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Elogio de Dilia Díaz Cisneros

Guillermo Ramos Flamerich y Dilia Díaz Cisneros

Guillermo Ramos Flamerich y su abuela, Dilia Elena Díaz Cisneros, la «Eli» (1925-2017).

Botella al mar de los cielos

Por Guillermo Ramos Flamerich

I

Una noche de julio o agosto de 1998, nos encontrábamos mi papá (su hijo), mi Eli y yo (su nieto) en la buhardilla de la casa que tenemos en la vía a la Colonia Tovar. Estábamos viendo televisión. El aparato, en pobre señal analógica, presentaba el cuerpo de un venerable anciano fallecido. Era alguna película cuyo nombre no recuerdo ya, pero en mi impresión de niño de siete años, solo podía pensar en que mi abuela era vieja y no quería verla de esa manera, en un ataúd.

La abracé tan fuerte que ella sonrió y entonces eso le dije: «No quiero crecer nunca, quiero ser siempre niño para que tú siempre estés conmigo». A lo que ella respondió: «Tendrás entonces que irte con Peter Pan, porque te toca crecer y ser un hombre de bien». Esa noche no me acuerdo qué soñé, pero siempre que regreso a ella, tengo la visión panorámica, como si lo estuviera viendo desde lejos, desde el futuro. Ese momento en que observo a esas tres personas hablando y con la televisión encendida, es hoy.

Muchas veces conversamos sobre la muerte. Desde que estaba niño. Mi Eli me decía que no me encariñara con ella, porque ya estaba mayor y entonces yo iba a sufrir mucho cuando partiera. Yo le decía que no, que ella era como la protagonista de esa serie de los ochenta, llamada La Súper Abuela, una que en los noventa todavía transmitía Venezolana de Televisión y yo de vez en cuando veía en su casa. Es que era todavía muy ágil para su edad, siempre activa y con las ganas de pasar conmigo esos momentos que hoy agradezco, los cuales me dan la fuerza para escribir estas líneas.

También me repetía que su mayor deseo era poder verme graduado en la universidad, pero que quizás cuando creciera la iba a dejar de querer, por esas cosas de adolescente o de adulto. Eso último nunca ocurrió. Asimismo me decía que no aspirara para ella una larga vida, que no quería ser una «vieja chuchumeca», de esas que ya no pueden hacer nada. Eso sí se cumplió. Fue longeva. 92 años de vida, casi un siglo, gracias a esos años, me vio graduado y tuve el hermoso regalo de disfrutar a esa viejita ya como un adulto.

La noche del 10 de julio de 2017, cuando la vi ahí en su cama, serenísima, con la piel todavía caliente y su olor por cada rincón de la habitación, solo pude darle un beso en la boca y otro en la frente y pedirle la bendición. Horas antes lo había hecho, fue la última vez que conversamos. Ella sacó fuerzas de donde no las tenía y me dio la bendición, con la coletilla de: «Ya no puedo hablar». Cuando recibí la noticia por parte de mi tío Joseito y mi tía Mercedes, se confirmaba el peor de mis temores. Pero no fue el llanto supremo lo que se apoderó de mí, sino una paz absoluta que quizás ella me otorgó para que el tránsito de esas horas no fuera tan despiadado como siempre imaginé.

II

Se llamaba Dilia Elena y había nacido el 1 de junio de 1925 en un pueblito conocido como El Hatillo, estado Miranda. Ese que hoy sirve para el esparcimiento –entre churros, centros comerciales y un clima todavía benéfico– de la atormentada Caracas. Digo pueblito, porque para el año en que ella nació, vivir allí e ir a la capital, era toda una travesía. Con unos automóviles llevados por unas cadenas especiales, que les permitían rodar por aquellos caminos de tierra, rumbo a la ciudad que poco a poco dejaba su provinciana fisonomía y se convertía, al ritmo del Foxtrot y los tangos, en una ciudad más cosmopolita.

Se llamaba Dilia, pero mi prima Mercedes Elena la bautizó como Eli. No sé el origen de ese nombre, pero yo también empecé a decirle así. Tanta era la costumbre, que una amiga de mi prima la trataba como «la señora Eli». Mi otra prima paterna, Ailid, si le llamaba abuela, pero en su nombre, siempre la lleva consigo, porque, ¿Qué dice Ailid cuando lo leemos a la inversa? Dice Dilia.

Se llamaba Dilia Elena Díaz, pero a la hora de escribir poesías escolares, su seudónimo era el de Ailid Zaid.

Cómo evoco esos poemas que ella siempre me leía desde chiquito. Creo que uno de los primeros que me enseñó fue el que escribiera en el ya remoto 1947 y que estaba dedicado a «El Descubrimiento de América».

Empezaba así:

I

Cristóbal Colón nos trajo

un ramillete de flores,

que al regarlas en América

la pintó de mil colores.

II

Vino en sus tres carabelas,

con mucha tripulación

que al ver estaban perdidos

matarían a Colón.

Y continuaba la travesía en esas letras, con el grito de Rodrigo de Triana y la tierra que encontraban aquellos advenedizos. Creo que una vez lo recité un 12 de octubre en mi colegio. Siempre, en una efeméride, algún acto especial, me entregaba un papel con alguno de sus escritos, los cuales adoraba que yo se los leyera. Con ella aprendí a leer con el método de alfabetización del trienio adeco, el ¡Abajo Cadenas!, en el cual se contaba la historia de Juan Camejo, un campesino que no solo había sido alfabetizado, también votaba y ayudaba, echando DDT, a eliminar el paludismo de los campos venezolanos. Me transporto a la tarde en que terminamos de leer juntos ese libro. ¡Qué privilegio y qué historias! Ella lo anotó en su diario y yo, como Juan Camejo de fin de siglo, podía ahora conocer un universo que se abría gracias a la paciencia de la Eli y la mano franca de mis padres.

Víctor Guillermo Ramos y Dilia Díaz Cisneros

Dilia y su esposo, Víctor Guillermo Ramos Rangel, en «Apamate», la casa que tenían en Cúa, estado Miranda.

III

Su oficio siempre fue el de educadora. Al venirse a Caracas, comienza a estudiar en la Unidad Escolar Gran Colombia, de la cual egresaría en 1947 como parte de la promoción «Licenciado Miguel José Sanz». Son los años en que el uniforme era azul y blanco y entre el trabajo de tejer escarpines y el estudio, la jornada era tan larga que a veces se dormía en clases. Ante esta situación, uno de sus maestros decidió ayudarla y poco después empezaría a ganarse la vida como docente en una escuela que se llamaba Costa Rica. Con los años volvería a tejer escarpines, pero para sus hijos, para sus nietos. Cómo me gustaba usarlos, los pies se sentían arropados, protegidos, mientras me recordaban que habían sido hechos con el amor de los amores. Eso, sus hallaquitas y las hallacas decembrinas que preparaba con mi mamá en la casa de Cúa, solo pueden producir una sonrisa que aplaca cualquier tristeza.

Hablando de esa casa de Cúa –Se llamaba Apamate el refugio que tuvo con mi abuelo Víctor Guillermo en los Valles del Tuy–, en ese sitio descubrí la magia de los libros, el inconfundible aroma a polvo, la humedad de páginas que crujen pero tienen una nueva oportunidad de ser leídas. Descubrí lo que era un tocadiscos y el placer de lanzarse en esa torre de revistas viejas que me relataban la Venezuela que había sido. Mi Eli me entusiasmaba a escudriñar la biblioteca, a llevarme esos tomos viejos para la casa. Los Almanaques Mundiales del 68, del 71, las revistas Élite, Momento y Venezuela Gráfica; el Decreto de Instrucción Pública de Guzmán Blanco del 27 de junio de 1870; los discos de zarzuela, clásicos, merengues, joropos tuyeros y por supuesto, conocer del  maestro Vicente Emilio Sojo y su Orfeón Lamas. Mi abuelo había sido parte de esa camada que preparara el Maestro Sojo y lo ayudaría a recopilar canciones del acervo popular venezolano. La Eli formaría parte, por poco tiempo, del orfeón, pero con mi abuelo estaría casada por casi cuatro décadas, hasta que él falleciera en diciembre de 1986.

