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Trazar la ruta final

Cambio - Roberto Weil

Estos trazos de Roberto Weil expresan el anhelo de toda Venezuela.

Trazar la ruta final

Por Guillermo Ramos Flamerich

La muerte de Neomar Lander el pasado miércoles nos lleva a tantas preguntas como sentimientos de dolor e impotencia. ¿Cuántas más? Han sido muchas. Demasiadas. Y no solo me refiero a las que han ocurrido en 2017 o las de 2014. Nuestras ciudades están repletas de calles y esquinas que recuerdan a algún fallecido a manos de la violencia propiciada desde el Estado. Solo que por un tiempo fueron invisibles. Siempre resulta más fácil creer salvarse el pellejo con la indiferencia. Pasar agachado para que nada ocurra. Pero esta cosa horrible que vivimos siempre ha sido el accionar de la Revolución de las Miserias. Solo que desde hace un tiempo es mucho más que evidente. Construyeron una red de hamponaje, de cómplices y, creían ellos, que de esclavos. Pero más poderosa ha sido la conciencia democrática y el sentido de supervivencia de quienes se saben ciudadanos y no están dispuestos a claudicar ante nada ni nadie.

El gobierno ha perdido la noción de todo. Para ellos no hay país, solo son un parásito represor que se chupa todos los recursos que puede brindar esta tierra y que sonríe macabramente ante la miseria de los demás. No les importa nada, salvo el hecho de que cuando esto abandone el poder, lo que les espera es tan tenebroso que prefieren arriesgarlo todo. Es como un secuestrador que empieza a picar a su víctima por pedacitos, enseñando que no le teme a matar o a morir.

Mientras tanto, los venezolanos nos debatimos en una extraña cotidianidad, bipolar, agresiva e incierta. Siempre me pregunto, ¿cómo se vivía lo cotidiano durante los grandes conflictos de la humanidad? Siempre existirán momentos para reír, para compartir con la familia y los amigos, pero ese nudo en la garganta llamado situación país, no puede abandonar nuestras mentes y nuestros corazones. Además, el que hoy sea indiferente, solo puede haber perdido todo juicio y humanidad.

Es momento de definiciones. Porque el sistema perverso que tenemos ya está completamente definido. Tiene una bala para cada uno. Lo queramos o no, aquí nadie se salva si esto sigue. Ni tú, ni yo. Este momento lo es todo. Y si alguien viene con la cantaleta de que eso se dice todos los años, solo que vea a su alrededor. El siguiente paso unitario debe ser trazar las líneas de una ruta final. El final de esta tiranía, claro está. Y el comienzo de la Venezuela que está en nosotros. Suena difícil decir eso, accionar eso, pero las cosas se deben decir. El verbo construye realidades y el verbo, el pensamiento y la acción deben ser la tríada de toda lucha que se busque exitosa.

Ellos ya desafiaron con la fecha del 30 de julio. Son unas elecciones ilegales y chucutas que nadie se las cree. Pero allí están. El fantasma de la Constituyente nos acecha. Debemos impedir que esto ocurra y que ese logro sea otro hito de lo que se está por conquistar. La lucha cívica en las calles sí ha ido fracturando al régimen, pero siempre hay que seguir innovando. Si nos quedamos en el aparato, serán más los Neomar y más alejados los días de las definiciones.

Los actuales esfuerzos de resistencia contra la dictadura son innumerables. Desde activistas culturales, deportistas, apoyos internacionales, los constantes marchantes de cada convocatoria… Todo ello se debe articular con un sentido de urgencia y con unos valores claros que se deben repetir hasta el cansancio. ¿Por qué la Democracia? ¿Por qué la Libertad? ¿Por qué la solidaridad entre venezolanos? ¿Por qué la equidad? ¿Cómo se debe dar la reconciliación? No deben ser simples adornos conceptuales, sino las premisas de la hoja de ruta. En eso la dirigencia política tiene un gran compromiso, no solo ser reactivos, sino también ser reflexivos y pedagógicos. Pensar para actuar y aprender de ello.

