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Vicente Emilio Sojo; por Ramón J. Velásquez (1951)

Vicente Emilio Sojo - Archivo Victor Guillermo Ramos Rangel

Vicente Emilio Sojo en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas – Archivo de Víctor Guillermo Ramos Rangel.

Vicente Emilio Sojo o el arte de vivir con dignidad

Por Ramón J. Velásquez

Publicado por la Revista Signo, el 14 de julio de 1951. 

Tomado de la Sala Virtual Ramón J. Velásquez – UCAB.

Sin peligro de equivocación

En el tumulto de la mañana caraqueña, todos los días de labor, al filo de las ocho, entre Santa Capilla y Veroes, es fácil encontrar a un caballero cincuentón, de paso ágil y firme, de mirada altiva, de tez morena y de enhiestos bigotes canos. Viste con irreprochable seriedad, usa siempre tonos oscuros, jamás abandona el chaleco y por lo regular lleva bajo el brazo, un bastón negro. Pero de repente, mientras camina y acaso sin darse cuenta, toma el bastón por la empuñadura y con gestos nerviosos va golpeando el pavimento como si quisiera llevar la medida o lograr un extraño acompañamiento para el monólogo mental que va enhebrando.

Al transeúnte curioso no le será difícil sacar conclusiones acerca de la personalidad del mañanero señor. De golpe se adivina que es un hombre de una sola pieza, dueño de una brusca y peligrosa sinceridad. Bizarro y romántico lo podría definir algún estudiante de retórica, amigo de los adjetivos sonoros. Y a fe que no estaría desacertada la definición, porque hay bizarría en el porte y romanticismo en el cuidado celoso de los bigotes ya abolidos en el universo de la elegancia y en el cariño con que lleva su chaleco y su bastón, prendas ya liquidadas en el catálogo de la moda caraqueña.

Quien tan directa impresión de nitidez moral y de entereza humana da, es un venezolano que ha cultivado a lo largo de su vida, con tesón campesino, dos artes: el de la música y el de vivir con dignidad, ambos poco productivos, pero ricos en satisfacciones interiores.

Paisaje infantil

El personaje se llama Vicente Emilio Sojo y nació en tierras mirandinas. El paisaje de estas regiones cálidas y pródigas, sintetiza mejor que cualquier otro, la vida y pasión de Venezuela.

Entre el mar y el llano, atravesado por las montañas costeras, ha sido esta la tierra fundamental en el drama agrario del país. Entre el verde sombrío de los cacaotales creció el odio del esclavo, se ahondó el abismo de las castas y nació en fin, la voluntad libertadora del mestizo venezolano.

A través de las canciones y bailes, de los mitos y leyendas que han nacido y corren por tierras de Miranda, se podía escribir el tratado más completo de la historia social venezolana.

El campesino analfabeto de estas tierras, entiende mejor a su país que muchos civilizados doctores de la capital. Para su sensibilidad están presentes y visibles, valores y notas que se borran en el ambiente ciudadano.

Guatire está a medio camino entre las dos subregiones en que económicamente se divide la comarca: el Valle del Tuy y Barlovento. Ahogado entre el verde tierno de los cañamelares, adormecido por su río, dominado por las vecinas montañas, el pueblo vive la existencia monótona de toda comunidad semirural. De día, muchos se dedican a las tareas agrícolas; escasos al comercio y muy pocos, al suave ocio de hamaca y sombra que protege y justifica el eterno calor de la región. En las noches tibias se repiten los temas y pronto los comentarios adquieren calidad de preceptos: la buena cosecha; la mala cosecha; la guerra; el invierno; las enfermedades; Guzmán y Crespo. Va y viene la conversación de uno a otro extremo de estos temas, como un péndulo. Para huir del fastidio, aquí como bajo todas las latitudes, sólo queda un camino: la música. En la paz nocturna de los pueblos, la serenata florece como un camino de fuga.