Allí me inculcó el amor por nuestras melodías, por lo que hemos sido, somos y seremos. Descubrir a Venezuela más allá de las fatalidades del día a día y sentir que esta tierra es nuestra, no por el simple capricho de un discurso nacionalista, sino porque existe una tradición que nos arropa y que nos guía como luz en el futuro. Cuando vi la caja de sus cenizas, entendí perfectamente esa frase que reza: Tu patria es donde están tus muertos.

Me sorprendía siempre con regalos que cada día aprecio más. Desde un dorado trencito con melodía de carrusel, hasta las bellas tarjetas, con alguna rima personalizada, por el fin del año escolar, el cumpleaños, o algún premio recibido, el cual siempre celebrábamos con ella, comiendo en un restaurante de mi elección.

Cuando me regalaba libros, siempre estos tenían que ver con nuestra historia, con Caracas y sus cosas, como los de Óscar Yanes, que tanto disfrutábamos leer juntos. Siempre me decía: «Anota la fecha, para que quede registro y no se olvide». Ella tenía la costumbre de marcar sus libros con su firma en la página 50. Qué bonito encontrarse con sus letras, con su huella protectora. Recuerdo una conversación larguísima que tuvimos por teléfono, disertando sobre la ciudad y sus momentos. En sus últimos cuatro años de vida, mi fascinación cada semana, era poder leerle la prensa del día, recitarle poemas, algún texto mío y ver su sonrisa: «Sí que estás hermosa», le decía. Ella respondía con burla: «Linda, linda…». Qué mujer tan primorosa, qué alma tan especial.

Inauguración Caracciolo Parra León, 1971

Inauguración de la Unidad Educativa Nacional Caracciolo Parra León (El Valle, Caracas, 2 de marzo de 1971).

IV

El 2 de marzo de 1971 debió haber sido una fecha de grandes satisfacciones para mi Eli. Nacía en El Valle la Unidad Educativa Nacional Caracciolo Parra León y ella era su fundadora y directora. Poco a poco he ido consiguiendo información de aquel martes. Algunas fotos donde aparece el entonces presidente Rafael Caldera acompañado del jurista y expresidente Edgar Sanabria, la familia del desaparecido homenajeado y Dilia Elena, en un acto que, según relata la prensa de la época, fue amenizado por la Banda Marcial de Caracas.

Mi Eli y mi abuelo Víctor Guillermo también compusieron el himno de la institución. La estrofa final decía: «Con paz, amor y alegría / Asistamos a la escuela / A escuchar nuestras lecciones / Y luchar por Venezuela». A finales de esa década la Eli se jubilaría y los ochenta y noventa le traerían el regalo de ser abuela. Tres hijos que a su vez tuvieron un hijo cada uno, es decir, eran tres nietos.

Desde chiquito me dediqué a dibujarle tarjetas por la Navidad, Día de la Madre y su cumpleaños. Ella las coleccionaba todas y cada una relataba no solo una historia de amor, sino algún suceso de la actualidad nacional, desde el paro de 2002, pasando por el cierre de RCTV, hasta llegar a la última que le hice en vida, donde toco el tema de las protestas de 2017. A su vez, otra de sus formas de consentirme era con una suerte de mesada que colocaba en un pote de papitas fritas –así como el de las Pringles–. Ese pote sonaba colmado de monedas que me servían para la semana. Pero si me pongo aquí a rememorar anécdotas, pueden ser cientos de páginas. Ya habrá oportunidad.

La memoria es frágil, pero por alguna razón durante los últimos meses de su vida, alguna fuerza superior me estaba preparando para asumir esta pérdida física. Cada vez que cerraba los ojos me transportaba a esas vivencias compartidas a su lado. Estaba allí, con el calorcito de Cúa o la melodía de los grillos en su casa de Coche. Con el aroma de sus comidas, su voz pausada al conversar y potente a la hora de declamar. Escuchando sus cantos y sintiéndome satisfecho porque su vida había sido larga y la misión había sido cumplida. La tristeza y el duelo son naturales a toda pérdida. Pero debo estar claro que lo que ha marcado y marcará mi periplo vital, no es su ausencia, sino los años junto a ella. Ahora me acompaña en cada paso y puedo pedirle que interceda por mí, para que cada decisión que tome sea la más sabía. Para poder ser siempre un hombre de bien.

Pocos meses antes de su fallecimiento, en uno de esos sábados en que la cuidaba, recuerdo que de la nada me dijo: «¡Gracias! Has sido maravilloso conmigo. Siempre te agradeceré». La abracé y supe en ese instante que ese abrazo duraría para toda la vida.

Guillermo y la Eli (2005)

Guillermo y la Eli (5 de julio de 2005).

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Viajeros del siglo XIX en Venezuela

Velorio de Cruz de Mayo - Göering

Velorio de Cruz de Mayo. Anton Göering. Tomado del Atlas de Tradiciones de Venezuela. Fundación Bigott, 1998. Aparecido originalmente en Von tropischen Tieflande zum ewigen Schnee. Eine malerische Schilderung des schönsten Tropenlandes Venezuela. Leipzig, 1892.

La extraordinaria cotidianidad

Por Guillermo Ramos Flamerich

Comenzaré estas palabras con una evocación muy personal. De niño siempre revisaba el Atlas de Tradiciones de Venezuela (1998) de la Fundación Bigott. Allí conocí de cultores populares, arquitectura local y las fiestas y manifestaciones que acompañan y adornan cada región del país. Cuando llegaba a la sección sobre «La Música Tradicional Venezolana», más allá del texto, quedaba fascinado por un grabado de 1892 sobre los Velorios de Cruz de Mayo.

En el mismo, aparecen tres individuos quienes a punta de furro, maracas y algún cuatro o guitarrilla, ponen a bailar a dos parejas, vestidas a la usanza de los trapos campesinos de la época, vestimentas consideradas actualmente como parte del patrimonio nacional. Otras cuatro personas acompañan la escena, dos a lo lejos, otras dos más cercanas. También son dos las chozas. En la más próxima a nosotros, podemos ver la silueta de un altar, con sus velas y ofrendas a una Cruz de Mayo la cual no es evidente, pero está omnipresente en todo el cuadro. La vegetación es exuberante y distingue un paisaje idílico para cualquier amante de la tierra tropical. Durante mucho tiempo esta sería mi más importante referencia gráfica sobre los Velorios de Cruz en el país y sigue siendo la más antigua que conozco. Solo la sustituiría, o mejor dicho, complementaría, asistir y vivir en pleno este ritual.

Después descubrí que el grabado había sido hecho por un viajero alemán de mediados del siglo XIX llamado Anton Göering (1836-1905), de quien el poeta y geógrafo Pascual Venegas Filardo se preguntaría si era más artista que naturalista, y el cual entregó en sus paisajes «no solo la naturaleza, sino la poesía paisajística de nuestro país»[1].

Es interesante como este registro gráfico se termina convirtiendo en documento y cómo a un venezolano del presente su imaginario sobre sus tradiciones puede ser construido a través de lo que vio un europeo. Una retroalimentación que nos hace reflexionar sobre lo propio, lo cercano y lo ajeno. Lo dice el historiador José Ángel Rodríguez al referirse a los testimonios de extranjeros: «Son ellos una parte vital de nuestro pasado, en particular del siglo XIX, cuyas fuentes históricas están dispersas y existen vacíos de información considerables, sea por la acción del fuego de montoneras y revoluciones sobre el papel en su momento, cuando no por pérdidas posteriores, resultado de otras intervenciones sobre nuestra memoria escrita»[2].

