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Venezuela en la búsqueda de un desenlace

las marcas del poder. juan guaidó por francisco touceiro

Las marcas del poder. Juan Guaidó despúes de su breve detención por parte del SEBIN. Foto de Francisco Touceiro (@tofranku), en Caraballeda el 13 de enero de 2019.

Venezuela en la búsqueda de un desenlace

Por Guillermo Ramos Flamerich

Se cuentan por montones las imágenes que, vía Whatsapp y redes sociales, los venezolanos comparten de un Juan Guaidó investido con los atributos presidenciales. Es decir, con la banda tricolor, el collar y la chapa. Se habla ya de una nueva familia presidencial. Fue noticia la edición en la que algún usuario, entre la mamadera de gallo y el tumulto del momento, elevara a Guaidó como presidente de la república en Wikipedia. El régimen, con lo amargado que es, lo único que hizo fue bloquear de manera intermitente a esta enciclopedia virtual.

Mientras tanto, juristas renombrados, no tan renombrados y profesionales del chiste, analizan cómo en esta incertidumbre tenemos ya dos TSJ, dos Asambleas y dos Presidentes. Diría el influencer Ismaelito, los que «Frao» y los que «Frinchi». Pero es que el régimen no solo ha roto los esquemas y tramoyas de su propia legalidad, es que el repudio es generalizado. Desde el más humilde, hasta el más rancio solo pide que Nicolás Maduro cese la usurpación de sus funciones y se convierta en una página más, oscura y trágica, pero en pasado, de lo que ha sido nuestra historia contemporánea.

Casi como una terapia de autoayuda colectiva, la gente utiliza estas representaciones gráficas, estas cadenas con bendiciones y el humor, para visualizar un cambio que debe ocurrir lo antes posible. Los pueblos requieren de héroes en sus momentos más dolorosos. Un rayito de esperanza que se cristaliza en todo aquél que sea capaz de conducir hacia un camino de libertad.

Pero la tarea de Guaidó, de la Asamblea Nacional en pleno, debe ser en conjunto y con y para la gente. Es decir, hay unas cabezas visibles y estamos en un momento estelar para el cambio. La comunidad internacional y las presiones internas eso nos indica. El sistema de la mal llamada «Revolución Bolivariana» está colapsado desde hace tiempo. Pero como esos enfermos terminales que a cada rato parecieran que van a morir y después vuelven a su letargo habitual, el régimen venezolano ha jugado a un día más, unas horas más, sin importar que eso signifique la humillación, la miseria y la muerte de una nación.

La unión de factores pareciera que se está dando espontáneamente. En este momento, todos los que sentimos a Venezuela debemos apostar por la presidencia interina de Guaidó. Lograr que esta sea la realidad no solo por ser lo correcto, sino porque es necesario que ejerza efectivamente el poder. A los que le toca dirigir este proceso, tienen la responsabilidad de hacer uso de la pedagogía política. Es decir, comunicar y explicar los alcances reales y los pasos a seguir. Así como ocurren estas efervescencias y estos momentos de consenso, muy fácilmente pueden convertirse en una decepción más de tantas.

Por eso, los tiempos actuales con los que contamos son cortos y precisos. No se puede caer en algo como el paro indefinido de 2002, o la prolongación innecesaria de las protestas de 2017 sin un norte fijo. El país merece resolver su crisis política para así iniciar su reconstrucción en todos los demás sentidos.

Venezuela entera está en la búsqueda de un desenlace a esta historia de horror y opresión. No permitamos que una «cúpula podrida» prolongue lo que ya hemos decidido debe llegar a su fin. Son tiempos de esperanza, lucha y determinación para hacer de nuestro país no solo lo que está en nuestros sueños, sino lo que merecemos como realidad.

*Publicado originalmente en La Patilla, el 15 de enero de 2019

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#ReseñaVenezolana: Envuelto en el manto de Iris – Mariano Nava Contreras

Envuelto en el manto de Iris (2010) - Mariano Nava Contreras

Mariano Nava Contreras. Envuelto en el manto de iris. Humanismo clásico y literatura de la independencia en Venezuela. II edición. Mérida. Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes, 2010. 131 pp.

