Viajeros del siglo XIX en Venezuela

Velorio de Cruz de Mayo - Göering

Velorio de Cruz de Mayo. Anton Göering. Tomado del Atlas de Tradiciones de Venezuela. Fundación Bigott, 1998. Aparecido originalmente en Von tropischen Tieflande zum ewigen Schnee. Eine malerische Schilderung des schönsten Tropenlandes Venezuela. Leipzig, 1892.

La extraordinaria cotidianidad

Por Guillermo Ramos Flamerich

Comenzaré estas palabras con una evocación muy personal. De niño siempre revisaba el Atlas de Tradiciones de Venezuela (1998) de la Fundación Bigott. Allí conocí de cultores populares, arquitectura local y las fiestas y manifestaciones que acompañan y adornan cada región del país. Cuando llegaba a la sección sobre «La Música Tradicional Venezolana», más allá del texto, quedaba fascinado por un grabado de 1892 sobre los Velorios de Cruz de Mayo.

En el mismo, aparecen tres individuos quienes a punta de furro, maracas y algún cuatro o guitarrilla, ponen a bailar a dos parejas, vestidas a la usanza de los trapos campesinos de la época, vestimentas consideradas actualmente como parte del patrimonio nacional. Otras cuatro personas acompañan la escena, dos a lo lejos, otras dos más cercanas. También son dos las chozas. En la más próxima a nosotros, podemos ver la silueta de un altar, con sus velas y ofrendas a una Cruz de Mayo la cual no es evidente, pero está omnipresente en todo el cuadro. La vegetación es exuberante y distingue un paisaje idílico para cualquier amante de la tierra tropical. Durante mucho tiempo esta sería mi más importante referencia gráfica sobre los Velorios de Cruz en el país y sigue siendo la más antigua que conozco. Solo la sustituiría, o mejor dicho, complementaría, asistir y vivir en pleno este ritual.

Después descubrí que el grabado había sido hecho por un viajero alemán de mediados del siglo XIX llamado Anton Göering (1836-1905), de quien el poeta y geógrafo Pascual Venegas Filardo se preguntaría si era más artista que naturalista, y el cual entregó en sus paisajes «no solo la naturaleza, sino la poesía paisajística de nuestro país»[1].

Es interesante como este registro gráfico se termina convirtiendo en documento y cómo a un venezolano del presente su imaginario sobre sus tradiciones puede ser construido a través de lo que vio un europeo. Una retroalimentación que nos hace reflexionar sobre lo propio, lo cercano y lo ajeno. Lo dice el historiador José Ángel Rodríguez al referirse a los testimonios de extranjeros: «Son ellos una parte vital de nuestro pasado, en particular del siglo XIX, cuyas fuentes históricas están dispersas y existen vacíos de información considerables, sea por la acción del fuego de montoneras y revoluciones sobre el papel en su momento, cuando no por pérdidas posteriores, resultado de otras intervenciones sobre nuestra memoria escrita»[2].

Centrándonos justamente en los mediados del siglo XIX, periodo de contratiempos propios del nacimiento y formación de las repúblicas independientes latinoamericanas, encontramos ciertas características generales que definieron la mirada europea, la cual plasmaron en sus cartas, dibujos y diarios, muchos de ellos publicados en la época, en sus países de origen y en ciudades que constituían el epicentro de la cultura occidental. A diferencia de sus abuelos conquistadores del siglo XVI, estos no llegaban a lo que se pudiera considerar un universo desconocido, propio para que cualquier leyenda o herencia mitológica de la tradición grecolatina[3] y más allá, pudieran hallarse en estos parajes.

El contexto político, histórico y económico era otro. Europa vivía su segunda Revolución Industrial. Las ideas del positivismo y la expansión del imperialismo, creaban en la mentalidad de la época una fascinación por el progreso de la técnica, por describir y medir toda experiencia y por abrir nuevas rutas a los mercados mundiales. Además, si bien las poblaciones latinoamericanas eran subsidiarias de la herencia occidental, estas eran tratadas como periféricas, sirviendo como campo idóneo para sustentar los prejuicios del momento: «También las generalizaciones supuestamente basadas en la observación directa de la sociedad, a menudo producen un diagnóstico distorsionado. Una lectura atenta descubre que no hay tal inmediatez de la observación, sino juicios previamente filtrados por los valores del acervo europeo» [4], como nos explican Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla al tocar este tema sobre la mirada del otro.

Existe entonces una barrera mental. Una torre desde la cual el viajero juzga y compara. No se integra al medio, pero le puede ser propio y lo reconoce en todo aquello que pueda servirle a su concepción de mundo: «la mirada del viajero está codificada en términos de la contraposición “civilización” y “barbarie”, expresada mediante la oposición “yo”/“otro” y “blanco”/”negro”, la imagen también esta codificada en términos del comercio. Lo que el viajero “mira” se convierte en un objeto con un valor para el mercado, y con miras a una explotación capitalista» [5].

Muchos pasaban tan solo una temporada en estas tierras, otros se quedaban por largos años. También existen las diferencias entre los que se interrelacionaban con los habitantes del lugar y los que no perdían su aura de advenedizos. En el mismo trabajo de José Ángel Rodríguez, anteriormente citado, se explica la diferencia entre las experiencias de franceses, ingleses y alemanes. Estos últimos, buscaban aprender el idioma, ser parte activa de la vida social del pueblo o ciudad en la que se encontraban, también sirvieron a la formación del conocimiento científico nacional. Muchos de ellos inspirados por el barón Alexander von Humboldt (1767-1835) (quien a comienzos del siglo había recorrido un buen trecho de la geografía local), buscaban emular sus hazañas, pero las circunstancias terminaban haciendo del viaje una vivencia bastante diferente.

