Armando Scannone, el país en la mesa

Carrera Damas, Scannone y Ramos Flamerich (2017)

Armando Scannone, Germán Carrera Damas y Guillermo Ramos Flamerich.

El país en la mesa

Por Guillermo Ramos Flamerich

Caracas es también su luz. La manera como el Ávila juega con ella y va haciendo de cada matiz una nueva ciudad. Característica fundamental, lo es más aún si la vista de ese paisaje ocurre junto a Armando Scannone en su hogar. En tarde de sábado y entre las típicas pero imperdibles preguntas sobre gastronomía y sus libros de cocina, se cuelan historias del pasado reciente de un país que pareciera ser tan lejano como extraño.

Es regresar a los ochenta, cuando el libro rojo de don Armando: Mi Cocina a la manera de Caracas, apenas tenía un año de publicado; 1 kilo de pavo costaba 10,95 Bs.; uno de mero 22 Bs. y 1 kilo de jamón de pierna de primera 29,95 Bs. Una época donde restaurantes como El GazeboChez Antoine y El Parque, se encontraban entre los más populares.

Así que con la conversa retornamos a 1983, año de las inauguraciones del Metro de Caracas, el Teatro Teresa Carreño, los Juegos Panamericanos y el bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar. Pero fue también el año del Viernes Negro, aquel 18 de febrero donde los venezolanos amanecieron con la resaca que siguió a la borrachera de los petrodólares. Gobernaba Luis Herrera Campins, del partido socialcristiano COPEI y en pocos meses serían las elecciones presidenciales. El Expresidente Rafael Caldera era el candidato del partido de gobierno y aunque le tocaba «remontar la cuesta», como él mismo había dicho, la impopularidad gubernamental era muy grande, por eso toda ocasión era propicia para llevar adelante su campaña.

Don Armando y veinte amigos cercanos se propusieron hacerle una donación al candidato. Recolectaron 200.000 Bs. y la entrega formal del cheque se haría durante un almuerzo en la terraza de su residencia. Ya todo estaba planeado.

Entonces se presentó una circunstancia inesperada.

En una ocasión el presidente Herrera Campins le había dicho a don Armando: «A ver cuándo se puede probar esa comida suya que dicen que es muy buena».

A lo que don Armando respondió: «¡Cómo no, Presidente! Cuando usted quiera y el día que usted disponga y tenga espacio disponible para ir a almorzar o cenar en casa».

Scannone y Ramos Flamerich

Armando Scannone y Guillermo Ramos Flamerich.

Pasado el tiempo, no se habló más del tema. Pocos días antes del agasajo a Caldera, Armando Scannone recibió una llamada del Palacio de Miraflores. Era la secretaria del Presidente, quien le avisó que el mandatario podía ir a cenar. Resultó que la fecha que le había pautado era la misma en la que ocurriría el almuerzo para el candidato, y era de conocimiento público que la relación Caldera-Herrera no era óptima ni pasaba por el mejor momento.

Respondió de manera afirmativa y empezó a organizar en su casa dos tandas diferentes: varió el menú para cada ocasión, cambió mesas y sillas y esperó que no chocasen los encuentros. Todo un reto.

El relato pasa por su momento cumbre, pero tenemos que regresar al presente ya que a la conversa sabatina se une el historiador Germán Carrera Damas, quien llega a saludar a ese viejo amigo. Por lo pronto, queda escuchar lo que comentan los dos maestros sobre la actualidad política y la historia contemporánea. Justo allí, don Armando retoma el cuento de las dos comidas.

El almuerzo a Caldera fue para 52 invitados, y aunque no recuerda el menú, sí dice que para las cinco de la tarde todo había finalizado correctamente. Eso quiere decir que el candidato y el Presidente no se encontraron. Para la cena, eran 24 los comensales. La entrada sería una pasta con trufas blancas. «Era la época en que siempre importaba trufas blancas de Alba, en el norte de Italia, y era un gusto que me quería dar», rememora.

Pero cuando todo estaba ya listo, pensó que esa gracia podía convertírsele en morisqueta: «La trufa tiene la particularidad de que es un alimento que para el que nunca la ha olido, le huele mal. Es un aroma muy fuerte y muy característico. Con la trufa uno come aroma».

¿Y si no es del agrado del Presidente de la República? ¿Qué podía saber de trufas blancas un personaje caracterizado por sus refranes y lenguaje popular?, eran las preguntas que internamente se hacía don Armando. Era puro nervios.

«Fue un gesto muy audaz de tu parte», le responde Carrera Damas, con interés en la narración.

Pero la gota fría duró poco. Al comenzar la cena, con Luis Herrera a su lado, don Armando tuvo una gratificante sorpresa. El Presidente no solo sabía que estaba comiendo trufas, sino que conocía de gastronomía: «Era muy cosmopolita. No era de cultura cerrada, ni provinciano ni mucho menos».

«De mi mismo grupo: un glotón ilustrado», le atina Carrera Damas y suma a la tertulia el recuerdo de una reunión de un grupo de historiadores con el Presidente en La Casona: «Luis Herrera cuando vio que el mesonero con la bandeja de tequeños estaba por irse, le dijo: “Usted no se mueva de aquí”».

¿Y tiene torontos allí? Le preguntó don Armando al Presidente, a lo que él contestó: «Si supiera que eso es algo que me inventaron…».

Es una anécdota tan sencilla como simpática, una remembranza de ese país que con sus contratiempos y sobresaltos, podía sentarse en la mesa a comer y conversar. La tarde junto al Ávila se despedía de la Quinta Santa Fe. El pasado no solo sirve como recuerdo, también es una garantía de que todo no está perdido en el futuro.

Verbigracia de El Universal. Sábado 19 de agosto de 2017

Suplemento «Verbigracia» de El Universal. Sábado 19 de agosto de 2017.

*Publicado originalmente en el suplemento Verbigracia de El Universal, el sábado 19 de agosto de 2017

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Elogio de Dilia Díaz Cisneros

Guillermo Ramos Flamerich y Dilia Díaz Cisneros

Guillermo Ramos Flamerich y su abuela, Dilia Elena Díaz Cisneros, la «Eli» (1925-2017).

