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#Opinión Venezuela, estas ruinas que ves

Venezuela, estas ruinas que ves

Collage digital obra del artista visual Francisco Bassin.

Venezuela, estas ruinas que ves

Por Guillermo Ramos Flamerich

Es un domingo a pocas horas de finalizar. En la televisión aparece una imagen conocida. La más común desde mi infancia. El candidato del oficialismo celebra su «victoria electoral» desde las afueras del Palacio de Miraflores. Habla de la revolución y que ahora todo va a mejorar. Que llegó el momento para convocar a todo el país. Esto justo después de insultar a sus adversarios; develar conspiraciones y decir que gobernará mucho tiempo más.

Pero este domingo 20 de mayo de 2018 las cosas fueron diferentes. No hay que venir del futuro ni ser brujo para palpar otro signo del ocaso histórico de una época. Nicolás Maduro, electo por menos de 1/3 de los venezolanos (según resultados oficiales) era anunciado como presidente reelecto para el sexenio 2019-2025. La bulla y la música a todo volumen a las afueras del palacio presidencial, solo buscaban tapar un secreto a voces, el gran derrotado no era solo Maduro, también la Revolución Bolivariana como alternativa, como sistema y como imaginario.

En Venezuela se dio una especie de profecía autocumplida, pero no solo por una elección que fue convocada por un órgano que no era el responsable del mismo (Asamblea Nacional Constituyente), ni por haber sido a destiempo. Tampoco por las irregularidades antes y durante el proceso. Sino porque todo lo que se denunciaba acerca de la Revolución Bolivariana, desde mucho antes de 1998, se ha ido convirtiendo en realidad. La propia Revolución Bolivariana también conocía su destino, y se armó y protegió para este momento. Cuando no tienen ni el fervor popular ni la legitimidad a lo interno y externo.

Se dijo que no eran democráticos. Nunca lo fueron. Se denunció que querían convertir a Venezuela en otra Cuba. Vamos peor. Se especuló sobre la maldad intrínseca de un discurso demagógico, nacido del resentimiento y el no reconocimiento de la diversidad. En eso ha derivado. Pero también el gobierno, desde los tiempos de Chávez, siempre argumentó que existía un plan internacional para derrocarlo. Que eran incómodos para las grandes potencias. Que el cerco era hasta militar… Al día de hoy, tenemos una comunidad internacional que ya no se fía en las cosas que diga o haga el régimen que ejerce el poder en Venezuela. Mientras este sistema político impere, no seremos ejemplo para nadie. Mucho menos para nosotros mismos.

Pero lo más importante no es que desde afuera nos vean como una dictadura. Es el sincerarnos como venezolanos. Colocábamos nuestras esperanzas en una «democracia imperfecta», en un pueblo contestatario y libre. Ya sabemos lo oprimido que estamos, lo poco, o nada, que vale nuestro voto, y las incongruencias y responsabilidades que debemos asumir en pleno.

También nos hemos dado cuenta que aunque tenemos cantidad de riquezas naturales y gente talentosa, la mayoría de esto sigue en posibilidades remotas. En esos sueños que solo sueños son, y no en una realidad concreta, marcada hoy por el hambre, la enfermedad y la muerte. Ese cambio espiritual que estamos transitando es duro, pero es necesario.

Considero que aunque la película del chavismo parece haber iniciado su etapa final, no sabemos cuánto durará esta. Sería muy desagradable decir cuánto tiempo más puede soportar no tanto Maduro, sino todo lo que él es y representa, en el poder. Lo que sí sabemos hoy es que cualquier posibilidad de cambio pasa por transformarnos a nosotros mismos y afrontar, con rigor, cabeza fría y pragmatismo, la necesidad de unificar los esfuerzos de todos los que queremos salir de esta pesadilla. Es imperante la unidad, porque la otra alternativa es la devastación.

Ya no está en juego un cargo o una cuota de un poder inexistente. Está en juego no solo nuestras vidas, sino las capacidades reales de superar esta crisis estructural como una nación en pleno. Nunca es tarde, pero mientras más temprano, mejor. Entramos en la crisis de las crisis, nadie puede pensar en esto como un trabajo fácil ni ameno. Pero hay que intentarlo desde lo mejor de nosotros mismos, asumiendo retos y venciendo dificultades.

Hagamos realidad ese pleno de existir como un todo, en Unidad, Virtud y Honor. No vaya a ser que nuestro himno nos siga desmintiendo y cual maldición eterna, debamos repetir en el tiempo que el vil egoísmo otra vez triunfó.

*Publicado originalmente en La Patilla, el 21 de mayo de 2018

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Palabras para recibir el nuevo año 2018

Fin de Año - Manzanares 01

Palabras de Guillermo Ramos Flamerich en representación de la juventud en la misa de Fin de Año de la Iglesia de Manzanares.

El sentido de este 2018

Palabras ofrecidas por Guillermo Ramos Flamerich en la misa de Año Nuevo en la Iglesia de Manzanares, parroquia católica Santa María Madre de Dios, Caracas.

Ante todo, es momento de agradecer a Dios la vida que nos ha juntado hoy. Estamos aquí, en el último día de un año, que para ninguno de nosotros podrá ser indiferente. Agradecer a Dios en su sabiduría infinita, cada una de las lecciones aprendidas. Agradecer a todas aquellas personas que nos legaron su amor y su parábola vital como ejemplo de vida y que en este 2017 nos abandonaron del plano terrenal.