 

Publicada originalmente en 1996, por la Fundación Casa de las Letras Mariano Picón Salas, con una segunda edición revisada y prologada por el crítico literario Gregory Zambrano, en 2010, esta obra del escritor y profesor universitario Mariano Nava Contreras (Maracaibo, 1967) busca, de manera orgánica, reconocer los conceptos tomados de la antigüedad grecolatina presentes en nombres estelares del proceso de Independencia de Venezuela.

El libro está estructurado en doce capítulos más un epílogo en los cuales se asienta una base teórica y un recorrido por la enseñanza y tradición de lo clásico en tiempos de la colonia, hasta detenerse en figuras fundamentales del proceso emancipador como Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Bolívar y Juan Germán Roscio.

Nava Contreras analiza este panorama no desde el asombro de que los antes mencionados conocieran de los literatos clásicos, sino desde la asunción que la cultura en la que estos sujetos se forman es justamente una que involucra, como columna vertebral, el aprendizaje de estos autores y sus textos.

Una de las premisas del libro es aquella de que tener una formación intelectual medianamente solvente en los estertores del régimen colonial significaba manejar los clásicos de manera directa. Bien fuera leyéndolos en su lengua de origen, o las traducciones que se disponían para el momento. Otra de las proposiciones de la obra es explicar a los lectores contemporáneos cómo los padres fundadores manejaban los conceptos e ideas pertenecientes a lo clásico y cómo quedó plasmado en sus realizaciones.

Nava Contreras se une al grupo de ensayistas y pensadores que han buscado redescubrir el pasado colonial de Venezuela, tan denigrado y olvidado por la historia oficial a lo largo de nuestra vida como república independiente. Quiere desmontar el mito de que antes de la generación libertadora no existía una herencia cultural. También, rompe con la hagiografía y la postal heroica que, en muchos textos y discursos, han querido colocar a estos hombres como una generación predestinada en la lucha por la libertad.

Asimismo, intenta ser una aproximación a una de las grandes carencias de la historiografía nacional: el estudio del pensamiento colonial como proceso. Hasta el momento, la mayoría de textos existentes sobre esta temática lo tocan tangencialmente. No existe una obra que calibre a la tradición clásica en Venezuela, como sí existen en otros países de la región.

Una característica a destacar es que este libro no está escrito desde la visión del historiador, sino del filólogo. Nava Contreras, doctor en filología clásica por la Universidad de Granada, deja a un lado al personaje histórico y se fija en el hecho literario. Ejemplo de ello es cuando nos retrata las influencias y características de la poesía de Andrés Bello, para concluir que se distinguen «la adecuación artística de los motivos y temas grecolatinos a la realidad natural americana» (p. 59).

Es así como la mirada del filólogo ayuda a comprender mejor la función de la literatura clásica en el contexto latinoamericano y en el venezolano. Se aprecia entonces el camino de ida y vuelta, y cómo el personaje estudiado recibe la herencia clásica, se la apropia y la reelabora en sus textos.

Para la realización de esta obra Nava Contreras destaca el uso de fuentes primarias, como los diarios de Francisco de Miranda, los escritos de Juan Germán Roscio y antologías poéticas de la Independencia. Pero también revisa a los autores que se han dedicado al estudio de los temas y periodos abordados. Algunos de ellos: Mario Briceño Perozo, Blas Bruni Celli, Miguel Castillo Didier, Caracciolo Parra León y Elías Pino Iturrieta, entre otros.

Envuelto en el manto de iris se convierte así en una contribución al estudio de la historia de las mentalidades en Venezuela, en el que se propone salirse del hecho anecdótico para repensar lo clásico y su influencia hasta nuestros días. Si se comparan la primera con la segunda edición, se infiere que es un libro que puede irse nutriendo continuamente de las investigaciones y descubrimientos en una materia que es todavía susceptible a revisiones.

Esta obra invita al debate. Esperemos que nuevos investigadores se interesen por estos temas y así poder enriquecer las visiones y revisiones de un periodo poco visitado por la historiografía nacional.

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#Opinión Venezuela, estas ruinas que ves

Venezuela, estas ruinas que ves

Collage digital obra del artista visual Francisco Bassin.

