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Una incursión en Canoabo

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 1

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar.

Una incursión en Canoabo

Por Guillermo Ramos Flamerich

UNO

Quizás era un buen augurio: la Virgen del Perpetuo Socorro había salido en procesión desde Valencia y estaba de paso en Canoabo. No soy la persona más religiosa de todas, pero tomaba esto como una buena señal. Mi abuela era devota a aquella virgen. El viaje por el occidente de Venezuela surgió en su funeral. Entre la tristeza y el recuerdo, el pana Daniel me dijo que valía la pena recorrer pueblos y caseríos, de pararse en cada uno y hablar con la gente. Acepté. Él solo tendría que poner a disposición su carro. Le pregunté si podríamos agregar a otro pana, a Gabriel, a quien buscaríamos en Barquisimeto. No tuvo problema.

Parecía una decisión extraña la de viajar en medio de la situación país, pero creo que ya nos hemos acostumbrado a que la tensión esté presente. Si no hacemos las cosas quizás nunca exista el momento adecuado. Para nosotros los caraqueños Venezuela se ha convertido en lo que sucede en Chacaíto o en la Autopista Francisco Fajardo. Sin embargo, existe una «Venezuela profunda». Cliché. Más que profunda, es un país que está allí, tan variado como esencial. Un país que es necesario conocerlo para sentirlo cerca, nuestro.

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No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».

 

DOS

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar. La gente sentada en la entrada de sus casas esperaba a que pasara la vida.

Me sorprendió. No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».  Mucho menos que sus chocolates son «gourmet» y se venden caros no solo en el Trasnocho Cultural, sino también afuera del país. Lo único que sabía era que en ese «pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca» había nacido el poeta Vicente Gerbasi (1913-1992). Aquel que dejó unas líneas épicas en el imaginario nacional, con ese comienzo de «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», ese decir, con su poema Mi Padre el Inmigrante.

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La valenciana Virgen del Socorro, de procesión por Canoabo.

TRES

Algo que disfruto mucho es preguntarle a la gente por los personajes históricos o algún hecho curioso ocurrido en el lugar donde viven. Así comencé preguntando en la plaza si conocían la casa natal de Gerbasi. Imaginaba la placa, la conmemoración. A decir verdad, para nosotros era suficiente conseguir el sitio. Los ancianos decían que conocían de la familia, pero no lograban ubicar la propiedad. Los más jóvenes nos mandaban con dirección al colegio del mismo nombre. Al rato, y después de varias vueltas en el caso, una señora nos supo indicar: «Es esa casa de allá, toque la puerta a ver si está el señor Francisco».

Sí estaba. La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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En la entrada de la casa natal de Vicente Gerbasi, con su dueño, el señor Francisco Moreno, y su nieta.

CUATRO

En la sala no había ninguna referencia al poeta más allá de la conversación que estábamos a punto de comenzar. Nos contó la biografía del poeta, los datos básicos, es decir, lo que se conoce al buscar su nombre en alguna enciclopedia, o en Internet. Era sabroso escucharlo en ese pueblo, en ese lugar, rodeado de cuadros, entre esotéricos y ambientalistas, que hacía su esposa.

Agotada la biografía nos comentó que comprar la casa en los años ochenta le había permitido hacer amistad con el poeta, aunque nunca lo conoció. El señor Francisco ha sido invitado a los homenajes que le han hecho a Gerbasi en instituciones como la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez o la Universidad de Carabobo. Allí ha podido conocer a familiares y amigos, y sentirse uno más del clan.

Su propia historia es interesante: nativo de Canoabo y después de una agitada vida en Caracas trabajando en el antiguo Ministerio de Transporte y Comunicaciones y militando en las filas del partido de Jóvito Villalba, URD, había decidido regresar y llevar una vida más tranquila, con la familia, en la austeridad de la provincia, pero también en su tranquilidad.

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El autor con la crónica publicada en la portada del suplemento cultural del diario El Universal: Verbigracia.

CINCO

Teníamos que proseguir la ruta antes de que anocheciera. La carretera angosta y desconocida no ayudaba mucho. Provocaba quedarse, pero nos esperaban más ciudades, pueblos, más estados, incluyendo a Santa Ana de Trujillo y su monumento al abrazo entre Simón Bolívar y Pablo Morillo en 1820 y cruzar el Puente sobre el Lago de Maracaibo con el Sentir Zuliano de los Cardenales del Éxito de fondo. También había que buscar a Gabriel en Barquisimeto. Mientras anochecía reflexionaba con Daniel sobre nuestro día con Gerbasi y su amigo. Nos gustó que todavía te abran la puerta de la casa para echarte un cuento largo, solo porque llegaste hasta allí para escucharlo.