Botella al mar de los cielos

Por Guillermo Ramos Flamerich

I

Una noche de julio o agosto de 1998, nos encontrábamos mi papá (su hijo), mi Eli y yo (su nieto) en la buhardilla de la casa que tenemos en la vía a la Colonia Tovar. Estábamos viendo televisión. El aparato, en pobre señal analógica, presentaba el cuerpo de un venerable anciano fallecido. Era alguna película cuyo nombre no recuerdo ya, pero en mi impresión de niño de siete años, solo podía pensar en que mi abuela era vieja y no quería verla de esa manera, en un ataúd.

La abracé tan fuerte que ella sonrió y entonces eso le dije: «No quiero crecer nunca, quiero ser siempre niño para que tú siempre estés conmigo». A lo que ella respondió: «Tendrás entonces que irte con Peter Pan, porque te toca crecer y ser un hombre de bien». Esa noche no me acuerdo qué soñé, pero siempre que regreso a ella, tengo la visión panorámica, como si lo estuviera viendo desde lejos, desde el futuro. Ese momento en que observo a esas tres personas hablando y con la televisión encendida, es hoy.

Muchas veces conversamos sobre la muerte. Desde que estaba niño. Mi Eli me decía que no me encariñara con ella, porque ya estaba mayor y entonces yo iba a sufrir mucho cuando partiera. Yo le decía que no, que ella era como la protagonista de esa serie de los ochenta, llamada La Súper Abuela, una que en los noventa todavía transmitía Venezolana de Televisión y yo de vez en cuando veía en su casa. Es que era todavía muy ágil para su edad, siempre activa y con las ganas de pasar conmigo esos momentos que hoy agradezco, los cuales me dan la fuerza para escribir estas líneas.

También me repetía que su mayor deseo era poder verme graduado en la universidad, pero que quizás cuando creciera la iba a dejar de querer, por esas cosas de adolescente o de adulto. Eso último nunca ocurrió. Asimismo me decía que no aspirara para ella una larga vida, que no quería ser una «vieja chuchumeca», de esas que ya no pueden hacer nada. Eso sí se cumplió. Fue longeva. 92 años de vida, casi un siglo, gracias a esos años, me vio graduado y tuve el hermoso regalo de disfrutar a esa viejita ya como un adulto.

La noche del 10 de julio de 2017, cuando la vi ahí en su cama, serenísima, con la piel todavía caliente y su olor por cada rincón de la habitación, solo pude darle un beso en la boca y otro en la frente y pedirle la bendición. Horas antes lo había hecho, fue la última vez que conversamos. Ella sacó fuerzas de donde no las tenía y me dio la bendición, con la coletilla de: «Ya no puedo hablar». Cuando recibí la noticia por parte de mi tío Joseito y mi tía Mercedes, se confirmaba el peor de mis temores. Pero no fue el llanto supremo lo que se apoderó de mí, sino una paz absoluta que quizás ella me otorgó para que el tránsito de esas horas no fuera tan despiadado como siempre imaginé.

II

Se llamaba Dilia Elena y había nacido el 1 de junio de 1925 en un pueblito conocido como El Hatillo, estado Miranda. Ese que hoy sirve para el esparcimiento –entre churros, centros comerciales y un clima todavía benéfico– de la atormentada Caracas. Digo pueblito, porque para el año en que ella nació, vivir allí e ir a la capital, era toda una travesía. Con unos automóviles llevados por unas cadenas especiales, que les permitían rodar por aquellos caminos de tierra, rumbo a la ciudad que poco a poco dejaba su provinciana fisonomía y se convertía, al ritmo del Foxtrot y los tangos, en una ciudad más cosmopolita.

Se llamaba Dilia, pero mi prima Mercedes Elena la bautizó como Eli. No sé el origen de ese nombre, pero yo también empecé a decirle así. Tanta era la costumbre, que una amiga de mi prima la trataba como «la señora Eli». Mi otra prima paterna, Ailid, si le llamaba abuela, pero en su nombre, siempre la lleva consigo, porque, ¿Qué dice Ailid cuando lo leemos a la inversa? Dice Dilia.

Se llamaba Dilia Elena Díaz, pero a la hora de escribir poesías escolares, su seudónimo era el de Ailid Zaid.

Cómo evoco esos poemas que ella siempre me leía desde chiquito. Creo que uno de los primeros que me enseñó fue el que escribiera en el ya remoto 1947 y que estaba dedicado a «El Descubrimiento de América».

Empezaba así:

I

Cristóbal Colón nos trajo

un ramillete de flores,

que al regarlas en América

la pintó de mil colores.

II

Vino en sus tres carabelas,

con mucha tripulación

que al ver estaban perdidos

matarían a Colón.

Y continuaba la travesía en esas letras, con el grito de Rodrigo de Triana y la tierra que encontraban aquellos advenedizos. Creo que una vez lo recité un 12 de octubre en mi colegio. Siempre, en una efeméride, algún acto especial, me entregaba un papel con alguno de sus escritos, los cuales adoraba que yo se los leyera. Con ella aprendí a leer con el método de alfabetización del trienio adeco, el ¡Abajo Cadenas!, en el cual se contaba la historia de Juan Camejo, un campesino que no solo había sido alfabetizado, también votaba y ayudaba, echando DDT, a eliminar el paludismo de los campos venezolanos. Me transporto a la tarde en que terminamos de leer juntos ese libro. ¡Qué privilegio y qué historias! Ella lo anotó en su diario y yo, como Juan Camejo de fin de siglo, podía ahora conocer un universo que se abría gracias a la paciencia de la Eli y la mano franca de mis padres.

Víctor Guillermo Ramos y Dilia Díaz Cisneros

Dilia y su esposo, Víctor Guillermo Ramos Rangel, en «Apamate», la casa que tenían en Cúa, estado Miranda.

