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Historia personal de la telenovela

Guillermo Ramos Flamerich
(A puerta cerrada – RCTV, 1996)

Historia personal de la telenovela

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En cualquier telenovela, se dice mil veces la palabra boda y no se pronuncia ni una vez la palabra orgasmo. ¿Eso no te parece una definición del género?»

Manuel Izquierdo a Pablo Manzanares en Rating, de Alberto Barrera Tyszka (2011)

Era 1996. La Agenda Venezuela comenzaba su breve apogeo, todavía en televisión aparecían los ahorristas defalcados por la crisis bancaria de finales del 93 y comienzos del 94. La Macarena estaba de moda, el Papa había visitado Venezuela por segunda vez y en Estados Unidos era año de elecciones. Bill Clinton lograría la reelección y Atlanta era la sede de las olimpiadas. Nada de esto me importaba demasiado. Era un niño de cinco años, y mi mamá buscaba como distraerme en mis vacaciones de segundo nivel.

Lo más conveniente era ir a ver –en vivo– a las estrellas de la telenovela que veía todas las noches por Radio Caracas Televisión. Se trataba de Los Amores de Anita Peña, protagonizada por María Alejandra Martín, Franklin Virgüez, y Rafael Romero. Se iban a presentar en el estudio de La Campiña, en el programa de las mañanas que conducía Marietta Santana: A puerta cerrada.

Y yo todo emocionado. Mi pequeña humanidad corría de un lado a otro. Estaba inquieto por entrar. Eso era gigante, de los lugares más grandes que había visto hasta ese momento. Todas esas luces y cámaras y personas como en la penumbra. Y el estudio todo iluminado. ¿Qué era eso? Ah, la pensión y la casa del vampiro y el otro lugar que no recuerdo. Eran las locaciones de la telenovela.

Mi mamá y yo buscábamos donde sentarnos. Todo estaba lleno. Todo. Todo. De repente escuché un rumor: «Van a rifar unos boletos de avión a Margarita. Marietta va a elegir a alguien del público y va a hacerle preguntas». Lo decía un gordito emocionado. Imaginarlo hoy me da risa, pero en el momento detallé sus palabras como si escuchara a un ídolo. La semana anterior yo había imaginado que trabajaba en la novela, que mi personaje vivía en la pensión. Que todos eran mis amigos. Que era el niño de la casa.

Conseguimos dos butacas por la grada lateral izquierda, cerca de las escaleras. La visibilidad era aceptable. Y todo comenzó. Los actores recrearon una escena de la novela. Allí estaba Anita Peña y el vampiro y el negrito fantasma. Eran de verdad. Cerca de la mitad del programa Marietta habla de los boletos a Margarita cortesía de Viasa. Recorre parte de las gradas y de pronto se acerca hasta mi. «Vamos a preguntarle a este niño cuanto conoce de Los amores de Anita Peña. ¿Cuáles son los personajes masculinos principales de la novela? ». De inmediato respondí: «Drácula, el negrito fantasma y el otro negrito». No sé que dijo Marietta, no tengo más recuerdos. Solo el de mi mamá y yo buscando los pasajes en Viasa y el del viaje en avión. «Asientos de cuero, asientos de cuero. Es que Viasa es calidad», decía mi mamá antes de despegar.

De este viaje el mayor recuerdo que tengo es de cómo lo gané, de lo que hice o no en la isla, sólo quedan imágenes algo borrosas y sin mucho sentido. Eso sí, mi afición por las telenovelas aumentó progresivamente: El país de las mujeres (1998), Amantes de luna llena (2000), A calzón quitao (2001), Trapos íntimos (2002), Mi gorda bella (2002), Cosita Rica (2003). Y las producciones brasileras que competían –desde Televen– con RCTV y Venevisión. En ellas los sentimientos humanos aparecían al límite. No ver un episodio era sentir que algo le faltaba al día. Los domingos eran incompletos por esa razón. Los sábados pasan novelas, los domingos no. Y luego del sábado se podía dormir hasta tarde, si se quería hasta el mediodía. En cambio los domingos era necesario acostarse temprano, porque al día siguiente había que madrugar. Es ese otro cuento de la lucha entre dos días hermanos.

Pero las pasiones que levantan los llamados «culebrones», no son solamente por lo que cada capítulo transmite, sino también por el hecho de ser telenovelas. Son basura, las actuaciones son forzadas, no enseñan, su producción es mediocre, alienan a la población, esas son algunas de las críticas que durante años ha recibido el género. La burla recurrente cuando se les quiere atacar: una escena sobreactuada donde alguien llama al protagonista por un nombre kilométrico para decir que no pueden estar juntos por ser hermanos.