Si la resistencia pacífica es para quebrar los pilares del régimen, también se deben seguir fomentando los puentes para que la estructura media de lo que hoy conforma la administración pública, pueda cruzar sin miedo desde el punto del oscuro presente a un futuro que se está por construir. Lleno de inquietudes pero siempre mejor que esto que tenemos. La lucha democrática es de todos, no de individualidades. Eso lo ha ido asimilando la sociedad y en esto todos estamos incluidos. Todos.

El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana; con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones.

Ese es el preámbulo de la Constitución de Venezuela. El gobierno hace rato que rompió y se burló de ese pacto. Cuando alguien pretende enterrar nuestros fundamentos como nación, la respuesta siempre será la rebeldía y el desconocimiento.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 16 de junio de 2017

 

Les comparto este video que hice para Instagram. Hay que seguir y resistir:

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Franklin Brito, testimonio gráfico de una época

«Y al negar su humanidad, traicionamos la nuestra», Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, 1986. Caricatura de Edo

Franklin Brito, testimonio gráfico de una época

Por Guillermo Ramos Flamerich

Publicado originalmente en el blog Planta Baja el 7 de septiembre de 2010

Recuerdo la noche del 30 de agosto de 2010. Mi twitter retumbaba con mensajes acerca de la muerte de Franklin Brito. Opiniones y reflexiones se publicaban por montones. Un shock séptico dejaba sin vida a una persona que antepuso sus creencias y valores por encima de la comodidad física. Por primera vez los venezolanos evidenciábamos de manera tangible eso denunciado durante años: la indolencia del Estado ante la calidad de vida y realización de sus ciudadanos. El Gobierno nacional podrá desmentir su responsabilidad en el hecho, pero lo que trasciende es su obligación tanto constitucional como moral por procurar la felicidad de nosotros.

Aunque pensamientos del Libertador Simón Bolívar sean reiterados infinidad de veces por parte del primer mandatario nacional, sobre todo uno que indica: «El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política», con su omisión y la negación a una solución consensuada, el Estado venezolano se reafirma como un gigante que de manera desmedida busca el poder como fin último, la permanencia en el poder. Se evidencia también la incompatibilidad del «socialismo del siglo XXI» con la productividad de pequeños y medianos empresarios, así como el no reconocimiento del ciudadano, que sólo es visto como una masa uniforme.

La imagen ya raquítica de Franklin Brito, convertido prácticamente en huesos, es testimonio gráfico de la indiferencia. Al recordarla, me viene a la mente la impactante fotografía de Thích Quảng Đức al inmolarse en 1963, a raíz de la persecución a los budistas por parte del presidente vietnamita Ngô Đình Diệm. La tradición comenta que del monje sólo su corazón quedó intacto, el cual se convirtió en reliquia y legado para su gente. Las repercusiones de la muerte de Brito serán evidenciadas con mayor fuerza en un largo plazo, cuando la noticia se convierta en leyenda.

Otra cavilación sobre este hecho, y regresando al tema de la indiferencia, es el cambio profundo que se ha producido en nuestra forma de ser. La solidaridad a veces es omitida por intereses personales o familiares, para los cuales existen argumentos válidos. Pero situaciones como la de Franklin Brito poco a poco dejan de ser extraordinarias, para convertirse en cotidianas. La desunión de la ciudadanía sólo fortalece a quien poder ya tiene. El desinterés también puede estar relacionado con un profundo temor a quien gobierna. Para concluir, y recordando al Premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel, sobreviviente del III Reich, en uno de sus discursos acerca de la indiferencia: «Y al negar su humanidad, traicionamos la nuestra». Sólo una ciudadanía protagónica, es capaz de recuperar su dignidad y así su fuerza como generadora de cambios.

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