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Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

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Víctor Guillermo Ramos Rangel nació en Cúa, estado Miranda, el 10 de febrero de 1911. Entre sus obras se encuentran la sinfonía Lo eterno y los coros: La maravilla (Aprended flores de mi), A José María España y Bambú de caña batiente. Este es el retrato hecho por Reinaldo Colmenares al que se hace mención en el texto.

Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

Por Guillermo Ramos Flamerich

El 10 de diciembre de 1986 falleció en Caracas el músico Víctor Guillermo Ramos Rangel. De eso hace ya treinta años. Era mi abuelo paterno, al que nunca conocí. Las primeras referencias que tengo de él son aquellas relacionadas con mi nombre, un homenaje a su memoria. También sobre su erudición, los idiomas que hablaba, la cantidad de libros que dejó en sus casas de Cúa en los Valles del Tuy y de Coche en Caracas. El absoluto silencio que pedía cuando en su tocadiscos sonaba una ópera, alguna sinfonía. El escándalo que representó la entrada en su hogar de un LP de música bailable comprado no sé si por uno de mis tíos o mi papá.

Pero lo que quedó más grabado en mi temprana memoria fueron dos cosas: las firmas que con las iniciales de VGR dejaba en sus libros. Ese sí que tenía cantidad de libros, muchos ya comidos por la polilla, los sobrevivientes son parte de mi colección la cual considero doblemente valiosa, por los años de las ediciones y la carga sentimental. El otro recuerdo tiene que ver con un retrato hecho por el artista, prematuramente fallecido, Reinaldo Colmenares. La fecha es del 4 de julio de 1980 y estaba colocado en la quinta Apamate, en Cúa, al lado de uno del maestro Vicente Emilio Sojo. Fue la primera imagen a color que tuve de mi abuelo, además se veía en su plena adultez, con los ojos aguarapados y un corbatín blanco. Luego descubriría que la obra se basa en una foto de principios de los años sesenta y que la alegría de su semblante se debe a que estaba próximo a ejecutar el instrumento que durante décadas desempeñó en la Orquesta Sinfónica Venezuela: el fagot.

La curiosidad siguió aumentando. ¿Qué clase de músico era? ¿Cómo suena un fagot? Cuando alguien me dijo que de ese instrumento salían las resonancias graves de El Aprendiz de Brujo de Dukas, pieza popularizada por Walt Disney en Fantasía (1940), con un Mickey Mouse holgazán como delirante, me hacía sentir que mi abuelo ejecutaba algo importante. Después descubrí que fue alumno de Vicente Emilio Sojo, el viejo del otro cuadro, pero ¿quién era ese Sojo? La gran figura precursora de una generación de músicos dispuestos a integrar las tendencias universales con lo más local de estas tierras.

El joven Víctor Guillermo lo había acompañado a compilar, en los pueblitos de la todavía rural Venezuela, decenas de canciones del folklore; estuvo en la construcción de la incipiente Sinfónica Venezuela y del Orfeón Lamas. Vi sus fotos con Antonio Lauro, Evencio Castellanos y Antonio Estévez, los recorridos por América Latina, sus viajes a Europa y la enmarcada suscripción al club de lectura de la revista  National Geographic.

Pero más allá de sus cosas personales, no dejó rastro de archivo. Era una incógnita que fue revelada al enterarme de su absoluta timidez. Cuenta mi abuela que rehuía a eventos sociales, se escondía entre los instrumentos para no salir en las fotos de la orquesta; prefería lo apacible de la docencia la cual ejerció, por más de treinta años, en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. En la casa familiar no estaban sus partituras y el disco con su obra La Maravilla, también se encontraba perdido. Todo eso lo fui descubriendo poco a poco, investigando en todas las publicaciones donde pudiera aparecer su nombre. Reuniendo piezas para tener una, todavía muy sucinta, biografía. Armando el rompecabezas de mis orígenes.

Cuando encontré la grabación de La Maravilla fue emocionante, mi padre nunca la había escuchado, mi abuela la comenzó a cantar a capela. ¡Qué acontecimiento! Así mismo al recuperar en bibliotecas especializadas parte de sus partituras, queda la convicción de conseguir que se interpreten nuevamente. Su voz, sus dichos y ademanes se me revelaron gracias a un buhonero cercano a la estación del metro de Bellas Artes en Caracas. Tenía a la venta un documental sobre Cúa de la serie Pueblos de Venezuela, hecho por Carlos Oteyza en 1978. Víctor Guillermo era uno de los entrevistados. Al verlo, fue un reencuentro, un puente entre el legado y la sangre. Un amor más profundo a lo que cada día es más conocido.

Estos años he buscado recuperar su memoria con la ayuda del mundo digital: su historia, su música, alguna que otra imagen. Tanta invisibilidad y desdén por la figuración, recuerdan un poco ese cuento de Rómulo Gallegos llamado «El piano viejo», que relata la vida de una familia, de unos hermanos, siempre unidos por el silencioso hilo de la hermana mayor, Luisana, la que tenía como misión ser «la paz y la concordia».

El hallazgo de mi abuelo es también una forma de reconocerme en un país construido por tantas mujeres y hombres olvidados por diferentes razones, una de ellas, las muchas crisis que nos agobian. Pero recobrarlos, mantenerlos presentes en todas sus dimensiones, desde el hecho colectivo hasta lo familiar, no solo responde infinidad de preguntas, también llena de luces esa ruta fundamental sobre lo que hemos sido y abre caminos a la inmensidad de posibilidades que tenemos como sociedad.

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