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Al río Guaire con cariño

«Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo “peorcito” de la ciudad»

Al río Guaire con cariño

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En Caracas hay un río que todos los días olvidamos. Más que un río, es un hilo marrón y atormentado, un desagüe del mundo. El hedor horizontal de nuestras vidas. Pero también es río y tiene orillas. Caminarlo, en esta ciudad, es privilegio del vagabundo. Nadie más posee esa mirada, ese ángulo de la autopista. Es su pasaje privado»

Leonardo Padrón, «Boulevard» (2002).

 Seis y media de la tarde por El Rosal, Caracas ya estaba a oscuras. Desde el cambio de hora, hace ya varios años, la sucesión entre día y noche era tan brusca que el atardecer quedaba en una especie de limbo. La jornada había sido muy buena y productiva. Quería caminar y reflexionar. En una ciudad tan agitada, tomarse un rato para pensar puede ser algo de riesgo. Debía estar en el centro comercial Tolón (el mismo del fashion mall) a las ocho, tenía tiempo de maniobra. Decidí ir a pie. La Caracas actual puede ser definida por la palabra incertidumbre, hasta las zonas medianamente vigiladas de la ciudad padecen de una especie de penumbra inhibitoria, esa que te hace mirar a todos los puntos cardinales. Alguien está al acecho, tú o yo. En esta acera tan chica sólo uno puede sobrevivir. Pensaba en tantos temas, personales como del país, quizá alguno sobre este mundo que nos ha tocado vivir. En un abrir y cerrar de ojos, estaba debajo de la autopista Francisco Fajardo, en esa especie de túnel medianamente mantenido, pero en una tierra de nadie entre Baruta y Chacao.

«Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses»

Empezando el puente Veracruz, con sus relieves pintados por grafitis, observé un indigente de pelo cenizo, bigote grande, mandíbula salida y con una extraña franela del Padre Pío, quien emulando a un corredor de maratón, salía de la vía recta del puente y cruzaba hacia los caminos verdes cercanos al río Guaire. La escena era cómica/estrambótica/extraña, una especie de aquelarre o de simple reunión de sancocho, aglomerados en círculo, en trance o en un ritual. No duré mucho tiempo observando ese pintoresco paisaje, pero en lo que quedaba de camino sólo pude pensar en una cosa: la relación del caraqueño con el Guaire. Lo primero que me llega a la mente cuando pienso en el río que cruza la capital, son dos cosas: la facilidad con la que su suciedad es parte de nuestra indiferencia colectiva y como este cauce de otrora agua cristalina, es símbolo del chiste, la burla y de lo «peorcito» de la ciudad. A orillas del río Guaire todo lo malo puede ocurrir, cuerpos arrojados a sus aguas, indigentes que montan sus casas en los desagües, murales de mal gusto donde el Seniat te invita a pagar los impuestos, historias de drogadictos y niños de la calle en sus orillas, monte y quizás culebras, en fin; quizás lo único positivo que queda son los pájaros que aún sobreviven en los extremos y los restos de la fisocromía que Cruz-Díez hizo al borde del mismo, en los ya lejanos años setenta.

«Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío», Billo Frómeta

Del Guaire histórico tengo cuatro imágenes, casi todas del Libro de Caracas de Guillermo Meneses. La de unos cipreses en las riberas del sano río, Puente de Hierro en un grabado del último cuarto del siglo XIX, un Guaire ya contaminado en los años sesenta y la imagen mental de Renny Ottolina bebiendo agua del mismo (creada por mi mamá durante conversaciones de mi niñez). Toda una reflexión algo intensa, de pronto detenida en treinta segundos, al tener que cruzar con rapidez una calle cercana a la plaza Alfredo Sadel. Cuando retomé la idea, mi cabeza revoloteaba con Desorden Público y su canción: Peces del Guaire. Si una de las nociones primordiales en la fundación de la ciudad colonial era la cercanía al río, eso nos convertía a los caraqueños en hijos del Guaire.

Tenemos un padre tóxico el cual vamos achicando día a día y al que le regalamos lo que queremos obviar de nuestra cotidianidad. «Más gente, más gente, más gente, hay más gente», dice la letra de la canción, pero menos gente que le importe la existencia de esta especie de padre. El problema ecológico que representa, el descuido como ciudad y el poco afecto que sentimos por lo que somos, redunda en un río sucio, que cruza a todos los sectores de Caracas, pero que todos rechazamos por igual. Todo un problema el cual parece estar atracado a mitad de un túnel. Tenía frente a mí el Tolón. Todo lo meditado era trágico y triste. No conseguía nada bueno para mi conclusión. En eso evoqué a alguien que siempre quiso a Caracas como un todo: Billo Frómeta. También recordé una de sus canciones, una introducida por un órgano algo desgastado: Mi Viejo Guaire. Corta, sencilla y con un verso que me devolvió el ánimo perdido: «Basta que seas tan caraqueño, para ser bueno, para ser noble, para ser mío».

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