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Gustavo Guerrero, caballero francés de las artes

Escritor venezolano Gustavo Guerrero en París

Gustavo Guerrero y Alain Rouquié en la Casa de la América Latina de París.

Gustavo Guerrero, caballero francés de las artes

Por Guillermo Ramos Flamerich

Son las seis y veinte de la tarde en el 217 del elegante Boulevard de Saint-Germain-des-Prés. Es el miércoles 10 de abril de 2019 y en el nivel inferior de la Casa de la América Latina de París suena la canción «Volverte a ver» en la voz de Oscar de León. Esa pieza ameniza la exposición Fiesta Gráfica, la cual es un viaje por el diseño contemporáneo en Latinoamérica y Francia. Un piso más arriba, se espera que al pasar de diez minutos ocurra el solemne acto de imponer la orden de Caballero de las Artes y las Letras de Francia, al escritor, editor y profesor venezolano Gustavo Guerrero.

El evento comienza con veinte minutos de retraso en la Sala de los Embajadores. Esta condecoración, otorgada por el Ministerio de la Cultura (ese órgano creado hace sesenta años y encabezado por primera vez por el escritor André Malraux), ha tenido entre sus recipiendarios a figuras como los actores Jackie Chan y Leonardo DiCaprio, las filósofas feministas Julia Kristeva y Judith Butler, o la cantante colombiana Shakira. El encargado de colocar esta insignia será el diplomático Alain Rouquié, director de la Casa de la América Latina y reconocido politólogo con sendos libros publicados sobre las dictaduras militares y la democracia en nuestro continente.

Rouquié comentará la trayectoria académica y literaria de Guerrero, lo que no sabe es que al colocarle el medallón en el pecho, lo hará de una manera tan fuerte que el venezolano lo sentirá como la aguja indeleble de un tatuaje.

Guerrero, nacido en Caracas en 1957, tiene como primera carrera la abogacía. Luego de ello, estudiará letras hispánicas en París y dedicará su línea de investigación a la lírica poética y la crítica de escritores y estilos. El Neobarroco, Severo Sarduy o Camilo José Cela, del cual contará en su ensayo Historia de un encargo, el periplo del novelista español para escribir La Catira (1955), aquella obra con «historias de Venezuela», la cual el dictador Marcos Pérez Jiménez pensó como la sustituta perfecta de Doña Bárbara para la era del «Nuevo Ideal Nacional». Este trabajo le valdrá a Guerrero el Premio Anagrama de Ensayo en el 2008.

También ha sido profesor visitante en la Universidad de Princeton, en los Estados Unidos y actualmente imparte clases en la Universidad Paris Cergy-Pontoise. Se ha dedicado a la transmisión e internacionalización de obras latinoamericanas, desde su posición como consejero editorial de literatura hispana en el prestigioso sello francés de Gallimard. A partir de 2016 lleva el proyecto-seminario MEDETLAT, el cual pretende estudiar la traducción y mediación de obras latinoamericanas en Francia (1945-2000).

En sus palabras de agradecimiento en fluido francés, Gustavo Guerrero hablará de aquellos venezolanos que han encontrado una oportunidad en ese país. También mencionará la crisis que vive Venezuela y recordará que la nación gala no ha sido indiferente. Reconocerá a sus compañeros de la editorial y, entre ternura y complicidad, se dirigirá a su esposa Laurence al recordar el verso de T.S. Eliot: «estas son palabras privadas que te dirijo en público».

Al finalizar el evento, mientras se brindaba por el nuevo caballero francés, al fondo, en una biblioteca, se podían observar decenas de tomos de la colección de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela. El país se expresaba entonces no solo en la memoria de su pasado, también en la capacidad de su gente en el presente.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el 17 de mayo de 2019

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Una incursión en Canoabo

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 1

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar.

Una incursión en Canoabo

Por Guillermo Ramos Flamerich

UNO

Quizás era un buen augurio: la Virgen del Perpetuo Socorro había salido en procesión desde Valencia y estaba de paso en Canoabo. No soy la persona más religiosa de todas, pero tomaba esto como una buena señal. Mi abuela era devota a aquella virgen. El viaje por el occidente de Venezuela surgió en su funeral. Entre la tristeza y el recuerdo, el pana Daniel me dijo que valía la pena recorrer pueblos y caseríos, de pararse en cada uno y hablar con la gente. Acepté. Él solo tendría que poner a disposición su carro. Le pregunté si podríamos agregar a otro pana, a Gabriel, a quien buscaríamos en Barquisimeto. No tuvo problema.

Parecía una decisión extraña la de viajar en medio de la situación país, pero creo que ya nos hemos acostumbrado a que la tensión esté presente. Si no hacemos las cosas quizás nunca exista el momento adecuado. Para nosotros los caraqueños Venezuela se ha convertido en lo que sucede en Chacaíto o en la Autopista Francisco Fajardo. Sin embargo, existe una «Venezuela profunda». Cliché. Más que profunda, es un país que está allí, tan variado como esencial. Un país que es necesario conocerlo para sentirlo cerca, nuestro.

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 2

No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».

 

DOS

El viaje comenzó por los Valles Altos de Carabobo, en Canoabo, un pueblito «típico». Tenía las características casitas de colores, además de la iglesia, los viejos con sombrero y unos cuantos borrachitos, alrededor de la Plaza Bolívar. La gente sentada en la entrada de sus casas esperaba a que pasara la vida.

Me sorprendió. No sabía que había sido fundado en 1711, un 19 de marzo, ni que las tribus indígenas que habitaron allí habían dejado petroglifos, o que tienen sus propios «Diablos Danzantes».  Mucho menos que sus chocolates son «gourmet» y se venden caros no solo en el Trasnocho Cultural, sino también afuera del país. Lo único que sabía era que en ese «pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca» había nacido el poeta Vicente Gerbasi (1913-1992). Aquel que dejó unas líneas épicas en el imaginario nacional, con ese comienzo de «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», ese decir, con su poema Mi Padre el Inmigrante.

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Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo 3

La valenciana Virgen del Socorro, de procesión por Canoabo.

TRES

Algo que disfruto mucho es preguntarle a la gente por los personajes históricos o algún hecho curioso ocurrido en el lugar donde viven. Así comencé preguntando en la plaza si conocían la casa natal de Gerbasi. Imaginaba la placa, la conmemoración. A decir verdad, para nosotros era suficiente conseguir el sitio. Los ancianos decían que conocían de la familia, pero no lograban ubicar la propiedad. Los más jóvenes nos mandaban con dirección al colegio del mismo nombre. Al rato, y después de varias vueltas en el caso, una señora nos supo indicar: «Es esa casa de allá, toque la puerta a ver si está el señor Francisco».

