Archivo mensual: diciembre 2016

#AniversarioUCV: Orígenes del Himno Universitario; por Luis Pastori

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Con motivo de un nuevo aniversario de la Universidad Central de Venezuela,  comparto este texto del poeta Luis Pastori (1921-2013), aparecido en la Revista Universitaria (Caracas, Nos. XXXV-XXXVI, enero-abril de 1953) y compilado por el historiador Ildefonso Leal (1932-2015) en el Apéndice Documental de su Historia de la UCV (1981)

Orígenes del Himno Universitario

Por Luis Pastori, coautor del Himno Universitario 

Israel Peña, en su doble condición de amigo y Director de Cultura me ha exigido —casi con imperativo modo cordial— sea yo, en mi condición de coautor, quien escriba sobre idea, origen y trayectoria del Himno Universitario, precisamente ahora cuando la prematura muerte de Tomás Alfaro Calatrava lo actualiza trágicamente. En efecto, la letra del himno la escribimos Alfaro y yo a mediados de abril de 1946, para que el veredicto firmado por Rafael Pizani, Juan Oropesa y F.S. Angulo Ariza nos favoreciera con el premio, en junio del mismo año, y Evencio Castellanos escribiera su música en abril de 1947.

Discurrían entonces las mejores épocas estudiantiles. La resurrección del espíritu deportivo y John filosófico de la Universidad comienza a suscitarse efectivamente allá por 1944. Antes, desde el 40, los elementos para este clímax cultural se van juntando espontánea y lentamente: primero, es la presentación conjunta de la muestra productiva de algunos poetas que apenas llegan de provincia; luego, vienen las diarias reuniones en la esquina de San Francisco, con su charla literaria acostumbrada y su imprescindible chiste oportuno, los cuales se duplican de noche en la Plaza Bolívar o en el Parque Carabobo.

Paralela a esta actitud permanente de la clase dirigente estudiantil por los problemas de la cultura, adentro surge un afán de ponerle a ello escenario o campo apropiado. Así nacen la Dirección de Cultura Universitaria, el Centro Universitario de Cultura Francesa, la Secretaría de Reivindicaciones estudiantiles de OBE, la revista Ámbito (después de las apariciones de los periódicos Acción Estudiantil y CED). También se fundan la Dirección de Deportes y el Orfeón, magnífico conjunto que bien pronto va a acreditarse como uno de los primeros de Venezuela. El 23 de junio de 1945 se inician las actividades del Teatro Universitario, tocándome la honra de pronunciar el discurso de inauguración con motivo del estreno de la primera obra teatral: La vida es Sueño, de Calderón de la Barca. El acto constituyó un éxito sin precedentes y el público se encaramó materialmente hasta en los balcones de las aulas de Derecho que para entonces daban al Teatro, aún no concluido. Dirigió Luis Peraza y actuaron el inolvidable dueto de Francisco Zapata Luigi y Raúl Reyes Zumeta, Mercedes Sanz y Matilde Ganímez, hoy todos profesionales de Derecho, Medicina o Farmacia.

El primero de abril de 1946 se dictaron las bases para el concurso de la letra del Himno Universitario. Pedí hace en ellas el tema fuera enalteciendo el Alma Máter y que los versos integrarán un coro y cuatro estrofas.

Al poeta Alfaro Calatrava y a mí nos unieron siempre los vínculos de idéntica línea poética y estrecha camaradería. Desde que nos encontramos por primera vez en la Universidad el año 40, la amistad nos fue juntando cada vez más. Habíamos escrito al tubo en muchas ocasiones festivas y, hasta en serio, publicamos en la página literaria de El Nacional, correspondiente al domingo 17 de octubre de 1943, dos sonetos dedicados al poeta José Ramón Heredia, en cuyos versos creo resulta difícil para cualquiera identificar la poesía de Alfaro o la mía.

Se trataba esta vez, pues, el máximo galardón espiritual que podía obtenerse durante el tránsito universitario. Y entre nosotros —donde nunca hubo egoísmos ni pequeñeces— existió un como tácito acuerdo de ir juntos a la contienda y dividir carnalmente los presuntos honores del triunfo. Sin hablar mucho, sin muchas transacciones, acordamos reunirnos y elaborar la letra a dúo, como tantas obras que habíamos hecho para impugnar las largas exposiciones sociológicas de Cristóbal Benítez, o alabar la voz de alguna inexistente novia que mortificara por teléfono a Italo Novellino, O para cualquiera otra de aquellas situaciones que se refirió Gustavo Díaz Solís en uno de sus agradables «Cajones de Sastre» en el Papel Literario.

