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Viajeros del siglo XIX en Venezuela

Velorio de Cruz de Mayo - Göering

Velorio de Cruz de Mayo. Anton Göering. Tomado del Atlas de Tradiciones de Venezuela. Fundación Bigott, 1998. Aparecido originalmente en Von tropischen Tieflande zum ewigen Schnee. Eine malerische Schilderung des schönsten Tropenlandes Venezuela. Leipzig, 1892.

La extraordinaria cotidianidad

Por Guillermo Ramos Flamerich

Comenzaré estas palabras con una evocación muy personal. De niño siempre revisaba el Atlas de Tradiciones de Venezuela (1998) de la Fundación Bigott. Allí conocí de cultores populares, arquitectura local y las fiestas y manifestaciones que acompañan y adornan cada región del país. Cuando llegaba a la sección sobre «La Música Tradicional Venezolana», más allá del texto, quedaba fascinado por un grabado de 1892 sobre los Velorios de Cruz de Mayo.

En el mismo, aparecen tres individuos quienes a punta de furro, maracas y algún cuatro o guitarrilla, ponen a bailar a dos parejas, vestidas a la usanza de los trapos campesinos de la época, vestimentas consideradas actualmente como parte del patrimonio nacional. Otras cuatro personas acompañan la escena, dos a lo lejos, otras dos más cercanas. También son dos las chozas. En la más próxima a nosotros, podemos ver la silueta de un altar, con sus velas y ofrendas a una Cruz de Mayo la cual no es evidente, pero está omnipresente en todo el cuadro. La vegetación es exuberante y distingue un paisaje idílico para cualquier amante de la tierra tropical. Durante mucho tiempo esta sería mi más importante referencia gráfica sobre los Velorios de Cruz en el país y sigue siendo la más antigua que conozco. Solo la sustituiría, o mejor dicho, complementaría, asistir y vivir en pleno este ritual.

Después descubrí que el grabado había sido hecho por un viajero alemán de mediados del siglo XIX llamado Anton Göering (1836-1905), de quien el poeta y geógrafo Pascual Venegas Filardo se preguntaría si era más artista que naturalista, y el cual entregó en sus paisajes «no solo la naturaleza, sino la poesía paisajística de nuestro país»[1].

Es interesante como este registro gráfico se termina convirtiendo en documento y cómo a un venezolano del presente su imaginario sobre sus tradiciones puede ser construido a través de lo que vio un europeo. Una retroalimentación que nos hace reflexionar sobre lo propio, lo cercano y lo ajeno. Lo dice el historiador José Ángel Rodríguez al referirse a los testimonios de extranjeros: «Son ellos una parte vital de nuestro pasado, en particular del siglo XIX, cuyas fuentes históricas están dispersas y existen vacíos de información considerables, sea por la acción del fuego de montoneras y revoluciones sobre el papel en su momento, cuando no por pérdidas posteriores, resultado de otras intervenciones sobre nuestra memoria escrita»[2].

Centrándonos justamente en los mediados del siglo XIX, periodo de contratiempos propios del nacimiento y formación de las repúblicas independientes latinoamericanas, encontramos ciertas características generales que definieron la mirada europea, la cual plasmaron en sus cartas, dibujos y diarios, muchos de ellos publicados en la época, en sus países de origen y en ciudades que constituían el epicentro de la cultura occidental. A diferencia de sus abuelos conquistadores del siglo XVI, estos no llegaban a lo que se pudiera considerar un universo desconocido, propio para que cualquier leyenda o herencia mitológica de la tradición grecolatina[3] y más allá, pudieran hallarse en estos parajes.

El contexto político, histórico y económico era otro. Europa vivía su segunda Revolución Industrial. Las ideas del positivismo y la expansión del imperialismo, creaban en la mentalidad de la época una fascinación por el progreso de la técnica, por describir y medir toda experiencia y por abrir nuevas rutas a los mercados mundiales. Además, si bien las poblaciones latinoamericanas eran subsidiarias de la herencia occidental, estas eran tratadas como periféricas, sirviendo como campo idóneo para sustentar los prejuicios del momento: «También las generalizaciones supuestamente basadas en la observación directa de la sociedad, a menudo producen un diagnóstico distorsionado. Una lectura atenta descubre que no hay tal inmediatez de la observación, sino juicios previamente filtrados por los valores del acervo europeo» [4], como nos explican Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla al tocar este tema sobre la mirada del otro.

