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Fin de semana en Cumaná

Castillo San Antonio de La Eminencia

Fin de semana en Cumaná

Por Guillermo Ramos Flamerich

«Yo te curo el párkinson, el vitiligo, el cáncer, los problemas con el riñón y la próstata. Cuando se sabe qué hierba usar, todo se cura», así nos hablaba Manuel Rondón, botánico popular, quizás brujo. Todo esto mientras padecíamos el tráfico en la avenida Boca de Sabana. Germán Viloria conducía. La conversación con el señor Rondón hacía más apacible cada minuto. Ante todo esto, me preguntaba: « ¿por qué rayos hay cola en Cumaná? ».

Es de conocimiento público que la ciudad de Cumaná es la capital del estado Sucre, fue fundada en 1521 con el nombre de Nueva Toledo, se encuentra a las orillas del río Manzanares y su santo protector es Santa Inés. Por eso la vieja pieza del folklore: «Hoy día de Santa Inés, patrona de Cumaná, venimos con gran placer La culebra aquí a cantar…». Como la mayoría de asentamientos de la corona española próximos al Mar Caribe, La Tierra Donde nace el Sol, estaba amenazada por piratas y corsarios. De allí la construcción de dos castillos. Uno de ellos finalizado el 13 de junio de 1659, el castillo de San Antonio, enclavado en el cerro de La Eminencia.

Una edificación con bloques de coral que ha sufrido tanto los daños de terremotos, como la corrida del mar, lo que hace que los antiguos cañones que impactaban a una distancia de 1200 metros, ya no tengan ningún efecto estratégico. San Antonio de La Eminencia, es en la actualidad un lugar para la memoria histórica. En él, queda aún viva la anécdota de Alejandro de Humboldt observando estrellas fugaces en alguna noche de 1799. Debajo de la vieja fortaleza, se encuentra una estructura moderna, la que alberga el Museo de Arte Contemporáneo de Cumaná.

«El descuido de parte del patrimonio, lo compensa el saberse en una ciudad que a pesar de cualquier dificultad, siempre intenta mostrarte el afable rostro del pueblo oriental»

Hablar de esta ciudad del oriente venezolano, es nombrar sus personajes ilustres: el Gran Mariscal de Ayacucho, los poetas Andrés Eloy Blanco y José Antonio Ramos Sucre, la cantante María Rodríguez, el pelotero Armando Galarraga, entre otros.

En la casa número 79 de la calle Sucre, cercana a la Plaza Bolívar, se encuentra la primera morada de Andrés Eloy. Una estatua sentada del poeta, en tamaño real, recibe a los visitantes en su patio interior. Artefactos que pertenecieron a él o a su familia, están esparcidos por los rincones de la casa. Las señoras Lupe y Elinor, atienden amablemente. Todo este recuento es maravilloso, lo único que oscurece el panorama, es el deterioro que presenta este hogar-museo. Ni la gobernación del estado, ni el Ministerio de la Cultura asignan recursos para este lar cumanés. La riqueza cultural del recinto se ve empobrecida por sus estructuras. Solamente la Universidad de Oriente (UDO), participa con algunos fondos para el mantenimiento del primer hogar del escritor de «Las uvas del tiempo».

Todo en el casco central parece estar cerca. El teatro Luis Mariano Rivera, la catedral, la iglesia Santa Inés del Monte, la llamada Casa Alarcón, que fuera propiedad de José Miguel Alarcón, conocido como «El bardo de las rimas de oro». Las ruinas del palacio de gobierno. Quemado por manifestantes a principios de los años noventa. El museo Gran Mariscal de Ayacucho, donde se presenta parte de la cultura sucrense, pero en la actualidad sirve también para el culto a la persona que gobierna al país.

«Todo en el casco central parece estar cerca. El teatro Luis Mariano Rivera, la catedral, la iglesia Santa Inés del Monte, la llamada Casa Alarcón…»

Cumaná es una de esas ciudades inolvidables. Su sol, playas, el trato amable de su gente y la tradición, convergen en un solo sentido. Es de potencial turístico envidiable. Como gran parte de las ciudades venezolanas, la deficiencia en los servicios públicos: vialidad, transporte, electricidad, agua, limpieza, son carencias que se remontan y tienen su germen desde hace ya varias décadas. El descuido de parte del patrimonio, lo compensa el saberse en una ciudad que, a pesar de cualquier dificultad, siempre intenta mostrarte el amable rostro del pueblo oriental.

Ya la avenida estaba libre. El tráfico se debía a un choque. El señor Rondón ahora relataba la historia de su becerro de dos cabezas, el cual donó a la UDO y esta, para examinarlo, lo disecó. Recorríamos la Avenida Perimetral, el azul del mar estaba bonito. Eran las cuatro de la tarde.

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