Este ha sido un año de contradicciones, pasiones al límite y vacíos.

A mediados de agosto tres amigos decidimos recorrer el país para así buscar respuestas del significado de eso que llaman el «Alma venezolana». Ya para ese momento el olor de las lacrimógenas iba desapareciendo de nuestras vías principales, aunque la sangre inocente sobre el pavimento seguía allí, como rastro de la intransigencia y el dolor colectivo.

Uno de estos amigos quería conocer esos pueblos perdidos de nuestra geografía, tomarse una foto en cada Plaza Bolívar, hablar con la gente y, sobre todo, escucharla. El otro quería retomar los ánimos después de un torbellino de protestas que, al parecer, no habían logrado los cambios reclamados.

En mi caso, creo que conjugaba ambas necesidades, recorrer esos lugares que uno ve tan próximos y damos por sentado que en cualquier momento los conoceremos y quizás eso nunca ocurra. También, el mes anterior había fallecido mi abuela y si algo me había dejado, era su amor profundo por el país.

A quienes les comentábamos del viaje, casi en su totalidad, nos decían que era algo demasiado arriesgado. La delincuencia, las alcabalas, el mal estado de las carreteras, la crisis… Pero es que a mi generación no le ha tocado otra cosa que vivir en una crisis eterna convertida en anormal cotidianidad.

Un carro, provisiones básicas y alguno que otro contacto en las paradas principales. Todo salió según lo planeado y hasta mejor, porque en cada pueblo en el que nos paramos, nos encontramos con gente buena, que buscaban ayudarte aunque nada tuvieran. También observamos muchas miradas tristes ante tantas atrocidades que padecen. Miradas que pueden convertirse en sonrisa y trabajo si juntos nos damos alientos y nos llenamos de fe. Pensábamos que más nos impresionaría la geografía física de cada región, y vaya que es impresionante la potencialidad de nuestra tierra, eso ya lo sabemos. Pero lo fundamental fue esa geografía humana, colmada de mujeres, hombres y niños que están dispuestos a ser mejores y no dejarse vencer por las calamidades del presente. Venezuela es una apuesta al futuro y ese futuro significa ¡Hoy!

Fin de Año - Manzanares 02

Es verdad que mientras el tiempo pasa sentimos un país que se nos va y cada vez es más difícil retenerlo. La nostalgia se ha convertido en la gran compañera de muchos padres aquí presentes, que tienen a sus hijos dispersos alrededor del mundo. O que los tienen aquí con la mente en remotos lugares. Se ha dado el caso de que un joven que no llega a los 27 años, tenga a su novia en Francia, y los mejores amigos regados entre España, Uruguay, México, Australia, los Estados Unidos…

Muchas de esas conversaciones esenciales con amigos y familiares, siguen ocurriendo, y siguen siendo hasta altas horas de la noche, pero ahora a través de grupos Whatsapp, de Skype o de cualquier otra aplicación que ofrezca el mundo globalizado. Pero aunque todo esto pueda sonar triste, no debe significar fatalidad. Lo que hemos experimentado estos años y, sobre todo, este año, debe significar fortaleza.

El reto es convertirnos en lo mejor de nosotros mismos y demostrar con el ejemplo que podemos transformar nuestra sociedad. Allí afuera hay gente que padece por lo más básico, esa ni es la Venezuela que queremos ni la que merecemos.

Pero como dijera alguna vez Elie Wiesel, sobreviviente de los campos de concentración Nazi y Premio Nobel de la Paz: «la indiferencia puede ser tentadora, más que eso, seductiva. Es mucho más fácil alejarse de las víctimas. Es tan fácil evitar interrupciones tan rudas en nuestro trabajo, nuestros sueños (…). Es, después de todo, torpe, problemático, estar envuelto en los dolores y las desesperanzas de otra persona».

Pero si algo hemos aprendido en estos años de brega es que estamos llamados a ser uno para poder ser todos. Junto con el que goza, como con el que padece, con el que sueña y también con el que tiene pesadillas. Es apostar a la esperanza en el momento más oscuro, y como dijera el Papa Emérito, Benedicto XVI, en su carta encíclica Spe Salvi: «esperanza que nos da el valor para ponernos de la parte del bien aun cuando parece que ya no hay esperanza». Se trata de «aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido».

Ese sentido tiene el nombre de Venezuela, pero también el de la honra de nuestros muertos. Tiene el nombre de nuestra familia, el de nuestros padres e hijos. El del amigo, el del vecino y hasta del contrario.

Ese sentido debe ser devolverle la ilusión al rostro de las nuevas generaciones. Debe convertirse en una doble llama que llene de esperanza tanto a los que se quedaron, como a los que se fueron. Para que los que aquí se encuentran no vean el país como una prisión y los que se fueron, nunca lo hagan en espíritu.

Damos la bienvenida a este 2018 con el mayor ánimo posible. El cambio de una fecha no representa un borrón y cuenta nueva, pero sí una esperanza renovada en nuestros corazones. Damos así la bienvenida a ese hermoso regalo que es seguir viviendo y hacer de nuestras vidas una herramienta fundamental para surgir, no solo como individuos, no solo como familia, sino como nación. Porque nosotros confiamos en Dios nuestro hogar, ese hogar que merece todo el trabajo y la gloria posible. Ese hogar que se llama: Venezuela.

Fin de Año - Manzanares 03

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