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Vicente Emilio Sojo; por Ramón J. Velásquez (1951)

Vicente Emilio Sojo - Archivo Victor Guillermo Ramos Rangel

Vicente Emilio Sojo en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas – Archivo de Víctor Guillermo Ramos Rangel.

Vicente Emilio Sojo o el arte de vivir con dignidad

Por Ramón J. Velásquez

Publicado por la Revista Signo, el 14 de julio de 1951. 

Tomado de la Sala Virtual Ramón J. Velásquez – UCAB.

Sin peligro de equivocación

En el tumulto de la mañana caraqueña, todos los días de labor, al filo de las ocho, entre Santa Capilla y Veroes, es fácil encontrar a un caballero cincuentón, de paso ágil y firme, de mirada altiva, de tez morena y de enhiestos bigotes canos. Viste con irreprochable seriedad, usa siempre tonos oscuros, jamás abandona el chaleco y por lo regular lleva bajo el brazo, un bastón negro. Pero de repente, mientras camina y acaso sin darse cuenta, toma el bastón por la empuñadura y con gestos nerviosos va golpeando el pavimento como si quisiera llevar la medida o lograr un extraño acompañamiento para el monólogo mental que va enhebrando.

Al transeúnte curioso no le será difícil sacar conclusiones acerca de la personalidad del mañanero señor. De golpe se adivina que es un hombre de una sola pieza, dueño de una brusca y peligrosa sinceridad. Bizarro y romántico lo podría definir algún estudiante de retórica, amigo de los adjetivos sonoros. Y a fe que no estaría desacertada la definición, porque hay bizarría en el porte y romanticismo en el cuidado celoso de los bigotes ya abolidos en el universo de la elegancia y en el cariño con que lleva su chaleco y su bastón, prendas ya liquidadas en el catálogo de la moda caraqueña.

Quien tan directa impresión de nitidez moral y de entereza humana da, es un venezolano que ha cultivado a lo largo de su vida, con tesón campesino, dos artes: el de la música y el de vivir con dignidad, ambos poco productivos, pero ricos en satisfacciones interiores.

Paisaje infantil

El personaje se llama Vicente Emilio Sojo y nació en tierras mirandinas. El paisaje de estas regiones cálidas y pródigas, sintetiza mejor que cualquier otro, la vida y pasión de Venezuela.

Entre el mar y el llano, atravesado por las montañas costeras, ha sido esta la tierra fundamental en el drama agrario del país. Entre el verde sombrío de los cacaotales creció el odio del esclavo, se ahondó el abismo de las castas y nació en fin, la voluntad libertadora del mestizo venezolano.

A través de las canciones y bailes, de los mitos y leyendas que han nacido y corren por tierras de Miranda, se podía escribir el tratado más completo de la historia social venezolana.

El campesino analfabeto de estas tierras, entiende mejor a su país que muchos civilizados doctores de la capital. Para su sensibilidad están presentes y visibles, valores y notas que se borran en el ambiente ciudadano.

Guatire está a medio camino entre las dos subregiones en que económicamente se divide la comarca: el Valle del Tuy y Barlovento. Ahogado entre el verde tierno de los cañamelares, adormecido por su río, dominado por las vecinas montañas, el pueblo vive la existencia monótona de toda comunidad semirural. De día, muchos se dedican a las tareas agrícolas; escasos al comercio y muy pocos, al suave ocio de hamaca y sombra que protege y justifica el eterno calor de la región. En las noches tibias se repiten los temas y pronto los comentarios adquieren calidad de preceptos: la buena cosecha; la mala cosecha; la guerra; el invierno; las enfermedades; Guzmán y Crespo. Va y viene la conversación de uno a otro extremo de estos temas, como un péndulo. Para huir del fastidio, aquí como bajo todas las latitudes, sólo queda un camino: la música. En la paz nocturna de los pueblos, la serenata florece como un camino de fuga.

1887 es el año del nacimiento de Vicente Emilio Sojo. Recibe las aguas bautismales en la Santa Iglesia Parroquial de Santa Cruz de Pacarigua y Valle de Guatire o simplemente Guatire, su pueblo natal. Es un tiempo de relativa paz y bienandanza en Venezuela. Se acaba de embarcar Guzmán Blanco rumbo a París, después de diecisiete años de absoluta dominación personal. Crespo anda caído y disgustado. Dentro de pocos meses, comenzará el período lleno de sorpresas, de Juan Pablo Rojas Paúl. En este año se recibe en Guatire una noticia de cierta importancia: en New York ha muerto la primera gloria literaria del pueblo, el fácil y popular poeta Elías Calixto Pompa, cuyos sonetos «ESTUDIA», «TRABAJA» y «DESCANSA» están unidos a los primeros recuerdos escolares de muchas generaciones venezolanas.

¡Oligarcas temblad!

En este ambiente amable y tranquilo, crece Vicente Emilio. La vida brinda satisfacciones elementales. Sus familiares, campesinos y artesanos sembrados desde remotos lustros en este pedazo de tierra, tienen toda una historia de dolor y alegría que contar. En ocasiones relatan al niño ansioso de cuentos, la vida y milagros de un abuelo cercano, Domingo Castro, muerto en una trinchera de la esquina del Principal, en Caracas, cuando la Revolución de los Azules.

Domingo Castro fue también soldado de la guerra federal. Desde los tumultos guzmancistas del año 44, Venezuela venía como bestia inquieta. En palabras y obras se adivinaba un desasosiego que no curaban reformas constitucionales, ni golpes de Estado. Por los caminos del llano, extraños profetas hablaban lenguaje de destrucción. Humildes tenderos y oscuros labriegos se transfiguraban ante el verbo de los predicadores laicos y abandonaban zarazas y azadones, para convertirse en soldados de un ejército innumerable: el del «Pueblo Soberano». El machete de Ezequiel Zamora, era la espada del Ángel Vengador. «La hora de las furias desatadas» llama con gran acierto Briceño lragorry, a este tumulto social cuyas consecuencias aún se reflejan en la vida venezolana.

En la guerra, la canción y el aguardiente mantienen en el soldado, el ánimo tenso y el corazón dispuesto para la jugada de la muerte. Verso y música provocan una borrachera heroica y no queda por delante, enemigo que no pueda ser vencido. Domingo Castro, como los miles y miles de provincianos que concurrieron a esta cita no entendía la justicia trascendental de la revolución federalista, pero si sentía en su corazón el profundo odio colectivo contra la clase dominadora. Reflejo de esta situación espiritual fue la canción «¡Oligarcas temblad!» que compuso Castro en aquellos días y que pronto se hizo himno oficial de combatientes, rito obligado en la noche de los campamentos, pretexto para hacer más liviana la marcha sin fin y motivo de espanto para las mujeres y los hijos de los oligarcas refugiados en el fondo de las casas o fugitivos por caminos infestados de partidas federalistas.

El caso del abuelo Domingo Castro debió impresionar de manera especial la sensibilidad del niño. De la infancia, quedan modelos eternos. Esta sería una de las explicaciones que podía darse de esa irreductible posición de amigo de la libertad y del pueblo que el artista Vicente Emilio Sojo ha mantenido, sin quebranto, a lo largo de toda su vida.

Venezuela, país macrocefálico

Venezuela es un país macrocefálico. La inmensa y poderosa cabeza que es su capital, contrasta de manera violenta con el raquitismo, pobreza y soledad de sus provincias. Caracas es la meta final de todas las ambiciones y apetitos venezolanos. En Caracas se decide la suerte de los hombres y de los partidos. Es un diario tributo al auge y poderío de la gran ciudad. «Crisol de la nacionalidad», llaman algunos a esta tradicional situación. «Sangría de la provincia», la denominan otros.

Sangría o crisol es lo cierto que Vicente Emilio Sojo también llegó a tocar a las puertas de Caracas, cerca ya de los veinte años. Venía a la conquista de la capital y para ganar el pan, sin caer en tentaciones que desgastaran su voluntad, traía aprendido un oficio, además de sus conocimientos musicales: el de tabaquero.

Hasta entonces había vivido en su pueblo natal. Bajo la dirección de don Régulo Rico, Maestro de Capilla de la Iglesia Parroquial de Santa Cruz de Guatire estudió canto y solfeo y más tarde violín, flauta, trombón y otros instrumentos de pistones. Fiestas y serenatas eran obligación en la vida romántica del maestro Rico. Allí iba con su discípulo que ya era un consumado artista de la guitarra a alegrar las horas muertas de las señoritas del pueblo, con el inmenso repertorio de las canciones venezolanas. Años más tarde, el maestro Sojo habrá de salvar muchas de estas hermosas composiciones, al incluirlas en sus Cuadernos de Canciones Populares.

Esta Caracas de 1906, a la cual llega el joven Sojo, no es el sitio más propicio para las empresas artísticas. Hace seis años que dominan los andinos. Por las tardes, jinete en su caballo blanco, recorre las calles de la ciudad y saluda agitando su pañuelo blanco, otro provinciano, nativo de una remota región fronteriza y ahora llamado el Restaurador de Venezuela: Castro. Es un gran bailarín y premia a los autores de valses y polkas. La vida en la capital es apacible. De tarde en tarde, viene alguna Compañía de Opera que casi siempre se desintegra a poco de llegar. Músicos y cantantes, quedan en Caracas como náufragos y utilizan su tiempo, en enseñar canto y música. De vez en cuando, con motivos de beneficencia, se realizan veladas en el «Municipal» en donde damas de la sociedad interpretan arias y ejecutan sonatas, en medio del aplauso de un familiar público y de las notas de «El Constitucional», el diario de la época que comenta la velada como «signo de los nuevos tiempos de cultura y progreso que con la presencia del Ilustre Restaurador han llegado para Venezuela».

A Sojo que está dedicado a lograr sus propósitos, no le interesan estos sucesos, ni tales personajes. La música es su meta y alcanzarla, se entrega con pasión devoradora. Pronto ingresa a la Academia de Bellas Artes. Dicta la cátedra de armonía el maestro Delgado Pardo. También frecuenta y escucha las enseñanzas del maestro italiano Primo Moschini. En el año 1913, compone un Cuarteto de Cuerdas. Y el año siguiente escribe su primera Misa para Tres Voces y Órgano. Luego debían venir numerosas composiciones de música religiosa y coral como el Réquiem a la memoria del Libertador, varios Himnos y Salmos, un Te Deum, tres Misas y algunas Cantatas y Motetes. Su capacidad y su preparación empiezan a ser reconocidas y en el año de 1921, se le nombra Profesor de Teoría en la Escuela de Música, de la cual andando los años llegaría a ser su Director y más eficaz animador.

Bajo la sombra de los bigotes enhiestos

Avanzaban los años, pero el clima para las manifestaciones del arte, seguía siendo mortífero. Los personajes del gomecismo compartían la creencia de que música y pintura eran refinadas manifestaciones del ocio urbano. Dedicar el tiempo al estudio de la armonía era perder miserablemente una vida que podía dedicarse a menesteres prácticos y productivos. La música es inspiración y nada más, afirmaban dogmáticos y contaban luego para reforzar sus tesis, como en sus días juveniles habían «tocado y compuesto piezas por fantasía».

Esta situación se reflejaba en la vida lánguida que mantenía la Escuela de Música. Sin útiles, con un presupuesto de beneficencia, con sueldos de hambre, así se mantuvo el instituto, sostenido más que por la mezquina ayuda del Estado, por la voluntad de maestros y alumnos.

En aquel ambiente enrarecido, sin apoyo ni esperanzas, nacieron bajo la tutoría del maestro Vicente Emilio Sojo, dos instituciones que han determinado a lo largo de sus veinte años de vida, un cambio radical en el mundo cultural venezolano: la Orquesta Sinfónica Venezuela y el Orfeón Lamas.
Bajo la sombra de aquellos bigotes enhiestos se juntaron cuantos estaban empeñados no sólo en hacer música, sino cuantos deseaban modificar una situación de estancamiento y de absurda indiferencia oficial y popular frente a las exigencias de la cultura.

Un 24 de junio, día de Carabobo, se presenta por vez primera la Orquesta Sinfónica, en el escenario del Municipal. Era el año de 1930.