A finales de 2002 Leonardo Padrón –quien ha hecho de la telenovela una forma de trabajo– publicó en la Revista Bigott un artículo titulado: La telenovela, ¿género literario del siglo XXI? En sus páginas expone varios puntos interesantes. Uno de ellos: «Sí, las telenovelas han funcionado así durante años: con argumentos superficiales, con el simplismo de su esquema narrativo, con la manera abusiva como prolongan la historia, con la presentación de estereotipos en vez de personajes, con diálogos banales o impostados, con sentimientos toscos y vulgares. Así son, así gustan. Pero, digo yo, la historia de la cultura del hombres la historia de la evolución de sus rituales creativos. (…) La telenovela es aún un género joven, muy joven, históricamente hablando, más allá de que sus raíces estén en el folletín del siglo XVIII y en los nombres de Alejandro Dumas, Balzac, Víctor Hugo y Dickens».

Un género joven con altas y bajas. Atrás quedaron las denominadas «telenovelas culturales», regidas por la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas o Salvador Garmendia. También las que reflejan una realidad política y social, las que tocan la denuncia. Ejemplo de ello fue Por Estas Calles (1992-1994). Venezuela ya no es la exportadora de este producto de consumo masivo. La competencia interna decayó desde el cierre de RCTV. Abundan las telenovelas importadas y cuando se logra producir una en el país, es celebrada casi con el título de «Suceso del año». Desde el poder se vende la «telenovela socialista» pero es esa la nueva historia de un viejo fracaso: la imposición.

Toca rememorar y repensar lo mucho que se puede hacer. Cómo integrar creatividad y calidad junto con la preexistente cartilla sentimental. Es la telenovela un negocio, pero también una forma de ser latinoamericano, de ser venezolano. Es parte de nuestra idiosincrasia ese arte de narrar nacido en las tabaquerías cubanas de finales del siglo XIX. En las cuales se leían en voz alta capítulos de los folletines sentimentales que a las torcedoras de la fábrica hacían llorar, reír, gozar. Algo así explica Ibsen Martínez en un artículo dedicado a la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka, parte de las obras de ficción que han surgido para analizar el género. Y con la cual se inicia el recorrido por esta historia personal.

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De valientes, valentinos y valentones

«Atraco a mano armada: Dame tu corazón ya». Dibujo de Juan Luis Landaeta

       De valientes, valentinos y valentones

(Fragmento de un Día de los Enamorados en Caracas)

Por Guillermo Ramos Flamerich

Estoy en el Centro Loyola de la Universidad Católica Andrés Bello, en su planta baja. Hay mesas con pequeños árboles de caramelos que las adornan, estas son rodeadas por tienditas que llaman a comprar artefactos amorosos. Hay globos con forma de corazón, muchos globos. Se escucha una melodía, es la del bolero «Cantando quiero decirte», lo interpreta Orlando Sandoval. Es la «Tarde de Boleros» preparada por la Dirección de Cultura de la universidad para el martes 14 de febrero. Está buena la cosa, las parejas se miran, algunos solitarios cantan y el narra-cuentos, Armando Quintero, se prepara, le toca declamar una de sus historias. Tiene algo de resfriado, pero igual lo hará. La función está de antología, pero debo irme. Ella me espera.

Me zafo de viajar en Metro gracias a la cola que me da un amigo. Me deja cerca de donde ella se encuentra. Todavía no está lista, sigue en sus clases de música. Me toca esperar y disfrutar el paso de las horas. Camino, es uno de mis oficios preferidos. Llego a Chacaíto. Son tantos los globos rosados de papel aluminio, tantas las mujeres con al menos una rosa y demasiadas las que cargan al perro-peluche más famoso de estos días. No sé su nombre, pero es modelo único. Sus largos ojos y orejas son el regalo perfecto, algo así deben creer los que lo obsequian.

El tablero de ajedrez gigante de la plaza Brión sigue con sus bailadores de break dance, creo que no tienen nada preparado por San Valentín. Del Centro Comercial Expresso se escapa una canción romántica, hay una feria artesanal en honor al corazón. Al frente, un indigente pelea contra el viento, le cae a manotazos, lo insulta. ¿Qué le habrá hecho? No sé, pero en días como este, un despecho de altas magnitudes es comprensible.

Tomo metro hasta Altamira, la estación también celebra con algunas canciones del repertorio amoroso-popular. Las escaleras eléctricas están malas, para subir y bajar hay colas, pero no es la habitual. Tres travestis están sentados en ellas. Se escuchan silbidos, chistes y burlas. Esperan, hablan entre ellos y parecen no pararle a los comentarios de los demás. ¿Qué esperan un 14 de febrero: amor, comprensión, pasión?

En Plaza Altamira hay cajas azules y promotores con trajes de igual color. Cajas abiertas y gente agarrando lo que está dentro de ellas. Están regalando preservativos. No logro ver a cuál organización adjudicarle el gesto. Sólo sé que son marca Moods, fabricados en la India y que vencen dentro de un año y ocho meses. Una señora pide para su hijo y se lleva su paquete. Yo no consigo el paquete completo, sólo dos.

