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La Caracas de los 449

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

La Caracas de los 449

Por Guillermo Ramos Flamerich

Había llovido el día anterior. El cielo amanecía despejado, pero la ciudad estaba llena de charcos, caminos enlodados y una Feria del Libro en Los Caobos que forzaba por poner en un mismo ranking a Hugo Chávez con Simón Bolívar, Francisco de Miranda y Simón Rodríguez.

Pero el comandante sabe que ahí es solo un asomado. Su secta lo impone, a pesar de la creciente indiferencia de los que transitan buscando algún libro barato o mundano esparcimiento. Existe el karma y si en 2011 se burló de la entonces diputada María Corina Machado con su: «Usted está fuera de ranking», alguien le estará haciendo bullying allá abajo.

Pero estas líneas no se tratan de Chávez ni de que el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento de Hugo Chávez venda sus publicaciones en 1000 Bs y ya no las regale. No. Estas líneas son sobre la Caracas del lunes 25 de julio, la de los 449 años, aunque a Nicolás Maduro no le guste celebrarlos.

Mientras un bote de aguas servidas dejaba un olor insoportable por la avenida Delgado Chalbaud de Coche, la fuente de Plaza Venezuela estaba apagada. Parece que PDVSA La Estancia, protectora del espacio, solo funciona si los precios petroleros son tan altos que hasta alguito puede sobrar para la cultura y el ornato.

Monte crecido, de nuevo poca seguridad y la fisicromía de Cruz-Diez homenaje a Andrés Bello, perdiendo poco a poco no solo su brillo, también sus partes. La ciclovía estrenada hace un año hoy amanece desolada. Nunca hay bicicletas disponibles y pedirla es un proceso más de la burocracia socialista.

Bellas Artes resiste por mantener su aura bohemia. Entre basura y vagabundos, están artesanos y libreros. Pero aquí todo se confunde. Parece que la gente está comprando menos libros, ahora ofrecen rebajas express y combos de hasta tres obras.

Un vendedor de libros y discos tenía la colección, casi completa, que editó el Círculo Musical en 1967 con motivo del Cuatricentenario de Caracas: música, narraciones, representaciones artísticas, grabadas al acetato. En lo personal, la mejor de todas es esa donde Simón Díaz hace un recorrido de la música popular caraqueña desde 1935 hasta 1967. Inolvidable.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Cuán lejos quedó esa época. 49 años, pero parecen cien, eso sí, hacia atrás. A lo lejos se veía el Teresa Carreño como símbolo de la modernidad perdida. En pocas horas ese sitio sería tomado por Casa Militar, pues Maduro iba a dar un discurso por motivo de los cuarenta años del asesinato de Jorge Rodríguez padre. Todos los actos oficiales se fueron hacia allá. Nada para la cumpleañera. Quizás porque 1567 fue antes de 1999 y así no vale.

El damero fundacional estaba en calma. La calma común del bullicio de la Plaza Bolívar con los integrantes de la esquina caliente escuchando discursos a todo volumen y los vendedores de: oro, oro, oro, euros, dólares.

El Palacio Municipal sin los estandartes tradicionales que se utilizan en esta fecha y cerrado al público, espacios que hasta hace poco atesoraban los muñequitos tradicionales hechos por Raúl Santana, así como maquetas de «la ciudad que se nos fue», como decía Alfredo Cortina.

La nueva esquina caliente diagonal a la Asamblea Nacional no se encontraba. Quizás respetando a la agasajada. Ese sitio se ha convertido en materia prima para cualquier estudio sociológico.

Desde allí insultan y gritan a cualquier persona que pase encorbatado, muestran fotos de Chávez diciéndole a la víctima que ese es su papá. Una vez un muchacho respondió: Sí, sí, mi papá. A lo que el fanático replicó: «Así me gusta, escuálido. Aunque lo digas de la boca para afuera, aprende aquí quien manda».

Pero el lunes 25 no había nada de eso. Solo una cuadrícula cada vez más sucia y menos sustentable. Esos «espacios recuperados» que tanto pregona el alcalde Jorge Rodríguez son tan remotos y extraños como el azúcar, la carne o la harina precocida de maíz.

