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Carlos Cruz-Diez: Nostalgia y futuro de Venezueña

Maestro Carlos Cruz Diez

Carlos Cruz-Diez, París, 2017 © Atelier Cruz-Diez París. Foto de Lisa Preud’homme.

Carlos Cruz-Diez: Nostalgia y futuro de Venezueña

Por Guillermo Ramos Flamerich

Próximo a cumplir 96 años, en el maestro Carlos Cruz-Diez (Caracas, 1923) existen dos cualidades que lo acompañan junto con su obra. La primera, su infatigable entrega al trabajo. Presentando exposiciones desde Bruselas hasta Houston; desde Panamá hasta el Reino Unido. Por España, pasando por Austria. Una galería privada, un museo, una fundación, una pasarela cromática en Viena. En fin.

La segunda, es esa capacidad de relatarnos su propuesta artística, y de vida, con la sencillez de quien se sigue maravillando por el despuntar de cada mañana. Sus palabras son trazos que evocan, viven, pero, sobre todo, son apuestas por un futuro mejor.

Al acostarse cada noche, ¿existe algo de Caracas, un aroma, una imagen o una sensación, que siempre esté allí, que no haya pasado ni sea pasado, solo presente?

Ante todo, quiero decir que yo me fui de Caracas, no porque me desagradara, todo lo contrario. Fue la decisión de rediseñar mi vida y desarrollar mi discurso en una plataforma de proyección internacional. Por eso siempre tengo presente mi país y además, se lo he inculcado a mis hijos y nietos. Yo nací en la parroquia de La Pastora, en la esquina de Torrero y los recuerdos son imborrables. La niebla a las cinco de la tarde sobre la plaza o el olor a tierra mojada después de la lluvia.

¿Se puede conectar con la ciudad, con el país sin nostalgia? ¿Qué es para un hombre de 95 años la nostalgia? 

La imagen que tengo es la de la ciudad que viví. Recuerdo con nostalgia su bellísima luz y la transparencia del cielo en los meses de noviembre, diciembre y enero. El paisaje del Ávila que cambia de color todo el tiempo… A veces la nostalgia del país nos invade, pero pienso que nunca volveré a vivir lo que viví, los viejos amigos ya no están, los tiempos cambian y cada generación les deja un nuevo significante. Lo pasado es pasado, por eso vivo intensamente el presente.

Lo que sí recuerdo con nostalgia, es lo que en el futuro seguramente llamarán “el renacimiento”. Que fue entre los años 1940 y 1975 donde la actividad cultural fue de una gran intensidad. A Venezuela venían las grandes figuras universales de la literatura, la música y el arte y se crearon grandes museos con colecciones extraordinarias.

Sofía Ímber dijo que usted llevó a Venezuela al mundo y el mundo a Venezuela. ¿Qué cosa del mundo actual entregaría a la Venezuela de hoy?

La paz y el entendimiento… Que no se pierda el sentimiento de la amistad, tan característico en el venezolano. Creo que la noción de amistad es fundamental para nosotros.

¿Qué quiere seguir diciendo Cruz-Diez, o qué cosa nueva ha visto Cruz-Diez que debe transmitirle a la gente?

El arte es el más bello y eficaz medio de comunicación que ha inventado el hombre. Que el arte siga siendo el refugio espiritual de la humanidad.

¿Ser venezolano implica una propuesta artística?

El arte no tiene fronteras. Los artistas venezolanos, gracias a la comunicación inmediata, hacen el arte que está en juego en cualquier parte del mundo.

La Cámara de Cromosaturación del Museo Cruz-Diez es símbolo de los que se quedan en el país. El piso del Aeropuerto de Maiquetía, es la imagen predilecta de los que se van. ¿Cómo vive el hecho de ser un símbolo de la venezolanidad?

Me llena de orgullo, pues, muy pocos artistas tenen ese privilegio, pero me da mucha tristeza que el piso del aeropuerto sea el símbolo de la salida obligada del país. Espero que también sea el símbolo del retorno.

¿Cuál es el siguiente paso después de darle movimiento al color?

El universo cromático es inagotable, queda mucho por investigar y hacer evidente.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el sábado 15 de junio de 2019

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¡Vaya y venga, Maestro!

Vaya y venga, Maestro

¡Vaya y venga, Maestro! Pedro León Zapata (1929-2015). Fuente de la imagen: Revista Pandora, 1 de abril de 1989

¡Vaya y venga, Maestro!

Por Guillermo Ramos Flamerich

En 1996 la agrupación Serenata Guayanesa celebró sus 25 años con un concierto en el Teatro Teresa Carreño de Caracas. El maestro de ceremonias para la ocasión fue Pedro León Zapata. Como palabras de inicio habló sobre lo efímero, el país en el que «todo cambia, nada dura», en el que «las cosas se acaban tan rápidamente, pero tan rápidamente, que algunas, como el Helicoide y el Hotel Humboldt, no solamente se han acabado rápidamente, sino que no han empezado nunca».