Ella está ahora en Chacao, voy para allá en metro, nuevamente. Sigue la estación con música para parejas. Los vagones están casi todos llenos, el que tiene un área preferencial todavía puede recibir algunos más. Frente a las sillas azules estoy parado, con muchos pensamientos difusos. Saco mi celular del bolsillo y los dos Moods se caen. Una anciana me ve como con cierta cosa, trato de no pararle. Alguien hace un chiste «sin querer queriendo», tampoco le paro. Conecto los audífonos a mi celular y pongo música. La vie en rose da un tono nostálgico al recorrido. Observo cómo pasan las luces del túnel una por una, como al abrirse la puerta la gente, en gesto torpe, trata de salir o entrar. Bajo de la estación. Camino hasta donde está ella. La veo, me encuentra, empieza un rato agradable. Recordamos la primera cita, buscamos el sentido diferente a la fecha, a ella se le sale una que otra cursilería, pero qué más da, es 14 de febrero, Día de los Enamorados.

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CAP: entre la historia y la polémica

Figura de plástico de CAP

«En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP»

CAP: entre la historia y la polémica

Por Guillermo Ramos Flamerich

En la revista Élite número 2.517 del 21 de diciembre de 1973 se relata la historia de José Couri. El cual arriesgó un millón de bolívares apostando que Carlos Andrés Pérez ganaría las elecciones presidenciales de aquel año. Sirvió como respuesta a un reto firmado por simpatizantes de Copei. Couri dio como razón para aceptar el desafío «repudiar públicamente la arrogancia de los copeyanos». Pasados los comicios electorales, el ganador afirmó que utilizaría el millón para obras sociales. Más allá de lo pintoresco de esta anécdota, el país inauguraba un quinquenio de opulencia, fluidez de recursos y la concepción de una nación próxima a lograr el desarrollo. Con un líder que podría arropar a todo el «Tercer Mundo» bajo las cobijas de la socialdemocracia. Comienza así la entrada de Carlos Andrés Pérez a las grandes ligas de nuestra historia.

El 5 de octubre de 2011 el velorio de Carlos Andrés en Caracas tenía lugar en la casa sindical de AD en El Paraíso. Más allá de las imágenes y jingles proyectados, frases como: era un ser humano, los seres humanos cometemos errores; el Congreso no lo dejó gobernar; Carlos Andrés prometió y cumplió, aparecían en todos los rincones. Por los alrededores el tráfico no era el habitual y una que otra persona hablaba en tono de burla sobre los restos del ex presidente y el tiempo transcurrido desde su fallecimiento el día de Navidad de 2010.

En una fotografía de Manuel Sardá posterior al golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se denota una pancarta donde aparece la imagen de Hugo Chávez al momento de rendirse en el Museo Histórico Militar y la de Carlos Andrés Pérez  con las manos juntas en posición de oración. La primera tiene una leyenda que dice: «Decentes a la calle», la segunda: «Corruptos a la cárcel». Es curioso notar que en 2010 un automóvil presentaba un letrero con unas palabras muy sencillas, pero contradictorio de lo antes mencionado. El escrito rezaba así: «Señor… Devuélvenos a CAP y te entregamos Chávez». Esa es la política, un día estas arriba, otras veces abajo y viceversa afirmaría cualquier persona que se crea experta en el tema. Los noventa sirvieron para la satanización de Pérez, todos los problemas y vicios del sistema recaían casi en su totalidad en una sola persona.

El 6 de octubre, cuando la urna con los restos del alguna vez llamado «Locoven» era bajada del carro fúnebre en el bulevar de El Cafetal, los más jóvenes militantes del partido Acción Democrática se peleaban por cargarla. Hacían una especie de cadena humana para que sólo los «blancos» pudieran estar más próximos al reivindicado líder. En menos de dos décadas logró pasar de expulsado a héroe.

«El Gocho» alguna vez tuvo la imagen de un policía represor. Fue en la década de los sesenta cuando, en su función como ministro del Interior, presentó un rostro serio y rudo, poco dado a las sonrisas y al contacto cercano con la gente. Con la campaña de 1973 su personalidad pública será reinventada. Quizás la imagen icónica de ese período, y de su vida entera, es la fotografía donde, congelado en el aire, salta un charco. Las patillas, el saco a cuadros. La vitalidad de un candidato que promete una «Democracia con Energía». Ese vigor servirá para acentuar el gasto público en un país bendecido por el dinero súbito. Se hablará de la hipertrofia del Estado, la deuda generada, la corrupción y la productividad venida a menos. Será esa misma energía la que presentará a un presidente izando la bandera, el 1 de enero de 1976, en la nacionalización de nuestro petróleo; en la entrega de becas; las giras por el mundo e inaugurando obras de infraestructura en diversos rincones del país.