También pensábamos en cómo hacer de toda esa memoria algo palpable y vivo. Lamentablemente en Venezuela el legado de los escritores pareciera que sirve para nombrar algún liceo, quizás una calle y si tiene mucha suerte, una plaza. Hay algo más en nuestra idiosincrasia, en nuestras maneras, que debe ser canalizado no con imposiciones nacionalistas y huecas, sino como una promoción al conocimiento, al arraigo. No solo es la literatura, es la música, los bailes, los dichos, Existen dos países, el que fue y el que será, y esos dos se comunican en el que es. Allí espera cumplir todas sus posibilidades tan solo si aprendemos a redescubrir esa universal angustia de ser una nación.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el sábado 21 de octubre de 2017

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Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo, el lunes 1 de septiembre de 1958

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo el lunes 1 de septiembre de 1958.

Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Por Guillermo Ramos Flamerich

«El próximo medio siglo ha de ser, necesariamente, el que cierre para nuestro país el recurrente ciclo de golpes y contragolpes, de cuartelazos y dictaduras, de rebeliones esperanzadas y de tenaces frustraciones. La vía que escogeremos será –ya lo hemos escogido hace cerca de un año– la constitucional y legal. Lo fundamental es que sea también el año que marque el inicio de la transformación profunda de la estructura venezolana», así despide 1959 el vespertino El Mundo en su editorial del miércoles 30 de diciembre. En el artículo le pide a los partidos ser más políticos para así dejar a un lado lo politiquero y a que se aparten del «pecado capital» de la mezquindad. También reconocen la voluntad existente para establecer un sistema democrático y lograr acuerdos mínimos de gobernabilidad.

Más de medio siglo después –entre doce gobiernos y varios desgobiernos– hoy nos debatimos no solo en cómo construir una democracia incluyente, renovada, de instituciones sólidas y coherentes, sino en cómo salir de una caricatura totalitaria que ya cuenta con 95 presos políticos (En datos del Foro Penal), igualmente inquisidora como corrupta, así como cruel y llena de un profundo odio por Venezuela. Al hambre de justicia y libertad se suma la fisiológica. Gente escarbando en la basura buscando de comer, niños con dolores de cabeza, náuseas y lágrimas por la falta de alimentos. Gente que hace colas a pesar del sol, de la lluvia, de la muerte. La vida en esta república ha dado paso solo a la existencia. Una triste y degenerada existencia, atemorizada cada día no solo por malandros, pranes y grupos violentos, también por la constante burla que desde la silla de Miraflores hace un hombre sin escrúpulos. Hora de ira y muerte esta, la de Nicolás Maduro. Tiempo de frustraciones y llantos cuando el futuro parece secuestrado. Pero es  también momento para seguir trabajando, superándonos y confiando con nuestro esfuerzo lo que será la transición y la reconstrucción.

La crisis no juega carrito

Un paraíso imaginado por la creencia de que éramos un país rico con recursos mal distribuidos encumbró a la Revolución Bolivariana. La incompetencia de sus primeros tres años se vio paradójicamente recompensada por una poderosa dirigencia opositora tan temeraria como suicida. Los precios petroleros subieron,  por ende la renta y todo pasó a las manos de una persona. No sé cuánto de carisma ni cuánto de petrodólares, ni cuánto de contexto internacional agregar a la receta de un Hugo Chávez erigido para continuar la nueva ola del socialismo en el mundo. Pero todo fue un fracaso. Ni se acabaron con los vicios de la democracia representativa, no se construyó una participativa y su solidez se centró en la renta y la fuerza de las armas. Es así como llegamos a un Nicolás Maduro más malo que maquiavélico, subestimado, burlado, odiado, de momentos temido, heredero y continuador de una destrucción que en este momento ya ha tocado las bases más profundas del país. Hay instantes en que el daño parece irreparable y que de tantas malas ideas puestas en práctica, de tantos inventos nefastos, solo queda partir.

Los que estamos convencidos de que Venezuela puede ser un país democrático, plural y próspero (la mayoría de los venezolanos), sabemos que el actual gobierno está en fase terminal. Se les acabó el tiempo histórico. Podrán seguir destruyendo, apresando y burlándose de los venezolanos, pero ya están cruzando la recta final. En etapa culminante, como promocionaban aquellas telenovelas que ya no producimos. El tema es que cada uno de esos capítulos finales, está lleno de sangre y amargura.