En contraste, el pasado 21 de enero de 2015, los Zapatazos, esos dibujos diarios que te contaban un país desde la creación humana más inteligente, el humor, cumplieron cincuenta años. Con ese medio siglo en un mismo periódico y el oficio de caricaturista que se remonta incluso a los tiempos de Fantoches, Zapata rompía la tradición de un país en el que desaparecen constituciones, símbolos patrios y hasta la memoria colectiva.

Pero además de sus caricaturas, cuadros y murales (como los que adornan a la Autopista Francisco Fajardo y a la Facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes), otro arte en la que era diestro el Maestro, sin duda, era el don de la palabra. De los mayores deleites era escuchar a Zapata.

Tuve la oportunidad de verlo en eventos como Sacúdete la Pava (2005) y en exposiciones de sus obras. La fineza de su decir, las palabras escogidas, el tono de voz y las pausas. Qué buena persona, con mirada de gato y esa tranquilidad del artista que confiesa que ha vivido (Como dijera su amigo Pablo Neruda), pero que luce una juventud eterna. Tantas cosas que pudiera enumerar que, si Zapata las leyera, hubiese desviado esto que ahora escribo hacia un tema menos laudatorio en torno a su persona.

Cuanto me hubiese gustado escucharlo en la Cátedra de Humor Aquiles Nazoa, a comienzos de los ochenta, o asistir a la exposición Todo el Museo para Zapata, que en 1975 llenó al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas con su Da Vinci piloto, la Monóxida Lisa e infinidad de artistas que se aparecieron para rendirle tributo: Aquiles Nazoa, Fredy Reyna, el Carrao de Palmarito y la presentación de Simón Díaz con «Toda la patria para Zapata».

Pedro León fue siempre un desafiante del poder, desde aquel «el desprestigio es mutuo», que le responde a Carlos Andrés Pérez cuando este lo condecora, hasta el «Hugo Rafael, ¿Cuánto te pagó Zapata por ese propagandón», en respuesta a un ataque del entonces presidente Chávez. Esto pasa por la candidatura-en-serio que ocurriría en las presidenciales de 1988, un «performance» con más sustancia que el de muchos políticos que han disputado algún cargo y su fascinación por dibujar y representar a Juan Vicente Gómez, un enigma que lo acompañó desde la infancia.

En mi mente todavía escucho sus opiniones sobre la pintura del Greco o de los muralistas mexicanos en su programa de radio Divagancias, junto con Miguel Delgado Estévez. Esos son sonidos que marcan la vida. También la retrospectiva de proyectos como El Sádico Ilustrado y la obra de teatro Venezuela Herótica; la melancólica Coromotico; su versión de la Lección de Anatomía de Rembrandt, con la frase: «La operación resultó un fracaso… Pero como nos hemos divertido ¿Ah?». Así era él, todo en serio, nada en broma porque, tal como declaró una vez a Richard Izarra en el Últimas Noticias: «El humorismo es, ante todo, un mal negocio».

Era este Pedro León Zapata, un artista que entregó lo mejor de su obra a Venezuela y ahorá partió a nuevos destinos.

¡Vaya y venga, Maestro! Lo esperaremos cerca del mural que nos pertenece a todos, Los conductores de Venezuela. Allí, junto a Teresa de la Parra, los dos Simones, Reverón y Vargas, siempre tendrá un puesto como guía de los que sueñan con un país mejor.

Como material de apoyo, este video que conseguí en los archivos de la Biblioteca Nacional. Antonio López Ortega entrevista a Ildemaro Torres, Pedro León Zapata y Efraín Subero acerca del humorismo gráfico venezolano (Programa Entrelíneas – VTV, 1991):  

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Caracas, Zapata y lluvia

«Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche»

Caracas, Zapata y lluvia

Por Guillermo Ramos Flamerich

Recibía el mediodía del jueves 28 en la instalación de una serie de conferencias, ofrecidas por la Academia Nacional de la Historia, por motivo del bicentenario del 5 de julio de 1811. El historiador colombiano Armando Martínez Garnica ofrecía un balance comparativo entre los sucesos de la Nueva Granada y Venezuela en sus comienzos como repúblicas independientes. Finalizado el acto, me reencontré con conocidos, gente con la que llevaba tiempo sin conversar, en fin, ya eran más de la una de la tarde. Tenía que estar a las tres en Ciudad Universitaria, en específico la Facultad de Ciencias. Un amigo y tocayo se había ofrecido a llevarme hasta allá, me comentó que había estacionado su automóvil cerca de las torres de El Silencio.

