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Perfiles: ¿Nos hace falta Cabrujas?

José Ignacio Cabrujas por el artista urbano Fe

¿Nos hace falta Cabrujas?

Por Guillermo Ramos Flamerich

Viernes de Concilio de 2012, es un 30 de marzo. Reviso en el Archivo Audiovisual de la Biblioteca Nacional material referente a José Ignacio Cabrujas. No soy el único. Una muchacha de la Universidad Católica Santa Rosa está a punto de hacer lo mismo. Lo mío es por algo más parecido al ocio que a otra cosa, lo de ella es algo serio. Su tesis tratará el tema Cabrujas desde la óptica de su obra periodística.

José Ignacio Cabruja (sin la artística «s») Lofiego nació un 17 de julio de 1937 en la céntrica parroquia de Santa Rosalía, de Caracas. Hijo del siglo XX, del cual alguna vez dijo: «el único que conocí y seguramente el único que conoceré». Profecía cumplida, ya que a los 58 años falleció en Porlamar, era 1995, faltaba un lustro para el nuevo siglo.

Si Mariano Picón Salas afirmó que con la muerte de Juan Vicente Gómez Venezuela entró al siglo XX, Cabrujas, nacido más de año y medio después de este fallecimiento, es representante de una generación que vivió una infancia con sucesos como el acabose de la hegemonía andina, las revueltas democráticas ocurridas a partir del 18 de octubre de 1945 y esa década militar que, en su criterio, fue suspendida de la enseñanza de la historia. Todo esto deja a un hombre que buscará relatar en su obra la historia perdida de un país, tal vez la historia de un país perdido.

En el Archivo Audiovisual encuentro, en su mayoría, material de audio con la voz de Cabrujas. La descripción sensual y mística que sobre los libros hace, así como un par de entrevistas y testimonios. También consigo una cinta de VHS que contiene diversas entregas de un extinto programa de Venezolana de Televisión llamado Entrelíneas, conducido por Antonio López Ortega. Uno de sus invitados especiales es José Ignacio, la grabación data de 1993.

La entrevista se pasea por diversas etapas de la vida de Cabrujas. Destacan las intervenciones (pregrabadas) de Leonardo Padrón y Alberto Barrera Tyszka. «Un interés en regresarnos una versión de nuestra historia, diferente. Como si lo guiara una secreta intención entre cínica y compasiva de demostrarnos lo distanciada que es nuestra realidad y nuestra vida de los sueños que hemos tenido», nos dice Barrera. Padrón explica: «Él es a mi entender lo que debería ser un intelectual, no una torre de marfil, no un ámbito de cofradías, ni mucho menos un extranjero del verbo y del país».

Pero lo que impresiona de la conversación es una breve frase donde Cabrujas define el por qué escribe: «Nunca he escrito para mí. Yo escribo para los demás. Para monearle a los demás realmente, para exhibirme ante los demás, para gustarle a los demás o para que los demás me amen».

Es así como este intelectual escribe para un público masivo, ese del fenómeno cultural latinoamericano llamado telenovela. La Señora de Cárdenas (1977), Natalia de 8 a 9 (1980) y La Dueña (1985), son de las más conocidas de su repertorio. Es la «telenovela cultural» la que se lleva a cabo en los años setenta y ochenta. Las épocas cambian, los temas de la agenda pública también. Es un giro que se evidencia igualmente en las adaptaciones de obras de la literatura para televisión: Boves, el urogallo (1973), Doña Bárbara (1975) y Campeones (1976), y la revisión de nuestro pasado en series como Gómez I y II (1980-1981).

Sobre su teatro, recuerdo cuando leí esa edición de los noventa de Monte Ávila Editores de: Acto Cultural (1976) y El día que me quieras (1979), con prólogos de Isaac Chocrón e Ibsen Martínez. Se las habían mandado a leer a una amiga de la universidad, ella no tenía tiempo, me ofrecí a leerlas y hacerle un resumen.

Las disfruté. Tanto así que emprendí una búsqueda de otras de sus obras, menos conocidas, pero con ese mismo sabor y esencia. Espero que piezas como Profundo (1971), El Americano Ilustrado (1986), o sus particulares visiones sobre Armando Reverón (1990) y el boxeador Sonny León (1995), también se lleven a la escena teatral nacional. Al año de su lectura pude ver Acto Cultural y la sonrisa en mi rostro era el homenaje que en el momento podía dar al también llamado «hijo pródigo de Catia».

Son las tres de la tarde en la biblioteca. Anoto cotas y registro parte de lo que allí conseguí. Decido no caminar solamente el Bulevar Panteón, sino seguir la procesión a pie hasta Bellas Artes. En el camino veo en un mural del Liceo Andrés Bello. En él está José Ignacio con una mirada compasiva.

El día anterior el Festival Internacional de Teatro de Caracas había reaparecido. La edición era en homenaje a Cabrujas. Conversatorios y presentación de nuevas ediciones de sus obras se presentaron la semana siguiente. Es considerado destacar la labor de editoriales como Equinoccio y Alfa, las cuales han editado y reeditado lo que Cabrujas nos dejó.

A la fecha sus palabras son utilizadas como premoniciones de muchas de las cosas que vivimos en la actualidad. Lo que no debemos es sacarlo de su contexto, de exigir que tenga respuesta a todo. Ya lo decía el propio Cabrujas, en una entrevista de televisión en Venevisión, sobre la invocación de figuras históricas fallecidas: «La necesidad que tiene una sociedad de querer invocar a tal o cual de sus personajes en el pasado, habla un poco mal de esa sociedad, habla de una negación de lo contemporáneo, de lo presente de la sociedad».

Eso sí, debemos mantener su legado presente y que este sea conocido por las generaciones que vienen. Sea tanto para apoyar o refutar sus convicciones. Que su palabra siga  resonando y no sea un «mientras tanto… y por si acaso».

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