Existe entonces una barrera mental. Una torre desde la cual el viajero juzga y compara. No se integra al medio, pero le puede ser propio y lo reconoce en todo aquello que pueda servirle a su concepción de mundo: «la mirada del viajero está codificada en términos de la contraposición “civilización” y “barbarie”, expresada mediante la oposición “yo”/“otro” y “blanco”/”negro”, la imagen también esta codificada en términos del comercio. Lo que el viajero “mira” se convierte en un objeto con un valor para el mercado, y con miras a una explotación capitalista» [5].

Muchos pasaban tan solo una temporada en estas tierras, otros se quedaban por largos años. También existen las diferencias entre los que se interrelacionaban con los habitantes del lugar y los que no perdían su aura de advenedizos. En el mismo trabajo de José Ángel Rodríguez, anteriormente citado, se explica la diferencia entre las experiencias de franceses, ingleses y alemanes. Estos últimos, buscaban aprender el idioma, ser parte activa de la vida social del pueblo o ciudad en la que se encontraban, también sirvieron a la formación del conocimiento científico nacional. Muchos de ellos inspirados por el barón Alexander von Humboldt (1767-1835) (quien a comienzos del siglo había recorrido un buen trecho de la geografía local), buscaban emular sus hazañas, pero las circunstancias terminaban haciendo del viaje una vivencia bastante diferente.

Existen otros casos, como el de la viajera francesa Jenny de Tallenay (c. 1855 – ¿?), quien estuvo en Caracas de 1878 a 1881, debatiéndose en sus Recuerdos de Venezuela (1884) entre su cariño por la tierra, la crítica social y cometiendo graves gazapos en su recuento de la historia local y de los personajes y lugares. Algo muy generalizado entre los viajeros, lo cual se anota ante la mirada actual como datos curiosos, no como imprecisiones fatídicas que puedan deslegitimar al documento.

Lo cierto es que cuando los viajeros regresaban a sus lugares de origen, existía un público ansioso por conocer y vivir estos recorridos. La vida cosmopolita del viejo mundo tenía un mercado propicio no solo para las novelas y ficciones de un Julio Verne y un Emilio Salgari, también para la divulgación científica y para la imaginación de lo real. Allí entran los grabados, litografías y luego las primeras fotos, las cuales hicieron vivir a muchos los pasos de los ríos, de la selva, el contacto con civilizaciones que pudieran considerar en su óptica como «semibárbaras», vinieran estas de la América Latina, de África o Asia.

A nosotros, estos testimonios nos servirán mucho tiempo después, luego de ser traducidos y estudiados, como puntos de encuentro con nuestro pasado nacional. Logrando, en muchos casos, tapar esos baches en los que se extravían la cotidianidad de una sociedad y haciendo evidente lo que de tanto parecernos lo obvio y lo común, lo dejamos pasar sin registrarlo. Resultando, en la mirada del viajero, situaciones fabulosas, aventuras inacabadas y relatos extraordinarios dignos de ser contados y mostrados en todo el orbe.

Referencias

[1] Pascual Venegas Filardo, Viajeros a Venezuela en los Siglos XIX y XX. Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1983,  p. 85.

[2] José Ángel Rodríguez, «Viajeros alemanes a Venezuela en el siglo XIX». Se puede revisar este trabajo en el siguiente enlace: http://190.169.94.12/ojs/index.php/rev_ak/article/download/884/813

[3] Sobre este tema y relacionado con Venezuela en específico, se recomienda leer Novus Iason. La tradición grecolatina y la relación del tercer viaje de Cristóbal Colón, del profesor Mariano Nava Contreras. Fondo Editorial Apula, Mérida, 2006.