Emprendimos la marcha hasta la calle que le servía de estacionamiento. En eso, por el bulevar lateral a la iglesia de San Francisco, observo un buhonero no muy típico: vendía afiches de obras de arte exhibidas en museos de la ciudad. Todas eran impresiones de los años noventa. Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Museo Sacro, Galería de Arte Nacional y otros. Me detuve a observar algo que me pareció tan curioso pero a la vez cultural.

–¿Qué tienes? – pregunté en modo fisgón.

–Centeno Vallenilla, Botero, Miró, Zapata.

–¿Qué tienes de Zapata?

De repente sacó un rótulo de impacto. La impresión de un cuadro de Caracas hecho por Pedro León Zapata en 1991. Densidad enorme de edificios-ranchos acumulados, demasiado juntos, demasiado grotescos, algunas figuras humanas, cerros, y a lo lejos, en el horizonte, la fotografía del artista. «Caracas, Zapata. Museo Sacro de Caracas».

Empecé a indagar mentalmente. Este afiche se vería excelente en la salita que sirve de oficina en el apartamento. Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche.

–¿Cuánto vale el de Zapata?

–Dame 50.

–No tengo

–Dame 40.

–No tengo.

–¿Tas pegao?

–¿Pegao?

–Sí, que si no tienes plata.

–Solo para el almuerzo.

–Ok, dame 20.

–Dale, te lo compro.

De repente el vendedor se acerca a un grupo de personas apostadas en un rincón, lo acompañaban. «El de Zapata se lo voy a vender al joven por 20». Los presentes discutieron el tema y estuvieron de acuerdo. El buhonero se despidió emulando el adiós que un pueblo le da a un héroe que va para la guerra, faltó el abrazo fraternal. Yo sólo le dije: «Pasa una excelente tarde».

El tocayo y yo bajamos hasta la vía que llaman Avenida Este 6. Percibía como intentaba buscar su automóvil y no conseguía nada. Con cara de preocupación dispuso su mano al rostro, reclamó: «¡El carro no está!». ¿Qué pensaba yo? Listo, se lo robaron. En eso, unos sujetos que estaban hablando mal del gobierno nos dijeron: «Lo más seguro es que lo hayan remolcado y se lo llevaron al Estacionamiento San Juan». Apenas escuchó aquello, el tocayo tomó un taxi pirata. Decidí acompañarlo. ¡Qué tráfico tan espantoso en menos de un kilómetro! Con el chofer conversamos acerca de la ley de tránsito, lo que significa la raya amarilla en la acera, historias de amor relacionadas con remolques, en fin, matamos el tiempo. En todo esto, mi afiche de Zapata, enrollado y con refuerzos de periódico, estaba sano y completo.

«Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio»

Pasado el tráfico, ya por la avenida Baralt, me percaté que el tiempo de maniobra para estar en Ciudad Universitaria se reducía. Tenía a lo sumo cuarenta minutos. Decidí despedirme del chofer y del tocayo. Me bajé en una calle adyacente a la avenida. Ya a pie, cruzo hacia la derecha, así empezaba mi martirio tratando de que nada le pasara al afiche. Sólo pensé: «En mis manos está en peligro». Caminando veo una tienda, de esas típicas, parecía andina. Vendían unos buñuelos de queso a 6 Bs, siempre había querido probar un buñuelo, así que lo compré para amortiguar el hambre. Cruzando avenidas y calles me acercaba a la estación Teatros. Próximo a la misma, el afiche voló de mis manos. Intentando que no se ensuciara, un bolso que llevaba conmigo se cayó. Alguien gritó por ahí: «¡qué pasó papá!». Gracias a Dios una señora me ayudó y me consoló diciendo: «esto siempre me pasa».

Metro a reventar, intento llevar  el afiche por encima de las personas para que así nadie le hiciera daño. En algún momento se llegó a caer. En mi mente formaba esa imagen cliché de todo en cámara lenta y yo intentando salvar el «artefacto sagrado», cuando tocó suelo, una persona mayor que estaba cerca se empezó a reír. «Llegué a Ciudad Universitaria, reto cumplido», afirmé. En eso, apenas salgo de la estación, cayó la primera gota de lluvia de un fuerte aguacero.

Crucé casi saltando y haciendo piruetas, mi afiche de Zapata tiene que vivir para estar colgado en el apartamento. Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio. Le dije a una pareja que tenía paraguas si podían cruzar con el afiche. Decidieron prestármelo, se mojaron. Se habían sacrificado por la «Caracas de Zapata». Había arribado a puerto seguro, eran las tres de la tarde y dos minutos. Lo que desconocía era que volvería a casa a las once de la noche. El afiche sobrevivió. A pesar del día, lo único que puedo expresar es que esta reproducción, colgada en el estudio de mi apartamento, es más caraqueña que nunca. Aunque no se mojó, se empapó de la cotidianidad de la ciudad.

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