Un Viernes de Concilio, se presenta igualmente ante el público caraqueño el Orfeón Lamas, con un programa de música religiosa confeccionada a base de los autores venezolanos de la etapa colonial. Lamas, Colón, Caro, Velázquez, Carreño y Olivares recobran en el retorno, su exacta dimensión de fundadores.

Otros tiempos y otra gente

Y en verdad, estaban llegando nuevos tiempos. Pronto, antes de un lustro habrán de romperse las compuertas del más largo secuestro tiránico que haya padecido el país y todas las aguas de la voluntad aprisionada, empezarán a correr. A partir de 1936, la educación recibe por parte del Estado mejor trato, la cultura del pueblo es tema obligado de políticos en el poder o en la oposición. El presupuesto de las escuelas se aumenta y mayores facilidades encuentra el artista en su tarea.

Al propio tiempo una corriente cada vez mayor de gente europea va llegando y se radica en Venezuela, contribuyendo a formar los núcleos de ejecutantes, oyentes y críticos de que tan necesitado andaba el país.

Por los mismos días comienza a perfilar su personalidad una de las generaciones más brillantes con que cuenta la historia de la música en Venezuela. La generación de Antonio Estévez, Carlos Figueredo, Ángel Sauce, Evencio Castellanos, Antonio Lauro, Inocente Carreño y tantos otros jóvenes creadores, discípulos y continuadores de Sojo.

El desconocido guatireño de 1906, ha conquistado la capital. El balance de la jornada, es altamente positivo. Y para que nada falte en esta vida voluntariosa, a la postre alguien pide su retiro de las posiciones de comando, alegando que el Maestro no conoce a Berlín, ni es amigo de Celibidache.

El músico que no escribió valses

En Venezuela fue durante mucho tiempo costumbre conseguir un cargo o salvar una mala situación escribiendo una recargada prosa o un soneto de circunstancias, o componiendo un vals. Toda la historia de la Restauración está escrita en tiempo de vals. Al Rehabilitador lo regalaban con marchas e himnos. Sojo nunca entendió que el arte podía servir para tales menesteres y en una difícil situación económica que atravesara, al cerrar un Ministro de Instrucción Pública las puertas de la Academia, los transeúntes que pasaban por la esquina de Altagracia pudieron contemplar al músico convertido en pintor de brocha gorda, retocando el frontis de la histórica Iglesia. Había que llevar el pan a la casa y el arte era entonces empresa de soñadores.
Con ser excelente su obra de músico y muy buena su labor de maestro, es más fecunda en proyección y más hermosa por la pureza de sus contornos, la obra de su propia existencia.

Voluntarioso en tierra de abúlicos, leal y firme en medio de tanta inconsecuencia, estudioso y disciplinado en un medio en donde la fantasía domina al método, la vida de Vicente Emilio Sojo es la muestra orgullosa de cuanto puede lograr el pueblo venezolano cuando con fe y constancia encausa sus maravillosas cualidades, hacia un rumbo preciso.

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Edgar Sanabria entrevistado por Ramón Hernández

Edgar Sanabria en la inauguración Caracciolo Parra León de El Valle.

Sanabria ofreciendo unas palabras durante la inauguración de la escuela pública Caracciolo Parra León. El Valle, Caracas, 28 de junio de 1972.

Edgar Sanabria (1911-1989): jurista, profesor universitario, académico de la lengua, de las ciencias políticas y de la historia. Presidente de la Junta de Gobierno (en sustitución de Wolfgang Larrazábal) que rigió los destinos del país luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

En los escasos tres meses que estuvo al frente del Ejecutivo Nacional, promulgó la creación del Parque Nacional El Ávila; del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y la Ley de Universidades, en la que los principios de la autonomía y la inviolabilidad del recinto marcarán un vigoroso debate en los tiempos democráticos que iniciaban.

Hoy en día un personaje olvidado, se le recuerda como alguien excéntrico, retraído, de gran erudición. Existen pocos recuentos de su vida y obra: el homenaje que le hiciera René de Sola bajo el título de Edgar Sanabria, un gran venezolano (1991) y el volumen 102 (2009) de la Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional, escrito por Adolfo Borges.

Esta entrevista hecha por el periodista Ramón Hernández (sin fecha, c. 1982), fue publicada en el libro El país como oficio (Universidad de Los Andes, 1983).

Edgar Sanabria

Sobre la tarima apenas queda un papel arrugado. El orador abandonó el sitio cuando el discurso dejó de tener sentido y la concurrencia se retiraba a sus menesteres. Un técnico, meticuloso y orgulloso de su saber, guarda los artefactos para la próxima ocasión, que espera sea nunca. El local es un vaho de ruidos en escapada: un olor desvanecido, una alegría apagada, una sordera en el alma. Afuera está la consecuencia, la luz que pobló este hueco, el tedio que reumatiza, un espíritu que deambula. El orador, desprovisto de su frac, sin su protocolar indumentaria, vuelve a sus golpes de pecho y sus rezos mañaneros. Nunc dimitis servum tuum. Domine nihil obstat.

–Soy un muerto que respira.

La democracia dando su primer berrido, planchando sus garantías ciudadanas, poniendo a tono su fachada, remozando su aquiescencia, aceitando las válvulas de la libertad, gerundium est. Diez años en un oscuro calabozo pestilente, con soles de hojalata por carceleros, entumecieron sus articulaciones y partes importantes de su andar se niegan a obedecer y hasta se rebelan, pero después. El derecho a vivir no es una improvisación graciosa.

–Estoy hastiado de la política.

Coleccionista de armas sin saberlas disparar, flaco, caraqueño con chispa y fama de tacaño, con un montón de anécdotas tras de sí, creyente y practicante con una larga soltería en su haber. Edgar Sanabria asume la Primera Magistratura en rato de transición. Arruma condecoraciones y respira aliviado cuando entrega a su legítimo sucesor la Banda Presidencial.

–El que mucho escribe, mucho disparate comete.

Edgar Sanabria Arcia nació el tres de octubre de 1911 y se sabe de memoria toda la genealogía de los Gómez cuyo miembro más sobresaliente hizo del país su hacienda. Caminó muchos años desde la avenida Paraíso 42 hasta la vieja Universidad de Caracas a dictar su cátedra de Derecho Civil y a echar sus parrafadas en la Plaza Bolívar. Es Individuo de Número de las Academias de la Lengua y de Ciencias Políticas y Sociales, pero de política no le gusta hablar frente a periodistas. Diplomático y lector consumado, gusta de la puntualidad y recordar la Caracas que no era esta barahúnda.

En ese rato de espera que precedió a la toma de posesión de Rómulo Betancourt en marzo de 1959, firmó el decreto de Autonomía Universitaria y el decreto 6.733, que dejaba sin efecto el «Fifty-fifty» y sacaba del país al presidente de la Creole.

A los 64 años recibió la flecha que le signó Cupido y todavía se abotona hasta el cuello la camisa, aunque no lleva corbata.

Habla rapidito y contesta sin muchos ornamentos conceptuales.

–El sistema democrático es siempre el menos malo.

–¿Qué país tenemos después de veinticinco años de ejercicio democrático?

–No me pregunte de política. Yo estuve accidentalmente en ella y ya estoy apartado de esas lavativas.

–¿Ha mejorado el sistema educativo?

–Ganó en extensión pero perdió en intensidad en algunos aspectos.

–¿En cuáles?

–No sé. Yo estoy jubilado desde 1959 y apartado de esas obligaciones.

–¿Qué hace?

–Leer.

–¿Qué lee?

–Muchas cosas. Leo mucho porque duermo poco, no soy hombre joven. Para no estar dando cabezazos en la cama, me siento y me pongo a leer, algunas veces hasta las tres de la mañana. A las cinco ya estoy despierto leyendo el periódico.

–¿Siempre lee el periódico de madrugada?

–No, a veces lo traen tarde.

La vida puede ser un aburrimiento, una larga espera, una cuerda que se acaba cuando se empieza a comprender su utilidad.

El expresidente escogió la modestia y la sencillez, descalabró oropeles y se rehúsa a andar con escolta, la urbanidad no admite que se rechace un honor.

–¿Cómo era Venezuela en 1958?

–Cambiemos de tema.

–¿Hemos progresado culturalmente?

–Sí. Ahora hay mucha inquietud intelectual, antes también la hubo, pero ha aumentado y la gente joven es bastante preocupada por el quehacer artístico.

–¿Cómo se manifiesta?

–Tenemos muchos jóvenes poetas, pintores, escultores. Hacen teatro, cine…

–¿Y la calidad?

–No tengo autoridad para juzgar. Soy un profano en esas lides.

–¿Hemos avanzado científicamente?

–Tenemos muy buenos profesionales en todas las ramas de la ciencia. Ahora tenemos profesionales que no existían en mi época, como economistas, gente que se ocupa de la Administración Pública. Tenemos el IVIC y el CONICIT y otras instituciones que promueven la investigación y que hace treinta años no se conocían.

–¿Y jurídicamente también hemos mejorado?

–Le voy a hablar con franqueza: Se han hecho muchas leyes y muchas reformas pero lo jurídico no se compone con leyes.

–¿Entonces cómo?

–Con autoridad moral, con procedimientos morales. La leyes no se cumplen porque se obligue sino porque un precepto moral lo exige, así es más meritorio que con la represión.

–¿Cómo se inculcan los preceptos morales a la población?

–Con la educación. En la escuela, en el bachillerato, en la universidad y en todos los demás medios sociales.

–Pero usted dice que la educación ha perdido en intensidad.

–Pero ha ganado en extensión. Cuando yo estudiaba, Caracas tenía un solo liceo, el liceo Caracas, que luego fue transformado en el Andrés Bello. Hoy la cantidad de liceos es enorme. Aquí el que no estudio es porque no quiere, hay muchas facilidades.

Fue Consultor Jurídico de la Cancillería y del Ministerio de Fomento. Vocal del Consejo de Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela, también profesor de Derecho Romano.

–En estos 25 años se han promulgado muchas leyes pero es en este momento cuando se reforma el Código Civil.

–Está equivocado. En Venezuela se han hecho varios códigos civiles muy buenos. Cuando el doctor Arcaya era ministro del Interior en 1919 designó una comisión para reformar el Código Civil, el resultado fue un Código más adelantado que en muchos países de América. En 1922 se volvió a reformar y nuevamente en 1942. Se incorporaron grandes adelantos jurídicos y sociales: como la equiparación de los hijos naturales y la investigación de la paternidad. Ahora no se está innovando, las cosas en su puesto.

–¿Y los otros códigos? ¿El Penal, el de Comercio?

–Yo no fui profesor de Mercantil ni de Penal. Yo puedo hablar con propiedad del Código Civil, que es la ley más importante. La constitución es la ley política y el Código Civil es la ley social, los demás códigos son desprendimientos o especializaciones por leyes excepcionales del Código Civil.

–Pero critican que la mujer está en desventaja…

–Los códigos de Venezuela seguían la orientación que regía en el mundo y la ideología del mundo en esa época. El Código se amoldaba a la situación de la mujer de entonces. La reforma sobre filiación en 1916 es trascendental, al igual que la de 1942 que equipara el matrimonio y el concubinato. La cuestión está en que cada adelanto que se logre se aplique bien.

–¿Por qué?

Hay muchas leyes que son letra muerta. Aquí y en todas partes, y en todas las épocas. Se dicta legislación y después no se ejecuta. En 1928 teníamos una Ley del Trabajo pero solo para cumplir con reglas internacionales. No se llegó a aplicar nunca sino hasta que llegó López Contreras.

–¿Es frecuente que en Venezuela ni se apliquen las leyes?

–Esa es una pregunta que no me atrevo a contestar.

–¿Por qué?

Estaría juzgando la vida de la república.

Esquiva, salta al pasado, rememora alguna situación pintoresca de su juventud, pero no se compromete opinando, calificando, enjuiciando. Asume la postura del convidado de piedra, pero no pierde la oportunidad de votar porque le remordería la conciencia.

–¿Está de acuerdo con la forma como se nombran los jueces?

–De eso no conozco. Estoy apartado. Soy un muerto que respira. Pero le diré que estamos más adelantados que en otros países.

–¿Y el terrorismo judicial?

–Estoy apartado de ese mundo.

–¿En qué consiste su trabajo en la Academia de la Lengua?

–Fui Secretario muchos años. Pertenezco a ella desde 1942. Hasta hace tres años fui director.

–¿Cuál es la función de la Academia?