Venezuela, estas ruinas que ves

Por Guillermo Ramos Flamerich

Es un domingo a pocas horas de finalizar. En la televisión aparece una imagen conocida. La más común desde mi infancia. El candidato del oficialismo celebra su «victoria electoral» desde las afueras del Palacio de Miraflores. Habla de la revolución y que ahora todo va a mejorar. Que llegó el momento para convocar a todo el país. Esto justo después de insultar a sus adversarios; develar conspiraciones y decir que gobernará mucho tiempo más.

Pero este domingo 20 de mayo de 2018 las cosas fueron diferentes. No hay que venir del futuro ni ser brujo para palpar otro signo del ocaso histórico de una época. Nicolás Maduro, electo por menos de 1/3 de los venezolanos (según resultados oficiales) era anunciado como presidente reelecto para el sexenio 2019-2025. La bulla y la música a todo volumen a las afueras del palacio presidencial, solo buscaban tapar un secreto a voces, el gran derrotado no era solo Maduro, también la Revolución Bolivariana como alternativa, como sistema y como imaginario.

En Venezuela se dio una especie de profecía autocumplida, pero no solo por una elección que fue convocada por un órgano que no era el responsable del mismo (Asamblea Nacional Constituyente), ni por haber sido a destiempo. Tampoco por las irregularidades antes y durante el proceso. Sino porque todo lo que se denunciaba acerca de la Revolución Bolivariana, desde mucho antes de 1998, se ha ido convirtiendo en realidad. La propia Revolución Bolivariana también conocía su destino, y se armó y protegió para este momento. Cuando no tienen ni el fervor popular ni la legitimidad a lo interno y externo.

Se dijo que no eran democráticos. Nunca lo fueron. Se denunció que querían convertir a Venezuela en otra Cuba. Vamos peor. Se especuló sobre la maldad intrínseca de un discurso demagógico, nacido del resentimiento y el no reconocimiento de la diversidad. En eso ha derivado. Pero también el gobierno, desde los tiempos de Chávez, siempre argumentó que existía un plan internacional para derrocarlo. Que eran incómodos para las grandes potencias. Que el cerco era hasta militar… Al día de hoy, tenemos una comunidad internacional que ya no se fía en las cosas que diga o haga el régimen que ejerce el poder en Venezuela. Mientras este sistema político impere, no seremos ejemplo para nadie. Mucho menos para nosotros mismos.

Pero lo más importante no es que desde afuera nos vean como una dictadura. Es el sincerarnos como venezolanos. Colocábamos nuestras esperanzas en una «democracia imperfecta», en un pueblo contestatario y libre. Ya sabemos lo oprimido que estamos, lo poco, o nada, que vale nuestro voto, y las incongruencias y responsabilidades que debemos asumir en pleno.

También nos hemos dado cuenta que aunque tenemos cantidad de riquezas naturales y gente talentosa, la mayoría de esto sigue en posibilidades remotas. En esos sueños que solo sueños son, y no en una realidad concreta, marcada hoy por el hambre, la enfermedad y la muerte. Ese cambio espiritual que estamos transitando es duro, pero es necesario.

Considero que aunque la película del chavismo parece haber iniciado su etapa final, no sabemos cuánto durará esta. Sería muy desagradable decir cuánto tiempo más puede soportar no tanto Maduro, sino todo lo que él es y representa, en el poder. Lo que sí sabemos hoy es que cualquier posibilidad de cambio pasa por transformarnos a nosotros mismos y afrontar, con rigor, cabeza fría y pragmatismo, la necesidad de unificar los esfuerzos de todos los que queremos salir de esta pesadilla. Es imperante la unidad, porque la otra alternativa es la devastación.

Ya no está en juego un cargo o una cuota de un poder inexistente. Está en juego no solo nuestras vidas, sino las capacidades reales de superar esta crisis estructural como una nación en pleno. Nunca es tarde, pero mientras más temprano, mejor. Entramos en la crisis de las crisis, nadie puede pensar en esto como un trabajo fácil ni ameno. Pero hay que intentarlo desde lo mejor de nosotros mismos, asumiendo retos y venciendo dificultades.

Hagamos realidad ese pleno de existir como un todo, en Unidad, Virtud y Honor. No vaya a ser que nuestro himno nos siga desmintiendo y cual maldición eterna, debamos repetir en el tiempo que el vil egoísmo otra vez triunfó.