Lo que abunda cuadras más arriba de la plaza es gente escudriñando comida en la basura. En la Plaza Juan Pedro López, quizás una de las más bellas de la ciudad, tres hombres buscaban hacer su mediodía a base de sobras sacadas de la basura.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

¿Cuánta esperanza queda en la ciudad de la eterna primavera? Es difícil saberlo. Ahorita pienso en Caracas y llega a mi mente Norma Desmond, ese personaje de la película Sunset Boulevard que encarnó Gloria Swanson iniciando la década de los cincuenta. Caracas es depresiva y temperamental, siempre recordada por sus viejas glorias.

Todo es un fue y un será si por alguna gracia divina le tocara protagonizar algún momento estelar. Pero la ciudad de cristal de San Bernardino, Sabana Grande o Altamira, está cada vez más rezagada. Lo mismo la guzmancista y la del millón de almas que para 1955 imaginaban vivir en una próxima gran capital del mundo.

En sus calles solo conseguimos carteles viejos que te incitan a buscar cosas imposibles de hallar en la urbe actual. Miedo y zozobra. Caracas ha perdido ese rasgo de «muy noble y muy leal», título junto con el cual el monarca español Felipe II le entregara un escudo, el del león rampante con la venera y Cruz de Santiago.

Caracas como posibilidad de convivencia ciudadana se está apagando. De momentos lentamente, casi siempre de manera acelerada. Nos queda el abrigo de nuestros hogares, de la gente que está aquí y es nuestra, de su memoria.

También el refugio natural de ver hacia el norte y conseguir esa azulada masa vegetal que tantas cosas evoca. Pero la grandeza de las ciudades no se basa únicamente en sus estructuras y servicios, ellos son reflejo de algo mucho más importante, esencial, la capacidad que tengamos los caraqueños por darle vida a esta doña de 449 años que nunca deja de nacer.

*Publicado originalmente en El Estímulo el 27 de julio de 2016

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Dr. José Gregorio Hernández

«Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia»

Dr. José Gregorio Hernández

Por Guillermo Ramos Flamerich

Esta historia data de 1995, 1996 o 1997. Realmente no importa la fecha. Estaba yo muy pequeño. Viajábamos papá, mamá y yo al pueblo de Isnotú. El andar por carretera, el divisar de parajes, los cambios de clima eran algo nuevo para mi. Los primeros recuerdos de las vías hacia el occidente venezolano y el hospedarse en posadas de leyendas, no por lo que allí hubiera ocurrido, sino por lo que evocaban. Lo más entrañable del siglo XIX, lo más provinciano del XX.

En todo esto esa impresión que uno tiene de niño, de que todo lo que te rodea es de enormes proporciones. Los techos eran abismales y formaban un cielo de madera recubierto con barniz. Pero la razón de este viaje no era solamente el conocer alguna región de Venezuela, se daba para peregrinar en el lugar de nacimiento de un santo venezolano, no oficial, pero igual de milagroso, igual de caritativo y lleno de amor: el Dr. José Gregorio Hernández.

Al recordar un breve documental que alguna vez transmitió Vale TV, llamado Devociones, Pedro León Zapata afirmó que una de las razones de peso para no darle el título de santo al venerable doctor, es la incapacidad que tendría la iglesia de dibujar sobre su sombrero una aureola. Esta reflexión en tono de broma, ratifica eso que sabemos: A la gente no le ha importado la denominación oficial, sigue creyendo y esperando que ocurran los milagros.

Llegó el día de visitar el ¿santuario? de Isnotú. El vitral con el lema: «Familia que reza unida, permanece unida» dentro del recinto; afuera, la estatua blanca de un doctor sereno que ayuda a todo el que lo pida. Por eso su nombre en cientos de plaquitas que arropan los muros y paredes presentes, y el común denominador, la frase: «Gracias por los favores recibidos».

Era pedir, agradecer, comer arepa en el páramo y comprar como artefacto religioso una casita que albergaba una imagen de José Gregorio, la cual servirá como uno de mis recuerdos del viaje para toda la vida. No fue así, duró muchos años, pero el tiempo la estalló. Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia.

De José Gregorio Hernández conocemos el típico relato que va desde sus estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela en 1888; pasa por los días de 1908 en la Cartuja de la Farnetta, en Italia, y sus problemas de salud; y toca el 29 de junio de 1919, cuando es atropellado en la Esquina de Amadores, frente a una farmacia en la que había comprado medicina para uno de sus pacientes. Todo esto revivido en 1990 por la miniserie El siervo de Dios, protagonizada por Mariano Álvarez y transmitida por Venevisión. En su rostro se plasmó el alma atormentada del santo.

