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Perfiles: ¿Nos hace falta Cabrujas?

José Ignacio Cabrujas por el artista urbano Fe

¿Nos hace falta Cabrujas?

Por Guillermo Ramos Flamerich

Viernes de Concilio de 2012, es un 30 de marzo. Reviso en el Archivo Audiovisual de la Biblioteca Nacional material referente a José Ignacio Cabrujas. No soy el único. Una muchacha de la Universidad Católica Santa Rosa está a punto de hacer lo mismo. Lo mío es por algo más parecido al ocio que a otra cosa, lo de ella es algo serio. Su tesis tratará el tema Cabrujas desde la óptica de su obra periodística.

José Ignacio Cabruja (sin la artística «s») Lofiego nació un 17 de julio de 1937 en la céntrica parroquia de Santa Rosalía, de Caracas. Hijo del siglo XX, del cual alguna vez dijo: «el único que conocí y seguramente el único que conoceré». Profecía cumplida, ya que a los 58 años falleció en Porlamar, era 1995, faltaba un lustro para el nuevo siglo.

Si Mariano Picón Salas afirmó que con la muerte de Juan Vicente Gómez Venezuela entró al siglo XX, Cabrujas, nacido más de año y medio después de este fallecimiento, es representante de una generación que vivió una infancia con sucesos como el acabose de la hegemonía andina, las revueltas democráticas ocurridas a partir del 18 de octubre de 1945 y esa década militar que, en su criterio, fue suspendida de la enseñanza de la historia. Todo esto deja a un hombre que buscará relatar en su obra la historia perdida de un país, tal vez la historia de un país perdido.

En el Archivo Audiovisual encuentro, en su mayoría, material de audio con la voz de Cabrujas. La descripción sensual y mística que sobre los libros hace, así como un par de entrevistas y testimonios. También consigo una cinta de VHS que contiene diversas entregas de un extinto programa de Venezolana de Televisión llamado Entrelíneas, conducido por Antonio López Ortega. Uno de sus invitados especiales es José Ignacio, la grabación data de 1993.

La entrevista se pasea por diversas etapas de la vida de Cabrujas. Destacan las intervenciones (pregrabadas) de Leonardo Padrón y Alberto Barrera Tyszka. «Un interés en regresarnos una versión de nuestra historia, diferente. Como si lo guiara una secreta intención entre cínica y compasiva de demostrarnos lo distanciada que es nuestra realidad y nuestra vida de los sueños que hemos tenido», nos dice Barrera. Padrón explica: «Él es a mi entender lo que debería ser un intelectual, no una torre de marfil, no un ámbito de cofradías, ni mucho menos un extranjero del verbo y del país».

Pero lo que impresiona de la conversación es una breve frase donde Cabrujas define el por qué escribe: «Nunca he escrito para mí. Yo escribo para los demás. Para monearle a los demás realmente, para exhibirme ante los demás, para gustarle a los demás o para que los demás me amen».

Es así como este intelectual escribe para un público masivo, ese del fenómeno cultural latinoamericano llamado telenovela. La Señora de Cárdenas (1977), Natalia de 8 a 9 (1980) y La Dueña (1985), son de las más conocidas de su repertorio. Es la «telenovela cultural» la que se lleva a cabo en los años setenta y ochenta. Las épocas cambian, los temas de la agenda pública también. Es un giro que se evidencia igualmente en las adaptaciones de obras de la literatura para televisión: Boves, el urogallo (1973), Doña Bárbara (1975) y Campeones (1976), y la revisión de nuestro pasado en series como Gómez I y II (1980-1981).

Sobre su teatro, recuerdo cuando leí esa edición de los noventa de Monte Ávila Editores de: Acto Cultural (1976) y El día que me quieras (1979), con prólogos de Isaac Chocrón e Ibsen Martínez. Se las habían mandado a leer a una amiga de la universidad, ella no tenía tiempo, me ofrecí a leerlas y hacerle un resumen.