–Eso se lo explica mejor el director de su periódico, el doctor José Ramón Medina.

–Deseo que me lo explique usted.

–Las Academias son cuerpos sobre todo para consulta; contra lo que la gente cree, que son más para la investigación. Son cuerpos a donde se lleva a la gente por lo que ha hecho, por eso sus miembros son hombres ya mayores, como reconocimiento de su valor y su categoría.

–¿Usted escribe?

–Escribo, pero tengo guardado. No publico.

–¿Tiene miedo?

–No, sino que… ¿Para qué voy a publicar?

–Las ideas permanecen en los libros.

–El que mucho escribe, mucho disparate comete. El haber publicado ciertas obras puede ser prueba de capacidad, pero también de todo lo contrario.

Edgar Sanabria ha publicado La interpretación de la Ley, Don Rafael María Baralt, Don Miguel Antonio Caro y varios sueltos.

–¿Por qué se retiró de la vida política?

–Yo llevo una vida social, pública no. Nunca he pertenecido, ni pertenezco a ningún partido.

–¿Por qué?

–Por mi carácter. Para pertenecer a una organización partidista hay que tener una especial manera de ser…

Se percata que está hablando de lo que no quiere y apoyándose en un extraño y recurrente malabarismo conceptual, aterriza en sus conflictos vocacionales: «Si en mis tiempos hubiese existido la Facultad de Filosofía y Letras yo no hubiera estudiado Derecho. Aquella carrera es más cónsona con mis aficiones y con mis gustos».

Y de ahí salta a Caracas, a la bola mecánica que tumbó el hotel Majestic, a los tranvías tirados por caballos y el día que inauguraron el cine «Ayacucho».

«En el hotel Washington conocí el primer ascensor»,

–Hasta Guzmán Blanco, Caracas era la misma de la colonia.

Destruida en parte por el terremoto de 1812, Guzmán la reformó.

–Son muy pocas las cosas que se conservan…

–Caracas nunca tuvo muchas cosas. Guzmán fue quien más le dio a Caracas.

–¿A Gómez no le gustaba este valle?

–Yo no conocí a Juan Vicente Gómez. Lo vi de lejos una que otra vez.

–¿Era  una dictadura terrible o son exageraciones?

–Eso es para hablar largo.

–¿El país vivía de espaldas a la situación política?

–Venezuela nunca ha tenido los ojos cerrados. Todo se sabe. Antes y después.

–La Academia de Ciencias Políticas fue fundada bajo la tiranía de Gómez, ¿acaso Gómez se preocupaba por la teoría política?

–No, pero siempre se rodeó por hombres intelectualmente capaces y ellos lo aconsejaban.

–¿Esa costumbre fue imitada por los gobernantes posteriores?

–Eso lo ha vivido usted, fórmese su juicio. En los últimos gobiernos han participado personalidades de mucha valía intelectual. En toda su historia Venezuela ha tenido hombres que le pudieron haber dado muchos aportes, pero que permanecieron al margen para no mezclarse ni ser responsables de despropósitos. Han sido ignorados y ese es el sacrificio más grande, porque es el sacrificio que no tiene premio ni reconocimiento. Eso ocurrió con Rafael Bruzual López, Arévalo González, Félix Montes Néstor Luis Pérez. ¿Usted es periodista graduado?

–Sí.

–Esa es la carrera de ahora, antes los periodistas eran autodidactas.

–¿Hay buenas plumas ahora?

–¡Cómo no! Uslar Pietri es una buena pluma y no solamente en el país, afuera también. Pero muchas veces la gente es medio mezquina.

–¿Hay mezquindad?

–A veces. Un viejo refrán dice: «Si la envidia tuviera tiña, cuantos tiñosos hubiera».

Una sombra sube a la tarima, recoge el papel arrugado y se lo guarda en un bolsillo. Esfuerzo vano, estaba en blanco.

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Gustavo Guerrero, caballero francés de las artes

Escritor venezolano Gustavo Guerrero en París

Gustavo Guerrero y Alain Rouquié en la Casa de la América Latina de París.

Gustavo Guerrero, caballero francés de las artes

Por Guillermo Ramos Flamerich

Son las seis y veinte de la tarde en el 217 del elegante Boulevard de Saint-Germain-des-Prés. Es el miércoles 10 de abril de 2019 y en el nivel inferior de la Casa de la América Latina de París suena la canción «Volverte a ver» en la voz de Oscar de León. Esa pieza ameniza la exposición Fiesta Gráfica, la cual es un viaje por el diseño contemporáneo en Latinoamérica y Francia. Un piso más arriba, se espera que al pasar de diez minutos ocurra el solemne acto de imponer la orden de Caballero de las Artes y las Letras de Francia, al escritor, editor y profesor venezolano Gustavo Guerrero.

El evento comienza con veinte minutos de retraso en la Sala de los Embajadores. Esta condecoración, otorgada por el Ministerio de la Cultura (ese órgano creado hace sesenta años y encabezado por primera vez por el escritor André Malraux), ha tenido entre sus recipiendarios a figuras como los actores Jackie Chan y Leonardo DiCaprio, las filósofas feministas Julia Kristeva y Judith Butler, o la cantante colombiana Shakira. El encargado de colocar esta insignia será el diplomático Alain Rouquié, director de la Casa de la América Latina y reconocido politólogo con sendos libros publicados sobre las dictaduras militares y la democracia en nuestro continente.

Rouquié comentará la trayectoria académica y literaria de Guerrero, lo que no sabe es que al colocarle el medallón en el pecho, lo hará de una manera tan fuerte que el venezolano lo sentirá como la aguja indeleble de un tatuaje.

Guerrero, nacido en Caracas en 1957, tiene como primera carrera la abogacía. Luego de ello, estudiará letras hispánicas en París y dedicará su línea de investigación a la lírica poética y la crítica de escritores y estilos. El Neobarroco, Severo Sarduy o Camilo José Cela, del cual contará en su ensayo Historia de un encargo, el periplo del novelista español para escribir La Catira (1955), aquella obra con «historias de Venezuela», la cual el dictador Marcos Pérez Jiménez pensó como la sustituta perfecta de Doña Bárbara para la era del «Nuevo Ideal Nacional». Este trabajo le valdrá a Guerrero el Premio Anagrama de Ensayo en el 2008.

También ha sido profesor visitante en la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos y actualmente imparte clases en la Universidad Paris Cergy-Pontoise. Se ha dedicado a la transmisión e internacionalización de obras latinoamericanas, desde su posición como consejero editorial de literatura hispana en el prestigioso sello francés de Gallimard. A partir de 2016 lleva el proyecto-seminario MEDETLAT, el cual pretende estudiar la traducción y mediación de obras latinoamericanas en Francia (1945-2000).

En sus palabras de agradecimiento en fluido francés, Gustavo Guerrero hablará de aquellos venezolanos que han encontrado una oportunidad en ese país. También mencionará la crisis que vive Venezuela y recordará que la nación gala no ha sido indiferente. Reconocerá a sus compañeros de la editorial y, entre ternura y complicidad, se dirigirá a su esposa Laurence al recordar el verso de T.S. Eliot: «estas son palabras privadas que te dirijo en público».

Al finalizar el evento, mientras se brindaba por el nuevo caballero francés, al fondo, en una biblioteca, se podían observar decenas de tomos de la colección de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela. El país se expresaba entonces no solo en la memoria de su pasado, también en la capacidad de su gente en el presente.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el 17 de mayo de 2019

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Elogio de Dilia Díaz Cisneros

Guillermo Ramos Flamerich y Dilia Díaz Cisneros

Guillermo Ramos Flamerich y su abuela, Dilia Elena Díaz Cisneros, la «Eli» (1925-2017).

Botella al mar de los cielos

Por Guillermo Ramos Flamerich

I

Una noche de julio o agosto de 1998, nos encontrábamos mi papá (su hijo), mi Eli y yo (su nieto) en la buhardilla de la casa que tenemos en la vía a la Colonia Tovar. Estábamos viendo televisión. El aparato, en pobre señal analógica, presentaba el cuerpo de un venerable anciano fallecido. Era alguna película cuyo nombre no recuerdo ya, pero en mi impresión de niño de siete años, solo podía pensar en que mi abuela era vieja y no quería verla de esa manera, en un ataúd.

La abracé tan fuerte que ella sonrió y entonces eso le dije: «No quiero crecer nunca, quiero ser siempre niño para que tú siempre estés conmigo». A lo que ella respondió: «Tendrás entonces que irte con Peter Pan, porque te toca crecer y ser un hombre de bien». Esa noche no me acuerdo qué soñé, pero siempre que regreso a ella, tengo la visión panorámica, como si lo estuviera viendo desde lejos, desde el futuro. Ese momento en que observo a esas tres personas hablando y con la televisión encendida, es hoy.

Muchas veces conversamos sobre la muerte. Desde que estaba niño. Mi Eli me decía que no me encariñara con ella, porque ya estaba mayor y entonces yo iba a sufrir mucho cuando partiera. Yo le decía que no, que ella era como la protagonista de esa serie de los ochenta, llamada La Súper Abuela, una que en los noventa todavía transmitía Venezolana de Televisión y yo de vez en cuando veía en su casa. Es que era todavía muy ágil para su edad, siempre activa y con las ganas de pasar conmigo esos momentos que hoy agradezco, los cuales me dan la fuerza para escribir estas líneas.

También me repetía que su mayor deseo era poder verme graduado en la universidad, pero que quizás cuando creciera la iba a dejar de querer, por esas cosas de adolescente o de adulto. Eso último nunca ocurrió. Asimismo me decía que no aspirara para ella una larga vida, que no quería ser una «vieja chuchumeca», de esas que ya no pueden hacer nada. Eso sí se cumplió. Fue longeva. 92 años de vida, casi un siglo, gracias a esos años, me vio graduado y tuve el hermoso regalo de disfrutar a esa viejita ya como un adulto.

La noche del 10 de julio de 2017, cuando la vi ahí en su cama, serenísima, con la piel todavía caliente y su olor por cada rincón de la habitación, solo pude darle un beso en la boca y otro en la frente y pedirle la bendición. Horas antes lo había hecho, fue la última vez que conversamos. Ella sacó fuerzas de donde no las tenía y me dio la bendición, con la coletilla de: «Ya no puedo hablar». Cuando recibí la noticia por parte de mi tío Joseito y mi tía Mercedes, se confirmaba el peor de mis temores. Pero no fue el llanto supremo lo que se apoderó de mí, sino una paz absoluta que quizás ella me otorgó para que el tránsito de esas horas no fuera tan despiadado como siempre imaginé.

II

Se llamaba Dilia Elena y había nacido el 1 de junio de 1925 en un pueblito conocido como El Hatillo, estado Miranda. Ese que hoy sirve para el esparcimiento –entre churros, centros comerciales y un clima todavía benéfico– de la atormentada Caracas. Digo pueblito, porque para el año en que ella nació, vivir allí e ir a la capital, era toda una travesía. Con unos automóviles llevados por unas cadenas especiales, que les permitían rodar por aquellos caminos de tierra, rumbo a la ciudad que poco a poco dejaba su provinciana fisonomía y se convertía, al ritmo del Foxtrot y los tangos, en una ciudad más cosmopolita.

Se llamaba Dilia, pero mi prima Mercedes Elena la bautizó como Eli. No sé el origen de ese nombre, pero yo también empecé a decirle así. Tanta era la costumbre, que una amiga de mi prima la trataba como «la señora Eli». Mi otra prima paterna, Ailid, si le llamaba abuela, pero en su nombre, siempre la lleva consigo, porque, ¿Qué dice Ailid cuando lo leemos a la inversa? Dice Dilia.

Se llamaba Dilia Elena Díaz, pero a la hora de escribir poesías escolares, su seudónimo era el de Ailid Zaid.

Cómo evoco esos poemas que ella siempre me leía desde chiquito. Creo que uno de los primeros que me enseñó fue el que escribiera en el ya remoto 1947 y que estaba dedicado a «El Descubrimiento de América».

Empezaba así:

I

Cristóbal Colón nos trajo

un ramillete de flores,

que al regarlas en América

la pintó de mil colores.

II

Vino en sus tres carabelas,

con mucha tripulación

que al ver estaban perdidos

matarían a Colón.