Sí estaba. La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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La esposa nos hizo esperar unos minutos en el zaguán mientras el señor Francisco Moreno se ponía su camisa. Entonces nos saludó y nos dijo: «Bienvenidos a la casa donde nació el poeta Vicente Gerbasi el 2 de junio de 1913». ¿Y usted es familia? le pregunté. «No. Pero cuando me vendieron esta casa me dijeron que aquí había nacido y me he dedicado a cuidar su memoria».

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En la entrada de la casa natal de Vicente Gerbasi, con su dueño, el señor Francisco Moreno, y su nieta.

CUATRO

En la sala no había ninguna referencia al poeta más allá de la conversación que estábamos a punto de comenzar. Nos contó la biografía del poeta, los datos básicos, es decir, lo que se conoce al buscar su nombre en alguna enciclopedia, o en Internet. Era sabroso escucharlo en ese pueblo, en ese lugar, rodeado de cuadros, entre esotéricos y ambientalistas, que hacía su esposa.

Agotada la biografía nos comentó que comprar la casa en los años ochenta le había permitido hacer amistad con el poeta, aunque nunca lo conoció. El señor Francisco ha sido invitado a los homenajes que le han hecho a Gerbasi en instituciones como la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez o la Universidad de Carabobo. Allí ha podido conocer a familiares y amigos, y sentirse uno más del clan.

Su propia historia es interesante: nativo de Canoabo y después de una agitada vida en Caracas trabajando en el antiguo Ministerio de Transporte y Comunicaciones y militando en las filas del partido de Jóvito Villalba, URD, había decidido regresar y llevar una vida más tranquila, con la familia, en la austeridad de la provincia, pero también en su tranquilidad.

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El autor con la crónica publicada en la portada del suplemento cultural del diario El Universal: Verbigracia.

CINCO

Teníamos que proseguir la ruta antes de que anocheciera. La carretera angosta y desconocida no ayudaba mucho. Provocaba quedarse, pero nos esperaban más ciudades, pueblos, más estados, incluyendo a Santa Ana de Trujillo y su monumento al abrazo entre Simón Bolívar y Pablo Morillo en 1820 y cruzar el Puente sobre el Lago de Maracaibo con el Sentir Zuliano de los Cardenales del Éxito de fondo. También había que buscar a Gabriel en Barquisimeto. Mientras anochecía reflexionaba con Daniel sobre nuestro día con Gerbasi y su amigo. Nos gustó que todavía te abran la puerta de la casa para echarte un cuento largo, solo porque llegaste hasta allí para escucharlo.

También pensábamos en cómo hacer de toda esa memoria algo palpable y vivo. Lamentablemente en Venezuela el legado de los escritores pareciera que sirve para nombrar algún liceo, quizás una calle y si tiene mucha suerte, una plaza. Hay algo más en nuestra idiosincrasia, en nuestras maneras, que debe ser canalizado no con imposiciones nacionalistas y huecas, sino como una promoción al conocimiento, al arraigo. No solo es la literatura, es la música, los bailes, los dichos, Existen dos países, el que fue y el que será, y esos dos se comunican en el que es. Allí espera cumplir todas sus posibilidades tan solo si aprendemos a redescubrir esa universal angustia de ser una nación.

*Publicado originalmente en el suplemento cultural Verbigracia de El Universal, el sábado 21 de octubre de 2017

Guillermo Ramos Flamerich. Una incursión en Canoabo

 

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La Caracas de los 449

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

La Caracas de los 449

Por Guillermo Ramos Flamerich

Había llovido el día anterior. El cielo amanecía despejado, pero la ciudad estaba llena de charcos, caminos enlodados y una Feria del Libro en Los Caobos que forzaba por poner en un mismo ranking a Hugo Chávez con Simón Bolívar, Francisco de Miranda y Simón Rodríguez.

Pero el comandante sabe que ahí es solo un asomado. Su secta lo impone, a pesar de la creciente indiferencia de los que transitan buscando algún libro barato o mundano esparcimiento. Existe el karma y si en 2011 se burló de la entonces diputada María Corina Machado con su: «Usted está fuera de ranking», alguien le estará haciendo bullying allá abajo.

Pero estas líneas no se tratan de Chávez ni de que el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento de Hugo Chávez venda sus publicaciones en 1000 Bs y ya no las regale. No. Estas líneas son sobre la Caracas del lunes 25 de julio, la de los 449 años, aunque a Nicolás Maduro no le guste celebrarlos.

Mientras un bote de aguas servidas dejaba un olor insoportable por la avenida Delgado Chalbaud de Coche, la fuente de Plaza Venezuela estaba apagada. Parece que PDVSA La Estancia, protectora del espacio, solo funciona si los precios petroleros son tan altos que hasta alguito puede sobrar para la cultura y el ornato.

Monte crecido, de nuevo poca seguridad y la fisicromía de Cruz-Diez homenaje a Andrés Bello, perdiendo poco a poco no solo su brillo, también sus partes. La ciclovía estrenada hace un año hoy amanece desolada. Nunca hay bicicletas disponibles y pedirla es un proceso más de la burocracia socialista.

Bellas Artes resiste por mantener su aura bohemia. Entre basura y vagabundos, están artesanos y libreros. Pero aquí todo se confunde. Parece que la gente está comprando menos libros, ahora ofrecen rebajas express y combos de hasta tres obras.

Un vendedor de libros y discos tenía la colección, casi completa, que editó el Círculo Musical en 1967 con motivo del Cuatricentenario de Caracas: música, narraciones, representaciones artísticas, grabadas al acetato. En lo personal, la mejor de todas es esa donde Simón Díaz hace un recorrido de la música popular caraqueña desde 1935 hasta 1967. Inolvidable.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Cuán lejos quedó esa época. 49 años, pero parecen cien, eso sí, hacia atrás. A lo lejos se veía el Teresa Carreño como símbolo de la modernidad perdida. En pocas horas ese sitio sería tomado por Casa Militar, pues Maduro iba a dar un discurso por motivo de los cuarenta años del asesinato de Jorge Rodríguez padre. Todos los actos oficiales se fueron hacia allá. Nada para la cumpleañera. Quizás porque 1567 fue antes de 1999 y así no vale.