Transición a la venezolana

Estamos transitando en arenas movedizas. Mientras más rápido intentamos salir del lodo, más nos traga. Si nos relajamos también nos traga. Parece un recorrido imposible de superar, aún así hay que caminarlo, trotarlo, también correrlo. Siempre aparecen los ejemplos históricos de lucha no violenta en el mundo: desde Gandhi hasta Luther King, pasando por Mandela y hasta la misma caída del Muro de Berlín y la URSS. Son buenos ejemplos, los mejores, pero también hay que comprender que son de largo aliento y que más allá de reconocernos en ellos, también debemos vernos reflejados en lo que hemos sido como nación: el nosotros venezolano.

Si en 1936 miles de caraqueños salieron a las calles del centro de la ciudad a reclamar y exigir algo que no habían conocido en su vida: la Libertad. Si en 1946 otros cientos de miles hicieron del voto un instrumento de lucha irreversible y si en 1958 la dirigencia política decidió llegar a un acuerdo antes que caer en un conflicto y luchas estériles y mortales, los venezolanos de estas primeras décadas del siglo XXI tenemos no solo la capacidad, también la conciencia de unirnos para enfrentar el sistema que hoy nos oprime y construir-reconstruir uno que de verdad nos pertenezca.

Para ello la dirigencia democrática hoy agrupada en la Mesa de la Unidad debe entender que cuando el destino toca la puerta, no queda otra que tomar esa responsabilidad, hacerla valer, lucirse, aunque sea una papa caliente a punto de estallar. Como concluye el amigo Carlos Carrasco en un artículo publicado en Entre Política el jueves 15 de septiembre: «En las transiciones, no hay almuerzos gratis, todos los actores deben pagar un precio en nombre de la libertad y el futuro».

Si la Unidad anda calculando que después de Maduro un eventual gobierno de transición presidido por lo queda del chavismo será quien tome medidas, tan impopulares como explosivas, dejando el sistema estabilizado para su contraparte, está pecando de ingenua. También si piensa que el manejo militar pasa únicamente por un cambio de gobierno, no está viendo lo que ha sido nuestra historia. Ni hablar del narcotráfico enraizado en las instituciones, así como de los pranes, grupos violentos y guerrillas goberneras. Si concibe el cambio solo como un encuentro entre élites, sin transparencia ni ciudadanos movilizados, estaría soberanamente pelando gajo.

La (re)construcción

El éxito del cambio y la eventual transición pasan por la inteligencia de nuestro liderazgo, ahora sí que se medirán las capacidades y se verá lo aprendido. Es momento de decisiones, acertadas, claro está. También se demostrará la valentía, no del que más grita, sino del que se mantiene firme, pero también avanza, a pesar de las dificultades. El manejo de la Caja de Pandora militar y cómo sumar a sus miembros a ser una institución que defienda la democracia, no a ser jueces ni supuestos vengadores, es otro de los grandes retos. Crear un nuevo pacto social donde la diversidad sea vista como un atributo y no como una mancha, es parte de esa nueva Venezuela que nacerá no solo cuando se vaya Nicolás Maduro del poder, sino cuando dejemos claro como nación que somos los únicos dueños, valedores y constructores de nuestra vida en libertad.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 16 de septiembre de 2016

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Rómulo Gallegos: una vida en 15 imágenes + 1

Rómulo Gallegos

Por Guillermo Ramos Flamerich

Rómulo Ángel del Monte Carmelo Gallegos Freire, escritor y político; autor de Doña Bárbara; nombre de una avenida en Caracas; de dos municipios, uno en Apure, el otro en Cojedes; una universidad; un premio internacional de novela y un Centro de Estudios Latinoamericanos. Con sus palabras retrató la geografía y gentes de Venezuela; como maestro formó a una generación de líderes. Protagonista y víctima del país que mostró en su obra, su efímera presidencia significó un ensayo democrático y un nombre de prestigio y honestidad en una Venezuela signada históricamente por la enfermedad y la imposición. Gallegos nació en Caracas el lunes 2 de agosto de 1884 a las diez de la mañana. Falleció en 1969. En conmemoración de su natalicio, estas imágenes del libro Iconografía de Rómulo Gallegos, publicado por la Biblioteca Ayacucho en 1980:

Una vida en 15 imágenes

01 Rómulo Gallegos 1905

1-En esta fotografía de 1905 Gallegos aparece como un torero improvisado en el, desaparecido ya, pueblo de El Valle, Caracas. Para estos años a pesar de haber aprobado los primeros exámenes de derecho en la universidad, decide abandonar la carrera. También conoce a su futura esposa Teotiste Arocha Egui. Al año siguiente es designado jefe de la Estación del Ferrocarril Central.

