad de 2010.

En una fotografía de Manuel Sardá posterior al golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se denota una pancarta donde aparece la imagen de Hugo Chávez al momento de rendirse en el Museo Histórico Militar y la de Carlos Andrés Pérez  con las manos juntas en posición de oración. La primera tiene una leyenda que dice: «Decentes a la calle», la segunda: «Corruptos a la cárcel». Es curioso notar que en 2010 un automóvil presentaba un letrero con unas palabras muy sencillas, pero contradictorio de lo antes mencionado. El escrito rezaba así: «Señor… Devuélvenos a CAP y te entregamos Chávez». Esa es la política, un día estas arriba, otras veces abajo y viceversa afirmaría cualquier persona que se crea experta en el tema. Los noventa sirvieron para la satanización de Pérez, todos los problemas y vicios del sistema recaían casi en su totalidad en una sola persona.

El 6 de octubre, cuando la urna con los restos del alguna vez llamado «Locoven» era bajada del carro fúnebre en el bulevar de El Cafetal, los más jóvenes militantes del partido Acción Democrática se peleaban por cargarla. Hacían una especie de cadena humana para que sólo los «blancos» pudieran estar más próximos al reivindicado líder. En menos de dos décadas logró pasar de expulsado a héroe.

«El Gocho» alguna vez tuvo la imagen de un policía represor. Fue en la década de los sesenta cuando, en su función como ministro del Interior, presentó un rostro serio y rudo, poco dado a las sonrisas y al contacto cercano con la gente. Con la campaña de 1973 su personalidad pública será reinventada. Quizás la imagen icónica de ese período, y de su vida entera, es la fotografía donde, congelado en el aire, salta un charco. Las patillas, el saco a cuadros. La vitalidad de un candidato que promete una «Democracia con Energía». Ese vigor servirá para acentuar el gasto público en un país bendecido por el dinero súbito. Se hablará de la hipertrofia del Estado, la deuda generada, la corrupción y la productividad venida a menos. Será esa misma energía la que presentará a un presidente izando la bandera, el 1 de enero de 1976, en la nacionalización de nuestro petróleo; en la entrega de becas; las giras por el mundo e inaugurando obras de infraestructura en diversos rincones del país.

Las personas presentes en el cortejo fúnebre hacían gala del mercadeo existente sobre CAP. Franelas, chapas, un muñeco de plástico, un uniforme de obrero petrolero con su foto incrustada, en fin, toda una tienda de objetos curiosos. A pesar de la lluvia la gente seguía en caminata hasta el Cementerio del Este. Era peculiar escuchar la canción de «ese hombre si camina…» mientras dirigentes de nuestra actualidad política hacían el recorrido en automóvil. De un colegio cercano se veían niños en edad preescolar asomando sus cabecitas a la calle para fisgonear sobre el hecho. Lo más probable es que no conozcan la historia de Carlos Andrés Pérez, pero el momento que observaron quedará en la memoria.

La comunidad internacional aplaudía la liberalización de la economía en Venezuela. Las cifras macroeconómicas eran cada vez mejores. Una democracia estable en camino a conseguir una economía de mercado. En lo interno, un estallido social, dos golpes de Estado y la desmejora en los ingresos y calidad de vida de los ciudadanos eran la otra cara de la moneda. «El Gran Viraje» se desarrollaba en una sociedad donde las instituciones y los partidos políticos cada día estaban más desacreditados. Un Carlos Andrés Pérez diametralmente opuesto al bonachón de quince años antes intentaba girar el timón de la nación a otros rumbos. CAP sería destituido por malversación de fondos. ¿Cuál fue la reacción popular ante tal hecho? De esta manera lo relata el historiador Manuel Caballero: «Pero aparte de unos cuantos gritos de las barras en el Congreso y en la acera de enfrente, la fiesta popular no se vio por ninguna parte». El problema no era sólo de un hombre, un sistema entero, acaso la sociedad en su conjunto, vivía una crisis de tamaño insospechado.

Globos blancos adornaron el cielo cercano al cementerio. De camino al foso donde sería enterrado, alguno que otro curioso visitó la tumba de Rómulo Betancourt. Un señor, proveniente de Maracay, se arrodilló ante ella y comenzó a rezar. Virginia Betancourt y Germán Carrera Damas ofrecieron unas palabras en homenaje al difunto. Diecinueve disparos de salva lo despidieron. Ochenta y ocho años  y cincuenta y nueve días vivió un personaje polémico, tanto en su ciclo vital como en la muerte. Hechos contradictorios marcaron toda su trayectoria. Su afán fue siempre quedar en la historia.