Y continuaba la travesía en esas letras, con el grito de Rodrigo de Triana y la tierra que encontraban aquellos advenedizos. Creo que una vez lo recité un 12 de octubre en mi colegio. Siempre, en una efeméride, algún acto especial, me entregaba un papel con alguno de sus escritos, los cuales adoraba que yo se los leyera. Con ella aprendí a leer con el método de alfabetización del trienio adeco, el ¡Abajo Cadenas!, en el cual se contaba la historia de Juan Camejo, un campesino que no solo había sido alfabetizado, también votaba y ayudaba, echando DDT, a eliminar el paludismo de los campos venezolanos. Me transporto a la tarde en que terminamos de leer juntos ese libro. ¡Qué privilegio y qué historias! Ella lo anotó en su diario y yo, como Juan Camejo de fin de siglo, podía ahora conocer un universo que se abría gracias a la paciencia de la Eli y la mano franca de mis padres.

Víctor Guillermo Ramos y Dilia Díaz Cisneros

Dilia y su esposo, Víctor Guillermo Ramos Rangel, en «Apamate», la casa que tenían en Cúa, estado Miranda.

III

Su oficio siempre fue el de educadora. Al venirse a Caracas, comienza a estudiar en la Unidad Escolar Gran Colombia, de la cual egresaría en 1947 como parte de la promoción «Licenciado Miguel José Sanz». Son los años en que el uniforme era azul y blanco y entre el trabajo de tejer escarpines y el estudio, la jornada era tan larga que a veces se dormía en clases. Ante esta situación, uno de sus maestros decidió ayudarla y poco después empezaría a ganarse la vida como docente en una escuela que se llamaba Costa Rica. Con los años volvería a tejer escarpines, pero para sus hijos, para sus nietos. Cómo me gustaba usarlos, los pies se sentían arropados, protegidos, mientras me recordaban que habían sido hechos con el amor de los amores. Eso, sus hallaquitas y las hallacas decembrinas que preparaba con mi mamá en la casa de Cúa, solo pueden producir una sonrisa que aplaca cualquier tristeza.

Hablando de esa casa de Cúa –Se llamaba Apamate el refugio que tuvo con mi abuelo Víctor Guillermo en los Valles del Tuy–, en ese sitio descubrí la magia de los libros, el inconfundible aroma a polvo, la humedad de páginas que crujen pero tienen una nueva oportunidad de ser leídas. Descubrí lo que era un tocadiscos y el placer de lanzarse en esa torre de revistas viejas que me relataban la Venezuela que había sido. Mi Eli me entusiasmaba a escudriñar la biblioteca, a llevarme esos tomos viejos para la casa. Los Almanaques Mundiales del 68, del 71, las revistas Élite, Momento y Venezuela Gráfica; el Decreto de Instrucción Pública de Guzmán Blanco del 27 de junio de 1870; los discos de zarzuela, clásicos, merengues, joropos tuyeros y por supuesto, conocer del  maestro Vicente Emilio Sojo y su Orfeón Lamas. Mi abuelo había sido parte de esa camada que preparara el Maestro Sojo y lo ayudaría a recopilar canciones del acervo popular venezolano. La Eli formaría parte, por poco tiempo, del orfeón, pero con mi abuelo estaría casada por casi cuatro décadas, hasta que él falleciera en diciembre de 1986.

Allí me inculcó el amor por nuestras melodías, por lo que hemos sido, somos y seremos. Descubrir a Venezuela más allá de las fatalidades del día a día y sentir que esta tierra es nuestra, no por el simple capricho de un discurso nacionalista, sino porque existe una tradición que nos arropa y que nos guía como luz en el futuro. Cuando vi la caja de sus cenizas, entendí perfectamente esa frase que reza: Tu patria es donde están tus muertos.

Me sorprendía siempre con regalos que cada día aprecio más. Desde un dorado trencito con melodía de carrusel, hasta las bellas tarjetas, con alguna rima personalizada, por el fin del año escolar, el cumpleaños, o algún premio recibido, el cual siempre celebrábamos con ella, comiendo en un restaurante de mi elección.

Cuando me regalaba libros, siempre estos tenían que ver con nuestra historia, con Caracas y sus cosas, como los de Óscar Yanes, que tanto disfrutábamos leer juntos. Siempre me decía: «Anota la fecha, para que quede registro y no se olvide». Ella tenía la costumbre de marcar sus libros con su firma en la página 50. Qué bonito encontrarse con sus letras, con su huella protectora. Recuerdo una conversación larguísima que tuvimos por teléfono, disertando sobre la ciudad y sus momentos. En sus últimos cuatro años de vida, mi fascinación cada semana, era poder leerle la prensa del día, recitarle poemas, algún texto mío y ver su sonrisa: «Sí que estás hermosa», le decía. Ella respondía con burla: «Linda, linda…». Qué mujer tan primorosa, qué alma tan especial.

Inauguración Caracciolo Parra León, 1971

Inauguración de la Unidad Educativa Nacional Caracciolo Parra León (El Valle, Caracas, 28 de junio de 1972).

IV

El 28 de junio de 1972 debió haber sido una fecha de grandes satisfacciones para mi Eli. Nacía en El Valle la Unidad Educativa Nacional Caracciolo Parra León y ella era su fundadora y directora. Poco a poco he ido consiguiendo información de aquel martes. Algunas fotos donde aparece el entonces presidente Rafael Caldera acompañado del jurista y expresidente Edgar Sanabria, la familia del desaparecido homenajeado y Dilia Elena, en un acto que, según relata la prensa de la época, fue amenizado por la Banda Marcial de Caracas.

Mi Eli y mi abuelo Víctor Guillermo también compusieron el himno de la institución. La estrofa final decía: «Con paz, amor y alegría / Asistamos a la escuela / A escuchar nuestras lecciones / Y luchar por Venezuela». A finales de esa década la Eli se jubilaría y los ochenta y noventa le traerían el regalo de ser abuela. Tres hijos que a su vez tuvieron un hijo cada uno, es decir, eran tres nietos.

Desde chiquito me dediqué a dibujarle tarjetas por la Navidad, Día de la Madre y su cumpleaños. Ella las coleccionaba todas y cada una relataba no solo una historia de amor, sino algún suceso de la actualidad nacional, desde el paro de 2002, pasando por el cierre de RCTV, hasta llegar a la última que le hice en vida, donde toco el tema de las protestas de 2017. A su vez, otra de sus formas de consentirme era con una suerte de mesada que colocaba en un pote de papitas fritas –así como el de las Pringles–. Ese pote sonaba colmado de monedas que me servían para la semana. Pero si me pongo aquí a rememorar anécdotas, pueden ser cientos de páginas. Ya habrá oportunidad.

La memoria es frágil, pero por alguna razón durante los últimos meses de su vida, alguna fuerza superior me estaba preparando para asumir esta pérdida física. Cada vez que cerraba los ojos me transportaba a esas vivencias compartidas a su lado. Estaba allí, con el calorcito de Cúa o la melodía de los sapitos en su casa de Coche. Con el aroma de sus comidas, su voz pausada al conversar y potente a la hora de declamar. Escuchando sus cantos y sintiéndome satisfecho porque su vida había sido larga y la misión había sido cumplida. La tristeza y el duelo son naturales a toda pérdida. Pero debo estar claro que lo que ha marcado y marcará mi periplo vital, no es su ausencia, sino los años junto a ella. Ahora me acompaña en cada paso y puedo pedirle que interceda por mí, para que cada decisión que tome sea la más sabía. Para poder ser siempre un hombre de bien.

Pocos meses antes de su fallecimiento, en uno de esos sábados en que la cuidaba, recuerdo que de la nada me dijo: «¡Gracias! Has sido maravilloso conmigo. Siempre te agradeceré». La abracé y supe en ese instante que ese abrazo duraría para toda la vida.

Guillermo y la Eli (2005)

Guillermo y la Eli (5 de julio de 2005).

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Sobre Los días de Cipriano Castro; Mariano Picón Salas (1953)

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Los días de Cipriano Castro se convirtió muy pronto en un bestseller nacional, vendiéndose 1000 ejemplares en tan solo 48 horas, un récord en la Caracas de ese entonces.

Sobre Los días de Cipriano Castro

Por Guillermo Ramos Flamerich

La presente publicación es un extracto del trabajo final entregado para la Cátedra de Historiografía en el semestre de nivelación de la Maestría en Historia de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas:

En una foto de 1955 de autor desconocido, Mariano Picón Salas aparece rodeado a su derecha por un Arturo Uslar Pietri reflexivo y de brazos cruzados; a su izquierda, por Miguel Acosta Saignes, con los ojos cerrados, en pose meditativa. Mientras tanto, don Mariano está sumido en la lectura ante un viejo micrófono de condensador. El escenario es la Universidad Central de Venezuela, durante el ciclo de foros preparados por la Facultad de Filosofía y Letras, en los que participarían no solo los ya mencionados, también los acompañarían intelectuales como Augusto Mijares, Isaac J. Pardo, Ángel Rosenblat, Pedro Grases, entre otros. Acosta Saignes calificaría todas estas charlas como «una especie de revulsivo»[1] contra la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la cual ya ejercía con total plenitud desde hacía más de dos años.

Un año antes, en 1954, Picón Salas había compartido escenario con Uslar Pietri al recaer en ambos el Premio Nacional de Literatura. Uslar por una colección de ensayos titulada como la comedia de Aristófanes: Las nubes; Picón Salas, por su parte, con una obra polémica, de historia reciente, la de comienzos del siglo XX venezolano, donde contaba la vida de un país a través de las horas de un hombre que había marcado no solo los años en que le tocó gobernar, sino que había dejado puerta franca para las transformaciones que los venezolanos de mediados de siglo seguían viviendo y padeciendo. Muchos tomaron el libro como un guiño al presente, nuevamente colmado por la censura y las conversaciones a voz baja y con velo.

Utilizando nuevamente la frase del antropólogo Acosta Saignes, este libro podía ser visto como otro revulsivo contra el autoritarismo, esta vez envuelto en las artes de un prosista que salió de Mérida para estar errante por el mundo. Fueron justamente esos años de la década militar en los que viviría por más largo tiempo en Venezuela desde su autoexilio en Chile cuando apenas contaba con 22 años. Pero para conocer el pulso de la época, es válida la reflexión que hace el historiador Ramón J. Velásquez en 1954 en un prólogo a la edición de los escritos del general Antonio Paredes, sobre el ascenso de Cipriano Castro al poder[2]:

La aparición del libro «LOS DÍAS DE CIPRIANO CASTRO» de Mariano Picón-Salas constituyó un acontecimiento nacional. En menos de una quincena se agotó la primera edición de la obra. Los lectores tomaron beligerante posición frente a las afirmaciones y a las pinturas que con su inimitable estilo y extraordinario talento había realizado el gran escritor. A muchos disgustó el tono de sutil ironía que empleó al retratar figuras y episodios de la turbulenta Venezuela de comienzos del siglo. Se llegó a discutir acerca de los méritos literarios del libro y se examinaron con lupa y telescopio las intenciones entrelíneas. Gentes hubo que quisieron ver en las páginas dedicadas a relatar la marcha de Castro hacia el Capitolio y en la crónica de los días del bloqueo, una nueva y hábil exaltación del caudillismo. Y también quienes, utilizando las mismas páginas y los mismos párrafos, descubrieron en el escritor andino, una marcada tendencia antiandinista, un disolvente propósito de burla. Algunos reclamaron a Picón Salas el no haber destacado con mejores trazos las firmes actitudes nacionalistas de Don Cipriano, al propio tiempo que concedía demasiada extensión al cuento de sus andanzas donjuanescas y de sus salidas de mal gusto. Pero la mayoría estuvo de acuerdo en que la apasionante narración de Picón Salas era el fiel reflejo de cuanto para bien y para mal de Venezuela, ocurrió en aquellos lejanos días. Y que las culpas no eran del historiador, sino de los héroes.

En otra parte de ese mismo prólogo, Velásquez afirma que Picón Salas había «logrado actualizar el tema de Castro y el castrismo». Como una nueva moda, muchos hechos del pasado van logrando acaparar la atención de quienes no pudieron vivirlo a plenitud. Y la pátina del tiempo, formada en los recuerdos de dolientes y defensores que podían permanecer vivos, la reviste ahora el lustre de investigadores e historiadores que ven más allá de la anécdota y buscan en las profundidades de periódicos, documentos oficiales, libros y archivos, las pistas para reencontrarnos con nuestro imaginario como nación.