02 Rómulo Gallegos 1912

2-El profesor en 1912. En enero es nombrado director del Colegio Federal de Varones de Barcelona, estado Anzoátegui. Desde allí, enviará extensas cartas a su padre y a Teotiste. Se casa por poder el 15 de abril. Fallece su padre el 4 de junio y empieza su carrera docente en el Liceo Caracas (Actual Liceo Andrés Bello), que durará hasta 1930.

03 Rómulo Gallegos 1927

3-Rómulo Gallegos en 1927. Con paltó, corbata y sombrero pelo e’ guama, tomando agua de totuma. Pasa la Semana Santa en el llano apureño junto a su hermano Pedro y su alumno Juan Salerno. La primera intención de este viaje es documentarse para la novela que estaba escribiendo, La casa de los Cedeño. Pero de estas andanzas nace su obra cumbre: Doña Bárbara.

04 Rómulo Gallegos 1930s

4-La década de 1930 significó de profundos cambios para Gallegos. El contundente éxito de Doña Bárbara, su exilio voluntario después de ser propuesto como senador de Apure por parte de Juan Vicente Gómez. Cantaclaro, Canaima y Pobre Negro. El regreso a Venezuela al morir el dictador. La fugaz entrada al gobierno como ministro de educación de López Contreras y el Gallegos cinematográfico, fundador de Estudios Ávila. Mientras tanto, cualquier roca es buena para emular al Pensador de Rodin, como bien lo ilustra esta imagen.

05 Rómulo Gallegos piloto

Gallegos, ¿piloto? Foto de Juanito Martínez Pozueta

06 Rómulo Gallegos - Poleo

Gallegos acompañado del pintor venezolano Héctor Poleo, durante una exposición del artista en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

07 Rómulo Gallegos - Truman

Las parejas presidenciales de Estados Unidos y Venezuela en un balcón de la Casa Blanca

5-El ensayo democrático y la efímera presidencia. Desde la candidatura simbólica de Gallegos y la fundación de Acción Democrática en 1941, hasta su elección, universal y secreta, como Presidente de la República el 14 de diciembre de 1947, el 18 de octubre de 1945 y los eventos posteriores, dieron un giro profundo a la historia venezolana. La toma de posesión con la Fiesta de la Tradición Venezolana, organizada por Juan Liscano, fue solo un bonito arranque para una trágica presidencia. En julio visita al presidente de los Estados Unidos, Harry Truman y el General Eisenhower le entrega el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Columbia. Al regresar, la situación está cada vez más tensa, la sombra militar lo arropa. A todo esto responde a Miguel Otero Silva: «Ni estoy caído, ni en plan de huída, amigo mío. Usted mismo me ha encontrado en pantuflas. Y las pantuflas no se usan para correr». El 24 de noviembre de 1948 es derrocado y trasladado en avión hasta La Habana.

08 Rómulo Gallegos en México

En México, acompañado por los poetas Andrés Eloy Blanco y Nicolás Guillén

09 Rómulo Gallegos 25 Doña Bárbara

Junto a su hija Sonia, en la celebración de los 25 años de Doña Bárbara, 1954

6-Tiempo de exilio. Cuba, Guatemala, México y los Estados Unidos lo ven pasar mientras en Venezuela Marcos Pérez Jiménez se hace del poder. Los homenajes y nuevas ediciones de su obra, continúan. Pero el 7 de septiembre de 1950, en Ciudad de México, le toca despedir a Teotiste. Cae en depresión. También está esa tristeza del errante que ha sido expulsado de su hogar. El encuentro con otros exiliados venezolanos, la pérdida de amigos como Andrés Eloy Blanco, el recordatorio de los 25 años de Doña Bárbara y la compañía de su hija Sonia, hacen de estos años un período agrio con pequeños instantes para la dulzura.

10 Rómulo Gallegos 1958

Rómulo Gallegos a su llegada a Venezuela el 2 de marzo de 1958

11 Rómulo Gallegos Honoris Causa 1958

El rector de la Universidad Central de Venezuela, Francisco de Venanzi, hace entrega a Gallegos del Doctorado Honoris Causa en 1958

12 RómuloGallegos Faulkner

Rómulo Gallegos y el escritor estadounidense William Faulkner. Caracas, 6 de abril de 1961

7-Regreso dorado, temporada de reconocimientos. Pérez Jiménez es derrocado el 23 de enero de 1958 y Gallegos regresa el 2 de marzo. El 5 de junio recibe el Premio Nacional de Literatura; el día de su cumpleaños es nombrado «Hijo Ilustre de la Ciudad de Caracas»; le son conferidas diversas condecoraciones nacionales e internacionales, así como los Doctorados Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela, Universidad del Zulia, Universidad de Oriente y Universidad Católica Andrés Bello. El 25 de enero de 1960 el Consejo Universitario de la Universidad de los Andes acuerda solicitar el Premio Nobel de Literatura para Gallegos y el 29 de mayo, desde La Habana, dice Hemingway: «Apoyo completamente la candidatura de Don Rómulo Gallegos para el Premio Nobel de Literatura de 1960, por respeto a su obra de escritor. No creo, en esta oportunidad, que haya otro candidato con más derecho que el maestro venezolano». Como ven, es temporada de reconocimientos.

