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Maestro de las malas palabras

«¡Corran muchachos que ahí viene la Metropuritana!», caricatura de Pedro León Zapata

A finales de los setenta el escritor Salvador Garmendia es reconocido como maestro de las buenas y sobre todo de las malas palabras. El caricaturista Pedro León Zapata está gestando un semanario irreverente, artístico y con mucho humor. Esta es la breve historia de dos amigos, cómplices, en la creación de El Sádico Ilustrado

Maestro de las malas palabras

Por Guillermo Ramos Flamerich

Una calurosa mañana de septiembre de 1978 Salvador recibe una llamada del caricaturista Pedro León Zapata. Son amigos y cómplices, comparten anécdotas de trabajo, hablan de mujeres, de la vida; también son «echados pa’lante»: le ponen al pecho a cualquier situación. La conversación gira en torno de una propuesta que tiene Zapata: un proyecto editorial que está próximo a salir y marcará pauta en el humorismo gráfico venezolano: El Sádico Ilustrado.

«Al oír ese nombre se me cayó de las manos el ejemplar de Juliette, de nuestro padre Sade, que venía leyendo y donde dice: “Imita a la araña, tiende tus hilos y devora sin piedad todo lo que te eche la mano sabia de la naturaleza”», narra el barquisimetano en la presentación de Crónicas Sádicas (1990), un compilado de sus textos para el semanario. «¡Ya Zapata despertó de nuevo! ¡Ahora vamos a hacer la revolución; aunque sea la Revolución Francesa, por la cual no hemos pasado todavía!», bromea antes de conversar sobre la línea y política editoriales.

Zapata le encarga un artículo de tema libre para el primer número, también lo invita a colaborar todas las semanas: «si quieres…», insinúa el tachirense. Sobre los requisitos, explica: «absolutamente libre», sin restricciones de contenido ni en la expresión.

Incrédulo, Salvador pregunta:

–¿Quiere decir que se pueden decir malas palabras?

–Y buenas también, Salvador… Nuestra publicación no albergará ningún tipo de fanatismo… ¡Un siglo de beatería santurrona se va a venir abajo!

Al colgar el teléfono, Garmendia se frota las manos y sonríe de gozo. La nueva publicación le permitirá expresarse a sus anchas, desnudar a ese «país atolondrado y desprevenido que vivía a 4,30». Por varios segundos se queda pensando en la araña, en la paciencia con que teje esa malla de seda. Ella se quedará cerca, agazapada, esperando que la presa se enrede y pueda devorarla. En la casa de Altagracia había muchas arañas. Recuerda que en las esquinas superiores de las tres ventanas de palo siempre había una trampa. Con la luz natural se veían tornasoladas, a veces se alelaba contando las hileras; en alguna ocasión destruyó una red al hurgarla con un palito recogido del jardín… Salvador despierta del ensueño. Sonríe otra vez y regresa a la realidad, debe trabajar en el texto solicitado.

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Historia personal de la telenovela

Guillermo Ramos Flamerich
(A puerta cerrada – RCTV, 1996)

Historia personal de la telenovela

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En cualquier telenovela, se dice mil veces la palabra boda y no se pronuncia ni una vez la palabra orgasmo. ¿Eso no te parece una definición del género?»

Manuel Izquierdo a Pablo Manzanares en Rating, de Alberto Barrera Tyszka (2011)

Era 1996. La Agenda Venezuela comenzaba su breve apogeo, todavía en televisión aparecían los ahorristas defalcados por la crisis bancaria de finales del 93 y comienzos del 94. La Macarena estaba de moda, el Papa había visitado Venezuela por segunda vez y en Estados Unidos era año de elecciones. Bill Clinton lograría la reelección y Atlanta era la sede de las olimpiadas. Nada de esto me importaba demasiado. Era un niño de cinco años, y mi mamá buscaba como distraerme en mis vacaciones de segundo nivel.

Lo más conveniente era ir a ver –en vivo– a las estrellas de la telenovela que veía todas las noches por Radio Caracas Televisión. Se trataba de Los Amores de Anita Peña, protagonizada por María Alejandra Martín, Franklin Virgüez, y Rafael Romero. Se iban a presentar en el estudio de La Campiña, en el programa de las mañanas que conducía Marietta Santana: A puerta cerrada.