Centrándonos justamente en los mediados del siglo XIX, periodo de contratiempos propios del nacimiento y formación de las repúblicas independientes latinoamericanas, encontramos ciertas características generales que definieron la mirada europea, la cual plasmaron en sus cartas, dibujos y diarios, muchos de ellos publicados en la época, en sus países de origen y en ciudades que constituían el epicentro de la cultura occidental. A diferencia de sus abuelos conquistadores del siglo XVI, estos no llegaban a lo que se pudiera considerar un universo desconocido, propio para que cualquier leyenda o herencia mitológica de la tradición grecolatina[3] y más allá, pudieran hallarse en estos parajes.

El contexto político, histórico y económico era otro. Europa vivía su segunda Revolución Industrial. Las ideas del positivismo y la expansión del imperialismo, creaban en la mentalidad de la época una fascinación por el progreso de la técnica, por describir y medir toda experiencia y por abrir nuevas rutas a los mercados mundiales. Además, si bien las poblaciones latinoamericanas eran subsidiarias de la herencia occidental, estas eran tratadas como periféricas, sirviendo como campo idóneo para sustentar los prejuicios del momento: «También las generalizaciones supuestamente basadas en la observación directa de la sociedad, a menudo producen un diagnóstico distorsionado. Una lectura atenta descubre que no hay tal inmediatez de la observación, sino juicios previamente filtrados por los valores del acervo europeo» [4], como nos explican Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla al tocar este tema sobre la mirada del otro.

Existe entonces una barrera mental. Una torre desde la cual el viajero juzga y compara. No se integra al medio, pero le puede ser propio y lo reconoce en todo aquello que pueda servirle a su concepción de mundo: «la mirada del viajero está codificada en términos de la contraposición “civilización” y “barbarie”, expresada mediante la oposición “yo”/“otro” y “blanco”/”negro”, la imagen también esta codificada en términos del comercio. Lo que el viajero “mira” se convierte en un objeto con un valor para el mercado, y con miras a una explotación capitalista» [5].

Muchos pasaban tan solo una temporada en estas tierras, otros se quedaban por largos años. También existen las diferencias entre los que se interrelacionaban con los habitantes del lugar y los que no perdían su aura de advenedizos. En el mismo trabajo de José Ángel Rodríguez, anteriormente citado, se explica la diferencia entre las experiencias de franceses, ingleses y alemanes. Estos últimos, buscaban aprender el idioma, ser parte activa de la vida social del pueblo o ciudad en la que se encontraban, también sirvieron a la formación del conocimiento científico nacional. Muchos de ellos inspirados por el barón Alexander von Humboldt (1767-1835) (quien a comienzos del siglo había recorrido un buen trecho de la geografía local), buscaban emular sus hazañas, pero las circunstancias terminaban haciendo del viaje una vivencia bastante diferente.

Existen otros casos, como el de la viajera francesa Jenny de Tallenay (c. 1855 – ¿?), quien estuvo en Caracas de 1878 a 1881, debatiéndose en sus Recuerdos de Venezuela (1884) entre su cariño por la tierra, la crítica social y cometiendo graves gazapos en su recuento de la historia local y de los personajes y lugares. Algo muy generalizado entre los viajeros, lo cual se anota ante la mirada actual como datos curiosos, no como imprecisiones fatídicas que puedan deslegitimar al documento.

Lo cierto es que cuando los viajeros regresaban a sus lugares de origen, existía un público ansioso por conocer y vivir estos recorridos. La vida cosmopolita del viejo mundo tenía un mercado propicio no solo para las novelas y ficciones de un Julio Verne y un Emilio Salgari, también para la divulgación científica y para la imaginación de lo real. Allí entran los grabados, litografías y luego las primeras fotos, las cuales hicieron vivir a muchos los pasos de los ríos, de la selva, el contacto con civilizaciones que pudieran considerar en su óptica como «semibárbaras», vinieran estas de la América Latina, de África o Asia.

A nosotros, estos testimonios nos servirán mucho tiempo después, luego de ser traducidos y estudiados, como puntos de encuentro con nuestro pasado nacional. Logrando, en muchos casos, tapar esos baches en los que se extravían la cotidianidad de una sociedad y haciendo evidente lo que de tanto parecernos lo obvio y lo común, lo dejamos pasar sin registrarlo. Resultando, en la mirada del viajero, situaciones fabulosas, aventuras inacabadas y relatos extraordinarios dignos de ser contados y mostrados en todo el orbe.

Referencias

[1] Pascual Venegas Filardo, Viajeros a Venezuela en los Siglos XIX y XX. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1983,  p. 85.

[2] José Ángel Rodríguez, «Viajeros alemanes a Venezuela en el siglo XIX». Se puede revisar este trabajo en el siguiente enlace: http://190.169.94.12/ojs/index.php/rev_ak/article/download/884/813

[3] Sobre este tema y relacionado con Venezuela en específico, se recomienda leer Novus Iason. La tradición grecolatina y la relación del tercer viaje de Cristóbal Colón, del profesor Mariano Nava Contreras. Fondo Editorial Apula, Mérida, 2006.

[4] Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla, La mirada del otro. Caracas, Artesano Editores / Fundación Bigott, 2012,  p. 26.

[5] Santiago Muñoz Arbeláez, «Las imágenes de viajeros en el siglo XIX. El caso de los grabados de Charles Saffray sobre Colombia». Historia y Grafía, número 34, 2010, p. 186.

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Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo, el lunes 1 de septiembre de 1958

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo el lunes 1 de septiembre de 1958.

Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Por Guillermo Ramos Flamerich

«El próximo medio siglo ha de ser, necesariamente, el que cierre para nuestro país el recurrente ciclo de golpes y contragolpes, de cuartelazos y dictaduras, de rebeliones esperanzadas y de tenaces frustraciones. La vía que escogeremos será –ya lo hemos escogido hace cerca de un año– la constitucional y legal. Lo fundamental es que sea también el año que marque el inicio de la transformación profunda de la estructura venezolana», así despide 1959 el vespertino El Mundo en su editorial del miércoles 30 de diciembre. En el artículo le pide a los partidos ser más políticos para así dejar a un lado lo politiquero y a que se aparten del «pecado capital» de la mezquindad. También reconocen la voluntad existente para establecer un sistema democrático y lograr acuerdos mínimos de gobernabilidad.

Más de medio siglo después –entre doce gobiernos y varios desgobiernos– hoy nos debatimos no solo en cómo construir una democracia incluyente, renovada, de instituciones sólidas y coherentes, sino en cómo salir de una caricatura totalitaria que ya cuenta con 95 presos políticos (En datos del Foro Penal), igualmente inquisidora como corrupta, así como cruel y llena de un profundo odio por Venezuela. Al hambre de justicia y libertad se suma la fisiológica. Gente escarbando en la basura buscando de comer, niños con dolores de cabeza, náuseas y lágrimas por la falta de alimentos. Gente que hace colas a pesar del sol, de la lluvia, de la muerte. La vida en esta república ha dado paso solo a la existencia. Una triste y degenerada existencia, atemorizada cada día no solo por malandros, pranes y grupos violentos, también por la constante burla que desde la silla de Miraflores hace un hombre sin escrúpulos. Hora de ira y muerte esta, la de Nicolás Maduro. Tiempo de frustraciones y llantos cuando el futuro parece secuestrado. Pero es  también momento para seguir trabajando, superándonos y confiando con nuestro esfuerzo lo que será la transición y la reconstrucción.