14 Rómulo Gallegos en apure 1964

Rómulo Gallegos y un niño. Apure, 1964

13 Rómulo Gallegos 1960s

En los años finales de su vida

15 Rómulo Gallegos 1968

Gallegos ejerciendo el derecho al voto en las Elecciones Presidenciales del 1 de diciembre de 1968

8-El último Gallegos. El 21 de abril de 1964 aparece en Varsovia la edición polaca de Doña Bárbara. Poco tiempo después el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA), crea el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el cual gana Mario Vargas Llosa su primera edición (1967). En 1966 Isaac Chocrón y Caroline Lloyd presentan una ópera de la doña y en 1968 la American Foundation for the Blind, editan una versión para ciegos. Pero Gallegos está cansado, acercándose tranquilamente al término de su vida. Poco a poco se va despidiendo de su gente, de Venezuela. El 5 de abril de 1969, un Sábado de Gloria, a las 2 y 20 de la madrugada, fallece en Caracas ante la presencia de sus hijos Alexis y Sonia. Tenía 84 años.

+ 1 (La ñapa)

16 Rómulo Gallegos casa

Fachada de la casa de Rómulo Gallegos en la urbanización Altamira, Caracas. La misma fue derribada para construir el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG)

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Elisa Lerner: de una soledad a otra

Entrevista a Elisa Lerner

Entrevista aparecida originalmente en la revista Ojo (cultura universitaria) edición número 24 – año 2013

Elisa Lerner: de una soledad a otra

Por Guillermo Ramos Flamerich

En un apartamento más bien pequeño pero acogedor de Los Palos Grandes, Elisa Lerner, junto a su empleada de años Juana, convive con sus recuerdos, pero estos son interrumpidos continuamente por el presente. En el estrecho pasillo de entrada está un cuadro de Manuel Quintana Castillo firmado por sus compañeros del grupo Sardio en la ocasión de una fiesta de cumpleaños; también una pequeña pintura de Mercedes Pardo alusiva a su signo zodiacal junto a alguna caricatura dedicada por Pedro León Zapata; muñecas de trapo mexicanas y libros de colección. Todo esto bajo la mirada tranquila de viejas fotos familiares. Pero lo que sobresale de la salita-comedor es la luz que proviene del Ávila. Al fondo se abre una vista serena, es la montaña que guía a la ciudad. Al llegar la tarde solo ese rincón cambia de color. Diferentes tonalidades de anaranjado se logran percibir hasta que cae la noche y se escucha el primer grillo.

Es domingo, el final de una tarde y de semana, Elisa ofrece torta de chocolate y té. La entrevista comienza recordando aquel libro del español Enrique Vila-Matas sobre los escritores que dejaron de escribir: Bartleby y compañía. Menciona el caso venezolano de Andrés Mariño Palacio, precoz escritor que fue dejado al olvido a causa de su enfermedad.

Repasa los años de Rómulo Gallegos y su derrocamiento, los cuales retrata «de manera sesgada» en la novela De muerte lenta, coedición de la Fundación Bigott con Equinoccio en 2006: «Habíamos caído de la manera más tonta en una dictadura». Al poco tiempo ya no quiere hablar de ello: «Cuando escribo algo es porque ya salí de esos fantasmas. Si caigo en la reiteración siento que me estoy convirtiendo en poseedora de un pasado que también le pertenece a otros».

La «aurora galleguiana» es una de las cuatro ocasiones en la vida de Elisa en que ha sentido la euforia de un posible enderazamiento nacional. La primera, en los albores de la infancia: la apertura de Eleazar López Contreras; la segunda, al final de la infancia: el 18 de octubre de 1945; y el 23 de enero de 1958, en plena juventud. Todo esto la ha vuelto algo susceptible cuando se le habla de enrumbar la nación. No confía o desconfía, solo observa como de esas esperanzas se retorna al dolor histórico. 