Y yo todo emocionado. Mi pequeña humanidad corría de un lado a otro. Estaba inquieto por entrar. Eso era gigante, de los lugares más grandes que había visto hasta ese momento. Todas esas luces y cámaras y personas como en la penumbra. Y el estudio todo iluminado. ¿Qué era eso? Ah, la pensión y la casa del vampiro y el otro lugar que no recuerdo. Eran las locaciones de la telenovela.

Mi mamá y yo buscábamos donde sentarnos. Todo estaba lleno. Todo. Todo. De repente escuché un rumor: «Van a rifar unos boletos de avión a Margarita. Marietta va a elegir a alguien del público y va a hacerle preguntas». Lo decía un gordito emocionado. Imaginarlo hoy me da risa, pero en el momento detallé sus palabras como si escuchara a un ídolo. La semana anterior yo había imaginado que trabajaba en la novela, que mi personaje vivía en la pensión. Que todos eran mis amigos. Que era el niño de la casa.

Conseguimos dos butacas por la grada lateral izquierda, cerca de las escaleras. La visibilidad era aceptable. Y todo comenzó. Los actores recrearon una escena de la novela. Allí estaba Anita Peña y el vampiro y el negrito fantasma. Eran de verdad. Cerca de la mitad del programa Marietta habla de los boletos a Margarita cortesía de Viasa. Recorre parte de las gradas y de pronto se acerca hasta mi. «Vamos a preguntarle a este niño cuanto conoce de Los amores de Anita Peña. ¿Cuáles son los personajes masculinos principales de la novela? ». De inmediato respondí: «Drácula, el negrito fantasma y el otro negrito». No sé que dijo Marietta, no tengo más recuerdos. Solo el de mi mamá y yo buscando los pasajes en Viasa y el del viaje en avión. «Asientos de cuero, asientos de cuero. Es que Viasa es calidad», decía mi mamá antes de despegar.

De este viaje el mayor recuerdo que tengo es de cómo lo gané, de lo que hice o no en la isla, sólo quedan imágenes algo borrosas y sin mucho sentido. Eso sí, mi afición por las telenovelas aumentó progresivamente: El país de las mujeres (1998), Amantes de luna llena (2000), A calzón quitao (2001), Trapos íntimos (2002), Mi gorda bella (2002), Cosita Rica (2003). Y las producciones brasileras que competían –desde Televen– con RCTV y Venevisión. En ellas los sentimientos humanos aparecían al límite. No ver un episodio era sentir que algo le faltaba al día. Los domingos eran incompletos por esa razón. Los sábados pasan novelas, los domingos no. Y luego del sábado se podía dormir hasta tarde, si se quería hasta el mediodía. En cambio los domingos era necesario acostarse temprano, porque al día siguiente había que madrugar. Es ese otro cuento de la lucha entre dos días hermanos.

Pero las pasiones que levantan los llamados «culebrones», no son solamente por lo que cada capítulo transmite, sino también por el hecho de ser telenovelas. Son basura, las actuaciones son forzadas, no enseñan, su producción es mediocre, alienan a la población, esas son algunas de las críticas que durante años ha recibido el género. La burla recurrente cuando se les quiere atacar: una escena sobreactuada donde alguien llama al protagonista por un nombre kilométrico para decir que no pueden estar juntos por ser hermanos.

A finales de 2002 Leonardo Padrón –quien ha hecho de la telenovela una forma de trabajo– publicó en la Revista Bigott un artículo titulado: La telenovela, ¿género literario del siglo XXI? En sus páginas expone varios puntos interesantes. Uno de ellos: «Sí, las telenovelas han funcionado así durante años: con argumentos superficiales, con el simplismo de su esquema narrativo, con la manera abusiva como prolongan la historia, con la presentación de estereotipos en vez de personajes, con diálogos banales o impostados, con sentimientos toscos y vulgares. Así son, así gustan. Pero, digo yo, la historia de la cultura del hombres la historia de la evolución de sus rituales creativos. (…) La telenovela es aún un género joven, muy joven, históricamente hablando, más allá de que sus raíces estén en el folletín del siglo XVIII y en los nombres de Alejandro Dumas, Balzac, Víctor Hugo y Dickens».