El damero fundacional estaba en calma. La calma común del bullicio de la Plaza Bolívar con los integrantes de la esquina caliente escuchando discursos a todo volumen y los vendedores de: oro, oro, oro, euros, dólares.

El Palacio Municipal sin los estandartes tradicionales que se utilizan en esta fecha y cerrado al público, espacios que hasta hace poco atesoraban los muñequitos tradicionales hechos por Raúl Santana, así como maquetas de «la ciudad que se nos fue», como decía Alfredo Cortina.

La nueva esquina caliente diagonal a la Asamblea Nacional no se encontraba. Quizás respetando a la agasajada. Ese sitio se ha convertido en materia prima para cualquier estudio sociológico.

Desde allí insultan y gritan a cualquier persona que pase encorbatado, muestran fotos de Chávez diciéndole a la víctima que ese es su papá. Una vez un muchacho respondió: Sí, sí, mi papá. A lo que el fanático replicó: «Así me gusta, escuálido. Aunque lo digas de la boca para afuera, aprende aquí quien manda».

Pero el lunes 25 no había nada de eso. Solo una cuadrícula cada vez más sucia y menos sustentable. Esos «espacios recuperados» que tanto pregona el alcalde Jorge Rodríguez son tan remotos y extraños como el azúcar, la carne o la harina precocida de maíz.

Lo que abunda cuadras más arriba de la plaza es gente escudriñando comida en la basura. En la Plaza Juan Pedro López, quizás una de las más bellas de la ciudad, tres hombres buscaban hacer su mediodía a base de sobras sacadas de la basura.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

¿Cuánta esperanza queda en la ciudad de la eterna primavera? Es difícil saberlo. Ahorita pienso en Caracas y llega a mi mente Norma Desmond, ese personaje de la película Sunset Boulevard que encarnó Gloria Swanson iniciando la década de los cincuenta. Caracas es depresiva y temperamental, siempre recordada por sus viejas glorias.

Todo es un fue y un será si por alguna gracia divina le tocara protagonizar algún momento estelar. Pero la ciudad de cristal de San Bernardino, Sabana Grande o Altamira, está cada vez más rezagada. Lo mismo la guzmancista y la del millón de almas que para 1955 imaginaban vivir en una próxima gran capital del mundo.

En sus calles solo conseguimos carteles viejos que te incitan a buscar cosas imposibles de hallar en la urbe actual. Miedo y zozobra. Caracas ha perdido ese rasgo de «muy noble y muy leal», título junto con el cual el monarca español Felipe II le entregara un escudo, el del león rampante con la venera y Cruz de Santiago.

Caracas como posibilidad de convivencia ciudadana se está apagando. De momentos lentamente, casi siempre de manera acelerada. Nos queda el abrigo de nuestros hogares, de la gente que está aquí y es nuestra, de su memoria.

También el refugio natural de ver hacia el norte y conseguir esa azulada masa vegetal que tantas cosas evoca. Pero la grandeza de las ciudades no se basa únicamente en sus estructuras y servicios, ellos son reflejo de algo mucho más importante, esencial, la capacidad que tengamos los caraqueños por darle vida a esta doña de 449 años que nunca deja de nacer.

*Publicado originalmente en El Estímulo el 27 de julio de 2016

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Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Oscar Yanes la última vaina del reportero

«Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero»

Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Por Guillermo Ramos Flamerich

«¿Y cómo es que yo estoy muerto y no es un sueño?», se pregunta Oscar Armando Yanes a la 1:33 de la tarde del lunes 21 de octubre de 2013. «Porque todos estamos aquí», contesta una voz remotamente conocida, la de Rosa Consuelo, la madre que prematuramente falleció cuando él apenas llegaba a los tres años. Es ella, la de la foto, la que siempre estuvo en sus fantasías y en un recuerdo fugaz en el que caminan agarrados de la mano, en la playa, hasta que una ola muy grande los moja.

También está su abuela Rosalía, las tías Carmen, Aida y Carlota, la prima Mercedes y el viejo Yanes, su padre, el que le dice mientras le abraza: «¡Por fin llegaste, vale! Ya era hora». Ninguno lo llama Oscar, todo es Armandito esto, Armandito lo otro. Pero Armandito tiene miedo, le teme a pensar que ha muerto: «Qué vaina…». En eso, la madre lo regaña: «¡No digas groserías!», y a modo de susurro continúa: «por primera vez te puedo regañar y me da pena, porque eres un hombre viejo ¡qué feliz soy!». Con estos personajes y diálogos Oscar Yanes recrea su muerte al inicio del primer tomo de: ¡Nadie me quita lo bailao!, las memorias de un reportero publicadas en 2007 por la editorial Planeta. El día de ese encuentro ya ocurrió.

Los años pasan sin uno darse cuenta. Es viernes  por la mañana y por alguna razón ese día no hay clases, se puede disfrutar de Así Son las Cosas por Venevisión. Son retratos de la vida íntima venezolana de comienzos del siglo XX que formaron a muchos de los niños de mi generación. El hombre con bigote, sombrero y corbatas coloridas; las frases, todas con un acento caraqueño de antaño, muy pronunciado, seguro y bonachón: Chúpate esa mandarina, cúbrase de gloria, siga vibrando… La última expresión fue la que me dijo la primera vez que lo conocí, cuando me firmó un ejemplar de Pura Pantalla (Planeta, 2000), en el que narra «las indiscreciones de la vida venezolana en circuito cerrado», los amores, desengaños, momentos cumbres e ídolos de nuestra televisión. Gracias a los regalos de mi abuela pude leer, uno a uno, los libros que había publicado en los noventa y principios de la década del 2000.

Pero este periodista nacido al sur del río Guaire, tuvo una trayectoria mucho más allá de sus cuentos pintorescos. Fue director de la Televisora Nacional en el primer gobierno de Rafael Caldera, director de la Oficina Central de Información cuando Luis Herrera y diputado del Congreso de la República, todos estos entes ahora extintos. En abril de 1965 llevó las cámaras de televisión a los tribunales donde se juzgaba al ex dictador Marcos Pérez Jiménez. También narró la transmisión de la llegada del hombre a la luna, fue corresponsal durante la guerra de Vietnam… Y maestro de las polémicas. Lo acusaron de amarillista por su trabajo reporteril de sucesos en Últimas Noticias, o las transmisiones que realizó desde La Carlota, donde se mostraban los escombros del terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967. A esas acusaciones respondía con algún refrán de la vieja ciudad.