III

Su oficio siempre fue el de educadora. Al venirse a Caracas, comienza a estudiar en la Unidad Escolar Gran Colombia, de la cual egresaría en 1947 como parte de la promoción «Licenciado Miguel José Sanz». Son los años en que el uniforme era azul y blanco y entre el trabajo de tejer escarpines y el estudio, la jornada era tan larga que a veces se dormía en clases. Ante esta situación, uno de sus maestros decidió ayudarla y poco después empezaría a ganarse la vida como docente en una escuela que se llamaba Costa Rica. Con los años volvería a tejer escarpines, pero para sus hijos, para sus nietos. Cómo me gustaba usarlos, los pies se sentían arropados, protegidos, mientras me recordaban que habían sido hechos con el amor de los amores. Eso, sus hallaquitas y las hallacas decembrinas que preparaba con mi mamá en la casa de Cúa, solo pueden producir una sonrisa que aplaca cualquier tristeza.

Hablando de esa casa de Cúa –Se llamaba Apamate el refugio que tuvo con mi abuelo Víctor Guillermo en los Valles del Tuy–, en ese sitio descubrí la magia de los libros, el inconfundible aroma a polvo, la humedad de páginas que crujen pero tienen una nueva oportunidad de ser leídas. Descubrí lo que era un tocadiscos y el placer de lanzarse en esa torre de revistas viejas que me relataban la Venezuela que había sido. Mi Eli me entusiasmaba a escudriñar la biblioteca, a llevarme esos tomos viejos para la casa. Los Almanaques Mundiales del 68, del 71, las revistas Élite, Momento y Venezuela Gráfica; el Decreto de Instrucción Pública de Guzmán Blanco del 27 de junio de 1870; los discos de zarzuela, clásicos, merengues, joropos tuyeros y por supuesto, conocer del  maestro Vicente Emilio Sojo y su Orfeón Lamas. Mi abuelo había sido parte de esa camada que preparara el Maestro Sojo y lo ayudaría a recopilar canciones del acervo popular venezolano. La Eli formaría parte, por poco tiempo, del orfeón, pero con mi abuelo estaría casada por casi cuatro décadas, hasta que él falleciera en diciembre de 1986.

Allí me inculcó el amor por nuestras melodías, por lo que hemos sido, somos y seremos. Descubrir a Venezuela más allá de las fatalidades del día a día y sentir que esta tierra es nuestra, no por el simple capricho de un discurso nacionalista, sino porque existe una tradición que nos arropa y que nos guía como luz en el futuro. Cuando vi la caja de sus cenizas, entendí perfectamente esa frase que reza: Tu patria es donde están tus muertos.

Me sorprendía siempre con regalos que cada día aprecio más. Desde un dorado trencito con melodía de carrusel, hasta las bellas tarjetas, con alguna rima personalizada, por el fin del año escolar, el cumpleaños, o algún premio recibido, el cual siempre celebrábamos con ella, comiendo en un restaurante de mi elección.

Cuando me regalaba libros, siempre estos tenían que ver con nuestra historia, con Caracas y sus cosas, como los de Óscar Yanes, que tanto disfrutábamos leer juntos. Siempre me decía: «Anota la fecha, para que quede registro y no se olvide». Ella tenía la costumbre de marcar sus libros con su firma en la página 50. Qué bonito encontrarse con sus letras, con su huella protectora. Recuerdo una conversación larguísima que tuvimos por teléfono, disertando sobre la ciudad y sus momentos. En sus últimos cuatro años de vida, mi fascinación cada semana, era poder leerle la prensa del día, recitarle poemas, algún texto mío y ver su sonrisa: «Sí que estás hermosa», le decía. Ella respondía con burla: «Linda, linda…». Qué mujer tan primorosa, qué alma tan especial.

Inauguración Caracciolo Parra León, 1971

Inauguración de la Unidad Educativa Nacional Caracciolo Parra León (El Valle, Caracas, 2 de marzo de 1971).

IV

El 28 de junio de 1972 debió haber sido una fecha de grandes satisfacciones para mi Eli. Nacía en El Valle la Unidad Educativa Nacional Caracciolo Parra León y ella era su fundadora y directora. Poco a poco he ido consiguiendo información de aquel martes. Algunas fotos donde aparece el entonces presidente Rafael Caldera acompañado del jurista y expresidente Edgar Sanabria, la familia del desaparecido homenajeado y Dilia Elena, en un acto que, según relata la prensa de la época, fue amenizado por la Banda Marcial de Caracas.

Mi Eli y mi abuelo Víctor Guillermo también compusieron el himno de la institución. La estrofa final decía: «Con paz, amor y alegría / Asistamos a la escuela / A escuchar nuestras lecciones / Y luchar por Venezuela». A finales de esa década la Eli se jubilaría y los ochenta y noventa le traerían el regalo de ser abuela. Tres hijos que a su vez tuvieron un hijo cada uno, es decir, eran tres nietos.

Desde chiquito me dediqué a dibujarle tarjetas por la Navidad, Día de la Madre y su cumpleaños. Ella las coleccionaba todas y cada una relataba no solo una historia de amor, sino algún suceso de la actualidad nacional, desde el paro de 2002, pasando por el cierre de RCTV, hasta llegar a la última que le hice en vida, donde toco el tema de las protestas de 2017. A su vez, otra de sus formas de consentirme era con una suerte de mesada que colocaba en un pote de papitas fritas –así como el de las Pringles–. Ese pote sonaba colmado de monedas que me servían para la semana. Pero si me pongo aquí a rememorar anécdotas, pueden ser cientos de páginas. Ya habrá oportunidad.

La memoria es frágil, pero por alguna razón durante los últimos meses de su vida, alguna fuerza superior me estaba preparando para asumir esta pérdida física. Cada vez que cerraba los ojos me transportaba a esas vivencias compartidas a su lado. Estaba allí, con el calorcito de Cúa o la melodía de los grillos en su casa de Coche. Con el aroma de sus comidas, su voz pausada al conversar y potente a la hora de declamar. Escuchando sus cantos y sintiéndome satisfecho porque su vida había sido larga y la misión había sido cumplida. La tristeza y el duelo son naturales a toda pérdida. Pero debo estar claro que lo que ha marcado y marcará mi periplo vital, no es su ausencia, sino los años junto a ella. Ahora me acompaña en cada paso y puedo pedirle que interceda por mí, para que cada decisión que tome sea la más sabía. Para poder ser siempre un hombre de bien.