[4] Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla, La mirada del otro. Caracas, Artesano Editores / Fundación Bigott, 2012,  p. 26.

[5] Santiago Muñoz Arbeláez, «Las imágenes de viajeros en el siglo XIX. El caso de los grabados de Charles Saffray sobre Colombia». Historia y Grafía, número 34, 2010, p. 186.

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Sobre Los días de Cipriano Castro; Mariano Picón Salas (1953)

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Los días de Cipriano Castro se convirtió muy pronto en un bestseller nacional, vendiéndose 1000 ejemplares en tan solo 48 horas, un récord en la Caracas de ese entonces.

Sobre Los días de Cipriano Castro

Por Guillermo Ramos Flamerich

La presente publicación es un extracto del trabajo final entregado para la Cátedra de Historiografía en el semestre de nivelación de la Maestría en Historia de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas:

En una foto de 1955 de autor desconocido, Mariano Picón Salas aparece rodeado a su derecha por un Arturo Uslar Pietri reflexivo y de brazos cruzados; a su izquierda, por Miguel Acosta Saignes, con los ojos cerrados, en pose meditativa. Mientras tanto, don Mariano está sumido en la lectura ante un viejo micrófono de condensador. El escenario es la Universidad Central de Venezuela, durante el ciclo de foros preparados por la Facultad de Filosofía y Letras, en los que participarían no solo los ya mencionados, también los acompañarían intelectuales como Augusto Mijares, Isaac J. Pardo, Ángel Rosenblat, Pedro Grases, entre otros. Acosta Saignes calificaría todas estas charlas como «una especie de revulsivo»[1] contra la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, la cual ya ejercía con total plenitud desde hacía más de dos años.

Un año antes, en 1954, Picón Salas había compartido escenario con Uslar Pietri al recaer en ambos el Premio Nacional de Literatura. Uslar por una colección de ensayos titulada como la comedia de Aristófanes: Las nubes; Picón Salas, por su parte, con una obra polémica, de historia reciente, la de comienzos del siglo XX venezolano, donde contaba la vida de un país a través de las horas de un hombre que había marcado no solo los años en que le tocó gobernar, sino que había dejado puerta franca para las transformaciones que los venezolanos de mediados de siglo seguían viviendo y padeciendo. Muchos tomaron el libro como un guiño al presente, nuevamente colmado por la censura y las conversaciones a voz baja y con velo.

Utilizando nuevamente la frase del antropólogo Acosta Saignes, este libro podía ser visto como otro revulsivo contra el autoritarismo, esta vez envuelto en las artes de un prosista que salió de Mérida para estar errante por el mundo. Fueron justamente esos años de la década militar en los que viviría por más largo tiempo en Venezuela desde su autoexilio en Chile cuando apenas contaba con 22 años. Pero para conocer el pulso de la época, es válida la reflexión que hace el historiador Ramón J. Velásquez en 1954 en un prólogo a la edición de los escritos del general Antonio Paredes, sobre el ascenso de Cipriano Castro al poder[2]:

La aparición del libro «LOS DÍAS DE CIPRIANO CASTRO» de Mariano Picón-Salas constituyó un acontecimiento nacional. En menos de una quincena se agotó la primera edición de la obra. Los lectores tomaron beligerante posición frente a las afirmaciones y a las pinturas que con su inimitable estilo y extraordinario talento había realizado el gran escritor. A muchos disgustó el tono de sutil ironía que empleó al retratar figuras y episodios de la turbulenta Venezuela de comienzos del siglo. Se llegó a discutir acerca de los méritos literarios del libro y se examinaron con lupa y telescopio las intenciones entrelíneas. Gentes hubo que quisieron ver en las páginas dedicadas a relatar la marcha de Castro hacia el Capitolio y en la crónica de los días del bloqueo, una nueva y hábil exaltación del caudillismo. Y también quienes, utilizando las mismas páginas y los mismos párrafos, descubrieron en el escritor andino, una marcada tendencia antiandinista, un disolvente propósito de burla. Algunos reclamaron a Picón Salas el no haber destacado con mejores trazos las firmes actitudes nacionalistas de Don Cipriano, al propio tiempo que concedía demasiada extensión al cuento de sus andanzas donjuanescas y de sus salidas de mal gusto. Pero la mayoría estuvo de acuerdo en que la apasionante narración de Picón Salas era el fiel reflejo de cuanto para bien y para mal de Venezuela, ocurrió en aquellos lejanos días. Y que las culpas no eran del historiador, sino de los héroes.