Las disfruté. Tanto así que emprendí una búsqueda de otras de sus obras, menos conocidas, pero con ese mismo sabor y esencia. Espero que piezas como Profundo (1971), El Americano Ilustrado (1986), o sus particulares visiones sobre Armando Reverón (1990) y el boxeador Sonny León (1995), también se lleven a la escena teatral nacional. Al año de su lectura pude ver Acto Cultural y la sonrisa en mi rostro era el homenaje que en el momento podía dar al también llamado «hijo pródigo de Catia».

Son las tres de la tarde en la biblioteca. Anoto cotas y registro parte de lo que allí conseguí. Decido no caminar solamente el Bulevar Panteón, sino seguir la procesión a pie hasta Bellas Artes. En el camino veo en un mural del Liceo Andrés Bello. En él está José Ignacio con una mirada compasiva.

El día anterior el Festival Internacional de Teatro de Caracas había reaparecido. La edición era en homenaje a Cabrujas. Conversatorios y presentación de nuevas ediciones de sus obras se presentaron la semana siguiente. Es considerado destacar la labor de editoriales como Equinoccio y Alfa, las cuales han editado y reeditado lo que Cabrujas nos dejó.

A la fecha sus palabras son utilizadas como premoniciones de muchas de las cosas que vivimos en la actualidad. Lo que no debemos es sacarlo de su contexto, de exigir que tenga respuesta a todo. Ya lo decía el propio Cabrujas, en una entrevista de televisión en Venevisión, sobre la invocación de figuras históricas fallecidas: «La necesidad que tiene una sociedad de querer invocar a tal o cual de sus personajes en el pasado, habla un poco mal de esa sociedad, habla de una negación de lo contemporáneo, de lo presente de la sociedad».

Eso sí, debemos mantener su legado presente y que este sea conocido por las generaciones que vienen. Sea tanto para apoyar o refutar sus convicciones. Que su palabra siga  resonando y no sea un «mientras tanto… y por si acaso».

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Gaita protesta, gaita mía

Los «Cardenales del Éxito», durante años, se convirtieron en cultores de la gaita protesta en nuestro país

Gaita protesta, gaita mía

Por Guillermo Ramos Flamerich

Publicado originalmente en el blog Planta Baja el 7 de diciembre de 2009

En Venezuela, la gaita es sinónimo de Navidad. Junto con las hallacas, pan de jamón, ponche crema y los aguinaldos (tanto el monetario como el musical), es máxima representante de esta fiesta tradicional. La gaita es también sinónimo de protesta, empezando por las de su región originaria, el Zulia. Así lo expresa en uno de sus versos el himno de los gaiteros, la «Grey zuliana», del monumental Ricardo Aguirre: «Madre mía, si el Gobierno no ayuda al pueblo zuliano, tendréis que meter la mano y mandarlo pa’ el infierno». El alto costo de la vida, la centralización de los servicios, corrupción han sido algunos de los tópicos que ha utilizado este género para dar a conocer los reclamos de la sociedad.

En razón de todo esto, en los últimos años la gaita protesta en Venezuela ha mermado. Autocensura, adecuación a las nuevas leyes y panorama político han opacado esta forma de reclamo. La producción de temas que denuncian problemas sociales, políticos y económicos son cada vez menores. Esto contrasta con el boom de gaitas protesta presentando entre los años 2000 y 2004. Piezas enigmáticas como «Aló Presidente», «La Ley Mordaza», «Pinocho», «Se va, se va» lograron un apogeo tal que durante dos años seguidos se compiló un disco compacto denominado Las gaitas que a él no le gustan, canciones todas llenas de auténtica queja. Pero algo en el ambiente cambió. La gran interrogante que produce esta realidad: ¿Venezuela está en una situación de felicidad casi utópica, donde no existe disconformidad? O por lo contrario, ¿cada vez existen mayores dificultades, pero el campo de acción para dar a conocer disgustos, fijar posición en algo, o elegir el rumbo que queremos para el país es cada vez menor?

 Escuchar, componer y utilizar los géneros musicales tradicionales y populares como forma de reclamar a los gobernantes de turno los problemas que agobian al ciudadano, son parte del derecho a elegir. La protesta es algo nato del ser venezolano. Callar, dejar pasar, sólo coartan la posibilidad de llevar a nuestra sociedad por un sano rumbo.