La pude ver gracias a las múltiples retransmisiones del canal. Sobre todo durante el paro petrolero de 2002-2003. Siempre recuerdo la escena en la que el doctor intercede ante Juan Vicente Gómez en la liberación de unos estudiantes presos. Pero mucho antes de esto, se encuentra el recuerdo del viaje a Isnotú. Después llegarían los días de visita a su sepulcro en La Candelaria y fotografiar la esquina exacta donde fue atropellado y ahora se encuentra una placa y dibujo que lo conmemora, que lo espera y pide que su santidad esté legalizada.

Aquella travesía de mi niñez era para el pago de una promesa cumplida y la cual está sellada por mi segundo nombre. Por eso soy José. Guillermo José.

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De Petare en siete templos

De Petare en Siete Templos

Fotografías de Dubraska Vargas

Texto: Cultura Sucre y algunos datos obtenidos en cada templo

Foto crónica (Viernes Santo de 2013) de la tradicional visita a los siete templos en el Municipio Sucre del Distrito Metropolitano de Caracas.

I-Templo parroquial San Antonio María Claret  – Los Dos Caminos

Erigida en 1953, su fachada es simétrica y compuesta por tres cuerpos. El primero contiene el portal de acceso; el segundo cuerpo alberga la ventana del nivel del coro; y por último el frontis seccionado en dos partes por la presencia de cornisas que entrelazan las falsas pilastras, las cuales se rematan en pináculos. El interior del templo está compuesto por tres naves, protegido por la cubierta a dos aguas con tejas criollas.

II-Templo María Auxiliadora – Boleíta

Construido en 1977, diseñado por la arquitecta Nilda Suárez de Pinedo. Su forma responde a la imagen de las churuatas tradicionales de los indígenas venezolanos. Construida en concreto armado, con cerramientos de ladrillos mampuestos, su cubierta presenta una serie de tragaluces para proporcionar iluminación central al interior del recinto.

III-Templo María Madre de la Iglesia – El Marqués

El 25 de abril de 1964, el edificio del templo estaba culminado y el pintor César Oñativia realizaba el mural que representa la venida del Espíritu Santo. Cuando la iglesia fue inaugurada no podían celebrarse oficios religiosos, debido a que no se le había concedido la categoría de parroquia. El nombre solicitado era Espíritu Santo, el cual no les fue concedido. Quedó entonces como María Madre de la Iglesia, patrona que se encuentra en la entrada del templo.

IV-Templo Nuestra Señora del Rosario – La California

La parroquia fue creada el 15 de octubre de 1957 por el arzobispo de Caracas monseñor Rafael Arias Blanco. Su primer párroco fue Francisco Javier Monterrey. Culminado en octubre de 1970, como características principales se pueden mencionar el techo de gran altura, inclinado a dos aguas que llega hasta el suelo, y su estructura metálica.

V-Templo San Antonio de Padua – Macaracuay

Este templo ha sido la última parroquia aceptada por los capuchinos en Venezuela como servicio a las urbanizaciones Macaracuay, Colinas de la California y el barrio Las Brisas de Petare. La residencia, la iglesia y el colegio San Antonio fueron inaugurados en 1970 por el Cardenal José Humberto Quintero.

VI-Templo Nuestra Señora del Carmen – Barrio Unión

Templo de arquitectura neogótica inaugurado en 1955 por los Padres Carmelitas. Compuesto por tres naves en su espacio interior, su fachada principal presenta una serie de arcos ojivales en dos niveles. Sobre la puerta se encuentra un gran rosetón que le proporciona iluminación natural al templo, especialmente al área del coro.

VII-Templo Dulce Nombre de Jesús de Petare – Casco histórico de Petare

Data de 1621. Posee un campanario de cuatro cuerpos realizado en el siglo XIX; siete retablos del siglo XVIII, posiblemente originales de los artistas Domingo Gutiérrez y Alonso de Ponte; una gran cantidad de imágenes coloniales; y dos cuadros del pintor Tito Salas. Fue restaurado por la Alcaldía de Sucre y la Gobernación del estado Miranda entre 2012 y 2013. En 1960 fue declarado Monumento Histórico Nacional.

Dubraska Vargas (1992), caraqueña. Ha cursado talleres de fotografía en la Organización Nelson Garrido (ONG). Su trabajo está caracterizado por los retratos a elementos urbanos. Dirige Fotoilusiones.

