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Perfiles: Gilber Caro

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El diputado Gilber Caro y Guillermo Ramos Flamerich (Salón Francisco de Miranda, Palacio Federal Legislativo, 7 de enero de 2016).

Gilber Caro

Por Guillermo Ramos Flamerich

Dice Simón Díaz en su Caballo Viejo que «después de esta vida, no hay otra oportunidad». Pero mientras estemos vivos siempre existirán nuevas oportunidades, mejores maneras de hacer las cosas y de renovar la fe como individuos, también como nación. La historia de Gilber Caro está fundamentada en una segunda oportunidad. Llevo más de seis años conociéndolo y en ese tiempo hemos podido compartir conversaciones y momentos estelares, de esos que quedan siempre en la memoria y te llevan a reflexionar.

Él estuvo diez años preso, eso nunca lo ha ocultado, más bien ha sido su carta de presentación y de superación. Cuando le preguntaba sobre cómo lo agarraron, respondía: «Terminé pagando por ser como Shakira: ciego, sordo y mudo. Por no delatar, terminé pagando condena». Después se explayaba al detalle y te llevaba casi a vivir una película de aventuras por los sitios en los que estuvo recluido: Yare, El Rodeo, el extinto Retén de Catia, en fin, más allá de la anécdota, su vida no se trata del pasado, sino de cómo ese pasado moldeó su presente y lo llevó a convertirse en un líder comunitario.

Ser un expresidiario en todas partes del mundo es un estigma. En Venezuela, aun más. Se les excluye por haber delinquido, pero buena parte del origen de esos delitos se encuentran en la exclusión de la que han sido objeto. ¿Y es que acaso marginando a alguien, despreciándolo, estamos mejorando nuestra sociedad? Mucho de lo que hoy vivimos recae en la doble moral de convertirnos en jueces implacables, perfectos e impolutos. Mientras, el país se cae a pedazos por no asumir culpas ni brindar una oportunidad al otro, por no brindar opciones y solo mirar de reojo a quienes no lucen ni piensan como nosotros. A pesar de todo eso, Gilber pudo reinsertarse a través de su fundación Liberados en Marcha, lo que luego lo llevó a la acción política en las Redes Penitenciarias y en Voluntad Popular.

A no tantos metros de la cárcel de El Rodeo está el barrio El Milagro, en Guatire. Allí viven muchos familiares de presos y justamente en ese lugar Gilber comenzó su trabajo social, brindando apoyo a las familias, creando equipo, proyectando un centro de acción comunitaria, con herramientas capaces de nutrir a ese nuevo liberado que no sabe qué hacer con su vida. Está también su iniciativa de Santa va a las cárceles, juguetes en épocas decembrinas a todos esos hijos de presos que requieren una sonrisa, un abrazo, ante una vida muchas veces más fuerte que cualquier pesadilla.

Y así siguió evolucionando, como conferencista, como dirigente político. Aprendiendo de leyes para presentar mejoras claras al sistema penitenciario. Y así llegó a ser diputado suplente del estado Miranda, justamente por el Circuito 4, allá donde está El Milagro. Recuerdo su mirada brillante, su atuendo semiformal, asistiendo al Palacio Federal Legislativo los primeros días de enero de 2016. Era el mismo Gilber del que por primera vez escuché en un evento llamado Zoom Democrático; el mismo con el que vi clases en el IESA, en el programa Lidera de la Fundación Futuro Presente. El mismo que sentía orgullo de las vueltas que había dado su vida.

Mientras escribo estas líneas –el miércoles 11 de enero– Gilber yace detenido arbitrariamente por el SEBIN (policía política venezolana). El Vicepresidente lo acusa de terrorismo y conspiración. Saca a colación todo su pasado como justificativo de su detención. ¡Qué burla tan grande! ¿Este es el gobierno que dice tener una profunda conciencia social y que construye un país más justo y de oportunidades? Esta Revolución de las Miserias solo es la peor cara de nosotros, mientras que Gilber es el rostro de las posibilidades, de las mejores posibilidades que tenemos como país.