Gaiteros de mi patria: sigamos el ejemplo de aquellos que protestaron y dieron las más bellas notas de reclamo. Parafraseando el nombre de viejas gaitas, sólo puedo decir que La gaita no ha muerto, pues en esta Tierra zuliana, la Gaita entre ruinas nunca estará, son un Canto a Venezuela y una Imploración a nuestra Reina Morena.Gaita protesta: revive, pues Venezuela te necesita con más energía que nunca ante tantos estragos que nos agobian.

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Navidad: uno y seis motivos

Nacimiento por Francisca Molina (Maracay, estado Aragua)

Navidad: uno y seis motivos

Por Guillermo Ramos Flamerich

Uno

Cuando hablamos de la Navidad siempre estamos evocando algo. Deseando. Otras veces, dejamos la reflexión a un lado y las efusivas compras marcan el ritmo de la celebración. Mientras escribo, espero insistentemente a que esté lista una hallaca hecha en casa. Este año no sólo «la mejor hallaca es la de mi mamá», también el mejor pan de jamón. Es algo que agradezco profundamente. Degustar nuestra cocina decembrina es uno de mis pasatiempos preferidos, sólo comparado con el de escuchar a toda corneta la música especial de estas fechas. Venga de cualquier región del país o cualquier lugar del mundo, todas tienen algo especial: creen en la humanidad, su porvenir y en fiestones que duren hasta mediados de año.

Sobre la Navidad se pueden escribir miles de cuartillas. Se han escrito millones. Todas coinciden. Publicar deseos de abundancia para el año entrante y párrafos acerca de la importancia de la familia, no agregaría nada nuevo. Eso sí, siempre quedan bien un final con: ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo tal!

De niño uno pregunta demasiadas cosas. ¿Quién trae los regalos en Navidad, San Nicolás o el Niño Jesús? Mi mamá me decía que los dos. ¿Si son los dos en dónde los lleva el Niño Jesús? La respuesta concedida por mi progenitora no la recuerdo. Me llega a la mente un Niño Jesús levitando por Caracas junto con regalos flotantes que aparecen y desaparecen. San Nicolás no es de aquí. Pero puedo jurarlo que una vez lo vi. El se escondió, salió corriendo con las galletas y se tomó el vaso de leche que le dejé. Escuché sus pasos, observé la huida. Quizás el exceso de películas norteamericanas produjeron aquella alucinación, pero el vago recuerdo aún late.

La hallaca está servida, «la inmutable hallaca» como dijo alguna vez Job Pim. Dispongo a comerla. Pero antes, coloco en la computadora un repertorio de gaitas y aguinaldos. Le tocó empezar al Orfeón Universitario con Que ronque el furruco. Buen inicio. Más allá de meditar sobre diciembre y sus costumbres, espero puntualizar algunos motivos que identifican o han identificado la Navidad en Venezuela.

Seis motivos

–       El Orfeón Lamas: Agrupación pionera del movimiento coral venezolano. Establecido en 1930, con una duración aproximada de tres décadas. Vicente Emilio Sojo, su fundador, se convertirá en la gran figura de la música académica de la primera mitad de nuestro siglo XX. Durante años, las tardes en la Santa Capilla servirán para congregar músicos de la talla de: Antonio Estévez, Inocente Carreño, Victor Guillermo Ramos, Gonzalo y Evencio Castellanos, Antonio Lauro, Carmen Liendo, Teo Capriles, entre otros. Además de los coros de las hermanas Dovale y Díaz.

Más allá de la propia historia del orfeón, parte del legado que deja la institución y la figura del Maestro Sojo, fue el rescate de aguinaldos venezolanos del siglo XIX. Canciones como: Niño Lindo, Espléndida Noche, De Contento, Tun Tun y Si acaso algún vecino, fueron recuperadas del olvido. Sus compositores: Ricardo Pérez, Rafael Izaza y Rogerio Caraballo, recobraron nueva vida.