No tan lejos del temblor del mundo

También está la historia menuda de la «muchachita blanquita que vestía a la europea», de padres rumanos, pero muy caraqueña. La que iba en familia al teatro mucho antes de entrar a la escuela primaria. El vago recuerdo de una actuación de la argentina Paulina Singerman en el Teatro Municipal, unos cosacos que se presentaron en el Teatro Nacional, o el sabor de las tablitas de chocolate Duncan que compraban antes de la función. Es la Caracas de los años treinta y cuarenta, pequeña y humana, «no muy lejos de la belleza y del temblor del mundo», como recuerda en la crónica El sueño de un mundo, recopilada en Carriel para la fiesta (1997).

Su madre Matilde se comunicaba con su hermano en el exterior a través de cartas: «No podías marear la perdiz, o escribir para entretener el paso del tiempo». De un tío viajero, Elisa recibía cartas en inglés, gracias a esas experiencias comprende «que escribir es algo muy serio, es un camino en el que se va de una soledad a otra».

A pesar de sus estudios de derecho en la Universidad Central de Venezuela, convertirse en escritora fue un afán desde la infancia. Cuando leía las secciones literarias de los periódicos, los reportajes de Ida Gramcko, pensaba en la posibilidad de ser periodista, diplomática y escritora. Se ha cumplido, en los años ochenta fue consejero cultural de Venezuela en España. Por insistencia del escritor José Balza publica una compilación de sus ensayos y crónicas bajo el título de Yo amo a Columbo (1979) y gracias al apoyo del historiador Ramón J. Velásquez otra colección de crónicas: Carriel número cinco (1983).

El pulso de la escritora

Para Elisa la escritura ha sido una pulsión sanguínea: «No sabía cuál género escoger, no premedité nada, solo sabía que debía comunicarme». A principios de los cincuenta esas inquietudes la llevan a formar grupo con otros jóvenes con los mismos propósitos. La mayoría, son los amigos del Liceo Fermín Toro, otros van apareciendo poco a poco, en el camino: Adriano González León, Guillermo Sucre, Luis García Morales, Salvador Garmendia, son algunos de los nombres de la inquieta vanguardia: «Para nosotros era el cine, el comienzo de un nuevo y sorprendente teatro, lo barato y asequible de  las singulares ediciones argentinas que podían conseguirse en la modernísima librería Cruz del Sur». Es la gestación de Sardio, y ella la única mujer participante. Las reuniones ocurren a pesar de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Al llegar la democracia el grupo adquiere mayor libertad y puede editar hasta su propia revista.

Precisamente es en la revista Sardio, en su  edición número 7 (abril-mayo, 1960), donde publica su primera pieza, el monólogo de La bella de inteligencia, el cual surge de sus tiempos de recién graduada, cuando busca trabajo y para ello debe leer el periódico por completo, no solo la sección cultural.

La siguiente obra: En el vasto silencio de Manhattan, nace de su experiencia en Nueva York: «una señora presbiteriana que quería aprender español porque cuando la pensionaran quería ir a Bolivia a encontrarse con su hermano». La cena era el momento perfecto para escuchar sus cuentos. Pero es Vida con mamá (1975) la de mayor éxito, no solo por taquilla, también por la crítica. El filólogo Ángel Rosenblat dirá que el español utilizado en ella «es uno de los más puros y hermosos», también el escritor Mario Vargas Llosa tendrá una buena opinión sobre la pieza. Para finales de los setenta Elisa escribe para la revista El Sádico Ilustrado. Toca temas cotidianos, de la cultura popular y de la mujer. Con ingenio y burla se adueña de un género mal visto para la reputación del escritor: lo cómico. Mucho más si se trata de una mujer.

Sus crónicas poco a poco han tomado un estilo más narrativo, se han convertido en relatos como los tres de Homenaje a la estrella (2002) y De muerte lenta, su primera novela. Si los compromisos le permiten, podrá finalizar lo que está escribiendo actualmente. Sobre el movimiento literario del país, editoriales y festivales de lectura en la actualidad, cree que ayudan a escribir con más esperanza: «En un país donde hay escritores de diferentes gamas, el lector puede tener preferencias y no un único poeta o novelista. Es ese un país donde el espíritu se asoma generosamente».