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Perfiles: Mis años con Hugo Chávez

Hugo Chávez por Zapata

Hugo Chávez por Pedro León Zapata (c. 1999-2000)

Mis años con Hugo Chávez

Por Guillermo Ramos Flamerich

La única vez que vi a Hugo Chávez en persona fue en su féretro. De un tono grisáceo, hinchado, algo aplastado y la textura de su rostro como una escultura de arena. Reposaba con su casaca militar verde oliva, la boina roja y una tela del mismo color –en la parte superior de su abdomen– con la palabra: milicia. No parecía el hombre que durante dos décadas había marcado la vida nacional con su fuerte discurso, insultos, cantares, con el Cristo en las manos y las arengas violentas.

Su cuerpo era una figura inmóvil que no irradiaba nada. El esperar para verlo durante segundos fue de seis horas. Afuera, el ambiente era de propaganda, sentimientos sinceros, una porción de curiosidad y otra de faranduleo. Seis horas acompañado con el repertorio musical construido por la revolución bolivariana, y la omnipresente «Patria querida». La última melodía presidencial y obertura de la campaña a favor de Nicolás Maduro.

Hugo Chávez fue un hombre de rituales siempre conectados con la preservación de su imagen en la memoria histórica. Hasta la propia cadena del 8 de diciembre de 2012 –la cual ya sabemos fue su despedida– estuvo cargada por el simbolismo y el dejar en claro los puntos esenciales para la permanencia en el poder de un proyecto más personal que ideológico. Morir al mando trae consigo funerales espectaculares al estilo del cuento de García Márquez, Los funerales de la Mamá Grande, pero eso no construye una imagen idealizada eterna, la cual debe afrontar el juicio histórico y algo peor y muy latente en Venezuela, el olvido.

Algo recuerdo de la campaña presidencial de 1998. Tenía siete años. Era emocionante vivir una primera elección. Las marionetas del programa Muñecotes; las entrevistas de La Silla Caliente con Oscar Yánes; el auge del discurso patriótico; el discurso pragmático y la desesperación de los sectores tradicionales; el apodo de Frijolito que recibió Salas Römer; la mujer adeca que en una cuña se declaraba chavista y la grabación que los adecos presentaron de un Chávez listo para «freírlos en aceite hirviendo».

El 2 de febrero de 1999 me ausenté de mi salón del segundo grado para aparecer en la sala de video del colegio, donde los del sexto analizarían la toma de posesión presidencial. Allí pude escuchar la palabra moribunda antes de constitución y el comienzo de una presidencia tan larga que marcó la niñez, la adolescencia y temprana adultez de mi generación. Ese año se le dio punto final a la constitución de 1961 y un desastre natural acabó con el Castillete de Armando Reverón, parte de una de las mayores tragedias naturales ocurridas en el país. La que vivió el estado Vargas en aquel diciembre.

Para Hugo Chávez esos primeros meses deben haber significado vivir un sueño. Eso que había anotado en su diario sobre alguna vez regir los destinos de su país, era ahora realidad. Los dos primeros años fueron de viajes por el mundo, darse a conocer, de vivir lo insospechado y de prometer un país refundado. Pero su imagen era la de un político popular convencional, sin esa semejanza con lo celestial que intentan crear con su muerte.

Desde finales de 2001 y hasta 2004 el sueño que vivía parecía haber terminado. La incompetencia, los primeros casos de corrupción, la terquedad y el discurso de división, así como un acercamiento más allá de lo normal con Fidel Castro, casi lo sacan del poder. Pero quizás con la suerte que siempre lo acompañó, pudo salir de todo ello y llegar a un 2005 pleno, ejercitándose en Sao Paulo, presto a vender las Misiones traídas de La Habana,  burlándose de un desprestigiado George W. Bush y con un nuevo triunfo en diciembre de 2006: la reelección por seis años más.

En el 2007 el cierre de RCTV, el Movimiento Estudiantil y la pérdida de la Reforma Constitucional le dieron un año «de mierda», como él se expresó sobre la victoria de la oposición. Pero en 2009 logró la reelección indefinida. Su propósito de gobernar hasta el 2021 y más allá, se acercaba. Con el control de los poderes públicos, de los recursos de la renta petrolera, las fuerzas armadas, de la mayoría de medios, la minimización de la oposición, financiamiento de movimientos afines en la región y cierta notoriedad internacional, cualquier problema básico del país: servicios públicos, seguridad, alto costo de la vida, falta de productividad, parecía ínfimo ante un proyecto continental. El cual debería llevarlo a la gran historia, esa formada por coronas de laureles.