–       Gaitas del Zulia y de la nación: A finales de los años cincuenta la diatriba entre aguinaldos y gaitas se da inicio. Se teme la desaparición paulatina de villancicos y aguinaldos. El género llegado del Zulia hasta la región central se populariza. Saladillo, Cardenales del Éxito, Estrellas del Zulia, Compadres del Éxito, luego Guaco, Maracaibo 15 y Gran Coquivacoa, acompañarán las fiestas no sólo con composiciones a la zulianidad, también a la jocosidad y parranda. Tanto es el furor gaitero que artistas populares como Simón y Joselo Díaz se encargaran de grabar sus propias versiones. Sobre el origen de la gaita existen diversas teorías. Proviene de la mezcla de culturas, es popular, eso sí es de pública notoriedad.

–       Fiestas populares: Diciembre está lleno de manifestaciones mezcladas entre la tradición pagana y cristiana. Con el proceso de mestizaje, Venezuela ha creado festividades propias a la idiosincrasia de su pueblo. Entre estas, destacan: la Paradura del Niño (entre el 24 de diciembre y 2 de febrero, sobre todo en los estados Táchira, Mérida y Trujillo); los Pesebres vivientes y Pastores (24 de diciembre, estados Portuguesa y Carabobo); Santo Niño de Mocao (24 de diciembre, estado Mérida); Regreso de El Pascualito (24 de diciembre, estado Anzoátegui); Locos y Locainas (28 de diciembre, estados Mérida, Trujillo, Portuguesa, Lara y Falcón); Los Zaragozas (28 de diciembre, estado Lara); El Baile del mono (28 de diciembre, estado Monagas); Gobierno de las mujeres (28 de diciembre, estado Vargas); Quema del año viejo (31 de diciembre, estados Táchira y Mérida); así como la llegada de los Reyes Magos a comienzos de año, el 6 de enero, fiesta que inicia el cierre de las festividades, concluidas finalmente el 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria.

–       La Cruz del Ávila: Llena de alegría las noches caraqueñas en Navidad. Desde que se encendió por primera vez en 1963, es símbolo de la ciudad de fin de año.Observarla ya es para mí un ritual. Sobre todo si la veo cuando cruzo el distribuidor El Pulpo. El alumbrado del Estadio Universitario, las luces de los edificios de Caracas y, en el fondo, como flotando, la cruz. Ahora de bombillos blancos, es la tranquilidad en una urbe caótica.

–       Pacheco y el San Nicolás de Cota Mil: Durante años era Pacheco el que anunciaba la llegada del frío a Caracas, también de la Navidad. El vendedor de flores procedente de Galipán, entraba a la ciudad justo cuando comenzaban las bajas temperaturas. Gracias a él se popularizó «Llegó Pacheco» como sinónimo del inicio de los días fríos. Ya el clima no es el mismo, tampoco la frase es tan utilizada como en el pasado. La llegada de la Navidad, quizás del frío, la anuncia actualmente Ramón Canela. Desde hace más de una década, todos los primero de diciembre, viste de San Nicolás y se aposta en la Cota Mil durante la mañana y desde allí intenta radiar su espíritu navideño a los conductores de la vía expresa. Con más de sesenta años en Venezuela (es de origen español) busca «regalar alegría» a los caraqueños.

–       La nieve del trópico: La Plaza Venezuela albergó, durante varios años, un arbolito de Navidad gigante. De día no era vistoso, de noche pura luz. Con la onda «nacionalista» del gobierno de turno, del arbolito sólo quedaron fotografías y recuerdos. En las instituciones del Estado se prohibió el uso de adornos foráneos a nuestras tradiciones. Despidiéndose así: muñecos de nieve, renos, San Nicolás, muérdagos y pinos artificiales. Sobre la ridiculez de nieve artificial, muñecos de nieve de plástico o chimeneas de mentira en esta tierra marcada por el sol, muchos de nuestros intelectuales han escrito. También la transculturización es una palabra presente al analizar como preferimos el arbolito navideño al pesebre ideado por San Francisco de Asís, allá por el siglo XIII.

Es importante entender nuestras tradiciones, vivirlas y quererlas, pero la base de este amor no puede ser la negación de otras costumbres que ya han hecho raíz en nosotros. Los venezolanos somos mezcla y añadidura de todo el que haya llegado a estas tierras. Existen muchas formas de vivir nuestra cultura, integrarla es enriquecerla. Eso sí, siempre salvaguardando lo que nos han legado nuestros ancestros y manteniendo el buen gusto y decoro a la hora de embellecer la fecha, sea Navidad o cualquier otra.