En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP. Quedará en otras manos hacer un dictamen balanceado. Parece imposible. Por los momentos la nostalgia y la situación actual algo lo ha reivindicado. Su imagen parece estar más saludable hoy en día que en el momento de su último suspiro.

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Bajo el signo de Caracas sangrante

Trabajo realizado en equipo para la cátedra de Teoría de la Imagen

 Sexto semestre de comunicación social  – Universidad Católica Andrés Bello

Bajo el signo de Caracas sangrante

«Los artistas son personas entre nosotros que comprenden la creación como algo que no se detuvo al sexto día»

Joel-Peter Witkin

«No podía salir de la sombría idea de que la verdadera violencia es la que se da por sentado: lo que es evidente es violento aun si esta evidencia está representada suavemente, liberalmente, democráticamente; lo paradójico, lo que no entra dentro del sentido común lo es menos, aun si se le impone arbitrariamente: un tirano que promulgara leyes estrafalarias sería, a fin de cuentas, menos violento que una masa que se contentase con enunciar lo que se da por sentado: en suma, lo “natural” es el último de los ultrajes». Violencia, evidencia, naturaleza. Roland Barthes en Barthes por Barthes, 1975.

El año no importa. Cuando vemos por primera vez Caracas sangrante, gracias a la asociación que desde la pasada década existe con el color rojo, además de pensar en sangre y violencia, lo asociamos al actual gobierno. Quizás por eso de la «marea roja» que cubre las calles. Lo cierto es que la obra data de mediados de los años noventa. Para la guía oficial de la galería Espacio MAD, aquella que la expuso en la Feria Iberoamericana de Arte (FIA 2011), el momento de la imagen es 1989. Al buscar la obra en la red, aparecen las fechas de 1993 y 1996. Conversando con el propio autor, con risa y sorpresa responde: «fue hecha exactamente en el 95». La realidad es que el año en que fue capturada esa vista de Parque Central desde San Agustín, no importa. La violencia en la urbe existe. Está allí, atemporal y cotidiana. La unión violencia-Caracas es cada vez más parecida a la concepción Caracas-Ávila. Algo inherente a la ciudad y a sus habitantes.

Caracas sangrante (Giclée sobre papel, 50 x 80 cm.) es obra del fotógrafo Nelson Garrido. Está enmarcada en la denominada «estética de la violencia» y es la primera intervención digital hecha por el artista a lo largo de su trayectoria. Ríos de color rojo, semejantes a la sangre, recorren los espacios de la otrora gentil urbe. La historia de este trabajo, según testimonio del propio autor, es la siguiente:

«Para una exposición sobre Caracas utópica. Todo el mundo estaba haciendo Caracas al lado del mar, Caracas con helipuerto. Para mí era Caracas sangrante. Las obras que funcionan son una expresión individual pero basadas en la angustia de los demás».

A Nelson Garrido lo ha caracterizado la irreverencia. Premio Nacional de Artes Plásticas en 1991, respondió a este galardón con la obra Autocrucifixión (1993). Antecesores de Caracas sangrante, responden a la «estética de lo feo. Colecciones como «Muertos en vía» (1987/1988) y «Todos los santos son muertos» (1989/1990) dan muestra de un artista que lleva a la palestra esa otra cara de la existencia. Lo que las sociedades dejan a un lado y excluyen porque: ¿quién quiere hablar de muerte en una humanidad que en cada momento refuerza la visión hedonista de la vida?; así mismo lo imperfecto, lo no deseado siempre se intenta tapar del campo visible. Nelson Garrido lo trae de vuelta y vocifera con sus imágenes: «esto también existe».

Caracas sangrante es catalogada por su autor, como parte del «Nuevo documentalismo». Más allá de captar el momento exacto de un hecho, se retrata la angustia de un colectivo a través de símbolos de conocimiento público. El poeta José Balza llegó a comparar la obra con el Miranda en la carraca de Arturo Michelena. Una estampa emblemática del momento de país. Con el pasar de los años esta fotografía sigue en permanente uso y análisis, era y es premonitoria y reflejo. Desde su divulgación en exposiciones, periódicos y revistas, hasta su utilización en portadas de obras literarias. Este es el caso de la novela Pim Pam Pum del escritor Alejandro Rebolledo.