Pero lo venció el enemigo más pequeño. No cuidarse, no descansar, dedicarse por completo a construir su legado personal y la ambición de más poder, lo llevaron a una larga y penosa enfermedad. Con la cual no cabe duda que sufriera. De esta pueden surgir tantas leyendas y rumores como personas hay en el mundo. Desde el castigo divino hasta la inmolación, lo cierto es que la ambición lo llevó a seguir y no dar pausa, a dar el resto y de vivir su última elección desde el más allá. Porque el 14 de abril es la última elección de Chávez, su último adiós.

El lunes 11 de marzo, momentos antes de la inscripción de Nicolás Maduro ante el Consejo Nacional Electoral, cerca de una venta de dulces y un centro de llamadas improvisado –en Bellas Artes– un niño jugaba con dos muñecos. Uno de ellos era el vaquero Woody de Toy Story, sin su sombrero; el otro, la figura de acción de Hugo Chávez, sin su boina. Él los enfrentaba como en la lucha libre. Por un momento intentó quitarle la ropa al muñeco del extinto Presidente, pero el señor que estaba junto al niño lo impidió. Poco tiempo después el niño volvió a su faena de juegos. Woody arrastraba la figura de Chávez, lo tiraba al suelo.

Varias personas que pasaron vieron el hecho como sacrilegio, el niño estaba inmutable en su juego. Quizás así estamos los venezolanos de hoy en día, imbuidos en el juego de la cotidianidad. Sin conocer en cuál proceso histórico estamos realmente inmersos. Sin saber si lo ocurrido en estas décadas es el mero trámite para una etapa de cambios mayores para nuestra sociedad.

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Locos de La Vela: tradición a todo color

Locos de La Vela tradición a todo color

Comparsa de «Los seguidores de Cuima» en el paseo Generalísimo Francisco de Miranda. Foto: Dubraska Vargas

Diablos en la Plaza Bolívar de La Vela

Diablos en la Plaza Bolívar de La Vela

Locos de La Vela: tradición a todo color 

 Guillermo Ramos Flamerich

Mucho antes que la constitución del país hablara sobre presidente o presidenta; gobernador o gobernadora, y que esto se apoderara del lenguaje oficial con lo rebuscado que significa: bachilleres y bachilleras; médicos y médicas, desde hace décadas, cada 28 de diciembre se admira el bailar de los Locos y Locainas de La Vela de Coro. Festividad que se apodera de todas las calles de un pueblo y es parte de eso que se llama tradición.

Resulta que el sol de La Vela deja ver los colores de cada cosa en su máxima expresión. Lo radiante y saturado hace que la vida sea un personaje que arropa cada alma u objeto que en ella transita. Entonces el Mar Caribe une a estos venezolanos con sus vecinos antillanos, y esa mezcla, que llamamos mestizaje, logra dar a luz –a la luz del sol del Caribe– un rico folklore que va desde las comparsas y disfraces hasta los ritmos que las acompañan en conmemoración a los Santos Inocentes, y por qué no, en burla y reproche a los poderosos que antes eran llamados amos.

Fue el sabor que da el tambor veleño lo que logró preparar el viaje. Escuchar –año tras año, cada 28– esas grabaciones de Un Solo Pueblo y de Olga Camacho y la Camachera, lo que un día de noviembre me hizo decir: «Dubraska, ¿y si nos vamos para La Vela? Toca conocer a esos locos». Y así, como la magia de los minutos que hablan los chef de televisión, allí estábamos. Frente a la Plaza Bolívar del pueblo, comiendo empanadas y al fondo una canción: Alúmbrame el zaguán. Un Solo Pueblo, otra vez. Los disfrazados estaban dispersos, las comparsas se empezaban a acomodar. «Alumbra, alumbra, alumbra, alúmbrame el zaguán/Eso se acostumbra en la Navidad», radiaba el perímetro de la plaza, pero estas ondas chocaban con la miniteca de la licorería Oasis. Allí mandaba el lema de: «Cerveza y reguetón pa’ todo el mundo».

El padre Moisés Rafael Galicia durante la misa en la Plaza Bolívar: «La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana»

«La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana». El padre Moisés Rafael Galicia durante la misa en la Plaza Bolívar

Los «Loquitos de La Vela». Foto: Dubraska Vargas

Los «Loquitos de La Vela». Foto: Dubraska Vargas

Y la Mojiganga la noche del 27 ya había recorrido las principales casas del pueblo. Este personaje es quien da inicio a la fiesta. Este año su máscara representa al anarquista V, ese que ahora usa el grupo Anonymous como imagen y que proviene de de la tira cómica V de venganza. Con su sombrero a lo Abraham Lincoln, y la elegancia de un traje negro, ya en la mañana del 28 se paseaba de nuevo por el pueblo, ahora como «cartero».