*Publicado originalmente en La Patilla, el 21 de mayo de 2018

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Trazar la ruta final

Cambio - Roberto Weil

Estos trazos de Roberto Weil expresan el anhelo de toda Venezuela.

Trazar la ruta final

Por Guillermo Ramos Flamerich

La muerte de Neomar Lander el pasado miércoles nos lleva a tantas preguntas como sentimientos de dolor e impotencia. ¿Cuántas más? Han sido muchas. Demasiadas. Y no solo me refiero a las que han ocurrido en 2017 o las de 2014. Nuestras ciudades están repletas de calles y esquinas que recuerdan a algún fallecido a manos de la violencia propiciada desde el Estado. Solo que por un tiempo fueron invisibles. Siempre resulta más fácil creer salvarse el pellejo con la indiferencia. Pasar agachado para que nada ocurra. Pero esta cosa horrible que vivimos siempre ha sido el accionar de la Revolución de las Miserias. Solo que desde hace un tiempo es mucho más que evidente. Construyeron una red de hamponaje, de cómplices y, creían ellos, que de esclavos. Pero más poderosa ha sido la conciencia democrática y el sentido de supervivencia de quienes se saben ciudadanos y no están dispuestos a claudicar ante nada ni nadie.

El gobierno ha perdido la noción de todo. Para ellos no hay país, solo son un parásito represor que se chupa todos los recursos que puede brindar esta tierra y que sonríe macabramente ante la miseria de los demás. No les importa nada, salvo el hecho de que cuando esto abandone el poder, lo que les espera es tan tenebroso que prefieren arriesgarlo todo. Es como un secuestrador que empieza a picar a su víctima por pedacitos, enseñando que no le teme a matar o a morir.

Mientras tanto, los venezolanos nos debatimos en una extraña cotidianidad, bipolar, agresiva e incierta. Siempre me pregunto, ¿cómo se vivía lo cotidiano durante los grandes conflictos de la humanidad? Siempre existirán momentos para reír, para compartir con la familia y los amigos, pero ese nudo en la garganta llamado situación país, no puede abandonar nuestras mentes y nuestros corazones. Además, el que hoy sea indiferente, solo puede haber perdido todo juicio y humanidad.

Es momento de definiciones. Porque el sistema perverso que tenemos ya está completamente definido. Tiene una bala para cada uno. Lo queramos o no, aquí nadie se salva si esto sigue. Ni tú, ni yo. Este momento lo es todo. Y si alguien viene con la cantaleta de que eso se dice todos los años, solo que vea a su alrededor. El siguiente paso unitario debe ser trazar las líneas de una ruta final. El final de esta tiranía, claro está. Y el comienzo de la Venezuela que está en nosotros. Suena difícil decir eso, accionar eso, pero las cosas se deben decir. El verbo construye realidades y el verbo, el pensamiento y la acción deben ser la tríada de toda lucha que se busque exitosa.

Ellos ya desafiaron con la fecha del 30 de julio. Son unas elecciones ilegales y chucutas que nadie se las cree. Pero allí están. El fantasma de la Constituyente nos acecha. Debemos impedir que esto ocurra y que ese logro sea otro hito de lo que se está por conquistar. La lucha cívica en las calles sí ha ido fracturando al régimen, pero siempre hay que seguir innovando. Si nos quedamos en el aparato, serán más los Neomar y más alejados los días de las definiciones.

Los actuales esfuerzos de resistencia contra la dictadura son innumerables. Desde activistas culturales, deportistas, apoyos internacionales, los constantes marchantes de cada convocatoria… Todo ello se debe articular con un sentido de urgencia y con unos valores claros que se deben repetir hasta el cansancio. ¿Por qué la Democracia? ¿Por qué la Libertad? ¿Por qué la solidaridad entre venezolanos? ¿Por qué la equidad? ¿Cómo se debe dar la reconciliación? No deben ser simples adornos conceptuales, sino las premisas de la hoja de ruta. En eso la dirigencia política tiene un gran compromiso, no solo ser reactivos, sino también ser reflexivos y pedagógicos. Pensar para actuar y aprender de ello.