Las personas presentes en el cortejo fúnebre hacían gala del mercadeo existente sobre CAP. Franelas, chapas, un muñeco de plástico, un uniforme de obrero petrolero con su foto incrustada, en fin, toda una tienda de objetos curiosos. A pesar de la lluvia la gente seguía en caminata hasta el Cementerio del Este. Era peculiar escuchar la canción de «ese hombre si camina…» mientras dirigentes de nuestra actualidad política hacían el recorrido en automóvil. De un colegio cercano se veían niños en edad preescolar asomando sus cabecitas a la calle para fisgonear sobre el hecho. Lo más probable es que no conozcan la historia de Carlos Andrés Pérez, pero el momento que observaron quedará en la memoria.

La comunidad internacional aplaudía la liberalización de la economía en Venezuela. Las cifras macroeconómicas eran cada vez mejores. Una democracia estable en camino a conseguir una economía de mercado. En lo interno, un estallido social, dos golpes de Estado y la desmejora en los ingresos y calidad de vida de los ciudadanos eran la otra cara de la moneda. «El Gran Viraje» se desarrollaba en una sociedad donde las instituciones y los partidos políticos cada día estaban más desacreditados. Un Carlos Andrés Pérez diametralmente opuesto al bonachón de quince años antes intentaba girar el timón de la nación a otros rumbos. CAP sería destituido por malversación de fondos. ¿Cuál fue la reacción popular ante tal hecho? De esta manera lo relata el historiador Manuel Caballero: «Pero aparte de unos cuantos gritos de las barras en el Congreso y en la acera de enfrente, la fiesta popular no se vio por ninguna parte». El problema no era sólo de un hombre, un sistema entero, acaso la sociedad en su conjunto, vivía una crisis de tamaño insospechado.

Globos blancos adornaron el cielo cercano al cementerio. De camino al foso donde sería enterrado, alguno que otro curioso visitó la tumba de Rómulo Betancourt. Un señor, proveniente de Maracay, se arrodilló ante ella y comenzó a rezar. Virginia Betancourt y Germán Carrera Damas ofrecieron unas palabras en homenaje al difunto. Diecinueve disparos de salva lo despidieron. Ochenta y ocho años  y cincuenta y nueve días vivió un personaje polémico, tanto en su ciclo vital como en la muerte. Hechos contradictorios marcaron toda su trayectoria. Su afán fue siempre quedar en la historia.

En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP. Quedará en otras manos hacer un dictamen balanceado. Parece imposible. Por los momentos la nostalgia y la situación actual algo lo ha reivindicado. Su imagen parece estar más saludable hoy en día que en el momento de su último suspiro.

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Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

«El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul»

Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿Tú crees que el Y2K ocurra en Ciudad Bolívar?

–No –respondió mi primo Enrique– Acá ninguno de los servicios funcionan con computadoras. Es que se utilizan unos medidores de agujitas de hace cuarenta años…

Momentos como el cambio de milenio, o el simple periplo de un año a otro lo he vivido en esta ciudad del sur de Venezuela. Ciudad Bolívar ha sido como un segundo hogar desde donde apreciar el país. El primer viaje en avión lo realicé para allá. La reunión con la familia materna, primos, tíos y abuelo, significaba un momento de aprendizaje y una que otra temprana reflexión sobre el significado de vivir.

El hogar de la familia estaba matizado no sólo por el calor característico de la región, también por una especie de conjugación entre la realidad y el mundo de la ficción. La casa era de principios de los años setenta; una estructura con platabanda como techo, en forma de «U». A pesar de su no tan lejana construcción, leyendas fundidas con sucesos de años predecesores le daban un toque diferente.

El bisabuelo que a los 93 años había fallecido en ella, quien era conocido en sus últimos años por avisar quién llegaba y por alimentarse de pichones de paloma para fortalecerse de una sufrida trombosis cerebral; la abuela materna que había muerto de un infarto en el cuarto donde siempre pernoctaba durante mi estancia en la ciudad; la espectral enfermera que años antes se le había aparecido a un tío en uno de los dos pasillos que presenta la casa. En fin, todo esto aunado a las celebraciones nocturnas donde, con bebidas y comida, pasaba un buen rato escuchando las voces altas y aceleradas. Recuerdo la vez que se hacía chicharrón de un cochino recién traído, me escapé con el rabo del cerdo ya que mi madre me había dicho que esa era «la parte más exquisita» de la bestia.

Afuera estaba la ciudad. Avenidas que parecían asfaltadas con granzón, calles de extrañas curvas en una topografía plana, no determinadas por la planificación sino por la localización de las viviendas, locales que buscaban emular con sus nombres a los de las grandes ciudades, un aeropuerto en el centro geográfico de la urbe y una sensación generalizada de necesidad en el «foco de poder» del estado Bolívar.