La crisis no juega carrito

Un paraíso imaginado por la creencia de que éramos un país rico con recursos mal distribuidos encumbró a la Revolución Bolivariana. La incompetencia de sus primeros tres años se vio paradójicamente recompensada por una poderosa dirigencia opositora tan temeraria como suicida. Los precios petroleros subieron,  por ende la renta y todo pasó a las manos de una persona. No sé cuánto de carisma ni cuánto de petrodólares, ni cuánto de contexto internacional agregar a la receta de un Hugo Chávez erigido para continuar la nueva ola del socialismo en el mundo. Pero todo fue un fracaso. Ni se acabaron con los vicios de la democracia representativa, no se construyó una participativa y su solidez se centró en la renta y la fuerza de las armas. Es así como llegamos a un Nicolás Maduro más malo que maquiavélico, subestimado, burlado, odiado, de momentos temido, heredero y continuador de una destrucción que en este momento ya ha tocado las bases más profundas del país. Hay instantes en que el daño parece irreparable y que de tantas malas ideas puestas en práctica, de tantos inventos nefastos, solo queda partir.

Los que estamos convencidos de que Venezuela puede ser un país democrático, plural y próspero (la mayoría de los venezolanos), sabemos que el actual gobierno está en fase terminal. Se les acabó el tiempo histórico. Podrán seguir destruyendo, apresando y burlándose de los venezolanos, pero ya están cruzando la recta final. En etapa culminante, como promocionaban aquellas telenovelas que ya no producimos. El tema es que cada uno de esos capítulos finales, está lleno de sangre y amargura.

Transición a la venezolana

Estamos transitando en arenas movedizas. Mientras más rápido intentamos salir del lodo, más nos traga. Si nos relajamos también nos traga. Parece un recorrido imposible de superar, aún así hay que caminarlo, trotarlo, también correrlo. Siempre aparecen los ejemplos históricos de lucha no violenta en el mundo: desde Gandhi hasta Luther King, pasando por Mandela y hasta la misma caída del Muro de Berlín y la URSS. Son buenos ejemplos, los mejores, pero también hay que comprender que son de largo aliento y que más allá de reconocernos en ellos, también debemos vernos reflejados en lo que hemos sido como nación: el nosotros venezolano.

Si en 1936 miles de caraqueños salieron a las calles del centro de la ciudad a reclamar y exigir algo que no habían conocido en su vida: la Libertad. Si en 1946 otros cientos de miles hicieron del voto un instrumento de lucha irreversible y si en 1958 la dirigencia política decidió llegar a un acuerdo antes que caer en un conflicto y luchas estériles y mortales, los venezolanos de estas primeras décadas del siglo XXI tenemos no solo la capacidad, también la conciencia de unirnos para enfrentar el sistema que hoy nos oprime y construir-reconstruir uno que de verdad nos pertenezca.

Para ello la dirigencia democrática hoy agrupada en la Mesa de la Unidad debe entender que cuando el destino toca la puerta, no queda otra que tomar esa responsabilidad, hacerla valer, lucirse, aunque sea una papa caliente a punto de estallar. Como concluye el amigo Carlos Carrasco en un artículo publicado en Entre Política el jueves 15 de septiembre: «En las transiciones, no hay almuerzos gratis, todos los actores deben pagar un precio en nombre de la libertad y el futuro».

Si la Unidad anda calculando que después de Maduro un eventual gobierno de transición presidido por lo queda del chavismo será quien tome medidas, tan impopulares como explosivas, dejando el sistema estabilizado para su contraparte, está pecando de ingenua. También si piensa que el manejo militar pasa únicamente por un cambio de gobierno, no está viendo lo que ha sido nuestra historia. Ni hablar del narcotráfico enraizado en las instituciones, así como de los pranes, grupos violentos y guerrillas goberneras. Si concibe el cambio solo como un encuentro entre élites, sin transparencia ni ciudadanos movilizados, estaría soberanamente pelando gajo.

La (re)construcción

El éxito del cambio y la eventual transición pasan por la inteligencia de nuestro liderazgo, ahora sí que se medirán las capacidades y se verá lo aprendido. Es momento de decisiones, acertadas, claro está. También se demostrará la valentía, no del que más grita, sino del que se mantiene firme, pero también avanza, a pesar de las dificultades. El manejo de la Caja de Pandora militar y cómo sumar a sus miembros a ser una institución que defienda la democracia, no a ser jueces ni supuestos vengadores, es otro de los grandes retos. Crear un nuevo pacto social donde la diversidad sea vista como un atributo y no como una mancha, es parte de esa nueva Venezuela que nacerá no solo cuando se vaya Nicolás Maduro del poder, sino cuando dejemos claro como nación que somos los únicos dueños, valedores y constructores de nuestra vida en libertad.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 16 de septiembre de 2016

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La Caracas de los 449

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

Plaza Juan Pedro López en la Parroquia Altagracia.

La Caracas de los 449

Por Guillermo Ramos Flamerich

Había llovido el día anterior. El cielo amanecía despejado, pero la ciudad estaba llena de charcos, caminos enlodados y una Feria del Libro en Los Caobos que forzaba por poner en un mismo ranking a Hugo Chávez con Simón Bolívar, Francisco de Miranda y Simón Rodríguez.

Pero el comandante sabe que ahí es solo un asomado. Su secta lo impone, a pesar de la creciente indiferencia de los que transitan buscando algún libro barato o mundano esparcimiento. Existe el karma y si en 2011 se burló de la entonces diputada María Corina Machado con su: «Usted está fuera de ranking», alguien le estará haciendo bullying allá abajo.

Pero estas líneas no se tratan de Chávez ni de que el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento de Hugo Chávez venda sus publicaciones en 1000 Bs y ya no las regale. No. Estas líneas son sobre la Caracas del lunes 25 de julio, la de los 449 años, aunque a Nicolás Maduro no le guste celebrarlos.

Mientras un bote de aguas servidas dejaba un olor insoportable por la avenida Delgado Chalbaud de Coche, la fuente de Plaza Venezuela estaba apagada. Parece que PDVSA La Estancia, protectora del espacio, solo funciona si los precios petroleros son tan altos que hasta alguito puede sobrar para la cultura y el ornato.

Monte crecido, de nuevo poca seguridad y la fisicromía de Cruz-Diez homenaje a Andrés Bello, perdiendo poco a poco no solo su brillo, también sus partes. La ciclovía estrenada hace un año hoy amanece desolada. Nunca hay bicicletas disponibles y pedirla es un proceso más de la burocracia socialista.

Bellas Artes resiste por mantener su aura bohemia. Entre basura y vagabundos, están artesanos y libreros. Pero aquí todo se confunde. Parece que la gente está comprando menos libros, ahora ofrecen rebajas express y combos de hasta tres obras.

Un vendedor de libros y discos tenía la colección, casi completa, que editó el Círculo Musical en 1967 con motivo del Cuatricentenario de Caracas: música, narraciones, representaciones artísticas, grabadas al acetato. En lo personal, la mejor de todas es esa donde Simón Díaz hace un recorrido de la música popular caraqueña desde 1935 hasta 1967. Inolvidable.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Escudo de Santiago de León de Caracas en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

Cuán lejos quedó esa época. 49 años, pero parecen cien, eso sí, hacia atrás. A lo lejos se veía el Teresa Carreño como símbolo de la modernidad perdida. En pocas horas ese sitio sería tomado por Casa Militar, pues Maduro iba a dar un discurso por motivo de los cuarenta años del asesinato de Jorge Rodríguez padre. Todos los actos oficiales se fueron hacia allá. Nada para la cumpleañera. Quizás porque 1567 fue antes de 1999 y así no vale.

El damero fundacional estaba en calma. La calma común del bullicio de la Plaza Bolívar con los integrantes de la esquina caliente escuchando discursos a todo volumen y los vendedores de: oro, oro, oro, euros, dólares.