Elisa Lerner y Guillermo Ramos Flamerich

Elisa Lerner y Guillermo Ramos Flamerich.
Foto: Luis González del Castillo

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En la palabra de Pancho

Francisco Massiani por el pintor José Cruz

Entrevista a Francisco Massiani

Por Guillermo Ramos Flamerich

A José Castro

Autografía sus libros como Pancho y firma sus cuadros como Francisco. Vive en la urbanización La Florida en una casa de color blanco denominada Los Milagros. A causa de su invalidez está enclavado en el rincón derecho de la sala principal de su hogar. Junto a él, reposan artefactos de diaria utilidad. El lugar está regado de libros y cuadros; un librero que no soportó la batalla ante las termitas y ha caído; un radio en alto volumen y un teléfono que al sonar trajo consigo la noticia de que Pancho recibiría una carta, proveniente de Miami, de su amiga Aurimar. Considera que le han hecho miles de entrevistas y aunque no son de su agrado, siempre responde.

¿Cuáles son sus pasiones?

—Yo no puedo vivir sin música y sin una mujer. Y por supuesto sin vino, cerveza, ron o whisky. La presencia femenina es indispensable para poder vivir. No basta con escribir. No se puede vivir sin amor. Hay que apostar siempre a la felicidad. Vivir permanentemente enamorado de Dios, del amor, las estrellas y por supuesto del vino, del ron, del alcohol.

¿Todo lo hace por el amor?

—Yo creo que a la larga sí. La mayoría de mis trabajos, incluso la novela Piedra de mar y cuentos como Un regalo para Julia, todo eso es por ternura, por amor. En el caso del muchacho de Un regalo para Julia, pobrecito, queda sólo y con el pollito muerto. Pero en Piedra de mar Corcho se queda con Kika, el pobre pasa trabajo hereje por toda la novela pero tiene un final feliz.

¿Cómo se inició en el mundo de la escritura?

—Yo vivía en Chile, en Santiago. Nosotros nos fuimos cuando tenía siete años a Chile porque mi padre tuvo problemas. Mi padre era profesor en el pedagógico, abogado y escritor también. Uno de sus libros, en su época, fue texto obligatorio: Geografía espiritual. Pero le hicieron la vida imposible cuando Pérez Jiménez, por eso nos fuimos a Chile. Comencé a escribir como a los once años. Yo tenía una novia que vivía en Carlos Justiniano, la misma calle que yo en Santiago, que se llamaba Loreto Vargas. Era una linda muchacha, preciosa. Ella me regaló un diario y yo uno a ella. Empecé a escribir en el diario, en Santiago se acostumbraba eso. Cuando regresé a Venezuela, ya tenía catorce años, yo vivía en el edificio Albarrega en la avenida Las Acacias de la Florida, en la planta baja. Estaba profundamente enamorado de una muchacha nadadora, Betty Sherman. Yo pintaba en esa época y escribía cuentos fantásticos. Uno de ellos es sobre un personaje que va a un barco y todos los tripulantes repentinamente desaparecen pero cuando llega a tocar a una mujer desnuda, recobra él la vida y todos los tripulantes también, o el poema Puerto publicado en un periódico mural, me ayudó Quintín Centeno a hacer el mural. Se acostumbraba entonces hacer periódicos murales. Ese fue mi primer poema que se conoció.

¿Cuáles son sus influencias?

—Comencé leyendo una novela que me pareció maravillosa. Un libro de Julio Verne llamado El secreto de Wilhelm Storitz. Otro titulado Realidad y ensueño de Jacobsen. Leí una novela extraordinaria como a los catorce, quince años que me la llevé en un barco de carga para Nueva York: Fiesta de Ernesto Hemingway. También leí a Knut Hamsum, Cesare Pavese, Scott Fitzgerald, D. H. Lawrence,  O. Henry, Walt Whitman, Pablo Neruda, el peruano César Vallejo…

Escritores venezolanos

—Me fascinó el cuento de Guillermo Meneses, que fue llevado al cine y ganó un premio en Cannes, La balandra Isabel llegó esta tarde. También me encantó Casas Muertas de Miguel Otero Silva y por supuesto Cantaclaro de Rómulo Gallegos. La poesía de Andrés Eloy (Blanco) que sigue siendo, a mi juicio, magnífica. No por los angelitos negros que a mí no me gustan, sino por otros poemas admirables.

¿Por qué su obra tiene cada vez mayor vigencia?

—De Piedra de mar, por ejemplo, sospecho que esa novela es magnífica. Esa es toda la explicación. Yo me había olvidado de ella y la leí otra vez y me encantó. Me pareció admirablemente buena. La escribí a los veintidós años. Tardé un año. Pero antes de Piedra de mar, estando en España con mis padres, escribí en una semana Renate o la vida siempre como en un comienzo y otra novela corta llamada Fiesta de campo. Yo sigo escribiendo poesía. Ahorita estoy trabajando en un relato largo que se llama Mango. Es entre erótico y humorístico.