En Tv Río transmitían videos caseros de fiestas y reuniones, mientras que Bolívar Visión era una trinchera para proyectar películas que estaban aún en cartelera. La realidad era que la ciudad no contaba con un cine y las opciones se reducían al cable, la compra de películas quemadas o la suscripción a un videoclub también conformado por productos de la piratería. La mañana y tarde eran para adentrarme a la Ciudad Bolívar histórica, esa enclavada en lo alto, muy cerca de las riveras del Orinoco.

La Catedral consagrada a Nuestra Señora de las Nieves la había conocido por primera vez gracias a la boda de uno de mis tíos. El sitio donde fue fusilado Manuel Piar, en una de las grandes paredes exteriores de la iglesia, siempre servía de lugar para fotografías con ínfulas de «representación histórica». La Plaza Bolívar, sus alegorías a las cinco naciones liberadas por Simón, los árboles y la brisa conformaban un paisaje pincelado por las casas de colores que se establecían en el centro.

Las estructuras más importantes competían por ser visitadas, mostraban sus atractivos. Cada una exhibía no sólo sus cualidades, también su importancia para la historia del país. La casa donde estuvo detenido Manuel Piar y la morada del Congreso de Angostura, inmensa casona colonial que alguna vez sirvió como colegio a finales del siglo XVIII.

Claro está, no todo estaba en el centro. En el Paseo Orinoco se observaba la ciudad comercial y buhonera. Más allá se encontraba La Carioca; el mercado era el lugar ideal para la comida típica y el guarapo de papelón servido en los frascos que comúnmente alojan la mayonesa. Salir del centro histórico no significaba abandonar la historia. A un lado de la Avenida Táchira se imponía la casa San Isidro. La cual sirvió como albergue a Simón Bolívar, conocida también como Casa Bolívar. Una hacienda fresca y con historias que van desde dos mujeres que al pelear se convirtieron en gigantes rocas, hasta el fallecido Tamarindo en el que el Libertador amarró su caballo. Al frente, un coloso con la forma del personaje más famoso que tiene Venezuela. Una estatua inmensa que a los ojos de un niño era más grande aún. La cuál, por alguna magia o hechizo, podía cobrar vida, y si estaba cerca de ella me podía aplastar. Para la época estaba de moda recorrer la laguna Los Francos. La noche servía para dar vueltas por el recién rescatado lugar. Una vía larga y agua alrededor. Más allá del paisaje, las bebidas alcohólicas y la música eran parte de las principales atracciones.

«La quise tocar, la quise abrazar quise amarla como a ti, ni que fuera un mago para contener la fuerza del río…», mientras escuchaba ese vals, Viajera del río,de Manuel Yánez, el Sol se posaba en el casco histórico. Una calle, la cual consideraba especial, presentaba una vista artística del Orinoco. El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul.

Los años han transcurrido. Llevo algún tiempo sin visitar la ciudad. Todo cambia, se transforma. Los adolescentes eternos que eran mis primos son cada día mayores. Hasta yo estoy entrando de manera definitiva a la adultez. Nuevos integrantes conforman la familia. El tiempo por momentos deja de ser compañero y es juez de hechos implacables. La ciudad sigue allí, con recuerdos y momentos imborrables. En mis pensamientos la evoco, ideándola, meditándola. Entendiendo la Casta Paloma de Alejandro Vargas, y uno de sus maravillosos versos: «Cantando aguinaldos pasaré la vida, bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar».

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Fin de semana en Cumaná

Castillo San Antonio de La Eminencia

Fin de semana en Cumaná

Por Guillermo Ramos Flamerich

«Yo te curo el párkinson, el vitiligo, el cáncer, los problemas con el riñón y la próstata. Cuando se sabe qué hierba usar, todo se cura», así nos hablaba Manuel Rondón, botánico popular, quizás brujo. Todo esto mientras padecíamos el tráfico en la avenida Boca de Sabana. Germán Viloria conducía. La conversación con el señor Rondón hacía más apacible cada minuto. Ante todo esto, me preguntaba: « ¿por qué rayos hay cola en Cumaná? ».

Es de conocimiento público que la ciudad de Cumaná es la capital del estado Sucre, fue fundada en 1521 con el nombre de Nueva Toledo, se encuentra a las orillas del río Manzanares y su santo protector es Santa Inés. Por eso la vieja pieza del folklore: «Hoy día de Santa Inés, patrona de Cumaná, venimos con gran placer La culebra aquí a cantar…». Como la mayoría de asentamientos de la corona española próximos al Mar Caribe, La Tierra Donde nace el Sol, estaba amenazada por piratas y corsarios. De allí la construcción de dos castillos. Uno de ellos finalizado el 13 de junio de 1659, el castillo de San Antonio, enclavado en el cerro de La Eminencia.