Sobre la figura y tiempos de Cipriano Castro para la época de publicación de la obra de Picón Salas, los libros existentes van desde los testimonios, hasta las historias panfletarias y la ficción. Bien se puede nombrar a Pío Gil con su novela El Cabito (1917), donde toda la atención se centra en la lujuria desmedida del tirano; las Memorias de un venezolano de la decadencia (1927), de José Rafael Pocaterra, en la que dedica su primera parte a denunciar a Castro; o Bajo la tiranía de Cipriano Castro (1952), de Carlos Brandt, en el cual la historia es solo el hilo conductor de las acusaciones que hace el autor. Mención especial para El hombre de la levita gris (1943), de Enrique Bernardo Núñez, quien busca un análisis sistemático del contexto país y la biografía del hombre, formada por la narración de los hechos cotidianos con «carácter periodístico y el sentido de informar», tal como refiere la investigadora Irene Rodríguez Gallad en el prólogo a la edición de 1991[3]

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«En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio», Mariano Picón Salas en correspondencia al escritor mexicano Alfonso Reyes.

Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900) fue impreso por la Compañía Anónima Tipografía Garrido el 8 de diciembre de 1953. Once días antes de cumplirse el aniversario número cuarenta y cinco de la salida del poder de Castro gracias a la patada histórica de su incondicional, el compadre Juan Vicente Gómez. La edición consta de 340 páginas divididas en 19 capítulos y adornada con 12 imágenes repartidas a lo largo del libro y como portada la ilustración de un Cipriano convaleciente, en una mecedora, con semblante de sereno enfermo que te invita a escuchar su historia. Este libro es la quinta aventura biográfica que realiza Picón Salas. La primera de ellas, muy sucinta, un retrato, como él mismo la calificaría, de su amigo recién fallecido: Alberto Adriani en 1936. Continuaría con el periplo y drama de Francisco de Miranda (1946), con el cual había convivido largas horas, revisando los «papeles enigmáticos que se conservan en su archivo» y al cual consideraba un personaje stendhaliano[4]; y la de San Pedro Claver (1949), como consecuencia de su estancia diplomática en Colombia. Así como una breve síntesis de la vida de Simón Rodríguez ese mismo año de 1953 y publicada por la Fundación Eugenio Mendoza.

Fueron mil los ejemplares sobre don Cipriano que se vendieron en tan solo 48 horas, batiendo récord de ventas y convirtiéndose en un bestseller nacional. Muy pronto pasaría a formar parte de los clásicos históricos de nuestras letras. A pesar de eso, por los momentos esa primera edición no es de agrado del autor, así se lo comentará en una carta a su amigo, el escritor mexicano, Alfonso Reyes[5]: «En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio».

Pronto aparecerá una segunda edición del libro en 1955 gracias a la Editorial Nueva Segovia, radicada en la ciudad de Barquisimeto y a finales de la década será incluido en la colección del Primer Festival del Libro Venezolano (1958); lo continuarán la edición de la Academia Nacional de la Historia (1986); la edición conmemorativa en conjunto con otras obras biográficas que escribiera el autor, publicada por la Presidencia de Venezuela en 1987; una de la colección El Dorado de Monte Ávila Editores (1991) y la más reciente es de 2011, de la mano de Bid & co editor.

De la edición de 1991 extraemos esta síntesis que hiciera el escritor Karl Krispin en su prólogo a la obra[6]:

En Picón la historia se recurre, se conjuga como una necesidad intelectual a quien el peso específico de la sucesión de hechos de un país constriñe como un deber de reafirmar una especificidad y un carácter nacionales. (…) En Picón parte de lo que fue su día a día como creador fue esa Venezuela que palpita como capítulo esencial de reconocimientos. Es ese rompecabezas armado para convertirlo en espejo. Doble reflejo: el de nosotros mismos y el del país como totalidad vinculante.

Una historia política que se puede leer como una novela de aventuras, la califica el historiador y escritor Rafael Arráiz Lucca[7]. Ciertamente la publicación de esta biografía marca un hito importante en la carrera literaria de Picón Salas, ya reconocido como pedagogo, intelectual y escritor en Venezuela y parte del continente americano. Los días de Cipriano Castro se convierte en uno de sus libros fundamentales y si De la conquista a la Independencia, publicada en México en 1944, le abre una ventana al exterior como libro de texto para los que desean descubrir los devenires de la América hispana, esta historia venezolana del 1900 será un canal de comunicación directa con sus connacionales.

Será en ese mismo 1955, en la misma universidad y la misma Facultad de Filosofía y Letras, la que le otorgue el Doctorado Honoris Causa junto con el historiador Augusto Mijares. Era el 1 de noviembre y en la fotografía que se guarda de aquella ocasión, Picón Salas aparece sonriente, de toga y birrete, al lado de un Mijares menos efusivo y casi de perfil. Los cincuenta serían unos años para don Mariano de consolidación, madurez y de un prestigio que podía sobrepasar cualquier mala jugada de la dictadura militar. Pronto Pérez Jiménez se iría casi que con la década y el merideño tendría nuevos compromisos de pensamiento y acción. Los días de Cipriano Castro se convertiría en su última y más larga obra biográfica, lo siguiente sería una historia más íntima, personal, así como reflexiones sobre la actualidad.

Referencias

  • [1] Rafael Pineda, Iconografía de Mariano Picón Salas. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 178.
  • [2] Ramón J. Velásquez, «Antonio Paredes y su tiempo: Los días de Cipriano Castro» (Prólogo) a Cómo llegó Cipriano Castro al poder de Antonio Paredes, Caracas, Tipografía Garrido, 1954, pp. VII-VIII.
  • [3] Irene Rodríguez Gallad, «Prólogo» a El hombre de la levita gris de Enrique Bernardo Núñez, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 7.
  • [4] Mariano Picón Salas, Miranda. Caracas, Monte Ávila Editores, 1997, p. 23.
  • [5] Gregory Zambrano, Odiseo sin reposo. Mariano Picón Salas y Alfonso Reyes (Correspondencia 1927-1959), México, Universidad Autónoma de Nuevo León – Universidad de Los Andes, 2007, p.138.
  • [6]Karl Krispin, «Prólogo» a Los días de Cipriano Castro de Mariano Picón Salas, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 22.
  • [7] Rafael Arráiz Lucca, «Mariano Picón Salas y la historia venezolana» en Rafael Arráiz Lucca y Carlos Hernández Delfino (compiladores), 25 intelectuales en la historia de Venezuela. Caracas, Fundación Bancaribe, 2015, p. 321.

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Perfiles: Gilber Caro

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El diputado Gilber Caro y Guillermo Ramos Flamerich (Salón Francisco de Miranda, Palacio Federal Legislativo, 7 de enero de 2016).

Gilber Caro

Por Guillermo Ramos Flamerich

Dice Simón Díaz en su Caballo Viejo que «después de esta vida, no hay otra oportunidad». Pero mientras estemos vivos siempre existirán nuevas oportunidades, mejores maneras de hacer las cosas y de renovar la fe como individuos, también como nación. La historia de Gilber Caro está fundamentada en una segunda oportunidad. Llevo más de seis años conociéndolo y en ese tiempo hemos podido compartir conversaciones y momentos estelares, de esos que quedan siempre en la memoria y te llevan a reflexionar.

Él estuvo diez años preso, eso nunca lo ha ocultado, más bien ha sido su carta de presentación y de superación. Cuando le preguntaba sobre cómo lo agarraron, respondía: «Terminé pagando por ser como Shakira: ciego, sordo y mudo. Por no delatar, terminé pagando condena». Después se explayaba al detalle y te llevaba casi a vivir una película de aventuras por los sitios en los que estuvo recluido: Yare, El Rodeo, el extinto Retén de Catia, en fin, más allá de la anécdota, su vida no se trata del pasado, sino de cómo ese pasado moldeó su presente y lo llevó a convertirse en un líder comunitario.

Ser un expresidiario en todas partes del mundo es un estigma. En Venezuela, aun más. Se les excluye por haber delinquido, pero buena parte del origen de esos delitos se encuentran en la exclusión de la que han sido objeto. ¿Y es que acaso marginando a alguien, despreciándolo, estamos mejorando nuestra sociedad? Mucho de lo que hoy vivimos recae en la doble moral de convertirnos en jueces implacables, perfectos e impolutos. Mientras, el país se cae a pedazos por no asumir culpas ni brindar una oportunidad al otro, por no brindar opciones y solo mirar de reojo a quienes no lucen ni piensan como nosotros. A pesar de todo eso, Gilber pudo reinsertarse a través de su fundación Liberados en Marcha, lo que luego lo llevó a la acción política en las Redes Penitenciarias y en Voluntad Popular.

A no tantos metros de la cárcel de El Rodeo está el barrio El Milagro, en Guatire. Allí viven muchos familiares de presos y justamente en ese lugar Gilber comenzó su trabajo social, brindando apoyo a las familias, creando equipo, proyectando un centro de acción comunitaria, con herramientas capaces de nutrir a ese nuevo liberado que no sabe qué hacer con su vida. Está también su iniciativa de Santa va a las cárceles, juguetes en épocas decembrinas a todos esos hijos de presos que requieren una sonrisa, un abrazo, ante una vida muchas veces más fuerte que cualquier pesadilla.

Y así siguió evolucionando, como conferencista, como dirigente político. Aprendiendo de leyes para presentar mejoras claras al sistema penitenciario. Y así llegó a ser diputado suplente del estado Miranda, justamente por el Circuito 4, allá donde está El Milagro. Recuerdo su mirada brillante, su atuendo semiformal, asistiendo al Palacio Federal Legislativo los primeros días de enero de 2016. Era el mismo Gilber del que por primera vez escuché en un evento llamado Zoom Democrático; el mismo con el que vi clases en el IESA, en el programa Lidera de la Fundación Futuro Presente. El mismo que sentía orgullo de las vueltas que había dado su vida.

Mientras escribo estas líneas –el miércoles 11 de enero– Gilber yace detenido arbitrariamente por el SEBIN (policía política venezolana). El Vicepresidente lo acusa de terrorismo y conspiración. Saca a colación todo su pasado como justificativo de su detención. ¡Qué burla tan grande! ¿Este es el gobierno que dice tener una profunda conciencia social y que construye un país más justo y de oportunidades? Esta Revolución de las Miserias solo es la peor cara de nosotros, mientras que Gilber es el rostro de las posibilidades, de las mejores posibilidades que tenemos como país.

Lo detienen por ser parte de Voluntad Popular, por su lucha en defensa de la democracia y la liberación de todos los presos políticos. Lo detienen por considerarlo débil. Y eso es lo que pasa cuando una justicia no es justa, siempre destroza al más débil en beneficio de los poderosos, de los saqueadores de esta hermosa pero apuñalada Venezuela.

¿Qué podemos hacer? Esa es una decisión muy personal. Pero esto no es una película de la que nos estremecemos, pero somos solo simples espectadores. Tenemos que ser los protagonistas del cambio, de la organización ciudadana, democrática. Con fuerza, con tanta indignación como ánimo, no dejemos que todas las oportunidades sean perdidas ni que este sacrificio que estamos viviendo como sociedad sea en vano. Hoy nos toca decir unidos #LiberenAGilber.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 13 de enero de 2017

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Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

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Víctor Guillermo Ramos Rangel nació en Cúa, estado Miranda, el 10 de febrero de 1911. Entre sus obras se encuentran la sinfonía Lo eterno y los coros: La maravilla (Aprended flores de mi), A José María España y Bambú de caña batiente. Este es el retrato hecho por Reinaldo Colmenares al que se hace mención en el texto.

Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

Por Guillermo Ramos Flamerich

El 10 de diciembre de 1986 falleció en Caracas el músico Víctor Guillermo Ramos Rangel. De eso hace ya treinta años. Era mi abuelo paterno, al que nunca conocí. Las primeras referencias que tengo de él son aquellas relacionadas con mi nombre, un homenaje a su memoria. También sobre su erudición, los idiomas que hablaba, la cantidad de libros que dejó en sus casas de Cúa en los Valles del Tuy y de Coche en Caracas. El absoluto silencio que pedía cuando en su tocadiscos sonaba una ópera, alguna sinfonía. El escándalo que representó la entrada en su hogar de un LP de música bailable comprado no sé si por uno de mis tíos o mi papá.