¿Qué es la vida para Francisco Massiani?

—Hay necios que consideran que la vida es muy simple. La vida es la cosa más misteriosa que hay. El hecho de que haya árboles, cielo con estrellas, sol, luna. Que exista el amor, la mujer. La cual es la criatura más hermosa que haya podido inventar Papa Dios. Que exista Dios, porque yo creo en Dios. La vida es una maravilla maravillosa. Hay que apostar a la felicidad y soñar. Porque si uno deja de soñar entonces deja de vivir y el amor se hace, entonces, imposible para construir.

Allí está Pancho en su rincón. Sus cuentos y novelas se han convertido en clásicos de nuestra literatura. Su poesía un canto a sus pasiones. A pesar de los años y las desventuras que pueda traer la vida, Francisco Massiani es un eterno adolescente. La mejor descripción sobre Pancho es la que da Ana Rosa, la señora que lo cuida a diario, cuando afirma que aun así, Francisco Massiani sigue siendo «una roca sumamente firme».

Guillermo Ramos Flamerich y Francisco Massiani

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Perfiles: Oscar Sambrano Urdaneta

Guillermo Ramos Flamerich y Oscar Sambrano Urdaneta (Caracas, diciembre de 2008)

Recordando a Oscar Sambrano Urdaneta

Por Guillermo Ramos Flamerich

Cuando puedo estar temprano en mi casa intento que sea antes de mediodía. No es por cávala o ritual, sólo que a esa hora Vale TV transmite el programa Valores, presentado por Oscar Sambrano Urdaneta. El miércoles 15 de junio la jornada de clases había comenzado y terminado temprano. A las nueve de la mañana estaba de retorno a mi casa. El tráfico en el metro solamente era comparable con el número de gente en las calle. Terminé regresando con mi papá en la ruta final a nuestro hogar. Conversando sobre todo tipo de temas, mi papá de repente menciona: «viste, ayer murió Oscar Sambrano Urdaneta. Te mandé un mensaje de texto cuando lo leí en el periódico esta mañana». El mensaje nunca me llegó. Sabía que el doctor Sambrano Urdaneta llevaba más de un año en malas condiciones de salud, pero su muerte me sorprendió.

Acerca de su vida, la mayoría de los medios de comunicación que informan sobre su fallecimiento, reseñan su nacimiento en Boconó en 1929. Sus estudios en el Pedagógico de Caracas; la labor junto a Pedro Grases en la edición de las Obras Completas de Andrés Bello; la dirección de la Casa de Bello; la presidencia del CONAC en los noventa; la presidencia de la Academia venezolana de la lengua. Una prolífica trayectoria. Más allá de esto, quisiera recordar ese Sambrano Urdaneta con el cuál conocí parte de nuestra cultura como nación. Ese que con la pasión por enseñar, mostraba de manera pedagógica los grandes personajes y hechos de Venezuela.

Con sus Valores, se abrió en mi una mejor concepción y comprensión de la literatura venezolana. Reforcé mis conocimientos sobre: Teresa de la Parra, Rómulo Gallegos, Andrés Bello, José Antonio Pérez Bonalde, Andrés Eloy Blanco y Cecilio Acosta. Aprendí acerca de Julio Garmendia, sus gatos y el gusano de luz; descubrí la obra de Antonio Arráiz, Manuel Díaz Rodríguez, Manuel Rodríguez Cárdenas, Santiago Key Ayala y José Ramón Medina. Disfruté de esa generosidad con la que explicaba el funcionamiento de la academia de la lengua, parte de la historia de nuestras ciudades, la cultura popular y nuestra idiosincrasia. Tengo la dicha de haberlo conocido y expresado mi más alto respeto y agradecimiento.

En el recuerdo queda su pasión por querer y admirar esta tierra, su gente y las aventuras de nuestra historia. Su obra es eterna como los valores que deja sembrados. Con la conciencia y fe en «un pueblo que puede confiar en si mismo», como alguna vez expresara de su puño y letra, demostró ese rostro amable y laborioso del ser venezolano. Ha fallecido un maestro. ¡Honra y paz a sus restos!

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La novela en Venezuela por Salvador Garmendia

En 1966, bajo la serie Temas culturales venezolanos de la extinta Oficina Central de Información (OCI), Salvador Garmendia publicó un breve ensayo donde –a vuelo de pájaro hace una revisión de la novela venezolana a través del tiempo. Una publicación poco conocida del autor. Interesante tanto para el análisis de la bibliografía garmendiana, así como didáctica a la hora de entender los avatares de nuestra literatura.

La novela en Venezuela por Salvador Garmendia

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