Nos reunimos en la casa que habitaba el poeta Alfaro en El Conde. De antemano, habíamos hablado sobre el metro que más convenía para adaptarle música de himno. Con la experiencia que me daba el haber escrito algunas letras a músicas populares cuya partitura ya existía, le propuse en decasílabo con a sonantes agudos, considerando que sería el metro más propicio para la situación contraria de adaptarle esta vez la música a la letra.

Cuando llegué a su casa, Tomás tenía ya dos versos escritos que sirvieron de punto de partida para la elaboración:

Alma Máter, abierto Cabildo

donde el pueblo redime su voz.

Inventándole una música Marcial, las estrofas sonaron bien. Yo hacía que cantaba, mientras tomas dirigía con el lápiz la letra que yo iba completando:

Nuestro pueblo de amable destino

como el tuyo, empinado hacia Dios.

Después vino la corrección conjunta de otros proyectos de estrofas que también tenía listos el poeta:

Libre viento que ronda y agita

con antiguo, desnudó clamor,

nuestra sangre de gesta cumplida,

nuestras manos tendidas al sol.

El universitario en función social. A las críticas cordiales que me suscitaron entonces sobre si envolvía o no pesimismo incongruente el verso: «nuestra gente está cumplida», en el sentido de detención brusca de su evolución intemporal, contestamos que esa era una mera referencia al papel jugado por el universitario al lado de José Félix Ribas en La Victoria —noción histórica simple— pero que el verso siguiente: «nuestras manos tendidas al sol», creaba de nuevo la idea de expectativa presente delante de la solución de mejoramiento futuro del país. Que estábamos dentro, en el aula, con la tradición de la «gesta cumplida» en 1814, y sin embargo atentos, «con las manos al sol» de la calle, frente al estudio de los problemas que la patria pudiera confrontar.

Esto no envolvía, empero, pura y simplemente, el stand de batido problema político. Más ampliamente, la relación de nación y estudiante, podría verse en función del profesional: el médico recién graduado que va a ejercer sus primeras armas en medios apartados, donde las epidemias y la carencia de recursos hacen doble la necesidad de su presencia; El economista que va a hacer el planteamiento teórico-científico de la defensa de nuestras reservas y riquezas; el químico, farmacéutica, el ingeniero, todos con las manos tendidas hacia el deber como que entraña la construcción efectiva y responsable de nuestra nacionalidad.

Tomás Alfaro Calatrava —ya lo he afirmado otras veces—, además de poeta insigne, fue hombre y ciudadano ejemplar. Ciudadano y hombre de su tiempo, frente a los complejos fenómenos sociales de la época, dejó encerrado siempre en casa, en su torre de marfil, al gran lírico que es hoy honor de Venezuela desde su brusca ausencia inesperada.

Porque esa estrofa del Himno Universitario le define cabalmente: A la patria se la canta y se la sueña como a una dulce madre de sufridas tienes, en el mundo interior y eterno de la conciencia, pero también se la busca por las calles con la mano del hombre, con la voz del estudiante, con el servicio del profesional. Tradición y futuro confluentes en el solo remanso de su vigencia presente, en donde él —como todos sus hijos— estará siempre con las manos al sol, y entras al fondo de la gran biografía espiritual de Venezuela, Como marco romántico, el grupo y sarro de voces inicia una vez más emocionado coro:

Campesino que estás en la tierra

marinero que estás en el mar

miliciano que vas a la guerra

con un canto infinito de paz,

nuestro mundo de azules boinas

os invita su voz a escuchar:

—Empujad hacia el alma la vida, en mensaje de marcha triunfal.

 Caracas, marzo de 1953.

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Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

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Víctor Guillermo Ramos Rangel nació en Cúa, estado Miranda, el 10 de febrero de 1911. Entre sus obras se encuentran la sinfonía Lo eterno y los coros: La maravilla (Aprended flores de mi), A José María España y Bambú de caña batiente. Este es el retrato hecho por Reinaldo Colmenares al que se hace mención en el texto.

Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

Por Guillermo Ramos Flamerich

El 10 de diciembre de 1986 falleció en Caracas el músico Víctor Guillermo Ramos Rangel. De eso hace ya treinta años. Era mi abuelo paterno, al que nunca conocí. Las primeras referencias que tengo de él son aquellas relacionadas con mi nombre, un homenaje a su memoria. También sobre su erudición, los idiomas que hablaba, la cantidad de libros que dejó en sus casas de Cúa en los Valles del Tuy y de Coche en Caracas. El absoluto silencio que pedía cuando en su tocadiscos sonaba una ópera, alguna sinfonía. El escándalo que representó la entrada en su hogar de un LP de música bailable comprado no sé si por uno de mis tíos o mi papá.