Existen otros casos, como el de la viajera francesa Jenny de Tallenay (c. 1855 – ¿?), quien estuvo en Caracas de 1878 a 1881, debatiéndose en sus Recuerdos de Venezuela (1884) entre su cariño por la tierra, la crítica social y cometiendo graves gazapos en su recuento de la historia local y de los personajes y lugares. Algo muy generalizado entre los viajeros, lo cual se anota ante la mirada actual como datos curiosos, no como imprecisiones fatídicas que puedan deslegitimar al documento.

Lo cierto es que cuando los viajeros regresaban a sus lugares de origen, existía un público ansioso por conocer y vivir estos recorridos. La vida cosmopolita del viejo mundo tenía un mercado propicio no solo para las novelas y ficciones de un Julio Verne y un Emilio Salgari, también para la divulgación científica y para la imaginación de lo real. Allí entran los grabados, litografías y luego las primeras fotos, las cuales hicieron vivir a muchos los pasos de los ríos, de la selva, el contacto con civilizaciones que pudieran considerar en su óptica como «semibárbaras», vinieran estas de la América Latina, de África o Asia.

A nosotros, estos testimonios nos servirán mucho tiempo después, luego de ser traducidos y estudiados, como puntos de encuentro con nuestro pasado nacional. Logrando, en muchos casos, tapar esos baches en los que se extravían la cotidianidad de una sociedad y haciendo evidente lo que de tanto parecernos lo obvio y lo común, lo dejamos pasar sin registrarlo. Resultando, en la mirada del viajero, situaciones fabulosas, aventuras inacabadas y relatos extraordinarios dignos de ser contados y mostrados en todo el orbe.

Referencias

[1] Pascual Venegas Filardo, Viajeros a Venezuela en los Siglos XIX y XX. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1983,  p. 85.

[2] José Ángel Rodríguez, «Viajeros alemanes a Venezuela en el siglo XIX». Se puede revisar este trabajo en el siguiente enlace: http://190.169.94.12/ojs/index.php/rev_ak/article/download/884/813

[3] Sobre este tema y relacionado con Venezuela en específico, se recomienda leer Novus Iason. La tradición grecolatina y la relación del tercer viaje de Cristóbal Colón, del profesor Mariano Nava Contreras. Fondo Editorial Apula, Mérida, 2006.

[4] Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla, La mirada del otro. Caracas, Artesano Editores / Fundación Bigott, 2012,  p. 26.

[5] Santiago Muñoz Arbeláez, «Las imágenes de viajeros en el siglo XIX. El caso de los grabados de Charles Saffray sobre Colombia». Historia y Grafía, número 34, 2010, p. 186.

Deja un comentario

Archivado bajo Libros de Venezuela, pensar a Venezuela, tradición venezolana

Trazar la ruta final

Cambio - Roberto Weil

Estos trazos de Roberto Weil expresan el anhelo de toda Venezuela.

Trazar la ruta final

Por Guillermo Ramos Flamerich

La muerte de Neomar Lander el pasado miércoles nos lleva a tantas preguntas como sentimientos de dolor e impotencia. ¿Cuántas más? Han sido muchas. Demasiadas. Y no solo me refiero a las que han ocurrido en 2017 o las de 2014. Nuestras ciudades están repletas de calles y esquinas que recuerdan a algún fallecido a manos de la violencia propiciada desde el Estado. Solo que por un tiempo fueron invisibles. Siempre resulta más fácil creer salvarse el pellejo con la indiferencia. Pasar agachado para que nada ocurra. Pero esta cosa horrible que vivimos siempre ha sido el accionar de la Revolución de las Miserias. Solo que desde hace un tiempo es mucho más que evidente. Construyeron una red de hamponaje, de cómplices y, creían ellos, que de esclavos. Pero más poderosa ha sido la conciencia democrática y el sentido de supervivencia de quienes se saben ciudadanos y no están dispuestos a claudicar ante nada ni nadie.

El gobierno ha perdido la noción de todo. Para ellos no hay país, solo son un parásito represor que se chupa todos los recursos que puede brindar esta tierra y que sonríe macabramente ante la miseria de los demás. No les importa nada, salvo el hecho de que cuando esto abandone el poder, lo que les espera es tan tenebroso que prefieren arriesgarlo todo. Es como un secuestrador que empieza a picar a su víctima por pedacitos, enseñando que no le teme a matar o a morir.

Mientras tanto, los venezolanos nos debatimos en una extraña cotidianidad, bipolar, agresiva e incierta. Siempre me pregunto, ¿cómo se vivía lo cotidiano durante los grandes conflictos de la humanidad? Siempre existirán momentos para reír, para compartir con la familia y los amigos, pero ese nudo en la garganta llamado situación país, no puede abandonar nuestras mentes y nuestros corazones. Además, el que hoy sea indiferente, solo puede haber perdido todo juicio y humanidad.

Es momento de definiciones. Porque el sistema perverso que tenemos ya está completamente definido. Tiene una bala para cada uno. Lo queramos o no, aquí nadie se salva si esto sigue. Ni tú, ni yo. Este momento lo es todo. Y si alguien viene con la cantaleta de que eso se dice todos los años, solo que vea a su alrededor. El siguiente paso unitario debe ser trazar las líneas de una ruta final. El final de esta tiranía, claro está. Y el comienzo de la Venezuela que está en nosotros. Suena difícil decir eso, accionar eso, pero las cosas se deben decir. El verbo construye realidades y el verbo, el pensamiento y la acción deben ser la tríada de toda lucha que se busque exitosa.