Pero Oscar Yanes también entrevistó con su marcado estilo personal al compositor y director Igor Stravinski, al líder egipcio Gamal Abdel Nasser, al premio Nobel de literatura John Steinbeck, al pintor Salvador Dalí, tantos personajes, que luego reuniría en su libro Cosas del Mundo, en 1972. Esto sin contar el intenso debate que transmitió Venevisión en las noches de La silla caliente, referente fundamental de la elección presidencial de 1998. Los últimos quince años de su vida sirvieron para consolidar su imagen de cronista, fabulador y en ocasiones humorista.

El 22 de abril de 2007 el Aula Magna de la UCV albergó a parte de los representantes más importantes del humorismo venezolano. Se reunieron para celebrar los ochenta años de Armandito. De contar su vida, chistes contra el gobierno, de recrear la célebre entrevista que le realizara a Reverón y de vibrar, en conjunto, con cada uno de los asistentes. Fue un acto de esos que llaman «únicos», donde la venezolanidad, esa chispa que viene con nuestra forma de ser, estuvo presente de principio a fin. Fue la segunda oportunidad en la que pude conversar con él. Vendrían nuevas ocasiones, cada una de ellas particular. Pero hoy se ha ido, y Hoy es Mañana, le toca bailar el merengue de los muertos y la última vaina del reportero.

Oscar Yanes: la última vaina del reportero

Oscar Yanes: la última vaina del reportero, también apareció en la edición de fin de semana (26 y 27 de octubre de 2013) del diario Tal Cual

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Maestro de las malas palabras

«¡Corran muchachos que ahí viene la Metropuritana!», caricatura de Pedro León Zapata

A finales de los setenta el escritor Salvador Garmendia es reconocido como maestro de las buenas y sobre todo de las malas palabras. El caricaturista Pedro León Zapata está gestando un semanario irreverente, artístico y con mucho humor. Esta es la breve historia de dos amigos, cómplices, en la creación de El Sádico Ilustrado

Maestro de las malas palabras

Por Guillermo Ramos Flamerich

Una calurosa mañana de septiembre de 1978 Salvador recibe una llamada del caricaturista Pedro León Zapata. Son amigos y cómplices, comparten anécdotas de trabajo, hablan de mujeres, de la vida; también son «echados pa’lante»: le ponen al pecho a cualquier situación. La conversación gira en torno de una propuesta que tiene Zapata: un proyecto editorial que está próximo a salir y marcará pauta en el humorismo gráfico venezolano: El Sádico Ilustrado.

«Al oír ese nombre se me cayó de las manos el ejemplar de Juliette, de nuestro padre Sade, que venía leyendo y donde dice: “Imita a la araña, tiende tus hilos y devora sin piedad todo lo que te eche la mano sabia de la naturaleza”», narra el barquisimetano en la presentación de Crónicas Sádicas (1990), un compilado de sus textos para el semanario. «¡Ya Zapata despertó de nuevo! ¡Ahora vamos a hacer la revolución; aunque sea la Revolución Francesa, por la cual no hemos pasado todavía!», bromea antes de conversar sobre la línea y política editoriales.

Zapata le encarga un artículo de tema libre para el primer número, también lo invita a colaborar todas las semanas: «si quieres…», insinúa el tachirense. Sobre los requisitos, explica: «absolutamente libre», sin restricciones de contenido ni en la expresión.

Incrédulo, Salvador pregunta:

–¿Quiere decir que se pueden decir malas palabras?

–Y buenas también, Salvador… Nuestra publicación no albergará ningún tipo de fanatismo… ¡Un siglo de beatería santurrona se va a venir abajo!

Al colgar el teléfono, Garmendia se frota las manos y sonríe de gozo. La nueva publicación le permitirá expresarse a sus anchas, desnudar a ese «país atolondrado y desprevenido que vivía a 4,30». Por varios segundos se queda pensando en la araña, en la paciencia con que teje esa malla de seda. Ella se quedará cerca, agazapada, esperando que la presa se enrede y pueda devorarla. En la casa de Altagracia había muchas arañas. Recuerda que en las esquinas superiores de las tres ventanas de palo siempre había una trampa. Con la luz natural se veían tornasoladas, a veces se alelaba contando las hileras; en alguna ocasión destruyó una red al hurgarla con un palito recogido del jardín… Salvador despierta del ensueño. Sonríe otra vez y regresa a la realidad, debe trabajar en el texto solicitado.

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Dr. José Gregorio Hernández

Dr. José Gregorio Hernández

«Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del Papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia»

Dr. José Gregorio Hernández

Por Guillermo Ramos Flamerich

Esta historia data de 1995, 1996 o 1997. Realmente no importa la fecha. Estaba yo muy pequeño. Viajábamos papá, mamá y yo al pueblo de Isnotú. El andar por carretera, el divisar de parajes, los cambios de clima eran algo nuevo para mi. Los primeros recuerdos de las vías hacia el occidente venezolano y el hospedarse en posadas de leyendas, no por lo que allí hubiera ocurrido, sino por lo que evocaban. Lo más entrañable del siglo XIX, lo más provinciano del XX.

En todo esto esa impresión que uno tiene de niño, de que todo lo que te rodea es de enormes proporciones. Los techos eran abismales y formaban un cielo de madera recubierto con barniz. Pero la razón de este viaje no era solamente el conocer alguna región de Venezuela, se daba para peregrinar en el lugar de nacimiento de un santo venezolano, no oficial, pero igual de milagroso, igual de caritativo y lleno de amor: el Dr. José Gregorio Hernández.

Al recordar un breve documental que alguna vez transmitió Vale TV, llamado Devociones, Pedro León Zapata afirmó que una de las razones de peso para no darle el título de santo al venerable doctor, es la incapacidad que tendría la iglesia de dibujar sobre su sombrero una aureola. Esta reflexión en tono de broma, ratifica eso que sabemos: A la gente no le ha importado la denominación oficial, sigue creyendo y esperando que ocurran los milagros.

Llegó el día de visitar el ¿santuario? de Isnotú. El vitral con el lema: «Familia que reza unida, permanece unida» dentro del recinto; afuera, la estatua blanca de un doctor sereno que ayuda a todo el que lo pida. Por eso su nombre en cientos de plaquitas que arropan los muros y paredes presentes, y el común denominador, la frase: «Gracias por los favores recibidos».