Pesebre – Eloisa Torres (Escuque, estado Trujillo)

Un octavo motivo, la Navidad de los Campos, por Aquiles Nazoa:

Para el pueril pesebre

de la pascua en la aldea,

un Fra Angélico niño

juega a pintar la tierra.

Y con tan dulce apego

pintó la navidad,

que la empezó por juego

y le salió verdad.

Arriba, un cielo diáfano

con nubes de inocencia

y un pueblo al horizonte

donde las torres sueñan.

De pascuales colores

construyó su pincel

una escala de flores

para el ángel Gabriel.

Y abajo, en infinita

distancia de praderas,

echadas como lagos,

las apacibles bestias.

Dos palomitas blancas

pintó en vuelo también,

y eran José y María

camino de Belén.

¡Oh campesinas pascuas

en que el mundo regresa

a los simples colores

de un dibujo de escuela!

Navidad de los siete

corderitos que van

regados por el campo

¡como migas de pan!

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Entre espantos te veas

Donde el cielo y la tierra se confunden

Donde el cielo y la tierra se confunden (Elsa Morales) – Museo de Arte Contemporáneo de Caracas

Entre espantos te veas

Por Guillermo Ramos Flamerich

A Mercedes Franco y su ¡Vuelven los fantasmas!, libro fundamental de mi infancia.

Mi paso era apresurado ante la grotesca aparición. Aumentaba mi velocidad, buscaba un pronto escape. La angustia y el miedo ocupaban cada espacio de mi organismo. No quería pensar, sólo correr. El azul del valle poco a poco desvanecía del paisaje, el tono predominante aquella hora era un naranja violento, poco deseoso de paz. En eso, al voltear la cara, el araguato diabólico se lanzaba ante mí como lacero a su presa. Era color de fuego, con su cuerpo de bestia y rostro tenebrosamente humano. Ocurría como escarmiento por haber cazado en Semana Santa. Cuando empecé a rezar en búsqueda de salvación, mi correr, tan acelerado y enajenado, me había colocado frente a un barranco. Mientras caía en el vacío, el espectral araguato reía a mil voces y con retumbante chillido afirmaba: «¡Hoy te veo en el infierno pecador malagradecido!».

Esa fue la pesadilla que tuve después de escuchar aquella leyenda. Los fantasmas, aparecidos y seres sobrenaturales han existido desde el inicio de los tiempos. Como explicación, fabulación, moraleja y autorregulación de los valores de este mundo terrenal. Los espectros también reflejan las culturas de los pueblos que los alimentan. Tomando sus formas, costumbres y condiciones especiales. Venezuela comparte la tradición latinoamericana de una civilización marcada por el mestizaje. Fantasmas de la vieja Europa, conjugados con sus pares indígenas y africanos. Son parte del acervo popular e imaginario colectivo. Un viaje a cualquier pueblo o caserío trae consigo el recorrido por la siempre presente Plaza Bolívar, la iglesia principal y la casa donde habita la leyenda de algún muerto que vaga en esta vida que ya no le pertenece. Siempre existe algún aventurero, inventor de historias o hablador, que te comenta, detalle a detalle, relatos sorprendentes, llenos de color, misterio y enseñanzas.

Un lenguaraz de esos se llamaba Francisco. Cuando uno tiene nueve años cualquier relato parece sorprendente. Siempre me comentaba sobre su pacto con el diablo, al cual le ofrecía una moneda cada noche para la protección diaria y el aviso de cualquier situación inconveniente. «Recuerdo que había una señora que reclamaba a la policía que unos bandidos tiraban piedras a su ventana. Ella no sabía que eran duendes. Yo los vi con mis propios ojos, con sus risas burlonas de muchachos nunca bautizados. Esos siguen por aquí, al igual que la Sayona, pero no les tengo miedo. Siempre se les aparecen a los caraqueños que preguntan por esos cuentos…». El susto y la fascinación que generan en las mentes infantiles, han permitido su vigencia por generaciones. Entre los espectros venezolanos, están los que han cobrado la fama nacional y sus historias se han convertido en productos del mercado. Por la alfombra roja del miedo en nuestro país, transitan La Sayona, El Silbón y su saco de huesos, La Llorona (popular en Latinoamérica, sobre todo en México y Centroamérica), alguno que otro árbol encantado y los jinetes sin cabeza provenientes de las infinitas guerras de nuestro siglo XIX. Pero hasta estos astros del horror se han visto relegados por las nuevas tecnologías y fantasmas provenientes de más allá de nuestras fronteras.