La pequeña violencia genera la gran violencia

«Después del paro petrolero (2002/2003), el país es todo el mundo contra todo el mundo. El del carrito te está tratando de echar vaina y arranca cuando aún no te has montado, el metro no funciona, no hay leche ni azúcar. Esos son elementos de violencia. La pequeña violencia, esa que te va tasajeando la piel, genera la gran violencia. Nos hemos acostumbrados a ser maltratados y maltratar. Un caparazón donde la solución es individual. Me encierro en mi casa y me rodeo de puyas que son como chuzos. Tu casa es tu cárcel. No hay salidas colectivas». Nelson Garrido, 23 de junio de 2011.

Lo tristemente estable es que las cifras de muertos a la semana, en nuestro país, superen el centenar. Ha mutado una sociedad que se escandalizaba por cualquier muerto, más de tres era un horror, a una que por televisión ve como se cuenta con la frialdad de los números, la cantidad de fallecidos en la cárcel de El Rodeo. Un colectivo enfermo que se embriaga en su propia esquizofrenia. El culto a la muerte, como en la mayoría de los países del mundo, se ha escapado de los espacios de religión y culto, y se han diseminado por cada rincón. La dicotomía vida-muerte, ha sido fusionada. Aunque se evite, la industria cultural poco a poco va colocando los nuevos límites entre lo malo, lo violento, lo macabro y lo deseable. En Venezuela, particularmente Caracas, la violencia ha logrado una unión perversa con la marginalidad. No es el hecho de la pobreza lo que crea lo marginal, es el excluir a un grupo social que después, quizás buscando ascenso o pertenencia a algo, le arranca a la ciudad formal sus productos de consumo diario. Los toma para sí como amuleto liberador de una condición: la de omitidos.

La violencia se apodera de la calle, de la vida y de nuestra memoria. La reconocemos; es parte de nuestro entorno. Mirar Caracas sangrante es ver algo de lo que tenemos experiencia, una forma que nos es familiar. Sumisos ante la violencia, la aceptamos como realidad y no sorprende. Ríos de sangre que le dan estabilidad a mi mundo. Ríos que son mi mundo; mi referente.

Las semillas que se alejan más del tronco…

Caracas sangrante es entonces arte y parte de la representación de la mayor realidad caraqueña. Al ser tan cruda, carga consigo un mensaje y una visión del artista comprometido. Más allá de lo estético está la utilización de la imagen como movilizadora de cambios. En 1999 Nelson Garrido presentaría El barco de los locos, personas atrapadas por la violencia, la tiza, la morgue, las balas y un destino. La Virgen de Caracas (2010), que muestra de manera irónica la reedición del cuadro del siglo XVIII de Juan Pedro López, pero con el contexto del violento presente.

Cuando le preguntamos a Nelson Garrido sobre al arte y su motivación, argumenta: «lo que hace que una obra tenga validez es el eco que tiene en la gente. Son detonantes ideológicos para que la gente piense. Si tu no logras detonar ideas en la gente, la obra no tiene sentido. El artista no está hecho para resolver problemas, uno está hecho para crear problemas. Trastocar los códigos y alterar el orden, eso crea nuevos caminos».

Quizás por eso su analogía con las semillas que se alejan más del tronco, las que crecen y germinan, en contradicción con las que permanecen a un lado, las que no subsisten. En la cronología del artista está marcado un mensaje con componentes de reflexión en cada obra. Cada una, sumada a la otra, conforma una unidad de pensamiento. Realizaciones no tan comprendidas y que escapan de lo comercial, ya convertidas en imágenes de culto.

A veces por evitar lo feo, lo doloroso y poco amigable, los seres humanos nos colocamos máscaras que recubren una verdad oscura, horrible. Que está siempre latente y en algún momento explotará. Sangran los edificios, sangran las calles, sangra el Ávila, sangran nuestras conciencias y sangra el presente. Más allá de lo temporal, toda una generación se desarrolla bajo el signo de Caracas sangrante.

Caracas sangrante (Giclée sobre papel, 50 x 80 cm.) Autor: Nelson Garrido

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