1887 es el año del nacimiento de Vicente Emilio Sojo. Recibe las aguas bautismales en la Santa Iglesia Parroquial de Santa Cruz de Pacarigua y Valle de Guatire o simplemente Guatire, su pueblo natal. Es un tiempo de relativa paz y bienandanza en Venezuela. Se acaba de embarcar Guzmán Blanco rumbo a París, después de diecisiete años de absoluta dominación personal. Crespo anda caído y disgustado. Dentro de pocos meses, comenzará el período lleno de sorpresas, de Juan Pablo Rojas Paúl. En este año se recibe en Guatire una noticia de cierta importancia: en New York ha muerto la primera gloria literaria del pueblo, el fácil y popular poeta Elías Calixto Pompa, cuyos sonetos «ESTUDIA», «TRABAJA» y «DESCANSA» están unidos a los primeros recuerdos escolares de muchas generaciones venezolanas.

¡Oligarcas temblad!

En este ambiente amable y tranquilo, crece Vicente Emilio. La vida brinda satisfacciones elementales. Sus familiares, campesinos y artesanos sembrados desde remotos lustros en este pedazo de tierra, tienen toda una historia de dolor y alegría que contar. En ocasiones relatan al niño ansioso de cuentos, la vida y milagros de un abuelo cercano, Domingo Castro, muerto en una trinchera de la esquina del Principal, en Caracas, cuando la Revolución de los Azules.

Domingo Castro fue también soldado de la guerra federal. Desde los tumultos guzmancistas del año 44, Venezuela venía como bestia inquieta. En palabras y obras se adivinaba un desasosiego que no curaban reformas constitucionales, ni golpes de Estado. Por los caminos del llano, extraños profetas hablaban lenguaje de destrucción. Humildes tenderos y oscuros labriegos se transfiguraban ante el verbo de los predicadores laicos y abandonaban zarazas y azadones, para convertirse en soldados de un ejército innumerable: el del «Pueblo Soberano». El machete de Ezequiel Zamora, era la espada del Ángel Vengador. «La hora de las furias desatadas» llama con gran acierto Briceño lragorry, a este tumulto social cuyas consecuencias aún se reflejan en la vida venezolana.

En la guerra, la canción y el aguardiente mantienen en el soldado, el ánimo tenso y el corazón dispuesto para la jugada de la muerte. Verso y música provocan una borrachera heroica y no queda por delante, enemigo que no pueda ser vencido. Domingo Castro, como los miles y miles de provincianos que concurrieron a esta cita no entendía la justicia trascendental de la revolución federalista, pero si sentía en su corazón el profundo odio colectivo contra la clase dominadora. Reflejo de esta situación espiritual fue la canción «¡Oligarcas temblad!» que compuso Castro en aquellos días y que pronto se hizo himno oficial de combatientes, rito obligado en la noche de los campamentos, pretexto para hacer más liviana la marcha sin fin y motivo de espanto para las mujeres y los hijos de los oligarcas refugiados en el fondo de las casas o fugitivos por caminos infestados de partidas federalistas.

El caso del abuelo Domingo Castro debió impresionar de manera especial la sensibilidad del niño. De la infancia, quedan modelos eternos. Esta sería una de las explicaciones que podía darse de esa irreductible posición de amigo de la libertad y del pueblo que el artista Vicente Emilio Sojo ha mantenido, sin quebranto, a lo largo de toda su vida.

Venezuela, país macrocefálico

Venezuela es un país macrocefálico. La inmensa y poderosa cabeza que es su capital, contrasta de manera violenta con el raquitismo, pobreza y soledad de sus provincias. Caracas es la meta final de todas las ambiciones y apetitos venezolanos. En Caracas se decide la suerte de los hombres y de los partidos. Es un diario tributo al auge y poderío de la gran ciudad. «Crisol de la nacionalidad», llaman algunos a esta tradicional situación. «Sangría de la provincia», la denominan otros.

Sangría o crisol es lo cierto que Vicente Emilio Sojo también llegó a tocar a las puertas de Caracas, cerca ya de los veinte años. Venía a la conquista de la capital y para ganar el pan, sin caer en tentaciones que desgastaran su voluntad, traía aprendido un oficio, además de sus conocimientos musicales: el de tabaquero.