Lo detienen por ser parte de Voluntad Popular, por su lucha en defensa de la democracia y la liberación de todos los presos políticos. Lo detienen por considerarlo débil. Y eso es lo que pasa cuando una justicia no es justa, siempre destroza al más débil en beneficio de los poderosos, de los saqueadores de esta hermosa pero apuñalada Venezuela.

¿Qué podemos hacer? Esa es una decisión muy personal. Pero esto no es una película de la que nos estremecemos, pero somos solo simples espectadores. Tenemos que ser los protagonistas del cambio, de la organización ciudadana, democrática. Con fuerza, con tanta indignación como ánimo, no dejemos que todas las oportunidades sean perdidas ni que este sacrificio que estamos viviendo como sociedad sea en vano. Hoy nos toca decir unidos #LiberenAGilber.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 13 de enero de 2017

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#Opinión Tiempo para la política

Edo: Las rutas de la oposición

Caricatura de Eduardo Sanabria (EDO) – 4 de abril de 2014.
«Las rutas de la oposición»

Tiempo para la política

Por Guillermo Ramos Flamerich

Muchas son las ficciones que se pueden crear ante la incapacidad de salir de una crisis de nación por los métodos del diálogo y la construcción de acuerdos. Ninguna pretensión suena disparatada a la hora de imaginar. Desde quien recrea en su mente al superhéroe que vence a los cuerpos represores, los grupos armados y lleva a prisión a los rangos más altos de las esferas de poder; hasta los que confían que un clásico Golpe Militar pondrá fin a este desequilibrio. Pero las realidades son otras y la labor más terrenal para transformar esto, radica en usar la imaginación en esa herramienta tan humana llamada política.

Bastante se ha repetido: ¿Si no podemos hacer política, qué nos queda? ¿La Guerra? Lo ocurrido en Venezuela a partir de ese febrero nuestro de todos los días (parafraseando al filósofo Castro Leiva y su octubre de 1945), ha demostrado que la gente tiene un límite. El gobierno es fiel representante de un sistema corrupto, carente de soluciones y fallo en democracia. Los tornados que pasan por nuestras ciudades y dejan en su estela barricadas, marchas, protestas diarias y una aguda represión, también han ayudado a derribar la fabulada historia de una Revolución Democrática, Socialista, de Inclusión.

Es perverso hablar de inclusión cuando reniegas de un sector del país, lo apartas y lo responsabilizas de todo el mal que aqueja al Planeta Tierra. Peor aún cuando esos reclamos son los mismos de la mayoría de la ciudadanía. El único«golpe permanente» ha sido el de la inflación, la violencia, escasez, falta de garantías ciudadanas y el robo, a gran parte de una generación de jóvenes, de un futuro satisfactorio en su país.

Entonces tenemos no solo un mal gobierno, y un sistema inviable, sino algo que busca perpetuarse en el mando como si fuera la única opción para una Venezuela que está llena de posibilidades. La respuesta para vencer estas prácticas tan malas/no-democráticas/corruptas/violentas, pasa por convertirse en alternativa.

El descontento es auténtico, está en aumento, lo que no significa que la mayoría de la gente opte por la radicalización, pero sí que tengan mayor disposición para el cambio. El gobierno se ha portado de la manera más torpe posible, casi a modo de decálogo sobre qué no hacer si quieres estabilidad. Error tras error, hasta el momento los ha salvado el mayor de los vicios que poseen: la búsqueda del poder por el poder. Pero si la alternativa se divide, se estanca, el fallo en esta unión es mucho más traumática que los errores de quien gobierna.

No es momento de egos ni de culpar al otro por lo que no hizo, se trata de sumar pensamientos, de hacer política con virtud, con gracia e ingenio. Dejar a un lado el cálculo de las siguientes elecciones o los intereses particularísimos. Al ser democráticos no somos homogéneos. Todos podemos trabajar integrados hacia un futuro compartido, cada uno desde lo que mejor sabe hacer y con reglas claras. Más allá de los odios, del revanchismo y la polémica, se trata de construir y reconstruir país. Venezuela vale la pena y debe ser para todos.

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