Era pedir, agradecer, comer arepa en la montaña y comprar como artefacto religioso una casita que albergaba una imagen de José Gregorio, la cual servirá como uno de mis recuerdos del viaje para toda la vida. No fue así, duró muchos años, pero el tiempo la estalló. Quedó el figurín en mi cuarto, siempre vigilante pero en calma, con las manos en los bolsillos, acompañado de una estampita del papa Juan Pablo II, la Virgen, y juguetes que marcaron infancia.

De José Gregorio Hernández conocemos el típico relato que va desde sus estudios de medicina en la Universidad Central de Venezuela en 1888; pasa por los días de 1908 en la Cartuja de la Farnetta, en Italia, y sus problemas de salud; y toca el 29 de junio de 1919, cuando es atropellado en la Esquina de Amadores, frente a una farmacia en la que había comprado medicina para uno de sus pacientes. Todo esto revivido en 1990 por la miniserie El siervo de Dios, protagonizada por Mariano Álvarez y transmitida por Venevisión. En su rostro se plasmó el alma atormentada del santo.

La pude ver gracias a las múltiples retransmisiones del canal. Sobre todo durante el paro petrolero de 2002-2003. Siempre recuerdo la escena en la que el doctor intercede ante Juan Vicente Gómez en la liberación de unos estudiantes presos. Pero mucho antes de esto, se encuentra el recuerdo del viaje a Isnotú. Después llegarían los días de visita a su sepulcro en La Candelaria y fotografiar la esquina exacta donde fue atropellado y ahora se encuentra una placa y dibujo que lo conmemora, que lo espera y pide que su santidad esté legalizada.

Aquella travesía de mi niñez era para el pago de una promesa cumplida y la cual está sellada por mi segundo nombre. Por eso soy José. Guillermo José.

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Locos de La Vela: tradición a todo color

Locos de La Vela tradición a todo color

Comparsa de «Los seguidores de Cuima» en el paseo Generalísimo Francisco de Miranda. Foto: Dubraska Vargas

Diablos en la Plaza Bolívar de La Vela

Diablos en la Plaza Bolívar de La Vela

Locos de La Vela: tradición a todo color 

 Guillermo Ramos Flamerich

Mucho antes que la constitución del país hablara sobre presidente o presidenta; gobernador o gobernadora, y que esto se apoderara del lenguaje oficial con lo rebuscado que significa: bachilleres y bachilleras; médicos y médicas, desde hace décadas, cada 28 de diciembre se admira el bailar de los Locos y Locainas de La Vela de Coro. Festividad que se apodera de todas las calles de un pueblo y es parte de eso que se llama tradición.

Resulta que el sol de La Vela deja ver los colores de cada cosa en su máxima expresión. Lo radiante y saturado hace que la vida sea un personaje que arropa cada alma u objeto que en ella transita. Entonces el Mar Caribe une a estos venezolanos con sus vecinos antillanos, y esa mezcla, que llamamos mestizaje, logra dar a luz –a la luz del sol del Caribe– un rico folklore que va desde las comparsas y disfraces hasta los ritmos que las acompañan en conmemoración a los Santos Inocentes, y por qué no, en burla y reproche a los poderosos que antes eran llamados amos.

Fue el sabor que da el tambor veleño lo que logró preparar el viaje. Escuchar –año tras año, cada 28– esas grabaciones de Un Solo Pueblo y de Olga Camacho y la Camachera, lo que un día de noviembre me hizo decir: «Dubraska, ¿y si nos vamos para La Vela? Toca conocer a esos locos». Y así, como la magia de los minutos que hablan los chef de televisión, allí estábamos. Frente a la Plaza Bolívar del pueblo, comiendo empanadas y al fondo una canción: Alúmbrame el zaguán. Un Solo Pueblo, otra vez. Los disfrazados estaban dispersos, las comparsas se empezaban a acomodar. «Alumbra, alumbra, alumbra, alúmbrame el zaguán/Eso se acostumbra en la Navidad», radiaba el perímetro de la plaza, pero estas ondas chocaban con la miniteca de la licorería Oasis. Allí mandaba el lema de: «Cerveza y reguetón pa’ todo el mundo».

El padre Moisés Rafael Galicia durante la misa en la Plaza Bolívar: «La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana»

«La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana». El padre Moisés Rafael Galicia durante la misa en la Plaza Bolívar

Los «Loquitos de La Vela». Foto: Dubraska Vargas

Los «Loquitos de La Vela». Foto: Dubraska Vargas

Y la Mojiganga la noche del 27 ya había recorrido las principales casas del pueblo. Este personaje es quien da inicio a la fiesta. Este año su máscara representa al anarquista V, ese que ahora usa el grupo Anonymous como imagen y que proviene de de la tira cómica V de venganza. Con su sombrero a lo Abraham Lincoln, y la elegancia de un traje negro, ya en la mañana del 28 se paseaba de nuevo por el pueblo, ahora como «cartero».

Frente a mi estaba la Mojiganga, parada, escuchando la prédica del padre Moisés Rafael Galicia. La misa en la plaza, el Niño Jesús en la plaza. La adoración de estos personajes grotescos/hermosos/endemoniados, a la redención cristiana.

Y todo esto nos lleva al sitio neurálgico de la fiesta: el paseo Francisco de Miranda. Frente al mar, frente a las lanchas y frente a todas las banderas que ha tenido Venezuela a lo largo de su historia. Allí se reúnen autoridades, jurado, y el público que rodea una arena con un centro adornado como brújula, en homenaje al Generalísimo y su expedición de 1806. A las 10:10 de la mañana se da el primer: «Aló, aló, probando», y veinte minutos después el despliegue de disfraces: el Dr. Sili Pérez, un bebé Elmo encarnado por un anciano, el Viagrero resucitador, la Vela Tinto, el Vallenatero loco, y el personaje más popular de 2012, Psy con el Gangnam Style, que a cada rato repetían: era el baile del caballo, y es que el loco bailaba con un caballo de madera, de esos que creemos y creamos como de carne y hueso en la niñez.