Hasta entonces había vivido en su pueblo natal. Bajo la dirección de don Régulo Rico, Maestro de Capilla de la Iglesia Parroquial de Santa Cruz de Guatire estudió canto y solfeo y más tarde violín, flauta, trombón y otros instrumentos de pistones. Fiestas y serenatas eran obligación en la vida romántica del maestro Rico. Allí iba con su discípulo que ya era un consumado artista de la guitarra a alegrar las horas muertas de las señoritas del pueblo, con el inmenso repertorio de las canciones venezolanas. Años más tarde, el maestro Sojo habrá de salvar muchas de estas hermosas composiciones, al incluirlas en sus Cuadernos de Canciones Populares.

Esta Caracas de 1906, a la cual llega el joven Sojo, no es el sitio más propicio para las empresas artísticas. Hace seis años que dominan los andinos. Por las tardes, jinete en su caballo blanco, recorre las calles de la ciudad y saluda agitando su pañuelo blanco, otro provinciano, nativo de una remota región fronteriza y ahora llamado el Restaurador de Venezuela: Castro. Es un gran bailarín y premia a los autores de valses y polkas. La vida en la capital es apacible. De tarde en tarde, viene alguna Compañía de Opera que casi siempre se desintegra a poco de llegar. Músicos y cantantes, quedan en Caracas como náufragos y utilizan su tiempo, en enseñar canto y música. De vez en cuando, con motivos de beneficencia, se realizan veladas en el «Municipal» en donde damas de la sociedad interpretan arias y ejecutan sonatas, en medio del aplauso de un familiar público y de las notas de «El Constitucional», el diario de la época que comenta la velada como «signo de los nuevos tiempos de cultura y progreso que con la presencia del Ilustre Restaurador han llegado para Venezuela».

A Sojo que está dedicado a lograr sus propósitos, no le interesan estos sucesos, ni tales personajes. La música es su meta y alcanzarla, se entrega con pasión devoradora. Pronto ingresa a la Academia de Bellas Artes. Dicta la cátedra de armonía el maestro Delgado Pardo. También frecuenta y escucha las enseñanzas del maestro italiano Primo Moschini. En el año 1913, compone un Cuarteto de Cuerdas. Y el año siguiente escribe su primera Misa para Tres Voces y Órgano. Luego debían venir numerosas composiciones de música religiosa y coral como el Réquiem a la memoria del Libertador, varios Himnos y Salmos, un Te Deum, tres Misas y algunas Cantatas y Motetes. Su capacidad y su preparación empiezan a ser reconocidas y en el año de 1921, se le nombra Profesor de Teoría en la Escuela de Música, de la cual andando los años llegaría a ser su Director y más eficaz animador.

Bajo la sombra de los bigotes enhiestos

Avanzaban los años, pero el clima para las manifestaciones del arte, seguía siendo mortífero. Los personajes del gomecismo compartían la creencia de que música y pintura eran refinadas manifestaciones del ocio urbano. Dedicar el tiempo al estudio de la armonía era perder miserablemente una vida que podía dedicarse a menesteres prácticos y productivos. La música es inspiración y nada más, afirmaban dogmáticos y contaban luego para reforzar sus tesis, como en sus días juveniles habían «tocado y compuesto piezas por fantasía».

Esta situación se reflejaba en la vida lánguida que mantenía la Escuela de Música. Sin útiles, con un presupuesto de beneficencia, con sueldos de hambre, así se mantuvo el instituto, sostenido más que por la mezquina ayuda del Estado, por la voluntad de maestros y alumnos.

En aquel ambiente enrarecido, sin apoyo ni esperanzas, nacieron bajo la tutoría del maestro Vicente Emilio Sojo, dos instituciones que han determinado a lo largo de sus veinte años de vida, un cambio radical en el mundo cultural venezolano: la Orquesta Sinfónica Venezuela y el Orfeón Lamas.
Bajo la sombra de aquellos bigotes enhiestos se juntaron cuantos estaban empeñados no sólo en hacer música, sino cuantos deseaban modificar una situación de estancamiento y de absurda indiferencia oficial y popular frente a las exigencias de la cultura.