Pocos meses antes de su fallecimiento, en uno de esos sábados en que la cuidaba, recuerdo que de la nada me dijo: «¡Gracias! Has sido maravilloso conmigo. Siempre te agradeceré». La abracé y supe en ese instante que ese abrazo duraría para toda la vida.

Guillermo y la Eli (2005)

Guillermo y la Eli (5 de julio de 2005).

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Mensaje ante el Fraude Constituyente del 30 de Julio de 2017

Mensaje Guillermo Ramos Flamerich a Venezuela

Pase lo que pase, es momento de Resistir.

Claudicar es perdernos.

Como nación, hemos podido salir con la frente en alto de situaciones peores y de catástrofes tan terribles y absurdas como esta que hoy enfrentamos.

Debemos creer en el legado de nuestros abuelos, de nuestros antepasados que hoy son energía fecunda e infinita que nos acompaña.

Debemos creer en la suerte de esta tierra que ha logrado tantas veces salir de la oscuridad para convertirse en luz y faro de todo un continente. No solo por las luchas que alguna vez dimos por nuestra independencia, también por esa República Civil que logramos construir en una épica más reciente y que hoy es la base de nuestra rebeldía: la Conciencia Democrática.

Pero lo más importante, debemos creer en nosotros mismos. Dejar de lado cualquier determinismo, cualquier frustración, cualquier profecía autocumplida.

Honremos a los caídos con una oración de lucha cívica, legando un país libre en el suelo donde fueron esparcidas sus cenizas.

Nos toca demostrar que somos dueños de nuestro destino y que el futuro siempre estará en nuestras manos.

Vendrán tiempos mejores para Venezuela.

Los de ahora, son de lucha y esperanza convertidos en gesta ciudadana.

Guillermo Ramos Flamerich

@ramosflamerich

30/07/2017

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Viajeros del siglo XIX en Venezuela

Velorio de Cruz de Mayo - Göering

Velorio de Cruz de Mayo. Anton Göering. Tomado del Atlas de Tradiciones de Venezuela. Fundación Bigott, 1998. Aparecido originalmente en Von tropischen Tieflande zum ewigen Schnee. Eine malerische Schilderung des schönsten Tropenlandes Venezuela. Leipzig, 1892.

La extraordinaria cotidianidad

Por Guillermo Ramos Flamerich

Comenzaré estas palabras con una evocación muy personal. De niño siempre revisaba el Atlas de Tradiciones de Venezuela (1998) de la Fundación Bigott. Allí conocí de cultores populares, arquitectura local y las fiestas y manifestaciones que acompañan y adornan cada región del país. Cuando llegaba a la sección sobre «La Música Tradicional Venezolana», más allá del texto, quedaba fascinado por un grabado de 1892 sobre los Velorios de Cruz de Mayo.

En el mismo, aparecen tres individuos quienes a punta de furro, maracas y algún cuatro o guitarrilla, ponen a bailar a dos parejas, vestidas a la usanza de los trapos campesinos de la época, vestimentas consideradas actualmente como parte del patrimonio nacional. Otras cuatro personas acompañan la escena, dos a lo lejos, otras dos más cercanas. También son dos las chozas. En la más próxima a nosotros, podemos ver la silueta de un altar, con sus velas y ofrendas a una Cruz de Mayo la cual no es evidente, pero está omnipresente en todo el cuadro. La vegetación es exuberante y distingue un paisaje idílico para cualquier amante de la tierra tropical. Durante mucho tiempo esta sería mi más importante referencia gráfica sobre los Velorios de Cruz en el país y sigue siendo la más antigua que conozco. Solo la sustituiría, o mejor dicho, complementaría, asistir y vivir en pleno este ritual.

Después descubrí que el grabado había sido hecho por un viajero alemán de mediados del siglo XIX llamado Anton Göering (1836-1905), de quien el poeta y geógrafo Pascual Venegas Filardo se preguntaría si era más artista que naturalista, y el cual entregó en sus paisajes «no solo la naturaleza, sino la poesía paisajística de nuestro país»[1].

Es interesante como este registro gráfico se termina convirtiendo en documento y cómo a un venezolano del presente su imaginario sobre sus tradiciones puede ser construido a través de lo que vio un europeo. Una retroalimentación que nos hace reflexionar sobre lo propio, lo cercano y lo ajeno. Lo dice el historiador José Ángel Rodríguez al referirse a los testimonios de extranjeros: «Son ellos una parte vital de nuestro pasado, en particular del siglo XIX, cuyas fuentes históricas están dispersas y existen vacíos de información considerables, sea por la acción del fuego de montoneras y revoluciones sobre el papel en su momento, cuando no por pérdidas posteriores, resultado de otras intervenciones sobre nuestra memoria escrita»[2].

Centrándonos justamente en los mediados del siglo XIX, periodo de contratiempos propios del nacimiento y formación de las repúblicas independientes latinoamericanas, encontramos ciertas características generales que definieron la mirada europea, la cual plasmaron en sus cartas, dibujos y diarios, muchos de ellos publicados en la época, en sus países de origen y en ciudades que constituían el epicentro de la cultura occidental. A diferencia de sus abuelos conquistadores del siglo XVI, estos no llegaban a lo que se pudiera considerar un universo desconocido, propio para que cualquier leyenda o herencia mitológica de la tradición grecolatina[3] y más allá, pudieran hallarse en estos parajes.

El contexto político, histórico y económico era otro. Europa vivía su segunda Revolución Industrial. Las ideas del positivismo y la expansión del imperialismo, creaban en la mentalidad de la época una fascinación por el progreso de la técnica, por describir y medir toda experiencia y por abrir nuevas rutas a los mercados mundiales. Además, si bien las poblaciones latinoamericanas eran subsidiarias de la herencia occidental, estas eran tratadas como periféricas, sirviendo como campo idóneo para sustentar los prejuicios del momento: «También las generalizaciones supuestamente basadas en la observación directa de la sociedad, a menudo producen un diagnóstico distorsionado. Una lectura atenta descubre que no hay tal inmediatez de la observación, sino juicios previamente filtrados por los valores del acervo europeo» [4], como nos explican Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla al tocar este tema sobre la mirada del otro.