El Palacio Municipal sin los estandartes tradicionales que se utilizan en esta fecha y cerrado al público, espacios que hasta hace poco atesoraban los muñequitos tradicionales hechos por Raúl Santana, así como maquetas de «la ciudad que se nos fue», como decía Alfredo Cortina.

La nueva esquina caliente diagonal a la Asamblea Nacional no se encontraba. Quizás respetando a la agasajada. Ese sitio se ha convertido en materia prima para cualquier estudio sociológico.

Desde allí insultan y gritan a cualquier persona que pase encorbatado, muestran fotos de Chávez diciéndole a la víctima que ese es su papá. Una vez un muchacho respondió: Sí, sí, mi papá. A lo que el fanático replicó: «Así me gusta, escuálido. Aunque lo digas de la boca para afuera, aprende aquí quien manda».

Pero el lunes 25 no había nada de eso. Solo una cuadrícula cada vez más sucia y menos sustentable. Esos «espacios recuperados» que tanto pregona el alcalde Jorge Rodríguez son tan remotos y extraños como el azúcar, la carne o la harina precocida de maíz.

Lo que abunda cuadras más arriba de la plaza es gente escudriñando comida en la basura. En la Plaza Juan Pedro López, quizás una de las más bellas de la ciudad, tres hombres buscaban hacer su mediodía a base de sobras sacadas de la basura.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

Teatro Teresa Carreño en la Parroquia San Agustín.

¿Cuánta esperanza queda en la ciudad de la eterna primavera? Es difícil saberlo. Ahorita pienso en Caracas y llega a mi mente Norma Desmond, ese personaje de la película Sunset Boulevard que encarnó Gloria Swanson iniciando la década de los cincuenta. Caracas es depresiva y temperamental, siempre recordada por sus viejas glorias.

Todo es un fue y un será si por alguna gracia divina le tocara protagonizar algún momento estelar. Pero la ciudad de cristal de San Bernardino, Sabana Grande o Altamira, está cada vez más rezagada. Lo mismo la guzmancista y la del millón de almas que para 1955 imaginaban vivir en una próxima gran capital del mundo.

En sus calles solo conseguimos carteles viejos que te incitan a buscar cosas imposibles de hallar en la urbe actual. Miedo y zozobra. Caracas ha perdido ese rasgo de «muy noble y muy leal», título junto con el cual el monarca español Felipe II le entregara un escudo, el del león rampante con la venera y Cruz de Santiago.

Caracas como posibilidad de convivencia ciudadana se está apagando. De momentos lentamente, casi siempre de manera acelerada. Nos queda el abrigo de nuestros hogares, de la gente que está aquí y es nuestra, de su memoria.

También el refugio natural de ver hacia el norte y conseguir esa azulada masa vegetal que tantas cosas evoca. Pero la grandeza de las ciudades no se basa únicamente en sus estructuras y servicios, ellos son reflejo de algo mucho más importante, esencial, la capacidad que tengamos los caraqueños por darle vida a esta doña de 449 años que nunca deja de nacer.

*Publicado originalmente en El Estímulo el 27 de julio de 2016

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La política como pedagogía

La política como pedagogía

«A la democracia se le debe defender. Ella debe mantener viva la memoria de lo que sobreviene cuando se la destruye», Rómulo Betancourt, 1977.

La política como pedagogía

Por Guillermo Ramos Flamerich

El oficio político se ha degradado… Los políticos no sirven ni servirán… Frases como esas las escuchamos constantemente en el 2016. Pero también en el 2015, 2014, desde hace dos, tres, indefinidas décadas atrás y no única y exclusivamente en Venezuela. En cualquier parte del mundo donde existan políticos, se dirá que su oficio está agotado y la confianza (esa fundamental pero escurridiza compañera de toda persona pública), la han perdido. Entonces llegan vengadores protegidos por un «manto puro» más allá del bien y del mal, más allá de las facciones, casi evocando esa última proclama de Simón Bolívar de que «cesen los partidos y se consolide la unión» y nos dicen que vienen a reivindicar al pueblo, acabar con la pobreza, lograr la paz mundial y salvar cada rincón del planeta.

Esos son los peores. Demagogos desenmascarados por el poder y con gobiernos «tan perfectos» que cualquier crítica es traición. Una tiranía. Porque como recordaba el historiador Manuel Caballero, aquel gobierno perfecto, sin manchas y a unos pasos de la consagración celestial, solo puede ser dictatorial.

La democracia es queja, opiniones encontradas, negociación y pluralidad. La infalibilidad no es algo inherente de la política, porque la política es de humanos, no de dioses. Así llegamos al sistema actual que rige a nuestro país, corruptor en todos los campos posibles, cínico y mentiroso y lo peor de todo, quiere perdurar de manera ilimitada.

Las siete plagas podrían pensar muchos. Pero de nuevo, esto es más profano, menos divino y la responsabilidad de superar los años terribles está en nosotros mismos.

Transformar la política no es utopía. Es pensamiento y acción. No podemos pedir comenzar desde cero, con ángeles redentores en vez de personas. Tampoco ser ingenuos y soñar con que las apetencias personales y partidistas van a extinguirse a favor de una entrega totalmente desinteresada. Lo importante es equilibrarlas. Las tres son válidas, pero la construcción del bien común debe ser el norte de todo político. Así no lo quiera. Que la misma sociedad se lo exija para poder permanecer en sus funciones.

Por eso el título de estas líneas. La función pedagógica de la política como la retroalimentación entre una sociedad más consciente y una dirigencia más capacitada. La sociedad debe exigir, pero también debe estimular a que sus mujeres y hombres más competentes, no solo por sus estudios sino por su calidad humana, se dediquen a las funciones públicas. Es la visión del político como un educador que exponga sus ideas, las defienda a todo pulmón, pero también escuche. Que no se convierta en esclavo de las encuestas y sondeos de opinión sino que las integre a su accionar en corto plazo, como tácticas de una ruta mayor. Se deben dar las definiciones ideológicas pero no como camisas de fuerza de panfletarios que solo saben recitar una cartilla. Nuestra historia no solo como mera justificación doctrinaria, sino como vínculo hacia el futuro, una historia viva en la que nos reconozcamos. La dirigencia debe predicar con el ejemplo y la ciudadanía debe transformar la democracia en algo más allá de un sistema político. En una forma de vida.

El oficio político, ese que aparece eternamente degradado, debe convertirse en herramienta para modelar la cultura de la libertad.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 1 de julio de 2016

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La parábola vital de Rafael Caldera

Retrato de Rafael Caldera 1969

Rafael Caldera nació en San Felipe, estado Yaracuy, el 24 de enero de 1916 y falleció en Caracas el 24 de diciembre de 2009.

La parábola vital de Rafael Caldera

Por Guillermo Ramos Flamerich

Desde hace casi dos décadas los homenajes a la Venezuela civil han desaparecido de los usos y calendarios oficiales. Se exacerban los hechos de fuerza siempre y cuando se conecten de manera desesperada y simplista con una «gesta revolucionaria del siglo XXI» que ha demostrado ser la repetición aumentada de lo peor de la demagogia caudillista de nuestros siglos XIX y XX. Pero lo que convoca estos párrafos no es el análisis de ese país que en algún momento se creyó superado y que siempre ha estado al acecho. Estas líneas están dedicadas a la nación que vamos siendo a pesar de todas las dificultades, los obstáculos, las decisiones y errores que como individualidades o colectivo, se encargaron de darle una ruta de entendimiento plural y democrático a un paraje histórico desolado de libertades y de justicia.

Estas palabras están dedicadas a uno de los constructores de esa Venezuela civil que el poder pretende desaparecer de nuestra memoria. A Rafael Antonio Caldera Rodríguez, de quien se conmemora en este 2016, su centenario.