Pero lo que quedó más grabado en mi temprana memoria fueron dos cosas: las firmas que con las iniciales de VGR dejaba en sus libros. Ese sí que tenía cantidad de libros, muchos ya comidos por la polilla, los sobrevivientes son parte de mi colección la cual considero doblemente valiosa, por los años de las ediciones y la carga sentimental. El otro recuerdo tiene que ver con un retrato hecho por el artista, prematuramente fallecido, Reinaldo Colmenares. La fecha es del 4 de julio de 1980 y estaba colocado en la quinta Apamate, en Cúa, al lado de uno del maestro Vicente Emilio Sojo. Fue la primera imagen a color que tuve de mi abuelo, además se veía en su plena adultez, con los ojos aguarapados y un corbatín blanco. Luego descubriría que la obra se basa en una foto de principios de los años sesenta y que la alegría de su semblante se debe a que estaba próximo a ejecutar el instrumento que durante décadas desempeñó en la Orquesta Sinfónica Venezuela: el fagot.

La curiosidad siguió aumentando. ¿Qué clase de músico era? ¿Cómo suena un fagot? Cuando alguien me dijo que de ese instrumento salían las resonancias graves de El Aprendiz de Brujo de Dukas, pieza popularizada por Walt Disney en Fantasía (1940), con un Mickey Mouse holgazán como delirante, me hacía sentir que mi abuelo ejecutaba algo importante. Después descubrí que fue alumno de Vicente Emilio Sojo, el viejo del otro cuadro, pero ¿quién era ese Sojo? La gran figura precursora de una generación de músicos dispuestos a integrar las tendencias universales con lo más local de estas tierras.

El joven Víctor Guillermo lo había acompañado a compilar, en los pueblitos de la todavía rural Venezuela, decenas de canciones del folklore; estuvo en la construcción de la incipiente Sinfónica Venezuela y del Orfeón Lamas. Vi sus fotos con Antonio Lauro, Evencio Castellanos y Antonio Estévez, los recorridos por América Latina, sus viajes a Europa y la enmarcada suscripción al club de lectura de la revista  National Geographic.

Pero más allá de sus cosas personales, no dejó rastro de archivo. Era una incógnita que fue revelada al enterarme de su absoluta timidez. Cuenta mi abuela que rehuía a eventos sociales, se escondía entre los instrumentos para no salir en las fotos de la orquesta; prefería lo apacible de la docencia la cual ejerció, por más de treinta años, en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. En la casa familiar no estaban sus partituras y el disco con su obra La Maravilla, también se encontraba perdido. Todo eso lo fui descubriendo poco a poco, investigando en todas las publicaciones donde pudiera aparecer su nombre. Reuniendo piezas para tener una, todavía muy sucinta, biografía. Armando el rompecabezas de mis orígenes.

Cuando encontré la grabación de La Maravilla fue emocionante, mi padre nunca la había escuchado, mi abuela la comenzó a cantar a capela. ¡Qué acontecimiento! Así mismo al recuperar en bibliotecas especializadas parte de sus partituras, queda la convicción de conseguir que se interpreten nuevamente. Su voz, sus dichos y ademanes se me revelaron gracias a un buhonero cercano a la estación del metro de Bellas Artes en Caracas. Tenía a la venta un documental sobre Cúa de la serie Pueblos de Venezuela, hecho por Carlos Oteyza en 1978. Víctor Guillermo era uno de los entrevistados. Al verlo, fue un reencuentro, un puente entre el legado y la sangre. Un amor más profundo a lo que cada día es más conocido.

Estos años he buscado recuperar su memoria con la ayuda del mundo digital: su historia, su música, alguna que otra imagen. Tanta invisibilidad y desdén por la figuración, recuerdan un poco ese cuento de Rómulo Gallegos llamado «El piano viejo», que relata la vida de una familia, de unos hermanos, siempre unidos por el silencioso hilo de la hermana mayor, Luisana, la que tenía como misión ser «la paz y la concordia».

El hallazgo de mi abuelo es también una forma de reconocerme en un país construido por tantas mujeres y hombres olvidados por diferentes razones, una de ellas, las muchas crisis que nos agobian. Pero recobrarlos, mantenerlos presentes en todas sus dimensiones, desde el hecho colectivo hasta lo familiar, no solo responde infinidad de preguntas, también llena de luces esa ruta fundamental sobre lo que hemos sido y abre caminos a la inmensidad de posibilidades que tenemos como sociedad.

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La parábola vital de Rafael Caldera

Retrato de Rafael Caldera 1969

Rafael Caldera nació en San Felipe, estado Yaracuy, el 24 de enero de 1916 y falleció en Caracas el 24 de diciembre de 2009.

La parábola vital de Rafael Caldera

Por Guillermo Ramos Flamerich

Desde hace casi dos décadas los homenajes a la Venezuela civil han desaparecido de los usos y calendarios oficiales. Se exacerban los hechos de fuerza siempre y cuando se conecten de manera desesperada y simplista con una «gesta revolucionaria del siglo XXI» que ha demostrado ser la repetición aumentada de lo peor de la demagogia caudillista de nuestros siglos XIX y XX. Pero lo que convoca estos párrafos no es el análisis de ese país que en algún momento se creyó superado y que siempre ha estado al acecho. Estas líneas están dedicadas a la nación que vamos siendo a pesar de todas las dificultades, los obstáculos, las decisiones y errores que como individualidades o colectivo, se encargaron de darle una ruta de entendimiento plural y democrático a un paraje histórico desolado de libertades y de justicia.

Estas palabras están dedicadas a uno de los constructores de esa Venezuela civil que el poder pretende desaparecer de nuestra memoria. A Rafael Antonio Caldera Rodríguez, de quien se conmemora en este 2016, su centenario.

El centenario de un personaje histórico da pie a biografías, reflexiones, interpretaciones de la vida y obra, opiniones encontradas y nuevas referencias para su estudio. Pero quiero utilizar este espacio para relatar una anécdota personal con el doctor Caldera. A mediados de 2008 tenía 17 años y estaba por finalizar el bachillerato. Dediqué el tiempo libre a leer la reedición que hiciera Libros Marcados de Los causahabientes: de Carabobo a Puntofijo, las cavilaciones históricas del Presidente al finalizar su segundo período en 1999. En casa de mi abuela encontré la biografía que Caldera había escrito sobre Andrés Bello, con apenas 19 años, en 1935 y que había sido galardonada por la Academia Nacional de la Lengua. Y así continué investigando.

Un pensamiento rondaba por mi mente a cada instante: la capacidad que tuvo de congeniar la formación cultural y el trabajo intelectual con la práctica política y el ejercicio del gobierno en una vida dedicada por completo a Venezuela. Esto, a su vez, entrelazado con la tenacidad de un hombre que no vaciló en ser seis veces candidato a la presidencia, ganando dos de ellas y cumpliendo sus dos períodos constitucionales en tiempos de pacificación y consolidación del sistema democrático (1969-1974) y en medio de una conflictividad social y temporada de vacas flacas (1994-1999).

Todas estas inquietudes las plasmé en una carta que le dediqué al presidente Caldera. Por fortuna, explorando en la red conseguí el correo electrónico de uno de sus familiares. Envié la carta como botella al mar con mensaje claro pero destinatario incierto. Pasaron las semanas y pensé que mis palabras no habían llegado. El 2 de julio recibí la respuesta de su hijo Rafael Tomás: «A papá le alegró mucho leerla y ciertamente desea para ti todo lo mejor. (…) de acuerdo con él, pensamos en que puedas venir un día a Tinajero, para conversar un poco, enseñarte la biblioteca y, desde luego, compartir un rato con él. Le gustaría conocerte». La visita se concretó dos días después, el viernes 4. Fui temprano a la residencia de Tinajero, durante el recorrido pude conocer la extensa biblioteca de aquel hogar, los cientos de volúmenes que hablaban de Venezuela, de su historia y de esa interpretación sistemática de nuestra sociología que estuvo presente en los pensamientos y decisiones de Rafael Caldera.

Por un momento me quedé observando una pequeña mesa dispuesta con retratos dedicados por los presidentes Kennedy, Bush y Clinton de los Estados Unidos y el presidente Aylwin de Chile. Me comentaron que en esa mesa se había firmado el 31 de octubre de 1958 el Pacto de Puntofijo. Tan denigrado por quienes hoy detentan el poder, pero fundamental en nuestra historia y evolución democrática.

Al poco tiempo ya me encontraba frente a él. Con dificultad para el habla a causa de la Enfermedad de Parkinson, me dijo que su retiro de la política no se debía a su edad sino a esa dolencia que padecía desde hacía ya algunos años. La misma afección que en sus inicios mostraba a un mandatario de discursos difíciles de comprender a los niños y jóvenes de mi generación, en contraste con el líder de años anteriores, de excepcional oratoria, con discursos en los que no solo presentaba sus ideas socialcristianas de justicia social, sino que utilizaba las referencias de nuestra historia y cultura para darles sustento. Al final de la conversación, habló del compromiso de la juventud para recuperar la democracia y la libertad. Su lucidez estaba intacta. Aquel encuentro no solo fue un honor, también un profundo compromiso. La siguiente vez que lo vi, fue en su urna. Después de marcharse un mes antes de cumplir los 94 años. El 24 de diciembre de 2009.

La obra de todo personaje público está sujeta al juicio de la historia. Sus detractores lo acusan de soberbio, ven su persistencia como defecto y califican como errores trascendentales su retiro de Copei (partido del cual fue fundador), la segunda presidencia y el sobreseimiento de Hugo Chávez. Todos estos aspectos están dispuestos para el debate. Lo que nunca se podrá negar es esa pasión venezolana que lo mantuvo vigente durante más de sesenta años de vida y lucha política. Su rol protagónico como constructor de la Venezuela moderna, de plasmar no solo en el papel, sino en la realidad una sociedad democrática, con valores capaces de vencer los desafíos de la pobreza, el desempleo, la marginalidad, la corrupción, el populismo y la tentación caudillista en la que tantas veces ha sucumbido la república.

Concluyo estas palabras de admiración y respeto con la descripción que el propio Caldera hiciera sobre Rómulo Betancourt en la conferencia que dictara en la Universidad Rafael Urdaneta el 19 de mayo de 1988: «Con todos sus errores, su imagen es la de un mensajero de los ideales de libertad, de justicia, de progreso, de honestidad, que inspiraron a lo largo de todos los tiempos y en las peores circunstancias a las mentes más esclarecidas y a las personalidades más ilustres de Venezuela». Al conmemorar a Rafael Caldera en su centenario, celebramos lo mejor de nuestra historia, un molde para la fragua de la civilidad y la pluralidad de una nación capaz de sobreponerse a cualquier crisis y de siempre abrir caminos a la esperanza.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 22 enero de 2016

caldera-1969

Rafael Caldera en la Residencia Presidencial de La Casona el 13 de marzo de 1969.

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#CentenarioCaldera: Discurso ante el Congreso de EEUU – 1970

Discurso Congreso EEUU 1

Discurso pronunciado en la Cámara de Representantes del Capitolio. Washington D.C., 3 de junio de 1970

Discurso del Presidente de Venezuela ante el Congreso de los Estados Unidos

Por Rafael Caldera Rodríguez

Al mediodía del míercoles 3 de junio de 1970 el Presidente de Venezuela, Rafael Caldera, se dirigió al Capitolio de los Estados Unidos donde pronunció un discurso en inglés ante ambas Cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta. A la misma asistieron en pleno el gabinete de Richard Nixon y el cuerpo diplomático. El discurso recibió repetidas ovaciones por parte de los legisladores, una de las cuales fue hecha de pie:

Señor Presidente, honorables senadores, honorables congresantes. El honor que el Congreso de Estados Unidos me hace, al recibirme en esta sesión especial y conjunta, es sobre todo deferencia a Venezuela y a la familia latinoamericana de naciones. Este gesto obliga a mi profundo reconocimiento.

Estamos viviendo, en América Latina y quizás en el mundo, un momento decisivo para la confianza de los pueblos en la libertad. El resultado va a depender de la posibilidad de probar que a través de la democracia, mejor que de cualquier otro sistema, se es capaz de lograr la justicia y de realizar el desarrollo.