Una edificación con bloques de coral que ha sufrido tanto los daños de terremotos, como la corrida del mar, lo que hace que los antiguos cañones que impactaban a una distancia de 1200 metros, ya no tengan ningún efecto estratégico. San Antonio de La Eminencia, es en la actualidad un lugar para la memoria histórica. En él, queda aún viva la anécdota de Alejandro de Humboldt observando estrellas fugaces en alguna noche de 1799. Debajo de la vieja fortaleza, se encuentra una estructura moderna, la que alberga el Museo de Arte Contemporáneo de Cumaná.

«El descuido de parte del patrimonio, lo compensa el saberse en una ciudad que a pesar de cualquier dificultad, siempre intenta mostrarte el afable rostro del pueblo oriental»

Hablar de esta ciudad del oriente venezolano, es nombrar sus personajes ilustres: el Gran Mariscal de Ayacucho, los poetas Andrés Eloy Blanco y José Antonio Ramos Sucre, la cantante María Rodríguez, el pelotero Armando Galarraga, entre otros.

En la casa número 79 de la calle Sucre, cercana a la Plaza Bolívar, se encuentra la primera morada de Andrés Eloy. Una estatua sentada del poeta, en tamaño real, recibe a los visitantes en su patio interior. Artefactos que pertenecieron a él o a su familia, están esparcidos por los rincones de la casa. Las señoras Lupe y Elinor, atienden amablemente. Todo este recuento es maravilloso, lo único que oscurece el panorama, es el deterioro que presenta este hogar-museo. Ni la gobernación del estado, ni el Ministerio de la Cultura asignan recursos para este lar cumanés. La riqueza cultural del recinto se ve empobrecida por sus estructuras. Solamente la Universidad de Oriente (UDO), participa con algunos fondos para el mantenimiento del primer hogar del escritor de «Las uvas del tiempo».

Todo en el casco central parece estar cerca. El teatro Luis Mariano Rivera, la catedral, la iglesia Santa Inés del Monte, la llamada Casa Alarcón, que fuera propiedad de José Miguel Alarcón, conocido como «El bardo de las rimas de oro». Las ruinas del palacio de gobierno. Quemado por manifestantes a principios de los años noventa. El museo Gran Mariscal de Ayacucho, donde se presenta parte de la cultura sucrense, pero en la actualidad sirve también para el culto a la persona que gobierna al país.

«Todo en el casco central parece estar cerca. El teatro Luis Mariano Rivera, la catedral, la iglesia Santa Inés del Monte, la llamada Casa Alarcón…»

Cumaná es una de esas ciudades inolvidables. Su sol, playas, el trato amable de su gente y la tradición, convergen en un solo sentido. Es de potencial turístico envidiable. Como gran parte de las ciudades venezolanas, la deficiencia en los servicios públicos: vialidad, transporte, electricidad, agua, limpieza, son carencias que se remontan y tienen su germen desde hace ya varias décadas. El descuido de parte del patrimonio, lo compensa el saberse en una ciudad que, a pesar de cualquier dificultad, siempre intenta mostrarte el amable rostro del pueblo oriental.

Ya la avenida estaba libre. El tráfico se debía a un choque. El señor Rondón ahora relataba la historia de su becerro de dos cabezas, el cual donó a la UDO y esta, para examinarlo, lo disecó. Recorríamos la Avenida Perimetral, el azul del mar estaba bonito. Eran las cuatro de la tarde.

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Al río Guaire con cariño

Riveras del Guaire

«Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo “peorcito” de la ciudad»

Al río Guaire con cariño

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En Caracas hay un río que todos los días olvidamos. Más que un río, es un hilo marrón y atormentado, un desagüe del mundo. El hedor horizontal de nuestras vidas. Pero también es río y tiene orillas. Caminarlo, en esta ciudad, es privilegio del vagabundo. Nadie más posee esa mirada, ese ángulo de la autopista. Es su pasaje privado»

Leonardo Padrón, «Boulevard» (2002).

 Seis y media de la tarde por El Rosal, Caracas ya estaba a oscuras. Desde el cambio de hora, hace ya varios años, la sucesión entre día y noche era tan brusca que el atardecer quedaba en una especie de limbo. La jornada había sido muy buena y productiva. Quería caminar y reflexionar. En una ciudad tan agitada, tomarse un rato para pensar puede ser algo de riesgo. Debía estar en el centro comercial Tolón (el mismo del fashion mall) a las ocho, tenía tiempo de maniobra. Decidí ir a pie. La Caracas actual puede ser definida por la palabra incertidumbre, hasta las zonas medianamente vigiladas de la ciudad padecen de una especie de penumbra inhibitoria, esa que te hace mirar a todos los puntos cardinales. Alguien está al acecho, tú o yo. En esta acera tan chica sólo uno puede sobrevivir. Pensaba en tantos temas, personales como del país, quizá alguno sobre este mundo que nos ha tocado vivir. Al poco tiempo estaba debajo de la autopista Francisco Fajardo, en esa especie de túnel medianamente mantenido, pero en una tierra de nadie entre Baruta y Chacao.