El centenario de un personaje histórico da pie a biografías, reflexiones, interpretaciones de la vida y obra, opiniones encontradas y nuevas referencias para su estudio. Pero quiero utilizar este espacio para relatar una anécdota personal con el doctor Caldera. A mediados de 2008 tenía 17 años y estaba por finalizar el bachillerato. Dediqué el tiempo libre a leer la reedición que hiciera Libros Marcados de Los causahabientes: de Carabobo a Puntofijo, las cavilaciones históricas del Presidente al finalizar su segundo período en 1999. En casa de mi abuela encontré la biografía que Caldera había escrito sobre Andrés Bello, con apenas 19 años, en 1935 y que había sido galardonada por la Academia Nacional de la Lengua. Y así continué investigando.

Un pensamiento rondaba por mi mente a cada instante: la capacidad que tuvo de congeniar la formación cultural y el trabajo intelectual con la práctica política y el ejercicio del gobierno en una vida dedicada por completo a Venezuela. Esto, a su vez, entrelazado con la tenacidad de un hombre que no vaciló en ser seis veces candidato a la presidencia, ganando dos de ellas y cumpliendo sus dos períodos constitucionales en tiempos de pacificación y consolidación del sistema democrático (1969-1974) y en medio de una conflictividad social y temporada de vacas flacas (1994-1999).

Todas estas inquietudes las plasmé en una carta que le dediqué al presidente Caldera. Por fortuna, explorando en la red conseguí el correo electrónico de uno de sus familiares. Envié la carta como botella al mar con mensaje claro pero destinatario incierto. Pasaron las semanas y pensé que mis palabras no habían llegado. El 2 de julio recibí la respuesta de su hijo Rafael Tomás: «A papá le alegró mucho leerla y ciertamente desea para ti todo lo mejor. (…) de acuerdo con él, pensamos en que puedas venir un día a Tinajero, para conversar un poco, enseñarte la biblioteca y, desde luego, compartir un rato con él. Le gustaría conocerte». La visita se concretó dos días después, el viernes 4. Fui temprano a la residencia de Tinajero, durante el recorrido pude conocer la extensa biblioteca de aquel hogar, los cientos de volúmenes que hablaban de Venezuela, de su historia y de esa interpretación sistemática de nuestra sociología que estuvo presente en los pensamientos y decisiones de Rafael Caldera.

Por un momento me quedé observando una pequeña mesa dispuesta con retratos dedicados por los presidentes Kennedy, Bush y Clinton de los Estados Unidos y el presidente Aylwin de Chile. Me comentaron que en esa mesa se había firmado el 31 de octubre de 1958 el Pacto de Punto Fijo. Tan denigrado por quienes hoy detentan el poder, pero fundamental en nuestra historia y evolución democrática.

Al poco tiempo ya me encontraba frente a él. Con dificultad para el habla a causa de la Enfermedad de Parkinson, me dijo que su retiro de la política no se debía a su edad sino a esa dolencia que padecía desde hacía ya algunos años. La misma afección que en sus inicios mostraba a un mandatario de discursos difíciles de comprender a los niños y jóvenes de mi generación, en contraste con el líder de años anteriores, de excepcional oratoria, con discursos en los que no solo presentaba sus ideas socialcristianas de justicia social, sino que utilizaba las referencias de nuestra historia y cultura para darles sustento. Al final de la conversación, habló del compromiso de la juventud para recuperar la democracia y la libertad. Su lucidez estaba intacta. Aquel encuentro no solo fue un honor, también un profundo compromiso. La siguiente vez que lo vi, fue en su urna. Después de marcharse un mes antes de cumplir los 94 años. El 24 de diciembre de 2009.

La obra de todo personaje público está sujeta al juicio de la historia. Sus detractores lo acusan de soberbio, ven su persistencia como defecto y califican como errores trascendentales su retiro de Copei (partido del cual fue fundador), la segunda presidencia y el sobreseimiento de Hugo Chávez. Todos estos aspectos están dispuestos para el debate. Lo que nunca se podrá negar es esa pasión venezolana que lo mantuvo vigente durante más de sesenta años de vida y lucha política. Su rol protagónico como constructor de la Venezuela moderna, de plasmar no solo en el papel, sino en la realidad una sociedad democrática, con valores capaces de vencer los desafíos de la pobreza, el desempleo, la marginalidad, la corrupción, el populismo y la tentación caudillista en la que tantas veces ha sucumbido la república.

Concluyo estas palabras de admiración y respeto con la descripción que el propio Caldera hiciera sobre Rómulo Betancourt en la conferencia que dictara en la Universidad Rafael Urdaneta el 19 de mayo de 1988: «Con todos sus errores, su imagen es la de un mensajero de los ideales de libertad, de justicia, de progreso, de honestidad, que inspiraron a lo largo de todos los tiempos y en las peores circunstancias a las mentes más esclarecidas y a las personalidades más ilustres de Venezuela». Al conmemorar a Rafael Caldera en su centenario, celebramos lo mejor de nuestra historia, un molde para la fragua de la civilidad y la pluralidad de una nación capaz de sobreponerse a cualquier crisis y de siempre abrir caminos a la esperanza.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 22 enero de 2016

caldera-1969

Rafael Caldera en la Residencia Presidencial de La Casona el 13 de marzo de 1969.

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#CentenarioCaldera: Discurso ante el Congreso de EEUU – 1970

Discurso Congreso EEUU 1

Discurso pronunciado en la Cámara de Representantes del Capitolio. Washington D.C., 3 de junio de 1970

Discurso del Presidente de Venezuela ante el Congreso de los Estados Unidos

Por Rafael Caldera Rodríguez

Al mediodía del míercoles 3 de junio de 1970 el Presidente de Venezuela, Rafael Caldera, se dirigió al Capitolio de los Estados Unidos donde pronunció un discurso en inglés ante ambas Cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta. A la misma asistieron en pleno el gabinete de Richard Nixon y el cuerpo diplomático. El discurso recibió repetidas ovaciones por parte de los legisladores, una de las cuales fue hecha de pie:

Señor Presidente, honorables senadores, honorables congresantes. El honor que el Congreso de Estados Unidos me hace, al recibirme en esta sesión especial y conjunta, es sobre todo deferencia a Venezuela y a la familia latinoamericana de naciones. Este gesto obliga a mi profundo reconocimiento.

Estamos viviendo, en América Latina y quizás en el mundo, un momento decisivo para la confianza de los pueblos en la libertad. El resultado va a depender de la posibilidad de probar que a través de la democracia, mejor que de cualquier otro sistema, se es capaz de lograr la justicia y de realizar el desarrollo.

Quizás el hecho de venir de la tierra de Bolívar, pletórica de hechos gloriosos en los días de la independencia y de momentos oscuros en su proceso de organización política, un país que mantiene hoy, con inagotable fe, el sistema democrático, justifica que los ojos se vuelvan a observarnos y se oigan con simpatía nuestras palabras.

Sé que al hablar desde aquí me escucha el pueblo de los Estados Unidos. Porque todos los ciudadanos de este gran país, sea cual fuere su preferencia política, su orientación ideológica o su interés económico, saben que aquí se debaten las grandes cuestiones que interesan a la Nación.

El Congreso de esta Nación va a cumplir doscientos años. En 1774 se reunió por primera vez, en Filadelfia. En 1776, su declaración de Independencia inició un nuevo capítulo en la historia política del mundo. Durante estos dos siglos, a través de modificaciones profundas en la geografía, en el comercio y, específicamente, en la mentalidad de los hombres, el Congreso ha funcionado con increíble regularidad.

