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La política como pedagogía

La política como pedagogía

«A la democracia se le debe defender. Ella debe mantener viva la memoria de lo que sobreviene cuando se la destruye», Rómulo Betancourt, 1977.

La política como pedagogía

Por Guillermo Ramos Flamerich

El oficio político se ha degradado… Los políticos no sirven ni servirán… Frases como esas las escuchamos constantemente en el 2016. Pero también en el 2015, 2014, desde hace dos, tres, indefinidas décadas atrás y no única y exclusivamente en Venezuela. En cualquier parte del mundo donde existan políticos, se dirá que su oficio está agotado y la confianza (esa fundamental pero escurridiza compañera de toda persona pública), la han perdido. Entonces llegan vengadores protegidos por un «manto puro» más allá del bien y del mal, más allá de las facciones, casi evocando esa última proclama de Simón Bolívar de que «cesen los partidos y se consolide la unión» y nos dicen que vienen a reivindicar al pueblo, acabar con la pobreza, lograr la paz mundial y salvar cada rincón del planeta.

Esos son los peores. Demagogos desenmascarados por el poder y con gobiernos «tan perfectos» que cualquier crítica es traición. Una tiranía. Porque como recordaba el historiador Manuel Caballero, aquel gobierno perfecto, sin manchas y a unos pasos de la consagración celestial, solo puede ser dictatorial.

La democracia es queja, opiniones encontradas, negociación y pluralidad. La infalibilidad no es algo inherente de la política, porque la política es de humanos, no de dioses. Así llegamos al sistema actual que rige a nuestro país, corruptor en todos los campos posibles, cínico y mentiroso y lo peor de todo, quiere perdurar de manera ilimitada.

Las siete plagas podrían pensar muchos. Pero de nuevo, esto es más profano, menos divino y la responsabilidad de superar los años terribles está en nosotros mismos.

Transformar la política no es utopía. Es pensamiento y acción. No podemos pedir comenzar desde cero, con ángeles redentores en vez de personas. Tampoco ser ingenuos y soñar con que las apetencias personales y partidistas van a extinguirse a favor de una entrega totalmente desinteresada. Lo importante es equilibrarlas. Las tres son válidas, pero la construcción del bien común debe ser el norte de todo político. Así no lo quiera. Que la misma sociedad se lo exija para poder permanecer en sus funciones.

Por eso el título de estas líneas. La función pedagógica de la política como la retroalimentación entre una sociedad más consciente y una dirigencia más capacitada. La sociedad debe exigir, pero también debe estimular a que sus mujeres y hombres más competentes, no solo por sus estudios sino por su calidad humana, se dediquen a las funciones públicas. Es la visión del político como un educador que exponga sus ideas, las defienda a todo pulmón, pero también escuche. Que no se convierta en esclavo de las encuestas y sondeos de opinión sino que las integre a su accionar en corto plazo, como tácticas de una ruta mayor. Se deben dar las definiciones ideológicas pero no como camisas de fuerza de panfletarios que solo saben recitar una cartilla. Nuestra historia no solo como mera justificación doctrinaria, sino como vínculo hacia el futuro, una historia viva en la que nos reconozcamos. La dirigencia debe predicar con el ejemplo y la ciudadanía debe transformar la democracia en algo más allá de un sistema político. En una forma de vida.

El oficio político, ese que aparece eternamente degradado, debe convertirse en herramienta para modelar la cultura de la libertad.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 1 de julio de 2016

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6D: La reivindicación ciudadana

6D: La reivindicación ciudadana

Las molestias nuestra gente las ha expresado de manera cívica, participando masivamente el día de las elecciones, entendiendo la importancia de defender el voto. (Foto de Francisco Touceiro en Cumaná, estado Sucre)

6D: La reivindicación ciudadana

Por Guillermo Ramos Flamerich

Nada han temido más los que hoy ocupan el poder en Venezuela que el triunfo de la ciudadanía. El 6D se convirtió en eso, en la reivindicación del ciudadano. La fecha más esperada, «el domingo decisivo que transformaría al país»… Las apuestas, los análisis y la firme convicción de que se estaba jugando demasiado, de lado y lado. Eso sumado a los simbolismos por los que nos pasea la historia. Un domingo 6 del último mes de 1998, llegaba a la presidencia Hugo Chávez Frías, diecisiete años después la permanencia de su proyecto parece transitar el solitario camino de la despedida. Así como esa copla que apareció después de la muerte de Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935: «Un 17 murió el que liberó a Venezuela y el que la tuvo fuñía», el 6 marcó el inicio de algo, todavía no sabemos con certeza qué, pero la vida política venezolana cambió.