Existe entonces una barrera mental. Una torre desde la cual el viajero juzga y compara. No se integra al medio, pero le puede ser propio y lo reconoce en todo aquello que pueda servirle a su concepción de mundo: «la mirada del viajero está codificada en términos de la contraposición “civilización” y “barbarie”, expresada mediante la oposición “yo”/“otro” y “blanco”/”negro”, la imagen también esta codificada en términos del comercio. Lo que el viajero “mira” se convierte en un objeto con un valor para el mercado, y con miras a una explotación capitalista» [5].

Muchos pasaban tan solo una temporada en estas tierras, otros se quedaban por largos años. También existen las diferencias entre los que se interrelacionaban con los habitantes del lugar y los que no perdían su aura de advenedizos. En el mismo trabajo de José Ángel Rodríguez, anteriormente citado, se explica la diferencia entre las experiencias de franceses, ingleses y alemanes. Estos últimos, buscaban aprender el idioma, ser parte activa de la vida social del pueblo o ciudad en la que se encontraban, también sirvieron a la formación del conocimiento científico nacional. Muchos de ellos inspirados por el barón Alexander von Humboldt (1767-1835) (quien a comienzos del siglo había recorrido un buen trecho de la geografía local), buscaban emular sus hazañas, pero las circunstancias terminaban haciendo del viaje una vivencia bastante diferente.

Existen otros casos, como el de la viajera francesa Jenny de Tallenay (c. 1855 – ¿?), quien estuvo en Caracas de 1878 a 1881, debatiéndose en sus Recuerdos de Venezuela (1884) entre su cariño por la tierra, la crítica social y cometiendo graves gazapos en su recuento de la historia local y de los personajes y lugares. Algo muy generalizado entre los viajeros, lo cual se anota ante la mirada actual como datos curiosos, no como imprecisiones fatídicas que puedan deslegitimar al documento.

Lo cierto es que cuando los viajeros regresaban a sus lugares de origen, existía un público ansioso por conocer y vivir estos recorridos. La vida cosmopolita del viejo mundo tenía un mercado propicio no solo para las novelas y ficciones de un Julio Verne y un Emilio Salgari, también para la divulgación científica y para la imaginación de lo real. Allí entran los grabados, litografías y luego las primeras fotos, las cuales hicieron vivir a muchos los pasos de los ríos, de la selva, el contacto con civilizaciones que pudieran considerar en su óptica como «semibárbaras», vinieran estas de la América Latina, de África o Asia.

A nosotros, estos testimonios nos servirán mucho tiempo después, luego de ser traducidos y estudiados, como puntos de encuentro con nuestro pasado nacional. Logrando, en muchos casos, tapar esos baches en los que se extravían la cotidianidad de una sociedad y haciendo evidente lo que de tanto parecernos lo obvio y lo común, lo dejamos pasar sin registrarlo. Resultando, en la mirada del viajero, situaciones fabulosas, aventuras inacabadas y relatos extraordinarios dignos de ser contados y mostrados en todo el orbe.

Referencias

[1] Pascual Venegas Filardo, Viajeros a Venezuela en los Siglos XIX y XX. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1983,  p. 85.

[2] José Ángel Rodríguez, «Viajeros alemanes a Venezuela en el siglo XIX». Se puede revisar este trabajo en el siguiente enlace: http://190.169.94.12/ojs/index.php/rev_ak/article/download/884/813

[3] Sobre este tema y relacionado con Venezuela en específico, se recomienda leer Novus Iason. La tradición grecolatina y la relación del tercer viaje de Cristóbal Colón, del profesor Mariano Nava Contreras. Fondo Editorial Apula, Mérida, 2006.

[4] Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla, La mirada del otro. Caracas, Artesano Editores / Fundación Bigott, 2012,  p. 26.

[5] Santiago Muñoz Arbeláez, «Las imágenes de viajeros en el siglo XIX. El caso de los grabados de Charles Saffray sobre Colombia». Historia y Grafía, número 34, 2010, p. 186.

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Trazar la ruta final

Cambio - Roberto Weil

Estos trazos de Roberto Weil expresan el anhelo de toda Venezuela.

Trazar la ruta final

Por Guillermo Ramos Flamerich

La muerte de Neomar Lander el pasado miércoles nos lleva a tantas preguntas como sentimientos de dolor e impotencia. ¿Cuántas más? Han sido muchas. Demasiadas. Y no solo me refiero a las que han ocurrido en 2017 o las de 2014. Nuestras ciudades están repletas de calles y esquinas que recuerdan a algún fallecido a manos de la violencia propiciada desde el Estado. Solo que por un tiempo fueron invisibles. Siempre resulta más fácil creer salvarse el pellejo con la indiferencia. Pasar agachado para que nada ocurra. Pero esta cosa horrible que vivimos siempre ha sido el accionar de la Revolución de las Miserias. Solo que desde hace un tiempo es mucho más que evidente. Construyeron una red de hamponaje, de cómplices y, creían ellos, que de esclavos. Pero más poderosa ha sido la conciencia democrática y el sentido de supervivencia de quienes se saben ciudadanos y no están dispuestos a claudicar ante nada ni nadie.

El gobierno ha perdido la noción de todo. Para ellos no hay país, solo son un parásito represor que se chupa todos los recursos que puede brindar esta tierra y que sonríe macabramente ante la miseria de los demás. No les importa nada, salvo el hecho de que cuando esto abandone el poder, lo que les espera es tan tenebroso que prefieren arriesgarlo todo. Es como un secuestrador que empieza a picar a su víctima por pedacitos, enseñando que no le teme a matar o a morir.

Mientras tanto, los venezolanos nos debatimos en una extraña cotidianidad, bipolar, agresiva e incierta. Siempre me pregunto, ¿cómo se vivía lo cotidiano durante los grandes conflictos de la humanidad? Siempre existirán momentos para reír, para compartir con la familia y los amigos, pero ese nudo en la garganta llamado situación país, no puede abandonar nuestras mentes y nuestros corazones. Además, el que hoy sea indiferente, solo puede haber perdido todo juicio y humanidad.