Frente a mi estaba la Mojiganga, parada, escuchando la prédica del padre Moisés Rafael Galicia. La misa en la plaza, el Niño Jesús en la plaza. La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana.

Y todo esto nos lleva al sitio neurálgico de la fiesta: el paseo Francisco de Miranda. Frente al mar, frente a las lanchas y frente a todas las banderas que ha tenido Venezuela a lo largo de su historia. Allí se reúnen autoridades, jurado, y el público que rodea una arena con un centro adornado como brújula, en homenaje al Generalísimo y su expedición de 1806. A las 10:10 de la mañana se da el primer: «Aló, aló, probando», y veinte minutos después el despliegue de disfraces: el Dr. Sili Pérez, un bebé Elmo encarnado por un anciano, el Viagrero resucitador, la Vela Tinto, el Vallenatero loco, y el personaje más popular de 2012, Psy con el Gangnam Style, que a cada rato repetían: era el baile del caballo, y es que el loco bailaba con un caballo de madera, de esos que creemos y creamos como de carne y hueso en la niñez.

La Mojiganga en bicicleta (izquierda) y el  disfraz del personaje más famoso de 2012: Psy y su Gangnam Style (derecha)

La Mojiganga en bicicleta (izquierda) y el disfraz del personaje más famoso de 2012: Psy y su Gangnam Style (derecha). Fotos: Dubraska Vargas

Cada loco bailaba al son del tambor veleño. «En el puerto de La Vela, primer puerto de Falcón/Donde enarboló Miranda la bandera tricolor», parte de la letra que cantaba el grupo Combinación Veleña. Cada quien daba su «pasito», todo esto hasta casi mediodía. Carrozas monumentales, seres mitológicos, otro Psy con compañía, la Navidad con renos y hombre de nieve bajo ese calor, marionetas que bailan tambor, animales, serpientes, indios y dragones. Toda una ilusión de colores llenaba el paseo y esa magia era tal que no importaba el sol, la insolación, la brisa. Era La Vela, sus locos y locainas, no convenía pensar que toda esa gente reunida después iban a abarrotar cada lugar de comida, y los dos cajeros automáticos con que cuenta el pueblo.

Lo que ocurre después es música, carros con ritmo y cervezas que recorren cada esquina. Es esperar los resultados en la plaza La Antillana, hasta las diez de la noche. Son conjuntos para bailar, fuegos artificiales, parrillas y buhoneros que venden cualquier cosa. Es el saber que la tradición persiste a pesar de todo, y que los niños también se disfrazan con centauros y cíclopes a sus hombros. Que el disfraz popular individual de Gangam Style ganó, las marionetas bailarinas de Vertigo Dance, quedaron como el mejor disfraz popular en comparsa. Los Diablos Ancestrales resultaron los victoriosos como fantasía en comparsa mixta, y en fantasía monumental: Tierra de libélulas (individual) y los dragones Kolé Moza (comparsa).

La fiesta continua hasta el 29, cuando son premiados los disfraces ganadores. El pueblo poco a poco regresa a la calma y se prepara para el año nuevo. Quedan dos días para el 31 y a los organizadores se les renueva el ciclo de mantener viva la tradición. La petición de los más fieles: lograr crear la casa museo que aloje la historia de cada 28, así como elevar la festividad a Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. Muchos son los deseos. También mucha es la unión de sectores. Saben que la continuidad de la memoria depende de cada uno de ellos.

Ganadores en la categoría Fantasía Monumental: Tierra de libélulas (derecha) y Kolé Moza (izquierda). Foto: Dubraska Vargas

Ganadores en la categoría Fantasía Monumental: Tierra de libélulas (izquierda) y Kolé Moza (derecha). Fotos: Dubraska Vargas

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El Niño Jesús Criollo (en la actualidad)

Un sueño de año nuevo en Petare (Emilita Rondón) – Museo de Petare Bárbaro Rivas

El Niño Jesús Criollo (en la actualidad)

Por Guillermo Ramos Flamerich

A Don Papelón

Si el Niño Jesús naciera en la Venezuela de estos días, algunas cosas diferirían de la historia tradicional. María y José en la playa, acurrucados se encontrarían, en pleno disfrute del tiempo vacacional.