Es interesante señalar esta larga y continua vitalidad, porque a veces se quiere justificar otros sistemas con el argumento de la duración. Hay quienes se dejan deslumbrar ante la prolongación de sistemas surgidos por la violencia y mantenidos por la fuerza, los cuales en definitiva, sólo producen obras efímeras, destruidas por el movimiento pendular de las contradicciones históricas, En cambio, el sistema democrático ha probado su capacidad de permanecer en medio de las vicisitudes y adaptarse a nuevas necesidades y a nuevas ideas.

Durante esta larga experiencia política, los Estados Unidos han experimentado en su propia carne hondas transformaciones. Sufrieron el rigor tremendo de la guerra civil y los inmensos sacrificios de la guerra internacional. Han vivido etapas de angustiosa tensión. Han sentido orgullosa satisfacción de sus extraordinarias realizaciones y padecido frustraciones, no superadas todavía, que preocupan a sus más elevados espíritus.

En otras latitudes, estos doscientos años han visto pasar diferentes alternativas.

Estaba muy reciente la reunión del primer congreso de los norteamericanos en Filadelfia, cuando Napoleón Bonaparte recorría los caminos imponiendo su omnímoda voluntad. Quince años duró su parábola fulgurante, tiempo bien corto en la existencia de los pueblos.

En este siglo se construyo otro imperio, impuesto por legiones de camisas pardas, que propagaron mitos inhumanos con movimientos de relámpago, alegando la quiebra de la democracia representativa. Fracasaron los nazis, como tarde o temprano cualquier sistema negador de la libertad y de la dignidad humana. Mientras tanto, la democracia subsiste y está llamada a perdurar.

Pero es también cierto, Honorables Senadores y Congresistas, que en el momento actual la humanidad experimenta la urgencia de cambios fundamentales en su vida institucional. El avance increíble de la tecnología les acelera y, por otra parte, los presiona la urgencia de quienes no participan o no lo hacen en plenitud de los beneficios logrados. Este es un hecho indiscutible y no hay excepción en el mundo. Hay países donde las contradicciones se sepultan en el silencio de las catatumbas, pero no por ello se deja de encontrar a través de un análisis agudo, fermento creciente de intranquilidad. Ya pasó el tiempo en que las conmociones y tumultos eran el vergonzante patrimonio de países que no habían adquirido carta de entrada en el club exclusivo de los pueblos civilizados. La ebullición se nota hoy en todas partes. Las facilidades de comunicación, los trágicos conocimientos adquiridos en la guerra y difundidos a través de mil canales, la crisis de algunas ideas morales, todo coadyuva a que, por ambición o por error, se trate de empujar a los pueblos al torbellino de la violencia.

Sabemos que las grandes mayorías, lo mismo en los Estados Unidos que en nuestra América Latina, lo mismo en Europa que en el Asia o en el África, anhelan la paz. Una paz fecunda que permita a las familias criar a sus hijos sin zozobra, adelantar su labor con la seguridad de que el fruto de sus esfuerzos será estable. Pero, para canalizar y fortalecer la voluntad de estas grandes mayorías, para renovar su vacilante de en el porvenir, para esterilizar la disidencia de aventureros y guerreristas, es preciso convertir en realidad un mensaje nuevo.

Ustedes han comprendido que una sociedad libre para sobrevivir y justificar su supervivencia, debe esforzarse en impedir que una gran parte de ella, aun minoritaria, vegete en la pobreza y en el subdesarrollo cultural. Así mismo, en la comunidad de naciones, y concretamente en este hemisferio, para asegurar la paz y garantizar la libertad tenemos que esforzarnos en cerrar la brecha cada vez mayor entre la opulencia y la miseria, entre el desarrollo fantástico de la tecnología y el subdesarrollo.

Densas promociones de jóvenes están imbuidas de esta verdad, aunque actúan de modos diferentes. Unos, los más, se entregan al estudio de los sistemas sociales y políticos, de las modulaciones de la vida económica, de las posibilidades técnicas para transformar al mundo. Otros, los menos, se dejan seducir por un afán de destruir, con la idea ingenia de que la destrucción de lo existente bastaría para que surgieran después las fórmulas que hicieran al hombre más feliz. Es quizás el bullicio de estos el que más suena, amplificados por los sistemas de sonidos de la civilización industrial: aquellos están esperando de nosotros un programa claro y convincente, una conducta cónsona con las aspiraciones populares, una actitud optimista para afrontar con confianza el porvenir.

Una verdad reconocida en nuestra época es la existencia de la comunidad internacional. El aislamiento ya no tiene lugar. Cada vez son más cortas las distancias físicas, lo que hace más absolutamente anacrónicas las distancias psicológicas entre seres humanos. Dentro de cada país, ya no se acepta más la falsa idea de que un grupo de privilegiados pueda menospreciar las condiciones infrahumanas de existencia en que se encuentran otros. Asimismo, ya está definitivamente obsoleta la idea de que algunos pueblos poderosos y ricos, podrían desentenderse del drama de otros pueblos, que por una razón u otra no han podido alcanzar su desarrollo económico y social. Decisiones que a veces permanecen confinadas al ámbito doméstico, pueden tener repercusiones increíbles en la vida exterior.

Venezuela, por ejemplo, exporta petróleo. Nuestra economía depende en gran parte de nuestras exportaciones petroleras. Cualquier decisión relativa al acceso del petróleo venezolano al mercado norteamericano repercute enormemente a nuestras posibilidades de vida y desarrollo. Durante el último decenio, la posición relativa de nuestro petróleo en los Estados Unidos ha ido sufriendo deterioro. Nuestro pueblo no puede entender que se nos haga objeto de trato discriminatorio. En las situaciones de peligro que ha atravesado el mundo, y en particular este hemisferio, la seguridad del suministro de combustible por parte de Venezuela ha constituido la mejor garantía de la disponibilidad de energía para las confrontaciones decisivas. Por otra parte, las divisas producidas por nuestras exportaciones han sido base para nuestra estabilidad monetaria. Ellas han permitido ofrecer al comercio exterior una aportación importante. Para los Estados Unidos somos, a pesar de nuestra modesta población, el tercer cliente en el ámbito americano y el noveno en el ámbito mundial.

Un trato justo, no discriminatorio, que asegure la presencia firme del petróleo venezolano en el mercado norteamericano y una participación razonable en su expansión, rebasa los términos de un simple arreglo comercial. Es condición del cumplimiento de los programas de desarrollo de un país vecino y amigo y clave de orientación de las relaciones futuras entre los Estados Unidos y la América Latina.

La existencia de estas cuestiones es un hecho. Anoto con satisfacción el que ese hecho está en vías de ser debidamente reconocido. La tesis de Venezuela es la de ventilar en la forma más clara posible los asuntos relativos al petróleo, que por sí mismo constituye un bien cuyo aprovechamiento es interés común de la humanidad. No pretendemos ningún ventajismo; nuestros intereses nacionales en el punto resisten el análisis más cuidadoso y están dispuestos a verificarse en las conversaciones más amplias.

Problemas similares afrontan los demás pueblo de América Latina. Productores de materias primas, ven deteriorarse o estancare sus precios, mientras suben los productos industriales. La baja de un centavo en cada libra de café, o de bananas, o de estaño, o de cobre, ¿Cuántas escuelas u hospitales hace cerrar, cuántos trabajadores hace despedir, cuantos dolores causa, cuántas rebeldías engendra en países amantes de la paz, capaces como cualquier otro de lograr un destino feliz?

Argumentos poderosos para un nuevo trato hemisférico, son las comparaciones entre la cantidad de productos primarios que era necesario entregar hace diez años a los países desarrollados para adquirir un tractor o para pagar los estudios de un joven en un instituto tecnológico y las que se nos exigen ahora. Suben los precios de las manufactureras, en parte porque es necesario y justo mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros que en su producción participan. Mientras tanto, se ejercen presiones para bajar el precio de los productos, de los cuales derivan los países en vías de desarrollo sus posibilidades de subsistencia.