Quizás el hecho de venir de la tierra de Bolívar, pletórica de hechos gloriosos en los días de la independencia y de momentos oscuros en su proceso de organización política, un país que mantiene hoy, con inagotable fe, el sistema democrático, justifica que los ojos se vuelvan a observarnos y se oigan con simpatía nuestras palabras.

Sé que al hablar desde aquí me escucha el pueblo de los Estados Unidos. Porque todos los ciudadanos de este gran país, sea cual fuere su preferencia política, su orientación ideológica o su interés económico, saben que aquí se debaten las grandes cuestiones que interesan a la Nación.

El Congreso de esta Nación va a cumplir doscientos años. En 1774 se reunió por primera vez, en Filadelfia. En 1776, su declaración de Independencia inició un nuevo capítulo en la historia política del mundo. Durante estos dos siglos, a través de modificaciones profundas en la geografía, en el comercio y, específicamente, en la mentalidad de los hombres, el Congreso ha funcionado con increíble regularidad.

Es interesante señalar esta larga y continua vitalidad, porque a veces se quiere justificar otros sistemas con el argumento de la duración. Hay quienes se dejan deslumbrar ante la prolongación de sistemas surgidos por la violencia y mantenidos por la fuerza, los cuales en definitiva, sólo producen obras efímeras, destruidas por el movimiento pendular de las contradicciones históricas, En cambio, el sistema democrático ha probado su capacidad de permanecer en medio de las vicisitudes y adaptarse a nuevas necesidades y a nuevas ideas.

Durante esta larga experiencia política, los Estados Unidos han experimentado en su propia carne hondas transformaciones. Sufrieron el rigor tremendo de la guerra civil y los inmensos sacrificios de la guerra internacional. Han vivido etapas de angustiosa tensión. Han sentido orgullosa satisfacción de sus extraordinarias realizaciones y padecido frustraciones, no superadas todavía, que preocupan a sus más elevados espíritus.

En otras latitudes, estos doscientos años han visto pasar diferentes alternativas.

Estaba muy reciente la reunión del primer congreso de los norteamericanos en Filadelfia, cuando Napoleón Bonaparte recorría los caminos imponiendo su omnímoda voluntad. Quince años duró su parábola fulgurante, tiempo bien corto en la existencia de los pueblos.

En este siglo se construyo otro imperio, impuesto por legiones de camisas pardas, que propagaron mitos inhumanos con movimientos de relámpago, alegando la quiebra de la democracia representativa. Fracasaron los nazis, como tarde o temprano cualquier sistema negador de la libertad y de la dignidad humana. Mientras tanto, la democracia subsiste y está llamada a perdurar.

Pero es también cierto, Honorables Senadores y Congresistas, que en el momento actual la humanidad experimenta la urgencia de cambios fundamentales en su vida institucional. El avance increíble de la tecnología les acelera y, por otra parte, los presiona la urgencia de quienes no participan o no lo hacen en plenitud de los beneficios logrados. Este es un hecho indiscutible y no hay excepción en el mundo. Hay países donde las contradicciones se sepultan en el silencio de las catatumbas, pero no por ello se deja de encontrar a través de un análisis agudo, fermento creciente de intranquilidad. Ya pasó el tiempo en que las conmociones y tumultos eran el vergonzante patrimonio de países que no habían adquirido carta de entrada en el club exclusivo de los pueblos civilizados. La ebullición se nota hoy en todas partes. Las facilidades de comunicación, los trágicos conocimientos adquiridos en la guerra y difundidos a través de mil canales, la crisis de algunas ideas morales, todo coadyuva a que, por ambición o por error, se trate de empujar a los pueblos al torbellino de la violencia.

Sabemos que las grandes mayorías, lo mismo en los Estados Unidos que en nuestra América Latina, lo mismo en Europa que en el Asia o en el África, anhelan la paz. Una paz fecunda que permita a las familias criar a sus hijos sin zozobra, adelantar su labor con la seguridad de que el fruto de sus esfuerzos será estable. Pero, para canalizar y fortalecer la voluntad de estas grandes mayorías, para renovar su vacilante de en el porvenir, para esterilizar la disidencia de aventureros y guerreristas, es preciso convertir en realidad un mensaje nuevo.

Ustedes han comprendido que una sociedad libre para sobrevivir y justificar su supervivencia, debe esforzarse en impedir que una gran parte de ella, aun minoritaria, vegete en la pobreza y en el subdesarrollo cultural. Así mismo, en la comunidad de naciones, y concretamente en este hemisferio, para asegurar la paz y garantizar la libertad tenemos que esforzarnos en cerrar la brecha cada vez mayor entre la opulencia y la miseria, entre el desarrollo fantástico de la tecnología y el subdesarrollo.

Densas promociones de jóvenes están imbuidas de esta verdad, aunque actúan de modos diferentes. Unos, los más, se entregan al estudio de los sistemas sociales y políticos, de las modulaciones de la vida económica, de las posibilidades técnicas para transformar al mundo. Otros, los menos, se dejan seducir por un afán de destruir, con la idea ingenia de que la destrucción de lo existente bastaría para que surgieran después las fórmulas que hicieran al hombre más feliz. Es quizás el bullicio de estos el que más suena, amplificados por los sistemas de sonidos de la civilización industrial: aquellos están esperando de nosotros un programa claro y convincente, una conducta cónsona con las aspiraciones populares, una actitud optimista para afrontar con confianza el porvenir.

Una verdad reconocida en nuestra época es la existencia de la comunidad internacional. El aislamiento ya no tiene lugar. Cada vez son más cortas las distancias físicas, lo que hace más absolutamente anacrónicas las distancias psicológicas entre seres humanos. Dentro de cada país, ya no se acepta más la falsa idea de que un grupo de privilegiados pueda menospreciar las condiciones infrahumanas de existencia en que se encuentran otros. Asimismo, ya está definitivamente obsoleta la idea de que algunos pueblos poderosos y ricos, podrían desentenderse del drama de otros pueblos, que por una razón u otra no han podido alcanzar su desarrollo económico y social. Decisiones que a veces permanecen confinadas al ámbito doméstico, pueden tener repercusiones increíbles en la vida exterior.

Venezuela, por ejemplo, exporta petróleo. Nuestra economía depende en gran parte de nuestras exportaciones petroleras. Cualquier decisión relativa al acceso del petróleo venezolano al mercado norteamericano repercute enormemente a nuestras posibilidades de vida y desarrollo. Durante el último decenio, la posición relativa de nuestro petróleo en los Estados Unidos ha ido sufriendo deterioro. Nuestro pueblo no puede entender que se nos haga objeto de trato discriminatorio. En las situaciones de peligro que ha atravesado el mundo, y en particular este hemisferio, la seguridad del suministro de combustible por parte de Venezuela ha constituido la mejor garantía de la disponibilidad de energía para las confrontaciones decisivas. Por otra parte, las divisas producidas por nuestras exportaciones han sido base para nuestra estabilidad monetaria. Ellas han permitido ofrecer al comercio exterior una aportación importante. Para los Estados Unidos somos, a pesar de nuestra modesta población, el tercer cliente en el ámbito americano y el noveno en el ámbito mundial.

Un trato justo, no discriminatorio, que asegure la presencia firme del petróleo venezolano en el mercado norteamericano y una participación razonable en su expansión, rebasa los términos de un simple arreglo comercial. Es condición del cumplimiento de los programas de desarrollo de un país vecino y amigo y clave de orientación de las relaciones futuras entre los Estados Unidos y la América Latina.

La existencia de estas cuestiones es un hecho. Anoto con satisfacción el que ese hecho está en vías de ser debidamente reconocido. La tesis de Venezuela es la de ventilar en la forma más clara posible los asuntos relativos al petróleo, que por sí mismo constituye un bien cuyo aprovechamiento es interés común de la humanidad. No pretendemos ningún ventajismo; nuestros intereses nacionales en el punto resisten el análisis más cuidadoso y están dispuestos a verificarse en las conversaciones más amplias.

Problemas similares afrontan los demás pueblo de América Latina. Productores de materias primas, ven deteriorarse o estancare sus precios, mientras suben los productos industriales. La baja de un centavo en cada libra de café, o de bananas, o de estaño, o de cobre, ¿Cuántas escuelas u hospitales hace cerrar, cuántos trabajadores hace despedir, cuantos dolores causa, cuántas rebeldías engendra en países amantes de la paz, capaces como cualquier otro de lograr un destino feliz?

Argumentos poderosos para un nuevo trato hemisférico, son las comparaciones entre la cantidad de productos primarios que era necesario entregar hace diez años a los países desarrollados para adquirir un tractor o para pagar los estudios de un joven en un instituto tecnológico y las que se nos exigen ahora. Suben los precios de las manufactureras, en parte porque es necesario y justo mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros que en su producción participan. Mientras tanto, se ejercen presiones para bajar el precio de los productos, de los cuales derivan los países en vías de desarrollo sus posibilidades de subsistencia.

La fórmula para lograr relaciones felices que a su vez traduzcan en amistad y cooperación internacional la influencia de este Hemisferio en el resto del mundo, no puede ser la lucha despiadada por comprarnos más barato y vendernos más caro. La tesis de que más comercio hará menos necesaria la ayuda, es correcta, en la medida en que el comercio sea más justo y esa justicia se traduzca para los pueblos en vías de desarrollo en una posibilidad mayor de lograr su urgente transformación. Creo en la Justicia Social Internacional. Según la concepción de Aristóteles, la justicia ordena dar «a cada uno lo suyo». En el devenir de su pensamiento a través de la filosofía cristiana «lo suyo» no es sólo lo que a cada hombre corresponde, sino también lo que a «la sociedad» corresponde para «el bien común». No hay dificultad alguna en trasladar este concepto a la comunidad internacional.

Discurso Congreso EEUU 2Así como la sociedad, el ámbito nacional, tiene derecho a imponer relaciones distintas entre sus miembros, así la comunidad internacional exige a los diversos pueblos una participación cónsona con su capacidad para que todos puedan llevar una existencia humana. Las obligaciones y derechos de los distintos pueblos han de medirse, por ello, en función de la capacidad y de la necesidad de cada uno, para hacer viables la paz, la armonía y el progreso y todos podamos avanzar dentro de una verdadera amistad.

Ustedes representan a un pueblo que ha logrado una suma de poder y riqueza. Dentro de su propio país, a ustedes los inquietan los sectores que no han logrado asegurar un nivel de vida satisfactorio y se esfuerzan a darles la posibilidad de salir del estado de marginalidad social e incorporarse de lleno a los beneficios logrados por la comunidad nacional. En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de otros pueblos.

He dicho al comenzar estas palabras que tengo la percepción de que hablo a todo el pueblo de los Estados Unidos. Estoy convencido de que el fututo del hemisferio depende de la medida en que ese gran pueblo haga suya la decisión de convertirse en pionero de la justicia social internacional. De asumir decididamente las cargas, obligaciones y compromisos que su inmensa riqueza y poderío le imponen frente a la América Latina y frente al mundo. En la medida en que ese pueblo, tan digno de nuestra admiración y de nuestra amistad, advierta que con lo que ha costado el programa de uno de los Apolos podría elevar el nivel de prosperidad y de felicidad de naciones como la nuestra, de cuya seguridad depende la suya, en esa medida estará abierto el camino para nuevos empeños y los doscientos años de experimento político de ustedes serán apenas el pórtico de varios siglos de vida democrática en el hemisferio occidental.

Deseamos que los Apolos continúen explorando el espacio. Pero los resultados de esa misma exploración hacen más imperiosa la necesidad de lograr que en la tierra todos los hombres vivan mejor.

Con este objetivo podemos entusiasmar a los jóvenes para una empresa ante la cual lo negativo se aparte y una rotunda afirmación prevalezca. Podemos inflamar el ánimo de las nuevas generaciones para el rescate de la idea de libertad. Buscando libertad vivieron a Norteamérica hombres jóvenes como era el francés Lafayette, el polaco Kościuszko o el venezolano Miranda. Bolívar, el Libertador, dijo en un memorable discurso al Congresos de Angostura en 1819 de esta nación «que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad». La libertad puede sufrir su crisis más dura si no se alimenta con las realizaciones de la justicia social. El escepticismo de los jóvenes sobre la libertad y la década de los años 30 produjo la arremetida del fascismo y el nazismo, que amenazaron arrasar hasta los cimientos de la civilización actual no podemos dejar ahora a la juventud sucumbir ante el llamado de la violencia y ante la negación de los valores fundamentales que dieron a la democracia vigencia.