Ellos ya desafiaron con la fecha del 30 de julio. Son unas elecciones ilegales y chucutas que nadie se las cree. Pero allí están. El fantasma de la Constituyente nos acecha. Debemos impedir que esto ocurra y que ese logro sea otro hito de lo que se está por conquistar. La lucha cívica en las calles sí ha ido fracturando al régimen, pero siempre hay que seguir innovando. Si nos quedamos en el aparato, serán más los Neomar y más alejados los días de las definiciones.

Los actuales esfuerzos de resistencia contra la dictadura son innumerables. Desde activistas culturales, deportistas, apoyos internacionales, los constantes marchantes de cada convocatoria… Todo ello se debe articular con un sentido de urgencia y con unos valores claros que se deben repetir hasta el cansancio. ¿Por qué la Democracia? ¿Por qué la Libertad? ¿Por qué la solidaridad entre venezolanos? ¿Por qué la equidad? ¿Cómo se debe dar la reconciliación? No deben ser simples adornos conceptuales, sino las premisas de la hoja de ruta. En eso la dirigencia política tiene un gran compromiso, no solo ser reactivos, sino también ser reflexivos y pedagógicos. Pensar para actuar y aprender de ello.

Si la resistencia pacífica es para quebrar los pilares del régimen, también se deben seguir fomentando los puentes para que la estructura media de lo que hoy conforma la administración pública, pueda cruzar sin miedo desde el punto del oscuro presente a un futuro que se está por construir. Lleno de inquietudes pero siempre mejor que esto que tenemos. La lucha democrática es de todos, no de individualidades. Eso lo ha ido asimilando la sociedad y en esto todos estamos incluidos. Todos.

El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana; con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones.

Ese es el preámbulo de la Constitución de Venezuela. El gobierno hace rato que rompió y se burló de ese pacto. Cuando alguien pretende enterrar nuestros fundamentos como nación, la respuesta siempre será la rebeldía y el desconocimiento.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 16 de junio de 2017

 

Les comparto este video que hice para Instagram. Hay que seguir y resistir:

Deja un comentario

Archivado bajo Opinión, pensar a Venezuela

Sobre Los días de Cipriano Castro; Mariano Picón Salas (1953)

los-dias-de-cipriano-castro

Los días de Cipriano Castro se convirtió muy pronto en un bestseller nacional, vendiéndose 1000 ejemplares en tan solo 48 horas, un récord en la Caracas de ese entonces.

Sobre Los días de Cipriano Castro

Por Guillermo Ramos Flamerich

La presente publicación es un extracto del trabajo final entregado para la Cátedra de Historiografía en el semestre de nivelación de la Maestría en Historia de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas:

En una foto de 1955 de autor desconocido, Mariano Picón Salas aparece rodeado a su derecha por un Arturo Uslar Pietri reflexivo y de brazos cruzados; a su izquierda, por Miguel Acosta Saignes, con los ojos cerrados, en pose meditativa. Mientras tanto, don Mariano está sumido en la lectura ante un viejo micrófono de condensador. El escenario es la Universidad Central de Venezuela, durante el ciclo de foros preparados por la Facultad de Filosofía y Letras, en los que participarían no solo los ya mencionados, también los acompañarían intelectuales como Augusto Mijares, Isaac J. Pardo, Ángel Rosenblat, Pedro Grases, entre otros. Acosta Saignes calificaría todas estas charlas como «una especie de revulsivo»[1] contra la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la cual ya ejercía con total plenitud desde hacía más de dos años.

Un año antes, en 1954, Picón Salas había compartido escenario con Uslar Pietri al recaer en ambos el Premio Nacional de Literatura. Uslar por una colección de ensayos titulada como la comedia de Aristófanes: Las nubes; Picón Salas, por su parte, con una obra polémica, de historia reciente, la de comienzos del siglo XX venezolano, donde contaba la vida de un país a través de las horas de un hombre que había marcado no solo los años en que le tocó gobernar, sino que había dejado puerta franca para las transformaciones que los venezolanos de mediados de siglo seguían viviendo y padeciendo. Muchos tomaron el libro como un guiño al presente, nuevamente colmado por la censura y las conversaciones a voz baja y con velo.

Utilizando nuevamente la frase del antropólogo Acosta Saignes, este libro podía ser visto como otro revulsivo contra el autoritarismo, esta vez envuelto en las artes de un prosista que salió de Mérida para estar errante por el mundo. Fueron justamente esos años de la década militar en los que viviría por más largo tiempo en Venezuela desde su autoexilio en Chile cuando apenas contaba con 22 años. Pero para conocer el pulso de la época, es válida la reflexión que hace el historiador Ramón J. Velásquez en 1954 en un prólogo a la edición de los escritos del general Antonio Paredes, sobre el ascenso de Cipriano Castro al poder[2]:

La aparición del libro «LOS DÍAS DE CIPRIANO CASTRO» de Mariano Picón-Salas constituyó un acontecimiento nacional. En menos de una quincena se agotó la primera edición de la obra. Los lectores tomaron beligerante posición frente a las afirmaciones y a las pinturas que con su inimitable estilo y extraordinario talento había realizado el gran escritor. A muchos disgustó el tono de sutil ironía que empleó al retratar figuras y episodios de la turbulenta Venezuela de comienzos del siglo. Se llegó a discutir acerca de los méritos literarios del libro y se examinaron con lupa y telescopio las intenciones entrelíneas. Gentes hubo que quisieron ver en las páginas dedicadas a relatar la marcha de Castro hacia el Capitolio y en la crónica de los días del bloqueo, una nueva y hábil exaltación del caudillismo. Y también quienes, utilizando las mismas páginas y los mismos párrafos, descubrieron en el escritor andino, una marcada tendencia antiandinista, un disolvente propósito de burla. Algunos reclamaron a Picón Salas el no haber destacado con mejores trazos las firmes actitudes nacionalistas de Don Cipriano, al propio tiempo que concedía demasiada extensión al cuento de sus andanzas donjuanescas y de sus salidas de mal gusto. Pero la mayoría estuvo de acuerdo en que la apasionante narración de Picón Salas era el fiel reflejo de cuanto para bien y para mal de Venezuela, ocurrió en aquellos lejanos días. Y que las culpas no eran del historiador, sino de los héroes.

En otra parte de ese mismo prólogo, Velásquez afirma que Picón Salas había «logrado actualizar el tema de Castro y el castrismo». Como una nueva moda, muchos hechos del pasado van logrando acaparar la atención de quienes no pudieron vivirlo a plenitud. Y la pátina del tiempo, formada en los recuerdos de dolientes y defensores que podían permanecer vivos, la reviste ahora el lustre de investigadores e historiadores que ven más allá de la anécdota y buscan en las profundidades de periódicos, documentos oficiales, libros y archivos, las pistas para reencontrarnos con nuestro imaginario como nación.

Sobre la figura y tiempos de Cipriano Castro para la época de publicación de la obra de Picón Salas, los libros existentes van desde los testimonios, hasta las historias panfletarias y la ficción. Bien se puede nombrar a Pío Gil con su novela El Cabito (1917), donde toda la atención se centra en la lujuria desmedida del tirano; las Memorias de un venezolano de la decadencia (1927), de José Rafael Pocaterra, en la que dedica su primera parte a denunciar a Castro; o Bajo la tiranía de Cipriano Castro (1952), de Carlos Brandt, en el cual la historia es solo el hilo conductor de las acusaciones que hace el autor. Mención especial para El hombre de la levita gris (1943), de Enrique Bernardo Núñez, quien busca un análisis sistemático del contexto país y la biografía del hombre, formada por la narración de los hechos cotidianos con «carácter periodístico y el sentido de informar», tal como refiere la investigadora Irene Rodríguez Gallad en el prólogo a la edición de 1991[3]

los-dias-de-cipriano-castro-tipografia-garrido

«En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio», Mariano Picón Salas en correspondencia al escritor mexicano Alfonso Reyes.

Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900) fue impreso por la Compañía Anónima Tipografía Garrido el 8 de diciembre de 1953. Once días antes de cumplirse el aniversario número cuarenta y cinco de la salida del poder de Castro gracias a la patada histórica de su incondicional, el compadre Juan Vicente Gómez. La edición consta de 340 páginas divididas en 19 capítulos y adornada con 12 imágenes repartidas a lo largo del libro y como portada la ilustración de un Cipriano convaleciente, en una mecedora, con semblante de sereno enfermo que te invita a escuchar su historia. Este libro es la quinta aventura biográfica que realiza Picón Salas. La primera de ellas, muy sucinta, un retrato, como él mismo la calificaría, de su amigo recién fallecido: Alberto Adriani en 1936. Continuaría con el periplo y drama de Francisco de Miranda (1946), con el cual había convivido largas horas, revisando los «papeles enigmáticos que se conservan en su archivo» y al cual consideraba un personaje stendhaliano[4]; y la de San Pedro Claver (1949), como consecuencia de su estancia diplomática en Colombia. Así como una breve síntesis de la vida de Simón Rodríguez ese mismo año de 1953 y publicada por la Fundación Eugenio Mendoza.

Fueron mil los ejemplares sobre don Cipriano que se vendieron en tan solo 48 horas, batiendo récord de ventas y convirtiéndose en un bestseller nacional. Muy pronto pasaría a formar parte de los clásicos históricos de nuestras letras. A pesar de eso, por los momentos esa primera edición no es de agrado del autor, así se lo comentará en una carta a su amigo, el escritor mexicano, Alfonso Reyes[5]: «En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio».

Pronto aparecerá una segunda edición del libro en 1955 gracias a la Editorial Nueva Segovia, radicada en la ciudad de Barquisimeto y a finales de la década será incluido en la colección del Primer Festival del Libro Venezolano (1958); lo continuarán la edición de la Academia Nacional de la Historia (1986); la edición conmemorativa en conjunto con otras obras biográficas que escribiera el autor, publicada por la Presidencia de Venezuela en 1987; una de la colección El Dorado de Monte Ávila Editores (1991) y la más reciente es de 2011, de la mano de Bid & co editor.

De la edición de 1991 extraemos esta síntesis que hiciera el escritor Karl Krispin en su prólogo a la obra[6]:

En Picón la historia se recurre, se conjuga como una necesidad intelectual a quien el peso específico de la sucesión de hechos de un país constriñe como un deber de reafirmar una especificidad y un carácter nacionales. (…) En Picón parte de lo que fue su día a día como creador fue esa Venezuela que palpita como capítulo esencial de reconocimientos. Es ese rompecabezas armado para convertirlo en espejo. Doble reflejo: el de nosotros mismos y el del país como totalidad vinculante.