La fórmula para lograr relaciones felices que a su vez traduzcan en amistad y cooperación internacional la influencia de este Hemisferio en el resto del mundo, no puede ser la lucha despiadada por comprarnos más barato y vendernos más caro. La tesis de que más comercio hará menos necesaria la ayuda, es correcta, en la medida en que el comercio sea más justo y esa justicia se traduzca para los pueblos en vías de desarrollo en una posibilidad mayor de lograr su urgente transformación. Creo en la Justicia Social Internacional. Según la concepción de Aristóteles, la justicia ordena dar «a cada uno lo suyo». En el devenir de su pensamiento a través de la filosofía cristiana «lo suyo» no es sólo lo que a cada hombre corresponde, sino también lo que a «la sociedad» corresponde para «el bien común». No hay dificultad alguna en trasladar este concepto a la comunidad internacional.

Discurso Congreso EEUU 2Así como la sociedad, el ámbito nacional, tiene derecho a imponer relaciones distintas entre sus miembros, así la comunidad internacional exige a los diversos pueblos una participación cónsona con su capacidad para que todos puedan llevar una existencia humana. Las obligaciones y derechos de los distintos pueblos han de medirse, por ello, en función de la capacidad y de la necesidad de cada uno, para hacer viables la paz, la armonía y el progreso y todos podamos avanzar dentro de una verdadera amistad.

Ustedes representan a un pueblo que ha logrado una suma de poder y riqueza. Dentro de su propio país, a ustedes los inquietan los sectores que no han logrado asegurar un nivel de vida satisfactorio y se esfuerzan a darles la posibilidad de salir del estado de marginalidad social e incorporarse de lleno a los beneficios logrados por la comunidad nacional. En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de otros pueblos.

He dicho al comenzar estas palabras que tengo la percepción de que hablo a todo el pueblo de los Estados Unidos. Estoy convencido de que el fututo del hemisferio depende de la medida en que ese gran pueblo haga suya la decisión de convertirse en pionero de la justicia social internacional. De asumir decididamente las cargas, obligaciones y compromisos que su inmensa riqueza y poderío le imponen frente a la América Latina y frente al mundo. En la medida en que ese pueblo, tan digno de nuestra admiración y de nuestra amistad, advierta que con lo que ha costado el programa de uno de los Apolos podría elevar el nivel de prosperidad y de felicidad de naciones como la nuestra, de cuya seguridad depende la suya, en esa medida estará abierto el camino para nuevos empeños y los doscientos años de experimento político de ustedes serán apenas el pórtico de varios siglos de vida democrática en el hemisferio occidental.

Deseamos que los Apolos continúen explorando el espacio. Pero los resultados de esa misma exploración hacen más imperiosa la necesidad de lograr que en la tierra todos los hombres vivan mejor.

Con este objetivo podemos entusiasmar a los jóvenes para una empresa ante la cual lo negativo se aparte y una rotunda afirmación prevalezca. Podemos inflamar el ánimo de las nuevas generaciones para el rescate de la idea de libertad. Buscando libertad vivieron a Norteamérica hombres jóvenes como era el francés Lafayette, el polaco Kościuszko o el venezolano Miranda. Bolívar, el Libertador, dijo en un memorable discurso al Congresos de Angostura en 1819 de esta nación «que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad». La libertad puede sufrir su crisis más dura si no se alimenta con las realizaciones de la justicia social. El escepticismo de los jóvenes sobre la libertad y la década de los años 30 produjo la arremetida del fascismo y el nazismo, que amenazaron arrasar hasta los cimientos de la civilización actual no podemos dejar ahora a la juventud sucumbir ante el llamado de la violencia y ante la negación de los valores fundamentales que dieron a la democracia vigencia.

Yo he sostenido y sostengo, Honorables Senadores y Congresistas, que una robusta amistad con nuevo signo entre los Estados Unidos y la América Latina es una necesidad, no sólo del hemisferio, sino de todo el planeta que habitamos Hay que comenzar por un esfuerzo de comprensión. Hay que repetir una y mil veces que ser diferentes no implica ser mejor ni peor. Los latinoamericanos tenemos nuestra propia forma de vida y no queremos adoptar servilmente las formas de vida que prevalecen en otras partes. Tenemos un fiero amor a nuestra independencia; ponemos nuestra dignidad por encima de nuestras necesidades. Para nosotros, como para ustedes según lo han demostrado en los momentos decisivos de su historia los valores del espíritu privan sobre los intereses materiales. Sabemos que podemos contar con la comprensión de ustedes, porque como un gran filósofo contemporáneo, Jacques Maritain, ha dicho, «el pueblo americano es el menos materialista entre los pueblos modernos que han alcanzado la etapa industrial».

Yo estoy orgulloso de ser latinoamericano. Ello no me priva de entender y admirar otras culturas, ocupa la de ustedes un sitio relevante. Como latinoamericano puedo afirmar en este lugar tan representativo del pueblo norteamericano, que es hora todavía de encontrar el sólido terreno para levantarse sobre bases autenticas en el entendimiento que deseamos.

Hay en nuestro país como en todos los países gente para la cual el único objetivo es actualmente el «odio estratégico» contra los Estados Unidos. Son minorías comprometidas ideológicamente en una lucha  que aspiran convertir en verdadera guerra civil internacional. Pero su éxito sería muy pequeño, no obstante ser activas y estrepitosas si no hubiera inmensos sectores cuyos sentimientos pueden fácilmente convertirse en antagonismo, porque no están contentos con actitudes que con razón o sin ella atribuyen a los Estados Unidos.

Cuando las declaraciones de algunos políticos llegan a las columnas de nuestra prensa, cuando la conducta de algunos hombres de negocios no corresponde a los que debería ser, una sensación de incomodidad invade la sensibilidad de nuestra gente porque para bien o para mal somos sentimentales.

Del mismo modo, al hombre común de Norteamérica le llegan a menudo imágenes desfavorables del hombre común latinoamericano. El «latinoamericano feo» ha de ser para muchos (sin un «best seller» que lo pinte) la encarnación real de sus intratables vecinos del Sur. Esto no debe ser.

El hecho de que el Senado y la Cámara de Representantes, en momentos de tan intensa actividad dentro de la política interior del país se hayan reunido para recibir al Presidente de una República latinoamericana y escuchar bondadosamente sus sinceras observaciones, será recibido allá como una prueba de buena voluntad y un signo que anuncia grandes posibilidades para una amistad renovada.

Los valiosos intentos que se hacen en ambos lados con el fin de lograr un entendimiento sincero tienen que pasar a la opinión general de nuestros respectivos pueblos, cuya decisión es final en el sistema de gobierno democrático.

Por ello es necesario que los dirigentes políticos, a la par de los dirigentes culturales, y los dirigentes económicos, hagamos en esfuerzo sostenido para llevar la concepción de una nueva política hemisférica hasta el corazón de nuestros compatriotas.

No basta que los presidentes conversen: es necesario que lo que de positivo puedan acordar reciba un franco respaldo en los Congresos y que estos, a su vez, cuenten con la conformidad de los ciudadanos, como electores y contribuyentes.

Estamos convencidos de que si entre los Estados Unidos y América Latina no pudiera lograrse una amistad verdadera y durable basada en la justicia, dispuesta a la revisión franca de los procedimientos, mal podría el universo aspirar a una organización fundada en el entendimiento general.

Por lo contrario, sabemos firmemente que una nueva, vigorosa y fructífera relación hemisférica, impulsada por el valiente rechazo de todo la que el pasado puede obstruir los justos términos de intercambio, será la mejor contribución de este hemisferio por la paz mundial.

Al cumplir la democracia sus doscientos años de vida, demostremos que sigue siendo el mejor sistema de gobierno.

Audio del discurso traducido al español por la Oficina Central de Información de Venezuela:

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