Veinte elecciones en poco más de tres lustros. Esa ha querido ser la credencial democrática de la llamada «Revolución Bolivariana», pero se nota en cada acción el profundo desprecio de sus jerarcas a las decisiones de la gente. No solo cuando son adversas, sino la arrogancia cotidiana de creerse los únicos dueños de la verdad. Decía el escritor Sherwood Anderson que cuando alguien buscaba apropiarse de la verdad, de transformar su verdad en la única, «se convertía en un ser grotesco y aquella verdad a la que se había abrazado trocábase en una mentira».

Por eso las respuestas de la Dupla del odio, las amenazas y el reproche. La ciudadanía se expresó de manera clara, esta historia que estamos construyendo no debe ser maniquea, no es una lucha entre buenos y malos. Pero qué villanos se ven el Presidente de la República y el saliente Presidente de la Asamblea Nacional. Haciendo todo para perturbar la tranquilidad del país, castigando y ofendiendo. Saben algo, no tienen la fuerza, por lo menos no la del «pueblo» que tanto manosean en sus chácharas.

La Campaña Todos #PorLaLibertad

En los últimos meses he participado en la Campaña Todos Por La Libertad. Iniciativa de la activista de Derechos Humanos y esposa del preso de conciencia Leopoldo López, Lilian Tintori. Junto a líderes estudiantiles, víctimas de la represión, artistas, entre otros, pudimos recorrer Venezuela, con la firme convicción de hacer hincapié en los derechos de la ciudadanía a la par de colaborar con los candidatos de la Unidad. La radiografía del país actual. Ese que sufre una epidemia de Sida en la comunidad warao del Delta Amacuro, los rostros de la pobreza del asentamiento indígena de Yakariyene en Tucupita; los reclamos de los pescadores de Cumaná y Margarita por la falta de repuestos para sus peñeros; la escasez, el alto costo de la vida y la violencia que ataca a cada región de Venezuela; la inoperatividad de nuestras empresas básicas en Guayana; los ataques por pensar distinto ocurridos en Cojedes y Guárico; y el reclamo perenne, el descontento infinito y la esperanza de un cambio hacia mejor.

Esas molestias nuestra gente las ha expresado de manera cívica, participando masivamente el día de las elecciones, entendiendo la importancia de defender el voto. Ha contenido cualquier descarga, cualquier ensañamiento, a pesar de la burla constante. Recuerdo como se desbordaron las calles de Barinas en una asamblea de ciudadanos, los recorridos por las zonas populares de Maturín, consideradas bastiones del partido de gobierno, la fuerza de San Cristóbal, el entusiasmo de las gentes del páramo de Mucuchíes, la solidaridad con la libertad de los presos políticos.

Un país decidido a dejar de lado las diferencias que polarizan pero no construyen nada. Una nación dispuesta a reconciliarse para asumir los problemas juntos. Una república que quiere paz, libertad, que existan el respeto y la posibilidad de desarrollar una vida provechosa, con expectativas de futuro. Una Venezuela que quiere salir adelante, dejar de lado tanto conflicto, pero sin olvidar que la justicia debe llegar a quienes más nos han vejado.

