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Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

«El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul»

Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿Tú crees que el Y2K ocurra en Ciudad Bolívar?

–No –respondió mi primo Enrique– Acá ninguno de los servicios funcionan con computadoras. Es que se utilizan unos medidores de agujitas de hace cuarenta años…

Momentos como el cambio de milenio, o el simple periplo de un año a otro lo he vivido en esta ciudad del sur de Venezuela. Ciudad Bolívar ha sido como un segundo hogar desde donde apreciar el país. El primer viaje en avión lo realicé para allá. La reunión con la familia materna, primos, tíos y abuelo, significaba un momento de aprendizaje y una que otra temprana reflexión sobre el significado de vivir.

El hogar de la familia estaba matizado no sólo por el calor característico de la región, también por una especie de conjugación entre la realidad y el mundo de la ficción. La casa era de principios de los años setenta; una estructura con platabanda como techo, en forma de «U». A pesar de su no tan lejana construcción, leyendas fundidas con sucesos de años predecesores le daban un toque diferente.

El bisabuelo que a los 93 años había fallecido en ella, quien era conocido en sus últimos años por avisar quién llegaba y por alimentarse de pichones de paloma para fortalecerse de una sufrida trombosis cerebral; la abuela materna que había muerto de un infarto en el cuarto donde siempre pernoctaba durante mi estancia en la ciudad; la espectral enfermera que años antes se le había aparecido a un tío en uno de los dos pasillos que presenta la casa. En fin, todo esto aunado a las celebraciones nocturnas donde, con bebidas y comida, pasaba un buen rato escuchando las voces altas y aceleradas. Recuerdo la vez que se hacía chicharrón de un cochino recién traído, me escapé con el rabo del cerdo ya que mi madre me había dicho que esa era «la parte más exquisita» de la bestia.

Afuera estaba la ciudad. Avenidas que parecían asfaltadas con granzón, calles de extrañas curvas en una topografía plana, no determinadas por la planificación sino por la localización de las viviendas, locales que buscaban emular con sus nombres a los de las grandes ciudades, un aeropuerto en el centro geográfico de la urbe y una sensación generalizada de necesidad en el «foco de poder» del estado Bolívar.

En Tv Río transmitían videos caseros de fiestas y reuniones, mientras que Bolívar Visión era una trinchera para proyectar películas que estaban aún en cartelera. La realidad era que la ciudad no contaba con un cine y las opciones se reducían al cable, la compra de películas quemadas o la suscripción a un videoclub también conformado por productos de la piratería. La mañana y tarde eran para adentrarme a la Ciudad Bolívar histórica, esa enclavada en lo alto, muy cerca de las riveras del Orinoco.

La Catedral consagrada a Nuestra Señora de las Nieves la había conocido por primera vez gracias a la boda de uno de mis tíos. El sitio donde fue fusilado Manuel Piar, en una de las grandes paredes exteriores de la iglesia, siempre servía de lugar para fotografías con ínfulas de «representación histórica». La Plaza Bolívar, sus alegorías a las cinco naciones liberadas por Simón, los árboles y la brisa conformaban un paisaje pincelado por las casas de colores que se establecían en el centro.

Las estructuras más importantes competían por ser visitadas, mostraban sus atractivos. Cada una exhibía no sólo sus cualidades, también su importancia para la historia del país. La casa donde estuvo detenido Manuel Piar y la morada del Congreso de Angostura, inmensa casona colonial que alguna vez sirvió como colegio a finales del siglo XVIII.

Claro está, no todo estaba en el centro. En el Paseo Orinoco se observaba la ciudad comercial y buhonera. Más allá se encontraba La Carioca; el mercado era el lugar ideal para la comida típica y el guarapo de papelón servido en los frascos que comúnmente alojan la mayonesa. Salir del centro histórico no significaba abandonar la historia. A un lado de la Avenida Táchira se imponía la casa San Isidro. La cual sirvió como albergue a Simón Bolívar, conocida también como Casa Bolívar. Una hacienda fresca y con historias que van desde dos mujeres que al pelear se convirtieron en gigantes rocas, hasta el fallecido Tamarindo en el que el Libertador amarró su caballo. Al frente, un coloso con la forma del personaje más famoso que tiene Venezuela. Una estatua inmensa que a los ojos de un niño era más grande aún. La cuál, por alguna magia o hechizo, podía cobrar vida, y si estaba cerca de ella me podía aplastar. Para la época estaba de moda recorrer la laguna Los Francos. La noche servía para dar vueltas por el recién rescatado lugar. Una vía larga y agua alrededor. Más allá del paisaje, las bebidas alcohólicas y la música eran parte de las principales atracciones.

«La quise tocar, la quise abrazar quise amarla como a ti, ni que fuera un mago para contener la fuerza del río…», mientras escuchaba ese vals, Viajera del río,de Manuel Yánez, el Sol se posaba en el casco histórico. Una calle, la cual consideraba especial, presentaba una vista artística del Orinoco. El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul.

Los años han transcurrido. Llevo algún tiempo sin visitar la ciudad. Todo cambia, se transforma. Los adolescentes eternos que eran mis primos son cada día mayores. Hasta yo estoy entrando de manera definitiva a la adultez. Nuevos integrantes conforman la familia. El tiempo por momentos deja de ser compañero y es juez de hechos implacables. La ciudad sigue allí, con recuerdos y momentos imborrables. En mis pensamientos la evoco, ideándola, meditándola. Entendiendo la Casta Paloma de Alejandro Vargas, y uno de sus maravillosos versos: «Cantando aguinaldos pasaré la vida, bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar».

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