Pero al llegar al terminal, buscando pasaje de retorno, un tajante «No» les negará el regreso a la capital.

Ni líneas piratas de buses, nada por el estilo, mucho menos pasajes de avión, esos sí que han aumentado. Todo está colapsado y María algo empieza a sentir, son las patadas del niño que antes de tiempo quiere salir.

De hospital en hospital deambulan, a ver quién quiere ayudar. En un rinconcito alejado, un médico recién graduado el parto quiere atender. No están todos los insumos, pero algo se tiene que hacer.

El Niño Jesús ha nacido, y la Estrella de Belén se ha convertido en un estado del Facebook que, con foto del neonato, José ya ha colocado. No falta el que comente y diga en doble sentido: «José, no parece hijo tuyo. Ese bebé está muy bello. Además he visto a María picándole el ojo a su jefe. ¡No vaya a ser que a este cazador le hayan metido gato por liebre!».

De regreso en Caracas, el niño recibe visitas. Los Reyes del Mototaxi, vienen desde Petare. Cada cual tiene un regalo, pero hay uno particular. Es así como el bebé obtiene su primer celular, para que dentro de poco sepa lo que es chatear.

Pero José está preocupado, no sabe dónde vivir con María. La casa de su madre de hermanos está repleta y cuando busca algún sitio para alquilar, el dueño siempre responde: «No, que va. Tremenda vaina me quieres echar. Con la nueva Ley de Inquilinato nunca me vas a pagar, y si se me ocurre sacarte, te conviertes en invasor. Anótate en Misión Vivienda a ver si te ganas ese Kino. Lo último que se pierde es la esperanza, así le dije a mi anterior inquilino».

El niño ya tiene un año, la Cruz del Ávila brilla. José con la carpintería, y dos oficios más; María es buhonera, de las que vende Harina Pan. Ni chinchorro ni pepitas de oro; nada de alpargatas; el liqui-liqui no está planchado; el cogollo está en el gobierno y lo único que ha cambiado es que los pañales están más caros.

FIN

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Historia personal de la telenovela

Guillermo Ramos Flamerich
(A puerta cerrada – RCTV, 1996)

Historia personal de la telenovela

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En cualquier telenovela, se dice mil veces la palabra boda y no se pronuncia ni una vez la palabra orgasmo. ¿Eso no te parece una definición del género?»

Manuel Izquierdo a Pablo Manzanares en Rating, de Alberto Barrera Tyszka (2011)

Era 1996. La Agenda Venezuela comenzaba su breve apogeo, todavía en televisión aparecían los ahorristas defalcados por la crisis bancaria de finales del 93 y comienzos del 94. La Macarena estaba de moda, el Papa había visitado Venezuela por segunda vez y en Estados Unidos era año de elecciones. Bill Clinton lograría la reelección y Atlanta era la sede de las olimpiadas. Nada de esto me importaba demasiado. Era un niño de cinco años, y mi mamá buscaba como distraerme en mis vacaciones de segundo nivel.

Lo más conveniente era ir a ver –en vivo– a las estrellas de la telenovela que veía todas las noches por Radio Caracas Televisión. Se trataba de Los Amores de Anita Peña, protagonizada por María Alejandra Martín, Franklin Virgüez, y Rafael Romero. Se iban a presentar en el estudio de La Campiña, en el programa de las mañanas que conducía Marietta Santana: A puerta cerrada.

Y yo todo emocionado. Mi pequeña humanidad corría de un lado a otro. Estaba inquieto por entrar. Eso era gigante, de los lugares más grandes que había visto hasta ese momento. Todas esas luces y cámaras y personas como en la penumbra. Y el estudio todo iluminado. ¿Qué era eso? Ah, la pensión y la casa del vampiro y el otro lugar que no recuerdo. Eran las locaciones de la telenovela.

Mi mamá y yo buscábamos donde sentarnos. Todo estaba lleno. Todo. Todo. De repente escuché un rumor: «Van a rifar unos boletos de avión a Margarita. Marietta va a elegir a alguien del público y va a hacerle preguntas». Lo decía un gordito emocionado. Imaginarlo hoy me da risa, pero en el momento detallé sus palabras como si escuchara a un ídolo. La semana anterior yo había imaginado que trabajaba en la novela, que mi personaje vivía en la pensión. Que todos eran mis amigos. Que era el niño de la casa.