Una historia política que se puede leer como una novela de aventuras, la califica el historiador y escritor Rafael Arráiz Lucca[7]. Ciertamente la publicación de esta biografía marca un hito importante en la carrera literaria de Picón Salas, ya reconocido como pedagogo, intelectual y escritor en Venezuela y parte del continente americano. Los días de Cipriano Castro se convierte en uno de sus libros fundamentales y si De la conquista a la Independencia, publicada en México en 1944, le abre una ventana al exterior como libro de texto para los que desean descubrir los devenires de la América hispana, esta historia venezolana del 1900 será un canal de comunicación directa con sus connacionales.

Será en ese mismo 1955, en la misma universidad y la misma Facultad de Filosofía y Letras, la que le otorgue el Doctorado Honoris Causa junto con el historiador Augusto Mijares. Era el 1 de noviembre y en la fotografía que se guarda de aquella ocasión, Picón Salas aparece sonriente, de toga y birrete, al lado de un Mijares menos efusivo y casi de perfil. Los cincuenta serían unos años para don Mariano de consolidación, madurez y de un prestigio que podía sobrepasar cualquier mala jugada de la dictadura militar. Pronto Pérez Jiménez se iría casi que con la década y el merideño tendría nuevos compromisos de pensamiento y acción. Los días de Cipriano Castro se convertiría en su última y más larga obra biográfica, lo siguiente sería una historia más íntima, personal, así como reflexiones sobre la actualidad.

Referencias

  • [1] Rafael Pineda, Iconografía de Mariano Picón Salas. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 178.
  • [2] Ramón J. Velásquez, «Antonio Paredes y su tiempo: Los días de Cipriano Castro» (Prólogo) a Cómo llegó Cipriano Castro al poder de Antonio Paredes, Caracas, Tipografía Garrido, 1954, pp. VII-VIII.
  • [3] Irene Rodríguez Gallad, «Prólogo» a El hombre de la levita gris de Enrique Bernardo Núñez, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 7.
  • [4] Mariano Picón Salas, Miranda. Caracas, Monte Ávila Editores, 1997, p. 23.
  • [5] Gregory Zambrano, Odiseo sin reposo. Mariano Picón Salas y Alfonso Reyes (Correspondencia 1927-1959), México, Universidad Autónoma de Nuevo León – Universidad de Los Andes, 2007, p.138.
  • [6]Karl Krispin, «Prólogo» a Los días de Cipriano Castro de Mariano Picón Salas, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 22.
  • [7] Rafael Arráiz Lucca, «Mariano Picón Salas y la historia venezolana» en Rafael Arráiz Lucca y Carlos Hernández Delfino (compiladores), 25 intelectuales en la historia de Venezuela. Caracas, Fundación Bancaribe, 2015, p. 321.

Deja un comentario

Archivado bajo Historia de Venezuela, Libros de Venezuela, Mariano Picón Salas, pensar a Venezuela, perfiles, tradición venezolana

Perfiles: Gilber Caro

img_4944

El diputado Gilber Caro y Guillermo Ramos Flamerich (Salón Francisco de Miranda, Palacio Federal Legislativo, 7 de enero de 2016).

Gilber Caro

Por Guillermo Ramos Flamerich

Dice Simón Díaz en su Caballo Viejo que «después de esta vida, no hay otra oportunidad». Pero mientras estemos vivos siempre existirán nuevas oportunidades, mejores maneras de hacer las cosas y de renovar la fe como individuos, también como nación. La historia de Gilber Caro está fundamentada en una segunda oportunidad. Llevo más de seis años conociéndolo y en ese tiempo hemos podido compartir conversaciones y momentos estelares, de esos que quedan siempre en la memoria y te llevan a reflexionar.

Él estuvo diez años preso, eso nunca lo ha ocultado, más bien ha sido su carta de presentación y de superación. Cuando le preguntaba sobre cómo lo agarraron, respondía: «Terminé pagando por ser como Shakira: ciego, sordo y mudo. Por no delatar, terminé pagando condena». Después se explayaba al detalle y te llevaba casi a vivir una película de aventuras por los sitios en los que estuvo recluido: Yare, El Rodeo, el extinto Retén de Catia, en fin, más allá de la anécdota, su vida no se trata del pasado, sino de cómo ese pasado moldeó su presente y lo llevó a convertirse en un líder comunitario.

Ser un expresidiario en todas partes del mundo es un estigma. En Venezuela, aun más. Se les excluye por haber delinquido, pero buena parte del origen de esos delitos se encuentran en la exclusión de la que han sido objeto. ¿Y es que acaso marginando a alguien, despreciándolo, estamos mejorando nuestra sociedad? Mucho de lo que hoy vivimos recae en la doble moral de convertirnos en jueces implacables, perfectos e impolutos. Mientras, el país se cae a pedazos por no asumir culpas ni brindar una oportunidad al otro, por no brindar opciones y solo mirar de reojo a quienes no lucen ni piensan como nosotros. A pesar de todo eso, Gilber pudo reinsertarse a través de su fundación Liberados en Marcha, lo que luego lo llevó a la acción política en las Redes Penitenciarias y en Voluntad Popular.