Libro de Caracas

«Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses»

Empezando el puente Veracruz, con sus relieves pintados por grafitis, observé un indigente de pelo cenizo, bigote grande, mandíbula salida y con una extraña franela del Padre Pío, quien emulando a un corredor de maratón, salía de la vía recta del puente y cruzaba hacia los caminos verdes cercanos al río Guaire. La escena era cómica/estrambótica/extraña, una especie de aquelarre o de simple reunión de sancocho, aglomerados en círculo, en trance o en un ritual. No duré mucho tiempo observando ese pintoresco paisaje, pero en lo que quedaba de camino sólo pude pensar en una cosa: la relación del caraqueño con el Guaire. Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo «peorcito» de la ciudad. A orillas del río Guaire todo lo malo puede ocurrir, cuerpos arrojados a sus aguas, indigentes que montan sus casas en los desagües, murales de mal gusto donde el Seniat te invita a pagar los impuestos, historias de viciosy niños de la calle en sus orillas, monte y quizás culebras, en fin; quizás lo único positivo que queda son los pájaros que aún sobreviven en los extremos y los restos de la fisicromía que Cruz-Díez colocó al borde del mismo, en los ya lejanos años setenta.

Guaire de Caracas

«Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío», Billo Frómeta

Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses. La de unos cipreses en las riberas del sano río, Puente de Hierro en un grabado del último cuarto del siglo XIX, un Guaire ya contaminado en los años sesenta y la imagen mental de Renny Ottolina bebiendo agua del mismo (creada por mi mamá durante conversaciones de mi niñez). Toda una reflexión algo intensa, de pronto detenida en treinta segundos, al tener que cruzar con rapidez una calle cercana a la plaza Alfredo Sadel. Cuando retomé la idea, mi cabeza revoloteaba con Desorden Público y su canción: Peces del Guaire. Si una de las nociones primordiales en la fundación de la ciudad colonial era la cercanía al río, eso nos convertía a los caraqueños en hijos del Guaire.

Tenemos un padre tóxico el cual vamos achicando día a día y al que le regalamos lo que queremos obviar de nuestra cotidianidad. «Más gente, más gente, más gente, hay más gente», dice la letra de la canción, pero menos gente que le importe la existencia de esta especie de padre. El problema ecológico que representa, el descuido como ciudad y el poco afecto que sentimos por lo que somos, redunda en un río sucio, que cruza a todos los sectores de Caracas, pero que todos rechazamos por igual.

Todo un problema el cual parece estar atracado a mitad de un túnel. Tenía frente a mí el Tolón. Todo lo meditado era trágico y triste. No conseguía nada bueno para mi conclusión. En eso evoqué a alguien que siempre quiso a Caracas como un todo: Billo Frómeta. También recordé una de sus canciones, la cual comienza con las notas de un órgano algo desgastado: Mi Viejo Guaire. Corta, sencilla y con un verso que me devolvió el ánimo perdido: «Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío».

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Caracas, Zapata y lluvia

«Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche»

Caracas, Zapata y lluvia

Por Guillermo Ramos Flamerich

Recibía el mediodía del jueves 28 en la instalación de una serie de conferencias, ofrecidas por la Academia Nacional de la Historia, por motivo del bicentenario del 5 de julio de 1811. El historiador colombiano Armando Martínez Garnica ofrecía un balance comparativo entre los sucesos de la Nueva Granada y Venezuela en sus comienzos como repúblicas independientes. Finalizado el acto, me reencontré con conocidos, gente con la que llevaba tiempo sin conversar, en fin, ya eran más de la una de la tarde. Tenía que estar a las tres en Ciudad Universitaria, en específico la Facultad de Ciencias. Un amigo y tocayo se había ofrecido a llevarme hasta allá, me comentó que había estacionado su automóvil cerca de las torres de El Silencio.

Emprendimos la marcha hasta la calle que le servía de estacionamiento. En eso, por el bulevar lateral a la iglesia de San Francisco, observo un buhonero no muy típico: vendía afiches de obras de arte exhibidas en museos de la ciudad. Todas eran impresiones de los años noventa. Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Museo Sacro, Galería de Arte Nacional y otros. Me detuve a observar algo que me pareció tan curioso pero a la vez cultural.

–¿Qué tienes? – pregunté en modo fisgón.