Si la resistencia pacífica es para quebrar los pilares del régimen, también se deben seguir fomentando los puentes para que la estructura media de lo que hoy conforma la administración pública, pueda cruzar sin miedo desde el punto del oscuro presente a un futuro que se está por construir. Lleno de inquietudes pero siempre mejor que esto que tenemos. La lucha democrática es de todos, no de individualidades. Eso lo ha ido asimilando la sociedad y en esto todos estamos incluidos. Todos.

El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana; con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones.

Ese es el preámbulo de la Constitución de Venezuela. El gobierno hace rato que rompió y se burló de ese pacto. Cuando alguien pretende enterrar nuestros fundamentos como nación, la respuesta siempre será la rebeldía y el desconocimiento.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 16 de junio de 2017

 

Les comparto este video que hice para Instagram. Hay que seguir y resistir:

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Perfiles: Gilber Caro

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El diputado Gilber Caro y Guillermo Ramos Flamerich (Salón Francisco de Miranda, Palacio Federal Legislativo, 7 de enero de 2016).

Gilber Caro

Por Guillermo Ramos Flamerich

Dice Simón Díaz en su Caballo Viejo que «después de esta vida, no hay otra oportunidad». Pero mientras estemos vivos siempre existirán nuevas oportunidades, mejores maneras de hacer las cosas y de renovar la fe como individuos, también como nación. La historia de Gilber Caro está fundamentada en una segunda oportunidad. Llevo más de seis años conociéndolo y en ese tiempo hemos podido compartir conversaciones y momentos estelares, de esos que quedan siempre en la memoria y te llevan a reflexionar.

Él estuvo diez años preso, eso nunca lo ha ocultado, más bien ha sido su carta de presentación y de superación. Cuando le preguntaba sobre cómo lo agarraron, respondía: «Terminé pagando por ser como Shakira: ciego, sordo y mudo. Por no delatar, terminé pagando condena». Después se explayaba al detalle y te llevaba casi a vivir una película de aventuras por los sitios en los que estuvo recluido: Yare, El Rodeo, el extinto Retén de Catia, en fin, más allá de la anécdota, su vida no se trata del pasado, sino de cómo ese pasado moldeó su presente y lo llevó a convertirse en un líder comunitario.

Ser un expresidiario en todas partes del mundo es un estigma. En Venezuela, aun más. Se les excluye por haber delinquido, pero buena parte del origen de esos delitos se encuentran en la exclusión de la que han sido objeto. ¿Y es que acaso marginando a alguien, despreciándolo, estamos mejorando nuestra sociedad? Mucho de lo que hoy vivimos recae en la doble moral de convertirnos en jueces implacables, perfectos e impolutos. Mientras, el país se cae a pedazos por no asumir culpas ni brindar una oportunidad al otro, por no brindar opciones y solo mirar de reojo a quienes no lucen ni piensan como nosotros. A pesar de todo eso, Gilber pudo reinsertarse a través de su fundación Liberados en Marcha, lo que luego lo llevó a la acción política en las Redes Penitenciarias y en Voluntad Popular.

A no tantos metros de la cárcel de El Rodeo está el barrio El Milagro, en Guatire. Allí viven muchos familiares de presos y justamente en ese lugar Gilber comenzó su trabajo social, brindando apoyo a las familias, creando equipo, proyectando un centro de acción comunitaria, con herramientas capaces de nutrir a ese nuevo liberado que no sabe qué hacer con su vida. Está también su iniciativa de Santa va a las cárceles, juguetes en épocas decembrinas a todos esos hijos de presos que requieren una sonrisa, un abrazo, ante una vida muchas veces más fuerte que cualquier pesadilla.

Y así siguió evolucionando, como conferencista, como dirigente político. Aprendiendo de leyes para presentar mejoras claras al sistema penitenciario. Y así llegó a ser diputado suplente del estado Miranda, justamente por el Circuito 4, allá donde está El Milagro. Recuerdo su mirada brillante, su atuendo semiformal, asistiendo al Palacio Federal Legislativo los primeros días de enero de 2016. Era el mismo Gilber del que por primera vez escuché en un evento llamado Zoom Democrático; el mismo con el que vi clases en el IESA, en el programa Lidera de la Fundación Futuro Presente. El mismo que sentía orgullo de las vueltas que había dado su vida.