Yo he sostenido y sostengo, Honorables Senadores y Congresistas, que una robusta amistad con nuevo signo entre los Estados Unidos y la América Latina es una necesidad, no sólo del hemisferio, sino de todo el planeta que habitamos Hay que comenzar por un esfuerzo de comprensión. Hay que repetir una y mil veces que ser diferentes no implica ser mejor ni peor. Los latinoamericanos tenemos nuestra propia forma de vida y no queremos adoptar servilmente las formas de vida que prevalecen en otras partes. Tenemos un fiero amor a nuestra independencia; ponemos nuestra dignidad por encima de nuestras necesidades. Para nosotros, como para ustedes según lo han demostrado en los momentos decisivos de su historia los valores del espíritu privan sobre los intereses materiales. Sabemos que podemos contar con la comprensión de ustedes, porque como un gran filósofo contemporáneo, Jacques Maritain, ha dicho, «el pueblo americano es el menos materialista entre los pueblos modernos que han alcanzado la etapa industrial».

Yo estoy orgulloso de ser latinoamericano. Ello no me priva de entender y admirar otras culturas, ocupa la de ustedes un sitio relevante. Como latinoamericano puedo afirmar en este lugar tan representativo del pueblo norteamericano, que es hora todavía de encontrar el sólido terreno para levantarse sobre bases autenticas en el entendimiento que deseamos.

Hay en nuestro país como en todos los países gente para la cual el único objetivo es actualmente el «odio estratégico» contra los Estados Unidos. Son minorías comprometidas ideológicamente en una lucha  que aspiran convertir en verdadera guerra civil internacional. Pero su éxito sería muy pequeño, no obstante ser activas y estrepitosas si no hubiera inmensos sectores cuyos sentimientos pueden fácilmente convertirse en antagonismo, porque no están contentos con actitudes que con razón o sin ella atribuyen a los Estados Unidos.

Cuando las declaraciones de algunos políticos llegan a las columnas de nuestra prensa, cuando la conducta de algunos hombres de negocios no corresponde a los que debería ser, una sensación de incomodidad invade la sensibilidad de nuestra gente porque para bien o para mal somos sentimentales.

Del mismo modo, al hombre común de Norteamérica le llegan a menudo imágenes desfavorables del hombre común latinoamericano. El «latinoamericano feo» ha de ser para muchos (sin un «best seller» que lo pinte) la encarnación real de sus intratables vecinos del Sur. Esto no debe ser.

El hecho de que el Senado y la Cámara de Representantes, en momentos de tan intensa actividad dentro de la política interior del país se hayan reunido para recibir al Presidente de una República latinoamericana y escuchar bondadosamente sus sinceras observaciones, será recibido allá como una prueba de buena voluntad y un signo que anuncia grandes posibilidades para una amistad renovada.

Los valiosos intentos que se hacen en ambos lados con el fin de lograr un entendimiento sincero tienen que pasar a la opinión general de nuestros respectivos pueblos, cuya decisión es final en el sistema de gobierno democrático.

Por ello es necesario que los dirigentes políticos, a la par de los dirigentes culturales, y los dirigentes económicos, hagamos en esfuerzo sostenido para llevar la concepción de una nueva política hemisférica hasta el corazón de nuestros compatriotas.

No basta que los presidentes conversen: es necesario que lo que de positivo puedan acordar reciba un franco respaldo en los Congresos y que estos, a su vez, cuenten con la conformidad de los ciudadanos, como electores y contribuyentes.

Estamos convencidos de que si entre los Estados Unidos y América Latina no pudiera lograrse una amistad verdadera y durable basada en la justicia, dispuesta a la revisión franca de los procedimientos, mal podría el universo aspirar a una organización fundada en el entendimiento general.

Por lo contrario, sabemos firmemente que una nueva, vigorosa y fructífera relación hemisférica, impulsada por el valiente rechazo de todo la que el pasado puede obstruir los justos términos de intercambio, será la mejor contribución de este hemisferio por la paz mundial.

Al cumplir la democracia sus doscientos años de vida, demostremos que sigue siendo el mejor sistema de gobierno.

Audio del discurso traducido al español por la Oficina Central de Información de Venezuela:

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Rómulo Gallegos: una vida en 15 imágenes + 1

Rómulo Gallegos

Por Guillermo Ramos Flamerich

Rómulo Ángel del Monte Carmelo Gallegos Freire, escritor y político; autor de Doña Bárbara; nombre de una avenida en Caracas; de dos municipios, uno en Apure, el otro en Cojedes; una universidad; un premio internacional de novela y un Centro de Estudios Latinoamericanos. Con sus palabras retrató la geografía y gentes de Venezuela; como maestro formó a una generación de líderes. Protagonista y víctima del país que mostró en su obra, su efímera presidencia significó un ensayo democrático y un nombre de prestigio y honestidad en una Venezuela signada históricamente por la enfermedad y la imposición. Gallegos nació en Caracas el lunes 2 de agosto de 1884 a las diez de la mañana. Falleció en 1969. En conmemoración de su natalicio, estas imágenes del libro Iconografía de Rómulo Gallegos, publicado por la Biblioteca Ayacucho en 1980:

Una vida en 15 imágenes

01 Rómulo Gallegos 1905

1-En esta fotografía de 1905 Gallegos aparece como un torero improvisado en el, desaparecido ya, pueblo de El Valle, Caracas. Para estos años a pesar de haber aprobado los primeros exámenes de derecho en la universidad, decide abandonar la carrera. También conoce a su futura esposa Teotiste Arocha Egui. Al año siguiente es designado jefe de la Estación del Ferrocarril Central.

02 Rómulo Gallegos 1912

2-El profesor en 1912. En enero es nombrado director del Colegio Federal de Varones de Barcelona, estado Anzoátegui. Desde allí, enviará extensas cartas a su padre y a Teotiste. Se casa por poder el 15 de abril. Fallece su padre el 4 de junio y empieza su carrera docente en el Liceo Caracas (Actual Liceo Andrés Bello), que durará hasta 1930.

03 Rómulo Gallegos 1927

3-Rómulo Gallegos en 1927. Con paltó, corbata y sombrero pelo e’ guama, tomando agua de totuma. Pasa la Semana Santa en el llano apureño junto a su hermano Pedro y su alumno Juan Salerno. La primera intención de este viaje es documentarse para la novela que estaba escribiendo, La casa de los Cedeño. Pero de estas andanzas nace su obra cumbre: Doña Bárbara.

04 Rómulo Gallegos 1930s

4-La década de 1930 significó de profundos cambios para Gallegos. El contundente éxito de Doña Bárbara, su exilio voluntario después de ser propuesto como senador de Apure por parte de Juan Vicente Gómez. Cantaclaro, Canaima y Pobre Negro. El regreso a Venezuela al morir el dictador. La fugaz entrada al gobierno como ministro de educación de López Contreras y el Gallegos cinematográfico, fundador de Estudios Ávila. Mientras tanto, cualquier roca es buena para emular al Pensador de Rodin, como bien lo ilustra esta imagen.

05 Rómulo Gallegos piloto

Gallegos, ¿piloto? Foto de Juanito Martínez Pozueta

06 Rómulo Gallegos - Poleo

Gallegos acompañado del pintor venezolano Héctor Poleo, durante una exposición del artista en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

07 Rómulo Gallegos - Truman

Las parejas presidenciales de Estados Unidos y Venezuela en un balcón de la Casa Blanca

5-El ensayo democrático y la efímera presidencia. Desde la candidatura simbólica de Gallegos y la fundación de Acción Democrática en 1941, hasta su elección, universal y secreta, como Presidente de la República el 14 de diciembre de 1947, el 18 de octubre de 1945 y los eventos posteriores, dieron un giro profundo a la historia venezolana. La toma de posesión con la Fiesta de la Tradición Venezolana, organizada por Juan Liscano, fue solo un bonito arranque para una trágica presidencia. En julio visita al presidente de los Estados Unidos, Harry Truman y el General Eisenhower le entrega el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Columbia. Al regresar, la situación está cada vez más tensa, la sombra militar lo arropa. A todo esto responde a Miguel Otero Silva: «Ni estoy caído, ni en plan de huída, amigo mío. Usted mismo me ha encontrado en pantuflas. Y las pantuflas no se usan para correr». El 24 de noviembre de 1948 es derrocado y trasladado en avión hasta La Habana.

08 Rómulo Gallegos en México

En México, acompañado por los poetas Andrés Eloy Blanco y Nicolás Guillén

09 Rómulo Gallegos 25 Doña Bárbara

Junto a su hija Sonia, en la celebración de los 25 años de Doña Bárbara, 1954

6-Tiempo de exilio. Cuba, Guatemala, México y los Estados Unidos lo ven pasar mientras en Venezuela Marcos Pérez Jiménez se hace del poder. Los homenajes y nuevas ediciones de su obra, continúan. Pero el 7 de septiembre de 1950, en Ciudad de México, le toca despedir a Teotiste. Cae en depresión. También está esa tristeza del errante que ha sido expulsado de su hogar. El encuentro con otros exiliados venezolanos, la pérdida de amigos como Andrés Eloy Blanco, el recordatorio de los 25 años de Doña Bárbara y la compañía de su hija Sonia, hacen de estos años un período agrio con pequeños instantes para la dulzura.

10 Rómulo Gallegos 1958

Rómulo Gallegos a su llegada a Venezuela el 2 de marzo de 1958

11 Rómulo Gallegos Honoris Causa 1958

El rector de la Universidad Central de Venezuela, Francisco de Venanzi, hace entrega a Gallegos del Doctorado Honoris Causa en 1958

12 RómuloGallegos Faulkner

Rómulo Gallegos y el escritor estadounidense William Faulkner. Caracas, 6 de abril de 1961

7-Regreso dorado, temporada de reconocimientos. Pérez Jiménez es derrocado el 23 de enero de 1958 y Gallegos regresa el 2 de marzo. El 5 de junio recibe el Premio Nacional de Literatura; el día de su cumpleaños es nombrado «Hijo Ilustre de la Ciudad de Caracas»; le son conferidas diversas condecoraciones nacionales e internacionales, así como los Doctorados Honoris Causa de la Universidad Central de Venezuela, Universidad del Zulia, Universidad de Oriente y Universidad Católica Andrés Bello. El 25 de enero de 1960 el Consejo Universitario de la Universidad de los Andes acuerda solicitar el Premio Nobel de Literatura para Gallegos y el 29 de mayo, desde La Habana, dice Hemingway: «Apoyo completamente la candidatura de Don Rómulo Gallegos para el Premio Nobel de Literatura de 1960, por respeto a su obra de escritor. No creo, en esta oportunidad, que haya otro candidato con más derecho que el maestro venezolano». Como ven, es temporada de reconocimientos.

14 Rómulo Gallegos en apure 1964

Rómulo Gallegos y un niño. Apure, 1964

13 Rómulo Gallegos 1960s

En los años finales de su vida

15 Rómulo Gallegos 1968

Gallegos ejerciendo el derecho al voto en las Elecciones Presidenciales del 1 de diciembre de 1968

8-El último Gallegos. El 21 de abril de 1964 aparece en Varsovia la edición polaca de Doña Bárbara. Poco tiempo después el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA), crea el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el cual gana Mario Vargas Llosa su primera edición (1967). En 1966 Isaac Chocrón y Caroline Lloyd presentan una ópera de la doña y en 1968 la American Foundation for the Blind, editan una versión para ciegos. Pero Gallegos está cansado, acercándose tranquilamente al término de su vida. Poco a poco se va despidiendo de su gente, de Venezuela. El 5 de abril de 1969, un Sábado de Gloria, a las 2 y 20 de la madrugada, fallece en Caracas ante la presencia de sus hijos Alexis y Sonia. Tenía 84 años.

+ 1 (La ñapa)

16 Rómulo Gallegos casa

Fachada de la casa de Rómulo Gallegos en la urbanización Altamira, Caracas. La misma fue derribada para construir el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG)

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