La Mojiganga en bicicleta (izquierda) y el  disfraz del personaje más famoso de 2012: Psy y su Gangnam Style (derecha)

La Mojiganga en bicicleta (izquierda) y el disfraz del personaje más famoso de 2012: Psy y su Gangnam Style (derecha). Fotos: Dubraska Vargas

Cada loco bailaba al son del tambor veleño. «En el puerto de La Vela, primer puerto de Falcón/Donde enarboló Miranda la bandera tricolor», parte de la letra que cantaba el grupo Combinación Veleña. Cada quien daba su «pasito», todo esto hasta casi mediodía. Carrozas monumentales, seres mitológicos, otro Psy con compañía, la Navidad con renos y hombre de nieve bajo ese calor, marionetas que bailan tambor, animales, serpientes, indios y dragones. Toda una ilusión de colores llenaba el paseo y esa magia era tal que no importaba el sol, la insolación, la brisa. Era La Vela, sus locos y locainas, no convenía pensar que toda esa gente reunida después iban a abarrotar cada lugar de comida, y los dos cajeros automáticos con que cuenta el pueblo.

Lo que ocurre después es música, carros con ritmo y cervezas que recorren cada esquina. Es esperar los resultados en la plaza La Antillana, hasta las diez de la noche. Son conjuntos para bailar, fuegos artificiales, parrillas y buhoneros que venden cualquier cosa. Es el saber que la tradición persiste a pesar de todo, y que los niños también se disfrazan con centauros y cíclopes a sus hombros. Que el disfraz popular individual de Gangam Style ganó, las marionetas bailarinas de Vertigo Dance, quedaron como el mejor disfraz popular en comparsa. Los Diablos Ancestrales resultaron los victoriosos como fantasía en comparsa mixta, y en fantasía monumental: Tierra de libélulas (individual) y los dragones Kolé Moza (comparsa).

La fiesta continua hasta el 29, cuando son premiados los disfraces ganadores. El pueblo poco a poco regresa a la calma y se prepara para el año nuevo. Quedan dos días para el 31 y a los organizadores se les renueva el ciclo de mantener viva la tradición. La petición de los más fieles: lograr crear la casa museo que aloje la historia de cada 28, así como elevar la festividad a Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. Muchos son los deseos. También mucha es la unión de sectores. Saben que la continuidad de la memoria depende de cada uno de ellos.

Ganadores en la categoría Fantasía Monumental: Tierra de libélulas (derecha) y Kolé Moza (izquierda). Foto: Dubraska Vargas

Ganadores en la categoría Fantasía Monumental: Tierra de libélulas (izquierda) y Kolé Moza (derecha). Fotos: Dubraska Vargas

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Historia personal de la telenovela

Guillermo Ramos Flamerich
(A puerta cerrada – RCTV, 1996)

Historia personal de la telenovela

Por Guillermo Ramos Flamerich

«En cualquier telenovela, se dice mil veces la palabra boda y no se pronuncia ni una vez la palabra orgasmo. ¿Eso no te parece una definición del género?»

Manuel Izquierdo a Pablo Manzanares en Rating, de Alberto Barrera Tyszka (2011)

Era 1996. La Agenda Venezuela comenzaba su breve apogeo, todavía en televisión aparecían los ahorristas defalcados por la crisis bancaria de finales del 93 y comienzos del 94. La Macarena estaba de moda, el Papa había visitado Venezuela por segunda vez y en Estados Unidos era año de elecciones. Bill Clinton lograría la reelección y Atlanta era la sede de las olimpiadas. Nada de esto me importaba demasiado. Era un niño de cinco años, y mi mamá buscaba como distraerme en mis vacaciones de segundo nivel.

Lo más conveniente era ir a ver –en vivo– a las estrellas de la telenovela que veía todas las noches por Radio Caracas Televisión. Se trataba de Los Amores de Anita Peña, protagonizada por María Alejandra Martín, Franklin Virgüez, y Rafael Romero. Se iban a presentar en el estudio de La Campiña, en el programa de las mañanas que conducía Marietta Santana: A puerta cerrada.

Y yo todo emocionado. Mi pequeña humanidad corría de un lado a otro. Estaba inquieto por entrar. Eso era gigante, de los lugares más grandes que había visto hasta ese momento. Todas esas luces y cámaras y personas como en la penumbra. Y el estudio todo iluminado. ¿Qué era eso? Ah, la pensión y la casa del vampiro y el otro lugar que no recuerdo. Eran las locaciones de la telenovela.

Mi mamá y yo buscábamos donde sentarnos. Todo estaba lleno. Todo. Todo. De repente escuché un rumor: «Van a rifar unos boletos de avión a Margarita. Marietta va a elegir a alguien del público y va a hacerle preguntas». Lo decía un gordito emocionado. Imaginarlo hoy me da risa, pero en el momento detallé sus palabras como si escuchara a un ídolo. La semana anterior yo había imaginado que trabajaba en la novela, que mi personaje vivía en la pensión. Que todos eran mis amigos. Que era el niño de la casa.

Conseguimos dos butacas por la grada lateral izquierda, cerca de las escaleras. La visibilidad era aceptable. Y todo comenzó. Los actores recrearon una escena de la novela. Allí estaba Anita Peña y el vampiro y el negrito fantasma. Eran de verdad. Cerca de la mitad del programa Marietta habla de los boletos a Margarita cortesía de Viasa. Recorre parte de las gradas y de pronto se acerca hasta mi. «Vamos a preguntarle a este niño cuanto conoce de Los amores de Anita Peña. ¿Cuáles son los personajes masculinos principales de la novela? ». De inmediato respondí: «Drácula, el negrito fantasma y el otro negrito». No sé que dijo Marietta, no tengo más recuerdos. Solo el de mi mamá y yo buscando los pasajes en Viasa y el del viaje en avión. «Asientos de cuero, asientos de cuero. Es que Viasa es calidad», decía mi mamá antes de despegar.

De este viaje el mayor recuerdo que tengo es de cómo lo gané, de lo que hice o no en la isla, sólo quedan imágenes algo borrosas y sin mucho sentido. Eso sí, mi afición por las telenovelas aumentó progresivamente: El país de las mujeres (1998), Amantes de luna llena (2000), A calzón quitao (2001), Trapos íntimos (2002), Mi gorda bella (2002), Cosita Rica (2003). Y las producciones brasileras que competían –desde Televen– con RCTV y Venevisión. En ellas los sentimientos humanos aparecían al límite. No ver un episodio era sentir que algo le faltaba al día. Los domingos eran incompletos por esa razón. Los sábados pasan novelas, los domingos no. Y luego del sábado se podía dormir hasta tarde, si se quería hasta el mediodía. En cambio los domingos era necesario acostarse temprano, porque al día siguiente había que madrugar. Es ese otro cuento de la lucha entre dos días hermanos.

