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En la esquina de Miracielos continúa la tradición

En la esquina de Miracielos continúa la tradición

Por Guillermo Ramos Flamerich

Este es el recuento de un miércoles santo en el centro de Santiago de León de Caracas. La tradición combinada con la fe, hacen de la figura del Nazareno de San Pablo, una de las imágenes protagonistas de la pascua venezolana

«El Nazareno de San Pablo y el rito que conlleva, es muestra de un pueblo creyente y de una Caracas, que aunque transfigurada, conserva la esencia de un pasado clave, que nos explica y comprende»

A las diez de la mañana los alrededores de la Plaza Caracas, así como la mezzanina del Centro Simón Bolívar estaban repletos de vendedores ambulantes. El ambiente simulaba aquel pasaje bíblico del templo lleno de mercaderes. Esos que luego Jesús echaría. Patacones, manjaretes, hallacas, churros, una procesión de algodón de azúcar y el vendedor-animador que exhibía un rayador para vegetales, especial para preparar chop suey. «Todo a cinco, todo a cinco», vociferaba un buhonero mientras yo bajaba a las inmediaciones de la iglesia de Santa Teresa.

Comerciantes cuales Reyes Magos esparcían incienso, el cual se mezclaba con el inevitable olor a cañería que sufre gran parte del centro histórico de Caracas. Bolsos, túnicas, velas, estampitas y demás El Nazareno de San Pablo se convertía en ídolo pop. Cincuenta bolívares las franelas, diferentes tallas, colores y diseños. Una de ellas mostraba impreso parte del poema: El limonero del Señor de Andrés Eloy Blanco, otras presentaban el rostro de Juan Pablo II, la figura de San Miguel Arcángel y del imprescindible homenajeado de ropaje morado. En todo este panorama, resaltaba la figura de cerámica de un Nazareno que, a pesar de cargar a cuestas con la cruz, su mayor sufrimiento se convertía en el plástico en el cual estaba atrapado.

Sandra Goda y su nieta, aquella que sólo le daban una hora de vida

Frente a la iglesia que construyera Antonio Guzmán Blanco en honor a su esposa Ana Teresa Ibarra, y como escarmiento por derribarle el hogar al Nazareno de la vieja Capilla de San Pablo el Ermitaño, la policía nacional y los medios de comunicación aguardaban cualquier novedad. Para entrar al templo la cola llegaba más allá del Teatro Municipal, repasando los límites del SAIME. Al ver la acumulación de gente frente al organismo de identificación y extranjería, llegó a mi mente un tenebroso recuerdo de infancia: el del día que saqué mi primer pasaporte.

Aunque una de las tantas almas que caminaban por el lugar alegaba que «no había tanta gente como el año pasado», para Sandra Goda, la tradición del Nazareno comenzaba este año. La razón: su primera nieta se vio muy mal cuando nació, le daban una hora de vida. Ahora se encuentra descalza, junto con su bebé, pagando promesas por mantener a su retoño con vida. La fiesta de pregones continuaba. La venta de películas con motivos religiosos era abismal. «Llegó el Nazareno, está esperando por ti», «tres velas por cinco bolívares».

 La procesión del algodón de azúcar seguía su paso errante. En la peregrinación se observaban cierta cantidad de niños con túnicas púrpuras. Alguno que otro con la actitud que describe Julio Garmendia en su cuento El pequeño Nazareno. Inquieto, medio molesto, sin entender lo que ocurría. Otros, los más infantes, sólo dormían o se nutrían del pecho de su madre. Uno de esos pequeños nazarenos, capitaneando un carrito de churros, acompañaba a su padre quien, cual San José buscando posada, vagaba de sitio en sitio, rastreando el mejor lugar para vender su mercancía.

«Para entrar al templo la cola llegaba más allá del Teatro Municipal, repasando los límites del SAIME»

La figura joven y robusta de la vendedora Milagros Valdés, me comentaba sobre su vida y el Nazareno. Todos los años labora frente a la Iglesia de Santa Teresa. Ha hecho la procesión, la cola, ha amanecido en el lugar. Vende desde que era una niña. Toda una vida. Ahora, negocia con túnicas de todos los tamaños. Las ventas han disminuido, pero la fe continua. Ya era casi la hora de la misa. Al ritmo de las campanas meditaba sobre el significado de esta manifestación de devoción. A pesar de la ciudad, el excesivo comercio y el retablo de Andrés Eloy: «En la Esquina de Miracielos agoniza la tradición», el Nazareno de San Pablo y el rito que conlleva, es muestra de un pueblo creyente y de una Caracas, que aunque transfigurada, conserva la esencia de un pasado clave, que nos explica y comprende.

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