Un 24 de junio, día de Carabobo, se presenta por vez primera la Orquesta Sinfónica, en el escenario del Municipal. Era el año de 1930.

Un Viernes de Concilio, se presenta igualmente ante el público caraqueño el Orfeón Lamas, con un programa de música religiosa confeccionada a base de los autores venezolanos de la etapa colonial. Lamas, Colón, Caro, Velázquez, Carreño y Olivares recobran en el retorno, su exacta dimensión de fundadores.

Otros tiempos y otra gente

Y en verdad, estaban llegando nuevos tiempos. Pronto, antes de un lustro habrán de romperse las compuertas del más largo secuestro tiránico que haya padecido el país y todas las aguas de la voluntad aprisionada, empezarán a correr. A partir de 1936, la educación recibe por parte del Estado mejor trato, la cultura del pueblo es tema obligado de políticos en el poder o en la oposición. El presupuesto de las escuelas se aumenta y mayores facilidades encuentra el artista en su tarea.

Al propio tiempo una corriente cada vez mayor de gente europea va llegando y se radica en Venezuela, contribuyendo a formar los núcleos de ejecutantes, oyentes y críticos de que tan necesitado andaba el país.

Por los mismos días comienza a perfilar su personalidad una de las generaciones más brillantes con que cuenta la historia de la música en Venezuela. La generación de Antonio Estévez, Carlos Figueredo, Ángel Sauce, Evencio Castellanos, Antonio Lauro, Inocente Carreño y tantos otros jóvenes creadores, discípulos y continuadores de Sojo.

El desconocido guatireño de 1906, ha conquistado la capital. El balance de la jornada, es altamente positivo. Y para que nada falte en esta vida voluntariosa, a la postre alguien pide su retiro de las posiciones de comando, alegando que el Maestro no conoce a Berlín, ni es amigo de Celibidache.

El músico que no escribió valses

En Venezuela fue durante mucho tiempo costumbre conseguir un cargo o salvar una mala situación escribiendo una recargada prosa o un soneto de circunstancias, o componiendo un vals. Toda la historia de la Restauración está escrita en tiempo de vals. Al Rehabilitador lo regalaban con marchas e himnos. Sojo nunca entendió que el arte podía servir para tales menesteres y en una difícil situación económica que atravesara, al cerrar un Ministro de Instrucción Pública las puertas de la Academia, los transeúntes que pasaban por la esquina de Altagracia pudieron contemplar al músico convertido en pintor de brocha gorda, retocando el frontis de la histórica Iglesia. Había que llevar el pan a la casa y el arte era entonces empresa de soñadores.
Con ser excelente su obra de músico y muy buena su labor de maestro, es más fecunda en proyección y más hermosa por la pureza de sus contornos, la obra de su propia existencia.

Voluntarioso en tierra de abúlicos, leal y firme en medio de tanta inconsecuencia, estudioso y disciplinado en un medio en donde la fantasía domina al método, la vida de Vicente Emilio Sojo es la muestra orgullosa de cuanto puede lograr el pueblo venezolano cuando con fe y constancia encausa sus maravillosas cualidades, hacia un rumbo preciso.

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El siglo de Ramón Jota

El siglo de Ramón Jota

Este dibujo lo hice a los nueve años. Su fecha es del 31 de enero de 2001. Ramón J. Velásquez como presidente en un país en crisis

El siglo de Ramón Jota

Por Guillermo Ramos Flamerich

En el momento en que Japón estaba por empatar el partido, que luego perdería 4-1 ante Colombia, a 5070 Km de distancia -en la Plaza Altamira de Caracas- la Guardia Nacional se proponía remover algunos intentos de barricadas y los últimos manifestantes de la marcha convocada para ese día, se retiraban.