Hablo entonces de ese país al que invita Mariano Picón Salas a construir en su Auditorio de Juventud. Una Venezuela que se conozca  a sí misma, su imaginario y fundamentos; organizada, que tengamos una visión compartida de cómo hacer las cosas y lo que queremos ser; llenos de entusiasmo porque pudimos vencer toda adversidad, porque estamos aquí, en este presente que nos pertenece y podemos crear un futuro tan grandioso, que supere a nuestros más hermosos sueños.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 11 de diciembre de 2015

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Cuando la Patria es solo una excusa

Bolívar conferencista - Elsa Morales

Bolívar conferencista (Elsa Morales, 1983)

Cuando la Patria es solo una excusa

Por Guillermo Ramos Flamerich

No sirvo más a la Patria,

La guerra me tiene loco;

Porque el trabajo es muy recio

Y el pago que dan muy poco.

Copla tachirense del siglo XIX

Con amagos de coraje habla de un fervor patrio y de evocar el espíritu de Bolívar y Sucre. Equipara el episodio de nuestra política exterior actual con aquel bloqueo a las costas venezolanas de 1902. Compara «a dos hombres humildes a quienes la historia colocó ante el dilema de afrontar cualquier circunstancia», refiriéndose a él y a Cipriano Castro. La cámara enfoca el rostro de Simón Bolívar y luego el suyo. Se coloca los lentes y empieza a leer, con relativa fuerza y mediana convicción, la famosa proclama que Castro utilizara en respuesta a las agresiones de las potencias europeas, aquella de «La planta insolente del extranjero…».

Se trata del presidente Nicolás Maduro, la noche del 9 de marzo de 2015,  dando respuesta en cadena nacional a las sanciones a siete funcionarios y la declaración de Venezuela como «riesgo extraordinario» por parte del gobierno de los Estados Unidos. Nada más apropiado para una gestión decadente y con baja popularidad que fomentar un patriotismo, visceral y sin opciones, que sirva de escarmiento a quienes se le oponen. Las pintas de «Gringo, ¡respeta!», que han cubierto las paredes de nuestras ciudades, no serían tanto una respuesta a los estadounidenses sino a todo el que refute a la Revolución Bolivariana.

En los últimos tres lustros los términos patria, nación, venezolanidad, se han querido fundir con la imagen de una persona y de un único proyecto. Es una lucha entre buenos y malos, en donde apoyar al gobierno significa ser un verdadero venezolano y llevar consigo lo más noble del país. En cambio, tener una mínima idea en contra de lo oficial, parece el equivalente a categorías que van desde agente del imperialismo, hasta ignorante y traidor.

Desde un principio la Revolución Bolivariana buscó vincularse con lo más resaltante de la llamada identidad nacional. Simón Bolívar, los símbolos patrios y la herencia cultural son motivo recurrente en el discurso de todo el que pretenda reafirmarse como heredero de las glorias pasadas. La conexión divina-heroica que pretendía fijar Hugo Chávez como reivindicador del Libertador y vengador de la traición que este sufriera por parte de las oligarquías, buscaba borrar la labor civil -con sus luces y sombras- y enajena el proceso sociopolítico venezolano con la retórica de casi dos siglos de explotación, entrega y corrupción.

Con los símbolos patrios: la desgastada institucionalidad de los años noventa y el deseo de cambio, consolidó el discurso de un país rico y pueblo noble, pero desgobernado. El regreso a lo primario se convirtió en moda y lucha en la primera etapa de esta historia en desarrollo. Se evidenció en el uso de la bandera en mítines y manifestaciones por parte de gobierno y oposición. El cambio de nombre a República Bolivariana y la anexión de una octava estrella, contribuyeron a una más clara división de lo que el poder imponía como venezolanidad.

De la herencia cultural: música y tradición han apalancado la propaganda oficial. Su uso como elemento de batalla y reconocimiento al país invisible, trajo como consecuencia un primer acercamiento a las raíces, pero la exageración y radicalidad han transfigurado lo que debería ser de todos. Hablan de inclusión, excluyendo. Esta ola de nacionalismo impuesto, sumada a la crisis como sociedad, contribuyen a la repulsión y burla hacia muchos de estos elementos, un bajón del autoestima colectivo, la simple indiferencia y el cinismo de una población que prefiere sobrevivir a reflexionar sobre su imaginario y sustento espiritual.