Es momento de definiciones. Porque el sistema perverso que tenemos ya está completamente definido. Tiene una bala para cada uno. Lo queramos o no, aquí nadie se salva si esto sigue. Ni tú, ni yo. Este momento lo es todo. Y si alguien viene con la cantaleta de que eso se dice todos los años, solo que vea a su alrededor. El siguiente paso unitario debe ser trazar las líneas de una ruta final. El final de esta tiranía, claro está. Y el comienzo de la Venezuela que está en nosotros. Suena difícil decir eso, accionar eso, pero las cosas se deben decir. El verbo construye realidades y el verbo, el pensamiento y la acción deben ser la tríada de toda lucha que se busque exitosa.

Ellos ya desafiaron con la fecha del 30 de julio. Son unas elecciones ilegales y chucutas que nadie se las cree. Pero allí están. El fantasma de la Constituyente nos acecha. Debemos impedir que esto ocurra y que ese logro sea otro hito de lo que se está por conquistar. La lucha cívica en las calles sí ha ido fracturando al régimen, pero siempre hay que seguir innovando. Si nos quedamos en el aparato, serán más los Neomar y más alejados los días de las definiciones.

Los actuales esfuerzos de resistencia contra la dictadura son innumerables. Desde activistas culturales, deportistas, apoyos internacionales, los constantes marchantes de cada convocatoria… Todo ello se debe articular con un sentido de urgencia y con unos valores claros que se deben repetir hasta el cansancio. ¿Por qué la Democracia? ¿Por qué la Libertad? ¿Por qué la solidaridad entre venezolanos? ¿Por qué la equidad? ¿Cómo se debe dar la reconciliación? No deben ser simples adornos conceptuales, sino las premisas de la hoja de ruta. En eso la dirigencia política tiene un gran compromiso, no solo ser reactivos, sino también ser reflexivos y pedagógicos. Pensar para actuar y aprender de ello.

Si la resistencia pacífica es para quebrar los pilares del régimen, también se deben seguir fomentando los puentes para que la estructura media de lo que hoy conforma la administración pública, pueda cruzar sin miedo desde el punto del oscuro presente a un futuro que se está por construir. Lleno de inquietudes pero siempre mejor que esto que tenemos. La lucha democrática es de todos, no de individualidades. Eso lo ha ido asimilando la sociedad y en esto todos estamos incluidos. Todos.

El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana; con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones.

Ese es el preámbulo de la Constitución de Venezuela. El gobierno hace rato que rompió y se burló de ese pacto. Cuando alguien pretende enterrar nuestros fundamentos como nación, la respuesta siempre será la rebeldía y el desconocimiento.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 16 de junio de 2017

 

Les comparto este video que hice para Instagram. Hay que seguir y resistir:

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Sobre Los días de Cipriano Castro; Mariano Picón Salas (1953)

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Los días de Cipriano Castro se convirtió muy pronto en un bestseller nacional, vendiéndose 1000 ejemplares en tan solo 48 horas, un récord en la Caracas de ese entonces.

Sobre Los días de Cipriano Castro

Por Guillermo Ramos Flamerich

La presente publicación es un extracto del trabajo final entregado para la Cátedra de Historiografía en el semestre de nivelación de la Maestría en Historia de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas:

En una foto de 1955 de autor desconocido, Mariano Picón Salas aparece rodeado a su derecha por un Arturo Uslar Pietri reflexivo y de brazos cruzados; a su izquierda, por Miguel Acosta Saignes, con los ojos cerrados, en pose meditativa. Mientras tanto, don Mariano está sumido en la lectura ante un viejo micrófono de condensador. El escenario es la Universidad Central de Venezuela, durante el ciclo de foros preparados por la Facultad de Filosofía y Letras, en los que participarían no solo los ya mencionados, también los acompañarían intelectuales como Augusto Mijares, Isaac J. Pardo, Ángel Rosenblat, Pedro Grases, entre otros. Acosta Saignes calificaría todas estas charlas como «una especie de revulsivo»[1] contra la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la cual ya ejercía con total plenitud desde hacía más de dos años.

Un año antes, en 1954, Picón Salas había compartido escenario con Uslar Pietri al recaer en ambos el Premio Nacional de Literatura. Uslar por una colección de ensayos titulada como la comedia de Aristófanes: Las nubes; Picón Salas, por su parte, con una obra polémica, de historia reciente, la de comienzos del siglo XX venezolano, donde contaba la vida de un país a través de las horas de un hombre que había marcado no solo los años en que le tocó gobernar, sino que había dejado puerta franca para las transformaciones que los venezolanos de mediados de siglo seguían viviendo y padeciendo. Muchos tomaron el libro como un guiño al presente, nuevamente colmado por la censura y las conversaciones a voz baja y con velo.

Utilizando nuevamente la frase del antropólogo Acosta Saignes, este libro podía ser visto como otro revulsivo contra el autoritarismo, esta vez envuelto en las artes de un prosista que salió de Mérida para estar errante por el mundo. Fueron justamente esos años de la década militar en los que viviría por más largo tiempo en Venezuela desde su autoexilio en Chile cuando apenas contaba con 22 años. Pero para conocer el pulso de la época, es válida la reflexión que hace el historiador Ramón J. Velásquez en 1954 en un prólogo a la edición de los escritos del general Antonio Paredes, sobre el ascenso de Cipriano Castro al poder[2]:

La aparición del libro «LOS DÍAS DE CIPRIANO CASTRO» de Mariano Picón-Salas constituyó un acontecimiento nacional. En menos de una quincena se agotó la primera edición de la obra. Los lectores tomaron beligerante posición frente a las afirmaciones y a las pinturas que con su inimitable estilo y extraordinario talento había realizado el gran escritor. A muchos disgustó el tono de sutil ironía que empleó al retratar figuras y episodios de la turbulenta Venezuela de comienzos del siglo. Se llegó a discutir acerca de los méritos literarios del libro y se examinaron con lupa y telescopio las intenciones entrelíneas. Gentes hubo que quisieron ver en las páginas dedicadas a relatar la marcha de Castro hacia el Capitolio y en la crónica de los días del bloqueo, una nueva y hábil exaltación del caudillismo. Y también quienes, utilizando las mismas páginas y los mismos párrafos, descubrieron en el escritor andino, una marcada tendencia antiandinista, un disolvente propósito de burla. Algunos reclamaron a Picón Salas el no haber destacado con mejores trazos las firmes actitudes nacionalistas de Don Cipriano, al propio tiempo que concedía demasiada extensión al cuento de sus andanzas donjuanescas y de sus salidas de mal gusto. Pero la mayoría estuvo de acuerdo en que la apasionante narración de Picón Salas era el fiel reflejo de cuanto para bien y para mal de Venezuela, ocurrió en aquellos lejanos días. Y que las culpas no eran del historiador, sino de los héroes.