Varias cuadras al norte, el ambiente frente a la Quinta Regina era de calma. Dos personas en la entrada esperaban para salir. Menos de doce horas antes el ilustre morador de Regina, Ramón J. Velásquez, ex presidente, historiador y periodista, había fallecido a los 97 años.

El par de veces que pude visitarlo, pensaba en hacerle preguntas hasta no parar. Pero al tenerlo frente a frente, lo fundamental se convirtió en escucharlo. La historia contemporánea del país en detalles, relatos y vivencias. Ese tono de voz andino, fuerte con matices agudos, cada vez con menos aliento por el paso de los años y esa mirada lúcida tras la pasta gruesa de sus lentes, con la que había visto, entre tantos, a Juan Vicente Gómez, Rómulo Betancourt y Hugo Chávez.

Sobre este último, está la anécdota recogida por Yohanna Molina  en el libro Trincheras de papel: el periodismo venezolano del siglo XX en la voz de doce protagonistas (2008), en la cual, durante la toma de posesión de Chávez, el 2 de febrero de 1999, este le dice a Ramón J.: «¿No le parece, Dr. Velásquez, que lo que estamos presenciando es un capítulo de su libro La caída del Liberalismo Amarillo?». A lo que le responde: «Usted piensa así señor Presidente, muchas gracias por su mención al libro, esa es la historia y así empieza una nueva».

La respuesta dice mucho de la persona. El respeto, la compostura y su doble condición de servidor público. Como historiador, periodista, custodio de la memoria del país y como político.

En esta primera condición están labores como la organización del Archivo Histórico de Miraflores: cartas, telegramas, discursos, casi fulminados por las polillas para mediados del siglo XX. Los cuales comenzaron a organizarse y preservarse durante su gestión en la Secretaría de la Presidencia. La publicación de las colecciones del Pensamiento Político Venezolano del siglo XIX y XX, la creación de Funres (Fundación para el Rescate Documental Venezolano) y la divulgación y análisis de una etapa histórica que lo apasionó, esa que transcurre desde La caída del liberalismo amarillo y prosigue en las Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez.

En su condición de político, los cargos de senador o ministro se pueden sumar a su empeño de preservar la memoria del país. Pero en 1993 llegó un momento estelar. Ese cargo de Presidente de la República, intrigante y herencia de los personajes que tanto había estudiado, ahora le tocaba asumirlo.

Era el «puentecito de madera», como describe esa etapa Diego Bautista Urbaneja en su libro La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días (2007). Un país en crisis económica, institucional y social.

Una parodia de la Radio Rochela de aquellos años ilustra el desafío que recibía Ramón J. En sesión conjunta del Congreso, Ramón Costas es nombrado presidente interino, la única condición que pide es que no lo dejen solo en el gobierno. Después de jurar cumplir las leyes de la república y «no comerse la luz roja del semáforo», el salón poco a poco va quedando vacío. El último diputado en retirarse le recuerda que debe apagar la luz antes de irse. Ya como monólogo, Costas hace su declaración final: «Venezolanos. Me toca, entonces, echarle pichón yo solito. Gracias, honorables senadores, gracias honorables diputados, gracias empresarios, gracias…».

Al final de su vida pudo verse retratado en ficciones muy reales. La novela El pasajero de Truman (2008), de Francisco Suniaga y la obra de teatro Diógenes y las camisas voladoras (2011), de Javier Vidal, hablan del joven Velásquez –o Román Velandia, como lo nombra Suniaga– vivaz aprendiz de periodista y secretario privado de Diógenes Escalante, ese personaje dramático, exponente de lo que pudo ser y nunca fue, tan presente en la cultura venezolana.

Vidas y drama de Venezuela.

Es así como se despide el observador y protagonista de un siglo de errores y aciertos. Una vida longeva. Quizás, en sus últimos años, con muchas más expectativas de lo que puede ser la república mañana mismo, dentro de diez años, dentro de un siglo.

Visita de Guillermo Ramos Flamerich a Ramón J. Velásquez en 2010.

Ramón J Velásquez y Guillermo Ramos Flamerich en 2010.

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