Un género joven con altas y bajas. Atrás quedaron las denominadas «telenovelas culturales», regidas por la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas o Salvador Garmendia. También las que reflejan una realidad política y social, las que tocan la denuncia. Ejemplo de ello fue Por Estas Calles (1992-1994). Venezuela ya no es la exportadora de este producto de consumo masivo. La competencia interna decayó desde el cierre de RCTV. Abundan las telenovelas importadas y cuando se logra producir una en el país, es celebrada casi con el título de «Suceso del año». Desde el poder se vende la «telenovela socialista» pero es esa la nueva historia de un viejo fracaso: la imposición.

Toca rememorar y repensar lo mucho que se puede hacer. Cómo integrar creatividad y calidad junto con la preexistente cartilla sentimental. Es la telenovela un negocio, pero también una forma de ser latinoamericano, de ser venezolano. Es parte de nuestra idiosincrasia ese arte de narrar nacido en las tabaquerías cubanas de finales del siglo XIX. En las cuales se leían en voz alta capítulos de los folletines sentimentales que a las torcedoras de la fábrica hacían llorar, reír, gozar. Algo así explica Ibsen Martínez en un artículo dedicado a la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka, parte de las obras de ficción que han surgido para analizar el género. Y con la cual se inicia el recorrido por esta historia personal.

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La novela en Venezuela por Salvador Garmendia

En 1966, bajo la serie Temas culturales venezolanos de la extinta Oficina Central de Información (OCI), Salvador Garmendia publicó un breve ensayo donde –a vuelo de pájaro hace una revisión de la novela venezolana a través del tiempo. Una publicación poco conocida del autor. Interesante tanto para el análisis de la bibliografía garmendiana, así como didáctica a la hora de entender los avatares de nuestra literatura.

La novela en Venezuela por Salvador Garmendia

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Perfiles: Salvador Garmendia

Salvador Garmendia falleció en Caracas el 13 de mayo de 2001

El inquieto Salvador Garmendia

Por Guillermo Ramos Flamerich

En toda esta introspección, existe un personaje de largas barbas y de sabiduría excepcional el cual hubiese sido un honor conocer en su última etapa de vida. Me refiero a Salvador Garmendia. Consolidado como escritor, dejado ya de las novelas y concentrado en el cuento y el artículo. El Garmendia de los noventa, colocaba su impronta en publicaciones como El Nacional y la revista de la Fundación Bigott, también en guiones para documentales de Bolívar Films.

Segunda continuaba Tan desnuda como una piedra y Los pequeños seres eran razón de otra década. Ese Salvador Garmendia «maestro de las buenas y sobre todo de las malas palabas», como lo describió Zapata en el pregón de la navidad caraqueña de 1991, mostraba toda esa fascinación de alguien grato para conversar y comprender el mundo fantástico de la literatura, uno parecido a sus Memorias de Altagracia.

Imagino que tengo mi edad actual. Es 1996 o 1997. Un día lo consigo en el metro leyendo o quizás observando a la gente que allí permanece. Tal como relata en su artículo Asuntos de metro, dedicado a otro personaje también ya fallecido: Manuel Bermúdez. ¿Cómo conseguiría hablar con él?, ¿qué podría preguntarle? No cometería la osadía de interrogarle acerca de lo necesario para ser un buen escritor. Quién sabe si respondería: «¡papel y lápiz!», como en la anécdota que relata Alberto Barrera Tyzka. Quizás la emoción no dejara expresarme de manera completa.

Todas estas suposiciones viven en la imaginación, donde el pasado y presente existen según lo creamos conveniente. Seguiré leyendo y releyendo a Salvador Garmendia, a lo mejor en mi casa o en el metro, «sin embargo, nunca le he pedido permiso para sentarlo imaginariamente en el lado vacío de mi asiento».

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