Pero lo que quedó más grabado en mi temprana memoria fueron dos cosas: las firmas que con las iniciales de VGR dejaba en sus libros. Ese sí que tenía cantidad de libros, muchos ya comidos por la polilla, los sobrevivientes son parte de mi colección la cual considero doblemente valiosa, por los años de las ediciones y la carga sentimental. El otro recuerdo tiene que ver con un retrato hecho por el artista, prematuramente fallecido, Reinaldo Colmenares. La fecha es del 4 de julio de 1980 y estaba colocado en la quinta Apamate, en Cúa, al lado de uno del maestro Vicente Emilio Sojo. Fue la primera imagen a color que tuve de mi abuelo, además se veía en su plena adultez, con los ojos aguarapados y un corbatín blanco. Luego descubriría que la obra se basa en una foto de principios de los años sesenta y que la alegría de su semblante se debe a que estaba próximo a ejecutar el instrumento que durante décadas desempeñó en la Orquesta Sinfónica Venezuela: el fagot.

La curiosidad siguió aumentando. ¿Qué clase de músico era? ¿Cómo suena un fagot? Cuando alguien me dijo que de ese instrumento salían las resonancias graves de El Aprendiz de Brujo de Dukas, pieza popularizada por Walt Disney en Fantasía (1940), con un Mickey Mouse holgazán como delirante, me hacía sentir que mi abuelo ejecutaba algo importante. Después descubrí que fue alumno de Vicente Emilio Sojo, el viejo del otro cuadro, pero ¿quién era ese Sojo? La gran figura precursora de una generación de músicos dispuestos a integrar las tendencias universales con lo más local de estas tierras.

El joven Víctor Guillermo lo había acompañado a compilar, en los pueblitos de la todavía rural Venezuela, decenas de canciones del folklore; estuvo en la construcción de la incipiente Sinfónica Venezuela y del Orfeón Lamas. Vi sus fotos con Antonio Lauro, Evencio Castellanos y Antonio Estévez, los recorridos por América Latina, sus viajes a Europa y la enmarcada suscripción al club de lectura de la revista  National Geographic.

Pero más allá de sus cosas personales, no dejó rastro de archivo. Era una incógnita que fue revelada al enterarme de su absoluta timidez. Cuenta mi abuela que rehuía a eventos sociales, se escondía entre los instrumentos para no salir en las fotos de la orquesta; prefería lo apacible de la docencia la cual ejerció, por más de treinta años, en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. En la casa familiar no estaban sus partituras y el disco con su obra La Maravilla, también se encontraba perdido. Todo eso lo fui descubriendo poco a poco, investigando en todas las publicaciones donde pudiera aparecer su nombre. Reuniendo piezas para tener una, todavía muy sucinta, biografía. Armando el rompecabezas de mis orígenes.

Cuando encontré la grabación de La Maravilla fue emocionante, mi padre nunca la había escuchado, mi abuela la comenzó a cantar a capela. ¡Qué acontecimiento! Así mismo al recuperar en bibliotecas especializadas parte de sus partituras, queda la convicción de conseguir que se interpreten nuevamente. Su voz, sus dichos y ademanes se me revelaron gracias a un buhonero cercano a la estación del metro de Bellas Artes en Caracas. Tenía a la venta un documental sobre Cúa de la serie Pueblos de Venezuela, hecho por Carlos Oteyza en 1978. Víctor Guillermo era uno de los entrevistados. Al verlo, fue un reencuentro, un puente entre el legado y la sangre. Un amor más profundo a lo que cada día es más conocido.

Estos años he buscado recuperar su memoria con la ayuda del mundo digital: su historia, su música, alguna que otra imagen. Tanta invisibilidad y desdén por la figuración, recuerdan un poco ese cuento de Rómulo Gallegos llamado «El piano viejo», que relata la vida de una familia, de unos hermanos, siempre unidos por el silencioso hilo de la hermana mayor, Luisana, la que tenía como misión ser «la paz y la concordia».

El hallazgo de mi abuelo es también una forma de reconocerme en un país construido por tantas mujeres y hombres olvidados por diferentes razones, una de ellas, las muchas crisis que nos agobian. Pero recobrarlos, mantenerlos presentes en todas sus dimensiones, desde el hecho colectivo hasta lo familiar, no solo responde infinidad de preguntas, también llena de luces esa ruta fundamental sobre lo que hemos sido y abre caminos a la inmensidad de posibilidades que tenemos como sociedad.

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