A no tantos metros de la cárcel de El Rodeo está el barrio El Milagro, en Guatire. Allí viven muchos familiares de presos y justamente en ese lugar Gilber comenzó su trabajo social, brindando apoyo a las familias, creando equipo, proyectando un centro de acción comunitaria, con herramientas capaces de nutrir a ese nuevo liberado que no sabe qué hacer con su vida. Está también su iniciativa de Santa va a las cárceles, juguetes en épocas decembrinas a todos esos hijos de presos que requieren una sonrisa, un abrazo, ante una vida muchas veces más fuerte que cualquier pesadilla.

Y así siguió evolucionando, como conferencista, como dirigente político. Aprendiendo de leyes para presentar mejoras claras al sistema penitenciario. Y así llegó a ser diputado suplente del estado Miranda, justamente por el Circuito 4, allá donde está El Milagro. Recuerdo su mirada brillante, su atuendo semiformal, asistiendo al Palacio Federal Legislativo los primeros días de enero de 2016. Era el mismo Gilber del que por primera vez escuché en un evento llamado Zoom Democrático; el mismo con el que vi clases en el IESA, en el programa Lidera de la Fundación Futuro Presente. El mismo que sentía orgullo de las vueltas que había dado su vida.

Mientras escribo estas líneas –el miércoles 11 de enero– Gilber yace detenido arbitrariamente por el SEBIN (policía política venezolana). El Vicepresidente lo acusa de terrorismo y conspiración. Saca a colación todo su pasado como justificativo de su detención. ¡Qué burla tan grande! ¿Este es el gobierno que dice tener una profunda conciencia social y que construye un país más justo y de oportunidades? Esta Revolución de las Miserias solo es la peor cara de nosotros, mientras que Gilber es el rostro de las posibilidades, de las mejores posibilidades que tenemos como país.

Lo detienen por ser parte de Voluntad Popular, por su lucha en defensa de la democracia y la liberación de todos los presos políticos. Lo detienen por considerarlo débil. Y eso es lo que pasa cuando una justicia no es justa, siempre destroza al más débil en beneficio de los poderosos, de los saqueadores de esta hermosa pero apuñalada Venezuela.

¿Qué podemos hacer? Esa es una decisión muy personal. Pero esto no es una película de la que nos estremecemos, pero somos solo simples espectadores. Tenemos que ser los protagonistas del cambio, de la organización ciudadana, democrática. Con fuerza, con tanta indignación como ánimo, no dejemos que todas las oportunidades sean perdidas ni que este sacrificio que estamos viviendo como sociedad sea en vano. Hoy nos toca decir unidos #LiberenAGilber.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 13 de enero de 2017

Deja un comentario

Archivado bajo Opinión, pensar a Venezuela, perfiles

#AniversarioUCV: Orígenes del Himno Universitario; por Luis Pastori

aula-magna-ucv

Con motivo de un nuevo aniversario de la Universidad Central de Venezuela,  comparto este texto del poeta Luis Pastori (1921-2013), aparecido en la Revista Universitaria (Caracas, Nos. XXXV-XXXVI, enero-abril de 1953) y compilado por el historiador Ildefonso Leal (1932-2015) en el Apéndice Documental de su Historia de la UCV (1981)

Orígenes del Himno Universitario

Por Luis Pastori, coautor del Himno Universitario 

Israel Peña, en su doble condición de amigo y Director de Cultura me ha exigido —casi con imperativo modo cordial— sea yo, en mi condición de coautor, quien escriba sobre idea, origen y trayectoria del Himno Universitario, precisamente ahora cuando la prematura muerte de Tomás Alfaro Calatrava lo actualiza trágicamente. En efecto, la letra del himno la escribimos Alfaro y yo a mediados de abril de 1946, para que el veredicto firmado por Rafael Pizani, Juan Oropesa y F.S. Angulo Ariza nos favoreciera con el premio, en junio del mismo año, y Evencio Castellanos escribiera su música en abril de 1947.

Discurrían entonces las mejores épocas estudiantiles. La resurrección del espíritu deportivo y John filosófico de la Universidad comienza a suscitarse efectivamente allá por 1944. Antes, desde el 40, los elementos para este clímax cultural se van juntando espontánea y lentamente: primero, es la presentación conjunta de la muestra productiva de algunos poetas que apenas llegan de provincia; luego, vienen las diarias reuniones en la esquina de San Francisco, con su charla literaria acostumbrada y su imprescindible chiste oportuno, los cuales se duplican de noche en la Plaza Bolívar o en el Parque Carabobo.

Paralela a esta actitud permanente de la clase dirigente estudiantil por los problemas de la cultura, adentro surge un afán de ponerle a ello escenario o campo apropiado. Así nacen la Dirección de Cultura Universitaria, el Centro Universitario de Cultura Francesa, la Secretaría de Reivindicaciones estudiantiles de OBE, la revista Ámbito (después de las apariciones de los periódicos Acción Estudiantil y CED). También se fundan la Dirección de Deportes y el Orfeón, magnífico conjunto que bien pronto va a acreditarse como uno de los primeros de Venezuela. El 23 de junio de 1945 se inician las actividades del Teatro Universitario, tocándome la honra de pronunciar el discurso de inauguración con motivo del estreno de la primera obra teatral: La vida es Sueño, de Calderón de la Barca. El acto constituyó un éxito sin precedentes y el público se encaramó materialmente hasta en los balcones de las aulas de Derecho que para entonces daban al Teatro, aún no concluido. Dirigió Luis Peraza y actuaron el inolvidable dueto de Francisco Zapata Luigi y Raúl Reyes Zumeta, Mercedes Sanz y Matilde Ganímez, hoy todos profesionales de Derecho, Medicina o Farmacia.