En otra parte de ese mismo prólogo, Velásquez afirma que Picón Salas había «logrado actualizar el tema de Castro y el castrismo». Como una nueva moda, muchos hechos del pasado van logrando acaparar la atención de quienes no pudieron vivirlo a plenitud. Y la pátina del tiempo, formada en los recuerdos de dolientes y defensores que podían permanecer vivos, la reviste ahora el lustre de investigadores e historiadores que ven más allá de la anécdota y buscan en las profundidades de periódicos, documentos oficiales, libros y archivos, las pistas para reencontrarnos con nuestro imaginario como nación.

Sobre la figura y tiempos de Cipriano Castro para la época de publicación de la obra de Picón Salas, los libros existentes van desde los testimonios, hasta las historias panfletarias y la ficción. Bien se puede nombrar a Pío Gil con su novela El Cabito (1917), donde toda la atención se centra en la lujuria desmedida del tirano; las Memorias de un venezolano de la decadencia (1927), de José Rafael Pocaterra, en la que dedica su primera parte a denunciar a Castro; o Bajo la tiranía de Cipriano Castro (1952), de Carlos Brandt, en el cual la historia es solo el hilo conductor de las acusaciones que hace el autor. Mención especial para El hombre de la levita gris (1943), de Enrique Bernardo Núñez, quien busca un análisis sistemático del contexto país y la biografía del hombre, formada por la narración de los hechos cotidianos con «carácter periodístico y el sentido de informar», tal como refiere la investigadora Irene Rodríguez Gallad en el prólogo a la edición de 1991[3]

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«En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio», Mariano Picón Salas en correspondencia al escritor mexicano Alfonso Reyes.

Los días de Cipriano Castro (Historia venezolana del 1900) fue impreso por la Compañía Anónima Tipografía Garrido el 8 de diciembre de 1953. Once días antes de cumplirse el aniversario número cuarenta y cinco de la salida del poder de Castro gracias a la patada histórica de su incondicional, el compadre Juan Vicente Gómez. La edición consta de 340 páginas divididas en 19 capítulos y adornada con 12 imágenes repartidas a lo largo del libro y como portada la ilustración de un Cipriano convaleciente, en una mecedora, con semblante de sereno enfermo que te invita a escuchar su historia. Este libro es la quinta aventura biográfica que realiza Picón Salas. La primera de ellas, muy sucinta, un retrato, como él mismo la calificaría, de su amigo recién fallecido: Alberto Adriani en 1936. Continuaría con el periplo y drama de Francisco de Miranda (1946), con el cual había convivido largas horas, revisando los «papeles enigmáticos que se conservan en su archivo» y al cual consideraba un personaje stendhaliano[4]; y la de San Pedro Claver (1949), como consecuencia de su estancia diplomática en Colombia. Así como una breve síntesis de la vida de Simón Rodríguez ese mismo año de 1953 y publicada por la Fundación Eugenio Mendoza.

Fueron mil los ejemplares sobre don Cipriano que se vendieron en tan solo 48 horas, batiendo récord de ventas y convirtiéndose en un bestseller nacional. Muy pronto pasaría a formar parte de los clásicos históricos de nuestras letras. A pesar de eso, por los momentos esa primera edición no es de agrado del autor, así se lo comentará en una carta a su amigo, el escritor mexicano, Alfonso Reyes[5]: «En realidad ese libro más que una intención literaria tiene una intención catártica: la de ayudar a librar a los venezolanos de tantas pesadillas. La edición es muy descuidada y suscitó muchas polémicas; he estado en el índice de los réprobos y por la extraña paradoja me acordaron también un premio».