En una batalla entre El Hachador y Freddy Krueger, ¿quién ganaría?; la misma pregunta con respecto a las Brujas Chupasangre de Güiria y los vampiros de Hollywood… Son interrogantes algo extrañas, pero sus respuestas radican en el arraigo de los pueblos con su cultura.

Si iniciáramos el tour de los «espantos y aparecidos de Venezuela», tendríamos que recorrer hasta el mínimo rincón de nuestra geografía. Comenzando por occidente con su esclavo acróbata, el fantasma de Don Juan de la Colina y Peredo, la monja de la buena suerte, Las ánimas de Guasare, El Hachador y el ánima de Gregorio Rivera, entre tantos; el llano es lugar de las Bolas de Fuego y su constante jinete, El Silbón, árboles encantados y un sinfín de ánimas benditas; el oriente y sur del país son parajes míticos, donde la tradición indígena como Los Sáparos y Hombres Tigre, se enlazan con La Chinigua, El Abuelón, La mujer del viento, gallinas fantasmas, decenas de ánimas, brujería de orígenes africanos y caribeños (fenómeno radicado en toda la costa), y duendes que entre saltos y brincos, enfrían la sangre de cualquiera; los espectros del centro de Venezuela son más cosmopolitas, enanos que se transfiguran en gigantes de fuego en la capital, la Sayona y Llorona, los ilustres personajes que siguen en la tierra como apariciones, carretones conducidos por Lucifer, espejos con espíritus incorporados, y entre La burra maneada, el Fantasma del Ávila y el Pozo del Cura, la naturaleza también guarda sorpresas del más allá.

Los nuevos tiempos traen nuevas realidades. Estas leyendas y tradiciones cada día pertenecen ya no a la vida de nuestros padres, sino a la de los abuelos y bisabuelos. Esos que te decían que quien levantara la mano a su madre quedaba petrificado de por vida y que la fortuna podía llegar en cualquier momento a causa de un muerto que te anunciara dónde había enterrado su botija de morocotas. No es sólo la modernidad la que atemoriza a nuestros fantasmas, sino también la falta de lugares que tienen para asustar. Cuando uno sale en altas horas de la noche por alguna calle en soledad, lo más probable es conseguir un espectro de este mundo. Malandro que al no darle lo que te pide, no pierde el instante para convertirte en ánima que pena.

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Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

«El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul»

Bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar

Por Guillermo Ramos Flamerich

– ¿Tú crees que el Y2K ocurra en Ciudad Bolívar?

–No –respondió mi primo Enrique– Acá ninguno de los servicios funcionan con computadoras. Es que se utilizan unos medidores de agujitas de hace cuarenta años…

Momentos como el cambio de milenio, o el simple periplo de un año a otro lo he vivido en esta ciudad del sur de Venezuela. Ciudad Bolívar ha sido como un segundo hogar desde donde apreciar el país. El primer viaje en avión lo realicé para allá. La reunión con la familia materna, primos, tíos y abuelo, significaba un momento de aprendizaje y una que otra temprana reflexión sobre el significado de vivir.

El hogar de la familia estaba matizado no sólo por el calor característico de la región, también por una especie de conjugación entre la realidad y el mundo de la ficción. La casa era de principios de los años setenta; una estructura con platabanda como techo, en forma de «U». A pesar de su no tan lejana construcción, leyendas fundidas con sucesos de años predecesores le daban un toque diferente.