Mientras tanto, el Estado utiliza sus recursos no para proyectar al país del mediano y largo plazo. Los usa para intentar recobrar la popularidad perdida, movilización de masas, más y más propaganda, arengas violentas y cargadas de intolerancia.

Revivir los hechos pasados a conveniencia y fomentar la defensa y amor a la patria, de nada sirven si el costo de la vida aumenta, la propia vida ha dejado de ser un valor primordial y la verdadera soberanía se pierde por la destrucción del aparato productivo, negocios que en nada benefician el interés nacional y la entrega sin reclamos de la Guayana Esequiba. De nada sirve que el presidente Nicolás Maduro lea que el «sagrado suelo de la patria ha sido profanado», si más de diez millones de venezolanos hoy viven en la pobreza.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 19 de marzo de 2015

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#Opinión Tiempo para la política

Edo: Las rutas de la oposición

Caricatura de Eduardo Sanabria (EDO) – 4 de abril de 2014.
«Las rutas de la oposición»

Tiempo para la política

Por Guillermo Ramos Flamerich

Muchas son las ficciones que se pueden crear ante la incapacidad de salir de una crisis de nación por los métodos del diálogo y la construcción de acuerdos. Ninguna pretensión suena disparatada a la hora de imaginar. Desde quien recrea en su mente al superhéroe que vence a los cuerpos represores, los grupos armados y lleva a prisión a los rangos más altos de las esferas de poder; hasta los que confían que un clásico Golpe Militar pondrá fin a este desequilibrio. Pero las realidades son otras y la labor más terrenal para transformar esto, radica en usar la imaginación en esa herramienta tan humana llamada política.

Bastante se ha repetido: ¿Si no podemos hacer política, qué nos queda? ¿La Guerra? Lo ocurrido en Venezuela a partir de ese febrero nuestro de todos los días (parafraseando al filósofo Castro Leiva y su octubre de 1945), ha demostrado que la gente tiene un límite. El gobierno es fiel representante de un sistema corrupto, carente de soluciones y fallo en democracia. Los tornados que pasan por nuestras ciudades y dejan en su estela barricadas, marchas, protestas diarias y una aguda represión, también han ayudado a derribar la fabulada historia de una Revolución Democrática, Socialista, de Inclusión.

Es perverso hablar de inclusión cuando reniegas de un sector del país, lo apartas y lo responsabilizas de todo el mal que aqueja al Planeta Tierra. Peor aún cuando esos reclamos son los mismos de la mayoría de la ciudadanía. El único«golpe permanente» ha sido el de la inflación, la violencia, escasez, falta de garantías ciudadanas y el robo, a gran parte de una generación de jóvenes, de un futuro satisfactorio en su país.

Entonces tenemos no solo un mal gobierno, y un sistema inviable, sino algo que busca perpetuarse en el mando como si fuera la única opción para una Venezuela que está llena de posibilidades. La respuesta para vencer estas prácticas tan malas/no-democráticas/corruptas/violentas, pasa por convertirse en alternativa.

El descontento es auténtico, está en aumento, lo que no significa que la mayoría de la gente opte por la radicalización, pero sí que tengan mayor disposición para el cambio. El gobierno se ha portado de la manera más torpe posible, casi a modo de decálogo sobre qué no hacer si quieres estabilidad. Error tras error, hasta el momento los ha salvado el mayor de los vicios que poseen: la búsqueda del poder por el poder. Pero si la alternativa se divide, se estanca, el fallo en esta unión es mucho más traumática que los errores de quien gobierna.

No es momento de egos ni de culpar al otro por lo que no hizo, se trata de sumar pensamientos, de hacer política con virtud, con gracia e ingenio. Dejar a un lado el cálculo de las siguientes elecciones o los intereses particularísimos. Al ser democráticos no somos homogéneos. Todos podemos trabajar integrados hacia un futuro compartido, cada uno desde lo que mejor sabe hacer y con reglas claras. Más allá de los odios, del revanchismo y la polémica, se trata de construir y reconstruir país. Venezuela vale la pena y debe ser para todos.

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