Mientras escribo estas líneas –el miércoles 11 de enero– Gilber yace detenido arbitrariamente por el SEBIN (policía política venezolana). El Vicepresidente lo acusa de terrorismo y conspiración. Saca a colación todo su pasado como justificativo de su detención. ¡Qué burla tan grande! ¿Este es el gobierno que dice tener una profunda conciencia social y que construye un país más justo y de oportunidades? Esta Revolución de las Miserias solo es la peor cara de nosotros, mientras que Gilber es el rostro de las posibilidades, de las mejores posibilidades que tenemos como país.

Lo detienen por ser parte de Voluntad Popular, por su lucha en defensa de la democracia y la liberación de todos los presos políticos. Lo detienen por considerarlo débil. Y eso es lo que pasa cuando una justicia no es justa, siempre destroza al más débil en beneficio de los poderosos, de los saqueadores de esta hermosa pero apuñalada Venezuela.

¿Qué podemos hacer? Esa es una decisión muy personal. Pero esto no es una película de la que nos estremecemos, pero somos solo simples espectadores. Tenemos que ser los protagonistas del cambio, de la organización ciudadana, democrática. Con fuerza, con tanta indignación como ánimo, no dejemos que todas las oportunidades sean perdidas ni que este sacrificio que estamos viviendo como sociedad sea en vano. Hoy nos toca decir unidos #LiberenAGilber.

*Publicado originalmente por Polítika UCAB el 13 de enero de 2017

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Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo, el lunes 1 de septiembre de 1958

Viñeta de Claudio Cedeño aparecida en el vespertino El Mundo el lunes 1 de septiembre de 1958.

Transición venezolana, hablemos de la reconstrucción

Por Guillermo Ramos Flamerich

«El próximo medio siglo ha de ser, necesariamente, el que cierre para nuestro país el recurrente ciclo de golpes y contragolpes, de cuartelazos y dictaduras, de rebeliones esperanzadas y de tenaces frustraciones. La vía que escogeremos será –ya lo hemos escogido hace cerca de un año– la constitucional y legal. Lo fundamental es que sea también el año que marque el inicio de la transformación profunda de la estructura venezolana», así despide 1959 el vespertino El Mundo en su editorial del miércoles 30 de diciembre. En el artículo le pide a los partidos ser más políticos para así dejar a un lado lo politiquero y a que se aparten del «pecado capital» de la mezquindad. También reconocen la voluntad existente para establecer un sistema democrático y lograr acuerdos mínimos de gobernabilidad.

Más de medio siglo después –entre doce gobiernos y varios desgobiernos– hoy nos debatimos no solo en cómo construir una democracia incluyente, renovada, de instituciones sólidas y coherentes, sino en cómo salir de una caricatura totalitaria que ya cuenta con 95 presos políticos (En datos del Foro Penal), igualmente inquisidora como corrupta, así como cruel y llena de un profundo odio por Venezuela. Al hambre de justicia y libertad se suma la fisiológica. Gente escarbando en la basura buscando de comer, niños con dolores de cabeza, náuseas y lágrimas por la falta de alimentos. Gente que hace colas a pesar del sol, de la lluvia, de la muerte. La vida en esta república ha dado paso solo a la existencia. Una triste y degenerada existencia, atemorizada cada día no solo por malandros, pranes y grupos violentos, también por la constante burla que desde la silla de Miraflores hace un hombre sin escrúpulos. Hora de ira y muerte esta, la de Nicolás Maduro. Tiempo de frustraciones y llantos cuando el futuro parece secuestrado. Pero es  también momento para seguir trabajando, superándonos y confiando con nuestro esfuerzo lo que será la transición y la reconstrucción.

La crisis no juega carrito

Un paraíso imaginado por la creencia de que éramos un país rico con recursos mal distribuidos encumbró a la Revolución Bolivariana. La incompetencia de sus primeros tres años se vio paradójicamente recompensada por una poderosa dirigencia opositora tan temeraria como suicida. Los precios petroleros subieron,  por ende la renta y todo pasó a las manos de una persona. No sé cuánto de carisma ni cuánto de petrodólares, ni cuánto de contexto internacional agregar a la receta de un Hugo Chávez erigido para continuar la nueva ola del socialismo en el mundo. Pero todo fue un fracaso. Ni se acabaron con los vicios de la democracia representativa, no se construyó una participativa y su solidez se centró en la renta y la fuerza de las armas. Es así como llegamos a un Nicolás Maduro más malo que maquiavélico, subestimado, burlado, odiado, de momentos temido, heredero y continuador de una destrucción que en este momento ya ha tocado las bases más profundas del país. Hay instantes en que el daño parece irreparable y que de tantas malas ideas puestas en práctica, de tantos inventos nefastos, solo queda partir.