El bisabuelo que a los 93 años había fallecido en ella, quien era conocido en sus últimos años por avisar quién llegaba y por alimentarse de pichones de paloma para fortalecerse de una sufrida trombosis cerebral; la abuela materna que había muerto de un infarto en el cuarto donde siempre pernoctaba durante mi estancia en la ciudad; la espectral enfermera que años antes se le había aparecido a un tío en uno de los dos pasillos que presenta la casa. En fin, todo esto aunado a las celebraciones nocturnas donde, con bebidas y comida, pasaba un buen rato escuchando las voces altas y aceleradas. Recuerdo la vez que se hacía chicharrón de un cochino recién traído, me escapé con el rabo del cerdo ya que mi madre me había dicho que esa era «la parte más exquisita» de la bestia.

Afuera estaba la ciudad. Avenidas que parecían asfaltadas con granzón, calles de extrañas curvas en una topografía plana, no determinadas por la planificación sino por la localización de las viviendas, locales que buscaban emular con sus nombres a los de las grandes ciudades, un aeropuerto en el centro geográfico de la urbe y una sensación generalizada de necesidad en el «foco de poder» del estado Bolívar.

En Tv Río transmitían videos caseros de fiestas y reuniones, mientras que Bolívar Visión era una trinchera para proyectar películas que estaban aún en cartelera. La realidad era que la ciudad no contaba con un cine y las opciones se reducían al cable, la compra de películas quemadas o la suscripción a un videoclub también conformado por productos de la piratería. La mañana y tarde eran para adentrarme a la Ciudad Bolívar histórica, esa enclavada en lo alto, muy cerca de las riveras del Orinoco.

La Catedral consagrada a Nuestra Señora de las Nieves la había conocido por primera vez gracias a la boda de uno de mis tíos. El sitio donde fue fusilado Manuel Piar, en una de las grandes paredes exteriores de la iglesia, siempre servía de lugar para fotografías con ínfulas de «representación histórica». La Plaza Bolívar, sus alegorías a las cinco naciones liberadas por Simón, los árboles y la brisa conformaban un paisaje pincelado por las casas de colores que se establecían en el centro.

Las estructuras más importantes competían por ser visitadas, mostraban sus atractivos. Cada una exhibía no sólo sus cualidades, también su importancia para la historia del país. La casa donde estuvo detenido Manuel Piar y la morada del Congreso de Angostura, inmensa casona colonial que alguna vez sirvió como colegio a finales del siglo XVIII.

Claro está, no todo estaba en el centro. En el Paseo Orinoco se observaba la ciudad comercial y buhonera. Más allá se encontraba La Carioca; el mercado era el lugar ideal para la comida típica y el guarapo de papelón servido en los frascos que comúnmente alojan la mayonesa. Salir del centro histórico no significaba abandonar la historia. A un lado de la Avenida Táchira se imponía la casa San Isidro. La cual sirvió como albergue a Simón Bolívar, conocida también como Casa Bolívar. Una hacienda fresca y con historias que van desde dos mujeres que al pelear se convirtieron en gigantes rocas, hasta el fallecido Tamarindo en el que el Libertador amarró su caballo. Al frente, un coloso con la forma del personaje más famoso que tiene Venezuela. Una estatua inmensa que a los ojos de un niño era más grande aún. La cuál, por alguna magia o hechizo, podía cobrar vida, y si estaba cerca de ella me podía aplastar. Para la época estaba de moda recorrer la laguna Los Francos. La noche servía para dar vueltas por el recién rescatado lugar. Una vía larga y agua alrededor. Más allá del paisaje, las bebidas alcohólicas y la música eran parte de las principales atracciones.

«La quise tocar, la quise abrazar quise amarla como a ti, ni que fuera un mago para contener la fuerza del río…», mientras escuchaba ese vals, Viajera del río,de Manuel Yánez, el Sol se posaba en el casco histórico. Una calle, la cual consideraba especial, presentaba una vista artística del Orinoco. El panorama de un camino empedrado, casas coloridas que descendían, el Puente de Angostura, el río y el cielo de un anaranjado degradado. Todo esto mientras las nubes dejaban su rastro azul.