En otra parte de ese mismo prólogo, Velásquez afirma que Picón Salas había «logrado actualizar el tema de Castro y el castrismo». Como una nueva moda, muchos hechos del pasado van logrando acaparar la atención de quienes no pudieron vivirlo a plenitud. Y la pátina del tiempo, formada en los recuerdos de dolientes y defensores que podían permanecer vivos, la reviste ahora el lustre de investigadores e historiadores que ven más allá de la anécdota y buscan en las profundidades de periódicos, documentos oficiales, libros y archivos, las pistas para reencontrarnos con nuestro imaginario como nación.

Sobre la figura y tiempos de Cipriano Castro para la época de publicación de la obra de Picón Salas, los libros existentes van desde los testimonios, hasta las historias panfletarias y la ficción. Bien se puede nombrar a Pío Gil con su novela El Cabito (1917), donde toda la atención se centra en la lujuria desmedida del tirano; las Memorias de un venezolano de la decadencia (1927), de José Rafael Pocaterra, en la que dedica su primera parte a denunciar a Castro; o Bajo la tiranía de Cipriano Castro (1952), de Carlos Brandt, en el cual la historia es solo el hilo conductor de las acusaciones que hace el autor. Mención especial para El hombre de la levita gris (1943), de Enrique Bernardo Núñez, quien busca un análisis sistemático del contexto país y la biografía del hombre, formada por la narración de los hechos cotidianos con «carácter periodístico y el sentido de informar», tal como refiere la investigadora Irene Rodríguez Gallad en el prólogo a la edición de 1991[3]

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«En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio», Mariano Picón Salas en correspondencia al escritor mexicano Alfonso Reyes.

Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900) fue impreso por la Compañía Anónima Tipografía Garrido el 8 de diciembre de 1953. Once días antes de cumplirse el aniversario número cuarenta y cinco de la salida del poder de Castro gracias a la patada histórica de su incondicional, el compadre Juan Vicente Gómez. La edición consta de 340 páginas divididas en 19 capítulos y adornada con 12 imágenes repartidas a lo largo del libro y como portada la ilustración de un Cipriano convaleciente, en una mecedora, con semblante de sereno enfermo que te invita a escuchar su historia. Este libro es la quinta aventura biográfica que realiza Picón Salas. La primera de ellas, muy sucinta, un retrato, como él mismo la calificaría, de su amigo recién fallecido: Alberto Adriani en 1936. Continuaría con el periplo y drama de Francisco de Miranda (1946), con el cual había convivido largas horas, revisando los «papeles enigmáticos que se conservan en su archivo» y al cual consideraba un personaje stendhaliano[4]; y la de San Pedro Claver (1949), como consecuencia de su estancia diplomática en Colombia. Así como una breve síntesis de la vida de Simón Rodríguez ese mismo año de 1953 y publicada por la Fundación Eugenio Mendoza.

Fueron mil los ejemplares sobre don Cipriano que se vendieron en tan solo 48 horas, batiendo récord de ventas y convirtiéndose en un bestseller nacional. Muy pronto pasaría a formar parte de los clásicos históricos de nuestras letras. A pesar de eso, por los momentos esa primera edición no es de agrado del autor, así se lo comentará en una carta a su amigo, el escritor mexicano, Alfonso Reyes[5]: «En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio».

Pronto aparecerá una segunda edición del libro en 1955 gracias a la Editorial Nueva Segovia, radicada en la ciudad de Barquisimeto y a finales de la década será incluido en la colección del Primer Festival del Libro Venezolano (1958); lo continuarán la edición de la Academia Nacional de la Historia (1986); la edición conmemorativa en conjunto con otras obras biográficas que escribiera el autor, publicada por la Presidencia de Venezuela en 1987; una de la colección El Dorado de Monte Ávila Editores (1991) y la más reciente es de 2011, de la mano de Bid & co editor.

De la edición de 1991 extraemos esta síntesis que hiciera el escritor Karl Krispin en su prólogo a la obra[6]:

En Picón la historia se recurre, se conjuga como una necesidad intelectual a quien el peso específico de la sucesión de hechos de un país constriñe como un deber de reafirmar una especificidad y un carácter nacionales. (…) En Picón parte de lo que fue su día a día como creador fue esa Venezuela que palpita como capítulo esencial de reconocimientos. Es ese rompecabezas armado para convertirlo en espejo. Doble reflejo: el de nosotros mismos y el del país como totalidad vinculante.

Una historia política que se puede leer como una novela de aventuras, la califica el historiador y escritor Rafael Arráiz Lucca[7]. Ciertamente la publicación de esta biografía marca un hito importante en la carrera literaria de Picón Salas, ya reconocido como pedagogo, intelectual y escritor en Venezuela y parte del continente americano. Los días de Cipriano Castro se convierte en uno de sus libros fundamentales y si De la conquista a la Independencia, publicada en México en 1944, le abre una ventana al exterior como libro de texto para los que desean descubrir los devenires de la América hispana, esta historia venezolana del 1900 será un canal de comunicación directa con sus connacionales.

Será en ese mismo 1955, en la misma universidad y la misma Facultad de Filosofía y Letras, la que le otorgue el Doctorado Honoris Causa junto con el historiador Augusto Mijares. Era el 1 de noviembre y en la fotografía que se guarda de aquella ocasión, Picón Salas aparece sonriente, de toga y birrete, al lado de un Mijares menos efusivo y casi de perfil. Los cincuenta serían unos años para don Mariano de consolidación, madurez y de un prestigio que podía sobrepasar cualquier mala jugada de la dictadura militar. Pronto Pérez Jiménez se iría casi que con la década y el merideño tendría nuevos compromisos de pensamiento y acción. Los días de Cipriano Castro se convertiría en su última y más larga obra biográfica, lo siguiente sería una historia más íntima, personal, así como reflexiones sobre la actualidad.