Pronto aparecerá una segunda edición del libro en 1955 gracias a la Editorial Nueva Segovia, radicada en la ciudad de Barquisimeto y a finales de la década será incluido en la colección del Primer Festival del Libro Venezolano (1958); lo continuarán la edición de la Academia Nacional de la Historia (1986); la edición conmemorativa en conjunto con otras obras biográficas que escribiera el autor, publicada por la Presidencia de Venezuela en 1987; una de la colección El Dorado de Monte Ávila Editores (1991) y la más reciente es de 2011, de la mano de Bid & co editor.

De la edición de 1991 extraemos esta síntesis que hiciera el escritor Karl Krispin en su prólogo a la obra[6]:

En Picón la historia se recurre, se conjuga como una necesidad intelectual a quien el peso específico de la sucesión de hechos de un país constriñe como un deber de reafirmar una especificidad y un carácter nacionales. (…) En Picón parte de lo que fue su día a día como creador fue esa Venezuela que palpita como capítulo esencial de reconocimientos. Es ese rompecabezas armado para convertirlo en espejo. Doble reflejo: el de nosotros mismos y el del país como totalidad vinculante.

Una historia política que se puede leer como una novela de aventuras, la califica el historiador y escritor Rafael Arráiz Lucca[7]. Ciertamente la publicación de esta biografía marca un hito importante en la carrera literaria de Picón Salas, ya reconocido como pedagogo, intelectual y escritor en Venezuela y parte del continente americano. Los días de Cipriano Castro se convierte en uno de sus libros fundamentales y si De la conquista a la Independencia, publicada en México en 1944, le abre una ventana al exterior como libro de texto para los que desean descubrir los devenires de la América hispana, esta historia venezolana del 1900 será un canal de comunicación directa con sus connacionales.

Será en ese mismo 1955, en la misma universidad y la misma Facultad de Filosofía y Letras, la que le otorgue el Doctorado Honoris Causa junto con el historiador Augusto Mijares. Era el 1 de noviembre y en la fotografía que se guarda de aquella ocasión, Picón Salas aparece sonriente, de toga y birrete, al lado de un Mijares menos efusivo y casi de perfil. Los cincuenta serían unos años para don Mariano de consolidación, madurez y de un prestigio que podía sobrepasar cualquier mala jugada de la dictadura militar. Pronto Pérez Jiménez se iría casi que con la década y el merideño tendría nuevos compromisos de pensamiento y acción. Los días de Cipriano Castro se convertiría en su última y más larga obra biográfica, lo siguiente sería una historia más íntima, personal, así como reflexiones sobre la actualidad.

Referencias

  • [1] Rafael Pineda, Iconografía de Mariano Picón Salas. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 178.
  • [2] Ramón J. Velásquez, «Antonio Paredes y su tiempo: Los días de Cipriano Castro» (Prólogo) a Cómo llegó Cipriano Castro al poder de Antonio Paredes, Caracas, Tipografía Garrido, 1954, pp. VII-VIII.
  • [3] Irene Rodríguez Gallad, «Prólogo» a El hombre de la levita gris de Enrique Bernardo Núñez, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 7.
  • [4] Mariano Picón Salas, Miranda. Caracas, Monte Ávila Editores, 1997, p. 23.
  • [5] Gregory Zambrano, Odiseo sin reposo. Mariano Picón Salas y Alfonso Reyes (Correspondencia 1927-1959), México, Universidad Autónoma de Nuevo León – Universidad de Los Andes, 2007, p.138.
  • [6]Karl Krispin, «Prólogo» a Los días de Cipriano Castro de Mariano Picón Salas, Caracas, Monte Ávila Editores, 1991, p. 22.
  • [7] Rafael Arráiz Lucca, «Mariano Picón Salas y la historia venezolana» en Rafael Arráiz Lucca y Carlos Hernández Delfino (compiladores), 25 intelectuales en la historia de Venezuela. Caracas, Fundación Bancaribe, 2015, p. 321.

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