Los que estamos convencidos de que Venezuela puede ser un país democrático, plural y próspero (la mayoría de los venezolanos), sabemos que el actual gobierno está en fase terminal. Se les acabó el tiempo histórico. Podrán seguir destruyendo, apresando y burlándose de los venezolanos, pero ya están cruzando la recta final. En etapa culminante, como promocionaban aquellas telenovelas que ya no producimos. El tema es que cada uno de esos capítulos finales, está lleno de sangre y amargura.

Transición a la venezolana

Estamos transitando en arenas movedizas. Mientras más rápido intentamos salir del lodo, más nos traga. Si nos relajamos también nos traga. Parece un recorrido imposible de superar, aún así hay que caminarlo, trotarlo, también correrlo. Siempre aparecen los ejemplos históricos de lucha no violenta en el mundo: desde Gandhi hasta Luther King, pasando por Mandela y hasta la misma caída del Muro de Berlín y la URSS. Son buenos ejemplos, los mejores, pero también hay que comprender que son de largo aliento y que más allá de reconocernos en ellos, también debemos vernos reflejados en lo que hemos sido como nación: el nosotros venezolano.

Si en 1936 miles de caraqueños salieron a las calles del centro de la ciudad a reclamar y exigir algo que no habían conocido en su vida: la Libertad. Si en 1946 otros cientos de miles hicieron del voto un instrumento de lucha irreversible y si en 1958 la dirigencia política decidió llegar a un acuerdo antes que caer en un conflicto y luchas estériles y mortales, los venezolanos de estas primeras décadas del siglo XXI tenemos no solo la capacidad, también la conciencia de unirnos para enfrentar el sistema que hoy nos oprime y construir-reconstruir uno que de verdad nos pertenezca.

Para ello la dirigencia democrática hoy agrupada en la Mesa de la Unidad debe entender que cuando el destino toca la puerta, no queda otra que tomar esa responsabilidad, hacerla valer, lucirse, aunque sea una papa caliente a punto de estallar. Como concluye el amigo Carlos Carrasco en un artículo publicado en Entre Política el jueves 15 de septiembre: «En las transiciones, no hay almuerzos gratis, todos los actores deben pagar un precio en nombre de la libertad y el futuro».

Si la Unidad anda calculando que después de Maduro un eventual gobierno de transición presidido por lo queda del chavismo será quien tome medidas, tan impopulares como explosivas, dejando el sistema estabilizado para su contraparte, está pecando de ingenua. También si piensa que el manejo militar pasa únicamente por un cambio de gobierno, no está viendo lo que ha sido nuestra historia. Ni hablar del narcotráfico enraizado en las instituciones, así como de los pranes, grupos violentos y guerrillas goberneras. Si concibe el cambio solo como un encuentro entre élites, sin transparencia ni ciudadanos movilizados, estaría soberanamente pelando gajo.

La (re)construcción

El éxito del cambio y la eventual transición pasan por la inteligencia de nuestro liderazgo, ahora sí que se medirán las capacidades y se verá lo aprendido. Es momento de decisiones, acertadas, claro está. También se demostrará la valentía, no del que más grita, sino del que se mantiene firme, pero también avanza, a pesar de las dificultades. El manejo de la Caja de Pandora militar y cómo sumar a sus miembros a ser una institución que defienda la democracia, no a ser jueces ni supuestos vengadores, es otro de los grandes retos. Crear un nuevo pacto social donde la diversidad sea vista como un atributo y no como una mancha, es parte de esa nueva Venezuela que nacerá no solo cuando se vaya Nicolás Maduro del poder, sino cuando dejemos claro como nación que somos los únicos dueños, valedores y constructores de nuestra vida en libertad.

*Publicado originalmente en Polítika UCAB el 16 de septiembre de 2016

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