Pero las pasiones que levantan los llamados «culebrones», no son solamente por lo que cada capítulo transmite, sino también por el hecho de ser telenovelas. Son basura, las actuaciones son forzadas, no enseñan, su producción es mediocre, alienan a la población, esas son algunas de las críticas que durante años ha recibido el género. La burla recurrente cuando se les quiere atacar: una escena sobreactuada donde alguien llama al protagonista por un nombre kilométrico para decir que no pueden estar juntos por ser hermanos.

A finales de 2002 Leonardo Padrón –quien ha hecho de la telenovela una forma de trabajo– publicó en la Revista Bigott un artículo titulado: La telenovela, ¿género literario del siglo XXI? En sus páginas expone varios puntos interesantes. Uno de ellos: «Sí, las telenovelas han funcionado así durante años: con argumentos superficiales, con el simplismo de su esquema narrativo, con la manera abusiva como prolongan la historia, con la presentación de estereotipos en vez de personajes, con diálogos banales o impostados, con sentimientos toscos y vulgares. Así son, así gustan. Pero, digo yo, la historia de la cultura del hombres la historia de la evolución de sus rituales creativos. (…) La telenovela es aún un género joven, muy joven, históricamente hablando, más allá de que sus raíces estén en el folletín del siglo XVIII y en los nombres de Alejandro Dumas, Balzac, Víctor Hugo y Dickens».

Un género joven con altas y bajas. Atrás quedaron las denominadas «telenovelas culturales», regidas por la pluma de escritores como José Ignacio Cabrujas o Salvador Garmendia. También las que reflejan una realidad política y social, las que tocan la denuncia. Ejemplo de ello fue Por Estas Calles (1992-1994). Venezuela ya no es la exportadora de este producto de consumo masivo. La competencia interna decayó desde el cierre de RCTV. Abundan las telenovelas importadas y cuando se logra producir una en el país, es celebrada casi con el título de «Suceso del año». Desde el poder se vende la «telenovela socialista» pero es esa la nueva historia de un viejo fracaso: la imposición.

Toca rememorar y repensar lo mucho que se puede hacer. Cómo integrar creatividad y calidad junto con la preexistente cartilla sentimental. Es la telenovela un negocio, pero también una forma de ser latinoamericano, de ser venezolano. Es parte de nuestra idiosincrasia ese arte de narrar nacido en las tabaquerías cubanas de finales del siglo XIX. En las cuales se leían en voz alta capítulos de los folletines sentimentales que a las torcedoras de la fábrica hacían llorar, reír, gozar. Algo así explica Ibsen Martínez en un artículo dedicado a la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka, parte de las obras de ficción que han surgido para analizar el género. Y con la cual se inicia el recorrido por esta historia personal.

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De valientes, valentinos y valentones

«Atraco a mano armada: Dame tu corazón ya». Dibujo de Juan Luis Landaeta

       De valientes, valentinos y valentones

(Fragmento de un Día de los Enamorados en Caracas)

Por Guillermo Ramos Flamerich

Estoy en el Centro Loyola de la Universidad Católica Andrés Bello, en su planta baja. Hay mesas con pequeños árboles de caramelos que las adornan, estas son rodeadas por tienditas que llaman a comprar artefactos amorosos. Hay globos con forma de corazón, muchos globos. Se escucha una melodía, es la del bolero «Cantando quiero decirte», lo interpreta Orlando Sandoval. Es la «Tarde de Boleros» preparada por la Dirección de Cultura de la universidad para el martes 14 de febrero. Está buena la cosa, las parejas se miran, algunos solitarios cantan y el narra-cuentos, Armando Quintero, se prepara, le toca declamar una de sus historias. Tiene algo de resfriado, pero igual lo hará. La función está de antología, pero debo irme. Ella me espera.

Me zafo de viajar en Metro gracias a la cola que me da un amigo. Me deja cerca de donde ella se encuentra. Todavía no está lista, sigue en sus clases de música. Me toca esperar y disfrutar el paso de las horas. Camino, es uno de mis oficios preferidos. Llego a Chacaíto. Son tantos los globos rosados de papel aluminio, tantas las mujeres con al menos una rosa y demasiadas las que cargan al perro-peluche más famoso de estos días. No sé su nombre, pero es modelo único. Sus largos ojos y orejas son el regalo perfecto, algo así deben creer los que lo obsequian.

El tablero de ajedrez gigante de la plaza Brión sigue con sus bailadores de break dance, creo que no tienen nada preparado por San Valentín. Del Centro Comercial Expresso se escapa una canción romántica, hay una feria artesanal en honor al corazón. Al frente, un indigente pelea contra el viento, le cae a manotazos, lo insulta. ¿Qué le habrá hecho? No sé, pero en días como este, un despecho de altas magnitudes es comprensible.

Tomo metro hasta Altamira, la estación también celebra con algunas canciones del repertorio amoroso-popular. Las escaleras eléctricas están malas, para subir y bajar hay colas, pero no es la habitual. Tres travestis están sentados en ellas. Se escuchan silbidos, chistes y burlas. Esperan, hablan entre ellos y parecen no pararle a los comentarios de los demás. ¿Qué esperan un 14 de febrero: amor, comprensión, pasión?

En Plaza Altamira hay cajas azules y promotores con trajes de igual color. Cajas abiertas y gente agarrando lo que está dentro de ellas. Están regalando preservativos. No logro ver a cuál organización adjudicarle el gesto. Sólo sé que son marca Moods, fabricados en la India y que vencen dentro de un año y ocho meses. Una señora pide para su hijo y se lleva su paquete. Yo no consigo el paquete completo, sólo dos.

Ella está ahora en Chacao, voy para allá en metro, nuevamente. Sigue la estación con música para parejas. Los vagones están casi todos llenos, el que tiene un área preferencial todavía puede recibir algunos más. Frente a las sillas azules estoy parado, con muchos pensamientos difusos. Saco mi celular del bolsillo y los dos Moods se caen. Una anciana me ve como con cierta cosa, trato de no pararle. Alguien hace un chiste «sin querer queriendo», tampoco le paro. Conecto los audífonos a mi celular y pongo música. La vie en rose da un tono nostálgico al recorrido. Observo cómo pasan las luces del túnel una por una, como al abrirse la puerta la gente, en gesto torpe, trata de salir o entrar. Bajo de la estación. Camino hasta donde está ella. La veo, me encuentra, empieza un rato agradable. Recordamos la primera cita, buscamos el sentido diferente a la fecha, a ella se le sale una que otra cursilería, pero qué más da, es 14 de febrero, Día de los Enamorados.