El primero de abril de 1946 se dictaron las bases para el concurso de la letra del Himno Universitario. Pedí hace en ellas el tema fuera enalteciendo el Alma Máter y que los versos integrarán un coro y cuatro estrofas.

Al poeta Alfaro Calatrava y a mí nos unieron siempre los vínculos de idéntica línea poética y estrecha camaradería. Desde que nos encontramos por primera vez en la Universidad el año 40, la amistad nos fue juntando cada vez más. Habíamos escrito al tubo en muchas ocasiones festivas y, hasta en serio, publicamos en la página literaria de El Nacional, correspondiente al domingo 17 de octubre de 1943, dos sonetos dedicados al poeta José Ramón Heredia, en cuyos versos creo resulta difícil para cualquiera identificar la poesía de Alfaro o la mía.

Se trataba esta vez, pues, el máximo galardón espiritual que podía obtenerse durante el tránsito universitario. Y entre nosotros —donde nunca hubo egoísmos ni pequeñeces— existió un como tácito acuerdo de ir juntos a la contienda y dividir carnalmente los presuntos honores del triunfo. Sin hablar mucho, sin muchas transacciones, acordamos reunirnos y elaborar la letra a dúo, como tantas obras que habíamos hecho para impugnar las largas exposiciones sociológicas de Cristóbal Benítez, o alabar la voz de alguna inexistente novia que mortificara por teléfono a Italo Novellino, O para cualquiera otra de aquellas situaciones que se refirió Gustavo Díaz Solís en uno de sus agradables «Cajones de Sastre» en el Papel Literario.

Nos reunimos en la casa que habitaba el poeta Alfaro en El Conde. De antemano, habíamos hablado sobre el metro que más convenía para adaptarle música de himno. Con la experiencia que me daba el haber escrito algunas letras a músicas populares cuya partitura ya existía, le propuse en decasílabo con a sonantes agudos, considerando que sería el metro más propicio para la situación contraria de adaptarle esta vez la música a la letra.

Cuando llegué a su casa, Tomás tenía ya dos versos escritos que sirvieron de punto de partida para la elaboración:

Alma Máter, abierto Cabildo

donde el pueblo redime su voz.

Inventándole una música Marcial, las estrofas sonaron bien. Yo hacía que cantaba, mientras tomas dirigía con el lápiz la letra que yo iba completando:

Nuestro pueblo de amable destino

como el tuyo, empinado hacia Dios.

Después vino la corrección conjunta de otros proyectos de estrofas que también tenía listos el poeta:

Libre viento que ronda y agita

con antiguo, desnudó clamor,

nuestra sangre de gesta cumplida,

nuestras manos tendidas al sol.

El universitario en función social. A las críticas cordiales que me suscitaron entonces sobre si envolvía o no pesimismo incongruente el verso: «nuestra gente está cumplida», en el sentido de detención brusca de su evolución intemporal, contestamos que esa era una mera referencia al papel jugado por el universitario al lado de José Félix Ribas en La Victoria —noción histórica simple— pero que el verso siguiente: «nuestras manos tendidas al sol», creaba de nuevo la idea de expectativa presente delante de la solución de mejoramiento futuro del país. Que estábamos dentro, en el aula, con la tradición de la «gesta cumplida» en 1814, y sin embargo atentos, «con las manos al sol» de la calle, frente al estudio de los problemas que la patria pudiera confrontar.

Esto no envolvía, empero, pura y simplemente, el stand de batido problema político. Más ampliamente, la relación de nación y estudiante, podría verse en función del profesional: el médico recién graduado que va a ejercer sus primeras armas en medios apartados, donde las epidemias y la carencia de recursos hacen doble la necesidad de su presencia; El economista que va a hacer el planteamiento teórico-científico de la defensa de nuestras reservas y riquezas; el químico, farmacéutica, el ingeniero, todos con las manos tendidas hacia el deber como que entraña la construcción efectiva y responsable de nuestra nacionalidad.

Tomás Alfaro Calatrava —ya lo he afirmado otras veces—, además de poeta insigne, fue hombre y ciudadano ejemplar. Ciudadano y hombre de su tiempo, frente a los complejos fenómenos sociales de la época, dejó encerrado siempre en casa, en su torre de marfil, al gran lírico que es hoy honor de Venezuela desde su brusca ausencia inesperada.

Porque esa estrofa del Himno Universitario le define cabalmente: A la patria se la canta y se la sueña como a una dulce madre de sufridas tienes, en el mundo interior y eterno de la conciencia, pero también se la busca por las calles con la mano del hombre, con la voz del estudiante, con el servicio del profesional. Tradición y futuro confluentes en el solo remanso de su vigencia presente, en donde él —como todos sus hijos— estará siempre con las manos al sol, y entras al fondo de la gran biografía espiritual de Venezuela, Como marco romántico, el grupo y sarro de voces inicia una vez más emocionado coro:

Campesino que estás en la tierra

marinero que estás en el mar

miliciano que vas a la guerra

con un canto infinito de paz,

nuestro mundo de azules boinas

os invita su voz a escuchar:

—Empujad hacia el alma la vida, en mensaje de marcha triunfal.

 Caracas, marzo de 1953.

Deja un comentario

Archivado bajo pensar a Venezuela

Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

victor-guillermo-ramos-rangel-por-reinaldo-colmenares

Víctor Guillermo Ramos Rangel nació en Cúa, estado Miranda, el 10 de febrero de 1911. Entre sus obras se encuentran la sinfonía Lo eterno y los coros: La maravilla (Aprended flores de mi), A José María España y Bambú de caña batiente. Este es el retrato hecho por Reinaldo Colmenares al que se hace mención en el texto.