Referencias

  • [1] Rafael Pineda, Iconografía de Mariano Picón Salas. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 178.
  • [2] Ramón J. Velásquez, «Antonio Paredes y su tiempo: Los días de Cipriano Castro» (Prólogo) a Cómo llegó Cipriano Castro al poder de Antonio Paredes, Caracas, Tipografía Garrido, 1954, pp. VII-VIII.
  • [3] Irene Rodríguez Gallad, «Prólogo» a El hombre de la levita gris de Enrique Bernardo Núñez, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 7.
  • [4] Mariano Picón Salas, Miranda. Caracas, Monte Ávila Editores, 1997, p. 23.
  • [5] Gregory Zambrano, Odiseo sin reposo. Mariano Picón Salas y Alfonso Reyes (Correspondencia 1927-1959), México, Universidad Autónoma de Nuevo León – Universidad de Los Andes, 2007, p.138.
  • [6]Karl Krispin, «Prólogo» a Los días de Cipriano Castro de Mariano Picón Salas, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 22.
  • [7] Rafael Arráiz Lucca, «Mariano Picón Salas y la historia venezolana» en Rafael Arráiz Lucca y Carlos Hernández Delfino (compiladores), 25 intelectuales en la historia de Venezuela. Caracas, Fundación Bancaribe, 2015, p. 321.

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Perfiles: Gilber Caro

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El diputado Gilber Caro y Guillermo Ramos Flamerich (Salón Francisco de Miranda, Palacio Federal Legislativo, 7 de enero de 2016).

Gilber Caro

Por Guillermo Ramos Flamerich

Dice Simón Díaz en su Caballo Viejo que «después de esta vida, no hay otra oportunidad». Pero mientras estemos vivos siempre existirán nuevas oportunidades, mejores maneras de hacer las cosas y de renovar la fe como individuos, también como nación. La historia de Gilber Caro está fundamentada en una segunda oportunidad. Llevo más de seis años conociéndolo y en ese tiempo hemos podido compartir conversaciones y momentos estelares, de esos que quedan siempre en la memoria y te llevan a reflexionar.

Él estuvo diez años preso, eso nunca lo ha ocultado, más bien ha sido su carta de presentación y de superación. Cuando le preguntaba sobre cómo lo agarraron, respondía: «Terminé pagando por ser como Shakira: ciego, sordo y mudo. Por no delatar, terminé pagando condena». Después se explayaba al detalle y te llevaba casi a vivir una película de aventuras por los sitios en los que estuvo recluido: Yare, El Rodeo, el extinto Retén de Catia, en fin, más allá de la anécdota, su vida no se trata del pasado, sino de cómo ese pasado moldeó su presente y lo llevó a convertirse en un líder comunitario.

Ser un expresidiario en todas partes del mundo es un estigma. En Venezuela, aun más. Se les excluye por haber delinquido, pero buena parte del origen de esos delitos se encuentran en la exclusión de la que han sido objeto. ¿Y es que acaso marginando a alguien, despreciándolo, estamos mejorando nuestra sociedad? Mucho de lo que hoy vivimos recae en la doble moral de convertirnos en jueces implacables, perfectos e impolutos. Mientras, el país se cae a pedazos por no asumir culpas ni brindar una oportunidad al otro, por no brindar opciones y solo mirar de reojo a quienes no lucen ni piensan como nosotros. A pesar de todo eso, Gilber pudo reinsertarse a través de su fundación Liberados en Marcha, lo que luego lo llevó a la acción política en las Redes Penitenciarias y en Voluntad Popular.

A no tantos metros de la cárcel de El Rodeo está el barrio El Milagro, en Guatire. Allí viven muchos familiares de presos y justamente en ese lugar Gilber comenzó su trabajo social, brindando apoyo a las familias, creando equipo, proyectando un centro de acción comunitaria, con herramientas capaces de nutrir a ese nuevo liberado que no sabe qué hacer con su vida. Está también su iniciativa de Santa va a las cárceles, juguetes en épocas decembrinas a todos esos hijos de presos que requieren una sonrisa, un abrazo, ante una vida muchas veces más fuerte que cualquier pesadilla.

Y así siguió evolucionando, como conferencista, como dirigente político. Aprendiendo de leyes para presentar mejoras claras al sistema penitenciario. Y así llegó a ser diputado suplente del estado Miranda, justamente por el Circuito 4, allá donde está El Milagro. Recuerdo su mirada brillante, su atuendo semiformal, asistiendo al Palacio Federal Legislativo los primeros días de enero de 2016. Era el mismo Gilber del que por primera vez escuché en un evento llamado Zoom Democrático; el mismo con el que vi clases en el IESA, en el programa Lidera de la Fundación Futuro Presente. El mismo que sentía orgullo de las vueltas que había dado su vida.

Mientras escribo estas líneas –el miércoles 11 de enero– Gilber yace detenido arbitrariamente por el SEBIN (policía política venezolana). El Vicepresidente lo acusa de terrorismo y conspiración. Saca a colación todo su pasado como justificativo de su detención. ¡Qué burla tan grande! ¿Este es el gobierno que dice tener una profunda conciencia social y que construye un país más justo y de oportunidades? Esta Revolución de las Miserias solo es la peor cara de nosotros, mientras que Gilber es el rostro de las posibilidades, de las mejores posibilidades que tenemos como país.

Lo detienen por ser parte de Voluntad Popular, por su lucha en defensa de la democracia y la liberación de todos los presos políticos. Lo detienen por considerarlo débil. Y eso es lo que pasa cuando una justicia no es justa, siempre destroza al más débil en beneficio de los poderosos, de los saqueadores de esta hermosa pero apuñalada Venezuela.

¿Qué podemos hacer? Esa es una decisión muy personal. Pero esto no es una película de la que nos estremecemos, pero somos solo simples espectadores. Tenemos que ser los protagonistas del cambio, de la organización ciudadana, democrática. Con fuerza, con tanta indignación como ánimo, no dejemos que todas las oportunidades sean perdidas ni que este sacrificio que estamos viviendo como sociedad sea en vano. Hoy nos toca decir unidos #LiberenAGilber.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 13 de enero de 2017

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