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CAP: entre la historia y la polémica

Figura de plástico de CAP

«En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP»

CAP: entre la historia y la polémica

Por Guillermo Ramos Flamerich

En la revista Élite número 2.517 del 21 de diciembre de 1973 se relata la historia de José Couri. El cual arriesgó un millón de bolívares apostando que Carlos Andrés Pérez ganaría las elecciones presidenciales de aquel año. Sirvió como respuesta a un reto firmado por simpatizantes de Copei. Couri dio como razón para aceptar el desafío «repudiar públicamente la arrogancia de los copeyanos». Pasados los comicios electorales, el ganador afirmó que utilizaría el millón para obras sociales. Más allá de lo pintoresco de esta anécdota, el país inauguraba un quinquenio de opulencia, fluidez de recursos y la concepción de una nación próxima a lograr el desarrollo. Con un líder que podría arropar a todo el «Tercer Mundo» bajo las cobijas de la socialdemocracia. Comienza así la entrada de Carlos Andrés Pérez a las grandes ligas de nuestra historia.

El 5 de octubre de 2011 el velorio de Carlos Andrés en Caracas tenía lugar en la casa sindical de AD en El Paraíso. Más allá de las imágenes y jingles proyectados, frases como: era un ser humano, los seres humanos cometemos errores; el Congreso no lo dejó gobernar; Carlos Andrés prometió y cumplió, aparecían en todos los rincones. Por los alrededores el tráfico no era el habitual y una que otra persona hablaba en tono de burla sobre los restos del ex presidente y el tiempo transcurrido desde su fallecimiento el día de Navidad de 2010.

En una fotografía de Manuel Sardá posterior al golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se denota una pancarta donde aparece la imagen de Hugo Chávez al momento de rendirse en el Museo Histórico Militar y la de Carlos Andrés Pérez  con las manos juntas en posición de oración. La primera tiene una leyenda que dice: «Decentes a la calle», la segunda: «Corruptos a la cárcel». Es curioso notar que en 2010 un automóvil presentaba un letrero con unas palabras muy sencillas, pero contradictorio de lo antes mencionado. El escrito rezaba así: «Señor… Devuélvenos a CAP y te entregamos Chávez». Esa es la política, un día estas arriba, otras veces abajo y viceversa afirmaría cualquier persona que se crea experta en el tema. Los noventa sirvieron para la satanización de Pérez, todos los problemas y vicios del sistema recaían casi en su totalidad en una sola persona.

El 6 de octubre, cuando la urna con los restos del alguna vez llamado «Locoven» era bajada del carro fúnebre en el bulevar de El Cafetal, los más jóvenes militantes del partido Acción Democrática se peleaban por cargarla. Hacían una especie de cadena humana para que sólo los «blancos» pudieran estar más próximos al reivindicado líder. En menos de dos décadas logró pasar de expulsado a héroe.

«El Gocho» alguna vez tuvo la imagen de un policía represor. Fue en la década de los sesenta cuando, en su función como ministro del Interior, presentó un rostro serio y rudo, poco dado a las sonrisas y al contacto cercano con la gente. Con la campaña de 1973 su personalidad pública será reinventada. Quizás la imagen icónica de ese período, y de su vida entera, es la fotografía donde, congelado en el aire, salta un charco. Las patillas, el saco a cuadros. La vitalidad de un candidato que promete una «Democracia con Energía». Ese vigor servirá para acentuar el gasto público en un país bendecido por el dinero súbito. Se hablará de la hipertrofia del Estado, la deuda generada, la corrupción y la productividad venida a menos. Será esa misma energía la que presentará a un presidente izando la bandera, el 1 de enero de 1976, en la nacionalización de nuestro petróleo; en la entrega de becas; las giras por el mundo e inaugurando obras de infraestructura en diversos rincones del país.

Las personas presentes en el cortejo fúnebre hacían gala del mercadeo existente sobre CAP. Franelas, chapas, un muñeco de plástico, un uniforme de obrero petrolero con su foto incrustada, en fin, toda una tienda de objetos curiosos. A pesar de la lluvia la gente seguía en caminata hasta el Cementerio del Este. Era peculiar escuchar la canción de «ese hombre si camina…» mientras dirigentes de nuestra actualidad política hacían el recorrido en automóvil. De un colegio cercano se veían niños en edad preescolar asomando sus cabecitas a la calle para fisgonear sobre el hecho. Lo más probable es que no conozcan la historia de Carlos Andrés Pérez, pero el momento que observaron quedará en la memoria.

La comunidad internacional aplaudía la liberalización de la economía en Venezuela. Las cifras macroeconómicas eran cada vez mejores. Una democracia estable en camino a conseguir una economía de mercado. En lo interno, un estallido social, dos golpes de Estado y la desmejora en los ingresos y calidad de vida de los ciudadanos eran la otra cara de la moneda. «El Gran Viraje» se desarrollaba en una sociedad donde las instituciones y los partidos políticos cada día estaban más desacreditados. Un Carlos Andrés Pérez diametralmente opuesto al bonachón de quince años antes intentaba girar el timón de la nación a otros rumbos. CAP sería destituido por malversación de fondos. ¿Cuál fue la reacción popular ante tal hecho? De esta manera lo relata el historiador Manuel Caballero: «Pero aparte de unos cuantos gritos de las barras en el Congreso y en la acera de enfrente, la fiesta popular no se vio por ninguna parte». El problema no era sólo de un hombre, un sistema entero, acaso la sociedad en su conjunto, vivía una crisis de tamaño insospechado.

Globos blancos adornaron el cielo cercano al cementerio. De camino al foso donde sería enterrado, alguno que otro curioso visitó la tumba de Rómulo Betancourt. Un señor, proveniente de Maracay, se arrodilló ante ella y comenzó a rezar. Virginia Betancourt y Germán Carrera Damas ofrecieron unas palabras en homenaje al difunto. Diecinueve disparos de salva lo despidieron. Ochenta y ocho años  y cincuenta y nueve días vivió un personaje polémico, tanto en su ciclo vital como en la muerte. Hechos contradictorios marcaron toda su trayectoria. Su afán fue siempre quedar en la historia.

En los últimos años se han elaborado juicios pasionales de este personaje. Tanto la exaltación como el odio visceral están presentes en cualquier mención a CAP. Quedará en otras manos hacer un dictamen balanceado. Parece imposible. Por los momentos la nostalgia y la situación actual algo lo ha reivindicado. Su imagen parece estar más saludable hoy en día que en el momento de su último suspiro.

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