Víctor Guillermo Ramos o la memoria recobrada

Por Guillermo Ramos Flamerich

El 10 de diciembre de 1986 falleció en Caracas el músico Víctor Guillermo Ramos Rangel. De eso hace ya treinta años. Era mi abuelo paterno, al que nunca conocí. Las primeras referencias que tengo de él son aquellas relacionadas con mi nombre, un homenaje a su memoria. También sobre su erudición, los idiomas que hablaba, la cantidad de libros que dejó en sus casas de Cúa en los Valles del Tuy y de Coche en Caracas. El absoluto silencio que pedía cuando en su tocadiscos sonaba una ópera, alguna sinfonía. El escándalo que representó la entrada en su hogar de un LP de música bailable comprado no sé si por uno de mis tíos o mi papá.

Pero lo que quedó más grabado en mi temprana memoria fueron dos cosas: las firmas que con las iniciales de VGR dejaba en sus libros. Ese sí que tenía cantidad de libros, muchos ya comidos por la polilla, los sobrevivientes son parte de mi colección la cual considero doblemente valiosa, por los años de las ediciones y la carga sentimental. El otro recuerdo tiene que ver con un retrato hecho por el artista, prematuramente fallecido, Reinaldo Colmenares. La fecha es del 4 de julio de 1980 y estaba colocado en la quinta Apamate, en Cúa, al lado de uno del maestro Vicente Emilio Sojo. Fue la primera imagen a color que tuve de mi abuelo, además se veía en su plena adultez, con los ojos aguarapados y un corbatín blanco. Luego descubriría que la obra se basa en una foto de principios de los años sesenta y que la alegría de su semblante se debe a que estaba próximo a ejecutar el instrumento que durante décadas desempeñó en la Orquesta Sinfónica Venezuela: el fagot.

La curiosidad siguió aumentando. ¿Qué clase de músico era? ¿Cómo suena un fagot? Cuando alguien me dijo que de ese instrumento salían las resonancias graves de El Aprendiz de Brujo de Dukas, pieza popularizada por Walt Disney en Fantasía (1940), con un Mickey Mouse holgazán como delirante, me hacía sentir que mi abuelo ejecutaba algo importante. Después descubrí que fue alumno de Vicente Emilio Sojo, el viejo del otro cuadro, pero ¿quién era ese Sojo? La gran figura precursora de una generación de músicos dispuestos a integrar las tendencias universales con lo más local de estas tierras.

El joven Víctor Guillermo lo había acompañado a compilar, en los pueblitos de la todavía rural Venezuela, decenas de canciones del folklore; estuvo en la construcción de la incipiente Sinfónica Venezuela y del Orfeón Lamas. Vi sus fotos con Antonio Lauro, Evencio Castellanos y Antonio Estévez, los recorridos por América Latina, sus viajes a Europa y la enmarcada suscripción al club de lectura de la revista  National Geographic.

Pero más allá de sus cosas personales, no dejó rastro de archivo. Era una incógnita que fue revelada al enterarme de su absoluta timidez. Cuenta mi abuela que rehuía a eventos sociales, se escondía entre los instrumentos para no salir en las fotos de la orquesta; prefería lo apacible de la docencia la cual ejerció, por más de treinta años, en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. En la casa familiar no estaban sus partituras y el disco con su obra La Maravilla, también se encontraba perdido. Todo eso lo fui descubriendo poco a poco, investigando en todas las publicaciones donde pudiera aparecer su nombre. Reuniendo piezas para tener una, todavía muy sucinta, biografía. Armando el rompecabezas de mis orígenes.

Cuando encontré la grabación de La Maravilla fue emocionante, mi padre nunca la había escuchado, mi abuela la comenzó a cantar a capela. ¡Qué acontecimiento! Así mismo al recuperar en bibliotecas especializadas parte de sus partituras, queda la convicción de conseguir que se interpreten nuevamente. Su voz, sus dichos y ademanes se me revelaron gracias a un buhonero cercano a la estación del metro de Bellas Artes en Caracas. Tenía a la venta un documental sobre Cúa de la serie Pueblos de Venezuela, hecho por Carlos Oteyza en 1978. Víctor Guillermo era uno de los entrevistados. Al verlo, fue un reencuentro, un puente entre el legado y la sangre. Un amor más profundo a lo que cada día es más conocido.

Estos años he buscado recuperar su memoria con la ayuda del mundo digital: su historia, su música, alguna que otra imagen. Tanta invisibilidad y desdén por la figuración, recuerdan un poco ese cuento de Rómulo Gallegos llamado «El piano viejo», que relata la vida de una familia, de unos hermanos, siempre unidos por el silencioso hilo de la hermana mayor, Luisana, la que tenía como misión ser «la paz y la concordia».

El hallazgo de mi abuelo es también una forma de reconocerme en un país construido por tantas mujeres y hombres olvidados por diferentes razones, una de ellas, las muchas crisis que nos agobian. Pero recobrarlos, mantenerlos presentes en todas sus dimensiones, desde el hecho colectivo hasta lo familiar, no solo responde infinidad de preguntas, también llena de luces esa ruta fundamental sobre lo que hemos sido y abre caminos a la inmensidad de posibilidades que tenemos como sociedad.

1 comentario

Archivado bajo pensar a Venezuela, perfiles, tradición venezolana