Conseguimos dos butacas por la grada lateral izquierda, cerca de las escaleras. La visibilidad era aceptable. Y todo comenzó. Los actores recrearon una escena de la novela. Allí estaba Anita Peña y el vampiro y el negrito fantasma. Eran de verdad. Cerca de la mitad del programa Marietta habla de los boletos a Margarita cortesía de Viasa. Recorre parte de las gradas y de pronto se acerca hasta mi. «Vamos a preguntarle a este niño cuanto conoce de Los amores de Anita Peña. ¿Cuáles son los personajes masculinos principales de la novela? ». De inmediato respondí: «Drácula, el negrito fantasma y el otro negrito». No sé que dijo Marietta, no tengo más recuerdos. Solo el de mi mamá y yo buscando los pasajes en Viasa y el del viaje en avión. «Asientos de cuero, asientos de cuero. Es que Viasa es calidad», decía mi mamá antes de despegar.

De este viaje el mayor recuerdo que tengo es de cómo lo gané, de lo que hice o no en la isla, sólo quedan imágenes algo borrosas y sin mucho sentido. Eso sí, mi afición por las telenovelas aumentó progresivamente: El país de las mujeres (1998), Amantes de luna llena (2000), A calzón quitao (2001), Trapos íntimos (2002), Mi gorda bella (2002), Cosita Rica (2003). Y las producciones brasileras que competían –desde Televen– con RCTV y Venevisión. En ellas los sentimientos humanos aparecían al límite. No ver un episodio era sentir que algo le faltaba al día. Los domingos eran incompletos por esa razón. Los sábados pasan novelas, los domingos no. Y luego del sábado se podía dormir hasta tarde, si se quería hasta el mediodía. En cambio los domingos era necesario acostarse temprano, porque al día siguiente había que madrugar. Es ese otro cuento de la lucha entre dos días hermanos.

Pero las pasiones que levantan los llamados «culebrones», no son solamente por lo que cada capítulo transmite, sino también por el hecho de ser telenovelas. Son basura, las actuaciones son forzadas, no enseñan, su producción es mediocre, alienan a la población, esas son algunas de las críticas que durante años ha recibido el género. La burla recurrente cuando se les quiere atacar: una escena sobreactuada donde alguien llama al protagonista por un nombre kilométrico para decir que no pueden estar juntos por ser hermanos.

A finales de 2002 Leonardo Padrón –quien ha hecho de la telenovela una forma de trabajo– publicó en la Revista Bigott un artículo titulado: La telenovela, ¿género literario del siglo XXI? En sus páginas expone varios puntos interesantes. Uno de ellos: «Sí, las telenovelas han funcionado así durante años: con argumentos superficiales, con el simplismo de su esquema narrativo, con la manera abusiva como prolongan la historia, con la presentación de estereotipos en vez de personajes, con diálogos banales o impostados, con sentimientos toscos y vulgares. Así son, así gustan. Pero, digo yo, la historia de la cultura del hombres la historia de la evolución de sus rituales creativos. (…) La telenovela es aún un género joven, muy joven, históricamente hablando, más allá de que sus raíces estén en el folletín del siglo XVIII y en los nombres de Alejandro Dumas, Balzac, Víctor Hugo y Dickens».

Un género joven con altas y bajas. Atrás quedaron las denominadas «telenovelas culturales», regidas por la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas o Salvador Garmendia. También las que reflejan una realidad política y social, las que tocan la denuncia. Ejemplo de ello fue Por Estas Calles (1992-1994). Venezuela ya no es la exportadora de este producto de consumo masivo. La competencia interna decayó desde el cierre de RCTV. Abundan las telenovelas importadas y cuando se logra producir una en el país, es celebrada casi con el título de «Suceso del año». Desde el poder se vende la «telenovela socialista» pero es esa la nueva historia de un viejo fracaso: la imposición.

Toca rememorar y repensar lo mucho que se puede hacer. Cómo integrar creatividad y calidad junto con la preexistente cartilla sentimental. Es la telenovela un negocio, pero también una forma de ser latinoamericano, de ser venezolano. Es parte de nuestra idiosincrasia ese arte de narrar nacido en las tabaquerías cubanas de finales del siglo XIX. En las cuales se leían en voz alta capítulos de los folletines sentimentales que a las torcedoras de la fábrica hacían llorar, reír, gozar. Algo así explica Ibsen Martínez en un artículo dedicado a la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka, parte de las obras de ficción que han surgido para analizar el género. Y con la cual se inicia el recorrido por esta historia personal.

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