–Centeno Vallenilla, Botero, Miró, Zapata.

–¿Qué tienes de Zapata?

De repente sacó un rótulo de impacto. La impresión de un cuadro de Caracas hecho por Pedro León Zapata en 1991. Densidad enorme de edificios-ranchos acumulados, demasiado juntos, demasiado grotescos, algunas figuras humanas, cerros, y a lo lejos, en el horizonte, la fotografía del artista. «Caracas, Zapata. Museo Sacro de Caracas».

Empecé a indagar mentalmente. Este afiche se vería excelente en la salita que sirve de oficina en el apartamento. Imaginé la tripleta: Zapata, uno de mis pintores e intelectuales favoritos; Caracas, mi ciudad; 1991, el año de mi nacimiento. Todo confluía, el universo conspiraba (como dicen algunos místicos) para que yo comprara el afiche.

–¿Cuánto vale el de Zapata?

–Dame 50.

–No tengo

–Dame 40.

–No tengo.

–¿Tas pegao?

–¿Pegao?

–Sí, que si no tienes plata.

–Solo para el almuerzo.

–Ok, dame 20.

–Dale, te lo compro.

De repente el vendedor se acerca a un grupo de personas apostadas en un rincón, lo acompañaban. «El de Zapata se lo voy a vender al joven por 20». Los presentes discutieron el tema y estuvieron de acuerdo. El buhonero se despidió emulando el adiós que un pueblo le da a un héroe que va para la guerra, faltó el abrazo fraternal. Yo sólo le dije: «Pasa una excelente tarde».

El tocayo y yo bajamos hasta la vía que llaman Avenida Este 6. Percibía como intentaba buscar su automóvil y no conseguía nada. Con cara de preocupación dispuso su mano al rostro, reclamó: «¡El carro no está!». ¿Qué pensaba yo? Listo, se lo robaron. En eso, unos sujetos que estaban hablando mal del gobierno nos dijeron: «Lo más seguro es que lo hayan remolcado y se lo llevaron al Estacionamiento San Juan». Apenas escuchó aquello, el tocayo tomó un taxi pirata. Decidí acompañarlo. ¡Qué tráfico tan espantoso en menos de un kilómetro! Con el chofer conversamos acerca de la ley de tránsito, lo que significa la raya amarilla en la acera, historias de amor relacionadas con remolques, en fin, matamos el tiempo. En todo esto, mi afiche de Zapata, enrollado y con refuerzos de periódico, estaba sano y completo.

«Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio»

Pasado el tráfico, ya por la avenida Baralt, me percaté que el tiempo de maniobra para estar en Ciudad Universitaria se reducía. Tenía a lo sumo cuarenta minutos. Decidí despedirme del chofer y del tocayo. Me bajé en una calle adyacente a la avenida. Ya a pie, cruzo hacia la derecha, así empezaba mi martirio tratando de que nada le pasara al afiche. Sólo pensé: «En mis manos está en peligro». Caminando veo una tienda, de esas típicas, parecía andina. Vendían unos buñuelos de queso a 6 Bs, siempre había querido probar un buñuelo, así que lo compré para amortiguar el hambre. Cruzando avenidas y calles me acercaba a la estación Teatros. Próximo a la misma, el afiche voló de mis manos. Intentando que no se ensuciara, un bolso que llevaba conmigo se cayó. Alguien gritó por ahí: «¡qué pasó papá!». Gracias a Dios una señora me ayudó y me consoló diciendo: «esto siempre me pasa».

Metro a reventar, intento llevar  el afiche por encima de las personas para que así nadie le hiciera daño. En algún momento se llegó a caer. En mi mente formaba esa imagen cliché de todo en cámara lenta y yo intentando salvar el «artefacto sagrado», cuando tocó suelo, una persona mayor que estaba cerca se empezó a reír. «Llegué a Ciudad Universitaria, reto cumplido», afirmé. En eso, apenas salgo de la estación, cayó la primera gota de lluvia de un fuerte aguacero.

Crucé casi saltando y haciendo piruetas, mi afiche de Zapata tiene que vivir para estar colgado en el apartamento. Buscaba siempre estar debajo de un árbol para evitar las chispas de agua. Había llegado a un pasillo techado frente a la Facultad de Ciencias, para pasar, se había formado un río de por medio. Le dije a una pareja que tenía paraguas si podían cruzar con el afiche. Decidieron prestármelo, se mojaron. Se habían sacrificado por la «Caracas de Zapata». Había arribado a puerto seguro, eran las tres de la tarde y dos minutos. Lo que desconocía era que volvería a casa a las once de la noche. El afiche sobrevivió. A pesar del día, lo único que puedo expresar es que esta reproducción, colgada en el estudio de mi apartamento, es más caraqueña que nunca. Aunque no se mojó, se empapó de la cotidianidad de la ciudad.

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