Los años han transcurrido. Llevo algún tiempo sin visitar la ciudad. Todo cambia, se transforma. Los adolescentes eternos que eran mis primos son cada día mayores. Hasta yo estoy entrando de manera definitiva a la adultez. Nuevos integrantes conforman la familia. El tiempo por momentos deja de ser compañero y es juez de hechos implacables. La ciudad sigue allí, con recuerdos y momentos imborrables. En mis pensamientos la evoco, ideándola, meditándola. Entendiendo la Casta Paloma de Alejandro Vargas, y uno de sus maravillosos versos: «Cantando aguinaldos pasaré la vida, bajo el cielo de oro de Ciudad Bolívar».

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¿Por qué llora el Libertador?

¿Por qué llora el Libertador? Autor: Navor Terán

¿Por qué llora el Libertador?

Por Guillermo Ramos Flamerich

¿Por qué llora el Libertador? es una pintura en relieve obra del artista popular trujillano Navor Terán. La misma, presenta a un Simón Bolívar con lágrimas de sangre. Esta imagen sirvió como portada de la edición número 48 (enero-febrero-marzo, 1998) de la extinta  revista Bigott.

Para responder a esta interrogante, se puede utilizar el romanticismo que desde mediados del siglo XIX se ha dado a la figura de Simón Bolívar. Quizás llora porque su proyecto, el de Colombia, la grande, no se materializó con éxito. A lo mejor por sus sueños inconclusos y por saberse excluido por el pueblo de su adoración. Esta visión aún pervive y es la que diariamente, el actual gobierno de la nación, ha intentado vender. Basarse en la continuación de una épica gloriosa que no ha culminado, donde 200 años, de tropiezos y desventuras, quedan olvidados por el siglo XXI: cristalizador de las utopías.

La vida y obra de Simón Bolívar ha sido estudiada por intelectuales de la talla de: Augusto Mijares, Luis Castro Leiva, John Lynch, Germán Carrera Damas y Elías Pino Iturrieta, entre otros. Escribir sobre él no es cosa fácil. Es uno de los personajes omnipresentes en nuestra sociedad. Desde el nombre de la república, hasta la plazoleta más pequeña de cualquier región del país llevan su sello. Es justificación de cualquier discurso, sea cual sea la tendencia política, porque en su figura confluye la nación entera. Recuerdo dos imágenes muy particulares del imaginario popular: un mural en Antímano, donde con flux y corbata Bolívar llama a la unión en uno de sus tantos pensamientos; la otra, un cuadro del artista Antonio Padrón titulado: Bolívar en la fiesta patronal. Simón Bolívar nos acompaña noche y día.

Por el excesivo uso del término «bolivariano» y la partidización de nuestro máximo héroe, parte de las generaciones en formación, tienen cierto recelo de lo que representa Simón Bolívar. Debemos comprender al verdadero Bolívar, al hombre de su tiempo. Francisco Herrera Luque hablaba del Bolívar de carne y hueso, a partir de 2010 los venezolanos observamos por primera vez que de esta insignia sólo quedaba el hueso, al ser sus restos expuestos casi de manera tétrica por las cámaras de la televisión.

De aquí hasta 2030, tenemos dos décadas por celebrar y conmemorar las fechas más importantes de la gesta de independencia. Esto debe servir para indagar más sobre el conocimiento de nuestra historia. Entender nuestros orígenes pero no estar encadenados al pasado. Presentar una visión integrada de país donde existan figuras relevantes tanto de militares como de civiles. Del siglo XIX, del XX, también de los anteriores o del presente. En lo personal, desde pequeño he sentido una profunda admiración por Simón Bolívar. Recuerdo que a los seis años me gustaba recitar en el colegio sus pensamientos y consignas. Me entretenía con esos viejos cuadernos de dibujo donde Bolívar era el protagonista. La Vida ejemplar de Simón Bolívar y Venezuela heroica formaban una imagen idealizada de la independencia, pero también muy agradable. Sobre todo para un niño.

¿Por qué llora el Libertador?, muchos pueden ser los motivos. Uno de ellos, que a su gloria alcanzada, se han pegado a lo largo de las décadas, personas que usan y desdibujan su pensamiento. Que lo descontextualizan para justificar acciones e intereses personales del presente. Traicioneros no me pongan flores, El Libertador arrodillado, La Segunda batalla de Carabobo, son otros de los títulos de las obras hechas por Navor Terán con el motivo central de Simón Bolívar.

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